1 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 Presentación La cuestión social inicia 2019 con una selección de artículos con testimonios sobre grandes pensa- dores sociales y uno de los eventos más relevantes para los creyentes de nuestro continente. Pedro Trigo abre esta edición con el texto “Análisis del juzgar en el Documento de Medellín”, donde desmenuza cada parte de la re- dacción del documento final de la II Conferencia General del Episco- pado Latinoamericano (Medellín, 1968) que sigue con la tesitura de lo expuesto en el Concilio Vatica- no II para darle a la Iglesia un en- foque más social. La importancia del juzgar (como parte del méto- do ver-juzgar-actuar) en Medellín consiste en que la Iglesia debe ser parte de la historia por designio de Dios para humanizar a los se- res humanos y evangelizar desde el acompañamiento del Pueblo de Dios. “San Alberto Hurtado: una vi- da con sentido trascendente” es un artículo de José Andrés Bravo Henríquez que hace un recuen- to de las principales obras y ar- tículos del sacerdote chileno que fue un ejemplo de santidad dada su preocupación por la justicia y la promoción de los pobres. Asi- mismo, este artículo da cuenta de la creación de la revista Mensaje, fundada por el propio san Alberto Hurtado, que se convirtió en la voz del pueblo. Francisco Prieto nos presenta una semblanza de “Graham Gre- ene (1904-1991)”, reconocido novelista, que además de espía y revolucionario, vivió una parte de su vida en México, donde se desa- rrolla como católico recién conver- tido que tiene como estigma que le acompaña el escapismo. Así se ve reflejado tanto en los personajes de sus obras como en sus diferen- tes etapas de la vida. Sin duda, un personaje del mundo literario y social a tener en cuenta. Otro ejemplo de conversión y una vida rica de espiritualidad fue “Jacques Maritain o la santi- dad de la inteligencia”, una sem- blanza de parte de Jaime Ruiz de Santiago que detalla la vida de este ilustre personaje desde
2 La Cuestión Social Año 27, n. 1 principios del siglo XX hasta su muerte, en 1973, donde su espo- sa fue un gran soporte a su vida y fe, estuvo presente en grandes hitos de la historia, como las gue- rras mundiales y su participación como embajador de Francia ante la Santa Sede, así como su parti- cipación e inspiración en hechos trascendentales como la creación de la Declaración Universal de De- rechos Humanos y documentos derivados del Concilio Vaticano II. Fue un amigo cercano del Papa Pablo VI que sin duda marcó una época como pensador cristiano que abogó por la dimensión social y la vida comunitaria. Finalmente, Gerardo Cruz Gon- zález nos comparte la reseña del libro El mal. Dios para pensar I, de Gesché Adolphe, quien hace una lectura hermenéutica de la relación del hombre con el mal. Este libro busca desmoralizar el mal, por lo que el hombre es res- ponsable de éste, pero también víctima. En esta reseña también se hacen presentes diversos ele- mentos que rodean al mal, como el pecado o la culpabilidad que son inherentes al mal con el que convivimos por nuestra propia naturaleza humana. Esperamos sea de su agrado esta edición de La cuestión social y que los artículos sean interesantes y valiosos para su formación o acti- vidad académica. ¡Feliz año 2019!
3 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 Directorio CONSEJO DIRECTIVO Presidente Honorario Vitalicio: Emmo. Sr. Cardenal Roger Etchegaray. Presidente Honorario Vitalicio in memoriam: †Lorenzo Servitje Sendra. Presidente Honorario Vitalicio in memoriam: †Salvador Domínguez Reynoso. PRESIDENTE María Lucila Servitje Montull. VICEPRESIDENTES José Enrique Mendoza Delgado. Sergio de Jesús Castro Toledo. TESORERO Jesús Antonio Damián Basurto. SECRETARIO Manuel Gómez Díaz. VOCALES Maria del Pilar Mariscal Servitje P. J. Benjamín Fernando Bravo Pérez VOCALES DEL CONSEJO Raúl González Schmal, Francisco Javier Albarrán González, Rosario del Carmen Alfaro Osorio, Federico Altbach Núñez, Martha Aviña Dieguez, Mariano Azuela Güi- trón, Javier Ballesteros de León, Constantino José Antonio de Llano Marhx, Mons. Guillermo Francisco Escobar Galicia, P. Mario Ángel Flores Ramos, Rafael Ibarra Farfán, Conrado Antonio Larios Prado, Mauricio Limón Aguirre, Alejandro Ma. Latapí Díaz, P. Manuel Olimón Nolasco, Adrián Ruiz de Chávez, María Eugenia Romo de Documentos, ensayos, comentarios y reseñas de libros acerca de lo social
4 La Cuestión Social Año 27, n. 1 Murrieta, María de la Paz Sáenz de Soberón, Arcadio Valenzuela Valenzuela, Luis Javier Rubio Guerrero, OP. COMISIÓN DE VIGILANCIA María Luisa Aspe Armella, Rogerio Casas-Alatriste Hernández, José Ignacio Mariscal Torroella, Juan Enrique Murguía Pozzi, Óscar Ortiz Sahagún y Román Uribe Michel. Director General: Jorge Navarrete Chimés. La Cuestión Social, es una publicación trimestral editada y publicada por la Asociación Mexicana de Promoción y Cultura Social, A. C., a través del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, con dirección en Pedro Luis Ogazón n. 56, Col. Guadalupe Inn, CP 01020, México, DF, Tels. 56614465, 56614169. E-mail: comunica@imdosoc.org www.imdosoc.org Responsable de la edición: Jorge Navarrete Chimés. Registro de correspondencia de 2a. Clase expedido en la Dirección General de Correos Publicación Periódica. Registro No. 129-93. Certificado de Licitud de Contenido (pendiente). Certificado de Licitud de Título (pendiente). No. de Reserva al Título del Derecho de Autor (pendiente). Registro ISSN en trámite. Distribución directa en el IMDOSOC. Esta edición de La Cuestión Social constan de 700 ejemplares y se imprimió en MG Advanced Prepress Technology, S.A. de C.V. Canal Leningrado Mz. 34 Lt. 12, Col. Insurgentes, 09750, Ciudad de México, Tel: 5690 0463, impvarel@hotmail.com. Coordinador de contenidos: Gerardo Cruz González Diseño: Minerva Lizeth Mondragón Garduño Corrección de estilo: A. Alfonso Muñoz Chávez Suscripciones: martha.crm@imdosoc.org Los artículos publicados reflejan el punto de vista del autor y no necesariamente el de la Asociación Mexicana de Promoción y Cultura Social, A. C. No se devuelven originales no solicitados. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización de la Asociación Mexicana de Promoción y Cultura Social, A. C. Precio del ejemplar: $ 100. 00 Suscripción anual: $ 330. 00 Suscripción para el extranjero Dlls. 80. 00
5 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 De la tríada del método de la JOC (ver-juzgar-actuar) que con- sagró el Concilio en la Gaudium et spes y que los obispos latinoa- mericanos aplican sistemática y concienzudamente en su Segunda Conferencia General, entendemos que lo que se nos ha pedido es el análisis del juzgar, 1 enfatizando su pertinencia para nosotros hoy como cristianos e Iglesia latinoa- mericana. No incluimos el juicio histórico, porque eso forma parte 1 El juzgar va siempre precedido por la letra B y se le califica de funda- mentación, principios, presupuesto, criterios, motivación o justificación: “Fundamentación doctrinal” (I), “Re- flexión doctrinal” (II), “Papel de la fa- milia latinoamericana” (III), “Sentido humanista y cristiano de la educa- ción” (IV), “Criterios básicos para una orientación pastoral” (V), “Principios teológicos” (VI), “Principios” (VII), “Características de la renovación” (VIII), “Fundamentación teológica y pastoral” (IX), “Criterios teológi- co-pastorales” (X), “Elementos de reflexión pastoral” (XI), “Aggiorna- mento” (XII), “Presupuesto teológico” (XIII), “Motivación doctrinal” (XIV), “Principios doctrinales” (XV), “Justifi- cación” (XVI). Análisis del juzgar en el Documento de Medellín Pedro Trigo, SJ* del ver, sino la iluminación teoló- gico-bíblica, a cuya luz se toman las decisiones y se adquieren los compromisos. Ahora bien, como esa iluminación se ejerce sobre la realidad, nos estaremos refirien- do sistemáticamente a ella, pero siempre desde ese punto de vista del juicio cristiano sobre ella. Pero, la imbricación es todavía mayor porque para nosotros, los cristianos, no se trata solamente de juzgar la realidad a la luz de la Palabra de Dios que la ilumina, 2 más aún a la luz de Jesucristo quien 2 “Para cumplir esta misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e inter- pretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia respon- der a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivi- mos, sus esperanzas, sus aspiracio- nes y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza” (GS, 4).
6 La Cuestión Social Año 27, n. 1 revela lo que es el ser humano, 3 si- no, sobre todo, discernir el paso de Dios en ella y, más precisamente, ver qué realidades, qué procesos en marcha, vehiculan el impul- so del Espíritu de Dios, 4 que des- de la Pascua es explícitamente el de Jesús. La voluntad de Dios para América Latina es el desarro- llo integral; eso es lo que pro- mueve el Espíritu; entregarse a esa tarea es coincidir con el Espíritu Releyendo atentamente, una vez más, los documentos de Medellín, me he reafirmado en mi convic- ción de que lo más repetido en ellos como criterio —es decir, el 3 “La Iglesia ha buscado comprender este momento histórico del hom- bre latinoamericano a la luz de la Palabra, que es Cristo, en quien se manifiesta el misterio del hombre” (Introducción, 1). 4 “El Pueblo de Dios, movido por la fe que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa junta- mente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios. La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vo- cación del hombre. Por ello, orienta la mente hacia soluciones plena- mente humanas” (GS, 11). juzgar— es que la voluntad de Dios para América Latina es el de- sarrollo integral y que, por tanto, quien vive empeñado en que se dé, no sólo hace la voluntad de Dios, sino que es movido en su empeño por la fuerza del Espíritu, que es la que en el fondo nos mue- ve a “pasar de condiciones de vida menos humanas a más humanas”. 5 Ahora bien, el desarrollo que pro- mueven los obispos nada tiene que ver con el desarrollismo, que fue y sigue siendo la propuesta de las corporaciones mundializadas y de sus socios latinoamericanos. Por el contrario, se deslinda ex- presamente de él, y por eso espe- cifica muy detenidamente en cada documento los diversos aspectos que contiene el que, para distin- guirlo del desarrollismo, llama ‘verdadero desarrollo’, ‘desarrollo del hombre’ o ‘desarrollo integral’, 6 y además analiza cada aspecto, no yuxtapuestos, sino armónicamen- te conjuntados en cuanto que ata- ñen a cada una de las dimensiones del ser humano. Esta convicción cristiana de los redactores de Medellín se basa en 5 Medellín, “Introducción” n° 6, citan- do a la Populorum progressio, 20-21. 6 “Verdadero desarrollo” (Intr. 6), “de- sarrollo del hombre” (IV,9; XII,10), “desarrollo integral” (I,5.15;II,14;III, 7;IV,2.6.8.8.16;XI,19;XIII,33).
7 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 dos aspectos que los obispos ha- cen notar repetidamente: el pri- mero es que el Dios cristiano se revela en la vida, tiene un carác- ter histórico o, más precisamente, se revela como el fundamento de esa vida y el motor de esa histo- ria, hacia su consumación que la trasciende y que, por tanto, vi- viendo la vida y empujando la historia según el designio de Dios, nos encontramos con Él o, más exactamente, coincidimos con él, en concreto con su Espíritu; y, el segundo aspecto, que todo ha sido creado en Cristo y camina hacia él, que Él es el paradigma de huma- nidad, un ejemplar tan acabado de ser humano que puede servir de modelo; más aún, Jesús es el prototipo de humanidad, ya que hemos sido creados en Él, es, diga- mos, el molde o, más exactamente, la imagen perfecta de Dios, a cuya imagen hemos sido creados; y su arquetipo, ya que su relación con nosotros es principio de humani- dad, humaniza; por ello, Jesús es el parámetro por el que se calibra la calidad humana de cada época, de cada conjunto humano y de cada ser humano. Procederemos del análisis de ca- da documento a sintetizar lo que sale del conjunto. La pertinencia de este método proviene de que los documentos se elaboraron a la vez y por eso su presencia en todos ellos es signo de que esta orienta- ción estaba presente en cada co- misión y daba el tono al encuentro, en consonancia con el título de los documentos que sacó la Conferen- cia. Este proceder viene sugerido también por la estructura del mis- mo documento, que parte de los problemas más globales y luego se dirige a las diversas vocaciones cristianas y las diversas estructu- ras del pueblo de Dios que confi- guran la institución eclesiástica. Mensaje a los pueblos de América Latina Comenzamos por este mensaje, que preside los documentos y que está redactado al concluir las sesiones (6 de septiembre de 1968), porque contiene en sín- tesis lo que hemos visto que son las convicciones cristianas funda- mentales de la Conferencia, con las que iluminan la situación del continente y a cuya luz toman las decisiones. Abrimos nuestro análisis con una afirmación de principio, con una convicción básica, que se concre- tará a lo largo de todo el documen- to: “Como cristianos, creemos que esta etapa histórica de América Latina está vinculada íntimamente a la Historia de la Salvación”. Des-
8 La Cuestión Social Año 27, n. 1 de el comienzo queda claro que, para los obispos, si bien no se pue- de identificar la historia con la his- toria de la salvación, menos aún se las puede separar, como sí lo ha- cen todas las religiones neolíticas, que distinguen adecuadamente lo sagrado de lo profano, cada esfera con sus espacios, tiempos y agen- tes definidos, y lo sagrado, separa- do de lo profano. Como veremos, para los obispos esta etapa histórica está vincula- da a la historia de la salvación de modo contradictorio, y por eso los obispos distinguirán entre los gér- menes trascendentes que laten en esta historia y la impulsan hacia la humanización, y la dirección do- minante que ha tomado, que con- figura una situación de pecado. Porque en ese momento histó- rico sienten que crecen juntos el trigo y la cizaña, creen imprescin- dible discernir la historia desde la interpretación de los signos de los tiempos, como Jesús pidió a sus contemporáneos (Lc 12,54-57) y como subrayó el Concilio Vaticano II (LG, 4 y 11): A la luz de la fe que profesa- mos como creyentes, hemos realizado un esfuerzo para descubrir el plan de Dios en los ‘signos de nuestros tiem- pos’. Interpretamos que las aspiraciones y clamores de América Latina son signos que revelan la orientación del plan divino operante en el amor redentor de Cristo que funda estas aspiraciones en la conciencia de una soli- daridad fraternal. Como se ve, para discernir por dónde va el plan de Dios, los obis- pos no se fijan en las estructuras económicas y políticas, sino en las aspiraciones y clamores de la gente. En ellos ven palpitar una solidaridad fraternal, que inter- pretan como fundada nada menos que en el amor redentor de Cristo. En otro párrafo desglosan es- tas aspiraciones que sirven como criterio para apuntalar el aliento cristiano de esta vida histórica: Contamos con elementos y criterios profundamente hu- manos y esencialmente cris- tianos: un sentido innato de la dignidad de todos, una incli- nación a la fraternidad y a la hospitalidad, un reconocimien- to de la mujer en su función irremplazable en la sociedad, un sabio sentido de la vida y de la muerte, una certeza en un Padre común y en el destino trascendente de todos. Estos elementos constituyen, se- gún ellos, la riqueza a la vez huma-
9 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 na y cristiana del continente. Los elementos que anotan son esen- cialmente cristianos por ser pro- fundamente humanos. Esto es así porque Jesús es, repitámoslo, el paradigma de humanidad. Palpan que la transformación que está teniendo lugar en el con- tinente, que es el tema de la Confe- rencia, está dando lugar a una imagen nueva del ser humano latinoamericano, que como está aconteciendo y todavía no ha da- do de sí, exige un esfuerzo creador en múltiples dimensiones que ellos expresan y, coronándolas todas, descubren: “el espíritu del Evangelio, animando con la diná- mica de un amor transformante y personalizador”. Interpretan que el espíritu del Evangelio es una dinámica transformadora ha- cia una mayor personalización, y que esa dinámica es la del amor, el amor de Cristo derramado en nuestros corazones. Por eso, sintiéndose parte del pueblo latinoamericano y con una misión respecto de él que, como hemos visto, tiene que ejercerse desde dentro, expresan: “Nuestro propósito es alentar los esfuerzos, acelerar las realizaciones, ahon- dar el contenido de ellas, penetrar todo el proceso de cambio con los valores evangélicos”. Por eso, sintiendo ese compromiso, insis- ten: “De todos nosotros depende hacer patente la fuerza del Evan- gelio, que es poder de Dios”. Insis- timos que, para los obispos, esta fuerza evangélica es la del amor que impulsa hacia una mayor per- sonalización, que se expresa en lazos solidarios. Por eso, como los cristianos —en concreto la institución eclesiás- tica— no somos sólo parte de la solución, sino parte del problema, porque estamos inmersos como latinoamericanos en ese proceso transformador, lo primero que se piden a sí mismos para cumplir la misión es la conversión para ser realmente animados sólo por el amor: “Hemos visto que nues- tro compromiso más urgente es purificarnos en el espíritu del Evangelio todos los miembros e instituciones de la Iglesia católi- ca. Debe terminar la separación entre la fe y la vida, porque en Cristo Jesús lo único que cuenta es ‘la fe que obra por medio del amor’”. Como se ve, la conversión no es moralista, sino ser animados por el Evangelio: por la humani- dad de Jesús, el Hijo único de Dios y nuestro Hermano universal. Como parte de esa conversión, desde el comienzo, los obispos ex- presan una convicción fundamen-
10 La Cuestión Social Año 27, n. 1 tal, expresión primigenia de estar arraigados en el Evangelio: Este compromiso nos exige vivir una verdadera pobreza bíblica que se exprese en manifestaciones auténticas, signos claros para nuestros pueblos. Sólo una pobreza así transparentará a Cristo, Salvador de los hombres, y descubrirá a Cristo, Señor de la historia. Como se ve, no se trata de asce- tismo ni de autarquía mediante la ataraxia (la imperturbabilidad del sabio, según los estoicos) que se obtiene limitando drásticamente las apetencias, sino de seguimien- to de Jesús, animados por su amor. Esta convicción básica de que los cristianos tenemos que contribuir a la transformación del continente desde el amor evangélico, tal como se manifiesta a lo largo de la histo- ria discernida de Jesús, se convier- te en la esperanza de que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucris- to, no va a dejar de comunicarnos ese amor, que nada tiene que ver con una mera emoción placente- ra hacia alguien, sino la fuerza con la que tendemos al bien común: “Finalmente, esperamos en el amor de Dios Padre, que se nos manifiesta en el Hijo, y es difun- dido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos una y anime siempre la acción por el bien común”. Introducción a los documentos La “Introducción” comienza jus- tificando por qué van a tratar del desarrollo humano del continente, en definitiva, del ser humano la- tinoamericano; ellos, que son los conductores y representantes del pueblo de Dios en América Latina, lo hacen con las palabras del dis- curso del Papa Pablo VI en la con- clusión del Concilio, que creyó también necesario justificar por qué el Concilio, a diferencia de los anteriores, había centrado su atención en el ser humano: La Iglesia latinoamericana, reunida en la Segunda Con- ferencia General de su Epis- copado, centró su atención en el hombre de este conti- nente, que vive un momento decisivo de su proceso his- tórico. De este modo ella no se ha ‘desviado’, sino que se ha ‘vuelto’ hacia el hombre, consciente de que ‘para co- nocer a Dios es necesario conocer al hombre’. La Igle- sia ha buscado comprender este momento histórico del hombre latinoamericano a la luz de la Palabra, que es Cris- to, en quien se manifiesta el misterio del hombre (1).
11 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 Los obispos hacen una afirma- ción de sentido, es decir, exponen un criterio, medular en el cristia- nismo, pero que estaba ausente en el ambiente dominante en el preconcilio. Sostienen que al cen- trarse en el ser humano no se han desviado de su misión, sino que se han vuelto a ella. La razón es que para conocer a Dios hay que cono- cer al ser humano. La Gaudium et spes lo explana con toda claridad. La razón es que, a través de Jesús de Nazaret, Dios y la humanidad están mutuamente referidos: Dios es nuestro Padre y nosotros so- mos sus hijos (22). Por eso, si pa- ra conocer a Dios hay que conocer al ser humano, para conocer al ser humano y concretamente al lati- noamericano, hay que verlo a la luz de la Palabra, la palabra del Evangelio, la Palabra que es Jesús, en quien resplandece el misterio del ser humano, yendo más aden- tro que rasgos idiosincráticos o constataciones genéricas. El tema de Medellín fue “La Igle- sia en la actual transformación de América Latina a la luz del Conci- lio”. Pues bien, como en el Mensaje, reconocen en ese esfuerzo por el desarrollo un signo evidente del Espíritu que conduce a los pue- blos hacia su vocación, que es de- sarrollar su condición de imagen de Dios. Como en el Mensaje, no se refieren a las estructuras e insti- tuciones, sino a tres factores coa- ligados: el progresivo dominio de la naturaleza, la personalización y cohesión fraterna cada vez más profundas y el encuentro progre- sivo con Dios que purifica y ahon- da estos valores humanos: No podemos dejar de in- terpretar este gigantesco esfuerzo por una rápida transformación y desarrollo como un evidente signo del Espíritu que conduce la his- toria de los hombres y de los pueblos hacia su vocación. No podemos dejar de des- cubrir en esta voluntad cada día más tenaz y apresurada de transformación, las hue- llas de la imagen de Dios en el hombre, como un potente di- namismo. Progresivamente, ese dinamismo lo lleva hacia el dominio cada vez mayor de la naturaleza, hacia una más profunda personalización y cohesión fraternal y tam- bién hacia un encuentro con Aquel que ratifica, purifica y ahonda los valores logrados por el esfuerzo humano (4). Estos logros no son meras facti- cidades de una historia que pasa, sino que son calificados de signos pronosticadores del estatuto de- finitivo del ser humano cuando se encuentre definitivamente con Dios. Por eso, en estos logros es-
12 La Cuestión Social Año 27, n. 1 tá activamente presente el propio Cristo: “Cristo, activamente pre- sente en nuestra historia, anticipa su gesto escatológico no sólo en el anhelo impaciente del hom- bre por su total redención, sino también en aquellas conquistas que, como signos pronosticado- res, va logrando el hombre a tra- vés de una actividad realizada en el amor” (5). Por eso, insisten que lo que toca hacer para logarlo no es seguir re- cetas hechas, sea el desarrollismo del libre mercado, sea el socialis- mo estatista —que eran las direc- ciones que estaban entonces en boga—, pero que los obispos sien- ten que no contienen esa carga escatológica y no conducen a una mayor humanización ni al encuen- tro definitivo con Dios. Por eso, advierten que lo que toca es inven- tar caminos, pero no de cualquier manera, sino a la vez con audacia y equilibrio, pero no la audacia de ensoñaciones o ideologías, sino con la del Espíritu de hijos, no de seres autárquicos y de hermanos, no de elementos de conjuntos cor- porativos; y no con el equilibrio de cálculos oportunistas, sino hacien- do justicia a cada elemento de la realidad, como lo hace el Creador con su relación de amor constante: “Es el momento de inventar con imaginación creadora la acción que corresponde realizar, que ha- brá de ser llevada a término con la audacia del Espíritu y el equilibrio de Dios” (3). Todo esto lo sintetizan en uno de los textos de mayor calado de todo el documento, que sitúa su viven- cia en la historia de la salvación y, precisamente, en el momento cul- minante de la revelación de Dios en el proceso de liberación de Egipto, camino por el desierto rumbo a la tierra prometida, aprendiendo do- lorosamente a vivir en libertad: Así como otrora Israel, el pri- mer Pueblo, experimentaba la presencia salvífica de Dios cuando lo liberaba de la opre- sión de Egipto, cuando lo ha- cía pasar el mar y lo conducía hacia la tierra de la prome- sa, así también nosotros, nue- vo Pueblo de Dios, no podemos dejar de sentir su paso que salva, cuando se da “el ver- dadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condicio- nes más humanas”. El Dios judeocristiano no se re- vela epifánicamente para ser con- templado, se revela en la vida histórica, se revela desatando el nudo de una existencia inhumana, liberando; se revela como el que con su compañía da consistencia a
13 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 los que carecen de ella —eso sig- nifica el nombre de Yahvéh— pa- ra que puedan llegar a vivir como pueblo libre, con la libertad de los hijos de Dios, que incluye insosla- yablemente la fraternidad. Los obispos afirman, nada me- nos, que no pueden no sentir su paso que salva cuando se da el verdadero desarrollo, que consis- te en pasar de condiciones de vida menos humanas a más humanas. Como se ve, la salvación no es algo esotérico, sino pasar de condicio- nes de vida menos humanas a más humanas. En el fondo Él es el que causa ese proceso, pero no al lado de nosotros, sino a través de noso- tros, que somos sus socios, ya que la salvación es una alianza. “Menos humanas: las caren- cias materiales de los que están privados del mínimo vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos huma- nas: las estructuras opreso- ras, que provienen del abuso del tener y del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la in- justicia de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victo- ria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adqui- sición de la cultura. Más hu- manas también: el aumento en la consideración de la dig- nidad de los demás, la orien- tación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Más humanas toda- vía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los va- lores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. Más humanas, por fin, y especialmente, la fe, don de Dios acogido por la bue- na voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres” (Populo- rum progressio, 20-21) (6). Esta larga enumeración no hay que entenderla como elementos sin conexión, sino como aspectos de un único conjunto. En las con- diciones menos humanas unos elementos son personales y otros estructurales. Los segundos son consecuencia de los primeros y las carencias morales, actuadas y plasmadas en estructuras, son la causa de las carencias materiales. Dios no quiere que los seres hu- manos carezcamos del mínimo vi- tal. Cuando acontece, es señal de que hay gente que se deja llevar por su egoísmo y abusa del tener y del poder e instaura relaciones la- borales y comerciales injustas. La conciencia de esta situación por
14 La Cuestión Social Año 27, n. 1 parte del pueblo latinoamericano y de profesionales solidarios con él es lo que calificaban en otros textos de clamores, que equivalen a los clamores del pueblo que es- cuchó Yahvéh y bajó a liberarlos. El mínimo de condiciones de vi- da más humanas es la posesión de lo necesario y la adquisición de conocimientos y de lo que se lla- ma ‘cultura’. Ellos ven que esta ad- quisición se está dando, pero ven más todavía que este proceso es- tá entrabado por quienes se dejan llevar por el egoísmo y se atorni- llan en estructuras injustas que no permiten que las masas alcancen el mínimo, tanto vital como de co- nocimientos, que Dios quiere. El segundo lote de condiciones más humanas son expresiones de calidad propiamente humana y, por tanto, son elementos propia- mente escatológicos: “el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la coope- ración en el bien común, la volun- tad de paz”. Los obispos sí ven que estos elementos están en auge en el continente y en ellos experi- mentan la presencia de Dios que salva. La conciencia de la propia dignidad es lo característico de lo mejor de la modernidad; pero el reconocimiento de la dignidad de los otros, sobre todo de los que no tienen bienes civilizatorios, es lo más propio del Espíritu cris- tiano, de los evangelios. A ello va unida la orientación al bien co- mún, porque no es verdad que re- conozco la dignidad de los otros si no conspiro con ellos al bien común, es decir, al bien del cuer- po social que se forma del reco- nocimiento concreto de los demás y consiguientemente de poner en común los haberes de cada uno. La relevancia de la voluntad de paz se debe a la tentación de la violencia de los que sienten la in- justicia y ven que los que tienen el poder impiden que se logre de- mocráticamente. La orientación al espíritu de pobreza es la mé- dula del Evangelio, ya que si es- toy en manos del Dios de la vida y de la humanidad, tengo libertad respecto de la posesión y puedo arriesgar mi seguridad económica para solidarizarme. Esa percepción concreta de lo que sea humano recoge lo medu- lar del cristianismo. Por eso, desde ella explicitan lo que para ellos es lo más humano: el ejercicio con- creto de la filiación y fraternidad, obtenidas por Jesús de Nazaret, el Hijo único y eterno que se hi- zo el Hermano universal para que en Él seamos hijos verdaderos de Dios y hermanos de todos, unidos
15 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 por la caridad que el Espíritu de- rrama en nuestros corazones. Es cierto que hace cincuenta años y ahora esta humanidad cua- litativa está presente en muchas personas de nuestro pueblo y en bastantes de otras clases sociales, constituyendo nuestro verdade- ro capital humano, que es de rai- gambre netamente cristiana. Por eso se atreven a calificar, tomando palabras del Papa, esta síntesis de humanismo y cristianismo, no lo- grada, pero en ciernes, como la vo- cación propia de América Latina: “En esta transformación, de- trás de la cual se expresa el anhelo de integrar toda la escala de valores temporales en la visión global de la fe cristiana, tomamos concien- cia de la ‘vocación original’ de América Latina: ‘vocación a aunar en una síntesis nue- va y genial, lo antiguo y lo moderno, lo espiritual y lo temporal, lo que otros nos entregaron y nuestra propia originalidad’” (Homilía en la ordenación de sacerdotes para América Latina, 3 de julio de 1966) (7). Esta síntesis, hacia la que los obispos ven encaminarse al conti- nente —o al menos a lo más valio- so de él— es calificada nada menos que de vocación, es decir, llamada de Dios a nosotros, a nuestros pue- blos. Sería, ciertamente, el aporte de nuestra América a la mundiali- zación alternativa. Pero para que lo sea, en verdad, tenemos que hacer vida al Concilio, a Medellín y a lo más vivo de las restantes conferencias generales. Tenemos una hermosa, entrañable y creativa tarea por delante. Como se puede apreciar, es la apreciación, más to- davía, la visión y el reto más tras- cendentes de Medellín, tanto que desde el actual ambiente posmo- derno podemos sentir que nos cae grande. Sin embargo, creo que el Señor nos lo sigue pidiendo. Con todo lo que hemos recogido en esta “Introducción”, creo que no es exagerado concluir que “en esta Conferencia General del Epis- copado Latinoamericano se ha renovado el misterio de Pente- costés” (8). Después de cincuenta años es más fácil advertir que no fue un entusiasmo intenso pero pasajero, sino, como afirman, una verdadera irrupción del Espíritu. Como lo fue el Concilio y en conti- nuidad creativa con él. I. Justicia En este primer documento, los obispos afirman que el sentido de que Dios haya creado al ser huma- no a su imagen es el de que le ha
16 La Cuestión Social Año 27, n. 1 dado capacidad para ser creador, más exactamente para colaborar a llevar su creación a su culmina- ción, perfeccionando el mundo solidariamente. Pero como la his- toria humana no siguió ese rum- bo, el Creador envió a su Hijo a liberarnos desde dentro, como ser humano, de todas las esclavitudes que tienen su origen en el egoísmo y se expresan, sobre todo, en la mi- seria, consecuencia de la opresión: La Iglesia latinoamericana tie- ne un mensaje para todos los hombres que, en este continen- te, tienen “hambre y sed de jus- ticia”. El mismo Dios que crea al hombre a su imagen y seme- janza, crea la “tierra y todo lo que en ella se contiene para uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes creados puedan llegar a todos, en forma más justa” (Gaudium et spes, 69), y le da poder para que solidaria- mente transforme y perfec- cione el mundo. Es el mismo Dios quien, en la plenitud de los tiempos, envía a su Hijo para que hecho carne, venga a liberar a todos los hombres de todas las esclavitudes a que los tiene sujetos el peca- do, la ignorancia, el hambre, la miseria y la opresión, en una palabra, la injusticia y el odio que tienen su origen en el egoísmo humano. Si la opresión tiene su raíz en el egoísmo, la solución radical no consiste en un cambio de es- tructuras, sino en una conversión que entrañe una verdadera re- generación antropológica; sólo desde ella podrán llevarse a cabo reformas estructurales: Por eso, para nuestra ver- dadera liberación, todos los hombres necesitamos una profunda conversión a fin de que llegue a nosotros el “Reino de justicia, de amor y de paz”. El origen de todo menosprecio del hombre, de toda injusticia, debe ser bus- cado en el desequilibrio inte- rior de la libertad humana, que necesitará siempre, en la historia, una permanente labor de rectificación. La originalidad del mensaje cristiano no consiste direc- tamente en la afirmación de la necesidad de un cambio de estructuras, sino en la insis- tencia en la conversión del hombre, que exige luego es- te cambio. No tendremos un continente nuevo sin nuevas y renovadas estructuras; so- bre todo, no habrá continente nuevo sin hombres nuevos, que a la luz del Evangelio se- pan ser verdaderamente li- bres y responsables (3). Como se ve, el Evangelio no lleva a misticismos descomprometidos, sino al uso de la libertad responsa-
17 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 ble. Ésa es la característica del ser humano convertido, renovado. El documento vuelve a expresar su convicción de que el misterio del ser humano sólo se esclarece a la luz de Jesús de Nazaret. No sólo porque es la persona más humana, sino porque es el proto- tipo de humanidad: el molde en el que hemos sido creados los se- res humanos: Sólo a la luz de Cristo se es- clarece verdaderamente el misterio del hombre. En la Historia de la Salvación la obra divina es una acción de liberación integral y de pro- moción del hombre en toda su dimensión, que tiene co- mo único móvil el amor. El hombre es “creado en Cristo Jesús”, hecho en él “criatura nueva”. Por la fe y el bautis- mo es transformado, lleno del don del Espíritu, con un dina- mismo nuevo, no de egoísmo, sino de amor que lo impulsa a buscar una nueva relación más profunda con Dios, con los hombres, sus hermanos, y con las cosas. El amor, “la ley fundamental de la perfección humana, y por lo tanto de la transformación del mundo” no es solamente el mandato supremo del Señor; es tam- bién el dinamismo que debe mover a los cristianos a rea- lizar la justicia en el mundo, teniendo como fundamento la verdad y como signo la li- bertad (4). Este texto no puede entenderse en el sentido de que los bautiza- dos tengamos lo que no tienen los demás. El bautismo es el sacra- mento, es decir el signo visible y eficaz, del Espíritu derramado en la Pascua “sobre toda carne” (Hch 2,17). El bautizado sabe en qué consiste el misterio y se dedica a actuarlo y comunicarlo para que otros puedan vivirlo con conscien- cia y consecuencia. Ese misterio es el del amor de Dios, más aún, el amor que es Dios, derramado en nuestros corazones como el dina- mismo capaz de lograr la consu- mación humana y transformación del mundo. Con él tenemos que realizar la justicia teniendo como fundamento la verdad, porque es una transformación de la realidad, y como signo la libertad, porque el amor no se impone, sino que libe- ra la libertad. El documento se afinca en la uni- dad sin confusión del progreso temporal y el reino de Cristo: “No confundimos progreso temporal y Reino de Cristo; sin embargo, el primero, ‘en cuanto puede contri- buir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al Reino de Dios’ (Gaudium et spes, 39)” (5).
18 La Cuestión Social Año 27, n. 1 Por eso, hay que evitar el dualis- mo entre la búsqueda de las tareas temporales y la de la santificación. El amor de Cristo y el amor a Cris- to tienen que ser el motor que uni- fique la vida realizándose en el trabajo denodado por la justicia: La búsqueda cristiana de la justicia es una exigencia de la enseñanza bíblica. Todos los hombres somos humildes ad- ministradores de los bienes. En la búsqueda de la salva- ción debemos evitar el dua- lismo que separa las tareas temporales de la santificación. A pesar de que estamos rodea- dos de imperfecciones, somos hombres de esperanza. Cree- mos que el amor a Cristo y a nuestros hermanos será no só- lo la gran fuerza liberadora de la justicia y la opresión, sino la inspiradora de la justicia so- cial, entendida como concep- ción de vida y como impulso hacia el desarrollo integral de nuestros pueblos (5). Por eso, como esta unificación de la vida social y espiritual a im- pulsos del amor no puede darse por supuesta, ni en la sociedad ni entre los cristianos, es indispen- sable la acción educadora de la Iglesia que lo ponga de relieve: “La carencia de una conciencia polí- tica en nuestros países hace im- prescindible la acción educadora de la Iglesia, con objeto de que los cristianos consideren su par- ticipación en la vida política de la nación como un deber de con- ciencia y como el ejercicio de la caridad, en su sentido más noble y eficaz para la vida de la comuni- dad” (16). Terminamos la referencia a este documento con un texto altamen- te significativo, ya que es la aplica- ción más consistente de a dónde nos tiene que llevar a los latinoa- mericanos, si en verdad nos deja- mos animar por el Espíritu de Jesús de Nazaret. Para convertir- se en agentes de desarrollo, tanto nacional como continental, que es la propuesta de todo el documen- to, tenemos que superar los anta- gonismos, no de un modo irenista, sino por la justicia y fraternidad, que tenemos que entender como una endíadis, es decir no como dos conceptos yuxtapuestos, sino co- mo una sola meta compleja: la jus- ticia se logra a impulsos del amor o el amor, si es en verdad cristia- no, debe incluir la consecución de la justicia social. Este proceso de- be abarcar a todos los sectores de la sociedad, pero incumbe es- pecialmente al sector económico social. Llaman a este proceso ‘so- cialización’ y lo entienden como la conjunción de dos factores que sectores sociales contrapuestos
19 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 los persiguen hasta hoy a nivel la- tinoamericano y mundial, aislada y por tanto no genuinamente: La socialización, entendida como proceso sociocultural de personalización y solida- ridad crecientes, nos induce a pensar que todos los sec- tores de la sociedad, pero en este caso, principalmen- te el sector económico so- cial, deberán superar, por la justicia y la fraternidad, los antagonismos, para conver- tirse en agentes del desarro- llo nacional y continental. Sin esta unidad, Latinoamé- rica no logrará liberarse del neocolonialismo a que está sometida, ni por consiguien- te realizarse en libertad, con sus características propias en lo cultural, sociopolítico y económico (13). La derecha entiende la persona- lización como mera individuación, ejercicio de la libertad individual. La izquierda entiende la socializa- ción como la igualación obtenida al todos seguir las pautas del go- bierno, se entiende que el revolu- cionario o al menos progresista. El documento insiste en la unión de personalización, entendida como relaciones simbióticas desde la genuinidad de cada uno, y solida- ridad, conspiración de todos como verdaderos agentes al bien común, en el que están resguardado el de cada uno. II. Paz El tratamiento cristiano de la paz, que aparece en este documen- to, condensa todo lo dicho hasta ahora. Siguen hablando de desa- rrollo integral, que es el título de la conferencia, ya que, citando a la Populorm progressio, asientan que “el desarrollo es el nuevo nom- bre de la paz” (1). Se refieren a un bien humano y lo califican de don de Dios, dado a través de Jesús; don definitivo, escatológico. Como se ve, se da una mutua implicación de lo humano y lo divino: el de- signio de Dios es la humanización integral, sintetizada en la paz, con- seguida radicalmente por Jesús y a la vez tarea de la humanidad, de cada ser humano obrando des- de lo mejor de sí conjuntamente. Es un tratamiento netamente evangélico. Recuérdese que al na- cer Jesús lo único que proclama Dios es la paz (Lc 2,14). Esto pue- de parecer injusto cuando Au- gusto había edificado en Roma un altar a la diosa de la paz por- que en todo lo que registraban los Anales de la ciudad (alrededor de 750 años), éste era el único tiem- po en que reinaba la paz. Esto im- plica el juicio divino sobre la pax
20 La Cuestión Social Año 27, n. 1 romana: esa paz impuesta por los vencedores no es la paz del Dios de Jesús. Quien va a traer la paz de Dios es uno que nace como so- metido, al ir sus padres a regis- trarse como tributarios. La paz no viene desde arriba, sino venciendo pacíficamente a la violencia de la opresión, refrendada por la ley. Correspondientemente, el Docu- mento de Medellín proclama que la madre de las violencias en América Latina es “una situación de injus- ticia que puede llamarse de vio- lencia institucionalizada” (16). Es decir, lo que produce más violencia son las instituciones y estructuras económicas y políticas. No sólo las dictaduras sin proyecto como las de Somoza y Stroessner, sino la doctrina de la seguridad nacional, instaurada en Brasil para comba- tir al comunismo y lograr el desa- rrollo, y las demás democracias, más o menos puramente formales eran para los obispos la raíz de la violencia, porque escondían y amparaban la injusticia económica y la exclusión social y política. Como se ve, esta noción de vio- lencia no es la que trasmitían los medios de comunicación social ni la que regía en la opinión pública, copada en gran medida por los sectores económicos. Y, sin embar- go, es la transmitida por el Evan- gelio. “La paz en América Latina no es, por lo tanto, la simple au- sencia de violencia y derrama- mientos de sangre. La presión ejercida por los grupos de poder puede dar la impresión de mante- ner la paz y el orden, pero en realidad no es sino ‘el germen continuo e inevitable de rebelio- nes y guerras’” (14a). Si desde el mensaje que nos trasmite el Evangelio la paz es la condensación de los bienes me- siánicos, la violencia enquistada en las instituciones entraña el re- chazo del don de Dios que es la paz y, por tanto, constituye “una situa- ción de pecado” (id) tan radical que conlleva un rechazo de Dios mismo: “La paz con Dios es el fun- damento último de la paz interior y de la paz social. Por lo mismo, allí donde dicha paz social no existe; allí donde se encuentran injustas desigualdades sociales, políticas, económicas y culturales, hay un rechazo del don de la paz del Señor; más aún, un rechazo del Señor mismo” (14c). Así pues, en América Latina el rechazo de Dios no se da fundamentalmente por posturas explícitamente antiteís- tas, sino que es el orden estableci- do, que en esos años se apellidaba occidental y cristiano, el que recha- zaba a Dios, a quien decía repre- sentar, porque rechazaba su don.
21 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 Insistimos que la noción de paz de los obispos es la que trasmite el Evangelio, que es la que condensa todos los bienes mesiánicos: La paz es, ante todo, obra de justicia. Supone y exige la instauración de un orden justo en el que los hom- bres puedan realizarse co- mo hombres, en donde su dignidad sea respetada, sus legítimas aspiraciones satis- fechas, su acceso a la verdad reconocido, su libertad per- sonal garantizada. Un orden en el que los hombres no sean objetos, sino agentes de su propia historia (14a). Todo esto es el contenido ple- no del bien común. La pregunta es si puede darse en esta histo- ria. De pronto, para lograrla, hay que crear un orden nuevo: “La paz sólo se obtiene creando un orden nuevo que ‘comporta una justicia más perfecta entre los hombres’. En este sentido, el desa- rrollo integral del hombre, el paso de condiciones menos humanas a condiciones más humanas, es el nombre nuevo de la paz” (id). Ya insistimos que las condiciones más humanas abarcaban todos los campos hasta llegar a la cari- dad entre todos y la vivencia de la filiación que nos ganó Jesús de Nazaret. Desde la perspectiva evangélica en que se sitúan, la paz, en definitiva, es: … fruto del amor, expresión de una real fraternidad entre los hombres: fraternidad aportada por Cristo, Príncipe de la Paz, al reconciliar a todos los hombres con el Padre. La solidaridad humana no puede realizarse verdaderamente sino en Cris- to, quien da la Paz que el mun- do no puede dar. El amor es el alma de la justicia. El cristiano que trabaja por la justicia social debe cultivar siempre la paz y el amor en su corazón (14c). Como esta paz es fruto de un orden nuevo, por eso insisten en que la paz no está ahí, sino hay que construirla: “La paz no se en- cuentra, se construye. El cristiano es un artesano de la paz” (14b). Aquí hay dos cuestiones: ¿sólo los cristianos podemos construir esa paz?, ¿podemos construir un or- den que la contenga? Sobre la primera cuestión, la res- puesta es que está abierta a todos los latinoamericanos. No porque todos sean cristianos, sino porque sobre todos está derramado el Espíritu de la Pascua. El Espíritu mueve, no dice su nombre. Diga- mos simbólicamente que es ver- bo, no sustantivo: amar, no amor. Todos podemos obedecerlo, es
22 La Cuestión Social Año 27, n. 1 decir, seguir su impulso, y todos tenemos que obedecerlo. La paz sólo puede ser fruto del amor y to- dos tenemos ese amor derramado en nuestros corazones, amor que no es un sentimiento tórrido, sino buscar concreta y personalmente el bien de todos. Esa búsqueda situada del bien común en el que ponemos nuestro bien personal, está abierta y posibilitada a todos, aunque tenemos que actuarla con nuestra libertad. ¿Un orden político puede con- tener los bienes mesiánicos a los que se refiere la paz que nos ganó Jesús de Nazaret? Ese orden justo que diseñan los obispos ¿puede lograrse políticamente? La respuesta es que no: Jesús, en contra de las expectativas de sus íntimos y de otros, no vino como mesías davídico: a instaurar un or- den político, económico y social. El mundo fraterno de las hijas e hijos de Dios, que es el contenido del reinado de Dios que Jesús vino a instaurar —hasta que en la re- creación final venga el reino y Dios sea todo en todos— no se consigue ni se mantiene con la fuerza de la ley, sino con la libertad que da el Espíritu, una libertad liberada que busca, como Jesús, el bien de to- dos, incluso con sacrifico propio. Ahora bien, si la propuesta de Je- sús y del cristianismo no puede ser contenida en ningún orden, ¿signi- fica que la política es indiferente? De ningún modo: tenemos que de- dicarnos denodadamente a cons- truir un orden que salvaguarde los mínimos de bien común que pue- den y deben ser pactados por to- dos y custodiados por la fuerza de la ley, y a la vez a realizar lo máxi- mo que podamos en asociaciones libres y con la libre iniciativa. Es- to lo contempla expresamente el documento, que subraya —como hemos insistido— que sólo des- de una personalización solidaria y desde todo tipo de asociaciones intermedias, sobre todo popula- res, podrá consolidarse una po- lítica justa que propicie la paz ansiada: “La justicia y, consiguien- temente, la paz se conquistan por una acción dinámica de concienti- zación y organización de los secto- res populares, capaz de urgir a los poderes públicos, muchas veces impotentes en sus proyectos so- ciales sin el apoyo popular” (18). Es decir, que no obedecemos al Es- píritu si no ponemos todo de nues- tra parte para construir ese orden justo, aunque nunca lo logremos, y aunque lo que logremos siempre esté erosionándose y tenga que ser rehecho constantemente. Por eso, los obispos hacen un llamado para que asumamos nuestra res- ponsabilidad en la que se juega nuestra verdad como cristianos:
23 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 “Ante una situación que atenta tan gravemente contra la dignidad del hombre y por lo tanto contra la paz, nos dirigimos, como pas- tores, a todos los miembros del pueblo cristiano para que asu- man su grave responsabilidad en la promoción de la paz en América Latina” (16). La calidad evangélica del tra- tamiento de la paz está en la propuesta de alcanzar la paz pací- ficamente: “ansiamos que el dina- mismo del pueblo concientizado y organizado se ponga al servicio de la justicia y de la paz” (19). Su propuesta es compleja porque no es principista. Parte de desacon- sejar la violencia porque, en con- creto y no sólo en principio, sería vencer al mal con un mal mayor, o sea, no vencerlo sino permanecer en él. Éstos serían los argumentos: Si consideramos, pues, el con- junto de las circunstancias de nuestros países, si tenemos en cuenta la preferencia del cristiano por la paz, la enorme dificultad de la guerra civil, su lógica de violencia, los ma- les atroces que engendra, el riesgo de provocar la inter- vención extranjera por legí- tima que sea, la dificultad de construir un régimen de justi- cia y de libertad partiendo de un proceso de violencia (id). Cada uno de los argumentos es causa suficiente para desechar la violencia: la guerra civil es el mal mayor y de ella no puede salir una paz verdadera. Además, los cris- tianos preferimos la paz. Jesús la practicó consecuentemente, a pe- sar de que los suyos y parte del pueblo lo tentaron para que asu- miera la vía de la violencia. En contra de esta determinación de la asamblea estaba la costum- bre de bendecir ejércitos, el apo- yo inveterado de la institución eclesiástica a la lucha armada, la defensa, con todos los medios dis- ponibles, con todas las armas, de la “sociedad occidental y cristia- na” de la amenaza del comunismo ateo, a la que se le instaba desde el poder estatuido. Ahora bien, el camino escogido, realmente evangélico, era muy exigente porque entrañaba la la- bor ardua y sostenida de ayudar a que el pueblo se concientizara de la situación y se organizara para que ese dinamismo alcanzado se pusiera al servicio de la justicia y la paz. De ahí su compromiso por “alentar y favorecer todos los es- fuerzos del pueblo por crear y desarrollar sus propias organi- zaciones de base, por la reivin- dicación y consolidación de sus derechos y por la búsqueda de
24 La Cuestión Social Año 27, n. 1 una verdadera justicia” (27). En este texto, los obispos se sitúan como compañeros de camino del pueblo, no para sustituirlo ni tutorearlo, sino para que se or- ganice para que sus derechos se consoliden y se logre una verda- dera justicia respecto de los hasta ahora opresores. Ésta sería la concreción más re- levante de las responsabilidades de las que manifiestan que como pastores de la Iglesia no se pue- den eximir, que desglosan porme- norizadamente y que, de un modo general, consistirían en: “nos co- rresponde educar las conciencias, inspirar, estimular y ayudar a orientar todas las iniciativas que contribuyen a la formación del hombre. Nos corresponde tam- bién denunciar todo aquello que, al ir contra la justicia, destruye la paz” (20). III. Familia En este documento se subraya desde el comienzo, citando al Con- cilio, el enraizamiento de lo huma- no en Dios y, por tanto, la unidad de fondo entre la propuesta cris- tiana y la realización humana: “Es- ta misión de ser célula primera y vital de la sociedad, la familia la ha recibido directamente de Dios” (5). Por eso, el tratamiento cristia- no de la familia, aunque se remita a fuentes específicas —las de la re- velación en la historia que culmina en Jesús de Nazaret—, no es hete- rogéneo del que hacemos como seres culturales. Por el contrario, pretende iluminarlo, purificarlo y llevarlo a plenitud. Por eso, los esposos cristianos, que “son para sí mismos, para sus hijos y demás familiares, coopera- dores de la gracia y testigos de la fe”, son también aquellos por me- dio de los cuales los “que viven en el círculo familiar encontra- rán más fácilmente el camino del sentido humano, de la salvación y de la santidad” (6). Como se ve, sentido humano y santidad son lo mismo, si entendemos el sentido humano desde el paradigma de humanidad que es Jesús. Por eso, “La familia es la prime- ra escuela de las virtudes socia- les que necesitan todas las demás sociedades... Encuentran en la familia los hijos la primera ex- periencia de una sana sociedad humana... y se introducen poco a poco en la sociedad civil y en la Iglesia” (7). Así pues, en el plan de Dios la familia es tanto la célu- la germinal de la sociedad como la Iglesia doméstica. La familia como escuela de per- sonalización o, dicho de otro
25 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 modo, de socialización personali- zadora o, simplemente de huma- nización, se realiza al introducir a los hijos, ante todo con el ejemplo, en el amor a Dios y al prójimo, es decir en la condición actuada de hijos de aquellos de los que pro- venimos y fontalmente de Dios, y de hermanos de todos, especial- mente de los necesitados: “A los padres corresponde preparar en el seno de la familia a sus hijos... para co- nocer el amor de Dios hacia todos los hombres, el ense- ñarles gradualmente, sobre todo con el ejemplo, a preo- cuparse de las necesidades del prójimo, tanto materiales como espirituales” (Aposto- licam actuositatem, 30); así la familia cumplirá su misión si “promueve la justicia y demás obras buenas al ser- vicio de todos los hermanos que padecen necesidad” (id). De los muchos aspectos concre- tos que propone el documento, queremos subrayar el diálogo, tanto entre los esposos, como con los hijos: “Despertar en los espo- sos la necesidad del diálogo con- yugal que los lleve a una unidad profunda y a un espíritu de corres- ponsabilidad y colaboración” (17). “Facilitar el diálogo entre padres e hijos que ayude a superar en el seno de la familia el conflicto ge- neracional y haga del hogar un lugar donde se realice el encuen- tro de las generaciones” (18). Es un aspecto especialmente signi- ficativo de lo que significa que la familia es la célula germinal de la sociedad, ya que han destacado que en toda la sociedad falta diá- logo, colaboración y corresponsa- bilidad. También lo dirán respecto de la Iglesia. Cumpliendo todo lo que desta- ca el documento, la familia será “una fuerza viva (…) al servicio de la construcción de la Iglesia, del desarrollo a realizar y de las necesarias transformaciones en nuestro continente” (21). Esta conclusión expresa una vez más la profunda unidad de todo lo que se propone la Conferencia. IV. Educación Este mismo objetivo es el que se plantea de entrada, este docu- mento: “Esta Segunda Conferencia General del Episcopado Latino- americano, que se ha propuesto comprometer a la Iglesia en el proceso de transformación de los pueblos latinoamericanos, fija muy especialmente su atención en la educación, como un factor básico y decisivo en el desarrollo del continente” (1).
26 La Cuestión Social Año 27, n. 1 Así como desde el inicio se ha- bían desmarcado del desarrollis- mo y habían definido el desarrollo como desarrollo integral y ante todo desarrollo humano, así como habían caracterizado muy preci- samente lo humano, así también ahora se desmarcan de una edu- cación elitista y encaminada sólo a la promoción económica. Como alternativa proponen: “… una visión de la educa- ción, más conforme con el desarrollo integral que pro- pugnamos para nuestro con- tinente; la llamaríamos la ‘educación liberadora’; esto es, la que convierte al educando en sujeto de su propio desa- rrollo. La educación es efecti- vamente el medio clave para liberar a los pueblos de toda servidumbre y para hacer- los ascender ‘de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas’, teniendo en cuenta que el hombre es el responsable y el ‘artífice principal de su éxito o de su fracaso’” (Populorum progressio, 15)” (8). Esto que dicen de la educación en general lo especifican de la educa- ción de base, crucial para superar el subdesarrollo latinoamericano: “la cual aspira no sólo a alfabetizar, sino a capacitar al hombre para convertirlo en agente consciente de su desarrollo integral” (16). Si el ser humano es el sujeto del desarrollo y el responsable del éxi- to o fracaso humano, así también la educación debe tener al educan- do como sujeto responsable. No se trata de escalar lo más posible en los rangos económicos, sino de lle- gar a asumir la tarea inacabable de constituirse en humano. Esta edu- cación es liberadora, porque tra- ta de ayudar a liberarse de todas las malformaciones de esta situa- ción de pecado y edificarse como alternativa superadora desde la conciencia de la dignidad, a la li- beración de su libertad para dedi- carla al servicio de la comunidad: “Para ello, la educación en todos sus niveles debe llegar a ser crea- dora, pues ha de anticipar el nue- vo tipo de sociedad que buscamos en la personalización de las nue- vas generaciones, profundizando la conciencia de su dignidad hu- mana, favoreciendo su libre auto- determinación y promoviendo su sentido comunitario” (id). Insisten más concretamente: “el alumno tiende a su autoperfeccionamien- to y por ello se le deben presentar los valores, para que él tome una actitud de aceptación personal frente a los mismos. La autoedu- cación, que debe ser sabiamente ordenada, es un requisito indis- pensable para lograr la verdadera comunidad de educandos” (13).
27 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 Una educación liberadora así en- tendida no puede ser individualis- ta, sino dialógica para ejercitar la comprensión mutua y la colabora- ción, incluso entre generaciones: “Debe ser abierta al diálogo, para enriquecerse con los valores que la juventud intuye y descubre co- mo valederos para el futuro y así promover la comprensión de los jóvenes, entre sí y con los adul- tos” (id). Pero no sólo tienen que entenderse entre sí, sino también entender la realidad abierta y en transformación en la que viven. Por eso, la educación debe “capacitar a las nuevas generaciones para el cambio permanente y orgánico que implica el desarrollo”. Ésta es la educación libera- dora que América Latina ne- cesita para redimirse de las servidumbres injustas, y antes que nada, de nuestro propio egoísmo. Ésta es la educación que reclama nuestro desarro- llo integral (id). La base cristiana de lo que han dicho en educación, que es tam- bién la teoría, en el sentido de la compresión y fundamentación ca- bal de todo el documento, es que toda verdadera liberación es anti- cipo de la plena redención alcan- zada por Cristo y todo crecimiento en humanidad es un camino ha- cia la meta: alcanzar la estatura del hombre perfecto que es Jesús de Nazaret: Como toda liberación es ya un anticipo de la plena redención de Cristo, la Iglesia de Amé- rica Latina se siente particu- larmente solidaria con todo esfuerzo educativo tendiente a liberar a nuestros pueblos. Cristo pascual, ‘imagen del Dios invisible’, es la meta que el designio de Dios establece al desarrollo del hombre, pa- ra que ‘alcancemos todos la estatura del hombre perfec- to’. Por esto, todo ‘crecimien- to en humanidad’ nos acerca a ‘reproducir la imagen del Hijo para que él sea el primogénito entre muchos hermanos’ (8). Por eso, todo lo dicho no se res- tringe a la educación católica, en el sentido de temáticamente cristiana: La actitud de la Iglesia en el campo de la educación, no puede ser la de contraponer la escuela confesional a la no confesional, la escuela priva- da a la oficial, sino la de co- laboración abierta y franca (…) ‘colaboración que exige el bien de la comunidad uni- versal de los hombres’. Esta coordinación no constituye peligro para el carácter con- fesional de las escuelas cató- licas; antes bien es un deber post-conciliar de las mismas, según el nuevo concepto de
28 La Cuestión Social Año 27, n. 1 presencia de la Iglesia en el mundo de hoy (29). Es la superación más rotunda en la letra y espíritu de la separación tajante que prescribía el Concilio Plenario Latinoamericano (1899), escrito por la curia vaticana. Para el concilio Vaticano II, cuya recep- ción latinoamericana es Medellín, el santo y seña es la encarnación solidaria en el mundo para sal- varlo servicialmente, como Jesús de Nazaret: desde dentro y des- de abajo. Ejemplo de esta unidad e integra- ción de lo humano y cristiano es lo que prescriben a las universidades católicas: “las universidades ca- tólicas deben instituir el diálogo de las disciplinas humanas entre sí, por una parte, y con el saber teológico por otra, en íntima co- munión con las exigencias más profundas del hombre y de la so- ciedad, respetando el método pro- pio de cada disciplina” (21). El diálogo de las disciplinas entre sí y con la teología tiene que basarse en las exigencias más profundas del ser humano y de la sociedad. Ahí confluye el cristianismo, cuan- do se basa en Jesús de Nazaret, y el humanismo, cuando es genuino. V. La juventud Nos vamos a fijar en dos aspec- tos. El primero es una concreción de una insistencia que atraviesa todo el documento. La insistencia en la personalización, en la nece- sidad de constituirnos en sujetos consistentes, con libertad liberada, para no ser arrastrados por las corrientes de opinión dominan- tes, sino imprimir en el mundo su impronta, no individualista, sino expresión de genuina humanidad: La necesidad de elaborar una pedagogía orgánica de la ju- ventud, a través de la cual se estimulen en los jóvenes una sólida formación humana y cristiana y los esfuerzos por forjarse una auténtica perso- nalidad. Personalidad que los capacite, por una parte, para asimilar con criterios lúcidos y verdadera libertad, todos los elementos positivos de las influencias que reciben a través de los distintos me- dios de comunicación social y que les permita, por otra, hacer frente al proceso de despersonalización y masifi- cación que acecha de modo particular a la juventud. Pe- dagogía que eduque también en el sentido (valor y relativi- dad) de lo institucional (14). Además de lo dicho en el docu- mento anterior de la educación, en
29 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 éste se habla de una pedagogía orgánica de la juventud que lo- gre una sólida formación huma- na y cristiana. Ya hemos insistido que no se refiere a dos aspectos complementarios, ya que el cris- tianismo es la adquisición de la humanidad que tiene su cifra en Jesús de Nazaret. Esta formación tiene que ir encaminada a la ad- quisición de una sólida personali- dad. No es un punto de partida ni un rasgo temperamental sino, en el mejor de los casos, un punto de llegada nunca logrado del todo y fuertemente contrastado por- que, aunque vivimos en un tiempo de grandes bienes civilizatorios, la dirección dominante es des- humanizadora y opera con gran vehemencia, intentando seducir y subyugar. Destacan tres aspectos: el pri- mero es asimilar no mimética- mente, sino con criterios sólidos y con genuina libertad las influen- cias ambientales positivas, sobre todo por los medios de comunica- ción, hoy diríamos todo el mundo virtual y, haciéndolo así, desechar toda la basura que despersonaliza y masifica. Esto implica entender y vivir este proceso como buena nueva que torna fecunda la vida y no meramente como el cumpli- miento de un deber. Desde ahí viene el esfuerzo por discernir lo institucional y darle todo su valor, aunque para que lo tenga positivo, haya que llevar a cabo reformas profundas en las instituciones. El segundo aspecto es la condi- ción de posibilidad del primero, ya que no habrá sujeto que motori- ce esta pedagogía tan aquilatada y exigente, si la institución ecle- siástica no renueva su rostro, si no se rejuvenece, para que así pueda ayudar a que la juventud rejuve- nezca al mundo. Piden tres aspec- tos en concreto: a) Que se presente cada vez más nítido en Latinoamérica el rostro de una Iglesia autén- ticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres;/ b) Que la predi- cación, los escritos pastorales y, en general, el lenguaje de la Iglesia sean simples y actuales, teniendo en cuenta la vida re- al de los hombres de nuestro tiempo;/ c) Que se viva en la Iglesia, en todos los niveles, un sentido de la autoridad, con carácter de servicio, exento de autoritarismo (15). El primero es la formulación de la conversión de fondo que la Con- ferencia pide a la Iglesia, es decir, que los obispos se piden a sí mis-
30 La Cuestión Social Año 27, n. 1 mos y al resto de la institución eclesiástica y de todos los cris- tianos. Una Iglesia pobre es una Iglesia desligada de todo poder temporal. Esa es una Iglesia pas- cual, que va a sufrir persecuciones del orden establecido y que va a experimentar la fuerza del Resu- citado. Una Iglesia así está en con- diciones de ser misionera, es decir de comprometerse con la libera- ción de todo el ser humano y de todos los seres humanos. Esta Iglesia tiene autoridad pa- ra emprender con los jóvenes esa pedagogía personalizadora; pero además tiene el deseo profundo de llevarlo a cabo y desde esa situa- ción de despojo voluntario de cualquier aspiración al poder y desde esta situación encarnada, su lenguaje será el de su vida, el de la vida: un lenguaje actual y verda- dero, no el lenguaje esotérico de la ley y el culto sacralizados. Es cla- ro que personas así no van a ejer- cer la autoridad como mando, sino como servicio horizontal y eficaz. En el proceso necesario de trans- formación del continente, esa ge- nuina personalización de todos y particularmente de la juventud es un elemento imprescindible; y esa necesaria, dolorosa y, más en el fondo, gozosa transformación de la Iglesia y, sobre todo, de la ins- titución eclesiástica es un elemen- to infaltable. VI. Pastoral popular El criterio último para juzgarla sería el siguiente: “Pertenece, pues, al acto de la fe, bajo el impul- so del Espíritu Santo, aquel dina- mismo interior por el que tiende constantemente a perfeccionar el momento de apropiación salvífi- ca convirtiéndolo en acto de do- nación y entrega absoluta de sí” (7). Estamos de acuerdo en que la fe, como relación personal y per- sonalizadora, es un dinamismo interno que implica la apropia- ción de la salvación que Dios nos otorga a través de Jesús, y que se expresa como donación de sí. Por eso, cuando el encuentro de Jesús con alguien era fecundo, él despe- día a la persona diciendo: “tu fe te ha salvado”. Él era el que provoca- ba esa fe, pero es cierto que esa fe, aceptada y correspondida, sal- vaba. La fe implica, pues, la recep- ción personalizada de la relación de Dios y Jesús, que se convierte en un dinamismo interno que lle- va a la donación de sí, a Dios y al prójimo, correspondiendo a la do- nación de Dios y de Jesús. La pregunta es, entonces, hasta qué punto la religiosidad popular contiene esta fe. Ante todo asien-
31 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 tan: “La expresión de la religio- sidad popular es fruto de una evangelización realizada desde el tiempo de la Conquista” (2). Si es el fruto de la evangelización de la Colonia significa que esa evangeli- zación ha sido recibida, que el pue- blo se ha apropiado de ella, que se ha convertido en él en un dinamis- mo interior, ¿cómo se expresa esa evangelización recibida?: “Se ad- vierte en la expresión de la re- ligiosidad popular una enorme reserva de virtudes auténtica- mente cristianas, especialmente en orden a la caridad” (id). En el pueblo cristiano hay caridad, do- nación y entrega de sí, entrega, específicamente, del amor que Dios pone en nuestros corazones. Al lado de esta riqueza, los obis- pos advierten muchas deficien- cias y es bueno que las anoten para que se vayan superando; pe- ro también es cierto que la cari- dad cubre la multitud de pecados, no en el sentido de que los tapa, sino que los desborda. ¿Observan esa misma caridad en la institu- ción eclesiástica? Los obispos anotan que en el proceso de modernización se da un proceso de creciente indivi- duación, que no equivale sin más a personalización, porque se pue- de decantar como individualismo. Por eso, piden que la pastoral con el pueblo acentúe la dimensión personalizante, dándole una di- rección solidaria, comunitaria: Promueva constantemente una re-conversión y una educación de nuestro pueblo en la fe a ni- veles cada vez más profundos y maduros, siguiendo el criterio de una pastoral dinámica, que en consonancia con la natura- leza de la fe, impulse al pueblo creyente hacia la doble dimen- sión personalizante y comuni- taria (8). La evangelización de la Colonia y la posterior de la República han reflejado la reacción polar, no su- peradora, de Trento respecto de la reforma evangélica. Por eso, al pueblo latinoamericano no se en- tregaron los evangelios, porque tampoco los poseían los curas. Por eso, piden que todo se impregne de la palabra evangélica: Que se impregnen las mani- festaciones populares, como romerías, peregrinaciones, devociones diversas, de la pa- labra evangélica. Que se revi- sen muchas de las devociones a los santos para que no sean tomados sólo como interce- sores, sino también como mo- delos de vida de imitación de Cristo (12).
32 La Cuestión Social Año 27, n. 1 Queremos anotar que esta de- cisión de Medellín fue una de las más fecundas, ya que precisamen- te en el cristianismo que salió de él, sobre todo en las comunidades cristianas de base y las de solida- ridad, es donde se ha contemplado la Biblia y, cada vez más, los evan- gelios, historizando la religión del pueblo y haciéndonos explí- citamente cristianos, seguidores conscientes de Jesús de Nazaret, intentando hacer en nuestro tiem- po el equivalente de lo que él hizo en el suyo. Lo polar de lo individual es lo masivo no personalizado. Por eso, para superar ambos peligros, los obispos insisten en la formación de comunidades cristianas, como embrión de una Iglesia comunita- ria, expresión actual de la comuni- dad de Jesús de Nazaret: La comunidad se formará en la medida en que sus miem- bros tengan un sentido de pertenencia (de “nosotros”) que los lleve a ser solidarios en una misión común, y lo- gren una participación acti- va, consciente y fructuosa en la vida litúrgica y en la convi- vencia comunitaria. Para ello, es menester hacerlos vivir co- mo comunidad, inculcándoles un objetivo común: alcanzar la salvación mediante la vi- vencia de la fe y del amor (13). Para los obispos, la comunidad se forma al irse haciendo cristia- nos juntos y al vivir conjuntamen- te la misión. Por eso no es fruto de ingeniería social, sino un proce- so arduo: La pastoral popular deberá tender a una exigencia cada vez mayor para lograr una perso- nalización y vida comunitaria, de modo pedagógico, respe- tando las etapas diversas en el caminar hacia Dios (15). La dificultad del proceso provie- ne de que la comunidad cristiana no es una versión de la comuni- tariedad tradicional, sino que fue fruto de la personalización que se logra al escuchar juntos persona- lizadamente la Palabra de Dios, sobre todo los evangelios, y al dar respuesta personalizada y man- comunadamente. Por esos años estaba en pleno auge el proceso de formación de los barrios como consecuencia de las migraciones de los campesinos a las ciudades. Los pobladores dejaban atrás una comunitariedad que no les permi- tía desarrollarse como personas y por eso se entendían a sí mismos como individuos que aspiraban a una existencia convivencial. En ese ambiente de individuos abier- tos en principio a los demás, la constitución de verdaderos noso-
33 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 tros en las comunidades cristianas constituye una auténtica novedad histórica y germen de comunita- riedad, incluso en las familias, que no lo eran en principio. Una vez más, comprobamos el ca- rácter altamente humanizador del cristianismo evangélico liberador. VII. Pastoral de las élites La orientación pastoral con es- tos grupos se basa en los mismos criterios de los demás documen- tos, enfatizando el grado de ac- tualidad y personalización porque en esos tiempos de transición a la modernidad mundializada, los grupos dirigentes —por su enor- me influencia, predominantemen- te negativa— necesitaban asumir estas características más profun- damente que los demás y, sin em- bargo, les resulta más difícil por la presión del ambiente a que de- diquen sus talentos y su posición a defender sus privilegios y/o a empeñarse en un desarrollo me- ramente económico para su ex- clusivo beneficio: “En todos estos ambientes, la evangelización debe orientarse hacia la formación de una fe personal, adulta, interior- mente formada, operante y cons- tantemente confrontada con los desafíos de la vida actual en esta fase de transición” (13). Como se ve, la pastoral de élites es especial- mente exigente, tanto por el grado de personalización que tiene que alcanzar, venciendo la tendencia de las personas y del ambiente de degradar la personalización a indi- viduación egoísta, a individualismo insolidario, como por la tentación que inducen en los agentes pasto- rales de plegarse a esa tendencia, a cambio de ventajas materiales. Por eso, concluyen que esa evan- gelización “necesita, como soporte, de una Iglesia-signo”. La insistencia desde el comienzo en que la evangelización que nos pide Dios debe estar modulada por el discernimiento acucioso de los signos de los tiempos es más perentoria en la evangelización de las élites porque tienden a degra- dar esos signos a auscultar las oportunidades de copar el espacio público y poner sus condiciones para ganar más dinero, ofertando bienes y servicios, muchas veces no necesarios ni convenientes ni a precios justos: “Esta evangeli- zación debe estar en relación con los ‘signos de los tiempos’. No pue- de ser atemporal ni ahistórica. En efecto, los ‘signos de los tiem- pos’, que en nuestro continente se expresan sobre todo en el or- den social, constituyen un ‘lugar teológico’ e interpelaciones de Dios” (13).
34 La Cuestión Social Año 27, n. 1 Un criterio para justipreciar los signos de los tiempos desde la perspectiva evangélica lo cons- tituyen “los valores de justicia y fraternidad, contenidos en las as- piraciones de nuestros pueblos”. Estos criterios, que son plenamen- te humanos, desde la humanidad que tiene su cifra en Jesús de Na- zaret, son valores que encierran definitividad; por eso, los obispos insisten que hay que explicarlos “en una perspectiva escatológica”. No podemos asumirlos como los que propone una corriente socio- política, sino, los proponga quien los proponga, como lo que son, si se les vive con obras y en verdad, como actitudes y actuaciones que saltan hasta la vida eterna. Por eso, esta evangelización no puede ser doctrinaria, principista, sino fundamentalmente práxica, en el mismo seno del compromiso histórico: “Por otra parte, esta evangelización se debe realizar a través del testimonio personal y comunitario que se expresará, de manera especial, en el contex- to del mismo compromiso tempo- ral” (13). Por eso, hemos insistido que es una pastoral especialmen- te exigente. Tenemos que decir con dolor que, aunque esta pastoral nunca ha estado ausente del todo, tal vez sea lo menos llevado a la prácti- ca del Documento de Medellín. En vez de ese soporte de una Iglesia- signo, las élites se han encontrado, sobre todo, a agentes pastorales que los han confirmado en su pos- tura, a cambio de algunas exigen- cias puntuales, sobre todo en la vida sexual, que no son de ningún modo las pedidas por el documen- to y a cambio, sobre todo, de be- neficiarlos a ellos y asociarlos a su grupo de referencia. Muy triste. VIII. Catequesis Ante todo, asientan la necesidad de una profunda renovación, para ponerse a la altura de las transfor- maciones de la región. “Fallar en esto —dicen— sería traicionar, a un mismo tiempo, a Dios que le ha confiado su Mensaje y al hombre que lo necesita para salvarse” (1). Entienden tan integralmente esa renovación que, al explanar sus criterios, profundizan de un modo decisivo la criteriología de fondo de todo el documento. El criterio de fondo es la encar- nación del Hijo de Dios en la huma- nidad para salvarla desde dentro, como salvación plenamente hu- mana. Ella es la base de la unidad entre el plan de Dios realizado en Jesús y la historia humana, movida por su Espíritu, entre la hominiza-
35 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 ción cualitativa y la cristificación de lo creado: Al presentar su Mensaje reno- vado, la catequesis debe ma- nifestar la unidad del plan de Dios./ Sin caer en confusio- nes o en identificaciones simplistas, se debe manifestar siempre la unidad profunda que existe entre el proyecto salvífico de Dios, realizado en Cristo, y las aspiraciones del hombre; entre la historia de la salvación y la historia huma- na; entre la Iglesia, Pueblo de Dios, y las comunidades tem- porales; entre la acción reve- ladora de Dios y la experiencia del hombre; entre los dones y carismas sobrenaturales y los valores humanos (4). Por eso, la catequesis no es una enseñanza esotérica al margen de la experiencia humana, sino una preparación para el cumplimiento definitivo de la vocación humana: “Excluyendo así toda dicotomía o dualismo en el cristiano, la cate- quesis prepara la realización pro- gresiva del Pueblo de Dios hacia su cumplimiento escatológico” (id). La revelación de la encarnación como culminación de la historia de Dios con los seres humanos, se hace a través de la narración de esos acontecimientos; pero esa narración no podrá ser apreciada en su exacta medida, si hoy no for- mamos parte solidariamente de esa misma historia: La toma de conciencia del mensaje cristiano se hace profundizando cada vez más en la comprensión autén- tica de la verdad revelada. Pero esa toma progresiva de conciencia crece al ritmo de la emergencia de las ex- periencias humanas, indivi- duales y colectivas. Por eso, la fidelidad de la Iglesia a la revelación tiene que ser y es dinámica (5). La encarnación sigue dando de sí; por eso, la catequesis tiene que dar cuenta del modo como actúa en la vida del ser humano actual: De acuerdo con esta teolo- gía de la revelación, la cate- quesis actual debe asumir totalmente las angustias y esperanzas del hombre de hoy, a fin de ofrecerle las po- sibilidades de una liberación plena, las riquezas de una salvación integral en Cristo, el Señor. Por ello, debe ser fiel a la transmisión del Men- saje bíblico, no solamente en su contenido intelectual, sino también en su realidad vital encarnada en los hechos de la vida del hombre de hoy” (6). Se impone un trabajo per- manente para que se haga
36 La Cuestión Social Año 27, n. 1 perceptible cómo el Mensaje de Salvación, contenido en la Escritura, la liturgia, el Magisterio y el testimonio, es hoy palabra de vida. No basta, pues, repetir o ex- plicar el Mensaje, sino que hay que expresar incesante- mente, de nuevas maneras, el Evangelio en relación con las formas de existencia del hombre, teniendo en cuenta los ambientes humanos, éti- cos y culturales y guardan- do siempre la fidelidad a la Palabra revelada (15). El seguimiento de Jesús, como desemboque de toda la experien- cia del pueblo de Dios, consiste en hacer hoy lo equivalente de lo que él hizo en su época, para lo cual hay que conocer esas experiencias del pueblo de Dios y el modo de habérselas Jesús con su situación, pero no menos nuestra situación histórica. De este modo, con la luz y la fuerza del Espíritu, podremos obrar en nuestra situación lo equi- valente de lo que él hizo en la suya: Las situaciones históricas y las aspiraciones auténtica- mente humanas forman parte indispensable del contenido de la catequesis; deben ser in- terpretadas seriamente, den- tro de su contexto actual, a la luz de las experiencias viven- ciales del Pueblo de Israel, de Cristo, y de la comunidad eclesial, en la cual el Espíritu de Cristo resucitado vive y opera continuamente (id). Por eso, la conclusión: “Guar- dar fidelidad al Mensaje revelado, encarnado en los hechos actua- les” (16c). Así, a la vez que la catequesis ayuda “a la evolución integral del hombre”, hace que “sea fiel al Evan- gelio” (7) y lleve “a un compromi- so personal con Cristo” (9). En esto consiste la profunda unidad entre el cristianismo y la humani- zación humana. Desde esa unidad pueden concluir: “Orientar y pro- mover a través de la catequesis la evolución integral del hombre y los cambios sociales” (16d). Hablando de contenido, el con- tenido de la catequesis es el amor (11), el de Dios que motoriza todo lo dicho, y nuestro amor co- mo respuesta propiciada por su Espíritu. Por eso la importancia de que la catequesis desemboque en comunidades: Para los cristianos tiene una importancia particular la for- ma comunitaria de vida, co- mo testimonio de amor y de unidad./ No puede, por tan- to, la catequesis limitarse a las dimensiones individuales de la vida. Las comunidades cristianas de base, abiertas al mundo e insertadas en él, tie-
37 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 nen que ser el fruto de la evan- gelización, así como el signo que confirma con hechos el Mensaje de Salvación (10). Ya nos referimos a la importan- cia decisiva en nuestra región de la constitución de comunidades, obviamente no corporativas sino horizontales, directas y abiertas y, para nosotros, evangélicas: ins- piradas en la humanidad trascen- dente de Jesús de Nazaret. IX. Liturgia Partiendo de “la exigencia que plantea la fe de comprometerse con las realidades humanas” (6f), que es el quicio de toda la confe- rencia, el documento lo aplica a la liturgia dando la razón de por qué es así: “En la hora presente de nuestra América Latina, como en todos los tiempos, la celebra- ción litúrgica corona y comporta un compromiso con la realidad humana, con el desarrollo y la promoción, precisamente porque toda la creación está insertada en el designio salvador que abarca la totalidad del hombre” (4). La liturgia es la celebración del designio salvador de Dios reali- zado por Jesucristo y en ella está implicada simbólicamente toda la creación. Por tanto, esta cele- bración es vacía si no comporta un compromiso con el desarro- llo humano, ya que sólo lo corona simbólicamente, si está inserta en el esfuerzo por la promoción hu- mana de quienes la llevan a cabo. Esto mismo lo expresa refirién- dose al móvil que tiene que empa- par a la liturgia y que la desborda: “el gesto litúrgico no es auténtico si no implica un compromiso de caridad” (3). Ahora bien, la liturgia no es meramente atestatoria del esta- do actual de una sociedad y de la comunidad que la celebra. Por el contrario, precisamente porque está animada por la caridad, la in- terpela desde el designio de Dios realizado en Jesús, que es el mis- terio que la liturgia, de un modo u otro, celebra: “No obstante, la liturgia, que interpela al hombre, no puede reducirse a la mera ex- presión de una realidad humana, frecuentemente unilateral o mar- cada por el pecado, sino que la juzga, conduciéndola a su pleno sentido cristiano” (7). X. Movimientos de laicos Definen la vocación cristiana lai- cal por el compromiso con el mun- do y entienden este compromiso como solidaridad: Lo t ípicamente laical está constituido, en efecto, por
38 La Cuestión Social Año 27, n. 1 el compromiso en el mundo, entendido éste como marco de solidaridades humanas, como trama de aconteci- mientos y hechos significa- tivos, en una palabra, como historia./ Ahora bien, com- prometerse es ratificar ac- tivamente la solidaridad en que todo hombre se halla inmerso, asumiendo tareas de promoción humana en la línea de un determinado proyecto social (9). La concreción de esta solidari- dad en esa hora latinoamericana abarca el compromiso con la li- beración de la injusticia y opre- sión que configura una situación de pecado y con un desarrollo que sea realmente humanizador: “El compromiso así entendido, debe estar marcado en América Latina por las circunstancias peculiares de su momento histórico presen- te, por un signo de liberación, humanización y desarrollo” (id). “Esta compleja realidad sitúa his- tóricamente a los laicos latinoa- mericanos ante el desafío de un compromiso liberador y humani- zante” (2). Como en otros lugares del do- cumento, se explicita que esto re- quiere “una pedagogía basada en el discernimiento de los signos de los tiempos en la trama de acontecimientos” (13). En este compromiso solidario lo que ilumina y mueve es la fe que obra por medio de la caridad que logra que la dignidad, unión fra- terna y libertad se vivan, en medio de inevitables ambigüedades, co- mo ejercicio de la vida definitiva: Por mediación de la con- ciencia, la fe que opera por la caridad, está presente en el compromiso temporal del laico como motivación, iluminación y perspectiva escatológica que da su sen- tido integral a los valores de dignidad humana, unión fraterna y libertad, que vol- veremos a encontrar limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados en el Día del Señor (10). El testimonio cristiano consis- te en el testimonio que comporta una vida así vivida. Evangelizar no es sino explicitar el por qué y el sentido de ese testimonio. Esto es nada menos que contribuir a la santificación del mundo, como fermento: …al ser asumido este compro- miso en el dinamismo de la fe y de la caridad, adquie- re en sí mismo un valor que coincide con el testimonio cristiano. La evangelización del laico, en esta perspecti- va, no es más que la expli- citación o proclamación del
39 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 sentido trascendente en este testimonio. Viviendo ‘en las ocupaciones del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida’, los laicos están llamados por Dios allí ‘para que, desempeñando su propia profesión, guiados por el espíritu evangélico, contri- buyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento’ (11). Ésta es la espiritualidad laical, y la alimentación cristiana de la oración y la liturgia han de rea- lizarse de tal forma que robus- tezcan ese testimonio. Eso no significa que sean meramente utilitarias, sino que la relación con el Dios de Jesús y con el propio Jesús, que vivió como ellos la mayor parte de su vida en esos oficios “mundanos”, da la perspectiva adecuada y la fuerza para vivirlos así: Promuévase una genuina espiritualidad de los laicos a partir de su propia expe- riencia de compromiso en el mundo, ayudándoles a entre- garse a Dios en el servicio de los hombres y enseñándoles a descubrir el sentido de la oración y de la liturgia como expresión y alimento de esa doble recíproca entrega. ‘Si- guiendo el ejemplo de Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los cristianos de poder ejercer todas sus acti- vidades temporales haciendo una síntesis vital del esfuer- zo humano, familiar, profesio- nal, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cu- ya altísima jerarquía todo coo- pera a la gloria de Dios’ (17). Como en otros documentos, se insiste en que este testimonio es más trasparente si se lleva a cabo a través de comunidades, ya que es más congruente que se promue- va la fraternidad social a través de comunidades: El apostolado de los laicos tiene mayor transparencia de signo y mayor densidad eclesial cuando se apoya en el testimonio de equipos o comunidades de fe, a las que Cristo ha prometido es- pecialmente su presencia aglutinante. De este modo, los laicos cumplirán más ca- balmente con su misión de hacer que la Iglesia ‘acontez- ca’ en el mundo, en la tarea humana y en la historia (12). Es obvio, pero no resulta super- fluo, decir que los laicos gozan de autonomía para ejercer su mi- sión cristiana: Por demás está decir que el laico goza de autonomía y responsabilidad propias en la opción de su compromi-
40 La Cuestión Social Año 27, n. 1 so temporal (…) como lo dice el llamamiento final de la Populorum progressio, “a los seglares corresponde, con su libre iniciativa y sin esperar pasivamente consignas y di- rectrices, penetrar de espí- ritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que viven” (9). XI. Sacerdotes En consonancia con todo el do- cumento y con el Concilio, y en contraste con las religiones neolí- ticas, el sacerdote no es un segre- gado, sino que está en el mundo y al servicio de los seres humanos, no al servicio del altar: 7 “La consa- gración sacramental del orden si- túa al sacerdote en el mundo para el servicio de los hombres (…) im- plica también un contacto inteli- gente y constante con la realidad, de tal modo que su consagración resulte una manera especial de presencia en el mundo, más bien que una segregación de él” (17). Como en los demás documentos, señala que “el mundo latinoame- 7 Antes del Concilio, el predicador en la misa mayor dominical se refería así a los celebrantes: “venerables ministros del altar”. Es que el cristia- nismo, en contra de sus orígenes, se había asimilado a las religiones neo- líticas, caracterizadas por la tríada: templos-sacerdotes-sacrificios. ricano se encuentra empeñado en un gigantesco esfuerzo por acele- rar el proceso de desarrollo en el continente” (18). Por eso, su pre- sencia en el mundo no consiste en ser actor directo en la economía, en la técnica o en la política, sino que “para promover el desarrollo integral del hombre formará a los laicos y los animará a participar activamente con conciencia cris- tiana en la técnica y elaboración del progreso” (19). Por eso, tiene que cultivar esa vivencia humana, ya que el desa- rrollo que promueve la Conferen- cia, incluyendo la técnica, es sobre todo un desarrollo humano: … es necesaria una mayor adaptación a todo el progreso humano; la misión del presbí- tero, en efecto, exige una cul- tura encarnada y dinámica, constantemente actualizada y profundizada, que no se re- duzca a un mero cultivo inte- lectual, sino que abarque todo el sentido de la humanitas, en- riquecida con sus valores vivi- dos sacerdotalmente (26). Ahora bien, esa humanidad tiene que ser la que tiene su cifra en Je- sús de Nazaret: “La espiritualidad sacerdotal ha de ser una vivencia personal, intrínsecamente vincu- lada con su acción ministerial” (20). Porque “un sacerdote cuya
41 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 vida no fuere testimonio de es- te espíritu de fe, jamás podrá ser reconocido como digno ministro de Cristo, el Señor” (id). Una anotación fundamental, que desagraciadamente no ha sido su- ficientemente atendida, referida tanto a obispos como a presbíte- ros, es que “encontraremos en el Evangelio la imagen más nítida de Cristo, el Señor” (28). Es una ano- tación decisiva porque, si la en- carnación de los cristianos y, en particular, de los presbíteros tiene sentido para contagiar la humani- dad de Jesús, ésta sólo se explici- ta en los santos evangelios. Desde ellos es que tienen que dar su con- tribución a discernir los signos de los tiempos, eje trasversal de todo el documento: “Reflexionaremos juntos apoyándonos en el don de Dios para discernir los signos de los tiempos” (id). Lo que más debe internalizar de Jesús el presbítero, como ministro suyo, es la caridad que encarnó el Buen Pastor: “La caridad pasto- ral infundida por el sacramento del orden debe impulsar hoy a los sacerdotes a trabajar más que nunca por la unidad de los hom- bres, hasta dar la vida por ellos, como lo hiciera el Buen Pastor” (21). En este ejercicio asiduo del amor, unido fraternamente a la comunidad, encontrará equilibrio dinámico su persona y sentido su celibato: “En el ejercicio de esta caridad que une al sacerdote íntimamente con la comunidad, se encontrará el equilibrio de la personalidad humana, hecha pa- ra el amor, y se redescubrirán las grandes riquezas contenidas en el carisma del celibato en toda su visión cristológica, eclesiológica, escatológica y pastoral” (21). XII. Religiosos El encuadre general, como el de los demás documentos, es que “la Iglesia de América Latina quiere encarnarse en nuestras concretas realidades de hoy” (7). Esto, que es una exigencia para todos los cris- tianos, se dice de modo más por- menorizado de los religiosos(as): … por una parte, el religioso ha de encarnarse en el mundo real y hoy con mayor audacia que en otros tiempos: no pue- de considerarse ajeno a los problemas sociales, al senti- do democrático, a la mentali- dad pluralista de los hombres que viven a su alrededor. Y así, las circunstancias con- cretas de América Latina (na- ciones en vía de desarrollo, escasez de sacerdotes) exigen de los religiosos una especial disponibilidad, según el pro- pio carisma, para insertarse en las líneas de una pastoral efectiva (3).
42 La Cuestión Social Año 27, n. 1 Lo característico de la encarna- ción de los religiosos(as) es que, co- mo la de Jesús, es una encarnación por abajo, es decir, entre los pobres y como pobres de espíritu: “los reli- giosos, por su estado, dan preclaro y eximio testimonio de que el mun- do no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las Bienaventuranzas” (3). Ahora bien, como este espíritu está en contradicción con el orden establecido, para adquirirlo y con- servarlo es imprescindible el trato íntimo con Dios y la caridad que de él dimana: “Para que este testi- monio sea auténtico, se requiere, tanto en la vida activa como en la contemplativa, un íntimo tra- to con Dios a través de la oración personal y una profundización en el sentido de la caridad cuya mejor expresión es la celebración euca- rística” (5). Esta caridad ha de impregnar también la vida comunitaria y la debe tornar abierta al medio que la rodea y se debe expresar en el cultivo de los valores humanos, y de ella derivará también la dis- ponibilidad para estar siempre al servicio: “la vida comunitaria de- be abrirse hacia el ambiente hu- mano que la rodea para irradiar la caridad y abarcar todos los valores humanos./ La verdadera caridad tiene como efecto la flexibilidad de espíritu para adaptarse a toda cla- se de circunstancias. El religioso ha de tener una perfecta dispo- nibilidad para seguir el ritmo de la Iglesia y del mundo actual” (8). El cultivo de esta caridad se da en el seguimiento de Jesús guia- dos por su Espíritu: “La caridad con que amamos a Dios y al pró- jimo es la única santidad que cul- tivan todos los que, guiados por el Espíritu Santo, siguen a Cris- to en cualquier estado de vida y profesión a la que han sido llama- dos” (1). Por eso, la formación ha de ten- der a capacitar a los religiosos(as) a realizar esas opciones desde una vivencia honda de los valores del Evangelio: “una educación perso- nalizadora que los lleve a realizar- se a través de graduales opciones personales que tengan como meta la vivencia auténtica de los valores evangélicos” (9). Insisten en “una seria formación espiritual, teológi- ca, profunda y continuada, armo- nizada con el cultivo y aprecio de los valores humanos” (13a). Esto es así porque, como han insistido una y otra vez, Jesús es el paradig- ma de humanidad. Así como la formación ha de pro- piciar opciones progresivas en el
43 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 seguimiento de Jesús, como un componente de él, ha de propor- cionar experiencias vivenciales en el pueblo en las que madure la encarnación kenótica: “Revisar sinceramente la formación social que se da a los religiosos, conce- diendo especial importancia a las experiencias vitales, con miras a la adquisición de una mentalidad social”. “Atender, educar, evange- lizar y promover sobre todo a las clases sociales marginadas” (13d- e). Esto es así porque “conside- ramos que la colaboración del religioso en el desarrollo es algo vital e inherente a su propia vo- cación” (12). Pero de tal manera que sea un desarrollo evangélico. Por eso, los religiosos tienen que llegar a “considerar que el desa- rrollo se conecta necesariamente con dimensiones de justicia y ca- ridad” (13c). XIII. Formación del clero El punto de partida para la for- mación es tener claro cuál es su objetivo: no se forman para ser funcionarios de una institución sacralizada, sino para servir al pueblo desde el paradigma de Je- sús de Nazaret; pero como inicial- mente no están en capacidad de servir, tienen que aprender a ha- cerlo, tanto estando en la escuela de Jesús como recibiendo de ese mismo pueblo: El sacerdote, como Cristo, está puesto al servicio del pueblo. Esto pide de él, acep- tar sin limitaciones las exi- gencias y las consecuencias del servicio a los hermanos y, en primer lugar, la de sa- ber asumir las realidades y ‘el sentido del pueblo’ en sus situaciones y en sus mentali- dades. Con espíritu de hu- mildad y de pobreza, antes de enseñar debe aprender, haciéndose todo a todos para llevarlos a Cristo (13). Para poder asumir las realidades concretas tiene que aprender a re- flexionar sobre ellas y a discernir los signos de los tiempos: “Procú- rese en el seminario una reflexión continua sobre la realidad que vi- vimos, a fin de que se sepan inter- pretar los signos de los tiempos, y se creen actitudes y mentalidad pastorales adecuadas” (26). Para entender la realidad se re- quiere la ayuda del laicado y para interpretar los signos de los tiem- pos es imprescindible conocer desde dentro, es decir, entregán- dose a él, el plan de salvación que culmina en Jesús de Nazaret: Se pide al sacerdote de hoy saber interpretar habitual- mente a la luz de la fe, las situaciones y exigencias de la comunidad. Dicha tarea profética exige, por una par-
44 La Cuestión Social Año 27, n. 1 te, la capacidad de compren- der, con la ayuda del laicado, la realidad humana y, por otra, como carisma específi- co del sacerdote en unión con el obispo, saber juzgar aque- llas realidades en relación con el plan de salvación (10). Como es muy fuerte la tentación de asumirse como dueño de la pa- rroquia y pensar y decidir desde sí mismo, los obispos juzgan que “parece necesario desarrollar una fuerte pasión por la verdad y una disposición habitual para de- fenderse de la unilateralidad por medio de una búsqueda y verifica- ción comunitaria” (10). Esto requiere que la formación no sea individualista, sino per- sonalizada a través de relaciones desde la genuinidad de cada uno, que desemboquen en verdaderas comunidades: “una formación más personalizante a base de equi- pos y pequeñas comunidades” (6). Para que de párrocos no se mue- van por filias y fobias, para poner orden interior que vaya en la di- rección de la unificación personal, guiada por fines trascendentes y no por la entrega a la pasión domi- nante, “la disciplina es indispen- sable, no solamente por el buen orden, sino sobre todo para la for- mación de la personalidad. Para ello, es necesario que la disciplina sea objeto de una adhesión inte- rior, lo cual sólo es posible si los jó- venes perciben su valor y si tiene por objeto metas esenciales” (15). Esta orientación no debe res- tringirse al seminario, sino que de- be ser el clima de toda la pastoral juvenil: “una pastoral juvenil que, para ser plenamente auténtica, debe llevar a los jóvenes, por me- dio de una maduración personal y comunitaria, a asumir un compro- miso concreto ante la comunidad eclesial en alguno de los llamados estilos de vida” (25). XIV. Pobreza de la Iglesia Desde la “Introducción” vienen insistiendo que el egoísmo que provoca estructuras injustas, que sumen a muchos en la miseria, es una condición de vida menos humana. Por eso, al comenzar a tratar de la pobreza de la Iglesia comienzan en esta constatación que apela a su responsabilidad: “El Episcopado Latinoamericano no puede quedar indiferente ante las tremendas injusticias socia- les existentes en América Latina, que mantienen a la mayoría de nuestros pueblos en una dolorosa pobreza cercana en muchísimos casos a la inhumana miseria” (1).
45 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 Vuelven a insistir en que la po- breza en sí es un mal, fruto, casi siempre, del pecado de los injus- tos: “La pobreza como carencia de los bienes de este mundo es, en cuanto tal, un mal. Los profetas la denuncian como contraria a la vo- luntad del Señor y las más de las veces como el fruto de la injusticia y el pecado de los hombres” (4a). En los documentos de “Justicia y de Paz” insistieron en que el de- sarrollo humano entraña la supe- ración de la pobreza, aunque va mucho más allá de ese objetivo. Ahora, tomando, como en los de- más documentos el paradigma de Jesús, se proponen, como un signo luminoso de esta solidaridad con los pobres que entraña este pro- ceso de desarrollo, la encarnación en el mundo de los pobres y, más generalmente, el que la institución eclesiástica tome la figura de po- bre para colaborar con ellos desde abajo: “Cristo nuestro Salvador, no sólo amó a los pobres, sino que ‘siendo rico se hizo pobre’, vivió en la pobreza, centró su misión en el anuncio a los pobres de su liberación y fundó su Iglesia co- mo signo de esa pobreza entre los hombres”. “La Iglesia de América Latina, dadas las condiciones de pobreza y subdesarrollo del con- tinente, experimenta la urgencia de traducir ese espíritu de po- breza en gestos, actitudes y nor- mas que la hagan un signo más lúcido y auténtico de su Señor. La pobreza de tantos hermanos clama justicia, solidaridad, testi- monio, compromiso, esfuerzo y superación para el cumplimiento pleno de la misión salvífica enco- mendada por Cristo”. “La pobreza de la Iglesia y sus miembros en América Latina debe ser signo y compromiso. Signo de valor ines- timable del pobre a los ojos de Dios; compromiso de solidaridad con los que sufren” (7). Como se ve, esta propuesta tan concreta es la expresión más ca- bal de la radicalidad con la que aceptan el paradigma de Jesús, ya que sólo desde él tiene sentido. Es lo más contradictorio de la di- rección dominante de esta figura histórica y por eso podemos cali- ficarla con toda verdad de mística, ya que sólo desde la identificación con la figura de Jesús tiene senti- do y valor y puede ser vivida con alegría y fecundamente. Por to- do eso queremos que la Iglesia de América Latina sea evangeli- zadora de los pobres y solidaria con ellos, testigo del valor de los bienes del Reino y humilde ser- vidora de todos los hombres de nuestros pueblos. Sus pastores y demás miembros del Pueblo de Dios han de dar a su vida y sus
46 La Cuestión Social Año 27, n. 1 palabras, a sus actitudes y su ac- ción, la coherencia necesaria con las exigencias evangélicas y las necesidades de los hombres lati- noamericanos” (8). Queremos de- cir que los modernos Padres de la Iglesia latinoamericana, 8 esa plé- yade de grandes obispos que Dios regaló a su Iglesia y a la sociedad latinoamericana, y tantos otros con el mismo espíritu, sí siguie- ron esta dirección vital que ca- racterizó a una minoría muy coherente y significativa, la que dio el tono a nuestra Iglesia du- rante varias décadas. Y que ello supuso el establecimiento de una verdadera alianza entre la Iglesia y nuestros pueblos. XV. Pastoral de conjunto La pastoral de conjunto no se decreta por una necesidad orga- nizativa: no es una expresión cor- porativa; es, por el contrario, la expresión más visible de la comu- nión católica, ya que, por el llama- miento de la Palabra y por la gracia de los sacramentos, todos somos constituidos en hijos de Dios y en hermanos en Cristo y llamados 8 Comblin: “Saudades da América La- tina”. En A esperanca dos pobre vive. Paulus. Sao Paulo 2003,719-732. Id.: “Los obispos de Medellín”. En 10 palabras sobre la Iglesia en América Latina. EVD 2003,41-77. a compartir la misión de dar tes- timonio de esta fraternidad y así propagarla: “la Iglesia es ante todo un misterio de comunión católica, pues en el seno de su comunidad visible, por el llamamiento de la Palabra de Dios y por la gracia de sus sacramentos, particularmente de la Eucaristía, todos los hombres pueden participar fraternalmente de la común dignidad de hijos de Dios, y todos también, compartir la responsabilidad y el trabajo para realizar la común misión de dar testimonio del Dios que los salvó y los hizo hermanos en Cristo” (6). “Los diversos ministe- rios, no sólo deben estar al ser- vicio de la unidad de comunión, sino que a su vez deben constituir- se y actuar en forma solidaria” (7). Si es una comunión esencialmen- te simbiótica y abierta, como lo es la Trinidad, hay que vencer la tenta- ción ambiental del corporativismo, y para eso su flujo comunicacional no puede ser sólo unidireccional, sino mutuo: “Es esencial que to- das las comunidades eclesiales se mantengan abiertas a la dimen- sión de comunión católica, en tal forma que ninguna se cierre so- bre sí misma (…) Para que dicha abertura sea efectiva y no pura- mente jurídica, tiene que haber comunicación real, ascendente y descendente, entre la base y la
47 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 cumbre” (8). No son muy cristianas las denominaciones ‘base’ y ‘cum- bre’, pero se entiende lo que quiere decir. Al partir de la práctica de Jesús, el modelo no es una organización tremendamente eficiente que se expande, sino pequeñas comuni- dades de base, comunidades de fe, esperanza y caridad, constituidas en un ambiente, en la base socio- lógica de la sociedad que, como fa- milia de Dios, se van expandiendo y articulando entre sí: “La vivencia de la comunión a que ha sido lla- mado, debe encontrarla el cris- tiano en su ‘comunidad de base’: es decir, una comunidad local o ambiental que corresponda a la realidad de un grupo homogé- neo y que tenga una dimensión tal que permita el trato personal fraterno entre sus miembros. Por consiguiente, el esfuerzo pastoral de la Iglesia debe estar orientado a la transformación de esas comu- nidades en ‘familia de Dios’, co- menzando por hacerse presente en ellas como fermento mediante un núcleo, aunque sea pequeño, que constituya una comunidad de fe, esperanza y caridad. La comu- nidad cristiana de base es así el primero y fundamental núcleo eclesial que debe, en su propio nivel, responsabilizarse de la ri- queza y expansión de la fe, como también del culto que es su expre- sión. Ella es, pues, célula inicial de estructuración eclesial, y foco de la evangelización, y actualmen- te factor primordial de promo- ción humana y desarrollo” (10). Si son lo que Dios quiere, los obispos piensan que serán también factor primordial de promoción huma- na y desarrollo, que es el objetivo del documento. Desde este modelo, la parroquia no es un centro burocrático, sino un centro propulsor y aglutinador de estas comunidades: “La visión que se ha expuesto nos lleva a ha- cer de la parroquia un conjunto pastoral vivificador y unificador de las comunidades de base” (13). XVI. Medios de comunicación social El tratamiento de los medios de comunicación social parte de su impostergable necesidad, si la Iglesia, cumpliendo el mandato de Cristo, quiere llegar a todos: En el mundo de hoy la Iglesia no puede cumplir con la mi- sión que Cristo le confiara de llevar la Buena Nueva ‘hasta los confines de la tierra’ si no emplea los medios de comu- nicación social, únicos capa- ces para llegar efectivamente a todos los hombres./ La pa-
48 La Cuestión Social Año 27, n. 1 labra es el vehículo, normal de la fe: fides ex auditu. En nuestros tiempos la ‘palabra’ también se hace imagen, color y sonido, adquiriendo formas variadas a través de los diversos medios de co- municación social. Tales me- dios, así comprendidos, son un imperativo de los tiempos presentes para que la Iglesia realice su misión evangeli- zadora (7). Ahora bien, los medios son eso, meros medios: depende de cómo se usen: “los medios de comu- nicación social se convierten en agentes activos del proceso de transformación, cuando se ponen al servicio de una auténtica educa- ción integral, apta para desarrollar a todo el hombre, capacitándolo para ser el artífice de su propia promoción, lo que también se apli- ca a la evangelización y al creci- miento de la fe” (6). Ellos no son sólo canales de in- formación de lo que hace la Iglesia, sino que sirven también para dar una imagen fiel de sí misma, pero además, más allá de esta función corporativa, son canales de evan- gelización: son para la Iglesia, el medio de presentar a este conti- nente una imagen más exacta y fiel de sí misma, transmitiendo al gran público no sólo las noticias relativas a los acontecimientos de la vida eclesial y sus actividades, sino, sobre todo, interpretando los hechos a la luz del pensamiento cristiano” (8). Y concretando la fi- nalidad de la asamblea, insisten en que sin ellos no podrá lograrse la promoción del hombre latinoame- ricano y las necesarias transfor- maciones del continente. De esto se desprende no sólo la utilidad y conveniencia, sino la necesidad absoluta de emplearlos a todos los niveles y en todas las formas de la acción pastoral de la Iglesia, para conseguir los fines que se propone esta Asamblea” (24). Síntesis del juzgar en Medellín El presupuesto del juzgar de Me- dellín es la conciencia de la histo- ria, de que la vida es histórica, de que las instituciones y estructuras sociales no son naturales porque han surgido en un determina- do momento y pueden dejar de existir en otro. Por eso, la “Intro- ducción” a los documentos co- mienza constatando que esta Conferencia “centró su atención en el hombre de este continente, que vive un momento decisivo de su proceso histórico” (1). Más precisamente, el convenci- miento básico del documento es que la finalidad de la historia en el designio de Dios es la huma-
49 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 nización de los seres humanos, no individualmente considerados, sino trabajando mancomunada- mente para el bien común. De ahí se deduce que todo lo que impida la realización humana debe ser transformado y todo lo que la pro- picie debe ser apuntalado. Esto res- pecto del contenido; respecto del sujeto, el convencimiento básico es que el sujeto de la historia no pue- de ser un grupo privilegiado, si- no todos los implicados en ella. La paz, como don mesiánico que tenemos que actuar, supone “un orden en el que los hombres no sean objetos, sino agentes de su propia historia” (II, 14). Este convencimiento de que la historia es para la humanización de los seres humanos y de que esta humanización tiene que ser obra mancomunada de todos, en- traña para la Iglesia, para todo el pueblo de Dios y concretamente para los obispos reunidos como sus representantes, una respon- sabilidad básica respecto de la marcha de la historia: la Iglesia “quiere asumir plenamente la res- ponsabilidad histórica que recae sobre ella en el presente” (Intro- ducción, 3). La misión cristiana se realiza, pues, en la historia. Todo esto, profusamente presente en el Documento de Medellín, está con- densado programáticamente en la Gaudium et spes: “somos conscien- tes de que está naciendo un nuevo humanismo en el que el ser hu- mano queda caracterizado princi- palmente por la responsabilidad respecto de sus hermanos y de la historia” (55). Desde este convencimiento, me- dularmente cristiano, viene un juicio de hecho: los centros hege- mónicos y las élites locales se nie- gan a transformar las estructuras injustas que impiden que las ma- yorías latinoamericanas tengan vida y puedan participar del de- sarrollo, es decir, se arrogan la condición de únicos sujetos de la historia y no permiten que partici- pen todos ni, consiguientemente, que el desarrollo humano llegue a todos. Por tanto, la ineludible respon- sabilidad con la historia, que es con la humanización de los que no tienen medios para vivir ni po- sibilidades de intervenir en ella, y también con la conversión de los poderosos deshumanizados, los lleva al compromiso solidario por la transformación superadora de esta historia de atraso, dependen- cia e injusticia para pasar a una nueva época en la que haya lugar productivo para todos y responsa- bilidad y frutos compartidos. Así lo expresa el documento respecto
50 La Cuestión Social Año 27, n. 1 de los laicos: “Esta compleja rea- lidad sitúa históricamente a los laicos latinoamericanos ante el desafío de un compromiso libera- dor y humanizante” (X, 2). Por eso critican a aquellos movimientos laicales que “no supieron ubicar debidamente su apostolado en el contexto de un compromiso histó- rico liberador” (X, 4) y les insisten en la índole secular de su misión, ya que ellos “realizan específica- mente esta misión en el ámbito de lo temporal, en orden a la construc- ción de la historia, gestionando los asuntos temporales y ordenán- dolos según Dios” (X, 8). “El com- promiso así entendido, debe estar marcado en América Latina por las circunstancias peculiares de su momento histórico presente, por un signo de liberación, de humani- zación y de desarrollo” (X, 9). Esta percepción de que debe ser tenido en cuenta el presente his- tórico y contribuir a su supera- ción está precisamente expresado respecto de la catequesis, que no es así adquirir la cultura de la corporación, sino introducir en la responsabilidad histórica al ser cristiano: América Latina vive hoy un momento histórico que la catequesis no puede desco- nocer: el proceso de cambio social, exigido por la actual situación de necesidad e in- justicia en que se hallan mar- ginados grandes sectores de la sociedad (…) es tarea de la catequesis ayudar a la evolución integral del hom- bre, dándole su auténtico sen- tido cristiano, promoviendo su motivación en los cate- quizados y orient ándola pa- ra que sea fiel al Evangelio” (VIII, 7). Ahora bien, el problema del de- sarrollo no es meramente técnico y cultural; en el fondo está la injus- ticia y ésta se gesta en el corazón humano. Por tanto, la responsa- bilidad con la historia entraña la responsabilidad por la conversión de los seres humanos para que se hagan cargo de ella y cambien de dirección hacia la solidaridad: El origen de todo menospre- cio del hombre, de toda in- justicia, debe ser buscado en el desequilibrio interior de la libertad humana, que necesi- tará siempre, en la historia, una permanente labor de rectificación. La originalidad del mensaje cristiano no con- siste directamente en la afir- mación de la necesidad de un cambio de estructuras, sino en la insistencia en la conver- sión del hombre, que exige luego este cambio. No ten- dremos un continente nue- vo sin nuevas y renovadas estructuras; sobre todo, no habrá continente nuevo sin
51 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 hombres nuevos, que a la luz del Evangelio sepan ser ver- daderamente libres y res- ponsables” (I, 3). Este juzgar propiamente cristia- no se explicita al constatar que el cristianismo debe ser comprendi- do como la culminación en mar- cha, de una historia de salvación que no está superpuesta a la otra historia, sino que se da en ella, en la única historia. Así lo asientan ya desde el mensaje inicial: “Co- mo cristianos, creemos que esta etapa histórica de América Lati- na está vinculada íntimamente a la Historia de la Salvación”, y más específicamente aún en el de Cate- quesis: “Sin caer en confusiones o en identificaciones simplistas, se debe manifestar siempre la uni- dad profunda que existe entre el proyecto salvífico de Dios, reali- zado en Cristo, y las aspiraciones del hombre; entre la historia de la salvación y la historia humana” (VIII, 4). Por eso, la historia humana no es únicamente humana, sino la histo- ria de Dios con los seres humanos: “No podemos, en efecto, los cris- tianos, dejar de presentir la pre- sencia de Dios, que quiere salvar al hombre entero, alma y cuerpo” (Introducción, 5). El Espíritu mue- ve la historia con la finalidad de abrirla para que no se congele en estructuras e instituciones injus- tas, sino que pase de condiciones de vida menos humanas a más hu- manas. Nosotros, si como cristia- nos participamos solidariamente de esta historia, no podemos dejar de sentir su impulso: “Así como otrora Israel, el primer Pueblo, experimentaba la presencia salví- fica de Dios cuando lo liberaba de la opresión de Egipto, cuando lo hacía pasar el mar y lo conducía hacia la tierra de la promesa, así también nosotros, nuevo Pueblo de Dios, no podemos dejar de sen- tir su paso que salva, cuando se da ‘el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos hu- manas, a condiciones más huma- nas’” (Id, 6). La impronta divina en la histo- ria no hay que buscarla en algo esotérico, sino en la humaniza- ción integral de los seres humanos a impulso del amor en que Dios consiste: “En la Historia de la Sal- vación la obra divina es una ac- ción de liberación integral y de promoción del hombre en toda su dimensión, que tiene como único móvil el amor” (I, 4). No sólo Dios y su Espíritu, tam- bién Jesús está activamente pre- sente en la historia para que
52 La Cuestión Social Año 27, n. 1 exprese la fraternidad de las hi- jas e hijos de Dios, instaurada por él, pero que debe abrirse paso en la historia hasta su consumación transhistórica en el Reino, en la comunidad divina: “Cristo, activa- mente presente en nuestra histo- ria, anticipa su gesto escatológico no sólo en el anhelo impaciente del hombre por su total redención, sino también en aquellas conquis- tas que, como signos pronosticado- res, va logrando el hombre a través de una actividad realizada en el amor” (Id, 5). Así pues, la misión de la Iglesia se realiza en la historia, como con- tinuadora de la de Jesucristo, para lograr conjuntamente con todos el desarrollo de los seres humanos, que no es otro que su plena huma- nización, que comprende diversos niveles que deben ser atendidos conjuntamente y que culminan en la caridad fraterna y en el encuen- tro con el que purifica y consuma todo lo bueno: No podemos dejar de interpre- tar este gigantesco esfuerzo por una rápida transforma- ción y desarrollo como un evi- dente signo del Espíritu que conduce la historia de los hom- bres y de los pueblos hacia su vocación. No podemos dejar de descubrir en esta voluntad cada día más tenaz y apresu- rada de transformación, las huellas de la imagen de Dios en el hombre, como un potente dinamismo. Progresivamente, ese dinamismo lo lleva hacia el dominio cada vez mayor de la naturaleza, hacia una más profunda personalización y cohesión fraternal y también hacia un encuentro con Aquel que ratifica, purifica y ahonda los valores logrados por el es- fuerzo humano (Id). No se puede expresar con más énfasis que la historia es de Dios con los seres humanos y que, por tanto, para encontrarlo y dejarnos llevar por su impulso y secundar- lo en los demás no podemos, como cristianos, dejar de encarnarnos solidariamente en esta única histo- ria siguiendo la misión de Jesús. Esta contribución a la necesaria transformación del continente y a su desarrollo integral está con- cretada en cada uno de los docu- mentos, según el campo de que se trate o el tipo de vocación al que se refieran. Pero no está ausen- te de ninguno, ni en el de liturgia, que en un modo convencional de considerarla se refiere a un espa- cio segregado de lo demás: “En la hora presente de nuestra Améri- ca Latina, como en todos los tiem- pos, la celebración litúrgica corona y comporta un compromiso con la realidad humana, con el desarrollo y con la promoción, precisamente
53 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 porque toda la creación está inser- tada en el designio salvador que abarca la totalidad del hombre” (IX, 4). De lo que deducen que “el gesto litúrgico no es auténtico si no implica un compromiso de caridad” (IX, 3). Esta llamada a tomar en cuenta la realidad histó- rica para interpretarla y situarse adecuadamente ante ella no está ausente ni en el documento sobre la formación de los seminaristas, que se suele considerar como un ámbito recoleto: “Procúrese en el seminario una reflexión continua sobre la realidad que vivimos, a fin de que se sepan interpretar los signos de los tiempos, y se creen actitudes y mentalidad pas- torales adecuadas” (XIII, 26). Pero, como la de Jesús, la mi- sión de la Iglesia se realiza, no con la fuerza política ni económica ni con el prestigio, sino con la fuer- za del testimonio solidario con to- dos, desde los pobres y oprimidos. “Este compromiso nos exige vi- vir una verdadera pobreza bíblica que se exprese en manifestaciones auténticas, signos claros para nuestros pueblos. Sólo una po- breza así transparentará a Cris- to, Salvador de los hombres, y descubrirá a Cristo, Señor de la historia” (Mensaje). Esta misión cristiana en la his- toria tiene dos aspectos: uno, ilu- minar la realidad desde la Palabra que es, en definitiva, Jesús de Na- zaret; el otro, contribuir como ins- titución y movimiento, que sale de Jesucristo, a despertar en todos ese anhelo de liberación humana y realización progresiva de la huma- nidad, que tiene en definitiva su cifra en Jesús de Nazaret y, sobre todo, irlo realizando en sus pro- pios ámbitos como levadura den- tro de la masa: La Iglesia latinoamericana, reunida en la Segunda Con- ferencia General de su Epis- copado, centró su atención en el hombre de este conti- nente, que vive un momento decisivo de su proceso his- tórico. De este modo ella no se ha ‘desviado’, sino que se ha ‘vuelto’ hacia el hombre, consciente de que ‘para co- nocer a Dios es necesario conocer al hombre’./ La Igle- sia ha buscado comprender este momento histórico del hombre latinoamericano a la luz de la Palabra, que es Cris- to, en quien se manifiesta el misterio del hombre (Intro- ducción, 1). Esto que se dice de modo ge- neral, se dice específicamente respecto de la catequesis: “Las situaciones históricas y aspira- ciones auténticamente humanas forman parte indispensable del contenido de la catequesis; deben
54 La Cuestión Social Año 27, n. 1 ser interpretadas seriamente, dentro de su contexto actual, a la luz de las experiencias vivenciales del Pueblo de Israel, de Cristo y de la comunidad eclesial, en la cual el Espíritu de Cristo resucitado vive y opera continuamente” (VIII, 6). La realidad se ilumina como lec- tura de los signos de los tiempos. 9 Esta expresión, crucial en Gau- dium et spes, 10 es muy congruen- te con la dirección vital básica de Jesús e indispensable para expli- car las claves de su vida. Es cru- cial asentar que Jesús no tenía un libreto que le entregó su Padre, ni su Padre le decía cada día lo que tenía que hacer, ni lo que tenía que hacer era seguir exactamente la Torá, tanto la escrita como la no escrita. Su Padre se fió completa- 9 De las siete ponencias con las que se abrió la conferencia, las dos pri- meras estaban dedicadas al tema: la primera de McGrath, “Los signos de los tiempos en América Latina”, y la segunda de Pironio, “Interpretación cristiana de los signos de los tiem- pos hoy en América Latina”. Cf. Bel- trán Villegas, En torno al concepto de ‘Signos de los tiempos’, Teología y Vida, Vol. XVII (1976), pp. 289-299, que destaca, a partir del Vaticano II, la historicidad de la salvación como telón de fondo del método de aus- cultar los signos de los tiempos. 10 Aunque encontró resistencias por faltar en manuscritos importantes de los evangelios. mente de él como su presencia hu- manada y, desde esa encarnación solidaria, discernió lo que tenía que hacer en cada encrucijada de su vida. 11 No discernió con base en doctrinas y prácticas codificadas, sino orientándose en cada coyun- tura por su sentido filial y frater- no, inscribiéndose en esa historia de Dios con su pueblo, de la que él se sabía consumador. El reclamo de que ellos, que sabían interpre- tar el tiempo atmosférico, tenían también que interpretar el tiem- po histórico (Lc 12,56) en clave de historia de salvación, es perfecta- mente congruente con lo que sa- bemos ciertamente de Jesús. Por eso, esa expresión tiene ple- no sentido como especificación del discernimiento cristiano que se nos pide. Desde esta perspectiva el documento sostiene que: la evangelización debe orientarse hacia la formación de una fe personal, adulta, interiormente formada, ope- rante y constantemente con- frontada con los desafíos de la vida actual en esta fase de transición./ Esta evangeliza- ción debe estar en relación 11 Trigo, “Los discernimientos de Jesús, matriz de todo discerni- miento cristiano”. En Jesús nuestro hermano. Sal Terrae, Santander, 2018,13-130.
55 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 con los ‘signos de los tiem- pos’. No puede ser atempo- ral ni ahistórica. En efecto, los ‘signos de los tiempos’, que en nuestro continente se expresan sobre todo en el orden social, constituyen un ‘lugar teológico’ e interpela- ciones de Dios (VII, 13). La primera afirmación es que la fe no puede ser ahistórica. Esto es así porque la fe se da a la acción de Dios en la historia. Por eso, los signos de los tiempos, que la in- terpretan, son interpelaciones de Dios, pero, más aún, son un lugar teológico, es decir, un lugar don- de podemos conocer lo que Dios quiere de nosotros y lo podemos conocer porque en ellos se ha- ce presente actuando el Espíritu de Dios, que es el de Jesús. Estos signos, especifican los obispos, en nuestro continente se expresan ante todo en el orden social. En consecuencia con la relevan- cia de lo social, dicen tratando de los laicos: … promuévase con especial énfasis y urgencia la crea- ción de equipos apostólicos o de movimientos laicos en los ambientes o estructuras fun- cionales donde se elabora y decide en gran parte, el pro- ceso de liberación y humani- zación de la sociedad a que pertenece; se los dotará de una coordinación adecuada y de una pedagogía basada en el discernimiento de los sig- nos de los tiempos en la trama de acontecimientos (X, 13). La pedagogía que se propulsa está basada en el discernimiento de los signos de los tiempos en la trama de los acontecimientos, y el contenido tiene que ver con la li- beración y humanización, es decir, con la liberación de lo que impide la humanización y el fomento de lo que la causa. Lo mismo dicen los obispos a sus presbíteros, insistiendo en los problemas del ser humano actual. Pero especifican lo que tendría que ser su aporte más cualifica- do y necesario: “Unidos, tratare- mos de dar nuestra respuesta a los problemas del hombre actual. Reflexionaremos juntos apoyán- donos en el don de Dios para dis- cernir los signos de los tiempos. Encontraremos en el Evangelio la imagen más nítida de Cristo, el Se- ñor” (XI, 28). Como se ve, se sigue tratando de la humanización a partir de los problemas que este proceso en- cuentra. Pero en este proceso de discernimiento de lo que entraba la humanización y de lo que ayuda a ella, lo que no podemos dejar de aportar es la imagen más nítida de Jesús, el Señor, por ser el ser
56 La Cuestión Social Año 27, n. 1 humano por antonomasia y el que nos humaniza con su relación. Su rostro aparece, obviamente, en los evangelios. Los evangelios ayu- dan a discernir los signos de los tiempos en cuanto que nos son imprescindibles para encontrar la equivalencia hoy, en nuestra situa- ción, de lo que Jesús hizo en la su- ya. Que eso es lo que tenemos que discernir para seguirlo. Por eso, el seminario no puede ser una isla que segregue del mun- do a los futuros presbíteros, por- que así se les incapacitaría para el ministerio. Por el contrario, en él es preciso compartir la reali- dad de la gente y reflexionar con- tinuamente sobre ella. De ahí esta petición a los formadores: “Procú- rese en el seminario una reflexión continua sobre la realidad que vi- vimos, a fin de que se sepan inter- pretar los signos de los tiempos, y se creen actitudes y mentalidad pastorales adecuadas” (XIII, 28). Pero los obispos que se expresa- ron en Medellín no conciben a los cristianos como quienes indican a los demás la meta, el horizon- te y el camino a seguir, sino como quienes, encarnados en la hora histórica que les toca vivir en sus propias sociedades, como Jesús se encarnó en la suya, se hacen car- go responsablemente de esa hora y, cargando con ella, se encargan solidariamente de que vaya a esa meta que señala el Evangelio y por el Camino que es Jesús de Naza- ret. Decíamos que su cometido de fondo es contribuir como institu- ción y como movimiento que sale de Jesucristo a despertar en todos ese anhelo de liberación humana y realización progresiva de la huma- nidad, que tiene en definitiva su cifra en Jesús de Nazaret y, sobre todo, irlo realizando en sus pro- pios ámbitos como levadura den- tro de la masa. Este segundo aspecto es decisivo porque, si es verdad que Jesús fue y sigue siendo la luz del mundo y los cristianos somos como ciudad edificada sobre un monte para ilu- minar a la humanidad, también lo es que su vida pudo ser sintetiza- da diciendo que “pasó haciendo el bien y liberando a los oprimidos por el mal”, y por eso su luz no es una luz que ilumina desde fuera, sino “la luz de la vida” y por eso sólo nos ilumina si lo seguimos, viviendo de modo equivalente a como él vivió en su tiempo histó- rico. Por eso, sólo si ven en noso- tros las “buenas obras”, seremos “luz del mundo”. La Iglesia no es Maestra sentándose en la cátedra de Moisés, sino viviendo en fide- lidad creativa en seguimiento del Maestro. Por eso, los obispos asen- taron desde el comienzo que “es- ta asamblea fue invitada a tomar
57 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 decisiones y a establecer proyectos, solamente si estábamos dispuestos a ejecutarlos como compromiso personal nuestro, aun a costa de sacrificio” (Introducción, 3). Por eso, lo más característi- co del documento es su carácter responsable: 12 prescriben a la Igle- sia, de la que son responsables, lo equivalente de lo que señalan a la sociedad y en ambos campos están dispuestos a ponerlo en práctica, tanto como dirigentes, como ciu- dadanos y miembros del pueblo de Dios. Dicho de otra manera, los obispos se identifican en primer lugar con su condición de cristia- nos y ciudadanos, entendiendo que su condición de dirigentes es un oficio inherente a su con- dición primordial de cristianos y ciudadanos y que no la sustituye. Por tanto, lo que dicen a los ciu- dadanos y cristianos latinoameri- canos, se lo dicen en primer lugar a sí mismos. Por eso, el llamado a “inspirar, alentar y urgir un orden nuevo de justicia que incorpore a todos los hombres en la gestión de las propias comunidades” (Mensaje) queda validado al urgirlo también 12 Trigo, “Medellín, una propuesta responsable”. Revista Latinoameri- cana de Teología 103, enero-abril de 2018, pp. 33-57. en la propia Iglesia: “El Pueblo de Dios en América Latina, siguiendo el ejemplo de Cristo, deberá hacer frente con audacia y valentía al egoísmo, a la injusticia personal y colectiva” (2, 14). En primer lugar, sostienen que esos cambios no podrán darse si no existe un sujeto interesado en ellos y capacitado para llevarlo a cabo: “No tendremos un continen- te nuevo sin nuevas y renovadas estructuras; sobre todo, no habrá continente nuevo sin hombres nuevos, que a la luz del Evangelio sepan ser verdaderamente libres y responsables” (1, 3). Así pues, pa- ra los obispos hay que llegar a las estructuras, pero hay que comen- zar con la renovación personal. Así como respecto de la región insistieron en la personalización, así respecto de los cristianos insis- ten en la conversión personal co- mo el quicio de todo. Así lo asien- tan con toda claridad deseable desde el Mensaje que encabeza los documentos: “Durante estos días nos hemos congregado en la ciudad de Medellín, movidos por el Espíritu del Señor, para orien- tar una vez más, las tareas de la Iglesia en un afán de conversión y de servicio./ Hemos visto que nuestro compromiso más urgen- te es purificarnos en el espíritu del Evangelio todos los miembros e
58 La Cuestión Social Año 27, n. 1 instituciones de la Iglesia católica. Debe terminar la separación en- tre la fe y la vida, porque en Cris- to Jesús lo único que cuenta es ‘la fe que obra por medio del amor’”. Como se ve para los obispos, la conversión se manifiesta en el servicio. Es claro que ese es el es- píritu del Evangelio al que se re- miten, porque Jesús ha venido no a que lo sirvan, sino a servir hasta dar la vida. Esa es la expresión de la fe que obra por el amor. Es patente, pues, la correspon- dencia entre la necesidad de per- sonalizar a la sociedad y la de personalizar a todos los bautiza- dos, de manera que no haya ele- mentos meramente pasivos en la Iglesia. De ahí se deriva la corres- pondencia entre la importancia que se da a la educación (de base, de adultos y para el trabajo) y a la catequesis personalizada (con referencia a la realidad, para dis- cernirla, la catequesis para todos, con la mención especial para los adultos). Para el continente, proponen una sociedad participativa en la que todos, y no sólo las clases do- minantes, sean sujetos; y para la Iglesia también proponen lo mis- mo: una Iglesia participativa en la que todos los bautizados, y no só- lo la institución eclesiástica, sean sujetos. Piden pasar de una Igle- sia identificada con la institución eclesiástica a una Iglesia pueblo de Dios personalizado, de bautiza- dos conscientes y comprometidos. Ahora bien, aunque los obispos animan a la participación de to- dos, particularmente de los que tienen más poder y responsabili- dad —sea por su poder económi- co, por su saber...—, como palpan que estos grupos privilegiados no quieren dar participación al pue- blo ni hacer sacrificios, porque “se observa más frecuentemente una insensibilidad lamentable de los sectores más favorecidos frente a la miseria de los sectores margina- dos” (2, 5), se dirigen, sobre todo, a los sectores populares: “ansia- mos que el dinamismo del pue- blo concientizado y organizado se ponga al servicio de la justicia y de la paz” (2, 14). Más concreta- mente: “La justicia y, consiguien- temente, la paz se conquistan por una acción dinámica de concienti- zación y organización de los secto- res populares, capaz de urgir a los poderes públicos, muchas veces impotentes en sus proyectos so- ciales sin el apoyo popular” (2, 14). De todo esto se deriva lo que para nosotros constituye la decisión de más alcance de la asamblea: “Alen- tar y favorecer todos los esfuerzos del pueblo por crear y desarrollar sus propias organizaciones de ba-
59 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 se, por la reivindicación y conso- lidación de sus derechos y por la búsqueda de una verdadera justi- cia” (2, 27). Nótese que los desti- natarios de esta decisión, quienes se comprometen a llevarla a cabo, son ante todo los propios obispos. Pero ellos no sustituyen al pueblo. Su papel es alentar y favorecer sus esfuerzos: alentar su carácter de sujeto. Y para eso es indispen- sable una cercanía sistemática y cordial, una pertenencia verdade- ramente orgánica. A la necesidad de reestructurar a la sociedad a partir de las comu- nidades de base, corresponde la decisión de estructurar a la Igle- sia a partir de las comunidades eclesiales de base. En ellas ha de encontrar el cristiano, ante todo, la vivencia de comunión a la que ha sido llamado por Dios: “La co- munidad cristiana de base es así el primero y fundamental núcleo eclesial, que debe, en su propio nivel, responsabilizarse de la ri- queza y expansión de la fe, como también del culto que es su expre- sión. Ella es, pues, célula inicial de estructuración eclesial, y foco de la evangelización, y actualmen- te factor primordial de promoción humana y desarrollo” (15, 10). Desde ese punto de partida, piden “hacer de la parroquia un conjun- to pastoral vivificador y unificador de las comunidades de base. Así la parroquia ha de descentralizar su pastoral” (15, 13). También es patente la correspon- dencia entre la propuesta de pla- nificación integral y participativa para la sociedad; y la de la pastoral de conjunto, orgánica, a partir de las CEBs para la Iglesia. Esta pla- nificación no puede llevarse en ce- náculos de especialistas, sino que tiene que incumbir a todo el pueblo de Dios y tiene que arrancar desde la base. También se da corresponden- cia entre adaptar las expresio- nes societarias según las diversas culturas; y la inculturación de la pastoral, que debe llegar hasta la inculturación de la liturgia, que debe “encarnarse en el genio de las diversas culturas” (9, 7). Para lo cual se pide “que se confiera a las Conferencias episcopales faculta- des más amplias en materia litúr- gica, a fin de poder realizar mejor las adaptaciones necesarias” (9, 10). Ahora bien, la correspondencia que hace ver la seriedad de las demás es la de la exigencia pareja que le hacen a las élites, tanto a las de la sociedad, como, mucho más detallada y exigentemente, a las de la Iglesia. A las élites económicas, sociales, intelectuales y políticas les piden, más todavía las empla- zan, a que cedan sus privilegios
60 La Cuestión Social Año 27, n. 1 y acepten un desarrollo integral, que beneficie a todos y del que to- dos sean protagonistas, y para ello que acepten hacer los sacrificios indispensables en aras del bien común, en el fondo, de actuar su condición definitiva de hermanos. A esta exigencia se corresponde la que se hacen a ellos mismos de bajar sustantivamente su tenor de vida y ello como expresión de su fraternidad, incluso de su per- tenencia al mundo de los pobres y más en concreto de los pobres con espíritu, a quienes califican como la riqueza y el corazón de la Iglesia. Ese compromiso impreg- na todo el documento, pero está expresado sistemáticamente en el capítulo sobre la pobreza en la Iglesia (XIV), que es en el fondo la pobreza de la institución eclesiás- tica y su desplazamiento de lugar social. Se trata de una propuesta de conversión estructural de la institución eclesiástica para que no sea un contrasentido el llamado a la justicia y solidaridad que ha- cen a las élites y sus instituciones. Creo que a lo largo de este reco- rrido sistemático ha quedado cla- ro que los obispos se toman en serio lo que dicen, porque están conscientes de que el Creador de la vida histórica es el mismo que envió a su Hijo a salvarla des- de dentro, humanamente y que to- das las instituciones y estructuras, incluida la eclesiástica, pueden ser caminos y vehículos de salvación, pero no pueden contenerla, ya que les desborda absolutamente. Por eso, se empeñan en su transfor- mación para que sean cauces de humanización, aunque la humani- zación integral pasa por la conver- sión a la vida fraterna de las hijas e hijos de Dios y su actuación en todos los ámbitos de la existencia, incluido el religioso, económico y político. La justificación teórica de esta correspondencia es que el cristia- nismo, aunque tenga una dimen- sión religiosa, no es una religión —en el sentido de un área de la realidad adecuadamente distinta de las demás— como son, por ejemplo, las religiones neolíticas: templos-sacerdotes-sacrificios. Jesús se ha encarnado en la hu- manidad: a través de Él, que se ha hecho no sólo uno de nosotros, si- no específicamente nuestro Her- mano, que nos lleva a todos en su corazón, Dios ha echado la suerte con la humanidad, está completa- mente ligado a ella; y a su vez, la humanidad no se puede entender adecuadamente sin la referencia a Él, no sólo como Creador, sino co- mo Padre, a través de su Hijo úni- co, que se ha hecho para siempre nuestro Hermano.
61 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 Esta unidad entre cristianismo y humanidad es lo que el documen- to de Catequesis insiste que hay que poner de relieve: “Sin caer en confusiones o identificaciones simplistas, se debe manifestar siempre la unidad profunda que existe entre el proyecto salvífi- co de Dios, realizado en Cristo, y las aspiraciones del hombre; entre la historia de la salvación y la historia humana; entre la Igle- sia, Pueblo de Dios, y las comuni- dades temporales; entre la acción reveladora de Dios y la experien- cia del hombre; entre los dones y carismas sobrenaturales y los va- lores humanos” (8, 4). Por eso, ya en la Introducción subrayan que “Así como otrora Israel, el primer Pueblo, experi- mentaba la presencia salvífica de Dios cuando lo liberaba de la opresión de Egipto, cuando lo hacía pasar el mar y lo conducía hacia la tierra de la promesa, así también nosotros, nuevo Pueblo de Dios, no podemos dejar de sen- tir su paso que salva, cuando se da ‘el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más hu- manas” (6). El documento especi- fica detalladamente, tanto lo que entiende como no humano, como lo que considera más humano; esto último en una gradación que concluye en “la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de to- dos los hombres” (id). Así pues, tanto los latinoame- ricanos cristianos como los no cristianos, o los latinoamericanos como ciudadanos y como cristia- nos, estamos llamados a superar las condiciones de vida menos hu- manas y a ir adquiriendo las más humanas. Por eso, lo que se dice a unos, se dice también a otros o a los mismos bajo los dos aspectos. Esto es lo que significa que la Iglesia (el pueblo de Dios, los cristianos) es el sacramento de la unidad de la humanidad: como la unidad definitiva de la humanidad como la familia de las hijas e hijos de Dios acontece en Jesús de Naza- ret, ya que sólo en Él somos herma- nos en el sentido más denso y real del término, los cristianos somos los que conocemos ese destino úl- timo y definitivo de la humanidad, que rebasa completamente a la Iglesia visible, y nos dedicamos con toda el alma a trasmitirlo vi- talmente, haciéndonos hermanos de todos, y comunicando esa bue- na nueva. Por eso, lo que dice la Conferencia a todos los latinoame- ricanos, lo dice de un modo equi-
62 La Cuestión Social Año 27, n. 1 valente a los cristianos, ya que esto es una especificación de aquello y está a su servicio. Éste es el juz- gar que está de fondo, no sólo de los documentos, sino en el dina- mismo de la asamblea de Mede- llín y en lo que llevaron a cabo sus miembros más representati- vos, los que han sido llamados con toda justicia los Padres de la Igle- sia latinoamericana. Ahora bien, si éste es el juzgar de Medellín, ¿por qué fue tacha- do el documento de marxismo recalentado? Porque explicita de- tenidamente lo que impide que se cumpla ese designio de Dios. Quienes se vieron acusados y no quisieron convertirse, se dedica- ron a calumniar sistemáticamente el documento y a la Iglesia que lo produjo y a la que salió de él. Decir que la madre de las violencias en nuestra América es la violencia de las instituciones y que ella era tal que suponía un rechazo del propio Dios, suponía desenmascarar lo que era presentado como la desea- da modernización y en realidad impedía que diera de sí un proce- so que el pueblo que había emigra- do a las ciudades ansiaba con más congruencia que las élites. Éste si- gue siendo el problema de fondo, un problema que la Iglesia latinoa- mericana posterior no ha querido afrontar con la misma radicalidad y que hoy el Papa Francisco vuelve a llamar por su nombre. El juzgar de Medellín hoy Tenemos que decir que, a pesar de que el Papa Francisco practica asiduamente esta lectura evangé- lica de los signos de los tiempos, a pesar de que nos da un ejemplo vi- vo y fehaciente de la congruencia cristiana de vivir históricamente desde la humanidad de Jesús de Nazaret, no podemos decir que el compromiso con la hora histórica que nos toca vivir dé el tono a los cristianos latinoamericanos. Lo más visible de la institución ecle- siástica y de los cristianos orga- nizados es el corporativismo y lo que caracteriza a los devotos es el pietismo. Ambas direcciones son ahistóricas: la primera, por abso- lutizar la institución y por eso se aviene bien con el orden estable- cido, aunque se trate, mucho más aún que el del año 68, de una si- tuación de pecado; la segunda, porque la devoción no tiene por destinatario a Jesús de Nazaret, si- no al Jesús de los devotos y de la institución, que no tiene un ros- tro propio, porque desconocen los evangelios, sino el que ellos le dan como proyección idealizada de su dirección vital. La diferencia mayor de nuestro tiempo respecto de Medellín es el
63 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 dominio despótico, más aún totali- tario. Incluso, como insiste el Papa Francisco, fetichista, de las corpo- raciones globalizadas y, más aún, de los grandes inversionistas. Este sistema, cada vez más desigual e inequitativo, no sólo oprime, sino que excluye a un número crecien- te, sobre todo, de jóvenes y viejos, y por eso, al instaurar la sociedad del riesgo, que excluye la protección estatal, mata, indirecta pero real- mente, a cada vez más personas. Pero la diferencia es aún mayor respecto del modo como se vivió en su tiempo y como es vivido hoy. Entonces, bastante gente te- nía esperanza en un cambio hacia una mayor justicia y solidaridad. Y concretamente los obispos y quie- nes se expresaron a través de ellos vivían “en el umbral de una nueva época histórica de nuestro conti- nente, llena de un anhelo de eman- cipación total, de liberación de toda servidumbre, de maduración personal y de integración colecti- va” (Introducción, 4). Sentían viva- mente ese anhelo y discernían que en él alentaba el soplo del Espíritu y se aplicaron con toda diligencia y creatividad a servirlo. Hoy los que dominan han logra- do no sólo vencer toda resistencia política y social, sino convencer de que no hay un horizonte alterna- tivo, de que, en verdad, estamos, como sostienen sus intelectuales, en el fin de la historia: 13 que ya no hay pasado ni futuro, sino es- te presente de mercado liberal que se agiganta hasta coparlo to- do y que nos llevará a lo que hoy es impensable. Por eso, sólo tiene sentido aprovecharlo al máximo, dejándose seducir por sus ofer- tas y, en todo caso, buscar alguna compensación si quedan insatisfe- chas aspiraciones profundas. Si asumimos este paradigma, si internalizamos esta actitud, no tienen ningún sentido las convic- ciones más básicas de Medellín y por eso la celebración de los cin- cuenta años se reduce a un acto meramente protocolar. ¿Creemos, en verdad, que la vo- luntad de Dios para nuestra Amé- rica es el desarrollo integral, el desarrollo de todo el ser humano y de todos los seres humanos, es decir la humanización integral se- gún el paradigma de Jesús? ¿Cree- mos que eso es lo que promueve el Espíritu? ¿Creemos que entregar- se a esa tarea es coincidir con el Espíritu? ¿Creemos que es posible ir más allá de este mercado tota- litario? ¿Creemos que es posible hacer de este mundo el mundo fra- 13 Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre. Planeta, Barcelona, 1992. El original es del mismo año.
64 La Cuestión Social Año 27, n. 1 terno de las hijas e hijos de Dios? ¿Creemos que, si hoy no es posi- ble, tenemos que hacerlo posible? ¿Creemos que tenemos que poner la vida en ello? ¿Creemos que eso es lo que nos pide, como Iglesia, el Dios de Jesús? ¿Creemos que esa vida es verdadero evangelio, la mejor manera de vivir, aunque tengamos que pagar el precio, co- mo lo pagó Jesús? Si no avivamos nuestra fe, si la relación con Jesús como seguido- res suyos, con Dios como hijos en su Hijo Jesús y como hermanos de todos en Cristo, desde el privile- gio de los pobres y sin excluir a los diferentes e incluso a los que ex- cluyen, si esas relaciones que nos personalizan no crecen tanto que lleguen a dar el tono a nuestras vi- das, sólo cabe la resignación a lo dado, que se traduce en aceptar nuestro puesto en el gran bazar cultural en la sección de artículos religiosos y ofertas de salvación, y hacer la mejor propaganda para tener seguidores o, más exacta- mente, clientes, y que nos respe- ten los dueños del mercado. Dicho de una manera más pro- vocativa, si no llegamos a tener más densidad que las corporacio- nes globalizadas, no nos queda más que someternos o subirnos al carro de los vencedores. Esa con- sistencia personal sólo se obtiene, insistimos con el Documento de Medellín, mediante las relaciones de fe, ante todo con Jesús de Na- zaret y en Él con Dios, como hijos en el Hijo y con los demás como hermanos en Cristo. Todo lo de- más sólo tiene sentido en cuanto sea expresión de esas relaciones y las fomente. Esas relaciones se dan, como in- sistió Medellín, en la vida histórica y se dan para pasar de condicio- nes de vida menos humanas a más humanas, proceso que comienza combatiendo el hambre, las en- fermedades de pobres, la falta de trabajo productivo y de participa- ción social y política y culminan en “la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar como hijos, en la vida del Dios vi- vo, Padre de todos los hombres” (Introducción, 6). Quiero insistir que, a diferen- cia del tiempo de Medellín, hoy el dominio de las corporaciones globalizadas y en definitiva de los grandes inversionistas es tan total, a pesar de que nos esté lle- vando al colapso de la vida, que tenemos que repetir, con más ra- zón y urgencia que entonces, que “nuestro compromiso más urgen- te es purificarnos en el espíritu del Evangelio todos los miembros e
65 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 instituciones de la Iglesia católi- ca. Debe terminar la separación entre la fe y la vida, porque en Cristo Jesús lo único que cuenta es ‘la fe que obra por medio del amor”’ (Mensaje). Esta fraterni- dad con Cristo y en Cristo tiene que llegar a ser tan profunda que podamos afirmar, como afirmaron ellos: “Creemos que el amor a Cris- to y a nuestros hermanos será no sólo la gran fuerza liberadora de la justicia y la opresión, sino la inspiradora de la justicia social, entendida como concepción de vida y como impulso hacia el desa- rrollo integral de nuestros pue- blos” (I, 5). “La pobreza de tantos hermanos clama justicia, solida- ridad, testimonio, compromiso, esfuerzo y superación para el cumplimiento pleno de la misión salvífica encomendada por Cristo” (XIV, 7). Porque, en definitiva, “to- do ‘crecimiento en humanidad’ nos acerca a ‘reproducir la imagen del Hijo para que él sea el primo- génito entre muchos hermanos’” (IV, 8). Quiero decir, como buena nueva, que hoy existen muchas personas, sobre todo, pobres con Espíritu 14 y solidarizados con ellos que, al vivir en manos de Dios y con una inter- 14 Ellacuría, Conversión de la Iglesia al reino de Dios. Sal Terrae, Santan- der, 1984, 70-79. locución continua con Él, han lle- gado a esa consistencia personal que hace que la situación, que los afecta muchísimo, no los influya, porque viven de esas relaciones y por eso con libertad liberada, en paz, conviviendo y dando de su pobreza. Cuando esos pobres con espíritu leen discipularmente el Evangelio en comunidades cris- tianas, historizan su fe y su vida y son capaces de sembrar en donde viven una vida alternativa. Nuestro reto es llegar a parti- cipar de su fe y contribuir a ali- mentarla para llegar a vivir sin participar de este orden estable- cido inhumano e ir sembrando concretamente, en seguimiento de Jesús de Nazaret, la fraternidad de las hijas e hijos de Dios, que llegará a manifestarse cada día con más visibilidad comunitaria y social. Con esta esperanza cele- bramos agradecidos la asamblea de Medellín. *Teólogo, jesuita. Licenciado en Filosofía por la Universidad Ca- tólica de Quito, Ecuador, y doctor en Teología. Pertenece al Centro Gumilla. Centro de Investigación y Acción Social de la Compañía de Jesús en Venezuela.
66 La Cuestión Social Año 27, n. 1 El sacerdote jesuita chileno Al- berto Hurtado Cruchaga es un ser transparente de una existencia auténtica, vivida con sentido tras- cendente, fiel al seguimiento de Jesús en su Iglesia. Él mismo lo ex- presa diciendo que el camino de su vida es la voluntad de Dios, su santificación, que exige colaborar con Dios y realizar su obra. Se pregunta: "¿Habrá algo más gran- de, más digno, más hermoso, más capaz de entusiasmar?”. Así vive eternamente. Hoy sigue presente como antorcha encendida ilumi- nando los caminos de los univer- sitarios y pobres a quienes tanta dedicación consagró. Sigue siendo entusiasta y entusiasmando, como “un fuego que enciende otros fuegos”. Ésta es su mayor lección transmitida por medio de su vi- da, palabras y escritos: el sentido trascendente de la existencia. Así se convierte en el mejor maestro del humanismo cristia- no, integral y solidario: “Pedimos heroísmo a los cristianos, y ¡tan- to heroísmo! ¿En qué se basa esta San Alberto Hurtado: una vida con sentido trascendente Pbro. Mg. José Andrés Bravo Henríquez* exigencia? En la visión de eterni- dad. Uno es santo o burgués, se- gún comprenda o no esta visión de eternidad. El burgués es el ins- talado en este mundo, para quien su vida sólo está aquí. Todo lo mira en función del placer. La vida para él es un limón que hay que expri- mir hasta la última gota; un ciga- rro que se fuma con fruición, sin pensar que luego quedará redu- cido a una colilla; un árbol cuyas flores hay que cortar pronto Bur- guesa es la mentalidad opuesta en todo al cristianismo: es resolver los problemas con sólo el criterio de tiempo. ¡Aprovechar el día! Gozar, gozar”. Su concepción de una vida con sentido trascendente es expresada con su peculiar modo de hablar claro y sencillo: “¿Yo? Ante mí la eternidad. Yo, un disparo a la eter- nidad. Después de mí, la eternidad. Mi existir un suspiro entre dos eternidades. Bondad infinita de Dios conmigo. Él pensó en mí hace más de cientos de miles de años. Comenzó, si pudiera, a pensar en
67 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 mí, y ha continuado pensando, sin poderme apartar de su mente, co- mo si yo no más existiera. Si un amigo me dijera: los once años que estuviste ausente, cada día pensé en ti, ¡cómo agradeceríamos tal fi- delidad! ¡Y Dios, toda una eterni- dad! ¡Mi vida, pues, un disparo a la eternidad! No apegarme aquí, sino a través de todo mirar a la vi- da venidera. Que todas las creatu- ras sean transparentes y me dejen siempre ver a Dios y la eternidad”. Es necesaria una reflexión que pueda interpretar ese modo de ver y vivir la existencia. Muchos piensan, cuando hablamos de un santo, en alguien lejano del cielo inalcanzable o del misterio incom- prendido. Decidimos no hablar de ello porque es inútil. Ciertamente, el santo vive en la gloria pero reco- rriendo antes nuestra historia, en- carnado en nuestros pueblos, deja bien marcada sus huellas y lleva en sus pies nuestro barro. Cuando se tiene una visión trascendente de la existencia, todo tiene senti- do, nada deja de proyectarse lejos, hacia Dios. Los espíritus se inquie- tan, la vida se entrega, tal como lo hizo Jesús. Así lo enseña san Alber- to a los jóvenes: “Una vida ínte- gramente cristiana, he ahí la única manera de irradiar a Cristo. Vida cristiana, por tanto, en vuestro ho- gar; vida cristiana con los pobres que nos rodean; vida cristiana con sus compañeros; vida cristiana en el trato con las jóvenes vida cristiana en vuestra profesión; vi- da cristiana en el cine, en el baile, en el deporte. El cristianismo, o es una vida entera de donación, una transformación en Cristo, o es una ridícula parodia que mue- ve a risa y a desprecio”. Esta vi- sión trascendente no nos aparta del compromiso de transformar el mundo, construir el reino de Dios, de la fraternidad universal. Por el contrario, dinamiza nuestro ser hacia la entrega total de la vida en la cruz para alcanzar la eternidad. Jesús dice que la vida es eterna si se entrega en el amor (cf. Jn 12,25). La existencia del padre Alberto comienza el 22 de enero de 1901 en el seno de la familia de Alberto Hurtado Larraín y Ana Cruchaga Tocornal, exactamente en Los Pe- rales de Tapihue de Casablanca, en Viña del Mar, Chile. Un importante detalle en el ambiente familiar de los Hurtado-Cruchaga es la fe cris- tiana vivida con convicción por sus padres. Pero, además, existe en ellos una gran sensibilidad so- cial, que los lleva a vivir su fe en el servicio social, a favor de los más necesitados. Tanto por la dedica- ción del trabajo fuerte de su pa- dre como la cuidadosa educación que le brinda su madre, Alberto,
68 La Cuestión Social Año 27, n. 1 el mayor de dos hermanos, crece con esta herencia espiritual que va fortaleciendo día a día, en su peregrinar histórico. A causa de la muerte de su pa- dre, cuando apenas contaba cuatro años de edad, Alberto es obligado a trasladarse con su familia a la ca- pital para habitar con su tío Jorge Cruchaga. Ahí recibe sus primeras enseñanzas en el Colegio San Igna- cio, finalizadas en 1917. Pero, su vida familiar y estudiantil va inte- grada a su fe cristiana vivida apos- tólicamente. En 1909 recibe la primera comunión y es confirma- do al siguiente año. Ya en 1911 comienza su compromiso apostó- lico como miembro de las Congre- gaciones Marianas. Nosotros encontramos en cada instante de la historia de san Al- berto un vivir en abundancia, en plenitud. Quiere su vida como una creación amorosa de Dios y como un culminar en su misma gloria. Qué será una historia donde la vi- da parte de la nada y llega a la nada: una pasión inútil o una náu- sea, como lo ha proclamado el existencialista Sartre. Pero, para el cristiano, la historia es el camino hacia Dios. Dios es fuente, modelo y meta de la historia de la per- sona humana. Es una vocación ha- cia el reino eterno. Dice nuestro santo que “la vida eterna es poseer a Dios… y llenar eternamente con nuevos y nuevos aspectos mi in- teligencia sedienta de verdad. No es mirar y saciarme, sino pene- trar y ahondar un libro inagotable, porque es infinito y mi inteli- gencia permanece finita. Es un viaje infinitamente nuevo y eterna- mente largo”. En 1918 inicia sus estudios uni- versitarios de Derecho en la Uni- versidad Católica de Chile. Es un universitario inquieto, siempre mo- vido por su seguimiento a Jesús. Activista político en el Partido Con- servador, en el Centro de Alumnos de Derecho y dedicado a los pobres en el Patronato de Andacollo. La cuestión obrera también ocupa su vida apostólica con gran entusias- mo. Participa en el Círculo de Es- tudios León XIII y se convierte en instructor de obreros en el Institu- to Nocturno San Ignacio. Para obtener su título de bachi- ller en Derecho, presenta en 1921 una disertación sobre La regla- mentación del trabajo de los niños, tesis publicada el mismo año. Esta investigación fue motivada por la realidad de Chile, de los 7,122 ni- ños varones menores de 12 años de edad empleados en las industrias, con medio salario y 8.7 horas de jornada. Así también las 3,221 ni-
69 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 ñas menores de dieciocho años de edad, con medio salario y 9.2 horas de jornada. Señala Alberto que “la comisión parlamentaria que vi- sitó la zona salitrera expone en su informe en 1917 que sólo en la industria del nitrato había más de tres mil niños menores de 16 años, incluyéndose muchos de 7 y 8 años, ocupados en trabajos no sólo superiores a sus fuerzas, en extremo peligrosos e insalubres”. Por eso, sostiene Alberto, es ne- cesaria una legislación sobre el trabajo de los niños y niñas por- que “son ellos la parte más de- licada de la humanidad y la que más protección merece por ser la más incapaz de valerse por sí misma; porque un trabajo excesi- vo y prematuro agota sus fuerzas físicas, debilita su inteligencia, enerva su voluntad, les impide recibir la instrucción que ha de hacerlos elementos útiles a la so- ciedad, los incapacita para aspi- rar a ser algo más de lo que son y, por consiguiente, los condena a vivir una vida que poco merece ser vivida”. En suma, el autor de esta tesis pretende hacer justicia sobre las injustas situaciones de los menores y que se establezcan leyes que los protejan de la ex- plotación. Esta inquietud se ma- nifestará, no sólo en sus estudios profesionales, sino también en su entrega por los demás, respon- diendo como seguidor de Jesús a su vocación sacerdotal. Al año siguiente (1922), para su licenciatura en Leyes y Ciencias Políticas, presenta su tesis sobre El trabajo a domicilio, aprobada con distinción máxima y publica- da ese mismo año en Santiago de Chile. Otra de las graves realidades que vive su pueblo, que dinamiza su espíritu e inteligencia para aportar eficaces soluciones para el bien, es la cuestión obrera, prime- ra y principal inquietud de la doc- trina social de la Iglesia desde la encíclica Rerum novarum (1891) sobre la condición de los obreros, a raíz de la Revolución Industrial y la ideología político-económica del capitalismo liberal. Al igual que la tesis anterior, ésta apunta a uno de los más importantes problemas sociales, y que requiere una solu- ción urgente. A Hurtado le mueve, pues, el nú- mero de estos trabajadores cuyas estadísticas oficiales en su país se desconoce. Además, el aislamien- to entre los operarios a domicilio impide una lucha por sus dere- chos. Por otro lado, denuncia el autor, que por la carencia de una necesaria organización se hace di- ficultoso conocer los contratos en los cuales se basa esta realidad.
70 La Cuestión Social Año 27, n. 1 Textualmente, la disponibilidad de voluntades para la solución de este problema es planteado en es- tos términos: “Cuando los Estados han querido legislar sobre esta materia, los enemigos de la inter- vención legal, además de repetir las objeciones que forman su cre- do, han alegado, para confirmar sus razonamientos, que una regla- mentación del trabajo a domicilio implicaría la violación de una de las mayores libertades públicas: la inviolabilidad del hogar, que que- daría sometido a inspecciones. Cierto, el hogar es inviolable, pe- ro mientras no existe violado un derecho y así como se suspende el imperio de este principio cuando hay razones para temer que allí se oculta un delito, se suspende, por tanto, cuando con fundamento se sospecha que permanentemente se está cometiendo un delito con- tra la vida y la propiedad de mi- les de pobres seres, al privarlos de una justa remuneración, dere- chos éstos, más sagrados y más antiguos que la inviolabilidad de su hogar”. Ciertamente es un tema delicado, sobre todo cuando se en- frentan dos derechos que merecen igual respeto. Pero, la propues- ta del joven jurista se basa en la justicia social y la dignidad de las personas. Con fundamento, con- cluye presentando un proyecto de ley digno de ser estudiado por los especialistas, teniendo en cuenta el espíritu cristiano que inspira a Alberto Hurtado. El mismo año (1922) presen- ta su examen final calificado de ‘sobresaliente’. Sin duda, su vida universitaria trascurre entre su activismo político, su apostolado cristiano y su competencia acadé- mica, esto hace de Alberto Hurtado una persona de excelencia. Pues, además del Reglamentación del trabajo de los niños (1921) y El trabajo a domicilio (1922), Hurta- do publica El sistema pedagógico John Dewey ante las exigencias de la doctrina católica (1935), La crisis sacerdotal en Chile (1936), La vida afectiva en la adolescente (1936), La crisis de la pubertad, la educación de la castidad (1937), ¿Es Chile un país católico? (1941), Puntos de educación (1942), Elec- ción de carrera (1943), Cine y moral (1943), Humanismo social (1947), El orden social cristiano en los documentos de la jerarquía ca- tólica (1947), Sindicalismo (1950). Entre los artículos publicados en la revista Mensaje, fundada por él, se cuentan: “Signos del tiempo” (octubre 1951), aquí pre- senta el pensamiento pontificio en materias sociales y económi- cas. Denuncia la “concentración
71 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 de poder, sobre todo financiero, en muy pocas manos puesto no al servicio del bien común, sino del negocio orientado al lucro como fin último. Esto trae desorden del crédito, con grave daño de los que más lo necesitarían para fines honestos. Predominio de los in- tereses económicos en la gestión política e internacional, con des- medro de la colectividad y de la paz internacional”. Citando a Pío XII, también denuncia el “crecido número de hombres, desprovis- tos de toda seguridad directa o in- directa respecto de su vida, no se interesan ya por los valores reales y más elevados del espíritu, aban- donan su aspiración de una liber- tad genuina y se arrojan a los pies de cualquiera que les prometa en alguna forma pan y seguridad”. Además, “la horrible crisis de des- ocupación; esas inmensas multitu- des vejadas por su falta de trabajo, cuya triste condición se ve aumen- tada por el amargo contraste que ofrecen otros viviendo en el placer y en el lujo, desinteresados de las necesidades de los pobres”. Ahora, citando la Quadragesimo anno de Pío XI, también denuncia que “la inestabilidad propia de la vida económica y, sobre todo, su complejidad exigen de los que se han entregado a ella una actividad absorbente y asidua. En algunos se han embotado los estímulos de la conciencia hasta llegar a la per- suasión de que les es lícito aumen- tar sus ganancias de cualquier manera y defender por todos los medios las riquezas acumuladas con tanto esfuerzo y trabajo con- tra los repentinos reveses de la fortuna… La desenfrenada espe- culación hace aumentar y dismi- nuir insensatamente a la medida de su capricho y avaricia el precio de las mercancías para echar por tierra con sus frecuentes alterna- tivas las previsiones de los fabri- cantes prudentes”. En la misma línea, expresa “el nacimiento del comunismo. Para explicar cómo ha conseguido el comunismo que las masas obre- ras lo hayan aceptado sin examen, conviene recordar que éstas esta- ban ya preparadas por el aban- dono religioso y moral en que las había dejado la economía liberal; con los turnos de trabajo, incluso el domingo, no les daba tiempo ni siquiera para satisfacer a los más graves deberes religiosos y se con- tinuaba promoviendo positiva- mente el laicismo”. Y para terminar, volviendo a citar la Quadragesimo anno, señala que “los gérmenes del nuevo régimen económico apare- cieron por primera vez cuando los errores racionalistas entraban y arraigaban en los entendimientos
72 La Cuestión Social Año 27, n. 1 y, con ello, pronto nació una nueva ciencia económica distanciada de la verdadera ley moral y que, por lo mismo, dejaba libre paso a la concupiscencia humana”. Para presentar el nacimiento de la revista Mensaje, escribe un editorial titulado “El mensaje cris- tiano frente al mundo de hoy” (oc- tubre 1951), donde expresa su pretensión con esta publicación en los siguientes términos: “La revis- ta, dentro siempre de un criterio estrictamente católico y sin más limitaciones que las de él, abarca- rá tanto el campo de la teología y de la filosofía, como el de los pro- blemas económicos y sociales, de la historia, de la literatura y del arte. También procurará Mensaje vincular a los lectores chilenos con los problemas que agitan al mundo entero: el hombre ya no puede vivir aislado, pues cada día lo convierte más en ciudadano del mundo. De una manera especial, eso sí, atenderá a lo tocante a Chile mismo, no sólo para conocerlo, si- no también para buscar en común soluciones de mejoramiento en la vida religiosa, intelectual y social”. Con una trilogía de artículos, le habla a la juventud: “Psicología de la juventud: Pre-guerra” (oc- tubre 1951), “Psicología de la ju- ventud: Post-guerra I” (noviembre 1951) y “Psicología de la juventud: Post-guerra II” (diciembre 1951). Describe en ellos los rasgos de la juventud chilena en esta difícil época de los primeros años del si- glo XX. Una vez más, manifiesta su solícita inquietud por los jóvenes de su pueblo. “El diablo y el buen Dios de J. P. Sartre” (abril 1952), comentario profundamente interesante sobre la obra que el existencialista ateo publicó en la revista Les Temps Modernes (1951), con una impre- sionante publicidad anterior que la convirtió en la obra esperada con ansiedad, según el testimonio del mismo Hurtado. ¿Cuál es el contenido de la obra de Sartre? ¿Cuál su mensaje?, la respuesta a estas interrogantes constituye el presente escrito en la revista Mensaje. Concluye nuestro perso- naje: “’El diablo y el buen Dios’ nos deja, sin pretenderlo, una profun- da lección: su sed de absoluto, que Sartre coloca en el yo, en la adora- ción del hombre, como el marxis- ta en el proletariado, palanca de la sociedad sin clases. Pero, para el cristiano, su único absoluto es Dios, y su gran descubrimiento, su mensaje. Es que la vida sin Dios nada vale”. “La búsqueda de Dios” (septiem- bre 1952) es un artículo colmado
73 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 de un gran sentimiento. Así se des- pide para ir a la casa del Padre. Una vez más expresa el sentido tras- cendente de la existencia, cuando ésta se vive como respuesta a una vocación o llamado de Dios: “To- das nuestras peregrinaciones te- rrestres han sido movidas por el llamado divino, llamado que ya nos eleva a lo alto, ya nos precipita en lo hondo. Ese llamado de Dios, perceptible en nuestras almas, es el que nos ha convocado a todo lo que merece llamarse grande en nuestra vida, a todo lo que da sentido a una existencia cuando la vida es en verdad una vida”. “La muerte” (noviembre 1952) es un artículo escrito el año an- terior y publicado después de su partida a la eternidad. Para Alber- to Hurtado, tanto la razón como la fe nos conducen a Dios. Así, la muerte se contempla con mirada de esperanza: “la muerte para el cristiano es el momento de hallar a Dios, a Dios a quien ha busca- do durante toda su vida. Es el en- cuentro del hijo con el Padre; es la inteligencia que halla la suprema verdad, la inteligencia que se apo- dera del sumo bien”. Porque “cada día y hora que pasa nos acerca alegremente al tiempo del triun- fo divino, al término del pecado y la miseria” “Misión del universitario” (enero 1953), otro artículo póstumo es- crito en 1945, exponiendo cómo debe presentarse el universitario con las bases del orden cristia- no de la sociedad. Para el autor, “el universitario es un obrero in- telectual de un mundo mejor”. La universidad debe despertar en los alumnos: el sentido social, la conciencia activa por la condición humana, el sentido de responsa- bilidad social, el sentido crítico no sólo para destruir el mal, sino también para construir el bien, el hambre y la sed de justicia, la vi- sión de futuro como personas de fe y el espíritu realizador. Por úl- timo, nos señala que “la acción del universitario es hacer que la doc- trina de la Iglesia desarrolle su máximo de posibilidades teóricas y prácticas”. “San Ignacio: maestro de la vida espiritual” (julio 1953) son apun- tes encontrados entre sus escritos, donde expresa la espiritualidad del fundador de la Compañía de Jesús que bien podríamos resu- mir así: “En medio de un mundo cristiano sin conciencia de su fe, ante una religión conformista, sen- timental o servil, Ignacio levanta la bandera de un cristianismo que comprende las exigencias de la fe porque ha entrevistado la grandeza de Dios. Por otra parte,
74 La Cuestión Social Año 27, n. 1 ha visto Ignacio en el Evangelio el aniquilamiento de Jesucristo en su pobreza, en su obediencia y en su pasión. Admirable respuesta de Ignacio a las provocaciones del amor. Seguirá a su jefe en los más duros combates. Él, el vano y va- liente capitán, se hará pobre y hu- milde mendigo por amor de Cristo Pobre, pero enseñará a la Compa- ñía formas menos poéticas, puede ser, pero no menos exigentes en su interior despojo. La lucha con el mundo a la que va a lanzar a la Compañía será como la lucha mo- derna menos aventurera, pero no menos fuerte y exigente”. “Nobleza de la persona humana” (agosto 1953) es una conferen- cia dictada en una Semana Social para jóvenes, en el año 1940. Una bella y sencilla exposición de su visión humanista basada en las enseñanzas de santo Tomás de Aquino y de la moderna doctrina social de la Iglesia, superando toda visión monista (espiritualista o materialista) y dualista, para pre- sentar la nobleza de la persona humana en su integridad. El texto que, a nuestro juicio, más impacto causa y mejor responde a esta vi- sión integral y trascendente de la persona humana es éste: “Triste sería que los cristianos se con- tentasen con esperar como única solución una medida extraordina- ria de Dios, o el martirio. Quizás porque muchos han adquirido el hábito de ser víctimas, incons- cientemente descansen en esta solución. ¡Cómoda solución, para los que preparan con sus omisio- nes y torpezas el martirio de los otros! Sto. Tomás Moro hubiera estimado presuntuoso la gloria de ser decapitado por Dios, sin haber antes agotado los otros recursos legítimos para concluir en justi- cia su proceso. El martirio no su- prime las soluciones que guardan proporción con la naturaleza, sino que las reclama y las fecunda”. Podemos encontrar una serie de escritos sobre la psicología peda- gógica en la Revista Católica de Chile, la mayoría compuestos de los apuntes de sus clases univer- sitarias. Así también están a nues- tra disposición obras redactadas a partir de diversos escritos reco- gidos en varios libros publicados por el Centro de Estudios “San Alberto Hurtado” de la Pontificia Universidad Católica de Chile. En- tre otros: Un disparo a la eternidad (1972), se trata de los apuntes de varios retiros espirituales, donde expresa la visión de fe como visión de eternidad y la visión de la vo- luntad de Dios como visión de la caridad. Aquí encontramos tam- bién un escrito sobre la misión so- cial de la universidad.
75 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 Otro libro editado por el Centro de Estudios es una recopilación de cartas e informes, publicado en 2003. Debemos tener presente, corroborando la visión trascen- dente que san Alberto tiene sobre la existencia humana, la carta es- crita desde su lecho de enfermo a los amigos del Hogar de Cristo: “Al partir, volviendo a mi Padre Dios, me permito confiarles un úl- timo anhelo: el que se trabaje por crear un clima de verdadero amor y respeto al pobre, porque el po- bre es Cristo”. Otra de sus más importantes obras publicadas también por el Centro de Estudios en 2004 es: Mo- ral social-acción social. Siguiendo su obra Humanismo social, trata los temas que distingue la moral social de la individual; la moral social católica, el derecho del Ma- gisterio de la Iglesia en el terreno de lo social, las varias formas del Magisterio eclesiástico, las fuentes profanas de la moral social católi- ca, un resumen histórico del desa- rrollo de la moral social católica, la vida social y las sociedades natu- rales, el desorden social como cuestión social, los sistemas para resolver la cuestión social, entre muchos otros temas. Por otro lado, se recogen confe- rencias, artículos y discursos pas- torales en un libro publicado en 2004 bajo el título La búsqueda de Dios. En uno de éstos escribe que “la Iglesia de Dios se establece y triunfa por el trabajo heroico de sus santos; por la plegaria de sus con- templativas, encerradas en vida; por la aceptación de las madres a la obra de la naturaleza, y que van a realizar en su hogar la obra de la ternura y de la fe; por la educación del que enseña y por la docilidad del que escucha; por las horas de fábrica, de navegación, de campo al sol y a la lluvia; por el trabajo del padre que cumple así su deber cotidiano; por la resistencia del patrón, del político o del dirigente de sindicato a las tentaciones del dinero, al acto deshonesto que enriquece; por el sacrificio de la viuda tuberculosa que deja ni- ñitos chicos y se une con amor a Cristo crucificado; por la energía del jocista, que sabe permanecer alegre y puro en medio de egoís- tas y corrompidos; por la limos- na del pobre que da lo necesario... La Iglesia, en todo momento, se construye y triunfa”. Se muestra en el padre Hurtado una espiri- tualidad santificante que no des- cuida ni la acción interior ni la praxis social. Otro libro es La verdadera educa- ción. Escritos sobre educación y psi- cología (2005). Y uno de los más
76 La Cuestión Social Año 27, n. 1 excelentes libros es Un fuego en- ciende otros fuegos, que define muy bien la existencia de este excelente hombre. No es sino diversos escri- tos escogidos por el Centro de Es- tudios y publicado en 2007. De entre sus libros, ¿Es Chile un país católico? (1941), es el más famoso y de mayor controversia. Es una obra crítica, con cuestio- namientos serios a nuestro cato- licismo. Comienza analizando el catolicismo de su época en Chile en plena guerra mundial. Estudia las orientaciones filosóficas que influyen en la humanidad califica- da por el autor como una ‘guerra espiritual’. Ataca por igual el mate- rialismo agnóstico como el prag- matismo, el utilitarismo y el re- lativismo que recrudece la moral pagana contra la moral cristiana. Otra cuestión que enfrenta es de- nominada por él como la “aposta- sía de las masas”, pues “una de las causas más profundas del recru- decimiento de la moral pagana es la pérdida de la fe en las masas. El gran escándalo del siglo XX es que la Iglesia haya perdido la clase obrera, decía con profundo dolor S.S. Pío XI al fundador de la J.O.C., canónigo Cardyn”. Trata de un renacimiento católico, por- que a pesar de todo el panorama difícil, se abren caminos, aunque muy tímidos y selectos, hacia un cristianismo más auténtico: “In- discutiblemente, dentro de este cuadro general de apostasía de las masas, de indiferentismo religio- so, hay un hecho bien comproba- do y comprobado en todas partes: el renacimiento religioso de gru- pos selectos que llevan una vida profundamente cristiana y que compensan con su fervor la indife- rencia de los demás. Estos grupos serán el fermento que levantará toda la masa”. J.O.C. es la Juven- tud Obrera Cristiana, fundada en 1924 por el sacerdote belga Jo- seph Cardijn. Siguiendo con su historia, no po- demos dejar de destacar la amistad del joven Alberto con quien es su compañero —y más tarde obispo y hasta presidente del CELAM—, Mons. Manuel Larraín, pariente suyo. Junto a este gran amigo, Al- berto pudo descubrir su voca- ción religiosa y sacerdotal. Él en su existencia siempre busca des- cubrir la voluntad de Dios, “¿qué quiere Dios para mí?”. Toda vida es una vocación. Todos tenemos una misión que da sentido tras- cendente a nuestro existir. La Universidad Católica de Chile sin- tió que entregaba a Dios uno de sus mejores estudiantes cuando en el año 1923 Alberto entra al noviciado de la Compañía de Jesús
77 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 (jesuitas). Entre los años 1927 y 1931 estudia Filosofía y Teología en Barcelona, España. Continúa la Teología en Lovaina, Bélgica. Es ordenado sacerdote el 24 de agosto de 1933 en Lovaina. Al año siguiente, aprueba el examen Ad Gradum de Teología y su examen para el doctorado en Ciencias Pe- dagógicas en la misma Universi- dad de Lovaina. Su Universidad Católica de Chile no deja de sentir su presencia, aun lejos trata de impulsar la Facultad de Teología. Al retornar a su país en 1936, comienza su apostolado con los jóvenes y universitarios en general. En su universidad co- mo profesor, predicador de re- tiros espirituales y su misión de pastoral universitaria. Además, su asesoría espiritual de la Acción Ca- tólica a nivel diocesano. También trabaja con estudiantes liceístas. En Santiago de Chile, en 1945, comienza su obra social de ins- piración cristiana de mayor im- portancia en el país: el Hogar de Cristo. Ahora “Cristo, acurrucado bajo los puentes, en la persona de tantos niños que no tienen a quién llamar padre, que carecen hace muchos años del beso de madre sobre su frente”, tiene un hogar. En 1947, con un grupo de univer- sitarios, constituye la Acción Sin- dical y Económica Chilena (ASICH) y establece un centro de forma- ción sindical cristiano. En 1951 funda la revista Mensaje, de for- mación cristiana. Con la única inquietud por los pobres y necesitados, pero con una existencia disparada a la eternidad —como él mismo lo enseña—, su- frió su enfermedad manifestando su fe en las palabras inolvidables para la humanidad: “Contento, Se- ñor, contento”. Así, parte a la casa del Padre Dios a las 5 de la tarde del 18 de agosto de 1952. Joven, como “un fuego que enciende otros fuegos”, Juan Pablo II lo beatifica el 16 de octubre de 1994 y es cano- nizado por Benedicto XVI el 23 de octubre de 2005. Al año siguiente, el 7 de abril, en una visita pastoral a nuestra alma mater, Mons. Ubal- do Santana lo proclama Patrono Oficial de la Universidad Católica Cecilio Acosta. Hoy, san Alberto Hurtado es para nosotros un importante re- ferente como modelo de vida hu- mana y cristiana. Su presencia en medio de nuestra comunidad universitaria nos inspira a vivir la historia con sentido trascendente. Es un santo de nuestra época, aún sus palabras y acciones son actua- les y nos comprometen. Las gran-
78 La Cuestión Social Año 27, n. 1 des cuestiones sociales vividas por él con intensidad, siguen desa- fiándonos y estimulando nuevas respuestas. Un santo latinoame- ricano como nosotros, compar- tiendo nuestra misma cultura y viviendo nuestras mismas necesi- dades. Un santo que tuvo una vi- da activa e inquieta como nuestra actual juventud, impulsado por la misma fuerza renovadora y una espiritualidad cristiana traducida en acciones concretas por el bien social, defendiendo los derechos humanos y sirviendo a los jóve- nes y pobres porque sirve a Jesús de Nazaret. Un santo universitario como nosotros, como estudiante, profesor y guía espiritual. Un sa- cerdote que hizo de la Eucaristía su vida. Para él, su existencia es la prolongación de la Eucaristía y su apostolado sacerdotal en bene- ficio del progreso y atención de los seres humanos, desde la vida y el Evangelio de Jesús como su pro- fundo conocimiento de la doctrina social de la Iglesia, es la manifes- tación humana de su misterio. Es, con competencia intelectual y auténtica espiritualidad cristiana, un orientador y promotor de las actividades sociopolíticas para los movimientos estudiantiles y obre- ros. En fin, un santo joven y diná- mico que descubre que la vida es eterna si se entrega en el segui- miento a Jesús, nuestro Dios. *Director del Centro Arquidiocesano de Estudios de Doctrina Social de la Iglesia, Arquidiócesis de Maracaibo, Universidad Católica Cecilio Acosta.
79 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 Graham Greene nació el 2 de oc- tubre de 1904 y murió en abril de 1991. Era un adolescente al con- cluir la Primera Guerra Mundial. Vivió en su primera madurez la Segunda Guerra Mundial y la Revo- lución China; luego, en la plenitud de la edad, las guerras de libera- ciónasiáticas y africanas. Pasa- dos sus cincuenta años se inició el Concilio Ecuménico Vaticano II y entraron Fidel Castro y Ernesto Guevara en La Habana para apro- piarse el primero del gobierno en nombre de la revolución. Graham Greene, en su vejez, vio el fin de las revoluciones; pudo comprobar que en esto no hubo novedad: la época revolucionaria de la cultura moderna se inició en 1789 y terminó en 1989, o sea, duró doscientos años, lo que, co- mo demostró Ortega y Gasset en su obra En torno a Galileo, es poco más o menos lo que han durado los periodos revolucionarios en las grandes culturas. En fin, si em- piezo este ensayo con estos datos es porque la obra de Greene es la vía real para conocer el siglo que terminó hace apenas unos pocos Graham Greene (1904-1991) Francisco Prieto* años, el que dispuso la puesta en escena con la que ha arrancado el siglo XXI. Y lo ha sido porque el novelista cargó consigo mismo por todos los continentes, pero tenía, a diferencia de esos otros narradores incapaces de salir de sí, el don de encontrar el ca- rácter objetivo y dinámico de los lugares y personas con las que trabó relación, que serían escena- rio y protagonistas de sus obras. Me explico. Los críticos han hablado de Greeneland. Lo hacían porque para esos críticos Greene era un narrador de segundo orden, un artesano de la novela, alguien que a través de sus obras desahoga sus obsesiones, para quien la literatu- ra es una vía terapéutica. ¡Qué curioso!, que uno de los grandes novelistas de aquel siglo, William Faulkner, a quien admiraban los críticos que menospreciaban a Greene, se refiriera a The End of the Affair como “una obra maes- tra en el lenguaje de cualquiera”. Greene, por cierto, escribió varias obras maestras. Y existe Greene- land como lo hacen el territorio
80 La Cuestión Social Año 27, n. 1 Cervantes, el territorio Balzac, el territorio Dostoievski. Todos ellos son en sus obras, siempre, el mis- mo y otro, y nadie se puede llamar a engaño. Lúcidamente, escribió André Gide en su Diario: Un libro sólo me interesa realmente cuando lo sien- to nacido de una exigencia profunda y cuando esta exi- gencia puede encontrar en mí cierto eco. Muchos auto- res que escriben hoy libros bastante buenos podrían es- cribir ot ros distintos igual- mente buenos. No advierto entre ellos y su obra una re- lación secreta y ellos mismos no me interesan; se quedan en literatos y escuchan no a su demonio (no lo tienen), si- no al gusto del público. Graham Greene, que bautizó sus dos tomos de memorias con los sugestivos títulos de A Sort of Life y Ways of Escape, era alguien pa- ra quien escribir era un modo de vida sin el cual la cotidianidad se le habría vuelto intolerable. De ahí que la literatura fuera para él un camino de evasión, no de sí mis- mo, sino de una existencia sin sus- tancia, privada del ejercicio lúdico de la creación de mundos. Siem- pre atento a su entorno, a su cir- cunstancia histórica y social, leal a su verdad y a las verdades de los otros, desarrolló la capacidad de alienarse, envolver a sus persona- jes en su sensibilidad dejándolos, sin embargo, ser ellos mismos. Por eso, su lejanía con autores co- mo Virginia Woolf que, encerrados en sí, prisioneros del yo, perver- tían sistemáticamente una reali- dad objetiva que también existe. Greene nunca le perdonó a Woolf que, a través de Mrs. Dalloway, ha- ya deformado la singularidad ob- jetiva del mercado de Londres. Greene escribió: “Despojemos a Mrs. Dalloway de su actitud para expresar su propia personalidad y dejará de existir no sólo la no- vela, sino también Mrs. Dalloway (Collected Essays, Londres, Pen- guin Books, 1970). Gracias, por tanto, a que Greene tenía un te- rritorio propio y una fidelidad a la verdad que lo emparentó con los grandes periodistas, su obra lite- raria consigue el doble objetivo de establecer un diálogo y heredar- nos un documento de su tiempo. Y, seguramente, nada demuestra con tanta claridad lo que acabo de escribir como el repaso de las dos obras que dedicó a México, el reportaje The Lawless Roads y la novela The Power and the Glory. Greene llega a México recién casado y recién convertido al ca- tolicismo. Llega en los momen- tos en que un caudillo tropical ha decidido liquidar, a la mala, la
81 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 religiosidad de los tabasqueños. Lo importante es tener presente que Greene no ha dicho a su es- posa Vivien dónde se encuentra; que su conversión ha respondido a la necesidad, en primer lugar, de casarse con ella. Vivien, aunque conversa, parecía pertenecer a una de esas antiguas familias in- glesas que cultivaban el orgullo de haber resistido a Enrique VIII, a Isabel I, al dictador Cromwell, de haber permanecido fieles a la Igle- sia católica. Por otra parte, Greene había si- do instruido y bautizado por el cu- ra que acudió a su llamado cuando tocó a la puerta de un templo ca- tólico, un sacerdote alcohólico que no tomó con entusiasmo su propósito y que, desprovisto de cualquier aura de santidad, pa- recía confiar en el amor de Dios como si el pecado mortal sólo pudieran cometerlo los teólogos. ¡Qué distinto le pareció aquel cu- ra de los protestantes que habían marcado su infancia, que lo ha- bían vuelto un marginal de la re- ligión! A través de las lecturas de autores católicos que el cura le ha- bía dado para su formación, pre- vias al bautismo, encuentra, entre otros, a Pascal. Pascal que le ayuda a cobrar conciencia de sí mismo, y lo reencontrará años más adelan- te en la obra de François Mauriac: “hay un nombre… que debe con- siderarse al hablar de la obra de Mauriac: Pascal”. Y Graham Greene recorre las palabras de Pascal que impregnan la obra de Mauriac. Citemos dos de esos momentos: Los seres no cambian, es ésa una verdad de la que no se du- da más que a mis años; vuelven a menudo a la inclinación que durante toda una vida se es- forzaron por combatir. Esto no significa en absoluto que aca- ben siempre por ceder a lo peor de sí mismos. Dios es la bue- na tentación a la que muchos hombres sucumben al final. Nuestro Señor exige que ame- mos a nuestros enemigos; eso es a menudo más fácil que no odiar a quienes amamos. Graham Greene concluirá: “Si Pascal hubiera sido un novelista, éste sería seguramente el método y el tono que habría usado” (Co- llected Essays). El caso es que, como Pascal, su- mido en la duda racional, pero obedeciendo a un oscuro llama- do, Graham Greene apuesta a la fe. La fe que se le revela como la luz que ilumina su oscuridad interior; la fe en un Dios de la misericordia que nos reconcilia, por esto mis- mo, con un mundo que se mani- fiesta sin orden ni concierto, un
82 La Cuestión Social Año 27, n. 1 campo de batalla y un escenario de injusticias. Quien pocos años antes de su matrimonio había ju- gado a la ruleta rusa, es decir, a la muerte, quien después de hacer- lo en varias ocasiones se puso en manos de un psicoanalista al que se acogió como el náufrago que se acoge al madero; jugó entonces a la vida abriéndose a la experien- cia religiosa. Pero ésa había si- do una apuesta marcada sólo por una premonición. Entonces, apa- recerá México en el horizonte vital de Greene. Es paradójico: Graham Greene se encuentra a sí mismo en Méxi- co, un México del que abomina, un México que le revela lo que hay de más íntimo en él y que, paradóji- camente, ama. Él mismo confesa- rá a la periodista Marie-Françoise Allain (Cfr. El otro y su doble, Bar- celona, 1982) que México significó el reforzamiento de su fe, su vivi- ficación al conocer como nunca antes, quizás por primera vez, la persecución contra el marginal. Aquel señorito británico, hijo de un académico de Oxford que con- taba entre sus ascendientes a Ro- bert Louis Stevenson, vivirá en México el espíritu de esperanza y caridad entre hombres y muje- res perseguidos, muchos de ellos pobres cuando no miserables. He allí un misterio que permanecerá con él a lo largo de su vida. El cu- ra perseguido de El poder y la glo- ria, aquel que había traicionado el voto de castidad, el alcohólico, cargará sin embargo las culpas de sus prójimos y en la lealtad a és- tos conocerá, desdibujadamente, el rostro de Dios. En el fondo del protagonista de esa novela ejem- plar se construyó una confianza sin asideras en el amor. Por eso, cuando en una prisión repugnan- te una mujer maldice a los que en la celda contigua, en un rincón, se entregan frenéticamente a la acti- vidad sexual, el cura le dirá: … de pronto descubrimos que nuestros pecados tienen belle- za. ¡Tanta belleza! Los santos hablan de la belleza del sufri- miento. Bueno, nosotros no so- mos santos, ni usted, ni yo. Para nosotros el sufrimiento es sim- plemente horrible. El mal olor y el amontonamiento y el dolor. Pero para ellos eso es hermoso; para ésos del rincón. Hace falta mucha sabiduría para llegar a ver las cosas con los ojos de un santo; un santo llega a tener un gusto muy finado por la belle- za y puede desdeñar los pobres paladares ignorantes. Pero no- sotros no podemos. Es un pecado mortal. No sabemos. Tal vez lo sea. Pero yo soy un mal sacerdo- te, ¿sabe? Sé por experiencia cuánta belleza se llevó Satanás al infierno cuando cayó…
83 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 Y cuando la mujer lo presiona para que intervenga y calle a los amantes, el cura concluye: Somos todos compañeros de cárcel. En este momento, lo que más deseo en el mundo es un trago de alcohol, más que al mismo Dios. También eso es un pecado. Graham Greene es cómplice de los mexicanos perseguidos, ha- ce con ellos la vía dolorosa y, sin embargo, es capaz de ver los ho- rrores de México. Ya en sus últi- mos años, y a raíz de un último viaje, escribirá: “México ha cam- biado también, aunque quizá no en lo esencial, no en las cruelda- des, las injusticias y la violencia” (Ways of escape, Nueva York, Si- mon & Schuster, 1980). No cabe duda, Grahan Greene ama y odia a México con la misma intensidad. Pero Greene había escapado a nuestro país cuando estaba recién casado y la novela que escribiría aquí, El poder y la gloria, la dedica a Vivien, su esposa. Esa necesidad de huir del hogar, de Inglaterra, ese sino de los mayores novelistas, quedó plasmada en su primera novela, The Man Within, centrada en un personaje que huye de su padre, de su conciencia culpable, que no le permiten hacer desde sí mismo una vida, pero también en- focada en el alemán que viaja con él de regreso a Europa en el mis- mo barco, una especie de desertor por oficio, al que han atrapado y devuelven ahora a Alemania, y del que Greene escribe: Pensaba quizá que se escapa- ría del barco en Lisboa, pero no le ofrecieron la oportu- nidad. Se lo llevaron sin remordimientos hacia Ham- burgo, hacia la cárcel. La gen- te era amable con él, como se es amable con alguien que pronto será operado; pero él se pasaba la tarde ente- ra jugando con los niños, y no estaba asustado. Era, simplemente, una cosa más de la que tendría que esca- par, porque los escapistas se acostumbran a la cárcel, al hambre, a la enfermedad. A veces uno se pregunta de qué y con tantas dificultades es- capan (Caminos sin ley, Bue- nos Aires, Peuser, 1962). Graham Greene, en su libro de memorias Ways of Escape, escrito en sus últimos años, ya había da- do testimonio de sí en ese sentido: “No sé cómo le hacen quienes no escriben, pintan o hacen música para escapar al miedo pánico in- herente a la condición humana”. Sucede que a los novelistas que crean un mundo propio hay que
84 La Cuestión Social Año 27, n. 1 rastrearlos en sus primeras obras donde, de un modo a veces excesi- vo y brutal, dan cuenta del núcleo de su ser al que retornarán siem- pre, cada vez con mayor hondura y sutileza, con un trazo más fino. Greene apostó a la existencia de Dios, pero sólo se comprometió con la fe cristiana cuando en Méxi- co vivió que, sin ella, la existencia de los marginales sería una atro- cidad. Greene, hijo de un padre riguroso, formalista, rector de la escuela en la que cursó el bachille- rato, padeció que éste lo orillara a delatar a sus compañeros cuan- do, por una causa cualquiera, se imponía descubrir a un culpable, lo que creó en él una doble con- ciencia y una necesidad de estar en el otro: en la piel del otro, en su mente. Vivió su culpa intensa- mente y sólo le consolaba la mi- rada comprensiva de su madre, una mujer que, sin embargo, calla- ba. Así, le dice a Marie Françoise Allain: “La soledad no me ha mo- lestado jamás. La mayor parte de mis viajes los he hecho solo. La soledad sentimental tampoco me asustaba. He amado y admirado a mi madre precisamente porque no se metía en mi vida privada”. El adolescente tiranizado por un padre distante, al que busca una y otra vez a costa de sí mismo, as- queado por la práctica indecente de la deslealtad, es compensado por la mirada llena de promesas de la madre. Una madre que no procuraba que él le descubriera su intimidad propició, segura- mente, esa necesidad de la mujer, menesterosidad que lo acompa- ñó hasta el fin de sus días. Muje- res que tenían que mantenerse a distancia de cuanto se cocía en su mundo interior, y sin las cuales su vida carecería de sentido. Tam- bién, seguramente, esa búsqueda de consuelo e inspiración en la mujer lo abrió al catolicismo. En el libro biográfico Graham Greene, amigo y hermano (Madrid, 1996), el autor, un sacerdote, Leopoldo Durán, que fuera el modelo de la novela Monseñor Quijote y una de las dos personas más próximas al novelista en sus últimos años, jun- to con su amante postrera Ivonne Cloetta, escribe que Greene le con- fesó que no podía prescindir de María porque “necesitamos una madre”. En la misma obra, el padre Durán confiesa que Greene le con- fió que casi todos los días elevaba la misma plegaria: “Señor, te ofrez- co mi incredulidad”. Todos estos datos dan cuenta de por qué Greene como novelista de raza, más un emocional que un in- telectual, se sabía condenado a la infidelidad y traición. Repetir una y otra vez aquello que lo marcó,
85 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 obligarse a conocer a los demás desde la perspectiva de los otros, dar relevancia en sus novelas al punto de vista de algún escapista: un europeo sin razón de fondo para vivir en el horripilante y peligroso Haití de Duvalier (The Comedians); un inglés vendedor de aspiradoras en la Cuba de Batista (Our Man in Havana); un arquitecto, también inglés, que descubre que su vida ha sido una farsa, que él, el gran constructor de templos católicos, ha perdido la fe, pero lo ha disi- mulado porque de ella dependían las obras que le encargaban y que, con el pretexto de reencontrar a un viejo amigo, toma un avión que lo lleva al África y, en África, a un leprosorio donde trabaja su antiguo amigo en un franco cami- no de evasión (A Burnt Out Case); otro inglés que va a Estocolomo para vivir in mente el incesto con su hermana, que había huido a su vez del hermano ligando su vida a la de un industrial sueco (England Made Me); el doble espía que traiciona de un modo abierto, y confía a los rusos secretos de Es- tado para salvar al pueblo de su mujer, una africana, y de Sam, el hijo de ambos. “¿Traidor a su país?, responde su esposa en un inte- rrogatorio, una vez, ¿sabe?, dijo que su patria era yo... y Sam” (The Human Factor, Londres, Bodely Head, 1987); el cónsul honorario británico en el Río de la Plata, se- cuestrado, sin otro deseo sino que sus plagiarios le provean su whis- ky todos los días (The Honorary Consul)… ¿Habrá alguna novela de Greene donde el protagonista o uno de los personajes principales no escape sin saber propiamente de qué? Greene vivió marcado por el sig- no de los escapistas. Buscó huir en la ruleta rusa, encontrar un senti- do en el psicoanálisis, que lo des- pojó de la necesidad de escribir, pues le hizo ver todo demasiado claro, sólo para luego, arrojado a nuevas circunstancias vitales, per- catarse de que tenía que valerse por sí mismo, que nadie se cura de sí mismo. Buscó luego un sentido en su amor por Vivien, en el catoli- cismo, en la esperanza y la ilusión de los hijos, pero huyó a México para caer en la cuenta que las co- sas sólo tenían sentido si existía ese Dios, ese Padre sólo conocido en Cristo y por Cristo… Y luego del psicoanálisis, recién termina- da la guerra del 14-18, se ofrece como espía a los alemanes, que lo contratan. Terminada su misión en el con- tinente, pensó que lo importante era conocer el otro lado, ser espía luego para los franceses, de donde deduce que todo novelista escon-
86 La Cuestión Social Año 27, n. 1 de a un espía, a un traidor y que carga un corazón de hielo. En el fondo, en la raíz, una necesidad de comprender sacrificando, acaso, la propia vida; verdugo de sí mis- mo, condenado a la objetividad e impregnando sus libros de una atmósfera única, personalísima, esa que los críticos han llamado Greeneland, que no es sino la nos- talgia permanente que acompa- ña a todo hombre por lo limitado de sus orillas y la infinitud de su pretensión. En más de un sentido, Graham Greene se identifica con Fowler, el periodista británico de The Quiet American que, corresponsal du- rante toda una vida profesional en Indochina —concretamente en Vietnam— es jubilado a cau- sa de la edad, pero él se encuen- tra atado a Saigón por su relación con una joven vietnamita que es su amante, de manera que exi- ge, por enésima vez, el divorcio a su esposa, que le vuelve a decir que no. Este personaje, que había cumplido celosamente su deber de corresponsal, ligado afectiva y racionalmente a Inglaterra y las tradiciones europeas, traiciona en el último momento a un militar estadounidense, agente de Inteli- gencia, que se ha enamorado de su amante vietnamita, y ella de él. Fowler padece, entonces, un en- cuentro brutal de orden ético en- tre su conciencia y la necesidad de sacrificar al joven estadouni- dense que está dispuesto a ca- sarse con la muchacha. The Quiet American es, también, una nove- la llena de matices y, como todas las novelas de Greene, un ahonda- miento en una situación moral y un reportaje que estructura toda la complejidad de una guerra que duraría todavía quince años más. Si para Octavio Paz el poeta es el “solitario colectivo”, esta ofren- da de sí a la creación está esen- cializada en la vida y obra de Graham Greene. El novelista, co- mo el niño, exorciza sus miedos, inseguridades, odios, así como sus sentimientos placenteros, con- fianza básica o deficitaria, amores, en la estructura de sus juegos, y no necesita una solución, una res- puesta; una vez que se ha puesto orden, lo esencial ha sido resuelto. Vivien vencerá el resentimiento que arrastró muchos años frente a un hombre al que le negó el di- vorcio, al que le reprochaba sus amasiatos, y acabará reencontrán- dose con él en la amistad, acompa- ñándolo, junto con sus hijos, en la hora final; esa hora final que tuvo que compartir con Ivonne Cloetta. Y, con ellas, los hijos que procreó con Vivien, que cargaban con sen-
87 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 timientos ambivalentes hacia su padre. Greene, como un dios, no había estado plenamente ausente, como si el amor real que sintió por todos ellos hubiera sido frenado por la repugnancia de la posesión. He ahí un conjunto de tensiones morales que propiciaron una obra compuesta por veinticuatro no- velas, tres volúmenes de cuentos, dos volúmenes que constituyen su autobiografía, ocho dramas, una biografía (la de su ancestro renacentista lord Rochester), na- rraciones infantiles, reportajes, artículos, ensayos, crítica litera- ria. Graham Greene escribió que la ausencia de Dios dio como con- secuencia la ausencia de densidad de las obras de Forster, Woolf, Sar- tre… Apostó por Él con la oscura intuición de que, de no hacerlo, estaba perdido. Apostó por salvar la vida, a su manera, como hace- mos todos. Escribir, como creer en Dios, fue para él “a sort of life” y una vía de escape. Y su obra es, co- mo la de los mayores novelistas, el camino real hacia el conocimiento de la existencia. *Escritor.
88 La Cuestión Social Año 27, n. 1 Toda conversión tiene algo de sorprendente, inesperado e impre- visible en sus consecuencias. Nu- merosos son los ejemplos que se pueden citar de esta afirmación, y el caso de Jacques Maritain repre- senta una buena ilustración. Ante todo, porque se produjo al inicio del siglo XX, en un medio francés dominado por una filosofía posi- tivista para la cual el conocimien- to experimental o empírico era el único válido y en el cual se ponían todas las esperanzas; también por el hecho de que esta conversión no representó un hecho aislado, sino que se produjo en medio de una verdadera ola de conversiones realizadas en medios literarios, artísticos y filosóficos, que envol- vió ciertamente a personas proce- dentes de los medios sociales más diversos, pero que también hizo participar a seres muy cercanos y queridos; por último, las conse- cuencias en “el cambio de camino” afectaron profundamente al siglo en el cual se llevaron a cabo y con- tinúan marcando nuestra época. Hablar de Jacques Maritain sig- nifica necesariamente referirse a quien fue su amada esposa, Raïssa, al igual que a la hermana de ésta, Véra, quien les acompañó a lo lar- go de la existencia, a tal punto que se habla de ellos como “los tres Maritain”. Pero significa igualmen- te tener que referirse a una pléya- de de personalidades, de diversos ambientes y lugares, que fueron profundamente marcados por su existencia y pensamiento. Jacques Maritain nació en París a finales del siglo XIX, hijo del abo- gado Paul Maritain y Geneviève Favre, heredera de los grandes ideales de la Revolución France- sa, y de cuyo padre —declarará Jacques más adelante— él heredó “un cierto gusto detestable por el quijotismo y las causas perdidas”. Fue en París donde, tras la separa- ción de sus padres, Jacques acudió al liceo Henri IV, sintiéndose deci- didamente socialista y continuan- do más tarde sus estudios en la Sorbonne, donde realizó estudios de química, biología y física. Fue en los pasillos de la famo- sa universidad que Jacques cono- ció un día del año 1901 a Raïssa Jacques Maritain o la santidad de la inteligencia Jaime Ruiz de Santiago*
89 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 Oumansoff, nacida en Rostov-on- Don, Rusia, el 12 de septiembre de 1883, en un ambiente de piedad jasídico, profundamente alegre y en un pueblo de rabinos, men- digos y arlequines —que esta- rá repetidamente presente en la obra de su amigo Marc Chagall—. La familia se había visto orillada a trasladarse a París cuando Raïs- sa contaba con 10 años de edad, a causa de un ambiente de per- secución antisemita que se había desatado en Rusia tras el asesi- nato del zar Alejandro II. Jacques y Raïssa pronto fueron amigos in- separables. A ellos se encontraba unido Ernest Psichari, nieto del famoso Ernest Renán, presente en la vida de Jacques desde hacía ya tres años. Jacques y Raïssa acudieron jun- tos a la Sorbonne y juntos co- nocieron las tesis del ambiente positivista imperante. Juntos, pro- fundizando una relación cada vez más hondamente amorosa, co- menzaron a desesperar de aque- llos cursos que, permeados de una mentalidad empirista, los sumían en el relativismo y escepticismo. Ambientes que, cerrados a cual- quier posibilidad metafísica, les conducían a verdaderos callejo- nes sin salida. Las interrogantes más importantes de la existencia, las demandas por el sentido pro- fundo de la vida y de toda reali- dad, la sed de Absoluto que les asediaba, no hallaban ninguna respuesta. Y mientras el mundo que les rodeaba les entregaba los triunfos obtenidos por la cien- cia y la técnica —recuérdese que la Exposición Universal de París, de 1889 y aquella otra de 1900, proclamaban el triunfo del hom- bre sobre la naturaleza, en obras tan gigantes como la Torre Eif- fel, que habría de convertirse en símbolo de la ciudad—, Jacques y Raïssa suspiraban ardientemente por una ventana que les permi- tiera contemplar un mundo más allá del material, pero en el cual adivinaban el sentido último de la existencia. Fue en ese ambiente que, reco- rriendo las salas del Museo del Louvre, que hacía más sensible la sed de Absoluto, y compartiendo sus pensamientos al pasear por el Jardín Botánico, llegaron a una decisión trascendental. La narra bellamente Raïssa en su obra Las grandes amistades: Si nuestra naturaleza era lo suficientemente desdichada por no poseer más que una seudo inteligencia capaz de todo salvo de la verdad, si juzgándose a sí misma, tenía que humillarse hasta tal pun- to, no podíamos nosotros ni pensar ni obrar dignamente. Entonces todo se hacía ab-
90 La Cuestión Social Año 27, n. 1 surdo —e inaceptable— sin que siquiera supiésemos qué era lo que se negaba de esa manera en nosotros a aceptar. 1 Lo que nos salvó entonces, lo que hizo de nuestra real deses- peración una desesperación todavía condicional, fue jus- tamente nuestro sufrimiento. Esta dignidad apenas cons- ciente del espíritu salvó nues- tro espíritu con la presencia de un elemento irreductible al absurdo a que todo trataba de conducirnos… 2 Decidimos, pues, conceder confianza a lo desconoci- do durante algún tiempo; íbamos a abrir crédito a la existencia, como de una ex- periencia a realizar, con la esperanza de que ante nues- tro vehemente llamamiento se rasgaría el velo que ocul- taba el sentido de la vida y de que se nos revelarían nuevos valores de manera tan clara que nos llevarían a una adhe- sión total, y nos libertarían de la pesadilla de un mundo siniestro e inútil. Que si esta experiencia no tenía éxito, la solución sería el suicidio; el suicidio antes de que los años se hubiesen llenado de polvo, antes de que nuestras fuerzas se hubiesen gastado. 1 Les Grandes Amitiés, en Œuvres complètes de Jacques et Raïssa Ma- ritain (en adelante OeC), Éditions Universitaires-Saint Paul, Fri- bourg-Paris, t. XII, pág. 691. 2 Idem, pág. 692. Queríamos morir con libre determinación si era imposi- ble vivir según la verdad. 3 A este par de jóvenes ansiosos de hallar un sentido a la existen- cia, Aquel que nos ha “primerea- do” (Papa Francisco) les habría de encontrar de manera inesperada a través de ese común amigo que fue Charles Péguy. Éste era visi- tador frecuente de un pensador que rompía lanzas con el positivis- mo imperante y abría en sus cla- ses senderos insospechados que conducían a nuevas regiones. Pé- guy les invitó a acompañarle, y de este modo se atrevieron a pa- sar de la Sorbonne al Institut de France, donde Henri Bergon en- señaba: una distancia de unos po- cos metros pero que implicaban la superación de “una montaña de prejuicios y desconfianza, muy especialmente de parte de los filó- sofos de la Sorbonne con respecto a la filosofía de Bergson”. 4 Y la luz de la verdad comenzó a iluminar a aquellas inquietas inteligencias ansiosas de Absoluto. Entre tanto, Jacques contrajo matrimonio con Raïssa en 1905, pocos meses antes que ambos realizaran una visita a un escri- tor que parecía expresarse con el 3 Idem, pp. 693-694. 4 Idem, pág. 695.
91 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 ardor y pasión de un verdadero profeta: León Bloy. El encuentro ha sido inmejorablemente des- crito por el mismo Jacques Mari- tain: “El 25 de junio de 1905, dos jóvenes de veinte años subían la escala sempiterna que conduce al Sacré-Coeur. Llevaban en sí esa angustia que es el único producto serio de la cultura moderna, y una especie de desesperación activa, iluminada solamente, aunque sin fundamento aparente, por la se- guridad interior de que un día se les mostraría la verdad de que tan- ta hambre tenían, y sin la cual les era imposible aceptar la vida. … Iban hacia un extraño men- digo, que despreciando toda filosofía proclamaba sobre los techos la verdad divina, y cató- lico íntegramente sumiso, con- denaba su tiempo, y a cuantos tienen su consuelo aquí abajo, con más libertad que todos los revolucionarios del mundo. … León Bloy parecía casi tími- do, hablaba poco y muy bajo, tratando de decir a sus jóve- nes visitantes algo importante que no los decepcionara. Lo que les descubría no puede na- rrarse: la ternura de la frater- nidad cristiana, y esa especie de temblor de misericordia y de temor que sobrecoge fren- te a un alma marcada por el amor de Dios. Bloy se nos mos- traba lo contrario de los otros hombres, que ocultan bajo el maquillaje cuidadosamente mantenido de las virtudes de sociabilidad, faltas graves en las cosas del espíritu, y tantos crímenes invisibles. Lejos de ser un sepulcro blanqueado como los fariseos de todos los tiempos, era una catedral cal- cinada, ennegrecida. Lo blan- co se encontraba dentro, en el hueco del tabernáculo. Franqueado el umbral de su ca- sa, todos los valores quedaban desplazados como por un gesto invisible. Se sabía, o se adivina- ba, que sólo hay una tristeza, la de no ser santos. Y el resto tor- nábase crepuscular. 5 El encuentro decisivo se había realizado, y lo que siguió no fue sino una lógica consecuencia de la persona de Jesús, descubierta gracias a León Bloy y que les atrae- ría el resto de sus existencias. Tras adentrarse en las verdades impli- cadas en ese encuentro recibieron el bautismo al año siguiente, en 1906. Pero continuaban pensando que el único camino intelectual que se les abría era aquel de las ciencias positivas. Por ello, deci- dieron trasladase a la ciudad de 5 Prefacio a Quelques pages sur Léon Bloy, en OeC, III, pp. 1021-1023. Es- tas páginas aparecen igualmente en la obra de Raïssa Maritain, Les Grandes Amitiés, en OeC, XIV, pp. 729-730.
92 La Cuestión Social Año 27, n. 1 Heidelberg a fin de estudiar bio- logía bajo la dirección de Hans Driesch. Fue al regresar a París en 1908, que conocieron a un domini- co, el P. Humberto Clérissac, quien les abriría las puertas al pensa- miento de Sto. Tomás de Aquino. Y de este modo, la vida de identifi- cación con Jesucristo iría acompa- ñada de la iluminación brindada por la doctrina de éste. Jacques escribiría más tarde que, tras su conversión al catolicismo, conoció a Sto. Tomás y que, tras haber pe- regrinado apasionadamente por todas las doctrinas de los filósofos modernos sin haber encontrado nada más que decepción e incer- tidumbre extrema, experimentó lo que fue como la iluminación de la razón. “Mi vocación de filósofo despertó en toda su claridad”. Definida la vocación seguiría una existencia de desafíos cons- tantes. El primero fue el relativo a las relaciones entre la enseñanza de la Iglesia y la política. Se mani- festó rápidamente a través de un movimiento político francés con el nombre de Acción Francesa, que sostenía ideas monárquicas y buscaba el apoyo de la Iglesia en razón de la cohesión social que a través de ella obtendría. Jacques Maritain fue atraído por las ideas expuestas en su momento por Charles Maurras, pero lentamen- te fue alejándose de él al consi- derar que representaba el peligro de subordinar e instrumentalizar a la Iglesia, lo que se mostró con claridad cuando en 1926 Roma condenó ese movimiento. Esto fue suficiente para que intelectuales como Georges Bernanos y el pro- pio Maritain se alejaran de ese movimiento, procurando éste últi- mo encontrar las razones que ha- bían conducido a tal condenación. Quedaban por precisar las rela- ciones, a veces complicadas, pre- sentes entre ambas. A ello dedicó Maritain numerosas reflexiones, sobre todo a través de su obra Primacía de lo espiritual, al igual que una serie de conferencias pronunciadas en 1934 en la ciu- dad de Santander, España: “Pro- blemas espirituales de una nueva cristiandad”, que prepararían uno de sus textos más importantes en esta materia: Humanismo integral (1936). Son diversas las tesis que Maritain sostiene: ante todo que el mensaje de la Iglesia no puede re- ducirse al de ningún movimien- to político; que el Evangelio debe proporcionar las bases para una civilización inspirada en sus valo- res para su aplicación en el tiem- po; que la llamada ‘cristiandad medieval’ no puede ser repetida, sino que más bien se debe propo- ner una civilización profana pero
93 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 vitalmente cristiana; que el Reino de los Cielos no se identifica con ningún partido o acción política. En diversas obras, Maritain pro- pone esta idea de una civilización inspirada en valores cristianos y estructurada de manera comu- nitaria y personalista, en la cual se subrayen las dimensiones de nuestro ser social al igual que la vocación personal y trascendente que posee el ser humano. En el ser humano, su ser y destino hacen aparecer con claridad la importan- cia que poseen “los derechos de la persona humana” y que deberían encontrar reconocimiento y desa- rrollo en un ambiente auténtica- mente democrático, que consagre y cultive los principios de solidari- dad y subsidiaridad, esenciales en el logro del bien común del Estado. Por un lado, el pensamiento de Maritain subraya la importancia de nuestra dimensión social y, por otro, destaca cómo en esa vi- da comunitaria se debe preservar, sostener y alentar la relación vital que tenemos con el Absoluto. Existe lógicamente un doble pe- ligro: ante todo, reducir la dimen- sión vertical que nos vincula con el Absoluto, a aquella horizontal, lo que equivaldría a reducir el men- saje cristiano a un compromiso puramente político, pero también aquella otra tentación consisten- te en negar la especificidad y el carácter de verdadero fin (inter- medio) que posee el Estado y su perfección propia. Pero éste no debe, en ningún momento, sentir- se el representante y vocero de un mensaje eterno, ni debe conside- rar que sus acciones son inapela- bles o incluso santas. Es necesario distinguir para unir, tal es el principio de cual- quier sabiduría. La riqueza de ese principio apa- rece como subtítulo en esa gran obra de Maritain intitulada Los grados del saber, en la que el filó- sofo explora las características de los diversos niveles del conocer humano, que se inicia humilde pe- ro seguramente en el conocimien- to sensible y va ascendiendo, a través de las ciencias positivas que alcanzan una importante preci- sión gracias a su matematización, hasta llegar, en un esfuerzo indu- dable, al saber propiamente me- tafísico, en el cual se resuelven los principios más importantes del conocer y del ser mismo. Pero la inteligencia se une a los apetitos en ese conocimiento fundamental que es el conocimiento por con- naturalidad, tan decisivo en el do- minio práctico del hacer técnico
94 La Cuestión Social Año 27, n. 1 y artístico, al igual que en el do- minio ético. Al ser elevada por la Revelación y la gracia al dominio sobrenatural, la inteligencia pro- cura la exploración inteligible del dato de la fe gracias a la teología y, siendo conducida gratuitamente por el movimiento amoroso o de caridad, logra llegar a la experien- cia mística, que permite explorar de manera incoada lo que será término en la suprema bienaven- turanza. El amor es la expresión perfecta de la vocación primera de la inteligencia por la verdad. Esas precisiones del gran filó- sofo se llevaron a cabo en la en- señanza realizada en diversas universidades de Estados Unidos (Princeton, Columbia, Chicago), de Canadá (sobre todo en el Institu- to de Estudios Medievales, de To- ronto) y en diversos viajes que le llevaron a prodigar su enseñanza en Chile, Venezuela y Brasil. Desde Estados Unidos, durante el perío- do de la Segunda Guerra Mundial, supo mantener viva la presencia de los grandes valores humanos y cristianos en mensajes transmiti- dos por la radio a una Europa que conocía los horrores del nacional- socialismo de Hitler. Al terminar esa gran contienda tuvo que aceptar la encomienda del presidente de Francia, el Gral. Charles de Gaulle, para represen- tar a Francia como embajador an- te la Santa Sede. Y también desde ahí ejerció su magisterio que tuvo huella concreta, habiendo termi- nado la tarea diplomática, en la activa participación y compren- sión de la Declaración Universal de Derechos Humanos adoptada por las Naciones Unidas en diciembre de 1948. Los Maritain supieron ser tes- tigos luminosos de los valores más profundamente humanos y cristianos. Su hogar permitió la existencia de grandes amistades tan valiosas como la de Charles Journet, Julien Green, el P. Garri- gou Lagrange, Pierre van der Meer, Stanislas Fumet, Yves Simon, Jean Cocteau, Igor Stravinsky, Marc Chagall, Georges Rouault, Luis Massignon, Emanuel Mounier, Erik Satie, y muchos más. Con to- dos ellos se llevaron a cabo aven- turas espirituales que conmueven por su hondura y radicalidad. En diciembre de 1959, al encon- trarse en Princeton, el grupo de los tres Maritain sufrió un golpe inesperado con la desaparición de Véra, hermana de Raïssa, quien ejercía una presencia angelical de ternura y acogimiento en el ho- gar a quienes tantos personajes recibía. Y el año siguiente, al en-
95 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 no de la Garonne, en la cual des- taca la importancia y sentido de algunas enseñanzas conciliares y denuncia de manera clarividente numerosos excesos realizados en la aplicación de las mismas. En el ambiente en el cual vivía, hizo pú- blicas las enseñanzas brindadas en ese sitio a través de obras como Dios y el problema del mal (1966). Más que nunca, sin renunciar a su actividad como filósofo, procuró encontrar una reflexión racional en los datos proporcionados por el mensaje revelado: de ahí obras co- mo De la gracia y de la humanidad de Jesús (1967) y De la Iglesia de Cristo (1970). Es importante recordar que Ma- ritain, “como verdadero maestro de oracion” (Pablo VI), supo re- cordar a nuestro mundo que todos los cristianos están llamados a la perfección, a la santidad, y por ello a la contemplación, siempre soste- nida por obra de la gracia y de los dones del Espíritu Santo. Tal con- templación se realiza en aquellos lugares en los que se vive la vida contemplativa “de manera explí- cita y descubierta”, o bien se lleva a cabo “a lo largo de los caminos” de manera “encubierta” y en la vida de los cristianos “comunes”, “pequeños” e “insignificantes”, pe- ro que reflejan en su existencia la grandeza del amor divino. Es la te- contrarse ya en Francia, Raïssa falleció. Tras ello, Jacques pudo declarar: “Ahora todo ha queda- do en mí roto y descoyuntado”. Al realizarse el Concilio Vatica- no II, numerosas de las tesis del pensador se hicieron presentes y fueron recogidas principalmente en la constitución sobre el mun- do moderno (Gaudium et Spes), siendo representativa, como una de las más importantes, aquella de la autonomía de las realidades terrestres, autonomía que de nin- guna manera significa negación de aquellas espirituales y cristianas, sino que más bien constituye el campo que requiere ser iluminado, orientado y elevado por la obra redentora de Jesucristo. Inmensa tarea que se presenta al hombre de nuestros días. Fue precisamente a Jacques Ma- ritain a quien el Papa Pablo VI, su amigo y traductor, hizo entrega del mensaje dirigido a los intelectua- les, el 8 de diciembre de 1965, al término del Concilio Vaticano II. Pero la vida del pensador se en- contraba más que nunca abierta al Amor Absoluto: se retiró a vi- vir con los Hermanitos de Jesús en la ciudad de Toulouse. Mas permaneció siempre en contacto con los problemas del momento, lo que reveló la obra El campesi-
96 La Cuestión Social Año 27, n. 1 sis que desarrolló junto con Raïssa Maritain en ese precioso opúsculo Liturgia y contemplación. 6 Fue en 1970 que finalmente Jac- ques Maritain se incorporó a la comunidad de los Hermanitos de Jesús, en cuyo seno falleció el 28 de abril de 1973. Terminó así la vida de este gran testigo del Absoluto, de ese viejo laico de quien Pablo VI, al tener noticia de su fallecimiento, afir- mó que “seguirá siendo para to- dos un filósofo de alto valor, un cristiano de vida ejemplar, y para Nos mismo, un amigo especial- mente querido”. * Catedrático y experto en dere- chos humanos, fue representante del Alto Comisionado de Naciones Unidas para Refugiados en Polonia. 6 Liturgie et Contemplation, en OeC, XIV, pp. 93-104. Desarrolló aún más este tema en Le Paysan de la Ga- ronne, en OeC, XIV, pp. 974-1006.
97 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 El mal Gerardo Cruz González* Gesché, Adolphe, El mal. Dios para pensar I, Verdad e Imagen. Sígueme, Salamanca, 1995. El texto se centra en la profunda cuestión que no deja de cuestio- nar a creyentes y no creyentes. El mal y sus múltiples manifestacio- nes, especialmente del “mal des- gracia” que califica Gesché. ¿Qué papel juega Dios de frente a esta realidad? El autor propone que no es un error cuestionar a Dios, de hecho ésta es una de sus ideas fundamentales en el texto. Para Gesché, el Contra Deum es lo que constituye la verdadera grandeza del Dios vivo. De parte de Dios, el autor distingue que fundamental- mente el dios pagano no admite la contradicción ni el cuestionamien- to, causa miedo y si el hombre osa enfrentársele tiene como suer- te perecer. En este sentido, Job y el cristiano se dirigen a Dios en segunda per- sona, le hablan de “tú”, establecen un diálogo con él. El creyente rom- pe el silencio en el que estaba. El Ángel de Yahveh aparece como un ser misterioso en el relato de la lu- cha de Jacob. Este Ángel represen- ta la alteridad en enfrentamiento, y con ello concluye el teólogo que “la alteridad de Dios es absoluta- mente”. Pero Dios es quien lucha y se escandaliza ante el mal. Esta vi- sión antropomórfica de Dios, nos lo representa como un Dios que cae ante los sucesos de Sodoma y Gomorra (Francisco de Sales). Lo que propone Gesché es una lectura hermenéutica y no etioló-
98 La Cuestión Social Año 27, n. 1 gica de la relación del hombre con el mal. Con una lectura así se da por sentada la ventaja que tiene la Escritura con respecto de las ciencias sociales como la filoso- fía. Bajo este tipo de lectura, her- menéutica, el clamor del hombre coincide con el clamor de Dios. Por ello, no es ilegítimo el grito, el reclamo del hombre, porque coin- cide con el mismo clamor de Dios y ello mismo le invierte la cues- tión. El grito, el reclamo tiene una función fundamental: permite a Dios manifestarse. Dios toma partido, se opone al mal y es “en cierto modo, una respuesta personal al mal”, Como respuesta hipostática. El Contra malum es Cum Deo contra malum. Sin embargo, a pesar de ello, sobre la aparición del mal no hay solu- ción. El texto es un camino, lógi- co que va del Contra Deum al Cum Deo contra malo. En términos de culpabilidad, el hombre no es absolutamente el culpable, en realidad el hombre es desviado, para decirlo en términos de Gesché; la tentación es el acto por el que se impide a alguien ha- cerse él mismo. El tema del mal en el hombre debe entenderse como desvío, extravío, desliz, resbalón. Es el principio exterior al hombre que lo ataca y lo hace cautivo. Lo que propone Gesché es des- moralizar el mal, en el sentido de quitarle la carga que lo asume só- lo desde el punto de vista moral y en lugar de eso, proponerlo como destino y objetivo. Es decir, mo- ralizarlo en el buen sentido tal y como lo hace el Padrenuestro que desmoraliza al hablar de deudas y no ya de pecados. Moralmente, el mal ha tenido aspectos positivos, afirma Gesché. Con esa postura se ha desfatalizado el mal y con ello se logra reconocer la responsabili- dad del ser humano. Pero la intención de Gesché es desmoralizarlo, por ello propo- ne algunos argumentos negativos que tiene la idea de mal desde la moral. Primeramente, habla de la culpabilidad como absoluto, sin considerar el mal como desgracia. La culpabilidad se ataca con la res- ponsabilidad del servicio. En se- gundo lugar, la culpabilización, es decir, una suerte de pesimismo in- movilizador que busca culpables en los otros pero nunca en la pro- pia persona. Finalmente, en tercer lugar, la justificación que entien- de que no puede ser que todo mal que se sufre sea un castigo. La re-dogmatización del mis- terio del mal parte de retomar la idea de demonio como este ele- mento externo, extraño, irracio-
99 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 nal, que de algún modo interviene propiciando el mal. Es, como lo aconseja Rene Girard, encontrar en esta figura mítica la irraciona- lidad del mal. Esta figura permite concebir a Dios y al hombre en su justo límite. Por eso, se puede re- tomar la categoría del psicoanáli- sis del mal como acto fallido. Una diferencia muy importante de Ges- ché es considerar que el mal en la Biblia no es ético, sino de destino. Ante el mal hiperbólicamente irracional parece que sólo queda algo igualmente irracional. Ello brinda la posibilidad de entender que el mal es irracional, sorpre- sivo, demoniaco e insolvente co- mo absoluto. Con este recorrido el mal ya no es una objeción con- tra Dios y se pone en evidencia la necesidad de una salvación. Para conseguir ésta se precisa de me- diaciones, entre ellas destaca la justicia. La salvación como idea irracional es capaz de responder a la irracionalidad del mal. Más que la justicia, el más excelso me- diador es el amor. La caridad mue- ve a Dios para compadecerse. Lo que critica en este punto el teólo- go es que muchas veces buscamos un mundo más justo pero no un mundo más caritativo. La culpabilidad en Occidente tie- ne su origen en la doctrina del pe- cado original. A pesar de esa carga moralizadora, de que el cristianis- mo histórico se ha obsesionado por el mal y el pecado. Esta reali- dad, si se negara, sería caer en el engaño. En este sentido, muchos filósofos han negado el mal, por ejemplo Platón que definía al mal como ausencia de bien. La Biblia, por su parte, al mal le llama ‘mal’, este lenguaje más preciso y que no busca engañar, ocultar o disi- mular, llegó sin embargo a llamar al mal ‘pecado’. Moralmente, dice Gesché, el mal es injustificable. Racionalmente no tiene razón de ser. En las religiones de los dioses, el mal sobreviene, le precede una creación mala. Por su parte, en el judeocristianismo, el mal es un accidente, no perte- nece a la naturaleza de las cosas, ni pertenece a la voluntad de Dios. Otra forma de asumir el asunto es cuando se considera que el hombre es el responsable del mal, por ejemplo en Sísifo o Prometeo. El hombre, al aplastar a Dios, que- da condenado a su culpabilidad. En ambos escenarios la serpiente se introduce en el cristianismo. Con este simbolismo, se hizo con- tingente y se desnaturalizó el mal excluyéndolo de las cosas. Eso no quita que en el mal subsista la responsabilidad del
100 La Cuestión Social Año 27, n. 1 hombre. El hombre es, pues, par- cialmente responsable sin que ello niegue que también es vícti- ma. Hay, por tanto, una responsa- bilidad solidaria para el bien y el mal, y una responsabilidad de libertad, lo cual sugiere esta se- cuencia: culpabilidad, responsabi- lidad, libertad. La doctrina del pecado original considera la salvación como res- tauración al estado anterior, ya que todo es remisible para Dios. El bien como la gracia sobreabun- dante se impone sobre el mal, el cual no tendrá ya la última palabra. En la doctrina del pecado original hay un rechazo al culpabilismo, es decir el rechazo a una culpa mor- bosa anterior a todo acto. Otro elemento es el pecado, muchas veces valorado errónea- mente. El pecado no es lo que el hombre cree que es pecado, sino lo que Dios considera como tal. El pecado debe ser considerado con honradez, propone Gesché. Por último, en esta primera parte del libro, Gesché hace un análisis de la teología de la libera- ción. Una primera valoración posi- tiva es que considera al mal en las estructuras de la historia humana. Hace un llamado a la mesura ante la necesidad de la salvación: “tene- mos la obligación de ser profetas, pero no mártires”. Gesché critica que la teología de la liberación es exclusivamente ética y propone “complementarse” con la estética. Cita el cuadro de los zapatos de Van Gogh en el que se refleja mu- cho de lo que han recorrido esos pies, de sus penas y aflicciones, y lo hace por medio de la estética. Cita a Gustavo Gutiérrez, quien propone que la teología de la libe- ración requiere de una espirituali- dad. Con ello, recuerda que Platón en Las leyes menciona que los dio- ses durante las fiestas ponían a los hombres nuevos. Propone Gesché una psíquica, estética y litúrgica. Toda la emancipación de la idea de Dios en la segunda modernidad (Marx, Freud, Nietzsche, Sartre) que traen la “buena nueva” para afianzar, en el sentido más amplio del humanismo que postulaban, una antropodicea que de la muer- te de Dios se da vida al hombre. Pero este hecho no satisface a la realización del hombre. Nuevos maestros de la sospecha anun- cian una nueva antropología de la muerte del hombre (Lacan, Levi- Strauss, Marcuse, Foucault). Así, la teodicea tiene un fracaso: no ha logrado salvar al hombre, al final es un homo absconditus. Este fra- caso tiene la siguiente explicación para Gesché: el hombre sin Dios
101 La Cuestión Social AÑO 27, N. 1 tiene que cargar solo con el peso del mal. Parafraseando a Sartre, afirma que el hombre no sólo es un infierno para los demás, sino que lo es para sí mismo. La teodicea clásica no da cuen- ta del mal; no puede. Estamos en el umbral de una tercera mo- dernidad en la que el mundo se pone de nuevo a escuchar la fe. Abel, Job, Raquel que llora a sus hijos, Auschwitz, todos estos epi- sodios dan cuenta de lo afectado que está Dios ante el mal. Pero Dios está presente en lo que se le contradice, incluso en la “blasfe- mia de Job”. La teodicea debe pasar por el río de fuego que es considerar a Dios desde la objeción. Dios está en los lugares de la locura y el escándalo. Por ello, se requiere otra teodi- cea que integre la objeción en su prueba y respuesta. Desde esta óp- tica se consigue una inversión que pasa de la idea del mal objeción contra Dios, a la idea de Dios ob- jeción contra el mal. El encuentro de un Dios frágil puede liberarnos. La teología —sentencia nuestro autor— recobrará la función de la antropodicea. *Teólogo, filósofo y abogado (IMDOSOC).
Esta edición de La cuestión social consta de 700 ejemplares y se imprimió en MG Advanced Prepress Technology, S.A. de C.V. Canal Leningrado Mz. 34 Lt.12, Col. Insurgentes 09750, Ciudad de México, impvarel@hotmail.com Tel. 56900463.