No estuvo interesado en elaborar
una doctrina filosófica al respec-
to; su pensamiento es una conse-
cuencia teológica del dogma de
la encarnación. La deducción es
evidente: contraria a los presu-
puestos gnósticos, la fe cristiana
concibe la encarnación del Señor
no como un recurso retórico ni
como una simple manifestación
material de Su divinidad; bien al
contrario, se trata de una autén-
tica revolución en el pensamiento
religioso de Occidente: presenta
a un Dios que asume la corporali-
dad y la espiritualidad humanas.
La encarnación, así, se encuentra
atravesada radicalmente por una
narrativa que reivindica el ámbito
de lo material frente a las preten-
siones de la metafísica platónica y
neoplatónica de subordinarlo a
un dualismo incompatible con la
corporalidad del Dios hecho Hom-
bre. Dicho sea de paso, la dualidad
platónica es parte de un discurso
que históricamente ha sido una
constante entre los creyentes cris-
tianos, a pesar de su carácter he-
rético. Piénsese, por ejemplo, en
ciertas prácticas ascéticas como
la mortificación corporal basadas
en una supuesta superioridad de
lo espiritual sobre lo material13.
El mismo Francisco, aun cuan-
do reivindica teológicamente la
creación y se resiste a reconocer
la superioridad del ser humano
respecto de ella, no está exento de
ser considerado un dualista en lo
que respecta a la relación entre lo
corporal y lo espiritual. La prima-
cía de esto último es evidente en
las Admoniciones de san Francisco,
una compilación de exhortaciones
fraternas de cuya fecha de compo-
sición no tenemos noticia:
Hay muchos que, cuando pecan o
reciben una injuria, con frecuen-
cia acusan al enemigo o al próji-
mo. Pero no es así, porque cada
uno tiene en su poder al enemigo,
es decir, al cuerpo, por medio del
cual peca. Por eso, “bienaventu-
rado aquel siervo” (Mt 24,46) que
tiene siempre cautivo a tal ene-
migo entregado en su poder, y se
guarda sabiamente de él; porque,
mientras haga esto, ningún otro
enemigo, visible o invisible, po-
drá dañarle.14
sículo, nos dan la pauta para entender
el pasaje: “Teman más bien a aquél que
puede destruir el alma y el cuerpo en
el infierno”. No se trata de supeditar el
cuerpo al espíritu, sino de reconocer y
aceptar en ambos su carácter de don y
de oportunidad para el encuentro con lo
divino, como he mencionado antes cu-
ando hablaba de la creación; también se
trata de dimensionar adecuadamente el
lugar que tales ámbitos desempeñan en
la vida (entiéndase no solamente en la
vida humana, sino en la esfera de todo lo
vivo y de todo lo que interactúa con ello).
14 Francisco de Asís, Admoniciones A, X.
13 Pudiera objetarse que tal dualidad se
halla en el mismo Evangelio: “No teman
a los que matan el cuerpo, sino a los que
pueden matar el alma” (Mt X, 28), pero
las ipsissima verba Iesu, en el mismo ver-
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La Cuestión Social
Año 29, n. 1