177 La Cuestión Social Año 25, n. 2 Presentación Después de comenzar el año con nuestro número especial sobre Don Lorenzo Servitje, propone- mos a nuestros lectores una serie de textos sobre temas variados. La profesora Luisa Ripa nos re- cuerda de lo sucedido en el viaje que hizo el Papa Francisco en 2015 a Cuba y Estados Unidos en su tex- to “Desde Cuba y Estados Unidos de América: predicando a todas las naciones”. Las preocupaciones del Papa por estas dos naciones pe- ro también por todo el mundo; un análisis interesante sobre sus men- sajes hacia los desprotegidos, los que sufren debido a la cultura del descarte, los que sufrieron de abu- sos por la Iglesia católica, pero tam- bién mostrando siendo ese punto de unión con otras religiones en la Zona Cero en New York. El escritor Francisco Prieto ha- ce una pregunta interesante ¿dón- de estaría la esperanza? En un “Un mundo en un frágil equilibrio” como denomina su texto, donde destaca la importancia de las creencias, pe- ro también el trabajo que realiza el demonio del poder, el dinero, la lu- juria, etc., en un mundo de esclavos. ¿Dónde estaría la esperanza? ¿En la familia, en la escuela? ¿Dónde en- contraremos refugio? Ante los recientes acontecimien- tos en Estados Unidos tenemos que poner atención en el tema de la mi- gración, por lo que en este número podrán “La Crisis de la Migración en el Mundo. Desafíos Pastorales”, par- ticipación del P. Gabriel Bentoglio, Sub-Secretario del Pontificio Conse- jo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, Departamento de Jus- ticia y Solidaridad del CELAM, du- rante el Seminario Latinoamericano y Caribeño sobre Migración y Tráfico de Personas; que se llevó a cabo el pasado 14 de septiembre de 2016 en Tegucigalpa, Honduras. El respe- to a la persona humana, la trata y trá- fico de personas, así como construir puentes y derrumbar muros, son algunos de los pendientes con estos hermanos que luchan por una vida mejor fuera de sus países. Nuestros amigos de Cristianis- mo y Justicia llegaron a su edición número 200 de los Cuadernos, por lo que de forma autorizada la reproducimos en este número de Cuestión Social, se titula: Nuevas Fronteras, donde diversos autores nos hablan de distintas heridas aún abiertas en nuestro mundo: pobreza, desigualdad, guerras, cri- sis socio-ecológica, injusticia. Pero ante esto nuevos retos: tener fe de que las cosas pueden cambiar con nuestro trabajo y que en mucho pueden ayudar las guías que nos da día a día el Papa Francisco. El P. Umberto Mauro Marsich S.X., nos escribe sobre la última exhortación apostólica del Papa Francisco “Amoris Laetitia: sobre la alegría del amor”. Un análisis
178 La Cuestión Social Año 25, n. 2 imperdible que no deja lugar a la especulación y que nos describe las cuatro ‘llaves hermenéuticas’: la misericordia, el discernimiento, el acompañamiento y la integración; piezas clave de este escrito que el Papa Francisco nos regaló después de los sínodos dedicados al matri- monio y la familia. Al final de este número, Eduar- do Garza Cuéllar analiza El desha- bitado de Javier Sicilia, libro donde un hombre desollado del espíritu, vaciado existencialmente y al que le han arrancado un hijo con lujo de crueldad, daría mil veces su vida por recuperar la de su hijo. Todos los miembros del IMDO- SOC agradecemos su confianza y su preferencia en estos veinticinco años de vida de La cuestión social. Esperamos contar con ustedes por otros veinticinco años más. Cual- quier comentario sobre los con- tenidos de La cuestión social lo pueden hacer llegar a contacto@ imdosoc.org CS
179 La Cuestión Social Año 25, n. 2 Directorio CONSEJO DIRECTIVO Presidente Honorario Vitalicio: Emmo. Sr. Cardenal Roger Etchegaray. Presidente Honorario Vitalicio: †Lorenzo Servitje Sendra. Presidente Honorario Vitalicio: †Salvador Domínguez Reynoso. PRESIDENTE Román Uribe Michel. VICEPRESIDENTES Lucila Servitje Montull. José Enrique Mendoza Delgado. TESORERO Sergio Castro Toledo. SECRETARIO Manuel Gómez Díaz. VOCALES Raúl González Schmal. Luis Javier Rubio Guerrero, OP. María de la Paz Sáenz de Soberón. VOCALES DEL CONSEJO Francisco Javier Albarrán González, Germán Araujo Mata, Martha Aviña de Chávez, Mariano Azuela Güitrón, Javier Ballesteros de León, Jesús Antonio Damian Basurto, Constantino de Llano Marhx, Mons. Guillermo Francisco Escobar Galicia, P. Mario Ángel Flores Ramos, Eduardo Garza Cuéllar, Conrado Antonio Larios Prado, Documentos, ensayos, comentarios y reseñas de libros acerca de lo social
180 La Cuestión Social Año 25, n. 2 Mauricio Limón Aguirre, Maria del Pilar Mariscal Servitje, P. Manuel Olimón Nolasco, Wilfrido Perea Curiel, Tomas G. Reynoso Ruíz, Adrián Ruiz de Chávez, María Eugenia Romo de Murrieta, Arcadio Valenzuela Valenzuela. COMISIÓN DE VIGILANCIA María Luisa Aspe Armella, Rogerio Casas-Alatriste Hernández, Juan Guillermo Domínguez Meneses, Salvador Domínguez Reynoso, José Ignacio Mariscal Torroella, Juan Murguía Pozzi, Óscar Ortiz Sahagún y Lorenzo Servitje Sendra. Director General: Jorge Navarrete Chimés. La Cuestión Social, es una publicación trimestral editada y publicada por la Asociación Mexicana de Promoción y Cultura Social, A. C., a través del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, con dirección en Pedro Luis Ogazón n. 56, Col. Guadalupe Inn, CP 01020, México, DF, Tels. 56614465, 56614169. E-mail: comunica@imdosoc.org www.imdosoc.org Responsable de la edición: Jorge Navarrete Chimés. Registro de correspondencia de 2a. Clase expedido en la Dirección General de Correos Publicación Periódica. Registro No. 129-93. Certificado de Licitud de Contenido (pendiente). Certificado de Licitud de Título (pendiente). No. de Reserva al Título del Derecho de Autor (pendiente). Registro ISSN en trámite. Distribución directa en el IMDOSOC. Impresa en Impresora Varel, S. A. de C.V, Calle 8 No. 222, Col. Granjas San Antonio Tel: 2065 3523 Fax: 5690 0463, impvarel@hotmail.com, este número se terminó de imprimir el 16 de marzo de 2015, con un tiraje de 1,200 ejemplares. Coordinador de contenidos: Gerardo Cruz González Diseño: Roberto Mandeur Cortés Corrección de estilo: A. Alfonso Muñoz Chávez Suscripciones: martha.crm@imdosoc.org Los artículos publicados reflejan el punto de vista del autor y no necesariamente el de la Asociación Mexicana de Promoción y Cultura Social, A. C. No se devuelven originales no solicitados. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización de la Asociación Mexicana de Promoción y Cultura Social, A. C. Precio del ejemplar: $ 100. 00 Suscripción anual: $ 330. 00 Suscripción para el extranjero Dlls. 80. 00
181 La Cuestión Social Año 25, n. 2 E n esta contribución para la lec- tura de los mensajes de Fran- cisco en su viaje a Cuba y Estados Unidos, me gustaría advertir sobre lo que creo una necesidad, por un la- do, tener memoria, pero por otro, no permitir que la memoria de lo dado, nos impida ver que hay novedades. La premisa de que es necesa- rio tener memoria, la tomo de las opiniones que Fortunato Mallima- ci compartiera en una radio local mientras el Papa iba pronunciando los discursos ante la ONU. La me- moria que reclama Mallimaci, se- gún entiendo, tiene dos planos: el más comprensivo es el que abarca el reconocimiento de que ciertas te- sis y propuestas distan de ser no- vedosas en la Iglesia católica y en los discursos papales; la condena al liberalismo, a la economía deshu- manizante, la defensa y prioridad de los pobres y la dignidad de todos los seres humanos han sido procla- mados, históricamente, en diver- sos documentos y constituye un insumo de la prédica católica. Pero también reclamaba que se tuviera memoria sobre acciones concre- tas y precisas de complicidad con regímenes de explotación y hasta exterminio de personas, especial- mente en las tremendas acciones genocidas perpetradas hace algu- nas décadas en toda Latinoamérica. Nombres y personas concretas que, a pesar de las declaraciones a favor de la democracia y la libertad, per- mitieron y apoyaron más o menos explícitamente las terribles matan- zas y destrucciones de las institu- ciones democráticas. Me parece, sin embargo, que de- bemos estar atentos a las diferen- cias —grandes o pequeñas— que también se producen, porque el discurso, de “siempre lo mismo”, corre el peligro de convertirse en conservador; en el mejor de los casos, resignado, en el peor de los casos, cínico. Aunque se trate de las mismas personas —y aun- que esto ya lo habían dicho y no marcaría diferencia— hay dife- rencias, y, sobre ellas, podemos y debemos construir esperanza. Las diferencias que propongo rescatar tienen que ver con gestos: discur- sivos y prácticos. Y con el contex- to de recepción de esas palabras que pueden tener larga data de Desde Cuba y Estados Unidos de América: predicando a todas las naciones Luisa Ripa* Tener memoria y percibir las diferencias
182 La Cuestión Social Año 25, n. 2 pronunciadas, pero no necesaria- mente —decididamente, no— es- cuchadas de la misma manera. Como se trata de un trabajo colec- tivo en el que muchos compañeros aportarán visiones y análisis de los dis- cursos y actividades papales, y dada la limitación de espacio, elijo algunos te- mas y acentuaciones con la esperanza de contribuir al mosaico general. 1. Algunos antecedentes Jorge Bergoglio ha sido un activo pastor de la Iglesia católica de Ar- gentina del que tenemos, al menos, memoria ambigua. Como arzobis- po de Buenos Aires y primado de Argentina batalló contra algunas de las luchas civiles, por ejemplo, contra el matrimonio igualitario. Como general de la Compañía de Jesús tuvo una actitud al menos de desconocimiento, sino de des- protección respecto de algunos sa- cerdotes jesuitas, dos de los cuales (Yorio y Jalics) fueron detenidos desaparecidos durante cinco me- ses, en los que estuvieron encade- nados en un altillo. Pero también, produjo importan- tes gestos de comunión ecuménica, en especial con el Rabino Skorka, pronunció algunas memorables ho- milías de denuncia ante las autorida- des políticas nacionales o de la ciudad de Buenos Aires. Fueron conocidas, también desde entonces, sus costum- bres de austeridad y sencillez en una actitud permanente de involucrarse con el estilo de vida de la gente co- mún, de los vecinos y vecinas de su ciudad. La misericordia, como actitud que hace presente al Dios bondadoso y lleno de amor, ha marcado también su pastoral y gestión eclesial. De manera que cuando fue elegi- do Papa, muchos cristianos argen- tinos abrieron un interrogante que rápidamente —desde el saludo co- mo Obispo de Roma— se nutrió de palabras y actitudes que lo definían como uno más, como un servidor, profeta y gestor de un cambio y sa- neamiento de la Iglesia católica. Respetuoso del Papa emérito — en sus visitas y citas—, rápidamente su gestión se separó de la temerosa actitud conservadora de Benedicto XVI para multiplicar novedades y hasta audacias. Sus escritos comienzan a centrar un Evangelio nuevo: el de la alegría, el de la responsabilidad por la tierra, por los pobres y del acercamiento a católicos y católicas demasiado des- alojados de la comunión eclesial. Una nota que quiero rescatar de esos es- critos es que, si bien no tiene la total concreción que deseáramos en todos los temas, es cierto que inaugura un lenguaje sencillo y directo con algu- nos lugares de auténtica valentía. 2. Este viaje: temas recurrentes y acentos novedosos 1 En los discursos, homilías y ora- ciones que componen la nutrida 1 Archivo consultado el 15 de octubre de 2015 en: http://w2.vatican.va/ content/francesco/es/travels/2015/ outside/documents/papa-francesco- cuba-usa-onu-2015.html
183 La Cuestión Social Año 25, n. 2 producción 2 de Francisco en este viaje 3 —nutrida, digamos en honor a la verdad, por la multiplicación de ocasiones, no por el largo de sus textos que generosa y respetuosa- mente han sido ceñidos a un tema y a un tiempo sobrio— encontra- mos referencias a la fraternidad, la paz, la unidad, la atención a los pobres, el cuidado de la tierra, el respeto absoluto por el hombre, la familia, la libertad, la libertad re- ligiosa y en los ámbitos de miem- bros de la Iglesia, el seguimiento a Jesús y la fidelidad al amor sin barreras y de sincera entrega. Podemos distinguir entre discur- sos dirigidos a dirigentes políticos y sociales, discursos dirigidos a miem- bros de la Iglesia católica, homilías, es decir, prédicas religiosas a partir de algún texto de la Escritura y ora- ciones diversas. 4 A. Contamos con dos entrevis- tas a periodistas en el transcurso de los viajes: 2 Confieso que por la vastedad del mate- rial y la premura del trabajo no he lle- gado a consultar el Misal. Sin embargo, entiendo que las novedades en ese es- pacio son interesantes y merecedoras de un estudio especial. 3 Se trata, según cree Francisco, del via- je más largo que ha realizado (del 19 al 28 de septiembre) visitando en Cu- ba a La Habana, Holguín y Santiago de Cuba; y en Estados Unidos a Wash- ington, Nueva York y Filadelfia. 4 Para facilitar la lectura citaremos de la siguiente manera: el número que co- rresponde a este listado seguido del número que tiene en la serie (por ejem- plo, 1.1. corresponde a algo dicho en la primera entrevista a periodistas del 22/09, y así sucesivamente). 1. el 22/09 a las 12:30 (viaje de Santiago de Cuba a Wash- ington DC); 2. el 27/09 a las 20:00 hrs. (viaje de Filadelfia a Roma). B. Con un saludo al presidente Cas- tro y otro al presidente Obama, con un discurso ante los miembros del Congreso de los Estados Unidos de América y con un discurso ante los miembros de las Naciones Unidas: 1. el 19/09 a las 16:05 (a Castro); 2. el 23/09 a las 9:15 (a Obama); 3. el 24/09 a las 9:20 (ante el Congreso de EUA); 4. el 25/09 a las 8:30 (ante las ONU). No tenemos acceso al texto de lo conversado con el presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros de la República de Cuba ni el de la visita de cortesía al Presi- dente de Estados Unidos. C. Con un saludo a los periodistas, a los trabajadores de la Naciones Unidas y al Comité Organizador, vo- luntarios y benefactores en el aero- puerto de Filadelfia: 1. el 19/09 a las 10:15 (vuelo desde Roma); 2. el 25/09 a las 8:30 (trabajado- res ONU); 3. el 27/09 a las 20:00 (organiza- dores encuentro familias). D. Con palabras en encuentros con los jóvenes y con las familias: 1. el 20/09 a las 18:30 (jóvenes en La Habana);
184 La Cuestión Social Año 25, n. 2 2. el 22/09 a las 11:00 (encuen- tro con familias en Santiago de Cuba); 3. el 26/09 a las 19:30 (fiesta de las familias en Filadelfia). E. Con visitas especiales: 1. a los sin techo (el 24/09 a las 11:15); 2. a los niños y familias de inmi- grantes (el 25/09 a las 16:00); 3. por la libertad religiosa (el 26/09 a las 16:45 en Filadelfia); 4. con las víctimas de abusos se- xuales (el 27/09 a las 8:30); 5. conlospresos(el27/09alas11:00). F. Con homilías en Misas y cele- braciones de vísperas: 1. el 20/09 a las 9:00 (Plaza de la Revolución en La Habana); 2. el 20/09 a las 17:15 (Vísperas con clero y consagrados en la Catedral de La Habana); 3. el 21/09 a las 10:30 (en la Ca- tedral de Holguín); 4. el 22/09 a las 8:00 (en el San- tuario de la Virgen del Cobre, en Santiago de Cuba); 5. el 23/09 a las 16:15 (Santuario de la Inmaculada Concepción en Washington DC); 6. el 24/09 a las 18:45 (Vísperas con clero y consagradas/os en San Patricio, Nueva York); 7. el 25/09 a las 18:00 (Misa en el Square Garden en Nueva York); 8. el 26/09 a las 10:30 (Misa con obispos, sacerdotes y religio- sas/os en la Catedral de San Pedro y San Pablo, Filadelfia); 9. el 27/09 a las 16:00 (Misa de clausura del Encuentro de las Familias, Seminario de San Car- los, Filadelfia); G. Con encuentros con los obis- pos (salvo el que realizara con los obispos cubanos en el Seminario San Basilio Magno, cuyo texto no se ha publicado): 1. el 23/09 a las 11:30 (en Wash- ington DC con los obispos nor- teamericanos); 2. el 27/09 a las 9:15 (obispos que irán al Sínodo de los Obis- pos en Filadelfia). H. Con un encuentro interreli- gioso en el Memorial Zona Cero (el 25/09 a las 11:30). I. Con algunas oraciones y bendi- ciones (algunas ya están incluidas en las ceremonias anteriores, listamos ahora las que no fueron citadas): 1. el 21/09 a las 15:45 (bendición de la ciudad de Holguín, Cuba); 2. el 21/09 a las 19:45 (oración a la Virgen de la Caridad del Cobre); 3. el 22/09 a las 11:00 (bendi- ción de la ciudad de Santiago de Cuba). Seleccionamos algunos temas que nos parecen relevantes y hacemos, con austeridad, pocas citas textua- les con la certeza de que los diver- sos aportes configuran un análisis más completo. Los temas recurrentes pueden reconocerse en la condena al libe- ralismo y a la incidencia del dinero y lo económico en la determina- ción de las políticas; la defensa de
185 La Cuestión Social Año 25, n. 2 la familia; la defensa de la natura- leza; el deber de la atención a los pobres y a la justicia; la defensa de un Estado de libertad y democra- cia; la defensa de un Estado de paz y reconciliación; la atención a los inmigrantes y refugiados; la defen- sa de la multiculturalidad y diver- sidad de naciones; la relación con otras Iglesias cristianas, otras reli- giones monoteístas y con personas de buena voluntad. También son temas queridos por las prédicas papales la insistencia en la condición pastoral de los obispos y de servicio para con todas/os las/ os consagradas/os. Procura mos- trar su evangelización como conti- nuadora y solidaria con la de sus antecesores, aunque las citas sean, a veces, escasas. En definiciones que podríamos llamar extremas es claro respecto de la diferencia entre la nulidad o inexistencia de sacramento de matrimonio y su condición de in- disoluble cuando fuera válido. La defensa de la vida incluye en su listado a los no nacidos. Las novedades que quisiéramos señalar podríamos reconocerlas en temas, gestos y actitudes. Entiendo que podríamos encontrarlas en cua- tro grandes rubros: el que se dirige a los creyentes y les propone modos de ser cristiano y de servicio; el que se dirige a los hombres y a las mu- jeres de buena voluntad que tienen responsabilidades políticas, a quie- nes les demanda cuestiones que tienen que ver con la humanidad y con el universo; las intervenciones con grupos particulares de hombres y mujeres sufrientes por alguna ra- zón, trabajadores y organizadores de los eventos o pertenecientes a las familias agrupadas en su encuentro; el grupo en el que queremos desta- car estilos discursivos, en el conteni- do y en el uso de algunas palabras y giros se reconocen documentos, no solamente sus escritos sobre la ale- gría del Evangelio y sobre el cuidado de la casa común, sino las afirmacio- nes en especial de Aparecida y, en lo basal, del Concilio. La condición del discipulado y de la consagración En las exhortaciones y —me ani- maría a decir— magisterio respec- to de la condiciones del discípulo en general y de aquellas y aquellos consagrados, en particular, Fran- cisco aborda temas que, sin ser verdaderamente novedosos, tie- nen un acento y lenguaje rotundos que los destaca respecto de los es- tilos habituales en los pronuncia- mientos papales. Incluimos aquí diálogos con jóvenes y familias, aunque su condición no es sola- mente la de discípulos cristianos. Cuando insiste en la alegría co- mo la nota de quien quiere hacer creíble su anuncio de la noticia que es buena, no duda en con- denar los “lamentos” y distintas formas de encierro en lo negati- vo que, aunque motivados por las dificultades reales y los cambios del mundo que exigen nuevas posturas a los cristianos, son en esencia la negación de la voca- ción de Cristo.
186 La Cuestión Social Año 25, n. 2 “’Alégrense siempre en el Se- ñor. Repito: Alégrense’… nos dice Pablo con una fuerza ca- si imperativa… eco del deseo que todos experimentamos de una vida plena, una vi- da con sentido, una vida con alegría… No queremos que la resignación sea el motor de nuestra vida… que no se nos anestesie el corazón” (6,5). “Uno de los grandes desafíos de la Iglesia en este momen- to es fomentar… creatividad para adaptarse a los cambios de las situaciones, trasmi- tiendo el legado del pasado, no sólo a través del man- tenimiento de estructura e instituciones… sino sobre todo abriéndose a las posi- bilidades que el Espíritu nos descubre y mediante la co- municación de la alegría del Evangelio, todos los días y en todas las etapas de nuestra vida” (6,8). “Solamente el amor es ca- paz de superar la dificultad. El amor es fiesta, el amor es gozo, el amor es seguir ade- lante” (4,3). Jesús es el centro constante de referencia que define, por así de- cir, la misión, el talante, la verdad y el bien de lo que procuramos co- mo discípulos suyos. En especial, gusta hacer recordar el primer encuentro, la vocación original, el momento en que fuimos mirados a los ojos y llamados a seguirlo. Esta experiencia es la fuente de energía, de rectitud y de felicidad en todo el servicio. Las exhorta- ciones suelen llenarse de ternura e inmediatez: “Lejos de todo tipo de elitis- mo, el horizonte de Jesús no es para unos pocos privilegia- dos… siempre es una oferta para la vida cotidiana tam- bién aquí en `nuestra isla´; una oferta que siempre hace que el día a día tenga cierto sabor a eternidad” (6,1). “Jesús se detuvo [ante Ma- teo]… lo miró sin prisa, lo miró con paz… con ojos de misericordia;… como nadie lo había mirado antes. Y esa mirada abrió su corazón, lo hizo libre, lo sanó, le dio una esperanza, una nueva vida… Los invito [a que] hagan un momento de silencio para recordar con gratitud y ale- gría aquellas circunstancias, aquél momento en que la mi- rada misericordiosa de Dios se posó en nuestra vida… Su amor nos precede, su mirada se adelanta a nuestra nece- sidad… Después de la mira- da, la palabra. Tras el amor, la misión… Nos desafía… ¿crees que es posible que un recau- dador se transforme en ser- vidor? ¿Crees que es posible que un traidor se vuelva un amigo? ¿Crees que es posi- ble que el hijo de un carpinte- ro sea el Hijo de Dios? (6,3). “… les doy las gracias por la forma en que cada uno de ustedes ha respondi- do a la pregunta de Jesús… Los animo a que renueven su alegría, el estupor de ese
187 La Cuestión Social Año 25, n. 2 primer encuentro… y sacar de esa alegría renovada fide- lidad y fuerza” (6,8). Una nota interesante, tanto pa- ra el seguimiento del Señor como para la determinación del escena- rio de la misión, es el rescate de la ciudad. María también es centro de adhesión y confianza: “El pueblo que caminaba, el pueblo en medio de sus ac- tividades, de sus rutinas, el pueblo que caminaba car- gando sobre sí sus aciertos y sus equivocaciones, sus mie- dos y sus oportunidades… ha visto una gran luz… una de las particularidades del pueblo creyente pasa por su capacidad de ver, de contem- plar en medio de sus `oscu- ridades´… pueblo creyente que sabe mirar, que sabe dis- cernir, que sabe contemplar la presencia viva de Dios en medio de su vida, en medio de su ciudad… podemos de- cir el pueblo que camina, respira, vive entre el `smog´ ha visto una gran luz, ha ex- perimentado un aire de vi- da… Jesús sigue caminando en nuestras calles… Porque Dios está en la ciudad… ¿Có- mo encontrar a Dios que vi- ve con nosotros en medio del `smog´ de nuestras ciu- dades… con el Jesús vivo y ac- tuante?...” (6,7). Condena las exageraciones en la atención a las estructuras y a la organización para acentuar el ca- rácter misional como el “ir de visi- ta”. La visita original del Señor es, entonces, envío a toda la gente… Llega a advertir a los sacerdotes, en general, y a los obispos, en par- ticular, acerca del cuidado excesivo del propio tiempo y los requisitos de descanso y orden, que puedan levantarse como condiciones pre- vias para atender los llamados de quien sea. Pone por ejemplo la in- mediatez de respuesta sin medida de las monjas para marcar el estilo de entrega debido. Puertas abier- tas y salir de la propia casa para ser capaz de visita. “La invitación al servicio… significa… cuidar la fragili- dad… servir la dignidad de sus hermanos… el cristiano es invitado siempre a dejar de lado sus búsquedas, afa- nes, deseos de omnipotencia ante la mirada concreta de los más frágiles… Debemos cuidarnos de la mirada enjui- ciadora y animarnos a creer en la mirada transformadora a la que nos invita Jesús… el servicio siempre mira el ros- tro del hermano, toca su car- ne, siente su projimidad y… la `padece´… ya que no se sir- ve a ideas, sino que se sirve a personas” (6,1). Cuando Dios nos visita, siem- pre nos saca de casa. Visita- dor para visitar, encontrados para encontrar, amados pa- ra amar… vemos a María, la primera discípula… ha sabi- do visitar y acompañar en las dramáticas gestaciones de muchos de nuestros pue-
188 La Cuestión Social Año 25, n. 2 blos… Nuestra revolución pasa por la ternura” (6,4). La misión se dirige, en especial, a los pobres y pequeños. A los que descarta el mundo y no pocas ve- ces quedan al margen de nuestros empeños eclesiales. Precisamente, esta dirección y entrega es la ga- rantía de que estamos en buen ca- mino. Los enemigos de la misión, de la santidad, en el sentido preci- so del estar en la entrega a Dios, no son externos sino en encierro y las superioridades. Propongo prestar atención a algunas de los términos y figuras que utiliza. “… vayan… a anunciar sin miedo, sin prejuicios, sin superioridad, sin purismos a todo aquél que ha perdi- do la alegría de vivir, vayan a anunciar el abrazo mise- ricordioso del Padre… El santo Pueblo fiel no teme al error, teme al encierro, a la cristalización en elites, al aferrarse a las propias segu- ridades… somos hijos de la audacia misionera de tantos que prefirieron no encerrar- se… somos deudores de una tradición, de una cadena de testigos” (6,5). “Jesús los envía a todas las na- ciones. A todas las gentes… no da una lista selectiva de quién sí y quién no, de quienes son dignos o no de recibir su men- saje y su presencia… abra- zó siempre la vida tal cual se le presentaba. Con rostro de dolor, hambre, enfermedad, pecado. Con rostro de heri- das de sed, de cansancio. Con rostro de dudas y de piedad. Lejos de esperar una vida maquillada, decorada, truca- da, la abrazó como venía a su encuentro… muchas veces… derrotada, sucia, destruida… a toda esa vida como es y no como nos gustaría que fuese, vayan y abracen en mi nom- bre” (6,5). “Los empuja a ir al encuen- tro de los otros donde real- mente están y no donde nos gustaría que estuviesen. Va- yan una y otra vez, vayan sin miedo, vayan sin asco, vayan y anuncien la alegría que es para todo el pueblo… El an- dar con los otros… nos li- bera del anonimato… y nos introduce en la escuela del encuentro. Nos libera de la guerra de la competencia, de la autorreferencialidad, para abrirnos al camino de la paz… que nace del reco- nocimiento del otro… Dios y la Iglesia, que viven en nuestras ciudades… quie- ren mezclarse con todos… `El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz´ y nosotros, cristianos, somos testigos” (6,7). “… sean pastores cercanos a la gente… de modo espe- cial con sus sacerdotes… no caigan en la tentación de convertirse en notarios y burócratas” (7,1). Vale la pena rescatar un texto que muestra una de las preocupaciones históricas de Jorge Bergoglio: la mi-
189 La Cuestión Social Año 25, n. 2 sericordia que se ejerce, específica- mente, en el caso de los sacerdotes, en el ministerio del sacramento de la reconciliación: “… un lugar privilegiado para el sacerdote… donde aparece el más pequeño… es el confe- sionario… cuando te muestre su miseria… no lo retes, no lo arrestes, no lo castigues. Si no tenés pecado, tirale la pri- mera piedra, pero solamen- te con esa condición… pensá que vos podés ser esa perso- na… tenés un tesoro en tus manos que es la misericordia del Padre… no se cansen de perdonar, sean perdonado- res… como lo hacía Jesús. No se escondan en miedos o en rigideces… no te pongas mal, no te pongas neurótico, no lo eches del confesionario, no lo retes… San Ambrosio [dice] `Donde hay misericordia, está el espíritu de Jesús. Donde hay rigidez, están solamente sus ministros´. Hermano sacerdo- te, hermano obispo, no le ten- gas miedo a la misericordia... Porque allí está Jesús’” (6,2). Su derrotero lo pone en contacto con grupos de jóvenes y familias — de hecho, el Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia es el obje- tivo de todo el viaje—. Con los jó- venes habla de las esperanzas y de los sueños. E insiste en la fórmula del “derecho a soñar”. La condición de joven, hermana a los que lo son con todos los jóvenes del mundo, aunque el sueño incluya la vida y crecimiento de la propia patria. “En… la vida tiene que entrar la capacidad de soñar… los ar- gentinos decimos `no te arru- gues´, ¿eh? No te arrugues, abrite… Soñá que el mun- do con vos puede ser distin- to. Por ahí se les va la mano y sueñan demasiado y la vi- da les corta el camino. No im- porta: sueñen. Y cuenten sus sueños… hablen de las cosas grandes que desean” (4,1). “… dijiste… que sepamos aco- ger y aceptar al que piensa diferente… Y… que no nos en- cerremos en los conventillos de la ideologías o en los con- ventillos de las religiones… Cuando una religión se vuel- ve conventillo pierde lo mejor que tiene, pierde su realidad de adorar a Dios, de creer en Dios… Es un conventillo de palabras, de oraciones… de prescripciones morales. Y cuando yo tengo mi ideo- logía, mi modo de pensar y vos tenés el tuyo, me encie- rro en ese conventillo de la ideología… Corazones abier- tos, mentes abiertas… Ani- marnos a hablar de lo que tenemos en común. Y des- pués podemos hablar de las cosas que tenemos diferen- tes” (4,1). Con las familias tiene varios en- cuentros y numerosas figuras. Des- de lo teológico, asegura el lugar de la familia desde el proyecto inicial amoroso de Dios de la creación has- ta su culminación en la encarnación como humano y de este mundo que
190 La Cuestión Social Año 25, n. 2 la hace en el seno y gracias a una familia. Desde lo sociológico, si cabe, asegura que la familia; las familias, son las que producen los cambios reales en el mundo y en la historia. De modo que, si la Iglesia está preo- cupada por lograr algunos cambios, no tiene más remedio que reconocer a la familia como su “aliada”, dado que no es para ella “una preocupa- ción sino una oportunidad”. Desde lo psicológico, afirma su condición de escuela de fraternidad pero, so- bre todo, remarca que en la familia “no hay máscaras” y podemos ser nosotros mismos sin necesidad de aparentar y aprendemos a proce- sar las diferencias y enfrentamien- tos de manera que nos posicionan como sujetos, pero no rompen la relación. Cuando habla a las fami- lias, tanto en Cuba como en Estados Unidos, les agradece siempre sus testimonios de vida y la acogida, gracias a la cual se siente “en casa”. Y cuando estamos en casa, estamos distendidos y acomodados. El gusto de Jesús por estar y entrar en las casas y el gusto por las comidas, tanto en su vida como en las notas de lo que deben hacer los discípu- los enviados, son para Francisco fundamento del lugar especial y no reemplazable que tienen las fami- lias y sus casas. “Estamos en familia. Y… uno se siente en casa… gracias a Dios por el `calor´ que bro- ta de gente que sabe recibir, que sabe acoger, que sabe hacer sentir en casa… Je- sús… dijo: `Quédense en la casa que los reciba, coman y beban lo que ellos tengan´… En casa es donde aprende- mos la fraternidad… expe- rimentamos el perdón… en casa no hay lugar para las `caretas’, somos lo que so- mos… dejemos un mundo con familias… Los cubanos realmente son amables, bondadosos y hacen sentir a uno como en casa. Muchas gracias… la familia nos sal- va de… la fragmentación… y la masificación… las fami- lias no son un problema, son principalmente una opor- tunidad… no descuidemos a los abuelos… nuestra me- moria viva. Y… a los niños y los jóvenes, que son la fuerza de un pueblo” (9,3). “Gracias a quienes han dado testimonio… de que vale la pena la vida en familia… Dios es amor, pero… tenía que sa- lir de sí mismo [y] lo más lin- do que hizo fue la familia… Todo el amor que Dios tiene en sí, toda la belleza que Dios tiene en sí, toda la verdad que Dios tiene en sí, la entrega a la familia [que es] cuando es capaz de abrir los brazos y recibir todo ese amor… Por supuesto… la vida tiene sus problemas… los hombres… aprendieron a dividirse. Y todo ese amor que Dios nos dio casi se pierde… al poqui- to tiempo, el primer crimen, el primer fratricidio. Un her- mano mata a otro hermano: la guerra. Y entre esas dos posiciones caminamos noso- tros hoy. Nos toca a nosotros
191 La Cuestión Social Año 25, n. 2 elegir, nos toca a nosotros de- cir el camino” (4,3). Por todas estas cosas, las familias son modelo social y de cambio; así como un modelo específico de san- tidad. No desconoce los problemas presentes especialmente en la forma de no responsabilidad de los jóvenes y llama a una campaña de seducción para convencerlos de la maravilla de la audacia de decidirse a comprome- terse y formar familia. La misericor- dia obliga a acelerar los procesos de saneamiento de uniones nulas. “… la felicidad, la santidad es- tá siempre unida a pequeños gestos… gestos de familia que se pierden en el anoni- mato de la cotidianidad, pero que hacen diferente cada jor- nada… Jesús nos invita a no impedir los gestos milagro- sos… que acompañemos la vida como se nos presenta… que nuestros hijos encuen- tren en nosotros referentes de comunión… hombres y mujeres capaces de unirse a los demás… Ojalá que cada uno de nosotros se abriera a los milagros del amor… alen- tar y valorar esta profecía y este milagro… participar de la profecía de la alianza en- tre un hombre y una mujer… de la paz, de la ternura y del cariño familiar” (6,9). “… la familia no es para la Iglesia… una fuente de pre- ocupación, sino la confir- mación de la bendición de Dios a la obra maestra de la creación… nos pide… avan- zar con decisión en la línea de este reconocimiento. El aprecio y la gratitud han de prevalecer sobre el lamen- to… Muchos jóvenes… tienen miedo… estamos llamados a relanzar el entusiasmo para que se formen familias… in- vitar a los jóvenes a que sean audaces y elijan el matrimo- nio y la familia” (7,2). “… ha sido pedido por la ma- yoría de los Padres sinoda- les… agilizar los procesos… de nulidad matrimonial… no se trata de un divorcio porque el matrimonio es in- disoluble cuando es sacra- mento… el divorcio católico no existe… o nunca hubo ma- trimonio —y esto es la nuli- dad, porque no existió— o si existió es indisoluble” (1,2). Respecto de los consagrados y cé- libes, se opone fuertemente a que se definan como que no se casan con una figura de un “Jesús solterón”. Por el contrario, la figura de esposo para mostrar la relación de Cristo con su Iglesia, con la comunidad, es la base en la que se apoya para afirmar que sacerdotes y consagrados deben cultivar su afectividad y deben ser afectuosos como Jesús lo es con su esposa. María es maestra de visita- ción y de ternura, término que gusta repetir para hablar de la misión. Encuentro con grupos en situaciones particulares Visita una escuela donde cursan mayoría de hijos de inmigrantes, un grupo de homeless o personas
192 La Cuestión Social Año 25, n. 2 en situación de calle, presos y tiene un importante encuentro con vícti- mas de abusos sexuales. Uno de los encuentros está referido a la liber- tad religiosa. Con los inmigrantes tiene en mu- chas oportunidades una actitud de identificación —y de argumento—. Se identifica porque él, también vie- ne de una familia de inmigrantes como argumenta la mayoría de los que lo escuchan, sea en el Congreso de la Nación como en el encuentro con obispos. Porque aquella, como la suya, es tierra de inmigración, que ha aportado trabajo y riqueza a la nueva tierra y que, de paso, no siempre ha sido reconocida con jus- ticia. Ésta es también una novedad: lejos de cultivar un lenguaje que, como Papa, lo mantenga en una universalidad de tiempo y espacio (¿Urbi et Orbi?), permanentemente confiesa su origen como americano y como americano del sur. Se mues- tra como peregrino de los confines y esa condición le permite igualarse a los otros tantos originarios de los márgenes y pedir por ellos. “Me han contado que… al- gunos de ustedes vienen de otros lugares y muchos de otros países. Y eso es bueno… no es fácil… cuántas cosas tienen que aprender… en- contramos personas que nos abren puertas y nos mues- tran su ternura, su amistad, su comprensión y buscan ayudarnos para que no nos sintamos extraños, extranje- ros… gente que nos va ayu- dando a sentirnos en casa… Martin Luther King… soñó que muchos niños como uste- des… pudieran llevar la fren- te bien alta, con la dignidad de quien puede ganarse la vi- da. Es hermoso tener sueños y es hermoso poder luchar por los sueños… Todos soña- mos. Siempre… Todos uste- des… chicos y grandes, tienen derecho a soñar… Donde hay sueños, donde hay alegría es- tá siempre Jesús” (5,2). “Como hijo de una familia de inmigrantes me alegra estar en este país, que ha sido cons- truido en gran parte por tales familias” (2,2). “No me siento extranjero entre ustedes… también yo vengo de una tierra vasta… Mi segunda recomendación se refiere a los inmigran- tes. Pido disculpas si hablo en cierto modo casi in causa propia.” (7,1). Tiene un emotivo encuentro con los -sin techo-, personas en situa- ción de calle. Es importante el con- suelo, pero no evita la condena rotunda de esa situación. “Gracias por recibirme y por el esfuerzo que han hecho para que este encuentro se realizase... ustedes me re- cuerdan a san José… el Hijo de Dios entró en este mun- do como uno que no tiene casa… como un homeless supo lo que es comenzar la vida sin techo. Podemos imaginar las preguntas de José en ese momento: ¿có-
193 La Cuestión Social Año 25, n. 2 mo… por qué?... muchos de ustedes al igual que José se preguntan: ¿por qué esta- mos sin techo, sin un ho- gar?... [y a los demás] ¿Por qué estos hermanos nues- tros están sin hogar, por qué estos hermanos nuestros no tienen techo?” (5,1). “Quiero ser muy claro. No hay ningún motivo de justi- ficación social, moral o del tipo que sea para aceptar la falta de alojamiento. Son situaciones injustas, pero sabemos que Dios está su- friéndolas con nosotros… Jesús sigue golpeando nues- tras puertas, nuestra vida… quiero rezar con ustedes… invitarlos a rezar juntos, los unos por los otros, los unos con los otros… que Jesús nos ayude a solucionar las injus- ticias que Él conoció prime- ro. La de no tener casa” (5,1). Con los presos conversa acerca de su sufrimiento y se solidariza de- seándoles alivio. Les presenta a un Jesús que estuvo preso y que orde- nó la visita a los presos. Y es radi- cal respecto de que la finalidad de la prisión es la reinserción en la vida social. Condena terminantemente la imagen de no regreso y de no recu- peración para afirmar en términos absolutos, la condición humana uni- versal de la capacidad de redención. Condena el supuesto de diferencia absoluta entre presos y libres y se apoya en la común condición de ne- cesidad de cambio. La imagen de Je- sús que lava los pies es la que define su presencia allí: como Él, lava y besa los pies sin “preguntarles por dónde han andado”. “Gracias por… darme la opor- tunidad de estar aquí con ustedes compartiendo es- te momento… difícil, carga- do de tensiones… doloroso no sólo para ustedes sino pa- ra sus familias y para toda la sociedad. Ya que [si] no sa- be sufrir los dolores de sus hijos… no los toma con se- riedad… nos naturaliza y los asume como normales y es- perables, es una sociedad que está `condenada´ a que- dar presa de sí misma, presa de todo lo que la hace sufrir. Yo vine aquí… como herma- no, a compartir la situación de ustedes y hacerla también mía… rezar juntos y presen- tarle a nuestro Dios lo que nos duele y… lo que nos ani- ma y recibir de Él la fuerza de la resurrección” (5,5). “… lo vemos a Jesús lavando los pies, nuestros pies… vi- vir es caminar, vivir es andar por distintos caminos… Je- sús nos busca, quiere sanar nuestras heridas, curar nues- tros pies… no nos pregunta por dónde anduvimos… qué estuvimos haciendo… Nos quiere ayudar a recomponer nuestro andar, reemprender nuestro caminar, recuperar nuestra esperanza, resti- tuirnos en la fe y la confian- za. Quiere que volvamos… que este tiempo de reclusión nunca ha sido y nunca será
194 La Cuestión Social Año 25, n. 2 sinónimo de expulsión… Vi- vir supone `ensuciarse los pies´… y todos tenemos ne- cesidad de ser purificados, de ser lavados… Yo el prime- ro… Es penoso constatar sis- temas penitenciarios que no buscan curar las llagas, sa- nar las heridas, generar nue- vas oportunidades… cuando se cree que sólo algunos tie- nen necesidad de ser lava- dos… El Señor… quiere que nadie quede fuera… Sean for- jadores de camino, sean for- jadores de oportunidades… de nuevos senderos… Él viene a sacarnos de la menti- ra de creer que nadie puede cambiar” (5,5). Pero las palabras más impresio- nantes son las que dirige al grupo de sobrevivientes de abusos se- xuales. Se conduele con ellos por la traición que han sufrido de ma- nos de quienes debieron cuidarlos y ayudarlos. En el caso de los abu- sos perpetrados por sacerdotes u obispos condena las acciones de vejación y las de ocultamiento de los hechos. Se compromete a dos cosas: que todos los responsables darán cuenta de sus hechos y que cuidará meticulosamente que no vuelva a pasar nada de esto. “… estoy muy agradecido por esta oportunidad de cono- cerles, estoy bendecido por su presencia. Gracias por ve- nir aquí hoy” (5,4). “Las palabras no pueden ex- presar plenamente mi dolor por el abuso que han sufri- do. Ustedes son preciosos hijos de Dios, que siempre deberían esperar nuestra protección, nuestra atención y nuestro amor. Estoy pro- fundamente dolido porque su inocencia fue violada por aquellos en quien confiaban. En algunos casos, la confian- za fue traicionada por miem- bros de su propia familia, en otros casos, por miembros de la Iglesia, sacerdotes que tienen una responsabilidad sagrada para el cuidado de las almas. En todas las cir- cunstancias, la traición fue una terrible violación de la dignidad humana” (5,4). “Para aquellos que fueron abusados por un miembro del clero, lamento profun- damente las veces en que ustedes o sus familias denun- ciaron abusos pero no fueron escuchados o creídos. Sepan que el Santo Padre les escu- cha y les cree. Lamento pro- fundamente que algunos obispos no cumplieran con su responsabilidad de proteger a los menores. Es muy inquie- tante saber que en algunos casos incluso los obispos eran ellos mismos los abusadores. Me comprometo a seguir el camino de la verdad, donde- quiera que nos pueda llevar. El clero y los obispos tendrán que rendir cuenta de sus ac- ciones cuando abusen o no protejan a los menores” (5,4). “Dentro de nuestra familia de fe y de nuestras familias humanas, los pecados y crí-
195 La Cuestión Social Año 25, n. 2 menes de abuso sexual de menores ya no deben man- tenerse en secreto y con vergüenza… Es bueno sa- ber que han traído con us- tedes familiares y amigos a este encuentro… rezo para que muchas personas de la Iglesia respondan a la llama- da de acompañar a los que han sufrido abusos. Que la puerta de la misericordia se abra por completo en nues- tras diócesis, nuestras pa- rroquias, nuestros hogares y nuestros corazones pa- ra recibir a los que fueron abusados… Les prometo apoyarles en su proceso de sanación y en siempre es- tar vigilantes para proteger a los menores de hoy y de mañana” (5,4). Impresiona especialmente el hu- milde pedido, ruego, que se queden con la comunidad, pese a todo. Pe- ro reconoce el derecho al límite del perdón. Volviendo a Roma, ante una pregunta de un periodista, afirma dos cosas: que los crímenes come- tidos por miembros del clero son ca- si un sacrilegio porque la vida y la integridad de esos niños es sagrada. Y que comprende y acepta que vícti- mas o sus familiares no puedan o no quieran perdonar. No puede juzgar eso que nace de corazones tan heri- dos. Sólo reza por ellos. “… los discípulos… en el ca- mino de Emaús… le pidie- ron a Jesús que se quedara con ellos. Al igual… humil- demente les pido a ustedes y a todos los sobrevivien- tes de abusos que se queden con nosotros, con la Iglesia y. que juntos como peregrinos en el camino de fe, podamos encontrar nuestro camino hacia el Padre” (5,4). “Sabemos que los abusos se dan por doquier… Pero cuan- do un sacerdote comete un abuso, es gravísimo, porque la vocación de un sacerdo- te es hacer que ese niño, esa muchacha crezca hacia lo al- to, hacia el amor de Dios, ha- cia la madurez afectiva, hacia el bien… Y en lugar de hacer esto el mal lo ha destrozado, la ha machacado. Y por esto es casi un sacrilegio… tam- poco se debe encubrir: tam- bién son culpables los que han encubierto… también al- gunos obispos” (1,2). “Sí, los comprendo [a las víc- timas y a las familias que no consiguen o no quieren per- donar], rezo por ellos y no los juzgo… Porque lo que fue manoseado, lo que fue des- trozado esa su propia carne, la carne de su hija… Yo no juzgo a alguien que no pue- de perdonar. Rezo” (1,2). Cuando se encuentra con los obispos tiene un largo párrafo en el que les cuenta lo que les ha dicho a las víctimas y su compromiso. Reza por los obispos que no supieron na- da y que se desmoronaron al ente- rarse… los saluda como que vienen “de una gran tribulación”.
196 La Cuestión Social Año 25, n. 2 “Llevo grabado en mi co- razón las historias, el su- frimiento y el dolor de los menores que fueron abu- sados sexualmente por sacerdotes. Continúa abru- mándome la vergüenza de que personas que tenían a su cargo el tierno cuidado de esos pequeños les violaran y les causaran graves daños. Lo lamento profundamen- te. Dios llora. Los crímenes y pecados de los abusos se- xuales a menores no pue- den ser mantenidos en secreto por más tiempo, me comprometo a la celo- sa vigilancia de la Iglesia pa- ra proteger a los menores y prometo que todos los res- ponsables rendirán cuen- ta. Los supervivientes de abuso se han convertido en verdaderos heraldos de es- peranza y ministros de mi- sericordia, humildemente le debemos a cada uno de ellos y a sus familias nuestra gra- titud por su inmenso valor para hacer brillar la luz de Cristo sobre el mal abuso se- xual a menores… me pareció que tenía que comunicarles esto a ustedes [los obispos que irán al Encuentro Mun- dial de las Familias]” (7,2). En cuento a la libertad religiosa, más allá de la postura habitual que la reclama para todos y en especial para los cristianos, me gustaría com- pletar con una respuesta a un perio- dista en el viaje de vuelta a Roma. Preguntado entonces por la objeción de conciencia, responde terminan- temente que se trata de un derecho absoluto a ser sostenido. Y ejempli- fica con una terrible experiencia de negación a la libertad religiosa y de conciencia cuando musulmanes se vieron en la disyuntiva de bautizarse o morir. Este ejemplo en el que se involucra como creyente de una re- ligión que viola la libertad debida, es una muestra preciosa de las dimen- siones y acentos que imprime en las viejas tesis papales. “… me gustaría reflexionar con ustedes sobre el derecho a la libertad religiosa… El ideal del diálogo interreligioso… el derecho de adorar a Dios, in- dividualmente y en su comu- nidad, de acuerdo a su propia cultura… Necesitamos acer- carnos a la historia… especial- mente del siglo pasado, para ver las atrocidades perpetra- das por sistemas que preten- dían construir algún tipo de `paraíso terrenal´ dominando pueblos, sometiéndolos… y negándoles cualquier tipo de derechos… En un mundo en el que diversas formas de tiranía moderna tratan de suprimir la libertad religiosa o… reducirla a una subcultura sin derecho a voz y voto en la plaza pública, o de utilizar la religión… para el odio y la brutalidad, es ne- cesario que los fieles de las di- versas tradiciones religiosas unan sus voces para clamar por la paz, la tolerancia, el res- peto a la dignidad y a los dere- chos de los demás” (5,3).
197 La Cuestión Social Año 25, n. 2 “…la objeción de concien- cia es un derecho y entra en todo derecho humano… y si una persona no permi- te que se ejerza la objeción de conciencia está negando un derecho [que debe en- trar] en toda estructura ju- dicial… Si no, terminamos en una selección de dere- chos: éste es un derecho de calidad, éste no es un dere- cho de calidad… A mí me ha conmovido siempre… cuan- do todos los mahometanos estaban en fila y enfrente estaba la pila bautismal o la espada y debía elegir. No se les permitía la objeción de conciencia… y nosotros… debemos respetar todos los derechos” (1,2). Saluda a judíos y musulmanes y tie- ne un conmovedor encuentro en la Zona Cero, donde estaban las torres destruidas, donde recuerda las lágri- mas y la vida que corre como el agua. El horror de la matanza sin sentido por la falta de esperanza y empeño en solucionar los problemas y las dife- rencias por vía pacífica y la maravilla de entrega de socorristas que dieron su vida para salvar a otros… La posi- bilidad de cambiar la lógica y la his- toria de destrucción ante la injusticia adquiere fuerza, precisamente, por la fraternidad interreligiosa. El tema merece un mayor detalle de citas. “Quisiera ante todo enviar un saludo a la comunidad judía, a nuestros hermanos judíos, que hoy celebran la fiesta del Yom Kippur” (7,1). “Dos sentimientos tengo hoy para con mis hermanos is- lámicos… mi saludo por ce- lebrarse el día del sacrificio [y] mi cercanía ante la trage- dia que su pueblo ha sufri- do hoy en la Meca… me uno, y nos unimos, en la plegaria a Dios…” (6,6). “Me produce distintos sen- timientos, emociones, estar en la Zona Cero, donde mi- les de vidas fueron arreba- tadas en un acto insensato de destrucción. Aquí el do- lor es palpable” (8). “El agua que corre hacia ese centro vacío nos recuerda to- das esas vidas que se fueron bajo el poder de aquellos que creen que la destrucción es la única forma de solucionar los conflictos. Es el grito silencioso de quienes sufrieron en su car- ne la lógica de la violencia, del odio, de la revancha… que lo único que puede causar es do- lor, sufrimiento, destrucción, lágrimas… por las destruc- ciones de ayer, que se unen a tantas destrucciones de hoy… lloramos el dolor que provoca sentir la impotencia frente a la injusticia, frente al fratricidio, frente a la incapacidad de so- lucionar nuestras diferencias dialogando… lloramos la pér- dida injusta y gratuita de ino- centes por no poder encontrar soluciones en pos del bien co- mún. Es agua que nos recuer- da el llanto de ayer y el llanto de hoy” (8). “… en medio del dolor lace- rante, podemos palpar la ca-
198 La Cuestión Social Año 25, n. 2 pacidad de bondad heroica… ustedes fueron testigos… la potente solidaridad de la mu- tua ayuda, del amor y del sa- crificio personal… no era una cuestión de sangre, de origen, de barrio, de religión o de op- ción política; era cuestión de solidaridad, de emergencia, de hermandad. Era cuestión de humanidad… Este lugar de muerte se transforma… en lugar de vida, de vidas sal- vadas, un canto… que la vi- da siempre está destinada a triunfar” (8). “… me llena de esperanza la oportunidad de asociarme a líderes que representan las muchas tradiciones reli- giosas que enriquecen la vi- da de esta gran ciudad… En las diferencias, en las discre- pancias, es posible vivir un mundo de paz. Frente a todo intento uniformizador es po- sible y necesario reunirnos desde las diferentes lenguas, culturas, religiones y alzar la voz a todo lo que quiera im- pedirlo. Juntos hoy somos invitados a decir ‘no’ a todo intento uniformante y decir ‘sí’ a una diferencia aceptada y reconciliada… para eso ne- cesitamos desterrar nuestros sentimientos de odio, de ven- ganza, de rencor… sólo posi- ble como un don del cielo… les propongo hacer un mo- mento de silencio y oración… pidamos el don de empeñar- nos por la causa de la paz… en nuestras familias, en nues- tras escuelas, en nuestras co- munidades… en esos lugares donde la guerra parece no te- ner fin… en esos rostros que lo único que han conocido es el dolor… en este mundo vas- to que Dios nos lo ha dado como casa de todos y para to- dos. Tan sólo PAZ. Oremos en silencio, Así la vida de nues- tros seres queridos no será una vida que quedará en el ol- vido, sino que se hará presen- te cada vez que luchemos por ser profetas de la construc- ción, profetas de la reconci- liación, profetas de la paz” (8). Con representantes sociales y políticos Tiene palabras de saludo y reco- nocimiento a la labor invisible de trabajadores de la ONU, de volun- tarios y organizadores del encuen- tro de las familias. Es sumamente accesible a los periodistas a quie- nes reconoce su labor y permite le pregunten… lo que sea. “… con el corazón lleno de gra- titud y esperanza… a la Ar- quidiócesis, a las autoridades civiles, a los organizadores y a los muchos voluntarios y bien- hechores… a las familias que han compartido su testimo- nio… fue especialmente emo- tivo la canonización de san Junípero Serra… [y] la visita… a la Zona Cero, lugar que nos habla de la fuerza del mal… que no tiene la última pala- bra… Señor vicepresidente, le pido que reitere al Presiden- te Obama y a los miembros
199 La Cuestión Social Año 25, n. 2 del Congreso mi gratitud… Esta tierra ha sido bendeci- da con grandes dones y opor- tunidades. Ruego… para que ustedes sean administrado- res buenos y generosos… doy gracias por… ser testigo de la fe del Pueblo de Dios en es- te país… Ahora… les pido a todos… que… seamos capa- ces de dar gratuitamente a los demás… ¡Que dios bendiga a América!” (3,3). “Con ocasión de mi visita a las Naciones Unidas, me ale- gro de poder saludarles a us- tedes… que son… la columna vertebral de esta Organiza- ción… La mayor parte del trabajo… no aparece en las noticias. Entre bastidores sus esfuerzos cotidianos hacen posible muchas de las inicia- tivas diplomáticas, culturales, económicas y políticas de las Naciones Unidas… Su trabajo silencioso y fiel no sólo revier- te en beneficio de las Nacio- nes Unidas. También tiene gran importancia para uste- des personalmente. Puesto que nuestra forma de traba- jar manifiesta nuestra digni- dad y la clase de persona que somos… forman un micro- cosmos de los pueblos que esta Organización represen- ta e intenta servir… les pido a cada uno de ustedes… que se cuiden unos a otros. Que es- tén cerca unos de otros, que se respeten… encarnen entre ustedes el ideal… de ser una familia humana unida… tra- bajando no sólo para la paz sino en paz… no sólo por la justicia sino con un espíritu de justicia” (3,2). En relación a las personalidades políticas, Francisco saluda a los pre- sidentes de Cuba y Estados Unidos, siempre haciendo referencia a algo positivo que llevan adelante… En to- dos los casos apoya sus argumentos en la historia, los personajes y car- tas fundacionales de los organis- mos que visita. De ese modo evita la condena directa, como quien habla desde una verdad absoluta y prin- cipal y hace pie en lo que pertenece a los otros como propio y como te- soro. En Cuba cita frecuentemente a Martí para instar a la unidad y para cimentar el nuevo estilo de relación. En el Congreso despliega los testi- monios de cuatro norteamericanos célebres y sus propuestas: dos co- nocidos por todos, como Lincoln y Martin Luther King, y dos conocidos en el mundo católico, como Dorothy Day y Thomas Merton. En Filadel- fia hace uso de la Declaración de la Independencia. Y en la ONU de la Carta de la Organización. De ese mo- do pedirá mayor libertad y respeto por todos los habitantes, anular to- da forma de exclusión, preocuparse por los pobres —y no naturalizar su condición— y por los conflic- tos… pero basándose en los textos y las acciones de personas propias y queridas por los habitantes del país. Transcribimos cuatro pequeños pá- rrafos en los que puede verse ese inicio de reconocimiento antes de pasar a los reclamos. “Cuba es un archipiélago que mira hacia todos los ca-
200 La Cuestión Social Año 25, n. 2 minos con un valor extraor- dinario como “llave” entre el norte y el sur, entre el este y el oeste. Su vocación natural es ser punto de encuentro para que todos los pueblos se reúnan en amistad, como soñó José Martí [lo cita]… el proceso de normalización de las relaciones entre dos pueblos, tras años de dis- tanciamiento… es un signo de la victoria de la cultura del encuentro… ‘por sobre el sistema, muerto para siem- pre, de dinastía y de grupos’ [Martí]” (2,1). 5 “Una Nación es considera- da grande cuando defiende la libertad, como hizo Abra- ham Lincoln; cuando gene- ra una cultura que permita a sus hombres ‘soñar’ con plenitud de derechos para sus hermanos y hermanas, como intentó hacer Mar- tin Luther King; cuando lu- cha por la justicia y la causa de los oprimidos, como hi- zo Dorothy Day en su ince- sante trabajo; siendo fruto de una fe que se hace diálo- go y siembra la paz, al estilo contemplativo de Merton… Tres hijos y una hija de es- ta tierra, cuatro personas, 5 Puede notarse la diferencia entre este modo de acceder al otro/a y a sus cues- tiones y el análisis que en 1998 hicie- ra como Cardenal Jorge Bergoglio a la visita de Juan Pablo II a Cuba, donde la categoría de la verdad es decisiva. Y, aunque menciona la verdad del pueblo cubano, el acento está puesto en la ver- dad de la fe y la que como Iglesia apor- tan decisiva y trascendentemente. cuatro sueños: Abraham Lincoln, la libertad; Martin Luther King, una libertad que se vive en la pluralidad y la no exclusión; Dorothy Day, la justicia social y los derechos de las personas; y Thomas Merton, la capaci- dad de diálogo y la apertura a Dios” (2,3). “La Declaración de la Inde- pendencia proclamó que todos los hombres y mu- jeres fueron creados igua- les; que están dotados por su Creador de ciertos de- rechos inalienables y que los gobiernos existen pa- ra proteger y defender esos derechos… la historia de es- ta nación es… la de un es- fuerzo constante, que dura hasta nuestros días, pa- ra encarnar esos elevados principios en la vida social y política… las grandes luchas que llevaron a la abolición de la esclavitud, la exten- sión del derecho al voto, el crecimiento del movimien- to obrero y el esfuerzo gra- dual para eliminar todo tipo de racismo… cuando un país está determinado a perma- necer fiel a sus principios, a esos principios fundaciona- les basados en el respeto a la dignidad humana, se for- talece y se renueva” (5,3). “La historia de la comunidad organizada de los Estados… que festeja… su 70 aniver- sario, es una historia de im- portantes éxitos comunes…
201 La Cuestión Social Año 25, n. 2 la codificación y el desarro- llo del derecho internacio- nal, la construcción de la normativa internacional de derechos humanos, el per- feccionamiento del derecho humanitario, la solución de muchos conflictos y opera- ciones de paz y reconcilia- ción… Es cierto que aún son muchos los graves proble- mas no resueltos, pero… si hubiera faltado toda esa ac- tividad internacional, la hu- manidad podría no haber sobrevivido al uso descon- trolado de sus propias po- tencialidades. Cada uno de estos progresos políticos, jurídicos y técnicos son un camino de concreción del ideal de la fraternidad hu- mana y un medio para su mayor realización” (2,4). En el Congreso de los Estados Unidos insistirá en la necesidad de ampliar el reconocimiento de los inmigrantes y sus derechos y pedi- rá la abolición de la pena de muerte y el cese de venta de armas. En una respuesta a un periodista incluirá también la necesidad de abolir la cadena perpetua, especie de muer- te diferida. Estas tesis se apoyan en la sacralidad de la vida pero, tam- bién, en la afirmación que hiciera a los presos de la expectativa de cambio y reinserción como la úni- ca debida y querida por Dios. “Es mi deber construir puen- tes y ayudar lo más posible a que todos los hombres y mu- jeres puedan hacerlo. Cuan- do países que han estado en conflicto retoman el camino del diálogo… se abren nue- vos horizontes para todos… requiere coraje, audacia [sin] falta de responsabilidad. Un buen político es aquél… con un espíritu abierto y prag- mático. Un buen político opta siempre por generar procesos más que por ocu- par espacios” (2,3). “… ser un agente de diálogo y de paz significa estar ver- daderamente determinado a atenuar y… a acabar con los muchos conflictos ar- mados que afligen nuestro mundo… ¿por qué las armas letales son vendidas a aque- llos que pretenden infligir un sufrimiento indecible so- bre los individuos y la socie- dad?... es simplemente por dinero: un dinero impreg- nado de sangre y muchas veces de sangre inocente. Frene al silencio vergonzo- so y cómplice, es nuestro deber afrontar el problema y acabar con el tráfico de ar- mas” (2,3). En la ONU insistirá con el cui- dado del planeta y el vínculo que tiene con la pobreza. Pobreza de la que a veces es responsable el organismo si propone a los países planes que la producen. Insistirá sobre la necesidad de lograr la paz en los múltiples lugares donde la muerte y la destrucción constru- yen lo que llama la tercera guerra mundial. Pedirá asimismo que las medidas económicas no suman a
202 La Cuestión Social Año 25, n. 2 los países en dependencias y crisis, sino que los auxilien. “El mundo necesita recon- ciliación en esta atmósfera de tercera guerra mundial por etapas que estamos vi- viendo” (2,1). “No bastan… los compro- misos asumidos, solemne- mente [es] necesaria una voluntad constante y perpe- tua… El mundo reclama de todos los gobernantes una voluntad efectiva, práctica, constante, de pasos concre- tos y medidas inmediatas, para preservar y mejorar el ambiente natural y vencer cuanto antes el fenómeno de la exclusión social y eco- nómica, con sus tristes con- secuencias de trata de seres humanos, comercio de órga- nos y tejidos humanos, ex- plotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo, inclu- yendo la prostitución, trá- fico de drogas y de armas, terrorismo y crimen inter- nacional organizado. Es tal la magnitud… que hemos de evitar… caer en un no- minalismo declaracionis- ta con efecto tranquilizador en las conciencias. Debemos cuidar que nuestras insti- tuciones sean realmente efectivas en la lucha contra todos estos flagelos [evitan- do] un doble peligro: limi- tarse al ejercicio burocrático de redactar largas enumera- ciones de buenos propósi- tos… o creer que una única solución teórica y apriorís- tica dará respuesta a todos los desafíos” (2,4). “Sin el reconocimiento de unos límites éticos… el ideal de ‘salvar a las futuras ge- neraciones del flagelo de la guerra’ y de ‘promover el progreso social y un más elevado nivel de vida en una más amplia libertad’… corre el riesgo de convertirse en un espejismo inalcanzable o… en palabras vacías que sirven de excusa para cual- quier abuso y corrupción o para promover una coloni- zación ideológica” (2,4). En Filadelfia reclamará terminar con toda forma de exclusión. “Con demasiada frecuen- cia, los más necesitados… no son escuchados. Ustedes son su voz y muchos de us- tedes… han hecho que su grito sea escuchado. Con es- te testimonio, que frecuente- mente encuentra una fuerte resistencia, recuerdan a la democracia norteamericana los ideales que la fundaron y que la sociedad se debilita… en donde cualquier injusticia prevalece” (4,3). Novedades de estilo discursivo El lenguaje es directo, sencillo, lle- no de figuras y experiencias muy a la mano de cualquiera. Es un len- guaje de identificación y de humil- dad: pide perdón por estar sentado
203 La Cuestión Social Año 25, n. 2 cuando los jóvenes permanecen parados, pide perdón por hablar en castellano porque no sabe inglés. En muchas ocasiones insiste sobre la necesidad reconocer las perso- nas, los rostros, las comunidades concretas de las que se trata y reco- nocerlos no como víctimas objeto de nuestras acciones solidarias, si- no como sujetos capaces y respon- sables de la construcción de su vida. Una muestra: “… más allá de los planes y programas hay mujeres y hombres concretos, iguales a los gobernantes, que vi- ven, luchan y sufren y que muchas veces se ven obliga- dos a vivir miserablemen- te privados de cualquier derecho… para que pue- dan escapar de la pobreza extrema hay que permitir- les ser dignos actores de su propio destino. El desarro- llo humano integral y el ple- no ejercicio de la dignidad humana no pueden ser im- puestos. Deben ser identi- ficados y desplegados por cada uno, por cada familia en comunión con amigos, comunidades, aldeas, muni- cipios, escuelas, empresas, sindicatos, provincias, na- ciones” (2,4). Usa metáforas simples y comu- nes: la luz, el fuego, el almacén de barrio vs el shopping center —pa- ra hablar de los cambios en las familias—, el agua… Incluye bro- mas, como cuando dice que los malos ecónomos en la Iglesia son una bendición de Dios, porque la liberan y aligeran. Citas como la de Martín Fierro. Y expresio- nes locales argentinas como la de “arrugar”. Cuando en Filadelfia se refiere a la globalización distingue entre la esférica y la que respeta las diferencias porque tiene forma de poliedro. Entre el enorme ma- terial destacamos una referencia a la memoria y la esperanza y una referencia a los muros. “… la esperanza es audaz… Pero la realidad de mi debi- lidad y de mis pocas fuerzas es muy fuerte… Mejor con- formarse con poco… la des- ilusión… la resignación [y en el extremo caer en] una especie de cinismo que no quiere escuchar el grito de justicia, de verdad y de hu- manidad que se alza a nues- tro alrededor y en nuestro interior… La esperanza es un camino hecho de me- moria y discernimiento. Es la virtud del que está en ca- mino… un camino acompa- ñado… El mundo necesita de esta cultura del encuen- tro… un camino solidario… No tengan miedo a… dar la mano al otro para que na- die se quede fuera del cami- no” (1,2). “Todos, todos los muros se derrumban: hoy, mañana o dentro de 100 años. Pero to- dos se derrumbarán. No es una solución… Europa se en- cuentra en dificultad: es ver- dad… porque viene toda esa
204 La Cuestión Social Año 25, n. 2 oleada migratoria y no es fá- cil encontrar soluciones. Pe- ro… deben encontrarlas. Los muros nunca son una solu- ción; en cambio, los puen- tes, sí… las barreras… duran poco tiempo, mucho tiempo pero no son una solución. El problema persiste… con más odio” (1,2). Pero lo que más impresiona es su capacidad de escucha. Ya los fundamentos locales —por llamar- los así— que usa para dar peso a sus argumentos, suponen de algún modo una escucha previa y atenta a la producción y a la historia de aquellos a los que iba a visitar. Pero en una Misa abandona su homilía para predicar con base en lo que un obispo y una religiosa han di- cho, a quienes llama profetas que debe escuchar y pensar a partir de sus profecías. Del mismo mo- do, cuando se dirige a los jóvenes en Cuba, lo hace respondiendo a lo que dijera el joven que habló pri- mero y utilizando sus ideas. Gusta usar los términos y los testimonios de quienes hablaron antes que él. Sin ser absolutamente novedosas todas estas afirmaciones, actitudes de relación y estilos de dirigirse, sí son verdaderamente nuevas y afir- man y cumplen una serie de tesis ya conocidas, pero no verificadas: la dignidad absoluta, la fraternidad uni- versal, la bondad de la naturaleza, los derechos de todos, la parcialidad de su origen, de su lengua, de su conoci- miento, el amor de Dios que todo lo precede y la centralidad de Jesús para nuestra definición interior. 3. El contexto Pero lo verdaderamente nuevo, a mi parecer, es el contexto de re- cepción en el que se producen és- tos y otros discursos, éstas y otras actividades semejantes. El “fenómeno Francisco”, como se ha dado en llamar, es una explosiva atención, escucha y acogida de sus palabras como no tenemos memo- ria respecto de otro pontífice roma- no. Juan Pablo II fue popular, sobre todo al principio de su papado, y tu- vo gestos y decisiones importantes; como por ejemplo, para citar sólo al- guna, la venida a la Argentina antes de su visita programada a Inglaterra con quien entraríamos rápidamente en guerra, la convocatoria a una me- moria y pedido de perdón al inicio del milenio, la absolución de Galileo y el arrepentimiento público por la confesión contra los protestantes… Pero no tuvo ni por asomo la cerca- nía y presencia que tiene Francisco. A Francisco se lo cita, se escribe so- bre él, hasta dos películas muestran ya su vida… Más allá de lo novedoso o reitera- do de sus temas, lo cierto es que esas palabras nuevas o conocidas tienen un peso y una incidencia absoluta- mente insólita. Pongo por ejemplo la distinta suerte que tuvo un do- cumento, a mi juicio luminoso, de Pablo VI. En mayo del ‘71 publicó Oc- togesima Adveniens, donde reconoce en el mundo dos orientaciones po- líticas inaceptables en sus extremos (el marxismo en la izquierda y el li- beralismo en la derecha), pero que defienden un auténtico valor: la jus-
205 La Cuestión Social Año 25, n. 2 ticia y la libertad, respectivamente. Señala la obligación de compromiso político en cualquiera de esas ten- dencias (evitando el extremo conde- nado), pero asumiendo la obligación cristiana de recordar en su grupo el valor que se olvida: la libertad en- tre los de izquierda y la justicia entre los de derecha. Si al inicio de los 70’s esta palabra papal hubiera tenido la recepción que hoy tienen las de Francisco, quizá, al menos parcial- mente, otra hubiera sido la historia. La “recepción Francisco” mues- tra abusos y desviaciones, sin du- da, pero abre una novedad a mi juicio absoluta al hacer de su dis- curso algo escuchado y repetido. Algunas de sus frases pasan a ser lemas, como “las tres T” (tierra, te- cho y trabajo), la “casa común”, la recomendación de “hagan lío” a los jóvenes y tantas otras. En síntesis, me parece que lo no- vedoso del discurso Francisco es el eco por el que se multiplica y re- pite con una eficacia que todavía está por verse, pero que va tenien- do algunos ejemplos asombrosos: actitudes respecto de la alegría y del Evangelio de un Dios amoro- so en actores que no parecieran a priori compartir ese estilo. El llan- to del Presidente del Congreso de Estados Unidos. Y las réplicas e indignación de algunos represen- tantes de la economía, de la políti- ca o incluso del poder en la Iglesia católica, que son muestra de que lo que dice no se ha escuchado só- lo formalmente y con posibilidad de repetirlo “sin problema”, sino que ha sido apreciado en su justa —y peligrosa— medida y por eso contestado claramente. Este testi- monio de peligrosidad argumenta a nuestro favor. 4. Algunas demandas Entiendo que todo lo dicho me permite hacer algunas demandas al Papa Francisco, en el doble título de cristiana que todavía se reconoce parte del catolicismo y de persona de este mundo y de esta historia que espera el bien —el Reino, en térmi- nos cristianos— para la humanidad y para el planeta. Por cierto, esto ex- cede el marco del trabajo y de la pu- blicación que los refiere a este viaje en particular y a la prédica a la que dio lugar. Pero lo hago precisamente apoyándome en el estilo y las mani- festaciones de Francisco que provo- ca y escucha. Provoca comentarios, pero también demandas y hasta quejas. Y las escucha. Entonces, algunas apuestas a prolongar el diálogo. En primer lugar, es preciso que se continúen las definiciones que afectan el rol de un cristiano y de una persona de bien, en los muchos temas abiertos, en relación a la eco- nomía, a la fraternidad, a la familia, a la pertenencia y al reconocimien- to de buenas intenciones y rectitud de acciones, aunque no coincidan con las prácticas habituales dentro de la Iglesia. Esta demanda se con- creta con la quinta, más abajo. En segundo lugar, es preciso profundizar las definiciones en torno al gobierno de la Iglesia, ha-
206 La Cuestión Social Año 25, n. 2 ciendo que la conducción colecti- va y la limitación del rol papal a su condición de obispo de Roma y de simple servidor de la unidad del colegio episcopal, sean una realidad cada vez mayor. Corrien- do lenta pero inexorablemente las imágenes imperiales que to- davía signan al papado. En tercer lugar, es preciso crecer hacia una concreción del discur- so, de modo que no se mantengan ambigüedades o generalidades que permitan convivir tranquilamente con el apoyo a lo que el Papa dice y el mantenimiento de las prácticas condenadas por él. Se trata de una tarea riesgosa y valiente: no am- pliando el rango de las condenas y excomuniones, pero reduciendo decididamente los niveles de abs- tracción en que pueden quedar las consignas. El objetivo es el de que nadie pudiera llamarse a confusión al respecto porque “no puede al- guien llamarse cristiano si…”. etc. En cuarto lugar —pero no en último, ciertamente—, el Papa Francisco adeuda palabras claras y públicas sobre su accionar du- rante la dictadura genocida en Ar- gentina. Hay una herida profunda que no va a sanar si no se llaman las cosas por su nombre y se pide perdón a las víctimas, al menos, por el pecado de omisión, sino de negligencia ingenua. En quinto lugar, Francisco podría regalarnos un interesante ejercicio y una saludable actitud. El ejercicio es el de hacer historia. Hacer his- toria concreta de las prohibiciones y formas de “no” que la Iglesia en general y los Papas en particular han protagonizado. Para hacer un listado histórico de las condenas y un listado parejo de cuando esas condenas pasan a olvidarse y has- ta a ser bendiciones en futuras ge- neraciones. Actividades médicas y quirúrgicas, por ejemplo —y pa- radigmáticamente, los derechos humanos—, 6 hacen un listado inte- resante de tesis y prácticas conde- nadas que luego se proponen como centrales y debidas. Ese ejercicio volvería más prudente y selecta la voz de las condenas mostrando los límites del conocimiento eclesiásti- co y papal y siendo paciente ante las novedades que producen esco- zor. La actitud, precisamente, tiene que ver con el ejercicio de distin- guir entre lo que me asusta y lo que me disgusta, respecto de lo que está mal en el grado que fuera. Una deu- da que los pastores en su función magisterial tienen es ésta en la que puedan reconocer que realidades chocantes y hasta profundamente repulsivas incluso, no tienen por qué ser necesariamente dañinas o perversas. Este gesto de humil- dad suprema, si fuera enseñado y solicitado a todos los responsables de “doctrina”, tendría el saludable efecto de compartir el disgusto pe- ro advertir sobre la necesidad de esperar, ver mejor y entender con más justicia. 6 Ver la interesante tesis doctoral de Marcelo Colombo: La protección de la intimidad (canon 220 CIC) y el examen psicológico en la admisión a la forma- ción sacerdotal. 1995, donde historia los vaivenes eclesiásticos respecto de los “derechos humanos”.
207 La Cuestión Social Año 25, n. 2 Por lo que ya sí y por lo que a lo mejor más: muchas gracias, Papa Francisco. CS * Profesora y licenciada en filosofía por la UCA. Formación de maestría en Ética Aplicada (UBA). Profesora titular ordinaria de Filosofía en la Universidad Nacional de Quilmes. Directora de proyectos de inves- tigación referidos a los derechos humanos en su relación con la ética, con los actores y realidades religiosas y con la educación. Ha fundado y dirigido un centro de derechos humanos, un programa y proyectos de extensión.
208 La Cuestión Social Año 25, n. 2 E l ser humano es un ser histó- rico. Un animal cualquiera es siempre el primer animal porque es, simplemente, un ser sin histo- ria. Hace exactamente lo mismo que todos sus antepasados. No tie- ne sentido de culpa y, por tanto, no se auto determina y sólo se trans- forma biológicamente. Sobre cada hombre y cada mujer, pesa la his- toria, la de sus antepasados, la de cada quién. Por eso, la vida de la humanidad como la de cada cria- tura singular es dramática. Se des- pliegan sobre el saber acumulado, sobre un conjunto de condiciona- mientos; pero, inmersas en la exis- tencia, comprueban y resienten el cambio y la necesidad, cuando no, la urgencia de responder a una nueva situación. Toynbee mostró con claridad que las civilizacio- nes se despliegan en un proceso de desafío y respuesta (challenge and response). Hoy como ayer, las crisis son connaturales a la huma- nidad y a cada existencia singular. Reaccionar sobre la circunstancia actual es salvar la crisis. Padecerla simplemente, en cambio, es per- derse en ella y sucumbir. La his- toria está llena de civilizaciones que se perdieron y desaparecie- ron para siempre, algunas de ellas de una gran riqueza. La vida nos muestra, en nuestro entorno, exis- tencias que se marchitaron tanto como otras que mantuvieron su vi- talidad casi hasta el último suspiro. Pasar revista a las civilizaciones, ha escrito Toynbee, nos pone fren- te a pueblos cuyo desarrollo se ini- cia con un cambio de condiciones geográficas o climáticas que con- trasta con su irrelevancia antes de que se produjesen esos cambios. Pienso que, asimismo, los exilios nos hablan de existencias grises en su tierra natal que se iluminan transterradas, de personas con un porvenir brillante que se apagan fuera del suelo originario. Y uno también se pregunta ¿qué hizo a los hombres y mujeres de las ci- vilizaciones americanas mexica e incaica asentarse en lugares tan in- hóspitos como las grandes alturas que eligieron teniendo, montañas abajo, ríos y praderas? Misterio entre muchos otros misterios. Pienso que la originalidad de la crisis contemporánea se finca en que cubre todo el mundo, y que hoy no hay mundos por descubrir. (Co- mo no sea por el espacio infinito). Pues bien, desde la perspectiva de la comunicación humana entra un poco de luz. En efecto: la psicóloga Eliane Amado Lévy-Valensi descri- be la sanidad de cualquier relación entre personas a través de un trián- gulo que denomina epistemológi- Un mundo en un frágil equilibrio Francisco Prieto*
209 La Cuestión Social Año 25, n. 2 co en su libro “La communication” (Flammarion, París,1967). En los extremos de la base del triángulo se lee, en uno, “yo”, en el otro, “tú” pero en el vértice del mismo leemos “la verdad”. Luego, la profesora desa- rrollará un pensamiento capital: una comunicación viva depende que las partes involucradas atiendan a va- lores comunes trascendentales. Se trataría de valores que las partes sir- ven incluso con el sacrificio de otros valores o inclinaciones particulares, lo que da sentido al sacrificio y aun a la renuncia, que pueden incluso, vol- verse gozosos. Esto se aplicaría tanto a comunidades como a una pareja. Una comunidad grande, digamos, en una nación como en un matrimonio se dan en el tiempo y, servir valores trascendentales implica concienciar un tiempo propio. En el prólogo al libro de la misma autora, “Le temps dans la vie psychologique” (Flam- marion, París,1964), Jean Lacroix co- menta: “…El mal del hombre es uno sólo y se manifiesta en la inasunción del tiempo. El remordimiento es lo que fija el tiempo sobre el instante desaparecido; tal es el peso del pa- sado detenido que puede conducir incluso al suicidio. Mientras que el arrepentirse, modificando el senti- do de la acción, la asume de nuevo, la vuelve a crear en cierto modo y la convierte realmente en una feliz culpa, en una falta bienaventurada. Todo mal se expresa por el desman- telamiento del tiempo interior. Por el contrario, el bien es la asunción del tiempo empleado para la liberación o redención”. Entonces, la conciencia de un pro- yecto o un camino a recorrer, perso- nal o colectivo, dependería de una decodificación de los significados del tiempo pasado. ¿Qué nos ha lle- vado al tiempo presente?, ¿qué he- mos hecho mal, qué bien? ¿De qué debemos arrepentirnos y asumir la culpa? ¿Qué acciones son nece- sarias para reencontrar un nuevo cauce a la existencia? He ahí un conjunto de tareas que no escapan al hombre común en lo que toca a sí mismo y a su entorno inmediato, pero que no se le pue- den pedir como miembro de una comunidad más vasta: la ciudad en la que vive, la nación a la que per- tenece la ciudad, la región en la que se encuentra la nación, la sociedad global. Antes del dominio de los medios de comunicación colecti- va y de las nuevas tecnologías, el hombre y la mujer del común eran educados por la familia, la iglesia a la que pertenecían, la escuela que transmitía una lectura del mundo a partir de una lectura oficial de la historia patria. Se parasitaba la existencia desde un determinado sistema de ideas y de creencias. Y lo preocupante es que asumir- se como persona, lo que implica una interpretación del pasado, del tiempo vivido para la construc- ción de un proyecto de vida, exige partir de una determinada con- cepción moral, de un sentido de la vida, exactamente igual que hacer una buena carrera en filosofía o en ciencias sociales, requiere de una cosmovisión o un sistema de pen- samiento regulador cuya posibili- dad debe proveer la universidad; nadie, por otra parte, revoluciona o transforma la escritura si no es a
210 La Cuestión Social Año 25, n. 2 partir de un dominio de la gramá- tica y de una preceptiva literaria. Pues bien, el problema crucial de la crisis última en que se en- cuentra el mundo contemporáneo se debe, a juicio mío, a una caren- cia de urdimbre de orden, esa que, en primera instancia, debe seguir al amor que generaría la familia y que debe convalidar una sociedad con un sistema claro de ideas y de creencias, justamente de lo que carecen los Estados aquí y ahora. Esta situación, que es la que carac- teriza a la posmodernidad, es la consecuencia del pasado inmedia- to, o sea, el que sigue a la segunda guerra mundial. Si analizamos las generaciones que actualmente tie- nen entre 30 y 45 años y entre 45 y 60 años, o sea, de hombres y muje- res nacidos entre 1956 y 1986 son todos herederos de un siglo esen- cialmente trágico. Me explico: Herederos de dos guerras mun- diales, de las guerras de Corea y de Vietnam, de las guerras llamadas de liberación en África de las que surgieron, a la postre, caudillos san- grientos e intolerantes, vivieron su adolescencia los más jóvenes caído el muro de Berlín, en pleno renaci- miento del terrorismo y de movi- mientos reivindicativos regionales y excluyentes, aparte de que cono- cieron la decadencia de la revolu- ción cubana y el fin de la esperanza que habían significado las corrien- tes de las más diversas vanguardias. Vieron la implantación del neo li- beralismo que condena a los seres humanos a vivir en la competencia más feroz, en sociedades despojadas de solidaridad; donde la caridad es, en el mejor de los casos, marginal. Un mundo sin justicia y sin caridad, donde en los países ricos habría que entender la sociedad llamada del bienestar como una que, en nombre de unos abstractos derechos huma- nos, reparte las migajas de la riqueza para mantener un cierto equilibrio social. Como hay mucha riqueza ge- nerada, hay una esperanza ilusoria de ser o de llegar a formar parte de los elegidos. En los países llama- dos en vía de desarrollo o pobres, el encanallamiento de la exclusión propicia movimientos migratorios masivos hacia las sociedades del pri- mer mundo. Y como si no fuera ya mucho, esas generaciones no vivie- ron las esperanzas que despertara en la grey católica el Concilio Ecu- ménico Vaticano II y conocieron, en cambio, el vaciamiento de los semi- narios, el escándalo de los clérigos pederastas, el fin de las ilusiones en la teología de la liberación, la emer- gencia de sacerdotes advenedizos a corrientes demasiado complacien- tes con el espíritu suave y blando de las posmodernidad; pero tam- bién, de otros ultramontanos, fun- damentalistas, cuyas vidas no dan testimonio de ese espíritu fraterno y misericordioso que sería el dis- tintivo del cristiano. En Europa el proceso avanzado de descristiani- zación ataca las señas de identidad, surgen movimientos reaccionarios –qué importante evocar aquí a Or- tega y Gasset: ser anti algo equivale a no ser y se trata, precisamente, de ser, y a Guizot que en su historia de la civilización europea afirma que Francia, aunque se podría aplicar a cualquiera de las naciones euro-
211 La Cuestión Social Año 25, n. 2 peas, o es cristiana o será nada-, y corren, paralelamente, movimien- tos centrados en una concepción un tanto confusa del ideal de los dere- chos humanos, lo que si bien sería un progreso tal como se plantea la cuestión, uno tiene, necesariamente, que abrigar algunas dudas que con- ducen a un escepticismo de fondo. Pero los seres humanos no pue- den vivir sólo de ideas y requieren de creencias. En un mundo despoja- do de Dios y de la esperanza de una revolución refundante, sin nexos re- lativos a valores trascendentes, sur- gen un sinfín de movimientos que se han ido volviendo absolutos: la ideo- logía de género, los feminismos, los abortistas, los animalistas, algunos movimientos ecologistas, los vege- tarianos y los veganos, los ateólo- gos o proselitistas del ateísmo, que anatemizan a quien no comparta sus puntos de vista. En este espíri- tu inquisitorial, han construido un denominador común y buscan, por los medios a su alcance, estigmatizar a quienes se oponen a ellos o, sim- plemente, sostienen puntos de vista contrarios. En el caso de los anima- listas, por ejemplo, no se trata de pro- piciar una corriente adversa y crítica de las corridas de toros sino de que se prohíban las corridas consideran- do a los aficionados sádicos, asesi- nos y aquejados de una diversidad de perversiones; ni siquiera se detie- nen ante nombres ilustres que a lo largo de algunos siglos han amado el arte de lidiar reses bravas, así Goya y Picasso en la pintura, Rousseau, Or- tega y Gasset, Savater en la Filosofía, Mauriac, Hemingway y Montherlant en la novela, los poetas García Lorca, Aleixandre, Gerardo Diego, Alí Chu- macero, los directores de cine Orson Welles y Francesco Rosi, los músicos Bizet, Moreno Torroba, Agustín Lara, Gilbert Bécaud… La lista sería inter- minable, pero para los animalistas no cuentan, son, categóricamente, anatema. Es curioso, por otra parte, reparar en que, aunque se milite en alguno de los movimientos mencio- nados de un modo preferente, casi todos los que participan de esos gru- pos se apoyarían uno a otros en un buen número de casos. Han venido elaborando un sistema de vasos co- municantes que han acabado por inhibir a quienes no piensan como ellos, llevándolos por pudor, temor, inseguridad a no manifestar lo que, en verdad, piensan. Se habla de ética de los animales, incluso de derechos de los animales –que no entende- rían de qué se trata- pero se favo- rece el aborto, se induce al suicidio asistido y a la eutanasia, se defiende el llamado amor libre pero también el contrasentido del matrimonio de personas del mismo sexo. En el fon- do se trata de no asumir límites, de vivir en guerra contra la naturaleza y de espaldas a la presencia inequívo- ca de la enfermedad y de la muerte. (Debo decir que no tengo nada en contra de las sociedades de convi- vencia de orden homosexual o lésbi- co en que los miembros de la pareja buscan protegerse jurídicamente; pero si afirmo que llamar a esas uniones matrimonio es un contra- sentido, es porque el objetivo funda- mental del matrimonio es proteger a los hijos aparte de consagrar pú- blicamente la relación y compartir la alegría de haberse unido con el pro- pósito de acompañarse a lo largo de
212 La Cuestión Social Año 25, n. 2 la vida en tanto que una pareja for- mada por personas del mismo sexo no puede procrear. He aquí un límite natural, pero uno de los motivos de la crisis contemporánea consiste en que el hombre y la mujer actuales no se construyen a partir de sus lími- tes. Con sabiduría la Iglesia católica ha establecido que el matrimonio es el único sacramento que se dan los cónyuges y si se establece un contra- to es, en consecuencia, sólo en bene- ficio de los hijos por venir). Así, sometidos los seres huma- nos a la inmanencia, se ha venido construyendo lo que el Papa Fran- cisco ha llamado la sociedad del descarte. Los grandes corporativos descartan a sus empleados, salvo excepciones, a una edad determi- nada habida cuenta de que “nadie es imprescindible”, las compañías de seguros, por su parte, fijan un límite más allá del cual las primas sólo las pueden pagar los que no necesitan de esas pólizas, compro- bamos también, que cada vez más jóvenes se desviven en el desem- pleo y que se ha desritualizado el acto de comer y el amor. Además, el hombre no es ya un construc- tor de su tiempo interior, vive es- pacializado o sea, sometido al aquí y ahora, pensando en la meta sin atender al camino y sus posibles sorpresas. Asistimos a un hecho social que debería aterrorizarnos: la corrupción planta raíces incluso en aquellos países que, Max We- ber dixit, por el temor de Dios mul- tiplicaron industria y progresos. Hoy el corrupto se multiplica en las antiguas naciones protestan- tes centradas en el trabajo y en la productividad y los grandes indus- triales pueden dejar sin trabajo a un pueblo entero, si es mejor ne- gocio viajar al mundo periférico. Lo que importa no son los seres humanos sino el costo-beneficio. Se pretende la industrialización de los campos y el fin de las socieda- des tradicionales y los hombres y las mujeres de los campos son ya consumidores de las novedades electrónicas. Sucede que sin Dios y sin esperanza de un hombre nuevo del mundo, del reino de la libertad, los seres humanos quedan someti- dos al poder y ya se sabe: El demonio del poder se traduce en el poder de la quimera. Quienes no alcanzan raciones suficientes de poder se rinden a los poderosos hasta ir perdiendo todo sentido de la dignidad. Los seres humanos son seducidos por el poder per se y el dinero, un modo de comprarlo, en tanto que la lujuria, en desenfre- no, torna la sociedad promiscua e indiferenciada. La vida es sólo, pa- ra muchos, acaso la mayoría, lucha por la vida, lo que da lugar a “win- ners” y “losers”, amos y esclavos. La persona cede el lugar al indi- viduo. Se acabaron aquellos hom- bres dialogantes con el Señor, por tanto, siempre en compañía que si no obtenían algo reencontraban su dignidad en la plegaria, que levan- taban los ojos al cielo y clamaban que habían luchado por obtener algo que, seguramente, por moti- vos para ellos insondables, el Crea- dor les había negado. El hombre sin fe, ¡ay!, no puede sino menos- preciarse, minusvalorarse, caer en la desesperación a la que conduce,
213 La Cuestión Social Año 25, n. 2 fatalmente, un universo del que se ha desterrado la Providencia. No tiene por qué extrañar que la de- presión, la antigua melancolía, se haya vuelto el padecimiento domi- nante ahora y aquí. Si todo esto es lo que se ha le- gado a los que tienen menos de treinta años, la herencia que han recibido de la historia, ¿dónde es- taría la esperanza? Antes de estas generaciones de los que ahora están entre los 30 y los 60 años, estaba viva y protago- nizaba la vida social, la familia, ese lugar donde uno no era un extra- ño, allí donde uno era aceptado y aun amado con sus virtudes y sus defectos, en cuyo seno el trabaja- dor hallaba refugio (Valerio Zurli- ni, en su versión cinematográfica de la Cronaca Familiare de Vasco Pratolini, pone en voz del narrador aquello de que el pobre no puede equivocarse en la elección de mu- jer). El hogar era, y lo fue durante siglos, el sitio donde se enseñaba a compartir, donde se aprendía lo que conocemos como solidaridad, la puerta abierta siempre al hijo pródigo y el punto de encuentro de tres generaciones. Se hablaba entonces del fuego del hogar. Hoy, sin embargo, se ha desatado tam- bién la guerra contra la familia o con lo que aún queda de la familia. Y lo grave es que en el recinto fa- miliar es donde los jóvenes expe- rimentarían el calor y la confianza básica para lidiar con la existencia, y también y, sobre todo, donde se daría el cultivo de la esfera priva- da. Pero hoy abundan los matri- monios rotos y el padre y la madre solitarios experimentan, en el me- jor de los casos, un sentido profun- do de culpa que les lleva a la sobre protección del hijo, por regla ge- neral de un hijo único. Así se van gestando rebeldes desamorados como suele suceder con todo aquel que no es confrontado. Quien no es confrontado siente que significa poco o nada para el otro, en este caso, el tutor. Se plantea también la aberración de una familia colec- tiva, donde todos fueran hijos de todos, como quien dice hijos de la inclusa olvidando los estudios que nos muestran la infelicidad y las tendencias depresivas que suelen padecer los críos de los orfanatos. San Agustín escribió que en el in- terior del hombre habita la verdad. Y ésta es una de las verdades ma- yores reveladas al ser humano si no la ha encontrado en sí mismo y por sí mismo. Hay una naturaleza humana que se revela en el silen- cio cuando hacemos en nosotros el desierto y esa naturaleza huma- na se nos muestra en la necesidad que, seres inteligentes, resentimos de hallar verdades que nos lleven a una verdad comprehensiva; en nuestra sensibilidad para distin- guir el bien del mal, nuestra exi- gencia radical de amar y de ser amados; y, finalmente, nuestro gusto por lo bello, ese impulso a transfigurar la realidad más pro- saica y cotidiana en significados luminosos. He aquí algo que han experimentado desde la noche de los tiempos, los hombres y las mu- jeres, más profundos que llenaron de sentido la realidad. Es el punto
214 La Cuestión Social Año 25, n. 2 de encuentro de los místicos ju- díos, cristianos, islámicos; hinduis- tas, budistas, animistas africanos… Desde el cultivo del interior se van manifestando los Trascendentales del Ser que nos hacen ver la uni- dad profunda entre todos los seres humanos, de cómo es infinitamen- te más lo que nos une que lo po- dría separarnos. Aquí se encuentra la base para la transformación de la realidad ingrata que padecemos, porque está visto que para que se genere Esperanza hay que partir de la Fe, o sea, de la preconsciencia de la Verdad, y que la Esperanza que surge de la Fe es la que mue- ve a la lucha por la fraternidad. ¿Y dónde, si no de la vivencia de la lucha por acrecentar el amor entre hombre y mujer y padres e hijos va a aprender el hombre las virtudes del compromiso y la entrega total a lo que se ama? El matrimonio como sacramen- to, como instancia para crecer en comunidad y la construcción de la amistad entre familias reunidas en una circunstancia común, es la piedra angular para decodificar los espejismos del poder hasta sentir en sí mismo las miserias que gene- ra la soberbia, o sea, la anulación sistemática del otro. Porque ya lo escribió Santo Tomás, el que tiene poder, busca más poder, el que di- nero, más dinero, el que ha pues- to su corazón en la lujuria querrá siempre más y de los modos más variados. Es absurdo porque es fal- so que aquel sobre quien pese una condición homosexual o lésbica – que en nada impide una vida as- cendente en dignidad- se diga que se trata de preferencias sexuales ya que, por hartazgo, las preferen- cias sexuales pueden conducir a formas objetivas de perversión co- mo el bestialismo y la pederastia. La condición humana habla de un yugo que puede ser suave o no, y no debe omitirse para, en su lugar, hablar de “preferencias”. Pero la construcción fraterna de la familia implica entrar por la puerta estrecha. No se facilita en un mundo en que todo es fuera, ex- terno y mostrenco. Una civilización centrada en el confort, en el consu- mo, en el tener, obstaculiza la edifi- cación del Reino. Si la lucha no se da desde el interior de cada quién, des- de su círculo de familia y de amista- des hasta generar una paz dichosa que contagie a los otros, nada podrá hacerse porque el mal ha infectado ya los andamiajes de este mundo. Y esta lucha al interior de cada quién, de cada familia tiene que partir de ese propósito que infunde el amor y que mueve a consagrar la unión como el principio y el fundamento de todo lo demás. Cuidar, en conse- cuencia, la vida privada tanto o más que la vida laboral es algo que de- ben privilegiar el hombre y la mu- jer contemporáneos para dar una vuelta de tuerca sobre lo que se nos presenta como un sino fatal. Pienso, empero, que la labor de las universidades es crucial para dar, finalmente, una respuesta po- sitiva a esta crisis radical si ellas, las universidades, retoman las hu- manidades, si forman a hombres y mujeres con un conocimiento pro- fundo de la historia y de las ma-
215 La Cuestión Social Año 25, n. 2 yores obras artísticas de Oriente y Occidente, todo lo que enaltece el Espíritu y cura de la ignorancia y de la ingenuidad que acaban pa- gándose a un precio muy alto que, hoy, puede ser el fin de todo lo que hemos construido en tanto huma- nidad. Esa formación humanística acabaría transformando la escue- la elemental, propiciando que se- res humanos cultos orienten a las grandes productoras audiovisua- les, a las editoriales, a los que sacan a la luz los productos que alimen- tan a las personas en su necesidad de ensanchamiento del alma. El Espíritu sopla si están puestas las condiciones para recibirlo y hoy tal parece que somos vistos por los poderosos como lo que quieren hacer de nosotros: máquinas eje- cutoras de un proyecto ajeno que cercena el interior del hombre, ahí donde espera la verdad. CS * Catedrático de Comunicación y Cul- tura en el ITESM, Ciudad de México. Comentarista en Grupo Radio Cen- tro del programa cultural Huellas de la Historia. Defensor de los derechos del televidente de canal 22. Escritor y novelista.
216 La Cuestión Social Año 25, n. 2 M e siento feliz por estar con ustedes para esta interven- ción en la apertura del Seminario Latinoamericano sobre Migración, Refugio y Trata de Personas y les traigo los saludos del Emmo. Card. Antonio María Vegliò, Presidente del Pontificio Consejo de la pasto- ral para los migrantes e itineran- tes. Su invitación, dirigida a nuestro Dicasterio, es motivada por la co- mún solicitud por la cuestión de las migraciones, que se volvió la rea- lidad estructural de nuestro tiem- po, “es un fenómeno que impresiona por sus grandes dimensiones, por los problemas sociales, económicos, políticos, culturales y religiosos que suscita, y por los dramáticos desa- fíos que plantea a las comunidades nacionales y a la comunidad inter- nacional”, como escribía Papa Be- nedicto XVI en la Encíclica “Caritas in Veritate”, en el n. 62. Recientemente, con la Declaración en conjunto, firmada en Lesbos el pasado 16 de abril de este año, el Papa Francisco, el Patriarca Barto- lomeo e Ieronymos dijeron que: “la opinión mundial no puede ignorar la colosal crisis humanitaria origi- nada por la propagación de la vio- lencia y del conflicto armado, por la persecución y el desplazamiento de minorías religiosas y étnicas, como también por despojar a familias de sus hogares, violando su dignidad humana, sus libertades y derechos humanos fundamentales. La trage- dia de la emigración y del desplaza- miento forzado afecta a millones de La crisis de la migración en el mundo. Desafíos Pastorales Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes Departamento de Justicia y Solidaridad del Celam Seminario Latinoamericano sobre Migración, Refugio y Trata de Personas (Tegucigalpa, 14 de septiembre de 2016) P. Gabriele Bentoglio* Excelencias, estimados amigos y amigas,
217 La Cuestión Social Año 25, n. 2 personas, y es fundamentalmente una crisis humanitaria, que requiere una respuesta de solidaridad, com- pasión, generosidad y un inmediato compromiso efectivo de recursos”. 1 Estas palabras denuncian una he- rida abierta en el costado de la hu- manidad, una herida que no para de crecer. La solicitud de la Iglesia por los prófugos, los refugiados y los mi- grantes por una parte fue, y perma- nece, una afirmación del derecho a la vida, a la paz, a la protección y a la asistencia; por otro, manifiesta una acción caritativa y solidaria. En efecto, la misión de la Iglesia se dirige según dos líneas funda- mentales: por un lado, socorre a cualquiera que se encuentre en ne- cesidad, mediante intervenciones de respuesta a las emergencias, con ayudas materiales y concretas; por otro, es atenta a salvaguardar el crecimiento de la fe, de la espe- ranza y de la caridad en las per- sonas que acogen el anuncio del Evangelio y lo proclama a quien todavía no lo conoce. Para la Iglesia, por lo tanto, la migración no es un simple fenó- meno social, sino un importante campo de compromiso para veri- ficar la fidelidad a su misión. De hecho, si las causas de las migra- ciones son varias, siempre, sin embargo, es la persona humana a 1 El texto se puede leer en el sitio web de la Santa Sede, en el siguiente link: http://w2.vatican.va/content/fran- cesco/es/events/event.dir.html/con- tent/vaticanevents/es/2016/4/16/ lesvos-dichiarazionecongiunta.html ser envuelta en todos sus compo- nentes existenciales. Con esta intervención, me fue pe- dido que pusiera a la luz los desafíos pastorales provocados por la crisis de las migraciones a nivel mundial. 1. Respeto a la persona humana En el mundo actual existen movi- mientos migratorios que correspon- den a la categoría de migraciones forzadas y otros de migraciones eco- nómicas y todos somos involucrados en ellos, si bien es cierto que es la Co- munidad internacional la que se ocu- pa de esto, poniendo en juego todos sus mecanismos de protección. La del migrante y del refugiado, en efecto, es una situación que se refiere a la con- dición jurídica del extranjero que vive en un Estado, pero específicamente afecta a los impedimentos, las leyes, las políticas y, en lo general, las actitu- des de los gobiernos que pueden limi- tar o impedir esa presencia. En estas situaciones, el tema de los derechos humanos se manifiesta en todas sus dimensiones y perfiles: desde aquella estructural de los derechos civiles y políticos hasta aquella más articulada y problemática relacionada a los dere- chos económicos, sociales y culturales. En un mundo globalizado, mien- tras cada vez más se registra una abertura de las fronteras a la di- mensión económica (capitales, co- mercio, servicios financieros...), aún aparecen restricciones, muros y ba- rreras que no ayudan a los procesos de desarrollo, crecimiento económi- co y estructural ni a una dimensión
218 La Cuestión Social Año 25, n. 2 humana tutelada. Es decir, no contri- buye a la solución de las causas del fenómeno de la movilidad humana en su perfil migratorio; grupos vul- nerables son obligados a dejar sus propias tierras por causa de las ne- gativas condiciones de vida, de liber- tad, de seguridad, de persecución y guerras o de las necesidades socio- económicas; es decir, por causa de una inestabilidad humanitaria. La Comunidad internacional re- conoce la existencia de un catálogo de derechos imprescriptibles (core rights) que cada Estado está obli- gado a reconocer en cada perso- na: estos son, prescindiendo de la falta de respeto de las normas de ingreso a un país, el derecho a la vida, a la salud, de no ser objeto de esclavitud, de no ser detenido arbi- trariamente y de no ser objeto de tratos inhumanos o degradantes. Todos, sin embargo, se encuen- tran en el llamado estándar mínimo aplicable a los distintos momentos de la situación de la persona mi- grante: ingreso al territorio de otro Estado, permanencia, integración laboral, pero también alejamiento o expulsión, constituyen el centro del estándar mínimo de protección las normas consuetudinarias, em- pezando por aquellas que tutelan los derechos fundamentales: es el caso del principio del non refoule- ment; es decir, el rechazo de la per- sona forzada a dejar su país por motivos de violencia que amenace su vida. En la base de todo esto, está la tutela de la dignidad de la perso- na humana. Incluso en la pastoral de la Iglesia, cuando se trata de las migraciones, encuentra lugar una justa reflexión sobre un conjunto de deberes y de derechos, prime- ro entre ellos, el derecho al despla- zamiento migratorio, 2 al mismo tiempo se corrobora el derecho de todo País de practicar una política migratoria que corresponda al bien común 3 nacional, pero también te- niendo cuenta del universal. Tam- bién es un derecho la decisión de no emigrar, para contribuir en el desarrollo del País de nacimiento 4 y “tener la posibilidad de realizar los propios derechos y exigencias legí- timas en el país de origen”. 5 Obvia- 2 “Ha de respetarse íntegramente también el derecho de cada hombre a conservar o cambiar su residencia dentro de los límites geográficos del país; más aún, es necesario que le sea lícito, cuando lo aconsejen justos motivos, emigrar a otros países y fijar allí su domicilio”: Juan XXIII, Pacem in Terris, n. 25: AAS LV, 1963, p. 263. Cfr. también Exsul Familia, n. 79; Gaudium et Spes, nn. 65 y 69; De Pasto- rali Migratorum Cura, n. 7; EMCC, n. 21. 3 EMCC, n. 29. 4 Cfr. Gaudium et Spes, n. 65; De Pastorali Migratorum Cura, n. 8; EMCC, n. 29. 5 Juan Pablo II, Discurso al IV Congre- so mundial de las migraciones (1998), Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1999, p. 9. En el marco de la Co- munidad internacional, los derechos le- gales para el migrante derivan de algunas condiciones esenciales: a. el derecho de salir del territorio de su propio Estado, es decir el principio que todo individuo es libre de de- jar cualquier país. Las previsiones de la normativa internacional son las del artículo 12 del Pacto sobre los derechos civiles y políticos que pone como limitación a la salida de su propio país las medidas de or-
219 La Cuestión Social Año 25, n. 2 mente, este proceso debería incluir, en su primer nivel, la necesidad de ayudar a los esfuerzos de los Países en vías de desarrollo, confirmando que: “el derecho primero del hombre es el de vivir en su propia patria”. 6 den público o la seguridad nacio- nal que, aunque en su generalidad, pueden volverse herramientas de discrecional limitación al ejercicio de los derechos. De la misma ma- nera estos principios están presen- tes en el artículo 2 del Protocolo n. 4 en la CEDU, en el artículo 22 de la Convención interamericana de los derechos del hombre y en el artículo 12 de la Carta africana de los dere- chos del hombre y de los pueblos; b. el derecho al ingreso en otro país, un as- pecto que presenta inmediatas restric- ciones relacionadas con el ejercicio de la soberanía que lleva a cada Estado a establecer las condiciones de ingreso, no teniendo el derecho internacional la capacidad de poner limitaciones a este ejercicio. Lo demuestra directa- mente la previsión del citado artículo 12 del Pacto que en el § 4 hace refe- rencia al derecho de un “ciudadano” de poder regresar a su país, no a un derecho de la “persona”; c. el derecho de circulación en el interior del Estado de llegada, en el caso de sali- da e ingreso llevados a cabo en el respe- to, como se ha dicho, de las normas y de los equilibrios adoptados por el Estado de ingreso. Cierto es que la referencia a la persona como titular de los derechos significa la aplicación de los derechos humanos en lo que se refiere a la esta- día o la permanencia en un territorio, independientemente de los vínculos de ciudadanía, y constituye la base de la atribución de los derechos humanos al migrante o, mejor dicho, del recono- cimiento de sus derechos. 6 Juan Pablo II, Discurso al IV Congre- so mundial de las migraciones (1998), Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1999, p. 9; EMCC, n. 29. Así se confirma que la solidaridad, la cooperación, la interdependencia internacional y la igual distribución de los bienes de la tierra son ele- mentos fundamentales para obrar en profundidad y de forma incisi- va, sobre todo, en las áreas de par- tida de los flujos migratorios, de tal manera que cesen aquellas des- compensaciones que inducen a las personas, de forma individual o co- lectiva a abandonar el propio am- biente natural y cultural. Por cuanto las migraciones puedan ser útiles o hasta necesarias para los Países ne- cesitados de mano de obra, es incon- testable que ocurra una política que busque prevenir el fenómeno mi- gratorio incentivando el desarrollo económico de los Países de origen de los flujos migratorios. En todos los casos, es necesario terminar, po- siblemente desde el nacimiento, las fugas de los prófugos y los éxodos provocados por la pobreza, por la violencia y por las persecuciones. 2. La Convención sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migrantes y de los miembros de sus familias En estos años del comienzo del tercer milenio, se ha registrado un aumento del número de migrantes, en el que a menudo las estadísti- cas incluyen también a los refugia- dos y a los desplazados. Los flujos migratorios están determinados por causas comunes de las distin- tas áreas continentales o geopolíti- cas: desde las catástrofes naturales, los conflictos o la pobreza hasta la
220 La Cuestión Social Año 25, n. 2 más amplia violación de los dere- chos fundamentales. Desgraciada- mente, todas estas causas impiden que sea garantizado el derecho a no emigrar y, por otra parte, ninguna persona puede ser forzada a per- manecer contra su propia voluntad en un país que limita su libertad y pone en riesgo su propia vida. Por ello, las naciones democráti- cas modernas, que se inspiran en la Carta de los derechos del hom- bre, en la libertad de emigrar debe- rían acompañar el derecho de asilo, para concederle a todos aquellos que son privados o impedidos en el ejercicio efectivo de las libertades. Teniendo en cuenta este amplio es- cenario mundial, desde el momento en que el número creciente de países, si no es que todos, están interesados en el fenómeno migratorio, resulta imprescindible la adopción de una posición multilateral por parte de los Estados. Se nota, de hecho, que no pocos países, en las áreas ma- yormente desarrolladas del mun- do, están actuando una progresiva política de cerrazón, cuando por el contrario, las naciones más pobres dan prueba de acogida, por ejem- plo: delante de la confrontación de los prófugos. Por fortuna, frente al aumento de migrantes y refugiados, el de- recho internacional ha dado una respuesta concerniente al trato de los extranjeros y aplicando las dis- posiciones de convenciones par- ticulares como la del estatus de refugiado o la de la condición de los apátridas. Sin embargo, una intervención específica ha sido llevada a cabo por las Naciones Unidas con la ela- boración de la Convención sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migrantes y de los miembros de sus familias, adoptada el 13 de diciembre de 1990 y en vigencia a partir del 1 de enero de 2003. 7 La limitada adhesión a esta Convención puede explicarse por falta de una “cultura del encuen- tro, de la acogida”, como denunció muchas veces el Papa Francisco. Se espera por ello, una adhesión más grande, responsablemente adop- tada, sobre todo, por los países, hasta hoy ausentes, que mayor- mente están envueltos en las cues- tiones migratorias, como áreas de proveniencia, de tránsito o de des- tino de los migrantes. 8 7 Todavía cuenta con pocas ratificaciones o adhesiones – de momento 48 – sobre todo procedentes de países en vías de desarrollo y que presentan problemas de emigración y no de inmigración. 8 En este contexto, el Mensaje de Bene- dicto XVI por ocasión de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado del 2007 afirmó que “La Iglesia anima la ratificación de los instrumentos le- gales internacionales propuestos para defender los derechos de los migran- tes, de los refugiados y de sus familias”: OR 264, 44.406 – 15.XI.2006, p. 5. Pa- pa Francisco, después, en su Mensaje para la misma celebración del 2014, recalcó que “La realidad de las migra- ciones, con las dimensiones que alcan- za en nuestra época de globalización, pide ser afrontada y gestionada de un modo nuevo, equitativo y eficaz, que exige en primer lugar una cooperación internacional y un espíritu de profun- da solidaridad y compasión. Es impor- tante la colaboración a varios niveles, con la adopción, por parte de todos, de los instrumentos normativos que
221 La Cuestión Social Año 25, n. 2 Es cierto que la finalidad a la que tiende la Convención, es que el mi- grante tenga los derechos fundamen- tales necesarios, como también, que tenga los derechos que deriven de su condición laboral, independiente- mente de su situación regular o irre- gular; en esta perspectiva encuentran fundamento, por ejemplo, el igual trato con los ciudadanos delante de las cortes de justicia y de los tribu- nales (art. 18) o la protección fren- te a la amenaza de alejamiento o de expulsión arbitraria con la previsión de que toda persona en tal situación, tenga derecho a ser escuchado por un juez y, por lo tanto, protegido de las decisiones ilegales o arbitrarias (art. 22). Como situación específica, además, se recuerda la prohibición de recurrir a expulsiones colectivas, imponiendo un examen caso por ca- so (art. 22.1), además de los deberes de los Estados interesados de coope- rar para adoptar, frente a situaciones irregulares, medidas conjuntas para estabilizar la acogida o estructurar le- galmente la repatriación (art. 67-68). Un segundo matiz muestra que esta Convención está caracterizada tutelen y promuevan a la persona hu- mana. El Papa Benedicto XVI trazó las coordenadas afirmando que: «Esta po- lítica hay que desarrollarla partiendo de una estrecha colaboración entre los países de procedencia y de destino de los emigrantes; ha de ir acompañada de adecuadas normativas internacio- nales capaces de armonizar los diver- sos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los derechos de las personas y de las familias emigrantes, así como las de las sociedades de destino» (Cart. enc. Caritas in veritate, 19 junio 2009, 62)”: People on the Move 119 (2013) p. 29. por una idea de fondo: los migran- tes deben poder beneficiarse de los derechos fundamentales, incluso si sus situaciones legales parecen inciertas o hasta irregulares, como prevé el art. 5.b., que considera mi- grantes también a aquellos que: “no tengan documentos o se encuentren en una situación irregular”. 3. Trata y tráfico de personas La situación que se ha deter- minado en los últimos años ha puesto en evidencia el fenóme- no de la inmigración irregular, a la que se une el contrabando de migrantes (smuggling), una activi- dad considerada desestabilizadora y no solamente por las situaciones internas de los Estados, sino tam- bién, por la dimensión jurídica in- ternacional que vuelve a despertar preocupaciones y atenciones liga- das al respeto de los derechos hu- manos. Son fenómenos internos, pero con causas transnacionales desde el punto de vista jurídico, económico y social como muestra el tráfico vinculado a las organiza- ciones criminales que eluden los controles estatales al ser estruc- turadas de modo deslocalizado o al operar sin un efectivo y posible control internacional. Una aclaración necesaria con- cierne al significado que el orde- namiento internacional reserva al contrabando de migrantes o trata de personas. En primer lugar, su- braya las diferencias respecto al tráfico de seres humanos o a la trata de esclavos. A diferencia del tráfico
222 La Cuestión Social Año 25, n. 2 de seres humanos, en el smuggling el migrante participa del comporta- miento antijurídico o de la conduc- ta fraudulenta y en ello, se apoya la atención de los Estados para prote- gerse de la inmigración irregular y no garantizar los derechos funda- mentales. Todo esto es en la teoría, ya que en la práctica es difícil hacer una distinción entre smuggling, tra- ffiking o threat: por ejemplo, para pagar el transporte ilícito, los clan- destinos se ven “obligados” a traba- jar para organizaciones criminales a las que pertenecen los traficantes, generalmente en condiciones veja- torias o de explotación. Se pasa, en- tonces, del smuggling al traffiking. El Protocolo contra el smu- ggling prevé, en caso de migran- tes víctimas de contrabando, que el Estado de llegada respete su privacidad, les informe acer- ca de las herramientas de tute- la judicial prevista, asegurando la relativa asistencia y ofrezca el necesario apoyo para una asis- tencia psicológica, física, social (art. 6) y, además, permita la per- manencia en base a criterios hu- manitarios (art. 7). En fin, puede considerarse el derecho del mar, codificado en la Convención de Montego Bay que obliga al Estado de bandera de los barcos utilizados para el contra- bando de migrantes a que actúen a favor de la seguridad en el mar (art. 94), o prevean el uso de la bandera (art. 99) además de las generales obligaciones de coope- ración interestatal. 4. La doctrina de la Iglesia no descuida ningún aspecto de las migraciones Que se trate de permanecer en el territorio de origen o de emigrar, sobre el tema de la promoción y de la tutela de la persona, con parti- cular solicitud en el ámbito pasto- ral, la Iglesia está continuamente comprometida en varios niveles para enfrentar a los numerosos desafíos que se le presentan delan- te. Iniciativas específicas y mensa- jes del Santo Padre, actividades de sensibilización de los Organismos internacionales y de los gobiernos de los países de origen, de tránsito y de acogida de los migrantes, de- linean la estrategia de la Iglesia, a partir de la centralidad y de la sa- cralidad de la persona humana, so- bretodo, en caso de vulnerabilidad y marginalización. 9 Por esta razón, la Iglesia es extremadamente aten- ta a la acogida y al acompañamien- to de todos los migrantes, y esto de manera especial, cuando, junto con los flujos migratorios regulares, se registran también los irregulares, que no raramente son víctimas de explotación y de abuso. La presen- cia, luego, de malvivientes sin es- crúpulos, que especulan sobre las tragedias de las personas y favo- recen el tráfico de seres humanos, alimenta la xenofobia y provoca, a veces, expresiones de racismo. Por ello, el Magisterio insiste en la urgencia de ejercitar un severo 9 Véase, por ejemplo, el Mensaje Ponti- ficio para la Jornada Mundial de la Paz “La persona humana, cuore della pace”: OR 146, 44.429 – 13.12.2006, pp. 4-5.
223 La Cuestión Social Año 25, n. 2 control y poner en acto medidas eficaces de contraste en las con- frontaciones de aquellos que trafi- can seres humanos. Todas las formas de tráfico de- ben ser condenadas: tanto la que se fundamenta en la amenaza, en la coacción o en el fraude; cuanto el tráfico de personas que ya viven en condiciones de esclavitud y la de personas que, aparentemente conscientes, de hecho son víctimas de estafas con el fin de explotación, ya sea en el ámbito laboral o sexual. De todas maneras, ocurre una posición igual también hacia los migrantes irregulares, que corren el riesgo de verse negados hasta sus derechos fundamentales inhe- rentes en la dignidad de la misma persona. Algunas veces, de hecho, inmigración y criminalidad fue- ron conjugadas como equivalentes por parte de algunos Gobiernos y/u hombres políticos. Es nece- sario, al contrario, tener en cuen- ta que los migrantes irregulares, con número siempre creciente de mujeres y menores, viven en con- diciones muy peligrosas y a veces deshumanas. Cuando los Gobier- nos ponen en acto –y es el caso de hoy– formas legales restrictivas en la reglamentación de los flujos migratorios, eso, de hecho, afectan también a aquellos que mayor- mente tienen necesidad de protec- ción y están en busca de soluciones para la miseria y la injusticia social de sus países de origen. En todos los casos, la solicitud pastoral de la Iglesia se manifiesta, sobretodo, dando voz a quien no puede hacerse escuchar. En el ám- bito de las migraciones, la acción pastoral de la Iglesia no puede des- cuidar algunas tareas importantes, entre las cuales podemos enumerar las siguientes: confirmar que el de- recho de los Estados en la gestión de la emigración debe prever medidas claras y factibles de ingresos regula- res en el país; que los Estados tienen la tarea de vigilar sobre el merca- do del trabajo para obstaculizar a aquellos que explotan a los trabaja- dores migrantes; que sean puestas en acto medidas de integración co- tidiana; que sean contrastados com- portamientos de xenofobia y que sean promovidas aquellas formas de convivencia social, cultural y reli- giosa que toda sociedad plural exige. Y cuando el Estado debe ejercitar su deber-derecho de garantizar la lega- lidad, reprimiendo la criminalidad y la delincuencia y gestionando las situaciones irregulares de las perso- nas; lo debe hacer siempre en el res- peto de la dignidad de la persona, de los derechos humanos y de acuerdo a las convenciones internacionales. 5. La pastoral de la Iglesia está atenta a favorecer los procesos de integración Se trata, luego, de una impostación sensible a una cuestión de notable relevo; es decir, que el difícil concep- to de integración en las sociedades de acogida de los migrantes, no de- be coincidir con el proceso de asi- milación, pero pone en evidencia el encuentro y el intercambio cultural legítimo. En práctica, la solicitud
224 La Cuestión Social Año 25, n. 2 pastoral de la Iglesia promueve la creación de sociedades inter-cultu- rales, capaces de intercambiar los valores, además del multiculturalis- mo, que se puede contentar de una mera yuxtaposición de las culturas. 10 Así, por lo tanto, la acción pasto- ral de la Iglesia hoy se encuentra de frente al desafío de prever, so- bre todo, “la actividad de asisten- cia o «primera acogida» (por ej., las «casas de los emigrantes», especial- mente en los países de tránsito hacia los países receptores), para respon- der a las emergencias que conlleva el movimiento migratorio: comedo- res, dormitorios, consultorios, ayuda económica, centros de escucha”. 11 Pero esto, no es suficiente para expresar la auténtica vocación al ágape cristiano, por el hecho de que puede ser confundido con la simple filantropía. Por ello, es importante prever un horizonte más amplio, con “intervenciones de acogida pro- piamente dicha, para lograr una progresiva integración y autosufi- ciencia del extranjero inmigrante”. 12 10 Los temas de este importante capítulo de la pastoral de la movilidad humana fueron profundizados y publicados en Pontificio Consejo de la Pastoral pa- ra los Migrantes y los Itinerantes (ed.), Migranti e pastorale d’accoglienza, (Quaderni Universitari Parte II), Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2006. Ver también G. Bentoglio (ed.), Sfide alla Chiesa in cammino. Strutture di pastorale migratoria, (Quaderni SIMI 8), Urbaniana University Press, Ciudad del Vaticano 2010. 11 EMCC, n. 43. 12 Ibidem. Todo aquello, en definitiva, de- clina cuando Benedicto XVI de forma sintética afirmó que: “la Iglesia (...) ofrece, en varias de sus Instituciones y Asociaciones, aque- lla advocacy que se hace cada vez más necesaria. Se han abierto, pa- ra tal fin, centros de escucha para migrantes, casas para su acogi- da, oficinas de servicios para las personas y las familias, y se han puesto en marcha otras iniciati- vas para satisfacer las crecientes exigencias en este campo”. 13 Papa Francisco, en la Encíclica Laudato si’, retomó estos temas, sobretodo poniendo en relieve que los cambios climáticos y los nuevos sistemas de producción son desti- nados a tener siempre más reper- cusiones sobre el fenómeno de las migraciones, impidiendo a los más pobres de permanecer en sus te- rritorios de origen y obligándolos a buscar otros espacios más idó- neos para vivir: “Es trágico – escri- be Papa Francisco – el aumento de los migrantes huyendo de la mise- ria empeorada por la degradación ambiental, que no son reconocidos como refugiados en las convencio- nes internacionales y llevan el peso de sus vidas abandonadas sin algu- na protección normativa”. 14 Luego, retomando a Benedicto XVI, tam- bién el Papa Francisco recomen- dó la presencia de una “Autoridad política mundial” para garantizar 13 Benedicto XVI, “Messaggio per la Gior- nata Mondiale del Migrante e del Rifu- giato 2007”: OR 264, 15.XI.2006, p. 5. 14 Francisco, Carta Enciclica Laudato si’, Tipografia Vaticana, Ciudad del Vati- cano 2015, n. 25 e n. 134.
225 La Cuestión Social Año 25, n. 2 la protección del ambiente y para reglamentar los flujos migratorios: En esta perspectiva, la diplomacia adquiere una importancia inédita en orden a promover estrategias in- ternacionales que se anticipen a los problemas más graves que terminan afectando a todos”. 15 6. El paso hacia nuevas adquisiciones La madurez de una visión ecle- sial y pastoral, en el contexto de las migraciones fue gradual. Bre- vemente, recordamos que el Ma- gisterio de la Iglesia codificó su compromiso a partir de la intui- ción profética de Pío XII, que se expresó en la Constitución Apos- tólica Exsul Familia, 16 de 1952, hasta hoy considerada la mag- na charta del pensamiento de la Iglesia sobre las migraciones. Pablo VI, luego, en continuación y aplicando las enseñanzas del Conci- lio Ecuménico Vaticano II, en 1969 emanó el Motu propio Pastoralis migratorum cura, 17 promulgando la Instrucción de la Congregación para los Obispos Nemo est (deno- minada también De pastorali mi- gratorum cura). 18 En 1978, realizó en seguida –elaborada por la Pon- tificia Comisión para la Pastoral de las Migraciones y del Turismo– la Carta circular a las Conferencias Episcopales Iglesia y movilidad humana. 19 En 2004, el Pontificio 15 Idem, n. 175. 16 AAS XLIV, 1952, pp. 649-704. 17 AAS LXI, 1969, pp. 601-603. 18 AAS LXI, 1969, pp. 614-643. 19 AAS LXX, 1978, pp. 357-378. Consejo de la Pastoral para los Mi- grantes y los Itinerantes publicó la Instrucción Erga migrantes ca- ritas Christi (EMCC), entendiendo actualizar los pronunciamientos precedentes del Magisterio. En fin, entre otros documentos, vale la pe- na mencionar el publicado en 2013 y que tiene como título Acoger a Cristo en los desplazados forzosos. 20 Muchas referencias, de cualquier manera, se encuentran en las Encí- clicas sociales de los Pontífices, en sus discursos y mensajes, además de las varias intervenciones de los Dicasterios de la Curia Romana. En el pensamiento reciente de la Santa Sede, de modo particular, se encuentra la atención a las continuas transformaciones del fenómeno de la movilidad y a las nuevas exigen- cias del hombre contemporáneo, queriendo “responder, sobre todo, a las nuevas necesidades espirituales y pastorales de los emigrantes”. 21 Tenemos pues cuenta que la Igle- sia ofrece su asistencia a todos sin distinción de confesión religiosa y de pertenencia cultural, respetan- do en cada uno la inalienable digni- dad de la persona humana creada a imagen de Dios. El Magisterio nota que la edifica- ción de la sociedad, hoy y mañana, es una tarea compleja y transversal, 20 Pontificio Consejo de la Pastoral para los Migrantes y los Itineran- tes y Pontificio Consejo Cor Unum, Acoger a Cristo en los desplazados forzo- sos. Orientaciones pastorales, Tipogra- fia Vaticana, Ciudad del Vaticano 2013. 21 EMCC, n. 3.
226 La Cuestión Social Año 25, n. 2 que no puede ser delegada exclusi- vamente a la acción de los Gobier- nos y de las fuerzas del orden. Hay la necesidad del compromiso con- vencido por parte de todos los ac- tores políticos y sociales, partiendo de la certeza de que la acogida ha- cia hombres y mujeres nacidos en áreas del planeta menos desa- rrolladas responde a un deber de equidad, además de la oferta de un apoyo decisivo para garantizar a todos, contemporáneamente, desa- rrollo, seguridad y cohesión social. Esta visión estaba ya bien clara en el Mensaje de Juan Pablo II pa- ra la Jornada mundial del migran- te y refugiado de 1986, donde se lee una serie de puntos entre las adquisiciones precedentes del Ma- gisterio de la Iglesia y los desafíos pastorales que hoy somos llamados a enfrentar. En el Mensaje, el Papa escribía que: “la participación libre y activa, a nivel de igualdad, con los fieles nacidos en las iglesias particu- lares, sin límites de tiempo y de res- tricciones ambientales, constituye el camino de la integración eclesial pa- ra los fieles inmigrantes. Tratándose de un proceso de autopromoción, es indispensable que estos, hallen alivio para comprender y evaluar y sean asistidos en sus experiencias existen- ciales, en las maneras y en el esti- lo de su cultura fundamental, en el pluralismo de su identidad. Los fieles inmigrantes, en el libre ejercicio de sus derechos y deberes de estar en las Iglesias particulares plenamen- te en comunión eclesial y de sentirse cristianos y hermanos hacia todos, deben permanecer completamente ellos mismos en cuanto concierne la lengua, la cultura, la liturgia, la espiritualidad, las tradiciones parti- culares para alcanzar la integración eclesial, que enriquece la Iglesia de Dios y que es fruto del realismo di- námico de la Encarnación del Hijo de Dios”. 22 Por otra parte, el extranjero que atraviesa las fronteras tiene sed de relaciones nuevas y universales, ha- ciendo actual el misterio de Pente- costés por el cual los cristianos del lugar, confrontados con una pre- sencia “otra”, no pueden permane- cer indiferentes. Los migrantes y el misionero que los acompañan obli- gan a las iglesias locales a “emigrar” de ellas mismas hacia la comunión y la universalidad. En la experiencia de una acogida auténtica, la presen- cia del emigrante se vuelve provi- dencial para todos. Los operadores pastorales abandonan, por lo tanto, el espíritu protector para valorizar al emigrante como agente de mi- sión y de católicidad. Esto exige una participación como protagonistas por parte de los migrantes en las varias estructuras de las iglesias lo- cales, y también en el envolvimien- to de todos los agentes pastorales, sacerdotes, religiosos y laicos. No se trata más de la pastoral de conservación de una iglesia para- lela, por el mutuo respeto y la tu- tela de la autonomía de cada uno, sino de una pastoral de formación- promoción que se propone instau- rar un efectivo sentido de igualdad 22 Juan Pablo II, “Mensaje para la Jor- nada mundial del migrante y del refu- giado”, 16.07.1985.
227 La Cuestión Social Año 25, n. 2 y de diálogo entre culturas y ex- presiones religiosas, posible sólo cuando cada uno es consciente de su identidad específica. Esto per- mite el pasaje del inmigrante de “objeto” de asistencia y protección a “sujeto” de cultura, capaz de ser él mismo sin asimilarse con la cul- tura mayoritaria de la populación local y sus comportamientos. 7. Construir puentes, derrumbar muros Hoy la pastoral migratoria se mueve entre la acción de guiar en la madurez a los migrantes y la de la animación de la iglesia de llega- da: asume la función de puente y de unión entre iglesias. El opera- dor pastoral apunta para volverse presencia activa en la iglesia local y no por ello, seguir servilmente el sistema pastoral local tradicional. Esta pastoral misionera resulta ne- cesaria tanto para la comunidad de los migrantes como para la comu- nidad indígena; incluso, porque la parroquia territorial no parece es- tar en grado de ofrecer un espacio de expresión humana y espiritual al inmigrante y a los jóvenes de la segunda y tercera generación. La fisionomía del operador pas- toral asume hoy características to- talmente nuevas: “figura clave en la iglesia local, el misionero cons- ciente del papel en las ligaciones pastorales, haciendo que el inmi- grante pueda comprender el nuevo ambiente eclesial, que se adapte y se sienta Iglesia con los otros. Es el hombre-puente entre dos culturas y dos mentalidades. Esta función postula en el operador pastoral la plena conciencia de que el suyo es un verdadero ministerio misionero, que exige la disposición de partici- par, permanentemente, o al menos con una cierta estabilidad, a la rea- lidad migratoria”. 23 La cuestión central no es, por consi- guiente, solamente la denuncia de los contrastes (autóctonos e inmigran- tes, expresiones religiosas locales y expresiones religiosas importadas, colectividad mayoritaria y minoría étnica), sino también la descubier- ta de la naturaleza de la comunidad cristiana en el tejido real. El pedido de fondo no es “cuál pastoral” y cuál “misión”, sino hacia “cuál Iglesia” se está encaminando y en cual Iglesia se quiere practicar la pastoral de la acogida. Queriendo recorrer las “fronteras del nuevo”, el acento se traslada del inmigrante hacia toda la Iglesia que debe cambiar. No se trata de preguntarse cuál sea la alternati- va entre parroquias y misión, entre misión y capellanía, entre capellanía y movimientos entre parroquias y unidades pastorales, entre sacer- dotes diocesanos y religiosos, entre padres y hermanas, entre padres y laicos, sino: “cual forma de comuni- dad cristiana es deseada y es posible en el presente”. 24 Solamente una gestión pruden- te y con una visión amplia de las diversas estructuras, que ya exis- ten en la pastoral migratoria y que se pueden renovar o reinventar, 23 Enchiridion della Chiesa per le migra- zioni, EDB, Bologna 2001, p. 49. 24 S. Lanza, “Unità d’intenti prima che di strutture”, Vita Pastorale 6 (2002), p. 131.
228 La Cuestión Social Año 25, n. 2 puede ayudar hoy al misionero de los migrantes a superar la fase del “sentirse huéspedes”, para apuntar en el “sentirse en su propia casa” en la iglesia local; no forzados a estar, sino como comunidad “fer- mento”, levadura en la masa. Los operadores pastorales en emigración continúan también hoy, a tener una doble función: por una parte, ellos son elementos de “dis- turbo” para la iglesia local, estimu- lada a una continua renovación; por otro lado, ofrecen una importante contribución en la construcción de la catolicidad de la iglesia particular. Ellos son también motivados a no crear una iglesia paralela, una “pequeña isla” que se forma y se mantiene por causa de la “grande isla” cerrada y cautelosa, compues- ta de la populación local. La única comunidad eclesial puede cons- truir una auténtica comunión a partir de la colaboración en el pro- ceder de señales tangibles de so- lidaridad internacional y de lucha contra las injusticias y los abusos, como la discriminación racial, la explotación, el tráfico de personas y de órganos, la tortura, etc. En definitiva, hoy los operado- res pastorales en emigración son interpelados a hacer propias las palabras de Benedicto XVI, que en el Mensaje por la Jornada mundial del migrante y del refugiado de 2012 escribió: “en el comprome- tedor itinerario de la nueva evan- gelización en el ámbito migratorio, desempeñan un papel decisivo los agentes pastorales – sacerdotes, re- ligiosos y laicos –que trabajan cada vez más en un contexto pluralista: en comunión con sus Ordinarios, inspirándose en el Magisterio de la Iglesia, los invito a buscar caminos de colaboración fraterna y de anun- cio respetuoso, superando contra- posiciones y nacionalismos”. 25 Consideraciones conclusivas Frente a este cuadro tan complejo en los contenidos, como realista en la posible aplicabilidad, no son po- cas las pistas de reflexión en las que puede recurrir no sólo la actividad internacional a nivel interguberna- mental y de advocacy, sino también en una acción pastoral que quiera contribuir en las decisiones y en las políticas en el marco de la movili- dad humana en nombre de una co- herente subsidiaridad. La cuestión está abierta: ¿Cómo, si no es a través del desarrollo en el territorio puede controlarse el fenó- meno migratorio? Se evitarían así conflictos y formas de discriminación, no siempre controlables en términos de seguridad y de orden público. Permanece en todo caso el objeti- vo primario que, como se ha visto, el derecho internacional y la pastoral de la movilidad humana persiguen: tutelar a la persona humana que se encuentra en la condición de mi- grante, de desplazado y de refugiado. Pero es evidente que sólo puede sus- tentar esta orientación el encuentro 25 Benedicto XVI, “Mensaje para la Jor- nada mundial del migrante y del refu- giado 2012”.
229 La Cuestión Social Año 25, n. 2 entre identidades distintas en el que es posible descubrir lo que pueda significar integración congruente, y no asimilación más o menos forzada y destinada al fracaso. Vivimos hoy irreversiblemente en una aldea global. La idea de globa- lización o mundialización, provoca miedo en muchos, porque puede po- ner en cuestión la identidad y la dig- nidad de formaciones intermedias: a la familia, al Estado, a las diversas áreas culturales con su historia y sis- temas de vida. Es inclusive verdad, sin embargo, que la globalización rinde una posible conciencia de una verdadera “familia humana”, de un bien común del género humano y la realización de un sistema de re- laciones en el cual la solidaridad y la corresponsabilidad adquieren di- mensiones verdaderamente uni- versales, promoviendo y tutelando ya sea aquellos que hacen de todo para no emigrar como aquellos que, voluntariamente o forzadamente, enfrentan los caminos de la emigra- ción. Es esta la aspiración y la gran- de tarea de la Iglesia, que quiere ser compañera de viaje de la entera fa- milia humana y testigo del Evangelio delante de todos los pueblos. En la pastoral de las migraciones todo cambia con sorprendente ra- pidez. Por una parte, hoy los flujos migratorios proponen el mismo es- quema trágico de las migraciones de los siglos XIX y XX; por otra, la realidad de hoy muestra un rostro más variado y más complejo. Asis- timos a una tal mezcla de pueblos, de culturas y de religiones que al- guien ha profetizado un inevitable “desencuentro de las culturas”. En efecto, aumentan en medida impre- sionante los prófugos y los que pi- den asilo, víctimas de las guerras, de la miseria y de los cambios cli- máticos. Nueva es la inmigración espesa de personas pertenecientes a religiones no cristianas en países de antigua tradición cristiana. Crece la influencia de los movimientos ca- rismáticos y de las sectas religiosas. Esto hace emerger el rostro hete- rogéneo de la convivencia humana, donde pueden surgir incompren- siones y tensiones. El fenómeno migratorio, al cual frecuentemente las instituciones están asistiendo con indiferencia e incapacidad de gestión, continúa denunciando la falta de equilibrio entre las diversas áreas del mundo, donde la dispa- ridad de acceso a los recursos ha- ce a los ricos siempre más ricos y a los pobres siempre más pobres. Acontece también a nosotros de ser espectadores de imágenes de tra- gedias y de sentirse incapaces de percibir el trabajo histórico de la nueva humanidad que se está plas- mando bajo nuestros ojos, del cual la emigración constituye la parte más visible y que a todos exige con- creta solidaridad. Los misioneros de los migrantes continúan a ser llamados a la acogida, al reconocimiento de la dignidad hu- mana y de los derechos inalienables de todas las personas, al respecto de las diferencias culturales y religiosas, a sensibilizar las instituciones para que se comprometan para promo- ver el bien común: en una palabra, los misioneros tienen la difícil tarea de indicar el camino a ser recorrido en
230 La Cuestión Social Año 25, n. 2 una sociedad que se proclama respe- tuosa de los derechos humanos, pe- ro frecuentemente sólo de palabras. Los operadores pastorales, de hecho, pueden ofrecer un servicio específi- co en tal contexto: porque ellos son miembros de la Iglesia, que es por su naturaleza al mismo tiempo una y universal, explicándose en las varias Iglesias particulares, los misioneros pueden manifestar con su conducta de vida un modelo de unidad esencial en el respeto de las legítimas diversi- dades de las culturas.26 Tal modelo de unidad en la diversidad es pre- cisamente aquello que los opera- dores pastorales por los migrantes pueden ofrecer en la sociedad civil, del cual son parte integral. En la justa colaboración con las otras instituciones religiosas y civi- les, los misioneros para los migran- tes se comprometen a servir a los pueblos en la construcción de una única familia humana, no sólo de- nunciando el grito que sale sin ser escuchado de las inmensas sequías de pobreza que todavía existen en el mundo, pero incluso en la con- ciencia de que “la Iglesia ha reco- 26 Cfr. Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 28 junio 2003, n. 116. nocido que la exigencia de escuchar este clamor brota de la misma obra liberadora de la gracia en cada uno de nosotros, por lo cual no se trata de una misión reservada sólo a al- gunos” (Evangelii Gaudium, n. 188). Por lo tanto, es un apelo a la res- ponsabilidad personal, por el cual todos nos sentimos comprometi- dos para promover el bien común universal. Y el misionero, en esto, siente con el corazón de Cristo: “A veces se trata de escuchar el clamor de pueblos enteros, de los pueblos más pobres de la tierra, porque «la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino tam- bién en el de los derechos de los pue- blos»” (Id., n. 190). Para concluir, se debe reconocer que la migración es un proceso en constante evolución, que continuará a estar presente en el desarrollo de las sociedades. Está emergiendo, por lo tanto, un mondo inter-cultural, in- terpelado a vivir la legítima diversi- dad en el diálogo, incluso en ámbito ecuménico e interreligioso. CS * Sub-Secretario del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes
231 La Cuestión Social Año 25, n. 2 Prólogo U n repaso rápido a las heridas abiertas hoy en nuestro mundo, nos deja una sensación claramente agridulce. Aunque se han producido grandes avances en la lucha contra la pobreza y dispone- mos de los medios a nuestro alcance para acabar con el hambre o las enfermedades, en el mundo hay aún demasiado sufrimiento. Recorde- mos que siguen muriendo 10.000 niños cada día por causas evitables o que más de 60 millones de personas, máximo histórico desde la Se- gunda Guerra Mundial, huyen de la guerra y del horror buscando un refugio que no encuentran. 1 La desigualdad se ha convertido en terrible enfermedad que ataca nuestras sociedades: 62 personas acumulan tanta riqueza como la mi- tad de la población mundial y su riqueza ha aumentado un 44% en los últimos cinco años, mientras que la mitad más pobre de la población mundial la ha visto disminuir un 41%. 2 A pesar de la esperanza que generan nuevas realidades económicas; alternativas que van germinando o de vivir un momento de repolitización prácticamente global, nos sentimos aún huérfanos de un relato alternativo ante una cierta crisis de utopías emancipadoras. El pensamiento único se impone a caballo de una globalización dominante y uniformizadora con el modelo de vida occidental (consumista, depredador e individualista) como único horizonte real para la mayoría. El poder financiero, ha toma- do las riendas políticas de nuestro mundo. Las democracias, allí donde las hay, han ido evolucionando hacia una pura formalidad procedimental. Escogemos a nuestros representantes, pero no mandan ni deciden sobre el futuro real de nuestras sociedades. Mientras tanto, no cesan los casos de corrupción política y económica; las prácticas empresariales de fraude y elusión fiscal, los acuerdos económicos en la sombra… todo ello, dando lugar a una clara desafección ciudadana. La revolución digital, ha acortado tanto las distancias que ha hecho el mundo más pequeño. No podemos dejar de tener en cuenta que vivimos en un mundo común, donde aquello que yo hago, cada uno de mis gestos, tiene una gran repercusión en la vida de miles de personas. Somos, en definitiva, más interdependientes. A pesar I Agrelo, Santiago, Mons. (2015). Fronteras contra los pobres, fronteras contra Cristo. Barcelona: Cristianisme i Justícia, Papeles nº 230. 2 Oxfam-Intermon, Una economía al servicio del 1%, enero 2016. Nuevas fronteras, un mismo compromiso. Retos actuales del diálogo fe – justicia Cristianismo y justicia
232 La Cuestión Social Año 25, n. 2 de ello, el bienestar al que aspiramos no parece universalizable. La capaci- dad de exclusión y de precarizar la vida de millones de seres humanos es intrínseca al sistema. 3 Se nos hace imposible ver la cara amable de un siste- ma que consiste esencialmente en la dominación impersonal que ejercen la mercancía y el dinero. La sociedad se ha vuelto más sensible a las cuestiones ecológicas y medioambientales, a la discriminación por razones de sexo, raza o religión. Pero reaccionamos ante las injusticias con «ansiedad solida- ria», sin el convencimiento real que para cambiar tal rumbo habrá que activar un resorte clave: el del cambio personal, el del compromiso vital hacia una vida más sobria, coherente y entregada a los últimos. A nivel eclesial después de años de invierno, vivimos con alegría la llegada de Francisco y sus vientos de cambio. La Iglesia se enfrenta a la necesidad de volver a ponerse al día. 4 Debe ser, en palabras del Papa Francisco, hospital de campaña para curar heridas y no una institu- ción rígida generadora de más exclusión, que llene los márgenes de gente expulsada del centro por no cumplir los estándares de pureza exigidos. La realidad nos interpela y nos lanza a trabajar en cada nue- va frontera que se abre y pide a gritos humanizar tanto sufrimiento. Si en el pasado pusimos el foco en las razones socioeconómicas de la injusticia en el mundo, ahora queremos abrirnos a analizar las injus- ticias también desde nuevas perspectivas. Si lo que hicimos al llegar al número 100 fue una revisión del pasado, ahora queremos plantear- nos cómo abrirnos a nuevos retos sin olvidar los compromisos que nos definen. Este cuaderno es también un claro reflejo del trabajo en equipo que caracteriza nuestro centro. Se nutre de una primera con- sulta realizada a todos los voluntarios intelectuales de CJ. Más de 30 personas respondieron a un cuestionario inicial en el cual planteamos cuáles son hoy los retos que la fe plantea a la justicia, y los que la justi- cia plantea a la fe. Las respuestas dieron origen a un primer índice que fue dotado de contenido por las personas firmantes del cuaderno. El resultado es una reflexión que quiere presentar nuevos debates (por espacio, no todos los que nos gustaría) a la vez que recordarnos aque- llos imponderables que una actualización del concepto de justicia no debe olvidar. El presente cuaderno quiere ser, en definitiva, una buena guía para la reflexión futura de CJ y una llamada a la colaboración de todas aquellas personas deseosas de seguir profundizando hoy en el diálogo entre la fe y la lucha por un mundo más justo. Xavier Casanovas Director de Cristianisme i Justícia 3 Sebastián, Luis (2005). Problemas de la globalización. Barcelona: Cristianisme i Justícia, Cuadernos nº 135. 4 Vitoria, Javier (2012). Vientos de cambio. La Iglesia ante los signos de los tiempos. Barce- lona: Cristianisme i Justícia, Cuadernos nº 178.
233 La Cuestión Social Año 25, n. 2 Nuevos debates que actualizan el concepto clásico de justicia La reflexión de Cristianisme i Justí- cia, desde el primer cuaderno, ha es- tado marcada por el intento de buscar que fe y justicia dialogaran y se ali- mentaran mutuamente. Sin embargo, en estas últimas décadas, el concep- to de justicia, entendido inicialmente como «justicia sólo socioeconómica», se ha ido enriqueciendo con dimensio- nes nuevas. No se trata de diluir el con- cepto de justicia, sino de incorporar al debate realidades que habían queda- do injustamente al margen: diversi- dad cultural, perspectiva de género, cuidados, justicia medioambiental… Detrás de cada una de estas dimensio- nes, porciones de humanidad sufrien- te que no habían sido suficientemente tenidas en cuenta hasta ahora. 1. Ante la grave crisis socio-ambiental, la urgencia de una ética planetaria Oscar Mateos* Nuestro mundo globalizado y su modelo de consumo son un gran transatlántico con rumbo al desastre. Dicha afirmación no es algo distópico ni exagerado: nuestra huella ecoló- gica ha alcanzado niveles extraordi- narios, el planeta ya no es capaz de regenerar buena parte de lo que con- sumimos y los expertos advierten de que, si mantenemos el ritmo actual de consumo, en 2050 necesitaremos el equivalente a por lo menos tres planetas para abastecernos. Las con- secuencias de todo este modelo son sabidas y reconocidas por todos: ca- lentamiento global, cambio climático, refugiados ambientales… El sentido de urgencia respecto a esta grave co- yuntura ha sustituido al tratamiento casi anecdótico que la cuestión del cambio climático recibía hace tan so- lo unos años. 1 La justicia ambiental se ha convertido así, en parte intrínseca e ineludible del debate amplio sobre la justicia en el siglo xxi. Desde grandes organismos in- ternacionales hasta los principa- les líderes mundiales, pasando por científicos o multinacionales, todos hoy reconocen algo que es innegable y ha sido denunciado repetidamente por algunas voces des- de hace años: el modelo de vida oc- cidental no es universalizable. El gran crecimiento económico de los llama- dos países emergentes en base al mo- delo de desarrollo capitalista no ha sido una buena noticia, pues ha servi- do para constatar que el desarrollo era algo más que crecimiento económico y que el progreso se ha alcanzado en nombre de la depredación ambiental y la consolidación de un modelo de con- sumo insostenible. Ha sido necesario esperar a que centenares de millones de personas en el Sur global (espe- cialmente en China e India) abrazaran el modelo, que antes únicamente os- tentábamos el 15% del planeta, para darnos cuenta de que el progreso y el desarrollo deben definirse siguien- do unos criterios y valores que no se limiten a la capacidad de consumo y la riqueza económica. Estamos en un 1 [Nota del editor] Para ampliar, cf. Carre- ra, Joan (2009). El problema ecológico: una cuestión de justicia. Barcelona: Cris- tianisme i Justícia, Cuadernos nº 161.
234 La Cuestión Social Año 25, n. 2 callejón sin aparente salida, una ver- dadera encrucijada, una cuenta atrás a la que la humanidad debe ser capaz de dar la más urgente y diligente de las respuestas. «El cambio climático es un problema global con graves dimensio- nes ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales pa- ra la humanidad» (Laudato Si’, nº 25). «Un grito que viene de la humanidad y de la Tierra misma, uno que tiene que ser escuchado por la comunidad internacional», exhortaba Francisco a los reunidos en la Conferencia de Pa- rís sobre Cambio Climático (COP21) celebrada en diciembre de 2015. No cabe duda de que la COP21 ha signi- ficado un primer paso al poner de re- lieve la urgencia de la situación actual, pero asimismo ha mostrado una vez más la falta de instrumentos y alter- nativas para trascender el modelo de producción, consumo y desarrollo que se practica. La rueda del capitalismo necesita seguir girando…En palabras de Pere Casaldàliga: «¿Quién, cómo y cuándo bloqueará sus radios?» 1.1 Regular por arriba: una comunidad terrestre con un destino común La coyuntura es compleja. Exis- ten instrumentos o iniciativas que abordan algunos de los efectos colaterales de todo este desvarío medioambiental, configurando una «gobernanza fragmentada». No obstante, seguimos carecien- do de instrumentos vinculantes que conformen una verdadera gobernan- za global, poniendo de relieve uno de los dramas de este siglo xxi: mientras que nuestros problemas se han glo- balizado, los mecanismos de los que disponemos para regularlos se han quedado atrapados en el marco del Estado-nación. Dentro de este preocu- pante contexto nos queda por lo me- nos una buena noticia: parece existir cada vez mayor consciencia de que esta cuestión no es algo facticio, ni teórico, ni procedente de un reducido grupo de científicos, sino que cunde una creciente sensación de que esta- mos ante un problema real y acucian- te. Incluso el Foro Económico Mundial, que se reúne anualmente en Davos, o los informes de los principales centros de inteligencia mundiales como la CIA, han incluido este asunto en sus agen- das tras calificarlo como la principal amenaza a la seguridad mundial. Esta toma de conciencia es positiva, siem- pre que no sea ya demasiado tarde. Sea como fuere, la inexistencia de una ética planetaria y la hegemonía de un modelo económico, social y cultural muy individualista, basado en el con- sumo, hace difícil afrontar el problema buscando una solución global. Como afirma el prólogo de la Carta de la Tie- rra, «somos una sola familia humana y una única comunidad terrestre con un destino común». Un destino que no sólo nos compromete a nosotros sino también a otras especies, así co- mo a las generaciones que están por venir. El sentido de interdependencia es hoy mucho más importante que en cualquier otro momento histórico: interdependencia con la biosfera e in- terdependencia con las generaciones futuras. No debemos eludir ese senti- do de urgencia. Necesitamos un gran pacto global que supere el paradigma de la seguridad nacional para abrazar el de la seguridad planetaria. Un pacto
235 La Cuestión Social Año 25, n. 2 que implique, comprometa y obligue a todos (individuos, estados, organiza- ciones, empresas…) a producir, consu- mir y estar en el planeta de una forma que garantice el futuro de todos. Esa gobernanza global, tan difícil y casi ini- maginable en un contexto en el que los intereses nacionales y privados priman por encima del bien común, deberá ser posible si queremos que el planeta siga existiendo. 1.2 Desbordar por abajo: hacia una civilización de la sobriedad y la po- breza compartidas. Pero además de regular este mo- delo por arriba, es necesario un modo de vida que sea capaz de ex- tenderse y desbordar al sistema por abajo, impulsando una trans- formación cultural, re-politizando y re-educando nuestras conciencias y nuestros hábitos, pasando, como señala Jorge Riechmann, de una «cultura de la hybris [de la desme- sura] a una cultura de la autocon- tención». Desbordar el capitalismo por abajo sería posible aplicando un modelo de civilización basado en la sobriedad y la pobreza com- partidas y tratando de que la políti- ca vuelva a recuperar el poder. Son ya muchas las iniciativas que abo- gan por el cambio para trabajar en red de una forma mucho más de- mocrática y más participativa. Ini- ciativas emergentes que aportan la conciencia de que es necesario otro modelo social y cultural. Desbordar el capitalismo por abajo sería posible aplicando un modelo de civilización basado en la sobriedad y la pobreza Este modelo cultural debe ser des- bordado también desde el plano de la identidad construida en torno al consumo, entendido como una es- pecie de comensalidad histórica que jerarquiza y genera estratificación social. Todo el mundo consume, pe- ro no todo el mundo consume bien. Deconstruir esta dimensión más cultural, yendo más allá de la di- mensión política y gubernamental, es un reto clave para evitar la ho- mogeneización. El diálogo entre ci- vilizaciones y la recuperación de la diversidad cultural del planeta, de sus prácticas y saberes, se impone como un importante reto a tener en cuenta y asumir. Este es nuestro reto. Como Francisco en su encícli- ca Laudato Si’, somos cada vez más conscientes del diagnóstico, de las alternativas de las que disponemos y de la responsabilidad que supone condicionar la vida de las genera- ciones futuras. Ahora bien, la cuen- ta atrás ha empezado, no podemos esperar más. Un modelo basado en la sobriedad y la pobreza no es algo únicamente deseable sino algo nece- sariamente posible que puede verse potenciado y reforzado a través de la espiritualidad que conlleva el diálo- go interreligioso e intercultural. * Licenciado en Ciencias Políticas y doctor en Relaciones Internaciona- les. Profesor de la Facultad de Comu- nicación y Relaciones Internacionales Blanquerna de la Universidad Ramón Llull. Miembro de la Junta de Gobier- no del ICIP. Responsable del Área So- cial de Cristianisme i Justícia.
236 La Cuestión Social Año 25, n. 2 2. Justicia, igualdad y de- recho a la diferencia Joan Carrera* Detrás de toda teoría sobre la jus- ticia, encontramos un modelo an- tropológico y ético que opta por priorizar unos determinados valo- res. Por este motivo, desde el punto de vista de la antropología cristiana, podemos sentirnos más próximos a un modelo antropológico y ético que a otro. Si nos centramos en la raíz del concepto justicia, del cual emanan los derechos sociales de segunda gene- ración, es indispensable la inclusión de otros acentos, ya que es funda- mental elaborar una teoría de la jus- ticia compleja, adecuada a la realidad presente y que responda a la com- plejidad de la sociedad actual. Una aportación plausible de la tradición cristiana y del socialismo ha sido la noción de igualdad, de la cual se deri- va naturalmente la preocupación por que las personas sin determinados derechos sociales tengan coartada la posibilidad de desarrollar sus poten- cialidades. En un primer momento, la posibilidad de ejercer estos dere- chos sociales se hizo depender de la caridad hacia los menos favorecidos. Más adelante, estos derechos básicos adquirieron el carácter de derechos inherentes a las personas. Por tanto, derechos que generaban unas obli- gaciones políticas y sociales para que pudieran ejercerse. Poco a poco, en algunas sociedades con la consolida- ción de estos derechos se derivaron unas libertades que dejaron de ser patrimonio exclusivo de aquellas cla- ses sociales con medios efectivos pa- ra ejercerlos. Sin embargo, pronto se vio la necesidad de incorporar otros acentos a la noción de justicia, y de no reducirlos a una cuestión de igual- dad económica. Hay que decir que esta ampliación no siempre fue bien vista por los movimientos políticos y sociales, e incluso algunas veces se opusieron a ella. 2.1. De la igualdad al reconocimiento de la diferencia El eje central del debate tendría que dedicarse a definir en qué so- mos iguales y qué diferencias se- rían aceptables y, al mismo tiempo, a conjugar la igualdad social y eco- nómica con el derecho al reconoci- miento de las diferencias culturales. A menudo se han presentado como un binomio opuesto y difícilmente reconciliable, presuponiendo que el crecimiento económico implica la pérdida de la identidad más tribal. La verdadera equidad estriba en considerar qué colectivos diferentes necesitan ayudas diferentes Asimismo, podríamos afirmar que el derecho al reconocimiento de la diferencia, también tiene un funda- mento universal: todo el mundo tie- ne derecho a ser reconocido en su identidad única. 2 Cuando ponemos el acento en la igualdad, lo hacemos sobre la premisa de que todo el mun- do tiene un paquete idéntico de dere- chos universales. En cambio, cuando 2 [Nota del editor] Para ampliar, cf. Carre- ra, Joan (2007). Identidades para el siglo xxi. Barcelona: Cristianisme i Justícia, Cuadernos nº 147.
237 La Cuestión Social Año 25, n. 2 lo hacemos sobre el reconocimiento de la diferencia, lo que hacemos es afirmar que todo el mundo tiene el derecho a que su identidad sea reco- nocida. Esta diferenciación, ha sido con frecuencia ignorada, encubierta o asimilada a favor de una identidad mayoritaria o dominante. 3 En una sociedad compleja como la nuestra, la verdadera equidad estriba en con- siderar qué colectivos diferentes ne- cesitan ayudas diferentes, es decir: no seríamos justos si aplicásemos el mismo tratamiento sin tener en cuenta esta premisa. Así, una justicia distributiva, o más bien redistributi- va, tiene que pasar por políticas de redistribución diferenciadas. 2.2. De la injusticia sólo socioeconómica a la justicia también cultural En la sociedad actual, constata- mos que la injusticia económica y la injusticia simbólica o cultural están interrelacionadas, a pesar de que muchos presenten la solución a estas injusticias sacrificando uno de los términos del binomio. Por tanto, hay dos tipos de injusticia. El primer tipo de injusticia, la so- cioeconómica, está muy arraigada en la propia estructura de nues- tra sociedad: explotación laboral, salarios ínfimos, precarización del trabajo, falta de asistencia sa- nitaria… El segundo tipo es la in- justicia cultural o simbólica, que quizá no sea tan evidente en pri- 3 Taylor, Charles (1995). «La política del reconeixement», dentro de Castiñeira, Àngel (dir). Comunitat i nació. Barcelo- na: Proa, pág. 207. mera instancia, pero que es tanto o más devastadora. Serían ejem- plos claros de este tipo de injusti- cia la dominación cultural, es decir, la sujeción a unos modelos de in- terpretación y comunicación aso- ciados a una cultura ajena y que nos resultan extraños; la falta de reconocimiento, que nos expone a la invisibilidad en virtud de estos modelos predominantes de inter- pretación, comunicación y repre- sentación; o la falta de respeto al ser difamados, menospreciados de manera constante por medio de estereotipos en la representación cultural pública o en las interaccio- nes cotidianas. Tanto la injusticia socioeconómica como la simbólica se han generalizado en nuestra so- ciedad. Las soluciones a la primera exigen cambios socioeconómicos, y las soluciones a la segunda de- mandan cambios culturales. Para algunos autores, las soluciones li- berales del estado del bienestar y del multiculturalismo –entendido más como un mosaico cultural con un marco común jurídico-estatal– son soluciones superficiales que incluso pueden tener resultados perversos a largo plazo. En el caso del estado del bienestar, es cierto que mejora la redistribución eco- nómica y política, pero no afron- ta verdaderamente la injusticia socioeconómica dejando intactas aquellas estructuras que están en la base de esta injusticia. Lo mis- mo podemos decir de la solución multiculturalista, que supone un reparto superficial del respeto en- tre las identidades ya existentes, pero sin ir más al fondo y sin alte- rar sus contenidos.
238 La Cuestión Social Año 25, n. 2 2.3. De la igualdad básica al derecho a la diferencia (sin romper la igualdad) La solución más radical partiría de la apuesta por reestructurar profun- damente las relaciones de producción y las relaciones de reconocimiento. En el ámbito de la identidad, supon- dría una cierta deconstrucción de las identidades para generar una nueva estructuración a favor del aumento de la autoestima de todos los miem- bros de la sociedad, sean como sean y vengan de donde vengan. Es nece- sario que desde la raíz de la identidad propia se aprecien las demás iden- tidades, lo que haría de la sociedad un mosaico dinámico, en el cual las diferentes identidades estarían nece- sitadas del intercambio de las unas con las otras. Un ejemplo muy com- pleto lo encontramos en relación a la igualdad de género, que representa al mismo tiempo una aspiración de reconocimiento diferencial contra el sexismo y una aspiración a la justi- cia económica. No se puede satisfa- cer uno de los aspectos sacrificando el otro. La solución óptima exigiría una reestructuración profunda en el ámbito económico y la generación de una deconstrucción de la identidad. Esta noción más compleja de igual- dad obligaría a ampliar la visión libe- ral de ciudadano (un individuo con derechos), hacia una visión más co- munitaria, en la que el ciudadano es miembro de una comunidad concre- ta, con una visión concreta del mun- do. El reconocimiento ha de venir de una identidad cultural determinada, clave para el desarrollo de los indivi- duos como seres sociales. La igualdad entendida de manera compleja tiene que prever pues, que los hombres y las mujeres necesitan una matriz co- munitaria para su desarrollo pleno desde el punto de vista psicológico y para poder relacionarse con los otros sin complejos ni patologías. Esta ma- triz es básicamente una cultura, en el sentido más amplio del término. Es en este ámbito comunitario donde surgen más espontáneamente los deberes, entendidos como lazos pa- ra con los otros. Y, en consecuencia, es desde esta matriz cultural que es posible aprender a respetar las iden- tidades de las otras personas. Ahora bien, es indispensable que la inclu- sión del derecho a la diferencia en los ámbitos individual y colectivo parta de una noción de igualdad básica. El derecho a la diferencia cultural no puede romper la aspiración a la igual- dad básica sobre todo en el ámbito socioeconómico y político. 2.4. Hacia un mayor respeto y reconocimiento de las diferencias culturales En definitiva, la dimensión cultural y la identidad forman parte constitutiva del ser humano, y ello a pesar de que en nombre de la libertad y de la igual- dad se han exterminado pueblos y culturas enteras. Pero, cuando en nombre de la idea de libertad y de igualdad pretendidamente universa- les, no hay otra cosa que el intento de imponerse por parte de una cultura o noción particular. Debemos supe- rar este planteamiento partiendo de concepciones más complejas, que permitan incluir dentro de la noción de igualdad el respeto a la diferen- cia, y que nos permitan encontrar un
239 La Cuestión Social Año 25, n. 2 camino intermedio entre la homo- geneizadora concepción igualitaria, y la vuelta a baremos etnocéntricos cerrados. Ciertamente, el camino no es fácil y obliga a un continuo discer- nimiento. Discernimiento entre la presunción de que la cultura tradi- cional propia merece reconocimien- to, y la necesidad de purificación y dinamismo en el interior de cada cultura para superar aquellos valo- res y prácticas que puedan ser con- siderados inhumanos. * Jesuita, licenciado en Medicina y doc- tor en Teología. Profesor de Moral Fundamental en la Facultad de Teolo- gía de Catalunya. Profesor colabora- dor de ESADE. Director del Instituto de Teología Fundamental. 3. Contra el feminicidio, la revuelta cultural Sonia Herrera* Decía Concepción Arenal que: «la sociedad no puede en justicia prohi- bir el ejercicio honrado de sus facul- tades a la mitad del género humano». Y precisamente de eso hablamos al abordar la desigualdad de género, una de las más flagrantes injusticias de todos los tiempos, de un «mal ra- dical», como diría Ivone Gebara, que ha doblegado a la mitad de la huma- nidad durante miles de años. Tradi- cionalmente, a las mujeres se nos ha descrito como «lo otro», lo particu- lar, lo extraño, la anécdota fuera del modelo universalizable del hombre blanco, occidental, acomodado y he- terosexual en cuya identidad, al pa- recer, debíamos vernos reflejados todos los seres humanos. Porque aun siendo mayoría, las mujeres hemos sido constantemente aminoradas, reducidas a colectivo, sin que se tu- vieran en cuenta nuestros derechos, demandas y necesidades. Son múlti- ples y diversas las desigualdades que sufrimos las mujeres, como diversas son también las violencias que pade- cemos por el hecho de serlo. Discri- minaciones y violencias que atañen a distintos ámbitos como el mundo laboral, la justicia, la política, el me- dio ambiente, la sexualidad, la cultu- ra, la salud o las relaciones sociales. Por ello, es importante acercarse a estos ámbitos desde una perspectiva de género o feminista —por supues- to— y, además hacerlo también des- de la perspectiva interseccional para visibilizar los nexos entre la discri- minación de género y otras discrimi- naciones basadas, por ejemplo, en la clase social, etnia, raza, religión, edad u orientación sexual. 3.1. De la punta del iceberg a las violencias múltiples Las violencias que se ejercen sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas son heterogéneas. Hace años, Am- nistía Internacional diseñó y di- fundió una herramienta que nos sirve para visibilizar esa pluralidad y abordar el fenómeno de la vio- lencia machista con mayor com- plejidad. Se trata del Iceberg de la Violencia de Género. Cuando ha- blamos de violencia de género, lo primero que nos viene a la mente es precisamente la punta de ese ice- berg: la violencia física y los femi- nicidios. Luego pensamos también en la violencia sexual, las amenazas, los insultos…, pero eso sólo repre- senta una parte del problema, lo
240 La Cuestión Social Año 25, n. 2 más visible. En la base encontra- mos toda una serie de violencias in- visibilizadas, más o menos sutiles: desprecio, control, violencia simbó- lica en los medios de comunicación, presión estética, invisibilización, ninguneo, acoso callejero, división sexual del trabajo...). Estas violencias conforman el caldo de cultivo per- fecto para que las consecuencias más funestas de la cultura patriarcal se normalicen y sean socialmente toleradas. El dramaturgo Humberto Robles, hablando del feminicidio en Ciudad Juárez, escribió: «Cuerpo de mujer: peligro de muerte». La rea- lidad nos confirma que es así. Sólo en el Estado español desde 1999, 1.083 mujeres han muerto ase- sinadas por su pareja o expareja. 4 La estadística no contempla todos aquellos asesinatos de mujeres por razón de género, cometidos por agresores que no tuvieran una re- lación íntima con la víctima, ya que la legislación española no ha incor- porado todavía el concepto de «fe- minicidio», mucho más inclusivo y amplio respecto a esta cuestión. 3.2. De la evidencia a la deconstrucción El feminicidio es, sin duda, un fe- nómeno global —matizado por las especificidades del contexto de cada país—, que cobra cada año, la vida de unas 65.000 mujeres en todo el mundo, según datos de Naciones Unidas. 5 Sobre todo lo di- 4 Dato a fecha de 27 de mayo de 2016. 5 Más de la mitad de los asesinatos de mujeres en el mundo son feminicidios, es decir, son asesinadas por el hecho de ser mujeres. cho, podemos aportar aún muchos más datos que ilustran la situación de discriminación a la que nos en- frentamos las mujeres a diario: Un 35% de las mujeres de todo el mundo ha sufrido violencia - sica y/o sexual durante una rela- ción de pareja, o violencia sexual fuera de su relación de pareja. El porcentaje puede llegar a ser del 70% en algunas zonas. El 98% de las personas ex- plotadas sexualmente son mujeres, 4,5 millones en todo el mundo. Cada año, a 2 millones de niñas les es practicada la ablación, cifra que se ha de añadir a los 100 millones de mujeres muti- ladas genitalmente. 700 millones de mujeres de to- do el mundo se han casado con menos de 18 años. De ellas, 250 millones antes de cumplir los 15. En la Unión Europea, entre el 40 y el 50% de las mujeres ha su- frido acoso sexual, contacto físi- co o insinuaciones sexuales no deseadas, en el lugar de trabajo. El 99% de las tierras cultivadas del planeta pertenecen a hom- bres, mientras que las mujeres producen el 70% de los alimen- tos básicos. 2/3 de los analfabetos del mun- do son mujeres y niñas. Aunque las mujeres constituyen el 65% de las licenciadas del Es- tado español, sólo representan el 45% del mercado laboral. 7 de cada 10 mujeres han sufri- do algún tipo de acoso callejero. En España, la diferencia salarial entre hombres y mujeres se si-
241 La Cuestión Social Año 25, n. 2 túa en un 19,3% (3 puntos por encima de la media europea). El 84% de los parlamenta- rios del mundo son hombres, mientras que las mujeres re- presentan más de la mitad del electorado. En los libros de texto de secun- daria las mujeres son las gran- des ausentes: solo aparecen representadas en un 7,5%. Únicamente el 10% de las pe- lículas que vemos están prota- gonizadas por mujeres. Podríamos seguir aportando ci- fras que muestran que Victoria Camps quizás fue extremadamente optimista cuando afirmó que el si- glo xxi sería «el siglo de las mujeres». Son muchos los retos que debemos afrontar para que, como argumen- taba la filósofa Amelia Valcárcel: «el orden completo prevea que es justo que nosotras tengamos la mitad de todo» en igualdad de derechos. Pa- ra lograrlo, el mayor reto reside en la incorporación transversal de la perspectiva de género en todos los campos del saber y en toda actividad —incluido el binomio fe-justicia— y en la deconstrucción del discurso hegemónico, que continúa siendo eminentemente androcéntrico. El mayor reto reside en la incorporación transversal de la perspectiva de género en todos los campos del saber y en toda actividad Esta deconstrucción tiene que ver con la propia identidad, con cuestionarse cómo nos conforma el patriarcado como personas y con el rol que han jugado en esa con- formación los diferentes factores de socialización, como es la educa- ción recibida, los libros leídos, las películas vistas, nuestros grupos de pares… Todo ello requiere derribar ídolos, despojarse de certezas para llenarnos de dudas y observarnos desde otros prismas. No será fácil, ya que se trata de en- carar desde lo personal y lo local un imaginario cultural y unos modelos episte- mológicos dominantes que están fuer- temente arraigados, pero tal como sostiene Sayak Valencia, a día de hoy tanto los problemas como las formas de resistencia y resiliencia deben abordarse desde una doble dimensión «g-local», reflexionando y actuando al mismo tiempo desde lo local y lo global. 3.3. Por una Iglesia de las mujeres y para las mujeres En ese actuar g-local, las religio- nes y sus instituciones tienen un importante papel. Somos cons- cientes que, por acción u omisión, a lo largo de la historia, la Iglesia católica ha discriminado y violen- tado a las mujeres incesantemente, asumiendo el discurso patriarcal dominante que proclamaba ya en tiempos de Platón y Aristóteles su inferioridad, traicionando así, su propia tradición donde se afirma con contundencia que: «no hay va- rón ni mujer, porqué todos voso- tros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3,28). Sabemos que la teología ofi- cial no tiene resueltos muchos te- mas relacionados con el cuerpo, la
242 La Cuestión Social Año 25, n. 2 sexualidad o la reproducción que la jerarquía eclesial ha mantenido –y mantiene– un silencio cómplice y punzante ante la violencia contra la mujer y continúa mirando hacia otro lado… Somos conscientes de ello, pero es necesario que abramos puertas y ventanas; porque, como escribió Higinio Alas en 1983: «no hay resurrección sin insurrección contra el mal». Y si ya san Hipólito de Roma, allá por el siglo iii reco- noció que María Magdalena había sido la «apóstol de los apóstoles» y si nosotras también somos «pueblo de Dios», debemos tomar la pala- bra y reclamar la «mitad de todo» que se nos debe también en lo que concierne a nuestra fe. Y para fun- damentar esta reclamación, pode- mos empezar por preguntarnos qué pueden aportar los movimientos feministas, las teologías críticas; de la liberación y la teología feminista a esa transformación. Un hecho social se convierte en problema social cuando hay con- ciencia de él y la Iglesia puede –y debe– contribuir, en justicia, a visibi- lizar esta incontestable realidad de la desigualdad, a sensibilizar a favor del respeto a la dignidad de las mu- jeres y en defensa de su subjetividad. Acabar con el silencio será, sin duda, un primer paso y un signo profético que podrá ayudar a que el sueño de Victoria Camps para este siglo no se quede en utopía estéril. * Especialista en educomunicación, pe- riodismo y conflictos armados, cine y estudios feministas. Investiga sobre la representación audiovisual del fe- minicidio en Ciudad Juárez. Editora del blog de Cristianisme i Justícia. 4. Compasión, cuidados, misericordia Lucía Ramón* El cuidado es una dimensión in- dispensable de la justicia. Desde el pensamiento y la praxis ecofemi- nista y de los movimientos sociales se nos propone repensar el sujeto, las relaciones sociales, la economía y la política desde esta clave para revertir la crisis ecológica y civili- zatoria en la que estamos inmer- sos. Ensanchar nuestro trabajo por la justicia desde las aportaciones de las luchas sociales por la cuida- danía y nuestras propias experien- cias de cuidar y ser cuidados. La cuidadanía pone el cuidado de la vida en el centro de la vida personal y comunitaria, del análisis social, de la economía y de la política La idea de cuidadanía expresa una alternativa a nuestro modelo actual más allá del concepto tradi- cional de ciudadanía, que pone en el centro a los mercados e impone un modelo imposible de autonomía atomizada, y que excluye a los y las que trabajan fuera del mercado, in- cluida la naturaleza. Frente a esta lógica que invisibiliza y desvaloriza, los procesos que hacen posible la vida que nos sostienen cuando so- mos frágiles y dependientes, y que oculta nuestra interdependencia y vulnerabilidad constitutiva, la cui- dadanía pone el cuidado de la vida en el centro de la vida personal y comunitaria, del análisis social, de
243 La Cuestión Social Año 25, n. 2 la economía y de la política Desde esta nueva perspectiva, toda per- sona sin exclusiones, forma parte de una red amplia y horizontal de cuidados. La reivindicación de la cuidadanía supone la lucha contra las relaciones de dominación en las que sólo unos cuidan y otros son cuidados. Es una apuesta por el cui- dado mutuo, no jerárquico y sin pri- vilegios, que incluya el cuidado de la tierra, nuestro hogar. 6 4.1 De la invisibilización a la revolución de los cuidados Proponemos una revolución de los cuidados como alternativa a su creciente mercantilización y su universalización frente a su secu- lar feminización e invisibilización. Es decir, la asunción por parte de todos, varones y mujeres y también, por parte de los poderes públicos, de que se trata de una responsabi- lidad humana compartida y de una cuestión política de vital importan- cia. Si queremos una sociedad y una cultura verdaderamente humana y ecológicamente sostenible, a la altu- ra de la dignidad de los más vulne- rables y de la necesidad urgente del cuidado de la casa común, no pode- mos seguir confiando la cuestión de los cuidados al ámbito exclusivo de lo privado y lo individual/familiar y de la economía informal, o atribuir- los en exclusiva a las mujeres, co- mo si ellas fueran: «esencialmente» 6 Cf. Junco, Carolina, Pérez Orozco, Amaia, del Río, Sira (2004). «Hacia un derecho uni- versal de cuidadanía (sí, de cuidadanía)». Grupo de Coeducación Zubiak Eraikitzen Hezkidetza Taldea, Diciembre 2004. más responsables del cuidado de la vida que los varones. 7 4.2 De una justicia «justiciera» a una justicia arraigada en la misericordia Esta visión que reivindica la cen- tralidad del cuidado, conecta con la entraña del Evangelio como Buena Noticia. En el centro de la tradición judeocristiana y de nuestra fe, es- tá el Dios que se revela en la histo- ria como Amor creativo, generoso, compasivo, tierno y liberador. Dios es justo y ama la justicia, pero una justicia que no esté arraigada en la misericordia acaba tornándose «jus- ticiera». Por eso, los orantes de los salmos, conscientes de la limitación y del pecado propio, invocan al Dios Justo, pero confían en su misericor- dia; pues es ella, la que transforma su justicia en gracia y salvación. Pero ¿cómo entiende la tradición bíblica el amor? Profundizar teológica y ex- periencialmente en esta cuestión, es fundamental para desarrollar una ética y una praxis cristiana del cuida- do como dimensión esencial de la lu- cha por la justicia. En la Biblia Yahvé se va revelando como misericordia entrañable. El hesed (misericordia) divino se manifiesta en acciones pal- pables, en favores concretos; pero, al mismo tiempo, expresa algo más que una actividad. Se trata de una cualidad interior que se muestra como inclinación amorosa y bene- volente en favor del otro, gratuidad 7 [Nota del editor] Para ampliar, cf. Ra- món, Lucía (2011). Mujeres de cuidado. Barcelona: Cristianisme i Justícia, Cua- dernos nº 176.
244 La Cuestión Social Año 25, n. 2 y donación que sobrepasa los lími- tes de la justicia, y cuyo culmen es el perdón. Fuente de alegría y de goce contemplativo. Una llamada a una comunidad de vida y amor compro- metida —la Alianza—, que no se des- entiende de las necesidades básicas de sus miembros más vulnerables para florecer y, sin cuya salud no hay salvación. En un oráculo del profeta Oseas, Yahvé pone en pleito a los sa- cerdotes, porque privan al pueblo del conocimiento de Dios, de la instruc- ción en el hesed (lealtad, misericor- dia, bondad) y en el ´emet (fielidad, verdad). Esta falta de lealtad y cono- cimiento de Dios, les lleva a una situa- ción en que, el hombre, creado por amor y para amar, se transforma en un lobo para el hombre: «no hay ver- dad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra, sino juramento y mentira, asesinato y robo, adulterio y libertinaje, homicidio tras homicidio. Por eso gime el país y desfallecen sus habitantes» (Os 4,1-3). Precisamente en este punto descubrimos la profun- da conexión entre la cólera de Dios y su misericordia, que no es otra cosa que su indignación ética ante el atro- pello de los más pobres. Yahvé se en- coleriza porque el pueblo es infiel a su compromiso de amor, «su hesed es nube mañanera, rocío que se evapora al alba» (Os 6,4); por su dureza de co- razón y su incapacidad para cumplir lo que él quiere de su pueblo: «Mise- ricordia, no sacrificios, conocimiento de Dios, no holocaustos» (Os 6,6); «juzgad sentencias verdaderas, que cada uno trate a su hermano con mi- sericordia y compasión, no oprimáis a viudas, huérfanos, emigrantes y ne- cesitados, que nadie maquine malda- des contra su prójimo» (Zac 7,9-10). 4.3 De un Dios juez a un Dios amor El amor es precisamente la imagen de Dios en nosotros. Como dice el poe- ta cubano: «sólo el amor engendra lo que perdura, sólo el amor convierte en milagro el barro». Los cristianos es- tamos llamados a vivir en el Amor y a crecer enraizados en él. Es el signo distintivo del cristiano y su quehacer fundamental, seguir a Jesús es amar como él amó: «este es mi mandamien- to: que os améis unos a otros como yo os amé» (Jn 15, 12ss). Sólo el que ama con un amor libre y liberado de todo temor, que no nace del miedo y de la servidumbre, sino de la experiencia de una profunda amistad, de ser que- rido incondicionalmente y estar en manos del Amor; sólo el que ama con un amor encarnado que engendra fra- ternidad y sororidad, y que atiende a las necesidades de los últimos, puede acceder al conocimiento de Dios y la salvación. «Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, mien- te; pues, si no ama al hermano suyo a quien ve, no puede amar al Dios a quien no ve» (cf. 1Jn 4, 7-21). «Si uno se tiene por religioso, porque no refre- na la lengua, se engaña a sí mismo y su religiosidad es vacía. Una religiosidad pura e intachable a los ojos de Dios Pa- dre consiste en cuidar de huérfanos y viudas en su necesidad» (Stg 1,26-27). 4.4 Recuperar y actualizar una espiritualidad del cuidado Finalmente estamos convencidos de que la compasión y la misericordia son vitales para nutrir y alimentar la lucha por la justicia. La educación es-
245 La Cuestión Social Año 25, n. 2 piritual en la compasión y el cuidado de sí, bien entendidos son fundamen- tales para el desarrollo de la persona, para la movilización y la perseve- rancia en las luchas sociales. No po- demos vivir sin amar, pero tampoco podemos vivir sin amor. ¿Cómo po- demos amar bien al prójimo, si no sa- bemos amarnos a nosotros mismos? El cuidado de sí, muy presente en la espiritualidad cristiana antigua, es un valor a recuperar y actualizar más allá de una espiritualidad y una concepción de la justicia y del tra- bajo por la justicia excesivamente ascética y sacrificial, focalizada en el activismo cortoplacista, y poco sen- sible a las necesidades profundas del ser humano y de su vulnerabili- dad constitutiva desde una perspec- tiva encarnada e integral. Porque el cuidado de sí, integra las emociones y el desarrollo intelectual, lo corpo- ral y lo emocional, lo comunitario, la capacidad de saborear, gozar y celebrar los placeres básicos de la vida en armonía con la tierra, más allá de la voracidad consumista. Su- pone descubrir y aceptar los límites, aprender que menos puede ser más, frente a la lógica depredadora del ca- pitalismo, que pone en el centro de la vida y de la sociedad la acumula- ción de capital. * Filósofa y teóloga. Profesora de la Facultad de Teología de Valencia y de la Escuela Feminista de Teolo- gía de Andalucía. Ha sido secreta- ria de la European Society of Wo- men in Theological Research. Imponderables del debate fe –justicia hoy Hoy se habla mucho de «líneas rojas». Aquí en estas páginas pre- ferimos hablar de imponderables. Aquello que ha constituido y segui- rá constituyendo nuestra razón de ser y nuestra preocupación. Un mo- do de estar en el mundo, una espi- ritualidad lúcida y de ojos abiertos. Una mística crítica, también con la propia mística cuando es desarrai- gada y alienante. 5. Dar centralidad y autoridad al nuevo rostro de los pobres F. Javier Vitoria* En las últimas décadas, el mundo ha cambiadomuchoenpositivo,ynuevas realidades y perspectivas se han in- corporado al análisis del binomio fe-justicia. Pero a pesar de estos cambios, hay algo que permanece y clama al cielo: la existencia de una plétora multimillonaria de seres hu- manos empobrecidos. Sin caer en el catastrofismo, podemos afirmar que Auschwitz se ha convertido en la parábola de nuestro mundo, como ayer intuyera Etty Hillesum; o que «el mundo es el campo», como hoy repi- te Giorgio Agamben. 5.1 De un desafío de primera magnitud a la centralidad Esta realidad es un hecho mayor, cuya centralidad en el presente y en el futuro resulta inexcusable. Si se convirtiera en periférica, muchos
246 La Cuestión Social Año 25, n. 2 de los trabajos y reflexiones en tor- no al binomio fe-justicia perderían su razón de ser y caerían bajo una razonable sospecha de cinismo. Por una parte, el sufrimiento, la in- justicia y la insignificancia en que viven los pobres constituyen un de- safío de primera magnitud para la vivencia y la reflexión acerca de la fe cristiana en la salvación de Dios acaecida en Jesucristo y en su Es- píritu. Por otra, la fuente de esta demanda de centralidad no es ni un imperativo moral, ni una exi- gencia académica más, sino la re- velación de la autoridad divina que los pobres poseen para la tradición cristiana y las instituciones de la Iglesia. 8 El Dios de Jesucristo los ha instituido sus «vicarios» en el mun- do (cf. Mt 25,31-45) y ha deposita- do en ellos «el peso inmenso de la gloria eterna» (cf. 2Co 4,16). Desde el binomio fe-justicia «la opción por los pobres» es una cate- goría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosofía. Esta opción está implícita en la fe cristoló- gica, en el Dios crucificado que se ha hecho pobre por nosotros, para en- riquecernos con su pobreza (cf. EG 198). Consecuentemente nos faculta para hablar con temor y temblor del Dios cristiano en contemporanei- dad con «los llantos inaudibles de los que nada esperan ya de nadie…» (Jaime Gil de Biedma). ¿Cómo no 8 [Nota del editor] Para ampliar, cf. Cris- tianisme i Justícia (2015). La causa de los pobres, causa de Dios. Barcelona: Cristianisme i Justícia, Cuadernos nº 194. Véase también, González Faus, J. I. (2005), Vicarios de Cristo: los pobres. Barcelona: Cristianisme i Justícia. hablar de Él, si en esos llantos he- mos percibido que Dios llora cuando oye los gritos de desesperación de los pobres? Como ha escrito Gusta- vo Gutiérrez, «es imposible, desde el mundo de la insignificancia, mundo del pobre que vive una situación in- humana y de exclusión, no percibir que el anuncio de la Buena Nueva es un mensaje que libera y humaniza y que, por eso mismo, es portador de un reclamo de practicar la justicia, como respuesta al don del Reino». 5.2 De la centralidad de los últimos a la opción por los últimos Esta centralidad de los últimos, que se sustancia en «la opción por los pobres», señala dos tareas pa- ra el futuro: redefinir el rostro his- tórico de los pobres y ser voz de los que no tienen voz. 5.2.1 Redefinir el rostro histórico de los pobres Pobres siempre los hay, pero su rostro histórico, sus características biográficas y humanas van cambian- do. En estos momentos los aguje- ros negros de la globalización están dejando a mucha gente al margen del sistema, también más allá de las fronteras tradicionales que separa- ban el Norte del Sur. Grandes ma- sas de la población mundial se ven excluidas y marginadas: sin traba- jo, sin horizontes, sin salida. Ya no son víctimas de la explotación y de la opresión, sino de la cultura del «descarte». La exclusión afecta in- trínsecamente a su pertenencia a la sociedad en la que viven. Ya han
247 La Cuestión Social Año 25, n. 2 dejado de estar en ella abajo, en la periferia o carentes de poder, ahora están fuera. Los últimos han dejado de ser «explotados» para conver- tirse en «desechos», en «población sobrante» (cf. EG 53). Entre estos, habremos de saber identificar y prestar atención a aquellos que son doblemente excluidos por ser muje- res, por pertenecer a minorías cul- turales, por profesar identidades religiosas perseguidas, etc. 5.2.2 Ser voz de los que no tienen voz Es vital amplificar los clamores de los pobres y de Dios en nuestra sociedad. Hay que dejar meridianamen- te claro que nadie —ninguna persona, ningún poder econó- mico, político, religioso, mafio- so, etc.— está legitimado para decidir quién vive y quién muere en nuestras sociedades, o qué vidas son dignas de ser lloradas (Judith But- ler) y cuáles no. El diálogo fe-justicia desde la óptica europea cristiana y eclesial debe asumir ser esa voz, vin- cular orgánicamente el pensamien- to al discurso de los empobrecidos por la historia (los últimos, los des- cartados, los sobrantes…), y al de los empobrecidos por opción (los po- bres por el espíritu, según la versión de Ignacio Ellacuría). 5.3 De la ortodoxia y la ortopatía a la ortopraxis Es ineludible la necesidad de dar prioridad a las historias de los pobres, a sus narraciones, sobre nuestros discursos. De este modo serán vehículos no sólo de la or- todoxia y la ortopraxis del bino- mio fe-justicia, sino también de la ortopatía que resiste y ayuda a vencer la indiferencia globaliza- da de sociedades en las que sus ciudadanos se niegan a mirar el sufrimiento de los excluidos. La utopía divina de la fraternidad tiene una vigencia real en nuestro mundo En este momento histórico de debilitamiento o inexistencia de un sujeto político capaz de trans- formar el orden del sistema, son muy importantes las narraciones de empoderamiento de estos úl- timos. Las actuaciones de las pla- taformas de los afectados por las hipotecas son un buen ejemplo de ello. Este tipo de historias ofrecen unas experiencias de cómo los últi- mos pueden volverse sujetos polí- ticos capaces de enfrentarse con el sistema económico financiero, de debilitarlo y de crear fisuras en él. Este tipo de experiencias de articu- lación y terapia social, que vencen precisamente los patrones del neo- liberalismo, provee de argumentos a una nueva narrativa política que sirve para entender por qué han llegado a su situación actual. Esas historias acreditan la fe en que la utopía divina de la fraternidad tiene una vigencia real en nuestro mundo, a pesar de ser utopía. También hay que visibilizar las historias y narraciones de «los po- bres por el espíritu». Esas «histo-
248 La Cuestión Social Año 25, n. 2 rias intempestivas de solidaridad» han hecho y siguen haciendo correr rumores del Dios de vida. Son vi- das ejemplares dignas de fe, porque muestran cómo la pobreza espiri- tual conduce a la solidaridad con los pobres reales y los maltratados. Esas historias confirman el discur- so segundo de los teólogos al servi- cio del binomio fe-justicia. 5.4 De la fortaleza de la convicción al acompa- ñamiento de los últimos Es indispensable acompañar los procesos de empoderamiento y de liberación de los pobres des- de la fortaleza de la convicción en que el servicio a la fe y la pro- moción de la justicia constituyen una única misión. Pero, al mismo tiempo, con la humildad de quie- nes se saben «honda» de David. Es indiscutible el poder gigantes- co del ídolo moderno del Capital. Fiados en la fuerza del Espíritu, hay que hacerse presente en la refriega del cuestionamiento ra- dical de un sistema económico que genera tantas víctimas. Esta ecúmene del sufrimiento injusto, y no los balances económicos, es la que determina la verdad y la bondad del sistema neoliberal. A esta lucha crucial, protagonizada por gentes con diferentes identidades culturales y religiosas, es clave acom- pañarla aportando, desde la tradición cristiana, «espíritu»; es decir, unos móviles interiores que impulsen, mo- tiven, alienten y den sentido a la ac- ción personal y comunitaria en favor del empoderamiento y liberación de los pobres (cf. EG 261). No será posi- ble comprometerse en esta tarea só- lo con doctrinas, sin una mística que nos anime y nos sostenga en ella. 5.5 Dejarnos evangelizar cada día más por los pobres Mientras conjugamos el binomio fe-justica, reconocemos nuestra ne- cesidad de que los pobres nos evan- gelicen y queremos mostrar cómo lo hacen: «Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios do- lores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a poner- los en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a des- cubrir a Cristo en ellos, a pres- tarles nuestra voz en sus causas; pero también, a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (EG 198). * Presbítero de la diócesis de Bilbao. Profesor jubilado de la Facultad de Teología de Deusto. Profesor invitado en la UCA de El Salvador. 6. Coherencia de vida y comunidad frente al atomismo social Jesús Sanz* En los últimos decenios, hemos asistido al auge del neoliberalismo,
249 La Cuestión Social Año 25, n. 2 que ha llegado a convertirse en la forma de pensamiento dominante, con un programa que se puede re- sumir en muy pocas palabras: indi- vidualismo, libertad de mercado y Estado mínimo. Más allá de lo eco- nómico, el relato neoliberal se ha convertido también en hegemónico en el ámbito cultural. 9 La existen- cia de distintos relatos alternativos que permitan pensar en otros mun- dos posibles y en otras formas de gobierno se ve cuestionada por un marco de interpretación basado en pilares tales como una política subordinada a la economía, el eco- nomicismo, el individualismo, la exaltación del hiperconsumo, etc. Al mismo tiempo, hemos asistido a un proceso de socavamiento de las respuestas colectivas organizadas, como las de algunos movimientos so- ciales u otras formas de organización que tratan de hacer frente a esta ló- gica social. 6.1 Del «no hay alternativa» a la reconstrucción de alternativas Ante este proceso, urge reconstruir una mirada más amplia que cues- tione el pensamiento TINA 10 («no hay alternativa») popularizado por Margaret Thatcher. Una mirada que incluya la posibilidad de poner en 9 [Nota del editor] Para ampliar, cf. Mateos, Oscar; Sanz, Jesús (2013). Cambio de época. ¿Cambio de rumbo? Barcelona: Cristianisme i Justícia, Cuadernos nº 186. 10 Siglas en inglés de la expresión There is no alternative. práctica proyectos de emancipación social a nivel colectivo que contem- ple la realidad de forma esperanza- da y que, a su vez, asuma y muestre el carácter interdependiente de la vi- da y su sentido comunitario. Un primer paso en este proceso consistiría en reconstruir el tejido social y comunitario, así como esta- blecer mecanismos de solidaridad en lo colectivo. Frente al atomis- mo social, se hace necesario crear nuevas formas de organización co- munitaria que asuman este reto en ámbitos como los de la economía social, el tejido asociativo o el mun- do del trabajo. Afortunadamente, en los últimos años han aparecido numerosos proyectos entre la sociedad civil que han mostrado, además de un anhelo comunitarista, que exista una fuerte creatividad. Son proyec- tos que apuntan en la buena direc- ción y buscan soluciones colectivas conjuntas a necesidades comunes. Algunos de los más relevantes son iniciativas sociales de carácter local (bancos de tiempo, despensas so- lidarias, tiendas a coste cero); tam- bién han aparecido movimientos que tratan de garantizar derechos sociales básicos, como Yo Sí Sanidad Universal, que lucha contra la ex- clusión sanitaria, o la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, que ha he- cho frente a los desahucios y a una política de la vivienda puramente es- peculativa, además de numerosas ini- ciativas en el ámbito de la economía social y el cooperativismo, sólo por dar algunos ejemplos.
250 La Cuestión Social Año 25, n. 2 Fruto de este anhelo comunitarista, cada vez se experimenta más con los denominados: «bienes comunes», un paradigma que propone la gestión de algún bien o recurso de forma colec- tiva a partir de instituciones y reglas concretas dadas por la propia comu- nidad. Este marco puede ser una lí- nea de actuación fecunda en el futuro. Finalmente, como nos recuerdan algunos enfoques, entre ellos, el del eco-feminismo, somos seres eco- dependientes e interdependientes, por lo que se hace necesario ante- poner unos principios de gestión de los recursos y de la economía que hagan prevalecer la lógica de la vida frente a la lógica de la acumulación. 6.2 Del individualismo y el atomismo a la socialización prepolítica y comunitaria Por otro lado, más allá de la capa- cidad concreta de las iniciativas que buscan resolver problemas compar- tidos, la generación de estos espacios y prácticas tiene un valor fundamen- tal al menos por dos razones más. En primer lugar, por su importante papel pedagógico al mostrar, a través de prácticas concretas, existen alterna- tivas que se construyen desde lo coti- diano. 11 Esta cuestión es fundamental dada la preponderancia de discursos que niegan la posibilidad de «otros mundos posibles» y el déficit de actua- 11 Un buen ejemplo de algunas de estas al- ternativas lo encontramos en el mono- gráfio «33 alternativas para vivir de otra manera», Alternativas Económicas, Extra núm. 1, Barcelona, febrero de 2014. ciones que hagan creíble que realmen- te otro modo de vivir es posible. En segundo lugar, este tipo de es- pacios permite la socialización en un imaginario de valores diferente al predominante, lo que los convier- te en lugares para la socialización prepolítica, concepto con el que nos referimos a todos aquellos espacios de socialización donde surge algún tipo de conciencia de lo comuni- tario. Esta conciencia no consiste en otra cosa, que en abrir los ojos y descubrir que aquello que afecta a uno mismo no es lo inmediato más cercano, ni se trata de una lu- cha personal, sino que es una lucha que va más allá del hecho reivin- dicativo puntual y que construye comunidad. Se hace fundamental la genera- ción de espacios que apelen a lógicas comunitarias y solidarias En este sentido, además del mar- co de la política institucional, se hace fundamental la generación de espacios que apelen a lógicas comunitarias y solidarias cuyo centro sea la dimensión del cui- dado. También es necesaria la puesta en marcha de iniciativas basadas en la inclusión o la hospi- talidad, iniciativas que prioricen a los recién llegados partiendo de actuaciones concretas y del traba- jo cotidiano. 12 12 [Nota del editor] Para ampliar, cf. Gon- zález, Miguel (2015). De la hostilidad a la hospitalidad. Barcelona: Cristianis- me i Justícia, Cuadernos nº 196.
251 La Cuestión Social Año 25, n. 2 6.3 Las comunidades cristianas como espacios alternativos de fraternidad La presente reflexión sobre el ato- mismo social y las acciones creativas que están surgiendo en la sociedad ci- vil son elementos que deben interpe- lar a la Iglesia. Sin duda, el Evangelio y la espiritualidad cristiana tienen un fuerte carácter comunitario y supo- nen una profunda fuente de inspira- ción que invita al compromiso radical en la lucha por la justicia. Pero tam- bién es cierto que muchas comunida- des cristianas han perdido dinamismo y vitalidad en las últimas décadas. Ante esta situación, cabe pregun- tarse por el papel que en la actualidad pueden desempeñar las comunida- des cristianas en la creación de espa- cios de fraternidad y ayuda mutua, capaz de ofrecer respuestas a una sociedad donde prima el individua- lismo y el aislamiento. 13 En primer lugar, en el contexto actual es importante analizar qué tipo de acciones nuevas y creativas pueden darse desde las comuni- dades que, por un lado, comple- menten a otras más tradicionales asociadas a la lucha contra la po- breza, y que, por el otro, incorpo- ren también nuevas dimensiones de la justicia y apuesten por una mayor coherencia de vida. La promoción de prácticas colec- 13 [Nota del editor] Para ampliar, cf. Ca- rrera, Joan (2014). La revolución de cada día. Cristianismo, capitalismo y posmodernidad. Barcelona: Cristianis- me i Justícia, Cuadernos nº 189. tivas vinculadas al consumo respon- sable, a la economía social y solidaria o a llevar una vida más ecológica su- ponen un interesante desafío en el que a la Iglesia le queda mucho por hacer, tanto en lo que respecta a la acción, como a la concienciación, un campo que, además, nos ha de ani- mar a trabajar en el ámbito de lo co- tidiano con objeto de vivir de forma más coherente. En segundo lugar, el encuentro y los vínculos generados en torno a es- te tipo de prácticas son un espacio privilegiado para el trabajo conjun- to y la colaboración entre creyentes y no creyentes. Aparte, representan un espacio absolutamente funda- mental para establecer un diálogo y un encuentro interreligioso, cues- tión que se nos revela fundamental puesto que la sociedad en la que vi- vimos es cada vez más diversa, plu- ral y heterogénea. Finalmente, pero no menos impor- tante, se hace necesario destacar la dimensión celebrativa y alegre que debe acompañar a la puesta en fun- cionamiento de estas prácticas. Más allá de análisis sesudos, la ilusión ge- nerada a partir del trabajo colectivo que recrea y celebra la dimensión co- munitaria supone un importante mo- tor generador de creatividad y de vida que es fundamental sostener y cuidar. * Profesor de Antropología Social en la Universidad Complutense de Ma- drid. Miembro de diferentes orga- nizaciones y movimientos sociales relacionados con el consumo res- ponsable, la soberanía alimentaria y el movimiento ecologista.
252 La Cuestión Social Año 25, n. 2 7. Lucidez, compasión y utopía: competencias espirituales para un mundo en cambio José Laguna* En el mundo educativo se va im- poniendo la metodología compe- tencial que define, articula y evalúa los saberes prácticos que deben adquirir los alumnos. Según el aprendizaje competencial, saber matemáticas no es sólo recitar de memoria las tablas de multiplicar sino ser capaz de calcular cuántos euros entregar en la frutería cuan- do hemos llenado la bolsa de la compra con tres kilos y medio de naranjas y dos de manzanas. Una de las alertas educativas que periódica- mente revelan las famosas pruebas PISA es que los estudiantes españo- les conocen perfectamente las ta- blas, pero no saben cuánto deben pagar en el supermercado. Esta es- cueta presentación de la metodolo- gía competencial no oculta las voces críticas que la acusan de mercantili- zar el conocimiento y de despreciar los saberes no instrumentales. En el intento prospectivo de vis- lumbrar los desafíos de una espiri- tualidad significativa para el siglo xxi, acudimos a la metodología compe- tencial para determinar los aprendi- zajes espirituales que consideramos «útiles» para transitar por un mun- do complejo, plural y globalizado. No buscamos tanto describir prác- ticas meditativas (oración, silen- cio, ascesis, liturgia, etc.) como sus efectos: ¿qué sabiduría para la vida cotidiana necesitan los hombres y mujeres que hoy se ejercitan en la práctica de la espiritualidad? Como ocurría con la educación, somos conscientes de la deriva utilitaris- ta que el neoliberalismo busca im- poner sobre actividades gratuitas e «inútiles» como la espiritualidad; nuestra perspectiva competencial se sitúa tras la pedagogía de la carta de Santiago que busca determinar la fe que no se ve, a partir de las obras ob- servables (Stg 2,18). 7.1 De la fuga mundi a la espiritualidad en y para la realidad Partimos de la definición de espi- ritualidad que propone Jon Sobri- no como la capacidad que todo ser humano tiene de reaccionar ante la realidad con ultimidad. 14 La espiri- tualidad no es una fuga mundi que huye del compromiso transforma- dor de una realidad muchas veces injusta, sino una relación trascen- dente con el mundo que se habita. Es en esa relación con una realidad que se abre más allá del dato empírico en las que la lucidez, la compasión y la utopía constituyen, a nuestro crite- rio, tres competencias esenciales de una espiritualidad cristiana. Antes de analizar brevemente ca- da una de ellas, conviene señalar que la espiritualidad cristiana defi- ne su «ultimidad» desde la cruz y la resurrección de Jesucristo. Hay mu- chas espiritualidades, pero sólo una se confronta con la vida, muerte en 14 Cf. D’Ors, Pablo (2016). Biografía del silencio. Madrid: Siruela, pág. 15.
253 La Cuestión Social Año 25, n. 2 cruz y resurrección de una víctima que confesamos como Dios. La espi- ritualidad cristiana se sitúa en un eje de coordenadas en el que confluyen el sufrimiento de los crucificados de la historia y la esperanza de la inter- vención salvífica de Dios en su favor. Ser espiritualmente competentes supone insertarse cristianamente en la dinámica pascual (muerte y re- surrección) de la realidad. 7.2 Del silencio contemplativo a la lucidez personal y social Aquellos y aquellas que se aden- tran por los senderos de la interio- ridad coinciden en afirmar que la práctica asidua del silencio, lejos de amurallarlos tras un ensimisma- miento autista les hace mucho más conscientes de su mundo interior y de la realidad circundante. Como las aguas turbias que al remansar se vuelven cada vez más transparen- tes, el silencio contemplativo acalla ruidos, prejuicios y discursos hege- mónicos para llegar a la esencia de la realidad y a llamar a las cosas por su verdadero nombre. 15 La lucidez, como capacidad de relacionarse de forma desideologi- zada con la realidad, resulta vital en épocas de tránsito como la ac- tual, en la que la ausencia de me- tarrelatos compartidos es caldo de cultivo para epistemologías inte- resadas que reducen la realidad a contratos sociales autodefensivos y relaciones mercantiles. 15 Cf. Gracia, Diego (2013). Valor y pre- cio. Madrid: Triacastela, pág. 43. Al final del capítulo segundo del libro del Éxodo, se dice que Dios escuchó los lamentos de su pueblo y comprendió lo que estaba pasan- do (cf. 2, 23-25), un «comprender» divino que reconoce a las víctimas de la esclavitud del faraón. Reco- nocer la injusticia estructural que late tras el clamor de las víctimas es una competencia espiritual es- pecialmente necesaria en un mo- mento de capitalismo desbocado que busca eludir su responsabili- dad directa sobre el sufrimiento de grandes mayorías empobrecidas y culpablemente invisibilizadas. En el contexto de una espiritualidad válida para una época que aún está en gestación, la lucidez se relaciona con la capacidad de discernir los «espíri- tus» que laten tras la realidad perso- nal y social. Se trata de la competencia para reconocer la presencia de diná- micas de pecado y de gracia en la his- toria; las primeras para combatirlas y las últimas para fomentarlas. 7.3 De la lucidez a la compasión Si con la espiritualidad ganamos en lucidez, necesariamente nos volvemos más compasivos. La espi- ritualidad alimenta una mirada sa- maritana que nos hace reaccionar con compasión ante las víctimas que nos salen al encuentro. 16 En la estela de Lévinas, los cris- tianos afirmamos que en la mirada 16 [Nota del editor] Para ampliar, cf. Laguna, José (2011). Hacerse cargo, cargar y en- cargarse de la realidad. Barcelona: Cris- tianisme i Justícia, Cuadernos nº 172.
254 La Cuestión Social Año 25, n. 2 interior propia de la espirituali- dad, no sólo nos encontramos con el «rostro del Otro» sino también, e inseparablemente, con los ros- tros de los otros y las otras su- frientes, vidas que nos interpelan y nos responsabilizan. En los albores del siglo xxi, la compasión es una competencia que debe aunar la justicia con el cuidado de los otros y de la Tierra. La espiritualidad hunde sus raíces en una hospitalidad radical que busca suturar una fra- ternidad que la modernidad indi- vidualista dejó malherida. Hoy, el cuidado de los otros se sitúa en un horizonte intergeneracional en el que una solidaridad diacró- nica nos hace responsables de la casa común que dejamos en he- rencia a nuestros hijos e hijas. 7.4 De la globalización sacralizada a la utopía sostenible Lo que nos diferencia y deter- mina como especie es nuestro empeño en transformar la natu- raleza en cultura. 17 Desde el primer ser humano que labró la tierra para forzarla a dar su fruto, allí donde él quería, hasta el astronauta que desafía la ley de la gravedad empeñada en anclarlo al suelo, la historia de la humanidad es el esfuerzo conti- nuo por acercar la realidad al ho- rizonte de nuestras necesidades y 17 González Faus, José I. (2015). Utopía y espiritualidad. Bilbao: Mensajero, págs. 10-11. de nuestros sueños. En el ámbito de la espiritualidad cristiana ese horizonte viene determinado por las necesidades de los últimos (los que ahora pasan hambre, los que lloran, las mujeres maltratadas, los refugiados, etc.) y la promesa divina de la reversibilidad de esa situación («Dichosos los que ahora pasáis hambre porque os van a sa- ciar. Dichosos los que ahora lloráis porque vais a reír…» Lc 6,20 ,26). El sueño divino sobre la huma- nidad se llama Reino de Dios, y la competencia espiritual consiste en el trabajo de avecinar la realidad hacia él. Una competencia que se sitúa entre el activismo transforma- dor y la pasividad agradecida, una tensión espiritual que la tradición ignaciana resume certeramente: «Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios». La utopía del Reino ha de dialogar críticamente con una globalización sacralizada como «ultimidad» incuestionable El «ya pero todavía no» paulino no es una hermenéutica consolado- ra que se agota en explicar el pre- sente sino el aguijón que impulsa a regionalizar la esperanza: «Co- mo Gran Ausente y Gran Vigente, la Utopía, que puede ser el mejor nombre del Dios-sin-Nombre, será siempre un reparo o una objeción a todo lo que los seres humanos construyamos porque aún queda lejos de nuestras aspiraciones; y se-
255 La Cuestión Social Año 25, n. 2 rá, a la vez, un acicate ante todas nuestras decepciones: porque, aun- que no sea verdad plena aquello del yes, we can o “sí se puede” como han mostrado los hechos–, seguirá siendo mucha verdad que “algo se puede”. Y ese algo es lo único que en cada momento se nos pide». 18 En nuestra modernidad líquida, la utopía del Reino ha de dialogar críticamente con una globalización sacralizada como «ultimidad» in- cuestionable. La competencia espi- ritual alerta sobre la perversión de una universalidad financiera pre- sentada con contornos mesiánicos y edificada sobre aranceles sociales homicidas. Justicia, bien común y desarrollo sostenible son tres exi- gencias utópico-espirituales que ninguna globalización puede obviar. 7.5 Por una mística femenina (La) lucidez, (la) compasión y (la) utopía son sustantivos feme- ninos. No se trata de una casua- lidad, la elección del género ha sido pretendida. Parafraseando a Karl Rahner, para el que el cristia- no del siglo xxi será místico o no será; pero, estoy absolutamente convencido de que la espiritua- lidad del siglo xxi será femenina (eco-femenina) o no será. Es hora de que la Ruah se exprese en su propio lenguaje y, para ello, los varones deberíamos ejercer más a menudo las competencias del silencio y la escucha. Eso es en último término la espiritualidad: 18 Ibíd. guardar silencio para escucharla a Ella. * Teólogo y músico. Licenciado en Teología en el Centre Sèvres de Pa- rís. Diploma de Estudios Avanza- dos en Derechos Fundamentales. EPÍLOGO La Iglesia es consciente de que tie- ne que vivir en «permanente refor- ma» en la medida que es una Iglesia que peregrina en busca de Dios y que está formada por personas que no viven todavía de manera plena la vida misma de Cristo. El egocentris- mo, la limitación de cada uno o inclu- so el pecado individual se proyectan en estructuras religiosas visibles que se alejan del espíritu originario y, a la vez, estas estructuras condi- cionan, dificultan y contaminan a los individuos que las integran. La utopía del Reino ha de dialogar críticamente con una globalización sacralizada como «ultimidad» incuestionable 8. El nuevo rostro de la iglesia… sin maquillajes Jaume Flaquer* A menudo la Iglesia avanza a trom- picones. Después de una cierta revolución o una puesta al día (ag- giornamento) en su relación con el mundo, hay un paréntesis de con- solidación que puede durar años, décadas o siglos, e incluso puede pro- ducirse una cierta regresión. Mien-
256 La Cuestión Social Año 25, n. 2 tras el mundo sigue evolucionando y, vuelve a producirse una falta de ade- cuación de la Iglesia con el mundo, lo cual le obliga a hacer otra revolución. Es cierto que una reforma siem- pre es necesaria, incluso urgente, cuando está en juego el que las per- sonas puedan encontrar funda- mentos que sostengan su fe, una situación en la que nos encontra- mos hoy. Si queremos cambiar el rostro de la Iglesia es preciso cambiar su mi- rada, puesto que lo más importante del rostro es la manera de mirar y también de escuchar y de gustar del mundo que se le presenta. La mirada renovada no puede ser otra que la de Jesús, puesto que es a través de Jesús, que Dios mira y siente el mundo; un Jesús que no mira desde cualquier si- tio o desde un lugar neutro, sino des- de el lugar del esclavo, desde el lugar del pobre, a los pies de los demás, de abajo arriba y desde el margen ha- cia el centro. Ciertamente, se trata de una mirada diferente a la que la Igle- sia nos tiene acostumbrados: juzga- dora, prepotente y controladora, una mirada de arriba abajo y del centro hacia el margen. Y, por supuesto, una mirada también diferente para recu- perar la mirada femenina del propio Jesús: pacificadora, servidora y cuida- dora que se expresa en los milagros y parábolas del Evangelio. 8.1 De la religión de los «perfectos» a la misericordia de Dios La Iglesia necesita asimismo recuperar la indignación de Je- sús y su misericordia. No se tra- ta simplemente de aumentar el tono de indignación ni el grado de misericordia, sino de sentirse proféticamente indignados fren- te a aquellos con los que Jesús se indignó: los ricos, los hipócritas y los orgullosos. Además, es preci- so expresar infinita misericordia con aquellos con los que Jesús se mostró misericordioso. La Igle- sia adinerada ha sido demasiado comprensiva con los corruptos y los defraudadores y excesiva- mente dura contra los homo- sexuales, los divorciados, etc. Frente a la hipocresía religiosa y frente a esa religión de los «per- fectos», la Iglesia debe presentarse como una comunidad de personas que experimentan cotidianamen- te la misericordia de Dios y no co- mo aquellas que se ven superiores a los demás. En realidad, detrás de las discusiones sobre la admisión a la comunión de los divorciados o la inclusión de los homosexuales en el seno de la Iglesia, se visibiliza una lucha entre dos modos antagóni- cos e irreconciliables de entender la religión. 19 Sólo así puede enten- derse la vehemencia de las discu- siones: una Iglesia de los perfectos que mira por encima del hombro a los que considera que no lo son, frente a una Iglesia acogedora, co- mo la de Jesús, que se reconoce lle- na de gente sencilla, cojos, mancos, 19 [Nota del editor] Para ampliar, cf. Ale- gre, X.; González Faus, J.I.; Martínez Gordo, J.; Torres Queiruga, A. (2015). Rehacer la vida. Divorcio, acogida y comunión. Barcelona: Cristianisme i Justícia, Cuadernos nº 192.
257 La Cuestión Social Año 25, n. 2 recaudadores de impuestos, prosti- tutas, etc. Se trata de la misma dico- tomía que existía entre los fariseos y el grupo que seguía a Jesús, al que criticaban aquellos por comer «con publicanos y pecadores». La Iglesia adinerada ha sido demasiado comprensiva con los corruptos y los defraudado- res y excesivamente dura contra los homosexuales, los divorcia- dos, etc. El fariseísmo vive con miedo al refrán «dime con quién andas y te diré quién eres». Cree que si se da la comunión a alguien que ha fra- casado en su matrimonio, se impu- rifica al mismo Cuerpo de Cristo y a los demás miembros. En cambio, la Iglesia de Jesús se mezcla entre la gente sencilla para acogerla, acom- pañarla, darle esperanza y sanarla. 8.2 De la autorreferencia- lidad a la escucha del sufrimiento La Iglesia debe descentrarse y acercarse al marginado y de aban- donar o como dice Francisco, huir de la autorreferencialidad. Esta pre- ocupación de la Iglesia de hablar sólo de sí misma y cada vez más para sí misma con documentos que interesan a muy pocos, debe trans- formarse en una Palabra dirigida al pueblo y a su sufrimiento. En esta preocupación por el sufrimiento, debe reconocer con dolor a las mi- les de víctimas que ella misma ha producido y sigue produciendo. Ella, que se constituyó sobre la san- gre de los mártires, pasó a ser ver- dugo. Las víctimas del fariseísmo judío denunciado por Jesús –lepro- sos, mujeres con flujos de sangre, publicanos, pastores, etc.– son hoy los homosexuales, los divorciados, etc., que se han visto marginados por la misma Iglesia. La Iglesia de- be oír su sufrimiento. 8.3 De Cristo Rey a la figura de Jesús La Iglesia debe dejar de ser un reflujo del «Cristo Rey de este mundo» y recobrar la imagen de Jesús servidor y cuidador que se postra a los pies de sus discípulos. La Iglesia, en tanto que imagen de Cristo Rey de este mundo, es la que transmite una imagen de Dios co- mo Todopoderoso, Emperador, Pa- triarca, en el sentido masculino del término, y en lo que se ha de trans- formar es en una Iglesia capaz de reflejar la imagen del Dios que in- tegra lo masculino y lo femenino. De una Iglesia preocupada en pre- dicar al mundo la existencia de un Dios «más perfecto del cual nada puede pensarse» debemos pasar a una Iglesia que intenta presentar al Dios que se manifiesta débil en la figura de Jesús. 8.4 De la jerarquía a la escucha: Dios en el pueblo Es ineludible para la Iglesia, ver y escuchar a «Dios en todas las co- sas» y a las personas, como base teológica de la participación de todos en las decisiones que adop- te. El sujeto de la escucha es toda la Iglesia y no solamente su jerar-
258 La Cuestión Social Año 25, n. 2 quía. Teológicamente, hay que re- tomar aquella idea de que toda la Iglesia es profética y toda ella es sacerdotal. Así, el que tiene que ver y escuchar a Dios es la Iglesia en su totalidad y no sólo su jerarquía, y si Dios habla en el pueblo, la je- rarquía debe escucharlo. El sondeo mundial ante el Sínodo de la Fami- lia no fue una mera encuesta pa- ra aceptar la opinión mayoritaria: fue un acto de fe de la presencia de Dios en el pueblo. La Iglesia debe fundamentarse en esto para caminar hacia una mayor horizontalidad en la toma de decisiones y en una desclerica- lización en línea con el Evangelio. 8.5 De la comunidad cerrada a la comunión y el diálogo La Iglesia debe ser una gran co- munidad de comunidades en las que el diálogo constituye un ele- mento esencial. Además, la Tri- nidad no es una «comunidad» cerrada sino que está en constante salida de sí misma. Por ello, si la Iglesia está llamada a ser su ima- gen, debe estar en un continuo sa- lir de sí dialógico hacia el mundo. Por consiguiente, la Iglesia debe pronunciar una Palabra de denun- cia, una Palabra salvadora; pero también, una Palabra de bendi- ción. Debe denunciar las desigual- dades económicas indecentes, recordando el destino común de los bienes de la tierra, y condenar las discriminaciones por motivos de raza, religión y género. La Palabra salvadora la debe pronunciar la Iglesia no sólo a través de los sacramentos, sino a través de su acción social. Pero la Iglesia no se puede olvidar de pro- nunciar una Palabra de bendición –en el sentido de decir bien– sobre todas las cosas. Esa fue la Palabra creadora de Dios cuando decía que «todo era bueno». De igual mane- ra, la Iglesia debe ser capaz de ver y de reconocer todo el bien que es producido por gente cristiana y no cristiana. Así se expresa el papa Francisco cuando dice que el con- fesionario «no puede ser una sala de tortura». Una Palabra de bendi- ción es la Palabra de san Francisco y que reproduce el papa: «Laudato Si’», con toda la dimensión ecológi- ca que esta contiene. 8.6 Con rostro de mujer Este cambio de rostro de la Igle- sia debe tener, pues, una traduc- ción eclesiológica y litúrgica que potencie la horizontalidad y la consulta e integre a la mujer en los órganos de decisión y de cele- bración litúrgica. En el año de la misericordia propuesto por el Pa- pa, no puede darse un verdadero giro hacia esta actitud, sin un giro femenino. La «misericordia» bíbli- ca traduce la raíz R-H-H hebrea (o árabe en rahim) que es aquel amor que surge de las entrañas de Dios, de su regazo o incluso de su úte- ro maternal (rehem). Por eso, no puede haber una conversión a la misericordia sin una conversión a lo femenino. El patriarcalismo teo- lógico ha ido históricamente, de la mano de la violencia legitimada
259 La Cuestión Social Año 25, n. 2 religiosamente y una Iglesia pací- fica y del cuidado no acabará de hacerse sin asumir plenamente a la mujer. CS * Jesuita, licenciado en Historia y en Teología. Doctor en Estudios Islá- micos. Profesor en la Facultad de Teología de Catalunya. Responsa- ble del Área Teológica de Cristia- nisme i Justícia. Edición número 200 de Cristia- nisme i Justícia. Septiembre 2016.
260 La Cuestión Social Año 25, n. 2 El 06 de abril 2016, el Papa Fran- cisco nos ha hecho el regalo de su Exhortación Apostólica ‘AMORIS LAETITIA’. Ya los dos sínodos epis- copales, de 2014 y 2015, sobre la familia, nos habían preparado acer- ca del espíritu y contenido de la Ex- hortación misma. En la práctica, las conclusiones sinodales pueden ser interpretadas como los primeros dos capítulos de la ‘AL’. Sin embargo, en la Exhortación se nota la mano de un gran pastor, conocedor de la vi- da del pueblo cristiano y coherente con sus particulares anuncios sobre la ternura y la misericordia de Dios; temas que, con frecuencia, han sido por él predicados con motivo del Año Jubilar de la Misericordia. Cada documento pontificio, nor- malmente, responde a alguna pro- vocación histórica del momento. La ‘AL’, de hecho, responde a la cri- sis contemporánea de los grandes y constitutivos valores éticos y so- ciales del hombre. Nos referimos principalmente, al extravío antro- pológico de nuestra sociedad que se va alejando, progresivamente, de los significados auténticos de las realidades de la sexualidad, del amor conyugal, del matrimonio y de la familia desconociéndolas co- mo valores e instituciones funda- cionales de la vida personal y social del ser humano. Además, son par- te de ese patrimonio hermoso con el cual Dios ha beneficiado a la hu- manidad, consignándoselo para su disfrute, cuidado y crecimiento. Es decir, la familia. La lectura detenida de la Exhor- tación nos ha permitido captar, para su mejor comprensión, cua- tro ‘llaves hermenéuticas’: la mi- sericordia, el discernimiento, el acompañamiento y la integración. En efecto, cada vez que el Papa se aproxima a alguna vivencia y reali- dad humana, lo hace siempre con el afán de sanar heridas, compren- der situaciones concretas, tender la mano e integrar a todos con pacien- cia y comprensión. Luego, a través de la cercanía afectiva, se pone en diálogo respetuoso con las perso- nas y discierne dentro de sus vidas concretas, el mejor camino para acercarlas al ‘ideal evangélico’. Es en esta etapa donde se experimen- ta la mano solidaria de los pastores, evitando la tentación de juzgar y condenar. En fin, la propuesta pon- tificia no consiste en excluir, sino “Amoris laetitia”: sobre la alegría del amor en la familia P. Umberto Mauro Marsich S.X.*
261 La Cuestión Social Año 25, n. 2 más bien, en insertar e integrar a cada persona, matrimonio y fami- lia en el tejido vivo y cálido de la comunidad cristiana. Para ello, no ha sido necesario cambiar la ‘doc- trina moral’ de la Iglesia que, sien- do ‘verdad bíblica’ es inmutable. Lo que ha cambiado es el lenguaje doc- trinal, su interpretación y práctica pastoral hecha desde el corazón de Jesús. En fin, el cambio ha sido únicamente ‘pastoral’. La tarea que deja el Papa, por tanto es, sobre to- do, para los pastores y colaborado- res laicos/as, comprometidos/as en la acción pastoral. Lo pastoral, desde luego, presupone un mayor compromiso con el ‘primer anun- cio’ cristiano, con la predicación del Evangelio y con una siempre mejor preparación en todas las cuestiones relacionadas con la doctrina de la Iglesia acerca de la sexualidad, el amor, el matrimonio y la familia. La ‘AL’ es una ‘sinfonía’ dedicada a la ‘sexualidad’, pensada por el Creador como lenguaje alegre y gratificante de amor; al ‘amor’, que es siempre posi- ble construir en la roca de la amistad y caridad cristiana; al –‘matrimonio sacramental’ para los bautizados y a la ‘familia’-, como el lugar de la vida gratificadora de la solidaridad, gratui- dad, donación y convivialidad. Otra clave de lectura de la ‘AL’ es la ‘fragilidad’ humana. Notorio es ver, en efecto, cómo los humanos nos equivocamos en muchas ocasiones, pero, acerca de la decisión matri- monial, no se admiten errores desti- nando a la soledad los matrimonios rotos. La inyección de optimismo y misericordia que nos trae la ‘AL’, ayu- dará a sanar a los heridos del camino. En tiempos difíciles para la familia, el Papa Francisco nos suplica que sea- mos de corazón abierto y compasivo ante las fragilidades humanas. La estructura de la ‘AL’, -sobre el ‘amor en la familia’-, se presenta con mucha variedad de temas claros y complementarios. Vamos viéndolos por capítulos: Primer capítulo: “a la luz de la Pa- labra”. En el trasfondo de la alegría que produce el amor, la ‘AL’ arranca desde la -Palabra de Dios-. A su luz, en el primer capítulo, aparece en escena desde Adán y Eva, la ‘dua- lidad’ amorosa de los esposos, en- riquecidos por los ‘brotes de olivo’, ubicada, realísticamente, entre las alegrías, la ternura, el sudor y los senderos del sufrimiento. La Pala- bra de Dios, la tradición de la Igle- sia y el Magisterio más reciente, robustecen las comprensiones de la realidad familiar, insistiendo en su vocación trascendente por ser el sacramento viviente del amor que le dio origen; es decir, el amor de la SS. Trinidad. A partir de las familias, que pueblan la Biblia, se entiende también como cada fami- lia no es un ideal abstracto, sino el fruto de un trabajo “artesanal” he- cho de dolor, esfuerzo, paciencia y sacrificio; pero también, de ternu- ra, felicidad, gratificación y alegría. Segundo capítulo: “la realidad y los desafíos de la familia”. En este segundo capítulo, el Papa se apro- xima a la realidad concreta de las familias, describiendo su situación actual, sus luces y sombras, seña-
262 La Cuestión Social Año 25, n. 2 lando los correspondientes de- safíos: el cambio antropológico y cultural, el individualismo, que no beneficia el amor de pareja y ter- mina aislando a cada miembro, la precariedad de los sentimientos, el ausentismo de la gracia divina, la cultura de lo provisorio, la falta de oportunidades para los jóvenes, la afectividad narcisista e inestable, el descenso demográfico, el debi- litamiento de la fe y de la práctica religiosa, la falta de una vivienda digna, las migraciones obligadas y el desafío muy severo de la ideolo- gía ‘gender’, que niega la diferencia y la reciprocidad natural de hom- bre y mujer, con todas sus devas- tadoras implicaciones educativas. Tercer capítulo: “la mirada puesta en Jesús y la vocación de la familia”. Con la mirada puesta en Jesús, quien ha llevado a plenitud el proyecto de amor del Padre y, desde su corazón, lleno de misericordia, el Papa se de- tiene a desentrañar la belleza del sacramento del matrimonio en sí y cómo debería ser vivido cristiana- mente 1 . El matrimonio, nos reitera el Papa, es un don del Señor que hay que cuidar; así como, Él nos lo ha do- nado: heterosexual, estable, indiso- luble, fiel y generosamente abierto a la vida (Cf. Mt 19, 8). Jesús, en efecto, lo que hizo fue llevar el matrimonio y la familia a su forma originaria (Mc 10, 1-12). La familia de Nazaret, con todo su fino aroma, destaca como 1 “Tampoco el misterio de la familia cristiana puede entenderse plena- mente si no es a la luz del infinito amor del Padre, que se manifestó en Cristo, que se entregó hasta el fin y vive entre nosotros” (AL, 59). modelo de familia y obra de Dios. Con palabras precisas y alentadoras, el Papa Francisco, en este capítulo propone la ‘preciosidad’ del sacra- mento del matrimonio, cuestionan- do, incluso, a aquellos que lo quieren reducir a una convención social, a un rito vacío o a mero signo externo de un compromiso disoluble. En fin, nos recuerda que “el don recíproco cons- titutivo del matrimonio sacramental arraiga en la gracia del bautismo, que establece la alianza fundamental de toda persona con Cristo en la Iglesia” (73). Con su gracia, Jesús permanece con los esposos; les da la fuerza de seguirle, tomando cada quien su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente y de lle- var unos las cargas de los otros (Cate- cismo, 1642). Con mirada incluyente, la ‘AL’ no condena las demás situaciones ma- trimoniales sino, más bien, eviden- cia en ellas la presencia de posibles -semillas del Verbo- y dirige miradas benevolentes hacia las situaciones de las familias ‘imperfectas’; pero, comprometidas con la educación de los hijos, fieles y con vocación matri- monial. La familia, nos lo recuerda la Exhortación papal: “es también el único lugar naturalmente digno de la procreación”. Por eso, el hijo reclama nacer del amor de sus padres y no de cualquier manera, ya que él, ‘no es un derecho, sino un don’; no es un ‘obje- to’ de alguien y para alguien, sino per- sona humana y ‘sujeto’ innegociable. Partiendo de la riqueza doctrinal sobre el matrimonio y la familia, la Exhortación se nutre de las aporta- ciones más destacadas del magiste-
263 La Cuestión Social Año 25, n. 2 rio, antecedente al Papa Francisco 2 . Una mención directa es a la encíclica de Pablo VI ‘Humanae Vitae’, donde se hace hincapié en la necesidad de respetar la dignidad de la persona en la valoración moral de los métodos de regulación de la natalidad. En se- guida, el Papa señala también la ‘con- tradicción lacerante’ que se da en la familia, santuario de la vida, cuando se convierte en el lugar donde la vida es negada y destrozada en su inicio o en su etapa terminal. Cuarto capítulo: “el amor en el matrimonio”. El cuarto capítulo que, con el sucesivo, es medular de la Ex- hortación, inicia con la ‘sinfonía’ del amor, cuyo preludio consiste en una exégesis luminosa del poema pauli- no dedicado a la caridad (1Cor. 13, 4-7): “nuestro amor cotidiano”. La melodía se extiende desde las notas suaves del ‘amor de amistad’ hasta las refinadas del ‘amor de caridad’. Los dos amores, en el proyecto de la ‘AL’, son insustituibles y necesa- rios para construir matrimonios sólidos sin menospreciar, desde luego, las aportaciones alegres y gratificantes de la ‘pasión erótica’ y del amor ‘sentimiento’ 3 . En efecto, 2 En la AL, en efecto, Papa Francisco cita la ‘Humanae Vitae’ y la ‘Evangelii Nun- tiandi’ de Pablo VI; la ‘Gratissimam Sa- ne’ y la ‘Familiaris Consortio’ de S. Juan Pablo II; la ‘Deus caritas est’ y la ‘Caritas in Veritate’ de Benedicto XVI. 3 “Por algo será -expresa el Papa- que un amor sin placer ni pasión no es suficiente para simbolizar la unión del corazón hu- mano con Dios. La dimensión erótica, por cierto, no es un ‘mal permitido’ o un ‘peso a tolerar’, sino, al contrario, es un ‘don de Dios que embellece el encuentro de los es- posos” (AL, 142). declara el Papa: “Dios ama el gozo de sus hijos”. La visión holística y complementaria de todas las ver- tientes del amor conyugal si, de un lado, son el reconocimiento de que todo lo que Dios ha hecho es ‘bue- no’, de otro lado, sin embargo, ha- brá que hacer lo posible para que no se desvirtúen por la insidiosa y obscura manipulación actual de la sexualidad y del amor en los me- dios de comunicación. Justamen- te, además, el Papa recomienda cuidar y acrecentar el amor entre esposos con una comunicación sincera, profunda y oportuna. Co- municación que, bien sabemos, se consolida en los altares de la ora- ción, de la mesa doméstica y de la intimidad. Al mismo tiempo, el amor ‘madura’ a través del diálo- go entre los esposos y al ‘darse tiempo’ para escucharse. A quienes han hecho la opción de vivir en virginidad, el Papa les recuerda que es igualmente una edificante opción de amor (159). Quinto capítulo: “el amor que se vuelve fecundo”. La generosidad de los padres, que autentifica la nobleza del amor que se tienen y de su ma- trimonio, se plasma, sin lugar a du- da, en la generación y educación de los hijos. El acoger una nueva vida, por parte de los padres, es cimien- to de una historia hermosa que en- cuentra en el Creador su origen y, en ellos, sus colaboradores y ministros. Nunca, desde luego, dueños. La vida es un don que se acoge con amor y responsabilidad desde la espera del embarazo: amor de madre y de pa-
264 La Cuestión Social Año 25, n. 2 dre 4 . El misterio de la fecundidad en el pensamiento del Papa, impulsa a tumbar paredes y ampliarse en la acogida y disfrute de los padres ma- yores, de los hermanos, de los hijos adoptados y de los agregados en ra- zón de la hospitalidad sin fronteras; es decir, de la ‘fecundidad ampliada’ del amor. Este ‘vínculo virtuoso’ en- tre las generaciones es, según Fran- cisco, garantía de futuro. Sexto capítulo: “algunas perspecti- vas pastorales”. El sexto capítulo es- tá dedicado a la verdadera novedad de la ‘AL’: ‘lo pastoral’. Anunciar el Evangelio, en efecto, no es una mi- sión estática; más bien, es dinámica y cambiante como lo es la realidad, en este caso, la realidad del matri- monio y de la familia. La situación del noviazgo también ha cambiado. En efecto, dejados a su plena liber- tad, los novios urgen, actualmente, de mayor acompañamiento. La ‘AL’ entonces, propone un camino pas- toral más profundo y experiencial de preparación. Menos rollo tal vez y más espiritualidad. La prepara- ción al matrimonio, de hecho, debe consistir en un auténtico proceso de discernimiento vocacional y de los novios, vivido en condiciones de libertad. También la preparación ‘ritual’, pide más conciencia y partici- pación por parte de los interesados. Otro periodo delicado en la vida de los esposos, es la etapa de aco- 4 “El don de un nuevo hijo, que el Señor confía a papá y mamá, comienza con la acogida, prosigue con la custodia, a lo largo de la vida terrena, y tiene como destino final el gozo de la vida eterna” (AL, 166). plamiento. En ésta también, no debería faltar la mano amiga de la comunidad cristiana. La experiencia matrimonial, bien sabemos, no es siempre de color de rosa. En efecto, pertenecen a la vul- nerabilidad humana: las crisis, las angustias y las dificultades del ca- mino. Son situaciones que desafían a los matrimonios y a las comuni- dades que, según la Exhortación, no deberían abdicar de sus responsa- bilidades en el acompañamiento de los esposos. Luego, habrá que sanar las heridas y derrochar compren- sión y misericordia, a la manera del corazón de Jesús, frente a tan- tas rupturas y difíciles divorcios. En fin, nunca condenar, cada situación de familias heridas, por ser obje- tivamente diferente, merecen ser escuchadas con atención y acompa- ñadas con delicadeza hacia solucio- nes correctas y justas 5 . Las familias cristianas maduras y la parroquia, en cuanto ‘familia de familias’, pu- dieran constituir extraordinarios recursos pastorales para ello. A los seminaristas y sacerdotes, a su vez, la ‘AL’ pide una mejor preparación y formación interdisciplinaria sobre noviazgo y matrimonio (203). Otro importante y delicado mo- mento de vida, son los primeros años de matrimonio. Principalmen- te los padres sinodales, en efecto, 5 La bula reciente del Papa Francis- co ‘Mitis Iudex Dominus Iesus’ es un instrumento legal providencial para poder agilizar los procesos de nulidad matrimonial y, así, sanar al- gunas de las familias heridas.
265 La Cuestión Social Año 25, n. 2 han solicitado un acompañamiento pastoral particular para esta eta- pa de la vida conyugal. Resulta de gran importancia en esta pastoral, desde luego, la presencia de espo- sos con experiencia, de asociacio- nes y de movimientos eclesiales, como: ‘encuentros conyugales’, y de pequeñas comunidades (223). El acompañamiento pastoral, de- bería darse después de crisis ma- trimoniales, rupturas y divorcios. En este último caso, si las personas viven en nueva unión, se les debe dar a entender, que no están exco- mulgadas, porque siempre integran la comunión eclesial. Ayudar a sa- nar las heridas de los padres y ayu- darlos espiritualmente, es un bien también para los hijos, quienes ne- cesitan del rostro familiar de la Igle- sia que los apoye en la experiencia traumática de la separación o di- vorcio de los padres (246). Pasto- ralmente, es preciosa, igualmente, la parte final del capítulo, dedicada a la pérdida de las personas queri- das y la viudez: “cuándo la muerte planta su aguijón”. Séptimo capítulo: “reforzar la edu- cación de los hijos”. Otro tema, trata- do por el Papa en la ‘AL’, es el de los hijos. Lo que sobresale, de arranque, es la invitación a cuidar de su ‘forma- ción moral’, que los papás no debe- rían delegar, completamente a otros, y practicar una pedagogía respetuo- sa de las etapas de crecimiento, sin excluir, cuando se hace necesaria, la función medicinal y de estímulo de la sanción. Toda la vida familiar, en concreto, debería ser orientada a crear el mejor contexto educativo posible, incluyendo la ‘educación sexual’ que, en su totalidad, es de pertenencia estricta de la familia. El principio de subsidiariedad, por tanto, debe de ser reclamado cada vez que es violado. El realismo edu- cativo, además, aconseja tomar en cuenta que la formación familiar es, frecuentemente, contrastada por quienes ‘entran en las habitaciones de los hijos a través de las pantallas de entretenimiento e información’, en ocasiones, nefastas. Los papás, desde luego, deben entender que, respecto a los hijos/as, siempre hace falta una ‘vigilancia amable’. El aban- dono de los hijos, en efecto, produce en ellos desapego familiar y heridas profundas en el alma. En todo pro- ceso formativo no se debería olvidar que el mayor reto consiste en ‘edu- car’ para la libertad, don de Dios 6 , y en ‘formar’ la conciencia moral. Hoy, un defecto de la juventud es querer y recibir todo y aprisa. En contra de esta búsqueda inquieta de ‘gratificación inmediata’ habrá que educar para la ‘espera’, tener la capacidad de esperar, significa pre- pararse para el tiempo de la cose- cha. Simultáneamente habrá que luchar; hoy también, en contra del ‘autismo tecnológico’: fenómeno que aísla a los hijos, privándoles de la ‘convivialidad’ familiar y social. Finalmente, la cereza en el pastel es y será, para toda familia cristiana, la tarea de transmitir la fe que, desde luego, supone que los padres vivan la experiencia real de Dios. 6 La educación, en efecto, entraña la ta- rea de promover ‘libertades respon- sables’, posibles si conservan el nexo con la ‘verdad’ y el ‘bien’ (AL, 261).
266 La Cuestión Social Año 25, n. 2 Octavo capítulo: “acompañar, dis- cernir e integrar la fragilidad”. Es la parte más delicada y, tal vez, de di- fícil comprensión de la Exhortación: ‘acompañar’, ‘discernir’ e ‘integrar’ la fragilidad. Para discernir e integrar en la vida eclesial y pastoral a las fa- milias ‘heridas’, se necesita en efec- to, paciencia y ‘gradualidad pastoral’, o sea, la ‘gradualidad’ de la ley. En el caso de las situaciones llamadas ‘irregulares’, quede bien claro que irregulares son las situaciones y no las personas. Éstas merecen siempre comprensión, respeto, misericordia y perdón. En efecto, el Papa nos re- cuerda que no siempre, delante de algún mal moral, la culpabilidad es la misma, sino que habrá que juz- gar desde las circunstancias. Éstas, concretamente, pueden constituir verdaderas ‘atenuantes’ de la cul- pabilidad, incluso, sin quitar la gra- cia 7 . Para constatarlo y analizar las situaciones con objetividad el me- jor camino es el del ‘discernimiento moral’. Éste puede hacerse desde ca- da cultura e Iglesia local 8 . Es ella, en efecto, con el obispo a la cabeza y los sacerdotes como ayudantes, que co- noce a sus miembros y sabe de sus 7 “La imputabilidad y la responsabi- lidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadverten- cia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros fac- tores psíquicos y sociales” (Catecis- mo, n. 1735). También las conciencias de las personas, por ejemplo, deben ser mejor incorporadas en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan, objetivamente, nues- tra concepción del matrimonio. 8 El Papa se refiere, aquí, a la necesidad de inculturación de los juicios y dis- cernimientos. dificultades, consciente que no hay recetas fáciles para solucionar los problemas. Además, la aplicación in- misericorde de reglas morales abs- tractas, como si fueran rocas, no es cristiana 9 : “un pastor -escribe el Pa- pa- no puede sentirse satisfecho só- lo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones ‘irregulares’, co- mo si fueran rocas que lanzan sobre la vida de las personas”. Lógicamente, es importante te- ner los criterios morales claros, pero más todavía, lo es acompa- ñar en el dolor y en el sufrimiento, buscando el bien de las personas imperfectas y falibles. Es más im- portante porque es amor. A la luz de la Exhortación, lo que deberá siem- pre destacarse en el discernimien- to, es la lógica de la misericordia pastoral 10 . En el trasfondo de tan- tas familias heridas es mejor que resuene la invitación a recorrer la via caritatis’ que la de la condena- ción. La caridad fraterna, de facto, es la primera ley del cristiano. La enseñanza de la Teología Moral, por tanto, -concluye Papa Francis- co- “no deberá dejar de incorporar estas consideraciones pastorales, porque si bien es verdad que hay que cuidar la integridad de la ense- ñanza moral de la Iglesia, siempre 9 “El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y di- fundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con cora- zón sincero” (AL, 296). 10 “La Iglesia debe acompañar con aten- ción y cuidado a sus hijos más frági- les, marcados por el amor herido y extraviado, dándoles de nuevo con- fianza y esperanza” (Cf, ‘Relatio Syno- di’ 2014, 24).
267 La Cuestión Social Año 25, n. 2 se debe poner especial cuidado en destacar y alentar los valores más altos y centrales del Evangelio” (Cf. EG, 47). Noveno capítulo: “espiritualidad fa- miliar y conyugal”. Una dosis de espi- ritualidad de comunión, matrimonial y familiar, puede ser un rayo de luz precioso y orientador. La espirituali- dad matrimonial y familiar, en efecto, no puede minimizar el carisma de la comunión entre sus miembros. Tam- bién, la oración alegre y espontánea entre los esposos y en familia, es ga- rantía de unión y fidelidad. Además, la espiritualidad será siempre el soporte del amor entre todos los integrantes y reflejo de un amor genuino, exclusivo y libre. En la necesidad, además, gra- cias a la espiritualidad cultivada, en- tre todos, nunca faltarán el cuidado, el consuelo y el estímulo de permanecer unidos en el amor. Si la familia -aña- de el Papa- a través de la oración, “lo- gra concentrarse en Cristo, él unifica e ilumina toda la vida familiar” (317). Una oración de pocos minutos para ‘decirle’ al Señor lo que nos preocupa: ‘rogar’ por las necesidades familiares, ‘pedir’ por alguno que esté pasando un momento difícil, solicitarle ayuda para amar, darle gracias a Dios por la vida y pedirle a la Virgen que les pro- teja con su manto de madre, resultaría muy agradable y santificante. La familia y el ‘amor social’, icono de la Trinidad. Creemos que la priorización del tema de la familia en el magisterio del Papa Francisco, se debe princi- palmente a su importancia en la vida personal y social de la humanidad. Sin lugar a duda, la ‘familia buena’ hace buena a la sociedad entera. Es, indudablemente, un patrimonio irrenunciable de la humanidad y realidad humanísima, cuya influen- cia sobre los demás, es sumamente necesaria y benéfica. “El núcleo fa- miliar -escribe Papa Francisco en la ‘AL’- no sólo acoge la vida gene- rándola en su propio seno, sino que se abre, sale de sí para derramar su bien en otros” (324). Primeramente, lo logra a través de la ‘hospitalidad’. En su profesión de ‘amor social’, la fa- milia refleja así la maternidad de la misma Iglesia y se convierte en icono del amor trinitario. En efecto, lo reite- ra su Santidad: “el amor social, reflejo de la Trinidad, es en realidad lo que unifica el sentido espiritual de la fa- milia y su misión fuera de sí” (324). El enorme aprecio de la Sagrada Escritura respecto al matrimonio, fundamento de la familia se debe, sobre todo, a su importancia social. En efecto, la familia es defendida y tutelada por ser la célula primera y vital de la vida social y espacio pri- vilegiado de formación para la soli- daridad, la justicia, la fraternidad y la paz. El Vaticano II, a su vez, cons- ciente de su importancia le dedicó profundas reflexiones 11 . Entre to- das las familias, aun cuando resul- ta inimitable, la familia de Nazaret permanece como modelo ideal, por haber realizado y testimoniado la belleza del amor y su misión social de apertura al mundo con motivo de la inmolación sacrificial de Jesús 11 Cfr. ‘Gaudium et Spes’, ‘Dignidad del matrimonio y de la familia’, Segunda Parte, Capítulo primero.
268 La Cuestión Social Año 25, n. 2 por la ‘salvación de todos’: a imita- ción de Aquel que ha entregado su cuerpo y derramado su sangre para la vida del mundo, los matrimonios aprenderán a abrirse al amplio ho- rizonte del amor social. 12 . Conclusión Después de haber recorrido el luminoso camino doctrinal y pas- toral de la Exhortación Apostó- lica ‘AL’, nos hemos convencido, aún más, de que se trata de una proclamación gozosa de la verdad sobre el amor, fuente de la alegría nupcial y fundamento de la expe- riencia, humana y preciosa, de la familia. Un anuncio agradable para todos aquellos que no han perdido el gusto de amar y que nutren, den- tro de sí, el ansia de hacer felices a los demás. Es una pieza clave para todos los creyentes y para aquellos que, dentro de la Iglesia, ejercen el servicio ministerial y pastoral. El espíritu de la ‘AL’ y las luces, que de ella brotan, deben reformar los estilos de vida cristiana y las ac- ciones pastorales de la Iglesia: una reforma eclesial que, desde luego, pide conversión, caridad y miseri- 12 Cfr. Umberto Mauro Marsich, “Ética del amor, matrimonio sacramental y procreación”, S. Pablo, México 2015, p 69. cordia para nunca ‘licuar’ la pro- fundidad del Evangelio del amor, del matrimonio y de la familia. Se nos pide, en fin, una renovación pastoral, que implica un cambio de mentalidad, una revisión de los cri- terios de discernimiento y actitudes de humildad y ternura hacia todas las familias. Quien, en efecto, lee la ‘AL’ se sentirá invitado a conjugar doctrina y vida en el horizonte di- námico de esa gracia que conduce a la Iglesia hacia una comprensión experiencial más profunda del amor de Dios, derramado por el Espíritu en el corazón de los creyentes. La auténtica revolución que se puede vislumbrar entre las páginas de la exhortación, es la ‘revolución de la ternura’ que no sólo representa una de las categorías más importantes de este pontificado, sino también, uno de los símbolos con los cuales mirar, hoy, a la familia. 13 CS * Teólogo especialista en moral, profesor de diversas universidades y centros de formación sacerdotal y religiosa. Es autor de varios libros y artículos en revistas especializadas. 13 CF. G. Bassetti, en ‘El observador Roma- no’, 15 de abril 2016, p. 15.
269 La Cuestión Social Año 25, n. 2 PARA LEER EL DESHABITADO de Javier Sicilia 1 hay que saber cuál es el lugar, quiero decir el lugar del alma, desde el que está escrito. Un hombre desollado del espí- ritu, alguien a quien han vaciado existencialmente, a quien le han arrancado a un hijo con lujo de crueldad, un revenat que daría mil veces su vida por recuperar la de su hijo, alguien que de alguna manera ya está muerto, el deshabitado que, perdido todo, es capaz también de una rara libertad, de dar literal y literariamente su resto para cons- truir esta obra impúdica, exhausti- va y extenuante. Puede o no ser, como prometió, su última novela. Pero es sin duda una novela última. 1 Sicilia, Javier, El Deshabitado, Grijal- bo, México, 2016. Se trata de una obra escrita entre la lucidez profética de las peregri- naciones y la miopía de las mar- chas, entre arengas y poesía, entre el recogimiento de la comunidad francesa de El Arca y el ruido del surrealista activismo mexicano. Se trata en realidad de una obra impo- sible, generosa como pocas. Hay quien escribe como es y quien termina siendo como escribe. En es- te caso novela y autor se crean y se recrean mutuamente frente a nues- tros ojos. No contemplamos una fotografía fija, sino que vemos un video. El deshabitado documental la transformación radical de su autor. Hablo pues de una y de otro sin in- tención de distinguirlos, consciente de que no puede ser de otra manera. Estamos además frente a una obra polivalente que se seguirá co- Desde el vacío Eduardo Garza Cuéllar
270 La Cuestión Social Año 25, n. 2 mentando dentro de muchos años. El deshabitado no sólo admite una lectura política, social, ideológica o emocional. Exige una hermenéuti- ca existencial, ética y espiritual. Aunque el interés de este escri- to está en este último ámbito, el espiritual (y más específicamente en dar cuenta de la manera como el dolor innombrable transformó las convicciones últimas de su au- tor), requiere antes, quizás preci- samente porque lo espiritual no subsiste desencarnado, referir sus otras dimensiones. En el plano sociológico basta re- conocer la desgarradora descom- posición social de nuestro país y nuestro tiempo. Javier responde a la vocación profética de acompa- ñar a los muchos de los que en- cuentras en su voz la articulación de su propio dolor hasta entonces mudo o acallado, la de consolar a miles a lo largo y ancho de nuestra geografía, a las víctimas del absur- do, de un mal evitable e infringido. Tiene la virtud de rescatar a miles de denigración acrítica de la crimina- lización. Muchos asesinatos habían sido, además estigmatizados sin juicio para salvaguardar las buenas conciencias y la imagen guberna- mental. Javier los rescató abrazan- do a sus cercanos y nombrándolos para, desde ese bautismo, cuestio- nar el cimiento moral de nuestro tiempo. ¿Cómo adjetivar a un país y a un mundo a cuyas infalibles ecua- ciones les sobras personas, a uno que produce prescindibles y al que miles le estorban?. Javier es especialmente genero- so al referir, agradecer y dibujar en toda su complejidad sus relaciones significativas de estos años, mismas que son de alguna manera la tabla de salvación de su naufragio. Re- fiere los nuevos vínculos, como el de Álvarez Icaza, que le regala su condición emergente de líder so- cial. Habla tanto de las amistades diluidas en estos años, como de las que se profundizaron o emergieron en el Movimiento. Refiere también otras que en escenarios distintos hubieran florecido pero se malo- graron por visiones distintas de la militancia o la existencia. Es posible que esta reconfigura- ción del mapa interpersonal sea sin- tomática, incluso necesaria, cuando la vida cambia de tesitura y de ca- pítulo. Es común en quien se casa o divorcia, en quien deja un ministerio o tiene hijos. Pero en el caso de un corazón noble, como el de Javier Si- cilia, pareciera que todos cabemos, quizás en un sitio diferente al que hubiéramos ocupado antes, pero igualmente significativo y, en reali- dad, inconmensurable. Y es ese carácter definitivo que Ja- vier imprime a sus afectos lo que lo habilita para hablar impúdicamente de las tensiones en la relación con su hija y de su complejidad, de sus ataques de ira, los ciegos y los lúci- dos, de la intimidad en su relación de pareja, de la ternura infinita en su recién estrenado oficio de abuelo… En un tercer orden, el político, la novela puede comprenderse desde la intención de trascender en virtud
271 La Cuestión Social Año 25, n. 2 del encuentro y el vínculo personal el fardo ideológico, en la pregunta sobre si el diálogo entre personas puede ponerse por encima de la ideología y la realpolitik, sobre si- la creatividad del nosotros, la del amor, la de la no-violencia, puede romper el doloroso equilibrio de fuerzas e intereses que encarcela a México. Hace además este cues- tionamiento desde la experiencia de un hombre único que, en su vía crucis, dialogó con casi todos los actores políticos de México y con algunos norteamericanos, muchos más de los referidos en la obra. Hubo sin duda en este arduo pro- ceso momento en los que el ideal humanista del encuentro parecía triunfar. Otros en que su promesa se antoja más bien utópica o ingenua. En términos generales –lo digo con el dolor de un idealista- parece que la reticencia del virus ideológico y el de la política real se le impusieron. Su visión del mapa político mexi- cano en realidad no trasciende el paradigma ideológico con el que fue trazado. En ocasiones parece que és- te más bien se profundiza en Sicilia. Asume por ejemplo acríticamente los postulados del movimiento za- patista, que lo desdeña y se muestra benevolente ante algunos otros gru- pos, como Morena, que lo amenazó de muerte. A otros más, aplica la ru- deza de una criticidad polimórfica, en realidad insuperable. En el plano ético Sicilia profun- diza la visión del mal que había ya abrazado por años: la visión histó- rica de Iván IIIich la hospitalidad es un fruto dilecto e improbable del primer siglo cristiano que se corrompió mediante la profesio- nalización, mecanismo a través del cual la vida moderna exporta a instituciones profesionalizadas funciones como la salud, la educa- ción y la restauración de fuerzas, otrora gratuitas, degenerándolas irremediablemente. A esta visión, que Javier termina de elaborar en profundos diálogos como los que sostiene con el em- bajador Tomás Calvillo, se suma su intuición de que en tiempo que produce prescindibles requiere también sofisticadas maquinarias de inconfesable oscuridad, para deshacerse de los muchos que le estorban. Javier está convencido de que son dichas maquinarias, aso- ciadas de manera más o menos justa y consciente al Estado y a la figura de Felipe Calderón, los que han llevado a miles de mexicanos en los últimos años. Pero en el fondo renuncia a cual- quier explicación del mal, especial- mente a las unívocas de raigambre teológica que lo violentan. No hay que explicar lo inexplicable. No hay lenguaje capaz de justificar lo in- justificable. En esta tentación labe- ríntica se han perdido racionalidad y teología. El mal es un escándalo en el que todo discurso tropieza, un absurdo radical que extravía la razón y hace huir a las palabras. El mal es una locura frente a la cual es posible sólo reaccionar con otra: la del amor, esa última convicción que Javier sigue abrazando.
272 La Cuestión Social Año 25, n. 2 Esto nos lleva necesariamente a la también paradójica dimensión espiritual de la novela, que es la de la más íntima biografía de su autor y que merece especial atención. Para Javier estos son años acia- gos, marcados por el silencio de Dios, preñados de dudas, de de- solación y oscuridad, de angustia, de vacío. Es como si los títulos de sus obras anteriores. –El reflejo de lo Oscuro, El fondo de la noche. A través del silencio, Viajeros en la Noche, La Presencia Desierta- hu- bieran cobrado vida trágicamen- te, como si, a partir del asesinado de Juanelo, hubiera adquirido la más horrenda de las dimensio- nes existenciales. Javier puede, como San Ignacio, como los místicos carmelitanos, dar cuenta desde su lúcida esca- fandra de su itinerario espiritual, de las diversas moradas del mis- mo que, por su naturaleza, cifran necesariamente en términos me- tafóricos y simbólicos. En ese territorio, el de los símbo- los, radica la más evidente transfor- mación de la espiritualidad e Javier Sicilia. Es como si el universo litúrgi- co y representativo que otrora fue- ran significativos para él se hubieran transformado súbita y radicalmente en su mapa de significados. Respeta por supuesto la simbóli- ca del catolicismo. Lo hace no só- lo honrando su propia historia y la de sus padres, sino en profunda comunión con la devoción de los muchos que, en cada caravana, col- garon con su pecho medallas y cru- cifijos. Él mismo regaló a Calderón una medalla de significado religio- so y familiar entrañables. Hay algo, sin embargo, que ha cambiado en Javier irreversiblemente. Más que una imagen, la estatuilla de un san- to o un nacimiento, ausencias como los cuadros negros de Rothko en la capilla ecuménica de Houston o gestos simples como una vela que se enciende en la oscuridad, quizás algo parecido a lo que Boff denomi- nó los sacramentos de la vida, con- mueven su conciencia. Junto con esa transformación en el ámbito simbólico, la espirituali- dad de Javier se distancia también de la argumentación apologética de la que alguna vez fue apasionado. En un retiro no exento de debates dirigido por su confesor, el queri- do Miguel Mier, a -“Los católicos” 2 - Javier se mantuvo escuchando con amorosa atención, pero de alguna manera atrás del primer círculo del grupo, en gayola, tomando distan- cia de sus polémicas, las lúcidas y las necias, fumando. Sus ausencias a las reuniones de este grupo, tan proclive al debate, la confesión y el análisis crítico, aunque siempre explicables, son también sintomáticas de la transformación espiritual que trato de esbozar. La espiritualidad de Sicilia se des- linda contundentemente de todo rastro de providencialismo. De ello 2 Los católicos, Vicente Leñero en tor- no a la fe, Procesos, México, 2017.
273 La Cuestión Social Año 25, n. 2 da cuenta su violenta reacción a los dominicos Miguel Concha y Raúl Ve- ra cuando le insinuaron que Dios ha- bía permitido la muerte de su hijo para encender su propia voz profé- tica. Con un Dios así, se revela Javier, no quiero tener nada que ver. Si por años la teología de Javier bebió del existencialismo de Camus, después del 13 de mayo del 2011 su confluencia con la del Nobel ar- gelino se hizo más clara y profunda. La intención piadosa de justificar la muerte de un inocente, ese absurdo, termina manchando a Dios mismo. Nada puede dar sentido al sinsenti- do. No hay que intentarlo. Javier se revela radicalmente contra toda forma de utilitarismo, especialmente contra las de orden dogmático, que terminan retorcien- do barrocamente los argumentos teológicos, los reducen a ideología y terminan poniéndolos al servicio de algo, de cualquier cosa, incluida la intención piadosa del consolar a al- guien. Se revela lúcida y ferozmen- te contra la catequesis que explica la redención y la pasión de Cristo en término de economía de culpas y de perdones. Sicilia, que siempre prefirió a los místicos sobre los teó- logos, proclama ahora con lucidez poética que la misma idea de Dios es una forma de utilitarismo, que su conceptualización, aunque esa qui- zás inevitable, nos termina alejan- do del Dios que está más allá de las ideas. ¿O acaso, más acá?. La lúcida desnudez de Javier sólo sucumbe ante lo inútil: ante la poe- sía y el misterio, ante el abrazo del hombre y la mujer concretos, ante el amor y ante todo aquello que, por nos servir de anda, puede significar nuestra existencia entera. Tal es el sentido paradójico, tan cercano a las bienaventuranzas, de la espiri- tualidad de Javier: algo que ya había sido sembrado en su alma por años, pero que eclosiona volcánicamente con la muerte de su hijo. El sentido trágico de la existen- cia que, a la manera de Unamuno, ha estado siempre presente en el discurso de Javier, contrasta con su calidez, su ternura y su sentido del humor. El implacable apocalíptico es también un devoto del abrazo. Pero ahora que la tragedia se hizo carne, éstos rasgos, los de su ser amoroso, parece, como se dice de los ciegos, que se ha ahondado y refinado. Sobra decir que el espíritu de Javier, hace años liberado de cual- quier intención proselitista, se li- bera también de la mediación de la jerarquía eclesiástica y de cualquier sumisión a lo clerical, esos canda- dos del catolicismo militante a los que antes, en situaciones concretas como el episodio que viviera Ixtus con el Cardenal Rivera relacionado con Guillermo Schulenburg y la Ba- sílica de Guadalupe, se había some- tido disciplinadamente. ¿Qué queda después de perder todo esto? ¿Cabe Dios en un espacio desprovisto de ideología, catecis- mo, apologética, providencialismo y jerarquías? ¿Puede sostenerse su Presencia sin ese ancestral an- damiaje? Y, en todo caso ¿Se puede lidiar humanamente con un Dios si-
274 La Cuestión Social Año 25, n. 2 lencioso en tiempos de maldad, va- cío y angustia superlativos? ¿Puede creer en lo luminoso alguien traga- do por la oscuridad, por el abismo, por la noche?. He dicho antes que para leer el deshabitado hay que conocer el lu- gar del alma desde el que está es- crito. Debo agregar que su autor no teme el vacío, a la muerte o al ateís- mo que han definido por momento de caminar, como el de tantos mís- ticos. Debo decir también que su itinerancia, a diferencia de su obra poética, nunca se ha detenido, que su andar se ha mantenido en bús- queda y que esa búsqueda, hija de una inusitada libertad, parece aho- ra tener, como los ríos, la capaci- dad de convertir pacientemente los obstáculos en filtros. Más allá y a través de la Iglesia comprendida como organización, Javier se ha fundido en el abrazo de la comunidad que acoge a los desechables, con un grupo indes- criptible de inesperados peregri- nos que, en cada marcha, refleja el rostro y al pueblo de Dios. Ja- vier se ha convertido para las víc- timas del mal y de la violencia en un consuelo y en una voz proféti- ca. Frente a la iglesia constreñida jurídicamente al derecho canónico y geográficamente a la lamentable demarcación parroquial, emerge la que camina con él: una asam- blea itinerante que, al acompañar la historia de las víctimas, se ter- mina tiñendo de su narrativa, una asamblea frágil y definitiva que transforma los arreos de los des- cartables en sus sacramentos. El silencio de Dios que incita a la desesperación, la rebeldía y la blas- femia, va adquiriendo, con el rit- mo y la contundencia del caminar abrazados, un nuevo significado. Dios se muestra misteriosa y para- dójicamente desde el vacío. Cuando ha perdido todo, quizás a condición de perderlo, el místico se encuentra con un Dios amputado de las ma- nos que le pide las propias y al que termina prestándoselas. Un Dios que marcha con los pies cansados de su pueblo. El Dios intervencionista de paso al Solidario, que se coloca silen- ciosamente al lado de la víctima, acribillado, torturado, escupido y aniquilado con ella, ese que pone su omnipotencia entre paréntesis y se confía a nuestras fuerzas. Se manifiesta justamente a tra- vés del silencio, surge del fondo de la noche como una presencia pa- radójica y sutil, dispuesta a ser el reflejo de lo oscuro para viajeros como Sicilia que, pagando el precio del perdón y deteniendo su poéti- ca, nunca suspenden su pascua. CS
275 La Cuestión Social Año 25, n. 2 Aniversario
276 La Cuestión Social Año 25, n. 2 Esta edición de La Cuestión Social consta de 1200 ejemplares y se imprimió en MG Advanced Prepress Technology, S.A. de C.V. Canal Leningrado Mz. 34 Lt.12, Col. Insurgentes 09750, Ciudad de México, impvarel@hotmail.com Tel. 56900463.