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Nueva época. Año 30, n.2, julio-diciembre 2022  
Sección TEMÁTICA: La sinodalidad soñada: entre la realidad y la esperanza  
Diego Pereira Ríos • Uruguay  
“Gente puente” en la historia de la Iglesia  
María Teresa Ávila Fuentes • Italia-México  
Foro SOCIAL: Notas sobre la Sinodalidad  
Mauricio López Oropeza • Ecuador-México  
La vida religiosa frente a la violencia  
José Sols Lucia • España  
La filosofía del derecho en la tradición judeocristiana  
Carlos Martínez Loza • México  
MISCELÁNEA: Reflexiones teológico-pastorales. De la situación social  
de América Latina después de la pandemia  
Mons. Jaime Mancera Casas  
REVISTA DE PENSAMIENTO SOCIAL CRISTIANO  
La  
cuestión  
social  
Documentos, ensayos, traducciones, comentarios, entrevistas,  
notas bibliográficas y reseñas de libros acerca de lo social  
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Social, A. C. Esta edición de La Cuestión Social consta de 700 ejemplares y se imprimió en MG  
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JOSÉ SOLS LUCIA*  
ESPAÑA  
LA VIDA RELIGIOSA  
FRENTE A LA VIOLENCIA  
El presente texto se centra en la horrible realidad actual de la vio-  
lencia, así como en la respuesta que se le puede dar desde la vida  
religiosa. A lo largo de mi reflexión, me referiré a dos realidades ac-  
tuales muy importantes de violencia, de orden distinto: la violencia  
en México y la guerra de Ucrania.  
De qué violencia vamos a hablar  
Cuando hablamos de violencia, espontáneamente nos sale pensar en  
la “agresión física y voluntaria de una persona o colectivo a otra per-  
sona o a otro colectivo con la intención de causarle daño, incluso la  
muerte. A este tipo de violencia, suele denominársele violencia di-  
recta. Sin embargo, en las últimas décadas se ha desarrollado mucho  
la idea de que también hay que considerar violencia a las estructuras  
socioeconómicas injustas (violencia estructural) —sin duda, siguiendo  
la tradición marxista, que se remonta al siglo xix—, incluso a ciertas  
formas culturales (violencia cultural). He publicado mucho acerca de  
todo esto en los últimos veinte años, pero no expondré un resumen  
de mis trabajos porque ello llevaría mucho tiempo; además, saldría de  
los márgenes del terreno temático que nos ocupa hoy. Únicamente  
voy a referirme aquí a la violencia directa, esto es, no voy a considerar  
*
Teólogo español afincado en México desde 2019. Doctor en Teología por el Centre Sèvres  
de París y Licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad de Barcelona. Pro-  
fesor de Teología en el Departamento de Ciencias Religiosas de la Universidad Ibe-  
roamericana, Ciudad de México.  
58 La Cuestión Social, Año 30, n. 2  
La vida religiosa frente a la violencia  
ni la estructural, ni la psicológica, ni la cultural, aunque en algún  
momento pueda hacer alusión a ellas.  
A priori, puede dar la impresión de que violencia y vida religiosa son  
experiencias humanas sin conexión entre sí; sin embargo, tienen una  
profunda relación en el carácter profético de la vida religiosa, esto es,  
de denuncia y de anuncio, en el horizonte del Reino de Dios, así como  
en aquello que la vida religiosa tiene de fermento de la levadura (Mt  
13, 33; Lc 13, 20-21).  
Dos ejemplos actuales y distintos de violencia: México y Ucrania  
Como ya he señalado, tendré presente dos realidades actuales muy  
importantes de violencia: la violencia en México y la guerra de Ucrania.  
La violencia en México es importante para nosotros, en primer lugar,  
porque es la de nuestro país, la de nuestra gente, nuestro pueblo,  
nuestras comunidades; y, en segundo lugar, porque es de una mag-  
nitud que no se da casi en ninguna otra nación. De todos los países del  
mundo que no están en guerra, México es el cuarto más violento des-  
pués de la República Democrática del Congo, Colombia y Myanmar  
(Birmania).1 La violencia en nuestro país es descomunal tanto por  
razones cuantitativas como cualitativas: cuantitativas, porque es-  
tamos en unos 90 homicidios al día2 —en realidad son más, dado  
que los asesinados cuyo cuerpo no ha aparecido no son considera-  
dos estadísticamente fallecidos—, o sea, unas 40 veces más que en  
España, mi país de origen, aun teniendo en cuenta las diferencias  
de población entre ambos países; y cualitativas, porque las prácticas de  
secuestro, extorsión familiar, tortura, asesinato y ocultamiento del  
cuerpo troceado sin dar noticia de ello a la familia de la víctima al-  
canzan cuotas de crueldad difíciles de entender para la razón moral.  
1
Cfr. Índice Global de Crimen Organizado 2021, acceso el 4 de marzo de 2022, globalini-  
tiative.net  
2
33 308 homicidios dolosos en 2021 (91 al día), 34 554 en 2020 (94 al día), 35 588 en 2019  
(97 al día). Cfr. El País, 26 de enero de 2020, acceso el 13 de abril de 2021, elpais.com;  
La Cuestión Social Año 30, n. 2 59  
,
Foro social josé sols lucia  
Es, por tanto, la violencia mexicana de tipo común, criminal, pero no se  
trata tan sólo de bandas que van por la calle amenazando transeúntes,  
sino de auténticos ejércitos de narcos con armas sumamente sofisticadas,  
cuya extorsión y corrupción alcanzan a familias, empresas, partidos  
y administraciones públicas, y no sé si también a las iglesias.  
La violencia en Ucrania es de otra índole: bélica. Se trata de la invasión  
de un país grande (Rusia)3 a otro más chico (Ucrania), con el triste  
dato de que hasta hace algunos días estos dos países eran hermanos  
en la antigua Unión Soviética y sus respectivas poblaciones vivían en  
armonía —aun sabiendo que a muchos ucranianos les disgustó estar  
bajo el control de la urss—. Hemos estudiado muchas veces en Histo-  
ria este tipo de invasiones y ya no deberían tener cabida en nuestro  
siglo xxi; parece ser un anacronismo, y de ahí que la reacción inter-  
nacional haya sido de tal magnitud: boicot a empresas rusas, conge-  
lación de fondos bancarios rusos, expulsión de equipos deportivos de  
competiciones internacionales, y apoyo económico de la Unión Eu-  
ropea a Ucrania para la compra de material militar, a pesar de no ser  
un país miembro de la Unión, entre otras medidas. Con sus más y sus  
menos, Ucrania es una democracia, mientras que Rusia es una dicta-  
dura, aun cuando se vista de democracia, algo que podemos afirmar  
por estas tres razones, entre otras: 1) se da una censura en los medios  
informativos; 2) hay asesinatos o encarcelamientos de opositores  
al régimen, y 3) hay asesinatos o encarcelamientos de periodistas  
críticos con el régimen. El hecho de que en Europa un país dictato-  
rial con arsenal nuclear haya invadido un país democrático se ha  
visto como una amenaza a todo el sistema democrático occidental, y  
por ello la reacción ha sido tan importante. No ha habido una reacción  
claramente bélica (todos contra Rusia) para no traer males mayo-  
res, como, por ejemplo, una guerra mundial, atómica, contra Rusia y  
China, dado que este último país apoya la invasión ucraniana, aun  
cuando no lo diga abiertamente, algo, por lo demás, típico de la hipo-  
cresía que caracteriza a menudo la diplomacia del gobierno de China.  
3
Nombre oficial del país: Federación de Rusia.  
60 La Cuestión Social, Año 30, n. 2  
La vida religiosa frente a la violencia  
Llevamos más de cinco meses de guerra: la invasión se inició el 24  
de febrero. Las fuerzas ucranianas están resistiendo más de lo que  
esperaban los estrategas rusos; sin embargo, la victoria rusa parece  
inevitable, tal es la diferencia de potencial militar entre ambos países  
—¡ojalá me equivoque y al final se imponga el sentido común!, que  
sería una retirada unilateral del ejército ruso, pero parece poco pro-  
bable—. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para  
los Derechos Humanos (acnudh) había registrado hasta el pasado  
15 de marzo, un total de 726 bajas civiles, incluidos 52 niños, y 1 174  
heridos, la mayoría de ellas causadas por armas explosivas en zo  
-
nas pobladas. El Estado Mayor Ucraniano habla de 13 800 bajas en el  
ejército ruso, pero todos sabemos que las cifras aportadas en tiempo  
de guerra a menudo son más propagandísticas que realistas. Lo que  
sí es seguro es que ya ha habido más de diez millones de ucranianos  
desplazados, de los cuales más de tres millones son refugiados, y se  
espera que esta última cantidad ascienda a cinco millones.4 Se trata  
del movimiento migratorio son refugiados más intenso de la historia  
de la humanidad: nunca tantas personas se habían desplazado en  
tan poco tiempo. Estamos, pues, ante una tragedia de proporciones  
descomunales. Y esto no ha hecho más que empezar.  
Respuesta cristiana a la violencia  
He dicho que no hablaría de la violencia estructural, y no lo haré, pero  
que sí la mencionaría, y lo haré. Desde hace tiempo, sabemos que sue-  
le haber una conexión entre violencia directa y estructural. Aquellos paí-  
ses donde hay mayor desigualdad suelen ser los más violentos, como  
México y no pocos países latinoamericanos, incluso Estados Unidos,  
mientras que aquellos países donde se ha cuidado más la calidad de  
4
Creo que todos conocemos la diferencia entre desplazado y refugiado, pero por si hubie-  
ra alguien que la desconociera, déjenme decirles que solemos hablar de desplazados  
para referirnos a aquellas personas que, permaneciendo en su país, se ven obligadas a  
abandonar su pueblo o su ciudad de manera repentina debido a una catástrofe bélica o  
natural, mientras que denominamos refugiados a los que por ese mismo motivo se ven  
obligados a huir al extranjero. En cambio, decimos emigrantes —o inmigrantes, depende  
de dónde estemos al hablar de ellos— cuando la motivación para el desplazamiento no  
es tan inmediata: por ejemplo, la pobreza o la búsqueda de trabajo.  
La Cuestión Social Año 30, n. 2 61  
,
Foro social josé sols lucia  
vida y la moderación de la desigualdad son los más pacíficos, como,  
por ejemplo, Canadá, los países escandinavos —Dinamarca, Suecia,  
Noruega, Finlandia, Islandia— e incluso algunos países centroeuro-  
peos —Alemania, Austria, Suiza—. No obstante, la migración masiva  
a algunos de estos países, con el consiguiente impacto sociocultural,  
ha producido en los últimos años episodios de violencia yihadista,  
así como su reacción de extrema derecha. Está claro que no existe el  
paraíso en la Tierra.  
Cuando la comunidad cristiana se encuentra ante una situación de  
violencia directa de proporciones mayúsculas, como es el caso de la  
mexicana, surge la pregunta acerca de cómo hacer frente a esta pal-  
pable negación de la vida humana. Creo que la respuesta debe ir en  
varios sentidos al mismo tiempo, no uno u otro, ni tan sólo uno des-  
pués del otro, sino simultáneamente, lo que no significa que cada  
persona o cada grupo tenga que trabajar en todos estos momentos,  
que son siete, a mi modo de ver: 1) informarse acerca de lo que está  
ocurriendo; 2) analizar las causas profundas del conflicto; 3) ayudar  
a las víctimas del conflicto, incluyendo a los verdugos y sus fami-  
liares; 4) tratar de pacificar el conflicto, de minimizar su carácter  
cruento; 5) crear espacios simbólicos de visibilización del Reino de  
Dios; 6) aprender del conflicto de cara al futuro; y 7) dejar que las  
víctimas configuren nuestro modelo de Iglesia.  
Informarse acerca de lo que está ocurriendo  
Esto puede parecer una perogrullada, pero en realidad no lo es. No cabe  
duda de que somos la generación con mejor acceso a información de  
toda la historia de la humanidad. Podemos seguir en directo eventos  
que están aconteciendo a miles de kilómetros de distancia. Cuando se  
marca un gol en la final del Campeonato del Mundo de Futbol se dan  
saltos de alegría o de rabia en el mismo instante en los cinco continen-  
tes, y cuando se produce un atentado terrorista, seguimos el evento en  
nuestros televisores, radios, computadoras o celulares también en di-  
recto, algo que no había pasado nunca en la historia de la humanidad.  
Sin embargo, corremos el peligro de creer que estamos informados.  
62 La Cuestión Social, Año 30, n. 2  
La vida religiosa frente a la violencia  
La desinformación circula con la misma velocidad que la información.  
Nos cuenta Platón que su maestro Sócrates afirmaba que no hay mayor  
ignorante que aquel que cree saber y no sabe; porque el ignorante no  
sabe, es verdad, pero por lo menos sabe que no sabe, mientras que el  
que se cree sabio ni siquiera sabe que no sabe. Lo mismo ocurre con la  
información: no hay mayor desinformado que el que cree estar informado  
sin estarlo. Podría citar muchos ejemplos de flagrante desinformación,  
pero no lo haré para no detenernos en el tema.  
Entonces, hay que hacer un esfuerzo para estar informados. ¿Cómo?  
Acudiendo a fuentes de información de calidad; diversificando esas  
fuentes; recurriendo a veces a aquellas que no nos gustan por razones  
ideológicas; escuchando y leyendo a los expertos; tratando de escu-  
char a los testigos directos; y renunciando a una cierta dosis de in-  
formación para incrementar el tiempo de reflexión. Lamentablemente,  
en lugar de todo esto, solemos variar poco de medios informativos y  
repetir acríticamente lo que hemos escuchado en ellos.  
Analizar las causas profundas del conflicto  
Esto requiere tiempo, pero es importante. La violencia directa acos-  
tumbra ser la punta del iceberg de una realidad social, económica,  
política, cultural o incluso psicológica. Si uno se queda sólo con la  
punta, no se hace cargo de las dimensiones del bloque de hielo que  
flota en el océano. Para cobrar conciencia de ello, hay que sumergirse  
en la realidad, estudiarla, analizarla, leer, escuchar, escribir, echarle  
muchas horas, acudir a las ciencias sociales, a la filosofía social, a  
la antropología, a cualquier disciplina que nos ayude en esta labor.  
Como decía Ignacio Ellacuría —jesuita español asesinado en El Sal-  
vador en 1989, junto con sus compañeros de comunidad, la cocinera  
de la casa y la hija de ésta—,5 si no se analizan a fondo las causas de  
los conflictos históricos, aun cuando logremos una paz aparente, la  
violencia rebrotará cíclicamente.  
5
Precisamente, se ha estrenado en los cines de España la película Llegaron de noche, de  
Imanol Uribe, sobre el caso jesuitas.  
La Cuestión Social Año 30, n. 2 63  
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Foro social josé sols lucia  
Ayudar a las víctimas del conflicto, incluyendo  
a los verdugos y a sus familiares  
Como decíamos, estos momentos importantes no llevan un orden  
preciso, sino que conviene trabajar en todos ellos al mismo tiempo. De  
ahí que no podamos esperar a haber analizado concienzudamente las  
causas del conflicto violento para ayudar a las víctimas. Hay que ha-  
cerlo desde el primer momento, como el Buen Samaritano del Evan-  
gelio de Lucas (Lc 10, 25-37), parábola ampliamente comentada por  
el papa Francisco en su encíclica Fratelli tutti (capítulo segundo, “Un  
extraño en el camino, FT, 2020, 56-86). Obviamente, no podemos  
ayudar a los ya fallecidos, más allá del hecho de honrar su memo-  
ria y sus restos; y eso si sus verdugos nos dejan, porque a veces no  
nos dicen ni siquiera que los han matado, con lo que nos quedamos el  
resto de nuestras vidas con el doloroso desgarro de la incertidumbre.  
Ahora bien, sí podemos ayudar a los heridos y a los familiares de las  
víctimas. Quiero incluir aquí a los familiares de los verdugos, que  
a veces son también víctimas, como cuando tienen que estar años  
visitándolos en la cárcel y sufriendo la vergüenza personal y social;  
más aún, quiero incluir a los propios verdugos, que también pueden  
reconocerse como víctimas en algún momento de sus vidas.  
Es necesario estar cerca de ellos, dialogar con ellos durante muchas  
horas y tratar de ponerlos en contacto entre sí para que se conozcan,  
se miren a los ojos, se expliquen sus historias y se escuchen, tal como se  
hizo en la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica  
tras el fin del Apartheid, o en los encuentros de Glencree, Irlanda,  
entre familias vascas, sin olvidar los casos irlandés y colombiano.6  
Además, el modo más probable de que haya arrepentimiento en  
el espíritu de un verdugo —algo, por lo demás, bastante complica-  
do— es por insistencia de un familiar querido, en particular, su ma-  
dre. El verdugo se fabrica un escudo protector, una máscara, pero  
6
J. Sols Lucia, Violencia y procesos de reconciliación política, México, Universidad Ibe-  
roamericana-Imdosoc, 2018, pp. 205-212.  
64 La Cuestión Social, Año 30, n. 2  
La vida religiosa frente a la violencia  
quienes lo conocen desde que nació tienen acceso a la persona hu  
-
mana que él es en su pozo interior.  
Tratar de pacificar el conflicto, de minimizar su carácter cruento  
Los grados de violencia de los conflictos violentos pueden ser muy  
diversos. Desafortunadamente, en México conocemos los peores.  
Mientras se procura acabar con la violencia a largo plazo, conviene  
tratar de que mengüe ya en el corto plazo, de que sea menos cruda,  
aun cuando eso no suponga llegar a su fin. No es nada fácil, pero si se  
ve una posibilidad, hay que agarrarse a ella como sea.  
Crear espacios simbólicos de visibilización del Reino de Dios  
Siempre me gusta explicar la sorpresa que me llevé cuando de joven  
visité Belfast,7 en Irlanda del Norte —aquel verano estaba estudian-  
do inglés en Dublín, Irlanda—, y tuve oportunidad de platicar con  
unas religiosas acerca de la enorme situación de violencia que había  
entre probritánicos (“protestantes”) y proirlandeses (“católicos”),  
las cuales me contaron que organizaban vigilias de oración para al-  
canzar la paz en Irlanda del Norte. Y años después se logró la paz.  
Lo simbólico tiene mucha más fuerza de lo que parece: las Madres  
(y luego Abuelas) de la Plaza de Mayo, en Buenos Aires, Argentina,  
clamando contra la dictadura en los ochenta por la devolución de sus  
hijos y nietos desaparecidos; la marcha de Gandhi a la costa del océa-  
no, acompañado por multitudes, para fabricar sal con la finalidad de  
dejar de comprarla a los británicos; etcétera. Hay que construir hoy,  
en México, esos espacios simbólicos de denuncia de la violencia y de  
anuncio de la fraternidad.  
Aprender del conflicto de cara al futuro  
En un conflicto violento, se cometen errores mayúsculos, de los que  
posteriormente nos arrepentimos durante años: piensen en el nazis-  
7
Recomiendo la película autobiográfica Belfast, del director norirlandés Kenneth Branagh.  
La Cuestión Social Año 30, n. 2 65  
,
Foro social josé sols lucia  
mo, en las dictaduras latinoamericanas o en las masacres a población  
civil en tiempo bélico en la II Guerra Mundial o en la de Yugoslavia.  
Lo único positivo que tiene un período violento es que puede consti-  
tuir un aprendizaje de cara al futuro, si sabemos aprovecharlo bien,  
aun cuando no sea tarea fácil. Todo lo demás es negativo.  
Dejar que las víctimas configuren nuestro modelo de Iglesia  
En la Iglesia, acostumbramos equivocarnos al pensar que primero  
debemos clarificarnos acerca de quiénes somos y cuál es nuestra  
misión, y sólo luego actuar en consecuencia. Lejos de ello, lo prime-  
ro que hay que hacer es servir al necesitado sin planes estratégicos  
previos, y dejar que esa diaconía configure nuestro ser iglesia. No  
es primero el ser y luego el hacer, sino primero el hacer y luego el ser. La  
praxis muestra el norte a la teoría, y ésta, en un segundo momento,  
acompaña a aquélla.  
La vida religiosa como fermento profético de la masa social  
En el interior de la aportación que la Iglesia puede realizar para hu-  
manizar la sociedad tratando de traer “paz con justicia, los religiosos  
y religiosas tienen una misión especial. No sé cómo han ido las curvas  
de crecimiento o decrecimiento de vocaciones en México en estas úl-  
timas décadas, pero les puedo decir que en Europa pasamos de unos  
años repletos de vocaciones en los cuarenta y en los cincuenta del  
siglo pasado —tras la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial— a  
números discretos en los sesenta y a una sequía insufrible desde los  
ochenta hasta hoy, lo que da hoy como resultado una pirámide de-  
mográfica invertida en las congregaciones religiosas con muy pocos  
jóvenes y muchos ancianos. Por ello, es frecuente que los religiosos y  
religiosas de hoy no tengan la misma percepción de sí mismos que la  
que tenían sus hermanos o hermanas de hace medio siglo: entonces  
parecían comerse el mundo, y hoy parece que el mundo se los come a  
ellos. Cuando les proponemos misiones de calado, como ésta de con-  
tribuir a la paz con justicia en México, se sienten como los profetas del  
Antiguo Testamento, que tenían la impresión de que Yahvé se había  
66 La Cuestión Social, Año 30, n. 2  
La vida religiosa frente a la violencia  
equivocado de puerta al llamarlos porque se sentían débiles e insegu-  
ros. Pues no, Yahvé nunca se equivoca de puerta: llamó hace 2 500 años  
a la puerta de aquellos hombres, y algunas mujeres, de fe, como creo  
que llama hoy a la puerta de sus comunidades, religiosos y religio  
-
sas de México. Parece que a Dios le gusta confundirnos: las primeras  
columnas de la Iglesia fueron en su mayoría simples pescadores de  
Galilea. Dios no nos quiere jóvenes fuertes y guapos, sino abiertos a  
su amor. Su Espíritu actuará en nuestras vidas, y sabrá poner palabras  
en nuestras bocas, como hizo con los profetas de antaño.  
La vida religiosa tiene hoy un carácter profético  
Los profetas no fueron jóvenes líderes que arrastraran a multitudes,  
sino hombres de Dios, socialmente débiles, pero seguros de la fuer-  
za de su Palabra, que no era suya, sino de quien los había enviado.  
Su fuerza residía en el Señor, y se manifestaba con palabras y ges-  
tos que acabarían resultando inspiradores al pueblo de Israel. Ésa  
es hoy la misión de la vida religiosa ante la violencia en México. No  
se espera que de entre los creyentes salgan agudos analistas de la  
realidad social —puede que algunos lo sean, ¡magnífico!—, ni líderes  
de movimientos sociales masivos; se espera que aporten palabras  
iluminadoras y gestos interpeladores desde la debilidad, no desde la  
fuerza, sabiendo —o al menos esperando— que Dios convertirá su  
debilidad en fuerza, como convierte nuestro pan y nuestro vino en  
su cuerpo y sangre en la eucaristía.  
Por ello, los creyentes son hoy —como antaño Jesús— fermento de la  
levadura (Mt 13, 33; Lc 13, 20-21). No conviene poner mucho fermento  
en la levadura —esto es, no es necesario que haya muchas vocaciones  
ni que la mayoría de los religiosos sean jóvenes—, sino la cantidad  
adecuada para que ésta se transforme. ¿Cómo saber qué se debe hacer?  
Yo apuntaría cuatro ideas: 1) mirar lo que está ocurriendo, 2) acercar-  
se a las víctimas, 3) orar, y 4) realizar gestos simbólicos. Como saben  
ustedes, hace mucho tiempo que la vida religiosa se refugia, de algún  
modo, en instituciones sólidas, por ejemplo, los colegios. Éstos son,  
como suele decirse hoy, una zona de confort que sabemos controlar: el  
La Cuestión Social Año 30, n. 2 67  
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Foro social josé sols lucia  
colegio es un espacio amplio, con una estructura clara, una función  
social indiscutida, y en muchos casos una necesaria fuente de in-  
gresos para la Congregación. No creo que haya que dejar los colegios  
para acercarse a las víctimas, como hicieron en México en los ochenta  
algunas congregaciones con buena fe, con resultados catastróficos  
para el nivel de educación de algunos sectores sociales del país, sino  
que lo que hay que revisar es el modo en que se educa en esos colegios,  
tanto a los alumnos como a sus padres. Y tal vez no toda la congregación  
deba estar en colegios, o en casas de retiro, o en universidades: tal vez  
algunos puedan ir a apoyar a las víctimas de la violencia allí donde  
están para tener con ellas palabras y gestos proféticos.  
Recuerden las Madres de la Plaza de Mayo: sólo tenían en su haber el  
amor a sus hijos, nada más, pero eso bastó para tumbar la dictadura.  
¿Qué tienen los alumnos para acabar con la violencia en México, para  
traer la paz con justicia? A los ojos del mundo, muy poco; a los ojos  
del Reino, mucho. ¿Qué van a hacer con ello? Repito las cuatro ideas.  
Mirar lo que está ocurriendo  
Comporta, como he dicho antes, informarse, pero también salir de  
nuestra zona de confort. Tanto laicos como religiosos tendemos en  
México a ir de una zona segura a otra para evitar los peligros que po-  
damos encontrarnos en zonas inseguras. Los laicos vamos de nuestra  
casa a la segunda residencia, al centro comercial, al club deportivo, al  
restaurante o a la empresa donde trabajamos; y los religiosos, de su  
comunidad al colegio, a la universidad, al centro donde trabajan o a la  
casa de retiro. Y, sin embargo, la vida está afuera, esperándonos. Los  
religiosos, como los laicos, deben saber salir, ir más allá de los már-  
genes de sus zonas de seguridad, algo a lo que tantas veces nos invita  
el papa Francisco; salir para ver lo que está ocurriendo ahí fuera.  
Acercarse a las víctimas  
No sólo esperar a que ellas se acerquen a nosotros. Habitualmente,  
cuando las víctimas se acercan a nosotros, solemos acogerlas bien,  
68 La Cuestión Social, Año 30, n. 2  
La vida religiosa frente a la violencia  
pero no es frecuente que vayamos adonde ellas están. Hace años me  
gustaba afirmar que cuando iba al lugar más pobre y marginado del  
mundo, siempre me encontraba allí a una comunidad de los herma-  
nitos o de las hermanitas de Foucauld. Me pasó varias veces, y era  
una experiencia muy hermosa. Creo que podríamos ampliar el dicho:  
cuando vamos al lugar más pobre y marginado del mundo, allí nos en-  
contramos con una comunidad religiosa, y eso es una maravilla. Cuando  
fui a cárceles para apoyar en pastoral penitenciaria, en los noventa,  
en Barcelona y en París, siempre me encontraba allí con algún reli-  
gioso o alguna religiosa. Ése es su lugar, su locus, el de las víctimas,  
los apartados del mundo, los enfermos, los pobres, los inmigran-  
tes, los que sufren. El Reino tal vez no espera de ustedes que arreglen  
los problemas del mundo, pero sí que estén junto a los que los sufren.  
Orar  
Si algo se espera de los estudiantes religiosos es la oración. En la  
Alhambra de Granada se puede leer esta inscripción de Francisco de  
Icaza, dedicada a su esposa, Beatriz de León y Loynaz: “Dale limos-  
na, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en  
Granada. Pues yo les digo a ustedes que no hay en la vida nada más  
triste que un religioso que no ora. Es como un pan seco, que ya no sabe  
a nada y que hasta te produce dolor en la dentadura cuando tratas de  
comerlo. El religioso que no ora no hace sino transmitir antipatía,  
fundamentalismo, mal espíritu, ansia de poder, de fama, de éxito, de  
cualquier cosa, menos del Reino. La historia está llena de ejemplos, y  
nuestro tiempo presente también tiene unos cuantos. La oración es  
para la vida religiosa como la lluvia para el campo. No digo que los  
laicos no debamos orar —¡claro que debemos!—, pero de nosotros se  
espera sobre todo acción, que hagamos funcionar al mundo, y de los  
religiosos, sobre todo vida espiritual, hacernos ver que el mundo tiene  
sentido. Además, opino que la Iglesia se siente invitada a orar cuando  
ve religiosos rezando. Es un buen ejemplo que se contagia. Por ello,  
la oración, que sin duda es privada, personal, comunitaria, también  
debe tener momentos de apertura en los que cualquiera pueda en-  
trar a saborear ese momento de Reino de Dios, porque la oración es  
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Foro social josé sols lucia  
eso, como un momento dulce de Reino de Dios entre nosotros. Y es  
importante orar por las víctimas de la violencia y hacerlo también  
junto con ellas. Orar por y orar con las víctimas.  
Realizar gestos simbólicos  
Como mencioné antes, los profetas de Israel, fruto de una honda ex-  
periencia de Dios, pronunciaban palabras y hacían gestos. De ellos  
no se esperaba que fueran reyes ni príncipes, ni ministros de econo-  
mía o de defensa: de ellos se esperaba palabras y gestos. Yo no digo  
que el Reino no espere eficiencia de los religiosos, pero sí afirmo que  
sobre todo espera palabras y gestos. Que digan el Reino y que nos lo  
muestren, aunque sólo sea simbólicamente: eso nos basta. La palabra  
oportuna y el gesto adecuado tienen una fuerza enorme.  
Diálogo final  
No quiero concluir este artículo sin recoger aquí algunas ideas inte-  
resantes que salieron en el diálogo con religiosos de México.  
El acercamiento de los religiosos a las víctimas de la violencia debería  
caracterizarse más por la empatía que por la simpatía, sin tampoco  
excluir ésta. Recordemos que la simpatía es la “inclinación afectiva  
entre personas, generalmente espontánea y mutua, mientras que  
la empatía es la “capacidad de identificarse con alguien y compartir  
sus sentimientos.8 Si la simpatía es importante en el acercamiento a  
las personas que sufren, por lo que tiene de proximidad afectiva, aún  
lo es más la empatía, por lo que tiene de identificación con el que sufre,  
idea recogida en el concepto de com-pasión y en su correspondiente  
verbo, com-padecer.  
Cuando nos acercamos a las víctimas de la violencia, es importante  
no hacerlo como si fuéramos inmaculados ángeles redentores, sino,  
muy al contrario, conscientes de que la violencia también habita en  
8
Diccionario de la Lengua Española, en línea [dle.rae.es].  
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La vida religiosa frente a la violencia  
nuestro corazón. La violencia no sólo está ahí fuera, que lo está, sino  
también aquí dentro, en nuestro corazón, en nuestras orientaciones  
de vida. Cada vez que marginamos a alguien por el motivo que sea,  
estamos sembrando la semilla de lo que algún día será violencia.  
No sólo debemos imaginar la actuación de los religiosos contra la  
violencia en categorías de una personalidad carismática, profética,  
única, impresionante, algo que no es negativo en sí; al contrario, es  
muy positivo, pero todavía es mejor el trabajo en comunidad, en con-  
gregación e incluso intercongregacional, porque el hecho de trabajar  
juntos es ya un signo del Reino de Dios que está entre nosotros.  
Nos desconcierta a veces que la Iglesia clame contra la violencia y  
que al mismo tiempo la permita en su seno. El caso de la pederastia  
de sacerdotes y religiosos es el último ejemplo de una larga lista.  
Por ello, no hay que olvidar que la Iglesia es una casta meretrix, una  
“prostituta casta, esto es, una comunidad que lleva un magnífi-  
co tesoro, el anuncio del Reino, pero formada por seres humanos,  
no por ángeles, tentados como cualquier otro y con las dificultades  
psicológicas que cualquier ser humano encuentra en su vida. En este  
sentido, la crisis de la pederastia ha sido un golpe muy duro para la  
Iglesia y para su misión. Mucha gente ha perdido la confianza en ella.  
La pederastia es una patología que puede sufrir cualquier persona,  
y los religiosos no están exentos de ella, como tampoco están exen-  
tos de pasar frío, calor, enfermedad o vértigo. No me parece justo  
que cuando se descubre la pedofilia de un sacerdote, se proclame a  
los cuatro vientos en los medios de comunicación, mientras que  
cuando se trata de otros colectivos, como pueden ser los artistas,  
cantantes, actores, hippies —más en los setenta del siglo pasado que  
ahora—, se justifique como si fuera algo comprensible. Eso es una  
hipocresía mayúscula de los medios de comunicación y de nuestra  
sociedad en general. Tan grave es la pederastia del sacerdote como  
la del hippy de los setenta, posteriormente eurodiputado.9  
9
J. Sols Lucia, Pensamientos desde mi ermita Polanco, México, Buena Prensa, 2022, en  
proceso de edición; concretamente, el capítulo “La crisis de la pederastia”.  
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Foro social josé sols lucia  
En lugar de quedarnos bloqueados con esta crisis tan desagradable,  
debemos verla como una oportunidad para mejorar nuestro modo de  
ser Iglesia, nuestro estilo de formación de religiosos, para aprender  
a hacer frente a situaciones muy críticas, de manera que otros colec-  
tivos también puedan aprender a hacerlo.  
Nos sorprende en México que un secuestrador se encomiende a la  
imagen de un santo antes de cometer una atrocidad mayúscula. La  
religión no es sólo una fe positiva —como pueda serlo la pertenencia  
a una Iglesia en particular—, sino también una dimensión humana,  
que no se borra con el pecado. De ahí que el presidente George W. Bush  
pudiera iniciar con una oración la reunión en la que se iba a decidir  
el bombardeo de Irak, o que un narco se santigüe antes de matar a  
alguien, o que alguien pueda pensar que la fe cristiana es compatible  
con el aborto “libre. Son aberraciones para los que entendemos que  
la fe en un Dios de amor sólo puede llevar a amar; la fe en un Dios de  
vida sólo puede llevar a la defensa de la vida, y de una vida digna. Sin  
embargo, se explican esas prácticas por el hecho de que la religión  
puede constituir para algunos una cultura, una ideología, pero no  
una opción de vida, que es lo que debería ser.  
En algún momento hemos dicho que víctima no sólo es quien sufre  
la violencia, sino también quien la realiza, así como sus familiares  
y amigos.10 Esto es algo que me sorprendió en mis años de juventud,  
cuando —como ya he comentado— ayudé en pastoral penitenciaria  
en cárceles de Barcelona y de París. En varias ocasiones, me encontré  
con reclusos que sentían que su violencia había acabado con su propia  
vida: no podían ver a sus hijos; sus mujeres los habían abandonado;  
sus familiares apenas les hablaban; sus amigos se habían esfuma-  
do; sus antiguos colegas de trabajo no querían saber nada de ellos.  
Sentían que, al haber agredido al otro, incluso hasta haber acabado  
con su vida, habían puesto punto final a la suya propia. El homicidio  
es un suicidio porque constituye la muerte de la sociabilidad humana, sin  
la cual no podemos existir.  
10 J. Sols Lucia, Violencia y procesos de reconciliación política, pp. 18-35.  
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