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AÑO 29, N. 1, ENERO-JUNIO 2021  
Documentos, ensayos, traducciones, comentarios, entrevistas, notas  
bibliográficas y reseñas de libros acerca de lo social  
Sección TEMÁTICA: Economías Incluyentes y solidarias  
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Adriana Gómez Chico Spamer  
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El pensamiento ecológico de San Francisco de Asís  
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La economía de Francisco. Lectura de la Revista Signo de los Tiempos  
MISCELÁNEA:- Reseñas  
Desafíos de la Economía Solidaria y Comunitaria  
Full employment and social justice  
“Pies para que te tengo”  
REVISTA DE PENSAMIENTO SOCIAL CRISTIANO  
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comentarios, entrevistas, notas bibliográficas  
y reseñas acerca de lo social  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
El pensamiento ecológico de  
San Francisco de Asís  
*Oswaldo Gallo Serratos  
Resumen  
Abstract  
Tomando como base la persona-  
lidad de san Francisco de Asís, el  
siguiente ensayo resalta el carác-  
ter ecológico de su espiritualidad.  
Para ello, en la primera parte alu-  
do a su visión poética de la crea-  
ción —el punto de partida es la  
perspectiva que de san Francisco  
tienen literatos clásicos— y en la  
segunda subrayo el potencial se-  
miótico de su “Cántico de las crea-  
turas, prototipo de ecoteología  
para nuestro tiempo.  
Taking into consideration St.  
Francis of Assisi’s personality,  
the following essay intends to  
highlight the ecological facet of  
his spirituality. To this effect, in  
the first part I allude to his poe-  
tic vision of Creation—being what  
many classical writers think of  
him the baseline—while in the  
second one I underline the semio-  
tic potential of his “Canticle of the  
Sun, an eco-theological prototype  
for our age.  
Palabras clave  
San Francisco, espiritualidad,  
ecología, ecoteología, Cántico de  
las creaturas  
Keywords  
Saint Francis, spirituality, ecolo-  
gy, eco-theology, Canticle of the Sun  
En uno de los pasajes más entrañables que dirigiera a su amante desde  
la prisión de Reading, Oscar Wilde identifica la naturaleza de Cristo con  
el temperamento del poeta en términos de su capacidad imaginativa:  
Gracias a su imaginación tan amplia y maravillosa que nos sobrecoge de te-  
mor reverencial, transformó el mundo de lo inarticulado, el mundo sin voz  
del dolor, en su reino y se convirtió en su intérprete eterno. Escogió como  
sus hermanos a aquellos que […] están mudos bajo la opresión y cuyo si-  
lencio sólo es escuchado por Dios. Quiso ser la vista del ciego, el oído del  
sordo, el grito en los labios de quienes tienen atadas las lenguas. Su deseo  
fue ser, para las miríadas de hombres que no habrán encontrado el habla, la  
trompeta con la cual pudieran llamar al cielo. Tuvo la naturaleza artística de  
93  
La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
alguien para quien el sufrimiento  
y el dolor eran medios de realizar  
su concepción de lo bello.1  
desposó en místicas nupcias con  
la pobreza. Y con el alma de poe-  
ta y cuerpo de mendigo no halló  
difícil el camino de la perfección.  
Entendió a Cristo y se volvió su se-  
mejante. No necesitamos el Liber  
conformitatum para aprender que  
la vida de san Francisco fue la au-  
téntica imitatio Christi, fue un poe-  
ma ante el cual el libro de Kempis  
es simplemente prosa”2.  
La cita in extensu da cuenta de  
una cualidad narrativa del De pro-  
fundis: lo mismo que el salmo cu-  
yas primeras palabras la intitulan,  
la carta de Wilde comienza como  
un lamento en las profundidades  
del abismo y se desplaza lenta-  
mente, por obra de fuerzas que  
por entero lo sobrepasan a uno,  
hacia una superficie más agrada-  
ble. El efecto se aprecia tanto si se  
considera la carta en general —re-  
cuérdese el título original: Episto-  
la in carcere et in vinculis— como  
si se toma un párrafo cualquiera  
de manera aleatoria. La intensidad  
de la prosa in crescendo transmuta  
estilo por contenido. De profundis,  
por ésta y tantas otras razones,  
merece ser considerada parte de  
la antiquísima tradición cristiana  
de la literatura mística.  
Otro escritor británico, en su  
biografía de san Francisco, identi-  
fica también su personalidad y su  
genio con el de un poeta, con la sal-  
vedad de que “un santo y un poeta,  
ante la misma flor, parecieran de-  
cir una misma cosa; pero, cierta-  
mente, aun cuando ambos digan la  
verdad, estarán diciendo verdades  
distintas. Para el uno la alegría de  
la vida es causa de fe; para el otro  
es más bien su consecuencia3.  
Tanto para Chesterton como para  
Wilde, la vida de san Francisco ha  
de leerse en clave poética porque  
su pensamiento funcionaba en  
primer lugar de esa manera: yen-  
do de lo particular a lo universal.  
Sus dotes poéticas alcanzan uno  
de sus momentos extáticos al des-  
posarse con la Pobreza, tal como  
Hacia la mitad de la carta, Wilde,  
siempre reacio a reconocer el ge-  
nio de otros poetas —con la excep-  
ción de Verlaine, a quien llamó “el  
único poeta cristiano después de  
Dante”—, señala el extraño caso  
de san Francisco de Asís, “el úni-  
co cristiano después de Cristo” a  
quien “Dios le concedió el alma de  
poeta y él mismo en su juventud se  
2 Oscar Wilde, De profundis, trad. de José  
Emilio Pacheco (Barcelona: Muchnik,  
1975), 147-148.  
3 G. K. Chesterton, San Francisco de Asís,  
trad. de M. Manent (Barcelona: Juven-  
tud, 1985), 96.  
1 Traducción de José Emilio Pacheco.  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
lo refiere magistralmente la con-  
desa de Pardo Bazán:  
ciscana una potencia semiótica de  
la cual el “Cántico de las creatu-  
ras” constituye arquetipo teórico y  
pauta de acción.  
Divorciado ya para siempre de  
este mundo, corrió Francisco,  
como ave que ve rotos los hie-  
rros de la jaula, a comunicar con  
las amadas soledades la libertad  
de su espíritu. Errante vagó por  
bosques y montañas, cantando  
en aquella lengua francesa, que  
era para él idioma de la poesía,  
los loores de su nuevo celeste Pa-  
dre: y como entre las breñas le  
detuviesen algunos salteadores  
preguntándole su nombre, con-  
testóles con convicción: —“Soy el  
heraldo de un gran Rey”. —“Qué-  
date ahí, impostor y ridículo he-  
raldo” replicaron ellos con burla,  
Numerosos pasajes en las bio-  
grafías de san Francisco dan  
cuenta de la actitud heterodoxa  
respecto a la naturaleza que sostu-  
vo, como su famosa predicación a  
las golondrinas, inmortalizada en  
uno de los frescos de Giotto:  
Un día llegó a una aldea llamada  
Alviano a predicar la palabra de  
Dios; subiéndose a un lugar ele-  
vado para que todos le pudiesen  
ver, pidió que guardasen silencio.  
Estando todos callados y en ac-  
titud reverente, muchísimas go-  
londrinas que hacían sus nidos  
en aquellos parajes chirriaban y  
alborotaban no poco. Y era tal el  
garlido de las aves, que el bien-  
aventurado Francisco no lograba  
hacerse oír del pueblo; dirigióse a  
ellas y les dijo: “Hermanas mías  
golondrinas: ha llegado la hora de  
que hable yo; vosotras ya habéis  
hablado lo suficiente hasta ahora.  
Oíd la palabra de Dios y guardad  
silencio y estad quietecitas mien-  
tras predico la palabra de Dios”.  
Y las golondrinas, ante el estupor  
y admiración de los asistentes, al  
momento enmudecieron y no se  
movieron de aquel lugar hasta  
que terminó la predicación. Con-  
templando semejante espectácu-  
lo, la gente, maravillada, se decía:  
“Verdaderamente este hombre es  
un santo y amigo del Altísimo”. Y  
con toda devoción se apresura-  
desnudándole, apaleándole  
y
arrojándole a un hoyo abierto en  
la nieve. Francisco siguió cantan-  
do y vagando por las selvas…4  
La vida de san Francisco no es  
otra cosa que una distensión crea-  
tiva del ámbito de lo natural a lo  
sobrenatural: de la percepción  
completa de una cosmovisión a la  
vivencia espiritual de la fraterni-  
dad. “El punto central del pensa-  
miento de san Francisco radica en  
que, según él, el secreto de reco-  
brar los placeres naturales se en-  
cuentra en considerarlos a la luz  
de un placer sobrenatural”5. En-  
contramos, así, en la doctrina fran-  
4 Emilia Pardo Bazán, San Francisco de  
Asís (Madrid: Librería de Miguel Ola-  
mendi, 1903), 147.  
5 Chesterton, 91.  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
ban a tocarle siquiera el vestido,  
loando y bendiciendo al Señor.  
haber hallado el secreto de la vida  
en ser el siervo […]. Debía de ha-  
llarse, en resumidas cuentas, en  
tal servidumbre, una libertad ra-  
yana casi en la exageración”8. Por  
otra parte, el juglar no deja de ser  
un artista y, como tal, la percep-  
ción que tiene del mundo natural  
es casi directa, sin mediar estruc-  
turas ni convenciones que lo opa-  
quen —como ocurre, por ejemplo,  
con el científico o el filósofo—.  
San Francisco es un artista, es el  
poeta de la creación: alguien ca-  
paz de cantar sus maravillas y de  
reconocer en ellas el rostro oculto  
de Dios. A sus dotes poéticas de-  
bemos el cántico más famoso que  
nos legó el Medioevo:  
En verdad, cosa admirable: las  
mismas criaturas irracionales  
percibían el afecto y barrunta-  
ban el dulcísimo amor que sentía  
por ellas.6  
Otros episodios mencionan la  
afección de san Francisco por las  
aves, las bestias y los peces: “Si le  
era posible, devolvía al agua, vi-  
vos, [a los] que habían sido captu-  
rados, advirtiéndoles que tuvieran  
cuidado de no dejarse coger otra  
vez”7. Cuando falleció, cuenta la  
leyenda, las primeras en llorar su  
muerte fueron docenas de aves  
que, en parvada, ascendían al cielo  
dibujando espirales como si enca-  
minaran así el alma de quien otro-  
ra les predicara.  
Altísimo, omnipotente, buen Señor,  
tuyas son las alabanzas, la gloria  
y el honor y toda bendición.  
Por actitud heterodoxa me re-  
fiero a la posición horizontal en  
que se situó el mismo Francisco  
respecto de la naturaleza. Tal re-  
lación tiene implicaciones semió-  
ticas poderosas. A sí mismo y a sus  
primeros seguidores, Francisco se  
refiere como “los juglares de Dios”  
(jongleurs de Dieu). El epíteto su-  
giere, en palabras de Chesterton,  
que san Francisco se asumía co-  
mo una figura secundaria para la  
sociedad, pues “quiso significar lo  
que realmente decía cuando dijo  
A ti solo, Altísimo, corresponden,  
y ningún hombre es digno de ha-  
cer de ti mención.  
Loado seas, mi Señor, con todas  
tus criaturas,  
especialmente el señor hermano sol,  
el cual es día, y por el cual nos  
alumbras.  
Y él es bello y radiante con gran  
esplendor,  
de ti, Altísimo, lleva significación.  
6 1 Cel, 59.  
7 Ib., 61.  
8 Chesterton, 89.  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
Loado seas, mi Señor, por la her-  
mana luna y las estrellas,  
Loado seas, mi Señor, por nuestra  
hermana la muerte corporal,  
en el cielo las has formado lumi-  
nosas y preciosas y bellas.  
de la cual ningún hombre vivien-  
te puede escapar.  
Loado seas, mi Señor, por el her-  
mano viento,  
¡Ay de aquellos que mueran en  
pecado mortal!:  
y por el aire y el nublado y el sere-  
no y todo tiempo,  
bienaventurados  
quienes encuentre en tu santísi-  
ma voluntad,  
aquellos  
a
por el cual a tus criaturas das  
sustento.  
porque la muerte segunda no les  
hará mal.  
Loado seas, mi Señor, por la her-  
mana agua,  
Load y bendecid a mi Señor,  
la cual es muy útil y humilde y  
preciosa y casta.  
y dadle gracias y servidle con  
gran humildad.9  
Loado seas, mi Señor, por el her-  
mano fuego,  
La tradición sugiere que el Cán-  
tico fue compuesto casi en su  
totalidad en la primavera de 1225,  
mientras san Francisco era aten-  
dido de sus dolencias en el con-  
vento de santa Clara, y que al año  
siguiente, semanas antes de su  
muerte, compuso las estrofas fina-  
les en alusión a “nuestra hermana  
la muerte corporal. Sin embar-  
go, aun cuando la datación men-  
cionada se apoya en que Celano,  
en la primera parte de su Vida de  
san Francisco, hace referencia al  
“Cántico de las creaturas, la ver-  
dad es que las referencias usual-  
mente citadas son vagas y no  
por el cual alumbras la noche,  
y él es bello y alegre y robusto y  
fuerte.  
Loado seas, mi Señor, por nuestra  
hermana la madre tierra,  
la cual nos sustenta y gobierna,  
y produce diversos frutos con  
coloridas flores y hierba.  
Loado seas, mi Señor, por aque-  
llos que perdonan por tu amor,  
y soportan enfermedad y tribula-  
ción.  
Bienaventurados aquellos que las  
soporten en paz,  
9 Francisco de Asís, Cántico del sol. To-  
das las referencias a los escritos de  
san Francisco y a sus biografías están  
tomadas de la versión en línea (www.  
franciscanos.org).  
porque por ti, Altísimo, corona-  
dos serán.  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
permiten concluir con certeza  
que el Cántico fuese compuesto ni  
en la época señalada, ni en su to-  
talidad por san Francisco. Las du-  
das sobre su autoría, con todo,  
no contravienen el hecho de que  
puede tratarse de fragmentos hila-  
dos a partir de alabanzas del pro-  
pio Francisco o, incluso, de haber  
compuesto él un cántico similar  
cuya forma alterada nos llegó.  
ción del nacimiento del Señor con  
el solsticio de invierno). Aprove-  
chando tal marco referencial, las  
habilidades homiléticas de san  
Francisco le permitieron predicar,  
de una manera sencilla y directa, a  
los pobres de este mundo, quienes  
no sólo escuchaban su mensaje,  
sino que, quizá por primera vez,  
entendían el del Evangelio.  
La cosmovisión de san Francisco  
está arraigada en la presupues-  
to medieval de la creación como  
dádiva divina. Cualquier manifes-  
tación natural, sea bajo la forma  
de una entidad concreta, sea bajo  
la fuerza de un desastre natural,  
muestra sólo el aspecto fenoméni-  
co de la naturaleza divina, siempre  
dinámica, creadora, vivificante.  
Uno de los principios de la patrís-  
tica, sentado en la Espístola 101  
de san Gregorio Nacianceno, ad-  
vierte que “lo que no se asume,  
no puede sanarse”10. Así Cristo, al  
haber asumido la naturaleza hu-  
mana y, con ella, el ámbito de lo  
material, por Su sangre derrama-  
da en la cruz lo ha sanado tanto  
en este mundo como en el futuro  
—que no es sino la continuación  
perfeccionada del que nos atañe  
ahora—. Francisco advirtió el mo-  
vimiento único de la encarnación  
Dos son los pasajes relevantes  
que me gustaría resaltar del Cán-  
tico: aquél en que alude al Sol y el  
que menciona a “nuestra hermana  
la madre Tierra. Sobre el primero,  
Francisco lo alaba no por lo que  
significa en sí mismo, sino porque  
el Señor “nos alumbra” por medio  
de él y, más aún, porque es un sig-  
no de Dios: “De ti, Altísimo, tiene  
significación” (de te, Altissimo, por-  
ta significatione, se lee en el um-  
bro original). Este último término  
no era de uso común en la época,  
y menos en el contexto en que vi-  
vió el Pobre de Asís —es posible  
que tal verso haya sido añadido  
por algún fraile familiarizado con  
la escolástica o, por lo menos, con  
la obra de san Agustín, quien defi-  
ne al signo como “algo que está en  
el lugar de otra cosa”—. La iden-  
tificación del Sol con Cristo tiene  
al mismo tiempo un significado  
bíblico (“el Sol que nace de lo alto”  
de Lc I, 78) e histórico (los cristia-  
nos hicieron coincidir la celebra-  
10 Una versión muy libre del pasaje, y la  
más extendida también, traduce τò γáρ  
ἀπρóσληπτον, ἀθερáπεuτον como “lo  
que no se asume, no se redime.  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
a la redención, y percibió también  
que todo lo creado no debía ser  
concebido como intrínsecamente  
pecaminoso y corrupto; al contra-  
rio, su sensibilidad de hijo le per-  
mitió reconocer a otros hijos en  
otras condiciones:  
Baskerville aprovecha la resolu-  
ción del primer misterio que se le  
ofrece recién llegado a la abadía  
benedictina para dar una lección  
a su pupilo: “Cuando no posee-  
mos las cosas, usamos signos y  
signos de signos.12  
¿Quién podrá expresar aquel  
extraordinario afecto que le  
arrastraba en todo lo que es de  
Dios? —escribía Celano— ¿Quién  
será capaz de narrar de cuán-  
ta dulzura gozaba [Francisco]  
al contemplar en las criaturas la  
sabiduría del Creador, su poder y  
su bondad? En verdad, esta con-  
sideración le llenaba muchísimas  
veces de admirable e inefable go-  
zo viendo el sol, mirando la luna  
y contemplando las estrellas y el  
firmamento. ¡Oh piedad simple!  
¡Oh simplicísima piedad!11  
Así san Francisco, incapaz de  
aprehender los misterios de la na-  
turaleza —ora por la incapacidad  
propia de la racionalidad humana,  
ora por su resistencia a someterse  
como fraile a una formación aca-  
démica—, prefirió adentrarse en  
ellos, y por medio de ellos al mis-  
terio de lo divino, mediante la vía  
de la fraternidad universal. Una  
auténtica sexta vía para llegar a  
la existencia misma de Dios. Los  
reinos animal, vegetal y mineral,  
los fenómenos naturales y aun  
los astros, todo se convierte en  
un hermano para Francisco, y es  
precisamente el reconocimiento  
de tal hermandad que lo sitúa no  
en el lugar superior respecto de la  
creación que supone nuestra civi-  
lización, sino en una relación ho-  
rizontal —para usar un lenguaje  
más apropiado, diríamos simbióti-  
ca— con ella.  
No es casualidad que las escuelas  
filosóficas franciscanas —sobre  
todo la oxoniense, representada  
paradigmáticamente por Roger  
Bacon y Guillermo de Occam— ha-  
yan concedido tanta importancia  
al carácter sígnico de las entida-  
des particulares logrando así una  
serie de suposiciones metafísicas  
que habrían de dar cuerpo al no-  
minalismo. Nótese, por ejemplo,  
la influencia de esta primitiva  
semiótica en la novela medieval  
de Umberto Eco, El nombre de la  
rosa, en la que Fr. Guillermo de  
Lo anterior nos permite recono-  
cer en san Francisco a un pionero  
de las éticas no antropocéntricas.  
12 Umberto Eco, El nombre de la rosa,  
trad. de Ricardo Pochtar (México: Lu-  
men, 2016) 43.  
11 1 Cel, 80.  
99  
La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
No estuvo interesado en elaborar  
una doctrina filosófica al respec-  
to; su pensamiento es una conse-  
cuencia teológica del dogma de  
la encarnación. La deducción es  
evidente: contraria a los presu-  
puestos gnósticos, la fe cristiana  
concibe la encarnación del Señor  
no como un recurso retórico ni  
como una simple manifestación  
material de Su divinidad; bien al  
contrario, se trata de una autén-  
tica revolución en el pensamiento  
religioso de Occidente: presenta  
a un Dios que asume la corporali-  
dad y la espiritualidad humanas.  
La encarnación, así, se encuentra  
atravesada radicalmente por una  
narrativa que reivindica el ámbito  
de lo material frente a las preten-  
siones de la metafísica platónica y  
neoplatónica de subordinarlo a  
un dualismo incompatible con la  
corporalidad del Dios hecho Hom-  
bre. Dicho sea de paso, la dualidad  
platónica es parte de un discurso  
que históricamente ha sido una  
constante entre los creyentes cris-  
tianos, a pesar de su carácter he-  
rético. Piénsese, por ejemplo, en  
ciertas prácticas ascéticas como  
la mortificación corporal basadas  
en una supuesta superioridad de  
lo espiritual sobre lo material13.  
El mismo Francisco, aun cuan-  
do reivindica teológicamente la  
creación y se resiste a reconocer  
la superioridad del ser humano  
respecto de ella, no está exento de  
ser considerado un dualista en lo  
que respecta a la relación entre lo  
corporal y lo espiritual. La prima-  
cía de esto último es evidente en  
las Admoniciones de san Francisco,  
una compilación de exhortaciones  
fraternas de cuya fecha de compo-  
sición no tenemos noticia:  
Hay muchos que, cuando pecan o  
reciben una injuria, con frecuen-  
cia acusan al enemigo o al próji-  
mo. Pero no es así, porque cada  
uno tiene en su poder al enemigo,  
es decir, al cuerpo, por medio del  
cual peca. Por eso, “bienaventu-  
rado aquel siervo” (Mt 24,46) que  
tiene siempre cautivo a tal ene-  
migo entregado en su poder, y se  
guarda sabiamente de él; porque,  
mientras haga esto, ningún otro  
enemigo, visible o invisible, po-  
drá dañarle.14  
sículo, nos dan la pauta para entender  
el pasaje: “Teman más bien a aquél que  
puede destruir el alma y el cuerpo en  
el infierno. No se trata de supeditar el  
cuerpo al espíritu, sino de reconocer y  
aceptar en ambos su carácter de don y  
de oportunidad para el encuentro con lo  
divino, como he mencionado antes cu-  
ando hablaba de la creación; también se  
trata de dimensionar adecuadamente el  
lugar que tales ámbitos desempeñan en  
la vida (entiéndase no solamente en la  
vida humana, sino en la esfera de todo lo  
vivo y de todo lo que interactúa con ello).  
14 Francisco de Asís, Admoniciones A, X.  
13 Pudiera objetarse que tal dualidad se  
halla en el mismo Evangelio: “No teman  
a los que matan el cuerpo, sino a los que  
pueden matar el alma” (Mt X, 28), pero  
las ipsissima verba Iesu, en el mismo ver-  
100  
La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
La mortificación corporal fue  
una práctica común en la vida de  
san Francisco. En la Vida segun-  
da de Celano nos encontramos  
con que “[E]l santísimo padre so-  
metía su cuerpo —de veras ino-  
cente— a azotes y privaciones y  
multiplicaba sobre él los castigos  
sin motivo”15. Tal fue la disciplina  
a la que sometió su cuerpo que,  
después de la estigmatización en  
Alvernia, el mismo Celano subraya  
el estado de salud precario en que  
se encontraba san Francisco:  
Tal era la concordia entre carne  
y espíritu, tanta la obediencia,  
que, cuando el espíritu se esfor-  
zaba por alcanzar la santidad, la  
carne no sólo no oponía resis-  
tencia, sino que se empeñaba en  
adelantarse, según lo que está  
escrito: “Sedienta está mi alma;  
mi alma languidece en pos de ti”  
(Sal 62,2). El esfuerzo permanen-  
te de sumisión había hecho que  
la sujeción le resultara espontá-  
nea y a través de una docilidad  
continua había alcanzado el seño-  
río de la virtud; es de saber que  
los hábitos engendran muchas  
veces naturaleza16.  
Por este mismo tiempo comenzó  
su cuerpo a sentirse atacado de  
varias dolencias, y con más ve-  
hemencia que de ordinario hasta  
entonces. Ciertamente, sus enfer-  
medades eran frecuentes, como-  
quiera que había castigado tanto  
a su cuerpo y lo había reducido a  
servidumbre hacía tantos años.  
A lo largo de dieciocho años ya  
cumplidos, rara vez, por no decir  
nunca, había dado descanso a su  
carne, recorriendo varias y muy  
dilatadas regiones con el fin de  
que aquel espíritu devoto, aquel  
espíritu ferviente que la habitaba,  
esparciera por doquier la semilla  
de la palabra de Dios. Difundía el  
Evangelio por toda la tierra; mu-  
chas veces en un solo día recorría  
cuatro o cinco castillos y aun pue-  
blos, anunciando a todos el reino  
de Dios y edificando a los oyentes  
no menos con su ejemplo que con  
su palabra, pues había convertido  
en lengua todo su cuerpo.  
Independientemente de la je-  
rarquía dualista que estableció  
Francisco entre el ámbito de lo  
corporal y lo espiritual, su visión  
de la creación ofrece una clave  
ecológica para reivindicarla como  
un espacio idóneo para alcanzar el  
conocimiento de Dios.17 Por ejem-  
16 Cel 1, 97.  
17 Hasta ahora he señalado la que me  
parece la más grande contradicción  
del pensamiento franciscano: la de rei-  
vindicar el mundo material como don  
divino y posibilidad de la experiencia  
religiosa, y al mismo tiempo proponer  
una relación de sumisión de lo espiri-  
tual sobre lo corporal. Aun cuando se  
considerase que por “carne” o “mate-  
ria” san Francisco se refiere a cierto  
apetito concupiscible que el cristiano  
habría de evitar —conviene aquí usar la  
terminología tomista—, la mera insinu-  
ación de una correspondencia entre lo  
concupiscible y lo material choca fron-  
talmente con la señalada reivindicación  
de la creación, al ser ésta material. No  
15 Cel 2, 124.  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
plo, podemos identificar en ciertas  
prácticas una primitiva noción de  
sustentabilidad: Al hermano en-  
cargado de preparar la leña para  
la lumbre le decía que nunca cor-  
tase el árbol entero, sino que  
dejara algunas ramas íntegras,  
por amor del que quiso salvarnos  
en el árbol de la cruz.18  
ciarse de él19. El gesto no sólo con-  
tradice la tradición horticultora  
de los jardines monacales medie-  
vales: se trata de una afrenta a la  
privatización de la propiedad, una  
práctica contraria al espíritu fra-  
terno del franciscanismo.  
Resalté dos pasajes del Cántico:  
uno, en el que hablaba del Sol, y  
otro más que alaba al Señor “por  
nuestra hermana la madre Tierra”  
(Laudato si, mi Signore, per sora  
nostra matre terra, / la quale ne  
sustenta et governa, reza en um-  
bro). Se trata de la única creatura  
que lleva el título de “madre”  
además del de “hermana, y no de-  
be, por tanto, pasar desapercibi-  
do. Para la sensibilidad de varios  
pueblos de América, África y Ocea-  
nía, pero también de la Europa  
medieval, a juzgar por el verso  
franciscano, la Tierra es madre  
porque engendra y cuida de sus  
hijos, en el sentido de que les pro-  
vee de lo necesario para vivir. Tal  
sensibilidad, sin embargo, es con-  
siderada sinónimo de panteísmo  
e idolatría por algunos creyentes  
incapaces de concebir su fe más  
allá del siglo XIX: piénsese, por  
ejemplo, en el terrible acto de van-  
dalismo, motivado por una ideolo-  
gía racista, que supuso, durante el  
Los pasajes anteriores traslucen  
una de los ideas medulares de la  
ecoteología de san Francisco: pri-  
vilegiar a una creatura sobre otra,  
ya sea por su clase social (en el  
caso de las personas) o por su es-  
pecie (en el caso de las plantas o de  
los animales), contradice el prin-  
cipio del amor de Dios por todas  
sus creaturas. La simbología de  
los huertos franciscanos es muy  
clara: nada se considerada maleza,  
todas las plantas crecen y se cui-  
dan por igual, trato que cualquier  
especie habría de recibir allende  
los límites del jardín. Más aún, las  
indicaciones de san Francisco pa-  
ra el hermano horticultor son muy  
claras: el jardín no debía estar cer-  
cado, sino abierto para cualquiera  
que quisiera admirarlo o benefi-  
pretendo, sin embargo, al señalar tal  
contradicción, restar valor a la tradición  
ecológica que san Francisco introdujo  
en la teología cristiana; es comprensible  
dada la precocidad de su planteamiento  
y la ausencia de un marco conceptual  
ecoteológico desarrollado.  
19 Véase: Lisa J. Kiser, The Garden of St.  
Francis: Plants, Landscape, and Econo-  
my in Thirteenth-Century Italy, Envi-  
ronmental History 8 (2), 2003: 236.  
18 San Francisco de Asís, Espejo de perfec-  
ción, 118.  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
Sínodo del Amazonas, haber arro-  
jado al Tíber una estatua de la  
Madre Tierra.  
Yo creería de buena gana que tú  
existes desde el comienzo de la  
tierra, Francisco, y que has hecho  
los cristales, los dientecitos del  
granizo y las pintaduras del li-  
rio atigrado.21  
El Cántico invita a una mística  
ecológica, a una “alianza de inti-  
midad, según Leonardo Boff, en  
el sentido “[d]el encuentro inefa-  
ble con el misterio del mundo, que  
[…] invita al silencio reverente, a la  
meditación y a la contemplación.  
Sólo el hombre-espiritual puede  
extasiarse, percibir el Todo en la  
parte y darse cuenta de que la par-  
te es tan sólo parte de un Todo”20.  
La intimidad de san Francisco  
con el Todo presente en la natura-  
leza es una de las características  
más elocuentes de su religiosidad;  
Gabriela Mistral la retrata de cuer-  
po completo en uno de sus textos  
más conmovedores:  
Una de las ventajas del pensa-  
miento de san Francisco es su ca-  
rácter pontifical: la aceptación de  
una fraternidad universal facilita  
la construcción de puentes entre  
ámbitos y tradiciones aparente-  
mente inconexos —comenzando  
por el mismo culto a san Francis-  
co, reconocido por la Iglesia roma-  
na, la anglicana y la luterana, pero  
también, en cierta medida, por al-  
gunas escuelas de pensamiento  
orientales e islámicas—. En el ám-  
bito científico desde hace algunas  
décadas se propuso la hipótesis  
Gaia, esto es, la idea de que el mun-  
do no es simplemente el espacio  
topológico donde ocurre la vida,  
sino un organismo —i. e., vivo, di-  
námico— capaz de autorregularse  
y sujeto de derechos. Nuestra re-  
lación con Gaia, sea efectivamente  
un organismo o un discurso narra-  
tivo que nos vincula de una mane-  
ra más fuerte con la Tierra,22 nos  
Francisco, yo suelo encontrarte  
acurrucadito en un matorral de  
salvia… unos ojitos ardientes bri-  
llan en el fondo y las ramas altas  
de mueves por el escondido. […]  
Y cuando la laguna se riza sin  
viento, ¿no vas tú pasando con  
tu sayal largo sobre ella? Las em-  
barcaciones en la orilla se juntan,  
chocándose como si se lo contaran.  
Y los musgos, Francisco, tú los  
cuajas tocando con tu pecho las  
piedras. Los troncos se ponen tier-  
nos, y crían esa lana verde y ceñi-  
da, donde duerme el rocío. […]  
21 Gabriela Mistral, Motivos de san Fran-  
cisco (Editorial del Pacífico: Santiago de  
Chile, 1965), 82.  
22 Ésta es la lectura de Glenn Albrecht, pi-  
onero en los estudios de filosofía ambi-  
ental, para quien Gaia funciona como un  
principio moral de interconexión sim-  
biótica, es decir, como una manera más  
conveniente de abordar desde la ética  
20 Leonardo Boff, La sostenibilidad (Sal  
Terrae: Santander, 2003), 182.  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
permitiría acercarnos a ella desde  
una multiplicidad de tradiciones.23  
Bibliografía  
Albrecht, Glenn. Earth Emotions. Nue-  
va York: Cornell University Press,  
2019.  
El pensamiento ecológico de san  
Francisco es una de ellas, y a mi  
juicio, una de las mejores: invo-  
lucrarse en la defensa del medio  
ambiente resulta más fácil cuando  
se le concibe bajo una perspectiva  
mística —no necesariamente reli-  
giosa—. Abordar nuestras relacio-  
nes con la Tierra exclusivamente  
desde una lente científica nos im-  
pide reconocer en ellas los factores  
culturales, emocionales, religiosos  
y personales que nos vinculan con  
ella. Una experiencia mística de la  
naturaleza, entendida como aper-  
tura psicoafectiva a la creación en  
tanto que es dádiva y espacio en  
el cual se desarrolla la vida (y no  
sólo los procesos biológicos) se  
convierte en la condición necesa-  
ria para cambiar el modo de explo-  
tación que prima nuestra relación  
con ella desde hace siglos. Convie-  
ne volver la vista a aquel pionero  
del biocentrismo, el Pobre de Asís,  
y seguir las huellas de sangre que  
dejó su paso por los bosques en  
que se enamoró del Creador.  
Asís, Francisco de. Escritos completos.  
do el 13 de octubre de 2020).  
Boff, Leonardo, La sostenibilidad. Sal  
Terrae: Santander, 2003.  
Celano, Tomás de. Vita prima (Cel 1).  
do el 13 de octubre de 2020).  
Chesterton, G. K. San Francisco de Asís,  
trad. de M. Manent. Barcelona: Juven-  
tud, 1985.  
Eco, Umberto. El nombre de la rosa,  
trad. de Ricardo Pochtar. México: Lu-  
men, 2016.  
Kiser, Lisa. “The Garden of St. Fran-  
cis: Plants, Landscape, and Economy  
in Thirteenth-Century Italy, Environ-  
mental History 8 (2), 2003: 229-245.  
Mistral, Gabriela. Motivos de san Fran-  
cisco. Editorial del Pacífico: Santiago  
de Chile, 1965.  
Pardo Bazán, Emilia. San Francisco de  
Asís. Madrid: Librería de Miguel Ola-  
mendi, 1903.  
Spallone, Patricia. “The Gaia Effect, en  
MIDGLEY, Mary (ed.). Earthly Realism.  
The Meaning of Gaia. Charlottesville:  
Societas, 2007: 61-67.  
Wilde, Oscar. De profundis, trad. de Jo-  
sé Emilio Pacheco. Barcelona: Much-  
nik, 1975.  
*Filósofo y ensayista. Profesor de Fi-  
losofía contemporánea y Ética am-  
biental en el Instituto Tecnológico  
y de Estudios Superiores de Monte-  
rrey. Se especializa en la epistemo-  
logía de John Henry Newman. Sus  
líneas de investigación abarcan la  
filosofía de la cultura y la ética am-  
biental. Es autor de dos capítulos  
de libros, artículos y reseñas en  
Tópicos, Newman Studies Journal,  
Nexos y la Revista de la Universidad,  
entre otros.  
nuestra relación de responsabilidad no  
sólo con los seres vivos, sino con todo  
el planeta. Véase: Glenn Albrecht, Earth  
Emotions (Nueva York: Cornell Univer-  
sity Press, 2019).  
23 Cfr. Patricia Spallone, “The Gaia Effect,  
en Mary Midgley (ed.). Earthly Realism.  
The Meaning of Gaia (Charlottesville:  
Societas, 2007), 61-67.  
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