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La Cuestión Social
Año 25, n. 2
han solicitado un acompañamiento
pastoral particular para esta eta-
pa de la vida conyugal. Resulta de
gran importancia en esta pastoral,
desde luego, la presencia de espo-
sos con experiencia, de asociacio-
nes y de movimientos eclesiales,
como: ‘encuentros conyugales’, y
de pequeñas comunidades (223).
El acompañamiento pastoral, de-
bería darse después de crisis ma-
trimoniales, rupturas y divorcios.
En este último caso, si las personas
viven en nueva unión, se les debe
dar a entender, que no están exco-
mulgadas, porque siempre integran
la comunión eclesial. Ayudar a sa-
nar las heridas de los padres y ayu-
darlos espiritualmente, es un bien
también para los hijos, quienes ne-
cesitan del rostro familiar de la Igle-
sia que los apoye en la experiencia
traumática de la separación o di-
vorcio de los padres (246). Pasto-
ralmente, es preciosa, igualmente,
la parte final del capítulo, dedicada
a la pérdida de las personas queri-
das y la viudez: “cuándo la muerte
planta su aguijón”.
Séptimo capítulo: “reforzar la edu-
cación de los hijos”. Otro tema, trata-
do por el Papa en la ‘AL’, es el de los
hijos. Lo que sobresale, de arranque,
es la invitación a cuidar de su ‘forma-
ción moral’, que los papás no debe-
rían delegar, completamente a otros,
y practicar una pedagogía respetuo-
sa de las etapas de crecimiento, sin
excluir, cuando se hace necesaria,
la función medicinal y de estímulo
de la sanción. Toda la vida familiar,
en concreto, debería ser orientada
a crear el mejor contexto educativo
posible, incluyendo la ‘educación
sexual’ que, en su totalidad, es de
pertenencia estricta de la familia.
El principio de subsidiariedad, por
tanto, debe de ser reclamado cada
vez que es violado. El realismo edu-
cativo, además, aconseja tomar en
cuenta que la formación familiar es,
frecuentemente, contrastada por
quienes ‘entran en las habitaciones
de los hijos a través de las pantallas
de entretenimiento e información’,
en ocasiones, nefastas. Los papás,
desde luego, deben entender que,
respecto a los hijos/as, siempre hace
falta una ‘vigilancia amable’. El aban-
dono de los hijos, en efecto, produce
en ellos desapego familiar y heridas
profundas en el alma. En todo pro-
ceso formativo no se debería olvidar
que el mayor reto consiste en ‘edu-
car’ para la libertad, don de Dios
6
, y
en ‘formar’ la conciencia moral.
Hoy, un defecto de la juventud es
querer y recibir todo y aprisa. En
contra de esta búsqueda inquieta
de ‘gratificación inmediata’ habrá
que educar para la ‘espera’, tener la
capacidad de esperar, significa pre-
pararse para el tiempo de la cose-
cha. Simultáneamente habrá que
luchar; hoy también, en contra del
‘autismo tecnológico’: fenómeno
que aísla a los hijos, privándoles de
la ‘convivialidad’ familiar y social.
Finalmente, la cereza en el pastel es
y será, para toda familia cristiana, la
tarea de transmitir la fe que, desde
luego, supone que los padres vivan
la experiencia real de Dios.
6
La educación, en efecto, entraña la ta-
rea de promover ‘libertades respon-
sables’, posibles si conservan el nexo
con la ‘verdad’ y el ‘bien’ (AL, 261).