La Cuestón Social  
Año 29, n. 2  
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y reseñas acerca de lo social  
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Una lectura crítica en diálogo con el  
Pensamiento Social Cristiano  
Carlos Alberto Flores Loya  
México  
LA MISERICORDIA COMO PRINCIPIO HERMENÉUTICO DEL  
EVANGELIO, Juan Carlos Scannone.  
El artículo de Juan Carlos Scannone “La Ética Social del Papa  
Francisco. El Evangelio de la misericordia según el espíritu de  
discernimiento” presenta la misericordia como el principio  
hermenéutico del pensamiento y del pontificado del Papa  
Francisco anclando este principio desde la teología trinitaria,  
pasando por la eclesiología postconciliar hasta desembocar en  
la pastoral concreta.  
Su exposición en tres partes analiza en el primer apartado la  
noción de “misericordia” como la sustancia misma o el núcleo  
de la esencia trinitaria. En efecto, no se trata de un principio  
más en la doctrina cristiana sino la piedra angular del Evangelio  
que predicaba Jesús y que se traduce en un reinado social y pú-  
blico “de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos”  
(EG 180). Presenta, además, la delicada relación que existe entre  
misericordia y justicia.  
La segunda parte enfoca la atención del lector a la Iglesia  
pobre con la que tanto sueña Francisco. En América Latina la  
Iglesia ha retomado la agenda del Vaticano II y ha puesto la po-  
breza y la opción preferencial y solidaria con los pobres como  
eje teológico y pastoral. Distingue, junto con el pensamiento  
del teólogo Pedro Trigo, las implicaciones de la expresión “Igle-  
sia pobre” puntualizando las interpretaciones que genera. Así,  
frente a la realidad de la pobreza universal, el papa presenta la  
imagen del poliedro como confluencia de parcialidades en  
las que todos, creyentes o no, pueden construir una realidad  
distinta generando nuevos paradigmas socioculturales.  
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El tercer intersticio se subdivide en dos apartados y esboza el  
modo de proceder de Francisco que late profundamente inspi-  
rado en el modo de discernimiento ignaciano que discierne los  
hechos objetivamente acontecidos y las exigencias subjetivas de  
la realidad latente. El primer discernimiento es existencial por-  
que responde al llamado primordial que Dios hace a todos y del  
cual se nos exige una respuesta sobre la que seremos juzgados.  
Pero Ignacio de Loyola y su método de discernimiento de espíri-  
tus permite que los principios que aplicamos al plano existencial  
e individual se puedan trasladar también al campo social. Así  
nos ayuda a distinguir los signos de la acción de Dios en la histo-  
ria, lo que emerge de la realidad y el modo como el espíritu divi-  
no nos invita a jalonar la historia del mundo hacia su salvación.  
Los griegos antiguos consideraban la misericordia como una  
de las más nobles virtudes. Resulta inusual que Homero intro-  
dujera en tiempos feroces la compasión como una de las más  
nobles virtudes. En cambio, para Platón y sobre todo para el  
estoicismo la misericordia es una enfermedad del alma pues se  
muestra como una debilidad humana (cf. Apología 34c ss). En el  
esquema del filósofo la compasión rompe con el dominio racio-  
nal de los sentimientos y la ataraxia a la que son llamados los  
que viven filosofando.  
Para Aristóteles, aunque la misericordia no es una virtud, es  
una bella práctica que asume el sufrimiento de alguien más mo-  
viendo el ánimo de quien lo contempla porque considera que es  
un mal que podría también golpearlo a él y lo mueve a actuar  
haciéndose solidario (cf. Retórica 1385 b).  
En cambio, para la teología cristiana que nace con los santos  
Padres la misericordia se entiende desde el corazón del men-  
saje de la Escritura. El Dios bíblico es definido como “paciente  
y misericordioso” (Sal 144). Ya Tertuliano en su ardua tarea de  
demostrar la continuidad de ambos Testamentos afirma que el  
Dios que se reveló a Moisés, “el Dios misericordioso y piadoso,  
lento a la ira y rico en amor y fidelidad”, es el mismo “Padre  
misericordioso y Dios de toda consolación” (2Cor 1, 3) del Nuevo  
Testamento (Contra Marción 5, 11).  
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El mismo Tertuliano descubre en la misericordia en dos sen-  
tidos: la recibida por Dios y la ejercitada por los cristianos  
(cf. Contra Marción 2, 11, 2). Y Agustín coloca este principio divino  
como eje del misterio que algún día nos llevará a contemplar  
cara a cara a Dios (1Cor 13, 12): “Contemplas la Trinidad si ves  
la caridad” (Sobre la Trinidad 8, 8, 12).  
Se trata de una lectura teológica de la misericordia como prin-  
cipio que nace de la misma naturaleza divina. No se trata de una  
exigencia eclesial o social, sino de una cualidad del mismo Dios  
que muestra en ella su omnipotencia (MV 6). El Papa Francisco  
fiel al espíritu conciliar que quiere volver a las fuentes concentra  
el eje de su pontificado resaltando la misericordia no como nue-  
vo lema o como slogan publicitario, sino como elemento que  
brota de la divinidad y que en Jesucristo se manifiesta eviden-  
ciando su verdadera humanidad.  
El dogma de la verdadera humanidad y verdadera divinidad  
de Jesús quedó definitivamente formulado en los concilios de  
Éfeso (431) y Calcedonia (451) y nos pone frente a la realidad de  
la persona de Jesús, no ante una idea o ante un personaje, sino  
ante alguien vivo. Su persona nos desafía porque nos coloca  
ante la muestra más grande del amor de Dios que “me amó y se  
entregó por mí” (Gal 2, 20).  
San Juan nos ha dicho que Dios es amor (1Jn 4, 8) y por ser su  
esencia, no puede hacer otra cosa que amar. “El amor de Dios  
alcanzó al hombre en el punto más lejano en el que se había  
metido huyendo de él, o sea en la muerte. La muerte de Cristo  
tenía que aparecer a todos como la prueba suprema de la mi-  
sericordia de Dios hacia los pecadores”. Como queda dicho en  
el principio estaba el amor, no la misericordia. La misericordia  
interviene cuando el pecado ha herido la relación fundamental  
del hombre con su Creador.  
Para Jesús el principio de su obrar compasivo se traduce en  
una pasión fundamental, según nos narran los sinópticos. Jesús  
de Nazaret predica el Reino de su Padre, “reino eterno y univer-  
sal, reino de la verdad y de la vida, reino de la santidad y de la  
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gracia, reino de la justicia, del amor y de la paz”1. La misericordia  
se traduce en compromiso por el mundo y su transformación.  
Nunca la misericordia se reduce al plano intimista e individual,  
sino que siempre mira a la comunidad. Cuando Francisco nos  
habla del sueño de una Iglesia pobre y para los pobres, nos urge  
a poner a los pobres al centro. No basta estar a su servicio, ni  
hacerlos sentir como en su casa. Ellos han de ser “sujetos acti-  
vos y privilegiados de la vida y misión de la Iglesia”. La Iglesia la-  
tinoamericana ha hecho esta opción preferencial por los pobres  
porque reconoce que los pobres y los que sufren nos evangeli-  
zan (cf. DA 257).  
La pobreza y la misericordia no son opciones eclesiales, sino  
notas esenciales. ¡Cuánto camino nos falta por recorrer para  
poder vivir en la Iglesia que se presenta al mundo como una,  
santa, católica, apostólica, pobre y misericordiosa! Pero no nos  
confundamos, como bien puntualiza Scannone citando la EG  
198: “la opción por los pobres es una categoría teológica antes  
que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga su  
primera misericordia”.  
La compasión no brota de un deseo altruista ni de una orga-  
nización de beneficencia. La misericordia brota del corazón de  
Dios que nos mira compadecido y que nos exige, por esta expe-  
riencia de amor, sentir compasión del hermano. Poner al centro  
a los pobres es hacer de ellos sujetos “comunitariamente acti-  
vos” en el poliedro del mundo. Es luchar desde ellos y por ellos  
contra las causas estructurales de la pobreza y la injusticia. Y  
aquí el Papa está ante un nuevo paradigma de ser Iglesia en el  
mundo. El compromiso por los pobres no es únicamente una  
cuestión eclesial, sino esencialmente humana. Todos, sin impor-  
tar la cultura, religión, nacionalidad o situación social estamos  
obligados a trazar caminos de nueva humanidad. Este es, qui-  
zás, el rasgo fraterno más universal que tenemos.  
1 Prefacio de la solemnidad de Cristo Rey.  
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El modelo operativo de este gran proyecto está trazado en la  
última parte del artículo de Scannone que trata sobre el discer-  
nimiento. Casi como ejercicio hegeliano el método “ver, juzgar,  
actuar” nos pone frente al mundo con las armas de la fe para  
transformarlo. La sublime teología trinitaria de los padres que  
coloca la misericordia como nota especialísima del Dios de Jesu-  
cristo se hace carne cuando no sólo analizamos el mundo sino  
que buscamos transformarlo, como denunciaba Marx.  
El Vaticano II nos insta a leer “los signos de los tiempos” desde  
una perspectiva histórico-pastoral para escudriñar las caracte-  
rísticas de la época actual, pero sobre todo desde un sentido  
teologal para discernir los hechos objetivos en los deseos  
subjetivos del creyente. Es una síntesis espiritual lo que hace el  
discernimiento ignaciano pues no nos lanza a la revolución sis-  
témica, sino al actuar desde Cristo.  
Primero, siguiendo a Guardini, hay que discernir el llamado  
primordial de Dios. “Toda nuestra existencia es respuesta po-  
sitiva o negativa a dicho llamado básico y seremos juzgados se-  
gún y cómo le hayamos respondido”. Otra vez insistimos en el  
carácter universal de este llamado que interpela a todo hombre  
y mujer de todo tiempo y lugar. La síntesis entre compromiso  
social-histórico y experiencia espiritual es un ejercicio constante  
y detallado, casi artesanal como el Dios del Génesis que modela  
con sus manos (cf. Gn 2, 7).  
Sin embargo, el discernimiento al que nos llama Francisco no  
se agota en el plano existencial, sino que trasciende a la reali-  
dad social. Así como el ejercitante que sigue a san Ignacio debe  
purificar su corazón de los afectos desordenados que sesgan su  
visión y perturban su juicio, así debe ser la lectura de los signos  
de los tiempos a nivel histórico-social. Las herramientas en el  
discernimiento personal se aplican también a nivel social y lo  
que personalmente causaba desolación o es una treta del mal  
espíritu también debe ser vigilado en el momento de buscar  
transformar la realidad social por la compasión cristiana.  
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Por eso, recordamos lo que decíamos al inicio: la misericordia  
es un principio teológico, no una herramienta institucional ni  
un sello de marketing. El deseo cristiano que busca transformar  
nace de la experiencia personalísima de cada uno con el Resuci-  
tado cuya luz disipa el pecado y las injusticias.  
Dios no tiene misericordia, Él ES la misericordia. El camino ha-  
cia una Iglesia compasiva y pobre está marcado en el itinerario  
de Jesús “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación  
bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó y se hizo  
hombre”. Para sentir y vivir la misericordia hace falta bajar y tocar  
la realidad dura y cruel de nuestros pueblos, de tantos hombres  
al margen del camino, en la cuneta de las grandes sociedades.  
Pero también se exige asumir sus dolencias y necesidades como  
auténticamente nuestras no como un apéndice. La Encarnación  
es escuela de compasión. Y, finalmente, humanizar. Nada hay  
más humano que la divinización en Cristo, porque “en realidad,  
el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo  
encarnado…manifiesta plenamente el hombre al propio hom-  
bre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS 22).  
En la historia cristiana la misericordia era la excepción, no la  
regla de actuación, como ha dicho Raniero Cantalamessa2. Se  
actuaba con compasión para mitigar los rigores de la justicia.  
El pecado desordena y trae muerte e injusticias, roba la paz y  
la armonía; ciertamente “la realidad del mal, de la injusticia que  
deteriora el mundo y contamina a la vez la imagen de Dios, es  
una realidad que existe, y por culpa nuestra. No puede ser sim-  
plemente ignorada, tiene que ser eliminada”3. Y ahora, visto que  
los hombres no son capaces, que lo haga el mismo Dios es la  
bondad incondicional de Dios, es la verdadera misericordia.  
Scannone hace un gran esfuerzo teológico por demostrar-  
nos que la misericordia es el principio evangélico que el Papa  
Francisco ha querido recordar a la Iglesia no como una novedad  
2 Cantalamessa, Raniero, “Dejaos reconciliar con Dios-Predicación del Viernes  
Santo 2016 en la Basílica de san Pedro”, disponible en http://www.cantalamessa.  
org/?p=3050&lang=es Consultado el 25 de mayo del 2021.  
3 Ratzinger, Joseph, Jesús de Nazaret. II Parte. Encuentro, México, 2011, p. 270.  
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eclesial propia de la época, sino como el eje del cristianismo en  
el ámbito doctrinal, espiritual, eclesiológico y pastoral. La mi-  
sericordia ha brotado de Dios y permea toda la historia de sal-  
vación. El tiempo que vive la Iglesia exige volver la mirada a los  
pobres y los más débiles como centro de su mensaje y de su  
acción porque ellos están en el centro del corazón de Dios. La  
misericordia no es una opción más en la fe cristiana, es la exi-  
gencia fundamental y Francisco ha refrescado la memoria de la  
Iglesia para vivir esta revolución de la ternura.  
Sobre el autor: Estudiante de teología en el Seminario Dio-  
cesano Guadalupano de Cuautitlán, pasante de filosofía por la  
UCLG y miembro del Seminario Latinoamericano de Pensamien-  
to Social Cristiano.  
La lectura: Scannone, Juan Carlos “La ética social del Papa  
Francisco: el evangelio de la misericordia según el espíritu de  
discernimiento” en Teología, Vol. 55, Núm. 126 (2018), pp. 145-  
[Consultado 26 de mayo de 2021].  
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