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La Cuestión Social
Año 24, n. 4
verdad es necesario oponerse in-
condicionalmente al divorcio, la
homosexualidad, los anticoncepti-
vos, el aborto, la eutanasia, la fer-
tilización in vitro, la ordenación
de mujeres, el matrimonio de los
sacerdotes, etc.? Sinceramente creo
que no, o de lo contrario ser cató-
lico equivaldría a una abdicación
del criterio y la conciencia. Así co-
mo la secularización, al despojar a la
Iglesia de sus ambiciones de poder
político, obligándola a concentrarse
en su vocación pastoral, trajo una in-
esperada libertad a la religión, creo
que, siguiendo a Bonhoeffer, la indi-
vidualización de las creencias, a pe-
sar de los riesgos que implica, puede
ofrecer la oportunidad de una ma-
duración de la fe.
JS: Ciertamente, como dices bien
al referirte a Illich, hay profundas
huellas, influencias del modo cató-
lico en las instituciones modernas
y es necesario revisarlas. Pero hay
que recordar que para Illich esas
huellas son una muestra de la co-
rrupción del Evangelio que se ini-
ció con la institucionalización de
la caridad y que adquirió su con-
solidación con la Iglesia imperial;
de allí que al final de su vida, para
referirse a su crítica de las insti-
tuciones modernas que nacieron
de las instituciones de la Iglesia,
haya insistido tanto en la frase de
san Jerónimo: “corruptio optima
qua est pessima” (“la corrupción
de lo mejor es lo peor”). La insti-
tucionalización de la caridad, co-
mo ya lo he referido al comentar
a Illich en dos artículos publica-
dos en Conspiratio, tiene que ver
con el sometimiento a estructu-
ras institucionales de lo que en el
Evangelio es el encuentro de dos
seres en la libertad y la gratuidad.
Contra los deberes de hospitalidad
que en la antigüedad obligaban a
ir en socorro de, llamémoslo así,
un “connacional”, pero no de un
extranjero, Jesús opuso la parábo-
la del buen samaritano —la asis-
tencia de un samaritano a un judío
herido, es decir, a un enemigo—;
con ella mostró la libertad y la gra-
tuidad del amor. Sin embargo, la
Iglesia al institucionalizar ese ac-
to de absoluta gratuidad y libertad
y hacerlo una obligación para con
todos —de allí vendrían los hos-
pitales, los orfanatorios, las casas
para viudas y pobres—, corrom-
pió esa gratuidad. Lo que en Cristo
era un acto libre que creaba lazos
entre seres somáticos, es decir, de
carne y hueso, la Iglesia lo convir-
tió en deberes institucionales, es
decir, en instituciones mediante
las cuales un grupo de especialis-
tas, la clerecía, administraba cuida-
dos a seres “necesitados” mediante
el poder y la omnipotencia de sus
medios. Éste sería el origen de las
instituciones modernas mediante
las que otras clerecías, las de los pro-
fesionales (médicos, planificadores,
arquitectos, hoteleros, etc.) admi-
nistran hoy nuestras vidas some-
tiéndolas a cuidados institucionales
ajenos a cualquier gratuidad. Cuida-
dos fuera de los cuales, como algu-
na vez lo formuló la Iglesia para los
suyos, “no hay salvación”: fuera de
la escuela está la ignorancia; fuera
del sistema médico, la insalubridad
y la muerte prematura; fuera del
mercado global y sus férreas leyes,
la ruina… Ya nadie es responsable,