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AÑO 29, N. 1, ENERO-JUNIO 2021  
Documentos, ensayos, traducciones, comentarios, entrevistas, notas  
bibliográficas y reseñas de libros acerca de lo social  
Sección TEMÁTICA: Economías Incluyentes y solidarias  
Adriana Gómez Chico Spamer  
Paty Montiel y Eduardo Galicia  
Alberto Irezabal Vilaclara  
Hazel Asis Torres Ayala  
Adriana Gómez Chico Spamer  
FORO SOCIAL:  
Fraternidad y Mercado, ejes de la economía de comunión  
Oswaldo Gallo Serratos  
El pensamiento ecológico de San Francisco de Asís  
Elena Cruz Gutiérrez  
La economía de Francisco. Lectura de la Revista Signo de los Tiempos  
MISCELÁNEA:- Reseñas  
Desafíos de la Economía Solidaria y Comunitaria  
Full employment and social justice  
“Pies para que te tengo”  
REVISTA DE PENSAMIENTO SOCIAL CRISTIANO  
Documentos, ensayos, traducciones,  
comentarios, entrevistas, notas bibliográficas  
y reseñas acerca de lo social  
Directorio  
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Presidente Honorario Vitalicio in memoriam: † Emmo. Sr. Cardenal Roger Etchegaray  
Presidente Honorario Vitalicio in memoriam: †Lorenzo Servitje Sendra  
Presidente Honorario Vitalicio in memoriam: †Salvador Domínguez Reynoso  
PRESIDENTE  
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VICEPRESIDENTES  
Javier Ballesteros de León  
Maria del Pilar Mariscal Servitje  
TESORERO  
Jesús Antonio Damián Basurto  
SECRETARIO  
Ma. de la Paz Sáenz de Soberón  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
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EDITOR EN JEFE  
Gerardo Cruz González  
JUNTA EDITORIAL  
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Esta edición de La Cuestión Social consta de 700 ejemplares  
y se imprimió en MG Advanced Prepress Technology, S.A. de C.V.  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
Fraternidad y Mercado, ejes de la  
economía de comunión  
Entrevista a Luigino Bruni  
De cara al evento convocado por  
el papa Francisco “La economía de  
Francisco, Adriana Gómez Chico  
Spamer entrevistó al economista e  
historiador del pensamiento eco-  
nómico, LuiginoBruni, quienfunge  
como director científico del evento  
“The Economy of Francesco. Bru-  
ni tiene un creciente interés por la  
ética, los estudios bíblicos y la li-  
teratura. Estos intereses laterales  
han ido aumentando con los años  
hasta cambiar la naturaleza de su  
oficio. En su intento de ahondar  
en palabras “económicas” como  
bienestar, felicidad, reciprocidad,  
mercado, don, gratuidad y simila-  
res, se ha dado cuenta de que son  
demasiado ricas y complejas co-  
mo para que la ciencia económica,  
por sí sola, pueda comprenderlas  
y explicarlas.  
Rómulo y Remo en la fundación  
de Roma —que fue, por cierto, una  
experiencia fratricida—. Uno de  
los mensajes que podemos resal-  
tar de este último mito, de que el  
hermano mayor asesine al menor,  
es que la fraternidad no es sufi-  
ciente para construir una ciudad.  
Ésta demanda otro tipo de rela-  
ción que no es la sanguínea. Ni el  
vínculo de sangre ni la pertenen-  
cia a una familia, un clan o una  
tribu hacen una ciudad; eso no  
es ciudadanía, sino la manera ar-  
caica de entender la vida en co-  
mún, basada en fuertes vínculos  
de pertenencia.  
La fraternidad tampoco es una  
virtud mercantil. El mercado, in-  
cluso el de la economía civil o el  
de la “economía del bien” del papa  
Francisco necesita tener vínculos  
débiles: si sólo comercias con tus  
hermanos y hermanas, eso no es  
mercado, sino trueque, como ocu-  
rría en sociedades arcaicas. ¿Y por  
qué digo todo esto? Porque éste es  
también el mensaje del Evangelio:  
la parábola del Buen Samaritano,  
como bien la explica Amartya Sen  
en La idea de la justicia, es un buen  
Luigino, ¿nos enfrentamos a  
una crisis de fraternidad en lo  
económico? ¿Hay lugar en el mer-  
cado global para la fraternidad?  
Depende de qué tipo de frater-  
nidad estamos hablando. Es una  
palabra ambivalente. La fraterni-  
dad, tal como la conocemos, es la  
experiencia de Caín y Abel, la de  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
ejemplo de fraternidad, de cómo  
ser prójimo.  
la cual las personas con las que  
vives en tu ciudad o tu país son  
consideradas hermanas, resulta  
inmediato suponer que hay per-  
sonas más hermanas nuestras  
que otras.  
En esa parábola el samaritano  
no era hermano de quien estaba  
en peligro. Al contrario: el samari-  
tano era el más alejado de la vícti-  
ma desde el punto de vista social  
y geográfico. El sacerdote y el levi-  
ta eran más cercanos a la víctima,  
porque ambos estaban involucra-  
dos en la disputa sobre el templo.  
Ellos eran geográfica, religiosa y  
éticamente mucho más cercanos  
que el samaritano a la víctima.  
Amartya Sen, pues, afirma que la  
fraternidad no tiene nada que ver  
con una cercanía geográfica, reli-  
giosa o cultural, que el ser prójimo  
no se trata de vivir en un mismo  
tiempo o lugar.  
También tenemos que imaginar  
una forma de fraternidad nueva,  
más universal; puede que conven-  
ga incluso acuñar otra palabra: la  
“fraternidad” conlleva un sesgo de  
género. Por ejemplo, no me gusta  
el título de la reciente encíclica pa-  
pal, Fratelli tutti. Publiqué en mi  
cuenta de facebook una sugeren-  
cia al papa Francisco respecto de  
cambiarle el título: ‘Hermanos’ to-  
dos resulta sexista hoy día. ¡Tam-  
bién hay hermanas!  
A propósito, en 2018 publiqué  
un artículo sobre la fraternidad  
en una revista de economía y fi-  
losofía. Hubo una réplica de Ju-  
lie Nelson, economista feminista,  
actual editora en jefe de la Journal  
of Business Ethics, en la que seña-  
laba lo ineficaz que resulta hablar  
de “fraternidad, pues las “herma-  
nas” no tienen cabida en ese tér-  
mino. Sabemos que el asunto es  
más complejo, claro. Esto es un  
decir, pero uno que debe tomar-  
se muy en serio. La fraternidad  
es un criterio importante en  
tanto que se trata de una actitud  
universal, no una mera relación  
sanguínea.  
Tener eso en cuenta hoy es de  
suma importancia. Hay que mirar  
los nuevos movimientos en Euro-  
pa y Estados Unidos —quizá tam-  
bién en México, no lo sé—, donde  
los movimientos populistas, los  
neonacionalismos en todo el mun-  
do propugnan nuevas formas de  
fraternidad “¡Primero los italia-  
nos!, ¡Primero los estadouniden-  
ses!, como si fuéramos hermanos  
sólo entre nosotros [los miembros  
de un país], pero no más.  
Si pensamos la fraternidad des-  
de una perspectiva naturalista en  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
Un importante filósofo del si-  
glo xx, John Rawls, en su Teoría  
de la justicia —específicamente  
en la primera parte de esa obra,  
que aborda el segundo principio  
de la justicia (el famoso principio  
de diferencia o el maximin crite-  
rion)— evoca también el principio  
de fraternidad. Es típico que este  
principio salga a colación cuando  
se tratan problemas como el de  
la distribución de la riqueza (es  
decir, el de tratar de ser equitati-  
vos en su distribución y no sólo  
seguir los dictados de los grupos  
en poder).  
ciones que espero sean tomadas  
en cuenta de la nueva encíclica  
del papa, podemos concluir que la  
“fraternidad” puede ser también  
relevante para el mercado global.  
¿Y hay lugar en el mercado  
para la fraternidad? De ser así,  
¿cómo?  
Puede haberlo. Tan sólo ima-  
ginemos cómo funcionan los mi-  
crocréditos. Eso es una forma de  
mercado (de un mercado social,  
claro está, pero mercado, a fin de  
cuentas: la gente en los bancos  
percibe un sueldo, no están ahí de  
gratis) que rescató de la pobreza a  
millones de mujeres. Eso es frater-  
nidad, mejor dicho: sororidad.  
Es cierto que la fraternidad es  
una categoría moderna, no es  
simplemente algo arcaico. [Para  
resumir mi respuesta, diría que  
el mercado es el lugar donde la  
fraternidad puede desarrollarse  
si toma en cuenta tres ideas bási-  
cas:] que se conciba la fraternidad  
de un modo universal, es decir, no  
relacionada con la consanguinei-  
dad o con las víctimas de modo al-  
guno; que el hermano o hermana  
sea considerada aquella persona  
que ayuda a la víctima sin impor-  
tar su religión, su sexo, etcétera; y  
que interpretemos la fraternidad  
como el ser hermanos y herma-  
nas —y enfatizo: no solamente  
“hermanos, puesto que el térmi-  
no “fraternidad” deriva del latín  
frater, -tris que significa “herma-  
no”—. Con estas tres especifica-  
En el artículo que escribí, que ya  
mencioné, llamo a la fraternidad  
una virtud mercantil. Esto, porque  
cuando el mercado trabaja como  
debe, cuando hay principios [de  
por medio] y no simplemente el  
mercado respondiendo a los inte-  
reses del Estado o de una comu-  
nidad o de otros agentes en una  
sociedad, el mercado, digo, tiende  
a crear una mayor equidad.  
Recordemos, por ejemplo, un  
pasaje de La riqueza de las nacio-  
nes de Adam Smith, el texto fun-  
dador de la economía política. En  
ese libro, cuando Smith presenta  
el papel que desempeña del mer-  
cado, el comercio en la sociedad,  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
justo en el capítulo anterior su  
autor menciona el caso de los po-  
bres que mendigan por las calles.  
La idea de un mendigo depende  
de unas relaciones verticales de  
poder en cuestiones como la vi-  
vienda y la alimentación. Pero, si  
a esa persona que mendiga se le  
permite entrar al mercado (por  
ejemplo, a través de un trabajo),  
cuando vaya con el panadero o el  
carnicero, la relación ya no será la  
de un mendigo con alguien que no  
lo es, sino una relación de iguales,  
y potencialmente, una relación de  
hermanos. La conclusión es que  
no hay fraternidad entre personas  
diferentes. Es muy difícil conse-  
guir igualdad entre una persona  
poderosa y una sin hogar.  
Puede haber [fraternidad en el  
mercado], pero por supuesto que  
no es algo que ocurra automática-  
mente. Depende del contexto, de  
las condiciones del mercado. En  
mi definición, el mercado del bien  
es aquel que permite y promueve  
la fraternidad, mientras que un  
mercado incivilizado la destruye.  
En el mercado, podemos encontrar  
los dos extremos de esta relación.  
Como sabes, hay diferentes  
aproximaciones o modelos que  
han surgido de la economía in-  
cluyente. Si las tomas en cuenta  
(no sólo la economía de comu-  
nión que tan bien conoces, sino  
otras aproximaciones como la  
economía social, las coopera-  
tivas, la economía del bien co-  
mún, etcétera), ¿cuáles dirías  
que son sus principales con-  
tribuciones y sus principales  
retos? ¿De verdad tienen posi-  
bilidades de cambiar el sistema  
económico?  
Lo supongo. Regresando a lo  
que ya he mencionado, lo que es  
novedoso hoy es un cambio en  
los hábitos del mundo. Proba-  
blemente, las mismas ideas o las  
mismas realidades de hace veinte  
años hoy son más atractivas, más  
interesantes, por un cambio en  
la base de la sociedad. Tengamos  
en cuenta dos consideraciones: la  
primera, el momento en que surge  
el cooperativismo. Las compañías  
La igualdad es una precondición  
para la empatía. Se trata de una  
relación entre hermanos, no en-  
tre padre e hijo. La primera, la re-  
lación de hermanos, conlleva una  
igualdad superior a la de un padre  
con sus hijos. La fraternidad es una  
relación entre personas en una si-  
tuación de iguales, aun cuando en-  
tre hermanos, por ejemplo, haya  
diferencias entre uno y otro, entre  
hermanos y hermanas. Pero —in-  
sisto— se trata de una relación  
más igual que la de una relación  
vertical como la que encontramos  
respecto de los hijos con su padre  
o su madre.  
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Año 29, n. 1  
cooperativas son mucho más  
incluyentes porque justo ésa  
es su razón de ser. No hay que  
olvidar incluir a las cooperativas  
en la economía de la comunión,  
la economía social; el de las  
cooperativas es el intento más  
viejo de ofrecer una alternativa a  
las compañías capitalistas.  
campo, de pueblos… y lo hicieron  
sólo por interés, no por altruismo  
ni por amor. Pues bien, el hecho de  
ofrecer empleos a las personas es  
inclusión. La norma con que fun-  
ciona el mercado es la inclusión de  
quienes son excluidos, tal que haya  
un crecimiento compartido de la  
compañía y de las personas en ella.  
Pero incluso el estándar de la  
compañía, lo que llamamos “con  
fines de lucro” (aclaro que no me  
gusta ese lenguaje, porque no es  
suficiente: aun siendo compañías  
“con fines de lucro, 99% tiene  
entre sus objetivos algo más que  
la simple maximización del bene-  
ficio), resulta un medio de inclu-  
sión. Las compañías, las firmas,  
los negocios son una forma de in-  
clusión, puesto que se basan en un  
beneficio mutuo.  
Las personas [en el contexto que  
menciono] comenzaron a ganar  
un sueldo, a adquirir ciertos dere-  
chos, a afiliarse en sindicatos… y  
así los hijos de esos trabajadores  
pudieron convertirse en inge-  
nieros, doctores  
o
profesores.  
Eso también es el mercado. ¿Por  
qué lo digo? Porque vale la pena  
recordar la tradición económi-  
ca italiana, que no implica sólo a  
compañías sin fines de lucro (de  
ser así, 2% de ellas serían buenas  
y el resto una cosa terrible). La vo-  
cación de la economía es la inclu-  
sión. Si la economía excluye en vez  
de incluir, se convierte en algo no  
económico, en una conducta anti-  
económica, de hecho.  
Pensemos en la historia de Euro-  
pa (no sé si es el caso de México),  
pero lo que sucedió aquí hace más  
o menos un siglo, quizá menos  
en Italia, es que había dueños de  
tierras, y el poder recaía en unos  
cuantos privilegiados; había mi-  
llones de siervos trabajando en los  
campos, en la agricultura, sin de-  
rechos ni dinero y con una espe-  
ranza de vida muy corta. Y cuando  
llegó la Revolución Industrial a  
Italia, la gente comenzó a esta-  
blecer compañías y se contrató a  
muchas personas que venían del  
Y, puesto que la vocación de toda  
compañía es la inclusión [ésta se  
cristaliza] en la redistribución de  
la riqueza a través de los salarios.  
[Pongámoslo así:] hay dos princi-  
pales maneras de redistribuir la  
riqueza en una sociedad: una es a  
través de los impuestos; la segun-  
da es en los salarios. Un mundo sin  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
trabajo, sin salarios, es un mundo  
desigual. Claro que también se  
pueden usar los impuestos para  
redistribuirlos entre quienes me-  
nos tienen; pero, en mi opinión, la  
mejor manera de redistribuir la ri-  
queza es mediante los salarios.  
trabajen por nosotros, se hará más  
compleja la redistribución de la ri-  
queza por medio de los salarios.  
Pero hasta ahora, el que una  
empresa capitalista contrate a  
miles y miles de personas es, por  
ejemplo, una forma de redistribu-  
ción. Por supuesto, lo importan-  
te es [acordar qué tanto del valor  
del producto se va] al salario, y la  
parte que va a las ganancias de  
la empresa; lo moralmente in-  
aceptable es cuando 90% del valor  
[del producto] se va a las ganan-  
cias de la empresa mientras que  
sólo 10% se destina a los salarios.  
Esto es un asunto político, el lla-  
mado pacto fiscal, y tenemos que  
volver a discutir, como sociedad,  
este tipo de reglas.  
¿Así que piensas que todas  
estas aproximaciones e incluso  
las compañías estándar, como  
las has llamado, en la mane-  
ra como se estructuran y orga-  
nizan, y al pagar salarios a las  
personas que involucran están  
redistribuyendo [la riqueza] y  
tienen la posibilidad de cam-  
biar las cosas?  
Desde luego que no pienso que  
todas o la mayoría de las compa-  
ñías son justas en la política de  
redistribución del valor, de la ri-  
queza. Probablemente, la mayo-  
ría de ellas sigue explotando a  
sus trabajadores y quizá no paga  
los suficientes impuestos debido  
a los paraísos fiscales, una reali-  
dad en nuestro mundo… pero hay  
que distinguir entre la patología  
y la fisiología, entre lo enfermo y  
lo sano.  
Como dice el papa Francisco, se  
trata de cambiar las reglas del jue-  
go, no de ganarlo. Si las reglas del  
juego están mal, son inmorales,  
poco importa que se gane el juego,  
el juego está mal. Insisto: la voca-  
ción de toda compañía es la inclu-  
sión; y por vocación entiendo el  
destino, en este caso, la naturaleza  
profunda del mercado civil.  
La vocación, el destino, la natu-  
raleza de cualquier compañía es la  
redistribución de la riqueza. Para  
generar ganancias, debes pagar  
salarios a quienes empleas… o al  
menos así es ahora, quizá en al-  
gunas décadas, cuando los robots  
Por último, ¿en qué sentido  
percibes una continuidad o una  
innovación de Caritas in verita-  
te a Laudato si’? ¿Qué significa  
todo esto para las personas in-  
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La Cuestión Social  
Año 29, n. 1  
volucradas en la política, en lo  
económico o lo civil?  
es algo que viene de fuera. Y en  
tanto que histórica, dialoga con los  
hombres y mujeres de su tiempo.  
Es una dimensión intrínseca de  
las doctrinas sociales de la Iglesia  
el ser transitorias, el no ser abso-  
lutas, porque no se trata de dog-  
mas, sino de teología moral, y ésta  
evoluciona con la sociedad. No debe  
extrañarnos, por tanto, encontrar  
tensiones e incluso contrastes entre  
una encíclica y otra; no en el nivel  
de sus principios, sino en el nivel del  
análisis concreto de la sociedad.  
Claro que hay continuidades,  
eso es importante; cada papa cita  
a su predecesor, se mantienen  
principios comunes a otras encí-  
clicas sociales; por ejemplo, los  
principios de subsidiariedad, de  
solidaridad, los principios perso-  
nalistas, los del bien común, que  
son para mí muchas veces difíciles  
de entender.  
Por otra parte, cada encíclica es  
también una fotografía de su tiem-  
po. No es casualidad que Centes-  
simus annus haya sido publicada  
en 1991, al colapsar la economía,  
precisamente por uno de los pro-  
tagonistas de ese colapso, Juan  
Pablo II. Encontramos en Centes-  
simus annus una actitud muy po-  
sitiva hacia el mercado. Tampoco  
es casualidad que Caritas in veri-  
tate se haya publicado en medio  
de una tremenda crisis financiera  
mundial; en ella, encontramos una  
idea menos optimista del merca-  
do. Y no es casualidad, finalmen-  
te, que Laudato si’ sea un llamado  
a cambiar [nuestra relación] con  
el medio ambiente: precisamente  
cuando estamos atravesando una  
[crisis ecológica global] es nece-  
saria una crítica hacia la economía  
que explota nuestro planeta.  
El costo de una doctrina so-  
cial sin contradicciones sería la  
irrelevancia de la encíclica para  
el momento presente. Sería algo  
completamente inútil. Si uno quie-  
re ser útil para su sociedad o su  
tiempo, el costo es ser transitorio,  
no [pretender] ser eterno; es estar  
abierto a que otra encíclica nos su-  
pere dentro de 30 años. Ése es el  
costo de encarnarnos [en un tiem-  
po determinado], es el costo de ser  
parte de la historia de la humani-  
dad, no algo simplemente externo  
a ella.  
¡Muchas gracias por la entrevista!  
*Entrevista realizada por Adriana  
Gómez Chico Spamer en idioma in-  
glés y traducida al castellano por  
el maestro Osvaldo Gallo Serrato.  
Cuidado editorial a cargo de Adria-  
na Gómez Chico Spamer y Gerardo  
Cruz González.  
Hay una dimensión histórica de  
la Iglesia. La Iglesia es historia, no  
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