La vida religiosa frente a la violencia
pero no es frecuente que vayamos adonde ellas están. Hace años me
gustaba afirmar que cuando iba al lugar más pobre y marginado del
mundo, siempre me encontraba allí a una comunidad de los herma-
nitos o de las hermanitas de Foucauld. Me pasó varias veces, y era
una experiencia muy hermosa. Creo que podríamos ampliar el dicho:
cuando vamos al lugar más pobre y marginado del mundo, allí nos en-
contramos con una comunidad religiosa, y eso es una maravilla. Cuando
fui a cárceles para apoyar en pastoral penitenciaria, en los noventa,
en Barcelona y en París, siempre me encontraba allí con algún reli-
gioso o alguna religiosa. Ése es su lugar, su locus, el de las víctimas,
los apartados del mundo, los enfermos, los pobres, los inmigran-
tes, los que sufren. El Reino tal vez no espera de ustedes que arreglen
los problemas del mundo, pero sí que estén junto a los que los sufren.
Orar
Si algo se espera de los estudiantes religiosos es la oración. En la
Alhambra de Granada se puede leer esta inscripción de Francisco de
Icaza, dedicada a su esposa, Beatriz de León y Loynaz: “Dale limos-
na, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en
Granada”. Pues yo les digo a ustedes que no hay en la vida nada más
triste que un religioso que no ora. Es como un pan seco, que ya no sabe
a nada y que hasta te produce dolor en la dentadura cuando tratas de
comerlo. El religioso que no ora no hace sino transmitir antipatía,
fundamentalismo, mal espíritu, ansia de poder, de fama, de éxito, de
cualquier cosa, menos del Reino. La historia está llena de ejemplos, y
nuestro tiempo presente también tiene unos cuantos. La oración es
para la vida religiosa como la lluvia para el campo. No digo que los
laicos no debamos orar —¡claro que debemos!—, pero de nosotros se
espera sobre todo acción, que hagamos funcionar al mundo, y de los
religiosos, sobre todo vida espiritual, hacernos ver que el mundo tiene
sentido. Además, opino que la Iglesia se siente invitada a orar cuando
ve religiosos rezando. Es un buen ejemplo que se contagia. Por ello,
la oración, que sin duda es privada, personal, comunitaria, también
debe tener momentos de apertura en los que cualquiera pueda en-
trar a saborear ese momento de Reino de Dios, porque la oración es
La Cuestión Social Año 30, n. 2 69
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