Documentos, ensayos, comentarios y reseñas de libros acerca de lo social Número especial 1 El Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana es una institución de laicos católicos, con espíritu ecuménico, en diálogo con las culturas; cuya misión es contribuir a formar la conciencia personal y social, para construir una realidad social justa a la luz del Evangelio y a través de la investigación, la enseñanza y la difusión del pensamiento social cristiano. AÑO 24, N. 1, ENERO-MARZO. 2016 Asociación Mexicana de Promoción y Cultura Social, A. C., que auspicia al Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana Pedro Luis Ogazón 56, Col. Guadalupe Inn, 01020, México, DF Tels.: 56613043 - 56615612, Fax 56614286 comunica@imdosoc.org - www.imdosoc.org REVISTA DEL INSTITUTO MEXICANO DE DOCTRINA SOCIAL CRISTIANA, MÉXICO, DF. LA CUESTIÓN SOCIAL AÑO 24, N. 1, ENERO-MARZO. 2016 Cincuenta años del Concilio Vaticano II
Presentación El Concilio Vaticano II y su novedad eclesiológica: ¿una agenda pendiente? Carlos Ceballos B., MSpS Concilio Vaticano II y Sacrosanctum Concilium: 50 años Dr. Ricardo Valenzuela Dei Verbum: un documento emblemático del Vaticano II Armando Noguez Alcántara, C.R. 50 aniversario de la declaración Gravissimum Educationis del Concilio Vaticano II Juan José Manuel Velasco Arzac Profesión y vocación Mons. Jorge Carlos Patrón Wong Acerca del decreto conciliar sobre la vida consagrada: Perfectae Caritatis Dra. María Luisa Aspe Armella Aniversario de la promulgación del decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam Actuositatem José Sánchez Z., SJ Unitatis Redintegratio: unidad entre todos los cristianos Karen Castillo Mayagoitia Nostra Aetate o el derrumbe de los muros separadores de las religiones Jaume Flaquer, SJ A 50 años de Ad Gentes Sergio César Espinosa G., MG Apuntes teológicos sobre Gaudium et Spes Federico Altbach Núñez Entre las cosas maravillosas Felipe de J. Monroy 50 años de Dignitatis Humanae: el derecho a la libertad religiosa es de las per- sonas, no de la verdad Julio L. Martínez, SJ El compromiso político de los católicos a la luz de Gaudium et Spes Luis Javier Rubio, OP “No apaguéis el espíritu”: del Vaticano II a Evangelii Gaudium Santiago Madrigal SI 50 aniversario de Nostra Aetate. Catequesis del Papa Papa Francisco Vence la indiferencia y conquista la paz. Mensaje para la 49ª Jornada Mundial de la Paz Papa Francisco Reseñas 1 9 21 26 34 44 48 51 62 67 70 73 82 86 90 98 106 109 120 Portada: Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564). La creación de Eva, fresco, fragmento de la Capilla Sixtina, Ciudad del Vaticano, Roma, Italia, realizado cerca de 1511. República o democracia: la florencia de Maquiavelo y Savonarola Roberto García Jurado Dormir y despertar: un acercamiento fenomenológico a la ipseidad zambraniana Gabriel Astey Filosofía política como reconciliación Mario I. Juárez García Diálogo de poetas Billy Collins Creación Adrián Chávez 114 Violencia y pobreza en la sociedad actual Jaime Ruiz de Santiago otoño 2015 ISSN 0185-6383 Contenido
1 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Presentación Cincuenta años del Concilio Vaticano II El Concilio Vaticano II represen- ta, sin lugar a dudas, un aconteci- miento fundamental en la historia de la Iglesia y un parteaguas en la historia de la humanidad. Es, como dice Santiago Madrigal, SJ, un acontecimiento, una gracia y una brújula, esta última categoría acuñada por Pablo VI. Precisa- mente, desde este triple objetivo, hemos compilado sendos ensayos en torno a los documentos más significativos del Vaticano II, abor- dados por especialistas. Con ello, más que una remembranza histó- rica, buscamos reflexionar sobre lo que ha representado en térmi- nos de vivir en la misión propia del espíritu del Concilio Vaticano II, y reflexionar también sobre los retos que nos representan en cada una de sus conclusiones. En este número especial de La cuestión social sobre el Concilio, proponemos una reflexión sobre el acontecimiento, reconociendo los caminos que surcó el Espíritu en las propias sesiones. Es, ade- más, una brújula para la Iglesia de hoy, porque sin duda, como dijo Pablo VI al ver las conclusiones de ese sínodo ecuménico: “más que un punto de llegada, es un punto de partida para nuevos objetivos”. Juan XXIII, al momento de con- vocar al Concilio el 25 de enero de 1959, señalaba uno de los objetivos últimos de la reunión universal ecuménica: “el próximo Concilio ecuménico está llamado a ofrecer al mundo, extraviado, con- fuso y angustiado bajo la amenaza de nuevos conflictos espantosos, la posibilidad, para todos los hom- bres de buena voluntad, de fomen- tar pensamientos y propósitos de paz”. 1 La paz como anhelo del Papa Bueno, había sido ya expresada en la carta encíclica Pacem in Terris, un testamento a la humanidad que sigue aún vigente. La reunión ecuménica se de- sarrolló en cuatro sesiones. Im- presionante consejo de 2,500 obispos reunidos anualmente por 4 años consecutivos durante 1 Juan XXIII, constitución apostóli- ca Humanae Salutis, núm. 9, 25 de diciembre de 1961.
2 La Cuestión Social Año 24, n. 1 3 La Cuestión Social Año 24, n. 1 dental constitución pastoral Gau- dium et Spes”, nos recuerda el Hno. Juan José Manuel Velasco Arzac. En voz del propio autor, la educación es una tarea que la Iglesia asume por mandato de su fundador: “Id y en- señad a todas las naciones”. Por ello, con este ensayo sobre la declaración Gravissimum Educationis, podemos reconocer lo que se dijo y lo que no sobre la educación; además se ofrece la lista de los documentos del Magisterio que actualizan el tema para que los padres, los educadores católicos en la escuela o en la uni- versidad e incluso las instituciones educativas puedan asumir los retos y las responsabilidades. Este número especial cuenta con la participación de Mons. Jorge Car- los Patrón Wong, obispo emérito de Papantla y colaborador directo del Papa Francisco. Precisamente, su experiencia sobre la formación de los futuros sacerdotes da pie a la reflexión en torno a dos voces que caminan muy juntas pero que tie- nen significativas diferencias: pro- fesión y vocación. Este texto tiene como trasfondo el decreto Optatam Totius del Concilio Vaticano II. Preci- samente, el trabajo de Mons. Patrón Wong tiene que ver con la afirma- ción del decreto cuando dice: “Es deber de los obispos el impulsar a su grey a fomentar la vocaciones y procurar la estrecha unión de todos los esfuerzos y trabajos, y de ayudar, como padres, sin escatimar sacrifi- cio alguno, a los que vean llamados a la heredad del Señor”. La Dra. María Luisa Aspe Armella nos ofrece un estudio sobre el docu- mento conciliar Perfectae Caritatis, “sobre la adecuada renovación de la vida religiosa”, que en palabras de la historiadora se trata de un “deto- nador de la búsqueda de la propia identidad de órdenes y congrega- ciones religiosas”. El decreto no tuvo un camino fácil en su elaboración; pero finalmente fue promulgado por Pablo VI en la última etapa del Concilio. Perfectae Caritatis se de- sarrolla en cuatro dimensiones bá- sicas: cristológica, pneumatológica, eclesiológica y misionera. El estudio que presentamos de la Dra. Aspe, sin duda, es revelador de la natu- raleza de la vida consagrada en el Concilio Vaticano II que ha marcado la vida y la misión de los diferentes carismas de la vida religiosa. El texto de José Sánchez Z., SJ, sobre el decreto que aborda el apostolado de los laicos, Apostolicam Actuosita- tem, parte de la reflexión de lo que el propio autor llama “bondades” del documento; la segunda parte es una revisión de las “insuficien- cias”. En esta reflexión, serena y crítica del jesuita Sánchez Zari- ñana, debemos reconocer con el autor que tras 50 años de dicho documento, éste no puede conte- ner un alcance permanente, ello sería un anacronismo. Sin embar- go, mucho de ello también marca derroteros del apostolado de los laicos en este siglo XXI. En otro bloque de documentos se aborda la relación de la Iglesia católica romana con otras Iglesias cristianas, con otras religiones y con el mundo, la reflexión teológica de la maestra y subdirectora del varias semanas. En todas ellas re- corrió el mismo espíritu y la mira hacia adentro de la Iglesia y la ac- ción hacia afuera: identidad y mi- sión; todo ello atravesado por dos permanentes principios: los ‘sig- nos de los tiempos’ y la presencia de una ‘Iglesia pobre y para los po- bres’. Esta inicial intención de Juan XXIII la hizo suya el Papa Pablo VI, quien concluyó el Concilio, cuando al inicio de la segunda sesión llamó a los Padres conciliares a repensar la Iglesia, ad intra y ad extra. Los ensayos que presentamos están conjuntados en este número de acuerdo a este criterio ad intra y ad extra de la Iglesia. En este sentido, el primer ensayo de Carlos Ceballos B., misionero del Espíritu Santo, bajo el título “El Con- cilio Vaticano II y su novedad ecle- siológica: ¿una agenda pendiente?”, nos invita a reflexionar, en primer lugar, sobre la importancia del Con- cilio y, después, con observaciones muy finas, sobre los diversos es- quemas que corrieron en el debate sobre la Iglesia para terminar en la constitución Lumen Gentium, que finalmente privilegió la categoría de ‘Pueblo de Dios’, término bíblico que según Congar —nos recuerda Carlos Ceballos— tenía una tripe intencionalidad respecto de la Igle- sia: historicidad, ecumenismo y la idea de la dignidad igual de todos los bautizados. Remata este exce- lente estudio con la frase del Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre”. Por otro lado, la liturgia, entendi- da como celebración del Misterio, representó un punto de reflexión fundamental en el trabajo de los Pa- dres sinodales. En su estudio sobre Sacrosantum Concilium, el Dr. Ricar- do Valenzuela dice que la liturgia, Semper Reformanda, se ha enrique- cido después del Vaticano II. Pero, por otro lado, también es cierto que se ha oscurecido. Para el liturgista, la reforma de la liturgia se basa en tres principios: participación; san- tificación y glorificación; novedad y creatividad. A partir de ellos apues- ta por la fidelidad al culto para la ce- lebración del Misterio. El biblista Armando Noguez re- flexiona sobre Dei Verbum en estos términos: “con 26 números dis- tribuidos en cinco capítulos, la Dei Verbum es un documento breve, ordenado y centrado en los asuntos fundamentales”. La revelación en Dei Verbum considera, según el au- tor, el método histórico-crítico; con ello, los lectores de la Palabra de Dios adquieren libertad de lectura e interpretación, apoyados en los métodos científicos, sin que por ello pierda profundidad ni autenticidad. De hecho, uno de los aportes de Dei Verbum es la separación entre Biblia y Palabra de Dios. Sin duda, un en- sayo que nos ayuda a comprender mejor no sólo Dei Verbum, sino que representa una introducción a la re- velación según el Vaticano II. Respecto al tema educativo, éste no se redujo a un documento en el Vaticano II, “está presente en varios de los documentos principales del Concilio, por ejemplo en la trascen-
4 La Cuestión Social Año 24, n. 1 5 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Mirifica al día de hoy”, en que el que hace un recorrido esencial sobre los pronunciamientos más significati- vos de los Papas sobre los medios de comunicación; finalmente, la tercera parte es una propuesta tras 52 años de vigencia de Inter Mirifica para seguir, como concluye Felipe Monroy, maravillándonos y abrién- donos al diálogo y el encuentro que nos robustezca el espíritu. El rector de la Universidad de Co- millas, Julio L. Martínez, SJ, hace una reflexión de la vigencia del derecho de libertad religiosa en el mundo actual a partir de la declaración con- ciliar Dignitatis Humanae. Propone la vuelta a dicho documento para poder entendernos mejor quienes profesamos distintas religiones. Por eso, a diferencia de otros documen- tos del Concilio, Dignitatis Humanae sigue siendo plenamente vigente y conserva toda su prestancia y vita- lidad al día de hoy. El título que pro- pone Julio L. Martínez encierra la esencia del mensaje teológico de la declaración: “El derecho a la liber- tad religiosa es de las personas, no de la verdad”. Cada uno de los textos anteriores han sido escritos exprofeso para este número, el primero de 2016 de La cuestión social. Pero además, hemos querido incluir dos textos que tam- bién comentan y esclarecen algún aspecto de Vaticano II. El primero de ellos es de Fr. Luis Javier Rubio, quien propone una lectura crítica y actua- lizada de Gaudium et Spes desde una perspectiva de la construcción de una sociedad justa en su artículo titulado “El compromiso político de los católicos a la luz de Gaudium et Spes”. Por ello, recuerda que este do- cumento apuesta porque “la socie- dad civil en su conjunto asumiera un papel protagónico en la construcción de un nuevo proyecto de nación o de mundo”. En esta responsabilidad de todos, una implicación especial tiene que ver con la misión del IM- DOSOC. A partir de esta llamada de Gaudium et Spes, dice el autor de esta reflexión, el IMDOSOC ha llegado a “visualizarse como una comunidad cristiana que pretende ser comunión eclesial de fe, esperanza y caridad, y que celebra la palabra de Dios en su vida a través de la solidaridad y el compromiso con el mandamiento nuevo del Señor”. Por último, el escrito del Dr. San- tiago Madrigal, SJ, ofrece reflexiones que miran hacia adelante del Con- cilio bajo el título de “«No apaguéis el Espíritu»: Del Vaticano II a Evan- gelii Gaudium”, que fueron pronun- ciadas durante el coloquio sobre el Vaticano II que tuvimos en diciem- bre pasado (2015) en IMDOSOC. Se trata de una actualización de las propuestas del Concilio Vaticano II para nuestra Iglesia de hoy, in- cluyendo algunas del propio Papa Francisco, construir una Iglesia mi- sionera, una Iglesia en salida. Queda pues, en cada uno de nosotros, lai- cos o consagrados, responder a la imperativa pregunta del teólogo K. Rahner: “¿qué hemos de hacer para no apagar el fuego del Espíritu?”. Sólo resta hacer énfasis que la dis- posición de los ensayos de esta mono- grafía no sigue un orden cronológico según fueron aprobadas las constitu- área Académica y de Investigación de este instituto, Karen Castillo Mayagoitia, propone que el tema de la unidad de los cristianos es un tema transversal para el Concilio. Fundamental en el documento es la comprensión de una sola fe, un solo bautismo, un sólo cuerpo de Cristo, una sola Iglesia, una cele- bración común y una sola familia. Con sus limitaciones y lenguaje, Unitatis Redintegratio es una pro- puesta clara y contundente a la unidad de los cristianos. Es provocador el título del jesuita Jaume Flaquer, “Nostra Aetate o de- rrumbe de los muros separadores de las religiones”, reflexión sobre el diá- logo interreligioso. Nostra Aetate es analizado con mucha fineza en este ensayo que propone, como el propio Concilio, al diálogo como herramien- ta fundamental de entendimiento en la diferencia. Incluso, el autor afirma que con el diálogo y el entendimien- to entre las religiones “es posible reconocer el poder sanador y trans- formador de cada una ellas”. Pero a pesar de los muchos avances, acer- camientos y reconocimientos entre las religiones, “hace falta una mayor profundización en muchos aspectos”. Por su parte, Sergio César Espino- sa G., MG, en su reflexión sobre Ad Gentes afirma que el trabajo de los Padres conciliares en este aspecto de las misiones ha sido fundamental para entender la actividad misionera de la Iglesia, y de algún modo enten- der la misma naturaleza de la Iglesia. El texto sobre Gaudium et Spes de Federico Altbach Núñez, rector de la Universidad Lumen Gentium, además de desentrañar lo esencial del documento, ofrece líneas nece- sarias de interpretación de todo el Concilio, lo que favorece una lectura adecuada del mismo. La reflexión eclesiológica de la identidad de la Iglesia puede ser también una clave hermenéutica válida para la actua- lidad a 50 años del Concilio Vatica- no II. Para el autor es importante también la categoría de ‘mundo’, ya que la Iglesia se relaciona con el mundo, pero éste sólo es importan- te en razón del ser humano, siendo precisamente el ser humano el ver- dadero centro de todo el documen- to. Otra categoría fundamental es la de ‘signo de los tiempos’, que tiene su primera aparición, retomada de la Sagrada Escritura, recobrada por Juan XXIII en Humanae Salutis, la bula convocatoria del Concilio. Finalmente, la visión teológica de la dignidad humana constituye la parte medular del documento. En efecto, el Dr. Altbach nos recuerda que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado, afirmación contundente de Gaudium et Spes. El documento que habla sobre los medios de comunicación, Inter Miri- fica, es abordado por Felipe Monroy, periodista y director de Vida Nueva México, bajo el título del documento en español Entre las cosas maravi- llosas”. El comunicólogo hace tres cortes históricos en torno al docu- mento: “Del boom broadcasting a Inter Mirifica, donde la televisión y otros medios de comunicación des- pertaban la admiración ante las for- mas nuevas de comunicar; “De Inter
6 La Cuestión Social Año 24, n. 1 7 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Directorio CONSEJO DIRECTIVO Presidente Honorario Vitalicio: Emmo. Sr. Cardenal Roger Etchegaray. Presidente Honorario Vitalicio: Lorenzo Servitje Sendra. Presidente Honorario Vitalicio: Salvador Domínguez Reynoso. PRESIDENTE Román Uribe Michel. VICEPRESIDENTES Lucila Servitje Montull. José Enrique Mendoza Delgado. TESORERO Sergio Castro Toledo. SECRETARIO María de la Paz Sáenz de Soberón. VOCALES Raúl González Schmal. Luis Javier Rubio Guerrero, OP. Javier Ballesteros de León. VOCALES DEL CONSEJO Constantino José Antonio De Llano Marhx, Francisco Javier Albarrán González, Ger- mán Araujo Mata, Conrado Antonio Larios Prado, Martha Aviña de Chávez, Mariano Azuela Güitrón, Tomas G. Reynoso Ruíz, Adrián Ruíz de Chávez, María Eugenia Romo de Murrieta, Arcadio Valenzuela Valenzuela, P. Mario Ángel Flores Ramos, Eduardo Garza Cuéllar, Manuel Gómez Díaz, Mauricio Limón Aguirre, Documentos, ensayos, comentarios y reseñas de libros acerca de lo social ciones, decretos o declaraciones del Concilio Vaticano II, sino que están dispuestos según el contenido a partir de un criterio eclesiológico. Tal dispo- sición fue expuesta por el Dr. Santiago Madrigal en el coloquio impartido en IMDOSOC acerca del Vaticano II. El orden considera en primer lu- gar los documentos fundamentales sobre la identidad de la misma Igle- sia y su vida interna: Lumen Gen- tium, Sacrosanctum Concilium, Dei Verbum, Gravissimum Educationis, Optatam Totius, Perfectae Caritatis y Apostolicam Actuositatem. En un segundo bloque, los decre- tos y las declaraciones de la Iglesia en su misión y relación ad extra: Unitatis Redintegratio, Nostra Aeta- te, Ad Gentes, Gaudium et Spes, Inter Mirifica y Dignitatis Humanae. También, publicamos dos textos que tiene que ver con el Magisterio del Papa Francisco: uno sobre la importancia y la actualización del documento que cumplió 50 años en diciembre pasado (Nostra Aetate), en el que el Papa nos recuerda la importancia que tienen las religio- nes en el mundo y cómo el diálogo puede llevar “semillas de bien” para colaborar en campos diversos, so- bre todo de servicio a los pobres, a los pequeños, a los migrantes, a los excluidos e incluso den el cultivo y cuidado de la creación. El otro texto del Magisterio del Papa Francisco es el Mensaje para la 49ª Jornada Mundial de la Paz, que en 2016 tiene el título “Vence la indi- ferencia y conquista la paz”. En este mensaje, el Papa parte de la premisa de que Dios no es indiferente, por el contrario, a Dios le importa la huma- nidad, Dios nunca la abandona. También les compartimos la reseña del libro El Concilio Vaticano II: ¿Bata- lla perdida o esperanza renovada? Presentamos gustosos este pri- mer número del año recordando las palabras del Papa Bueno, Juan XXIII, en torno a la celebración del Concilio Vaticano II: “Cielo y tierra, puede de- cirse, se unen en la celebración del Concilio”, 2 sin duda una forma de decir que el Reino está entre no- sotros. Con este número, en el que prácticamente consideramos todos los documentos del Concilio Vatica- no II, queremos aportar nuestro gra- no de arena a la esperanza a la que convoca Gaudium et Spes: “El porve- nir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las genera- ciones venideras razones para vivir y razones para esperar” (GS, 31). Además, como es tradición inclui- mos el mensaje para la Jornada Mun- dial de la Paz. CS Feliz año 2016 a todos nuestros lectores. Gerardo Cruz González Investigación-IMDOSOC 2 AAS 54 (1962) 786; Discorsi-Messaggi- Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 578-590.
8 La Cuestión Social Año 24, n. 1 9 La Cuestión Social Año 24, n. 1 María del Pilar Mariscal Servitje, P. Manuel Olimón Nolasco, Wilfrido Perea Curiel, Carlo Pizano Salinas, Jesús Antonio Damián Basurto, Mons. Guillermo Francisco Escobar Galicia. COMISIÓN DE VIGILANCIA María Luisa Aspe Armella, Rogerio Casas-Alatriste Hernández, Juan Guillermo Domínguez Meneses, Salvador Domínguez Reynoso, José Ignacio Mariscal Torroella, Juan Murguía Pozzi, Óscar Ortiz Sahagún y Lorenzo Servitje Sendra. Director General: Jorge Navarrete Chimés. La Cuestión Social, es una publicación trimestral editada y publicada por la Asociación Mexicana de Promoción y Cultura Social, A. C., a través del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, con dirección en Pedro Luis Ogazón n. 56, Col. Guadalupe Inn, CP 01020, México, DF, Tels. 56614465, 56614169, Fax 56614286 E-mail: comunica@imdosoc.org www.imdosoc.org Responsable de la edición: Jorge Navarrete Chimés. Registro de correspondencia de 2a. Clase expedido en la Dirección General de Correos Publicación Periódica. Registro No. 129-93. Certificado de Licitud de Contenido (pendiente). Certificado de Licitud de Título (pendiente). No. de Reserva al Título del Derecho de Autor (pendiente). Registro ISSN en trámite. Distribución directa en el IMDOSOC. Impresa en Impresora Varel, S. A. de C.V, Calle 8 No. 222, Col. Granjas San Antonio Tel: 2065 3523 Fax: 5690 0463, impvarel@hotmail.com, este número se terminó de imprimir el 16 de marzo de 2015, con un tiraje de 1,500 ejemplares. Coordinador de contenidos: Gerardo Cruz González Diseño: Roberto Mandeur Cortés Corrección de estilo: A. Alfonso Muñoz Chávez Suscripciones: martha.crm@imdosoc.org Los artículos publicados reflejan el punto de vista del autor y no necesariamente el de la Asociación Mexicana de Promoción y Cultura Social, A. C. No se devuelven originales no solicitados. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización de la Asociación Mexicana de Promoción y Cultura Social, A. C. Precio del ejemplar: $ 100. 00 Suscripción anual: $ 330. 00 Suscripción para el extranjero Dlls. 80. 00 El Concilio Vaticano II y su novedad eclesiológica: ¿una agenda pendiente? Carlos Ceballos B., MSpS E l Concilio fue un acontecimien- to decisivo en la vida del Iglesia: uno de esos grandes y señeros que marcan rumbo. El llamado al aggior- namento que está en los orígenes del Concilio es determinante, sobre todo en relación con la eclesiología, ya que supone el reconocimiento implícito de que la Iglesia no estaba a la altu- ra de los tiempos; que en más de un aspecto se había rezagado y tenía, por tanto, necesidad de un cambio radical. Con razón muchos autores, al hablar del proceso de renovación conciliar, se refieren a él como una auténtica “revolución copernicana”. Juan XXIII, desde la convoca- toria del Concilio, dejó bien sen- tado que éste no tenía la misión de pronunciar condenas, sino de anunciar la fe cristiana de modo comprensible para nuestro tiem- po. En la base del Concilio hay un afán de búsqueda, una disponi- bilidad fundamental para la con- frontación con el Evangelio y una atención a las preguntas de la so- ciedad de su tiempo. El tema central del Concilio es la Iglesia misma. G. Philips, que tie- ne un papel importante en la ela- boración de la LG, interpretando el sentir de la asamblea conciliar considera que “para todos, el pun- to central del Concilio estaba, sin duda, en la pregunta dirigida a la Iglesia: «Iglesia de Dios ¿qué dices de ti misma? Quid dicis de te ipsa? ¿Cuál es tu profesión de fe sobre tu ser y tu misión en el mundo?»”. 1 Muchos autores han afirmado que el Vaticano II es el Concilio de la Iglesia; K. Rahner, ya en 1966, consideraba que era “el culmen de la eclesiología católica”. 2 Defenso- res y detractores del Vaticano II coinciden en afirmar que represen- tó un cambio radical en el plantea- miento de la eclesiología. 1 Philips, G., La iglesia y su misterio…, vol. I, 22. 2 “Medio siglo de eclesiología”, SelT 121 (1992) 84.
10 La Cuestión Social Año 24, n. 1 11 La Cuestión Social Año 24, n. 1 El Concilio Vaticano II y su novedad eclesiológica: ¿una agenda pendiente? Carlos Ceballos B., MSpS La Lumen Gentium intenta un camino distinto a las formulacio- nes dogmáticas anteriores, prefi- riendo recoger imágenes bíblicas para hablar del misterio de la Igle- sia, en vez de intentar formulacio- nes dogmáticas cerradas. 3 Pero el desarrollo del Concilio no fue sen- cillo, estuvo marcado por una se- rie de tensiones. El Card. Suenens, testigo cualificado de este proce- so, reconoce: “Se trataba, en realidad, de un enfrentamiento entre dos concepciones de Iglesia. El Santo Oficio había elabo- rado un esquema impreg- nado de una eclesiología muy marcada por el aspecto canónico y estructural de la Iglesia, sin poner de re- lieve de manera prioritaria sus aspectos espirituales y evangélicos. Se trataba, en nuestro modo de ver, de pasar de una eclesiología jurídica a una eclesiología de comunión centrada en el misterio mismo de la Iglesia en sus profundida- des trinitarias”. 4 Efectivamente, a lo largo de las sesiones del Concilio podemos en- contrar toda una evolución en la ecle- siología. Del planteamiento original propuesto en el documento encar- gado al Santo Oficio, De Ecclesia, a la eclesiología que encontramos en la constitución Lumen Gentium hay 3 Cf. Philips, G., op. cit., 22. 4 Citado en Madrigal, S., Vaticano II… p.31. una distancia notable. Este cambio se puede advertir de muchas mane- ras, pero quizá el asunto más citado entre los autores que estudian el Con- cilio es la introducción del cap. II de la LG sobre el Pueblo de Dios, después del capítulo dedicado al misterio de la Iglesia y antes de tratar el tema de la organización jerárquica de la Iglesia. Con la intervención del Obispo de Bressanone, Mons J. Gargitter, 5 se abre un importante debate con la propuesta de introducir un capítulo que hablara amplia y positivamente de la Iglesia, proponiendo para ello la categoría ‘Pueblo de Dios’. Este cam- bio encontrará eco notable entre los Padres conciliares, entre ellos los Cardenales Liénart, Koening, Alfrink, Doepfner, Léger, Suenens, Frings, Bea, Montini, Lercaro y los obispos Emile de Smedt y L. Elchinger. Poste- riormente, con intervención expresa del Papa Pablo VI, recién elegido, se rechaza el esquema De Ecclesia y se decide elaborar uno nuevo. Según Y. Congar, la introducción de este nuevo capítulo sobre el Pueblo de Dios tenía una triple intención: 1) mostrar cómo la Iglesia se construye en el devenir de la historia vista como historia de salvación (historicidad de la Iglesia); 2) expresar cómo la Iglesia se extiende en la humanidad, entre personas diversamente situadas, en el mismo sentido de la encarnación (ecumenismo); 3) y exponer lo que 5 Cf. Acta Synodalia Sacr. Concilii Oecu- menici Vaticani II, II, 1, 360 (en adelan- te citada como AS; el número romano refiere al volumen, el primer arábigo a la parte y los últimos a las páginas). es común a todos los miembros del Pueblo de Dios, en el plano de la dig- nidad de la existencia cristiana, con anterioridad a toda distinción entre ellos, tanto de oficio como de estado. 6 Esta manera de designar a la co- munidad resultaba novedosa; es una de las mayores originalidades del Concilio y abre todo un nuevo panorama, como reconoce Henri de Lubac. 7 Yves Congar considera que la expresión ‘Pueblo de Dios’ encierra tal densidad, tal savia, que coloca a la Iglesia frente a una nueva y vastísima perspectiva. 8 J.A. Estra- da, hablando del legado del Conci- lio, considera que “Pueblo de Dios ha sido el título de mayor influen- cia post-conciliar”, aunque recono- ce que a lo largo de estos cuarenta años se ha intentado “ignorar o, al menos, reducir su significación”. 9 La recuperación de la expresión bí- blica ‘Pueblo de Dios’ es producto de un esfuerzo por volver a las fuentes de la vida cristiana y del redescubri- miento de la dimensión histórica de la Revelación. 10 La identificación de la co- 6 Cf. Congar, Y., “La Iglesia como pue- blo de Dios”, Conc 1 (1965) 9-10. 7 Cf. Paradoxe et mystère de l´Eglise, Au- bier-Montaigne, Paris, 1967, 77-78. 8 Cf. Congar, Y., “La Iglesia como pueblo de Dios”, 10. 9 Cf. Estrada, J.M. El cristianismo en una sociedad laica, cuarenta años después del Vaticano II, Desclée de Brouwer, Bilbao, 2006, 50-56. 10 Cf. Schnackenburg, E., “La Iglesia como pueblo de Dios”, Conc 1 (1965) 105-113. El autor ofrece una amplia bibliografía y anotaciones históricas sobre la concep- ción de la Iglesia como Pueblo de Dios. munidad cristiana como el Pueblo de Dios de la nueva alianza tiene un lugar importante en la eclesiología neotes- tamentaria, especialmente en la teolo- gía paulina; 11 la fórmula de la alianza, acuñada en el A.T., es retomada en el N.T. referida a los cristianos: “vosotros seréis mi pueblo y yo seré su Dios”. 12 Aunque explícitamente referida a la Iglesia sólo aparece en 1 P 2,9. La designación de la Iglesia como Pueblo de Dios aparece también en los Padres de la Iglesia (Ambrosio, Optato de Mileto, Jerónimo y Agus- tín, entre otros), pero en el s. IV em- pieza a desaparecer. Lutero retoma esta categoría y la coloca en un lugar fundamental para su eclesiología; esto provoca una reacción que lleva- rá a su olvido por varios siglos. 13 El s. XX fue testigo de la reaparición de esta categoría, con teólogos como A. Vonier, 14 M. Koster, 15 N.M. Dahl 16 o L.Cerfaux. 17 Y. Congar considera que la recuperación de la noción bí- blica de Pueblo de Dios referida a la Iglesia la debemos a la eclesiología católica elaborada en el período pre- conciliar, de los años 1937 a 1957. 18 Más allá de estas consideraciones históricas, es importante resaltar la importancia de esta categoría 11 Cf. Leon-Dufour, X., Vocabulario de teo- logía bíblica, Herder, Barcelona, 1967, 663-664. 12 2 Cor 6,16; Gál 4,26; Hb 8,10; Ap 21,3; Tit 2,14. 13 Cf. Pie-Ninot, S., Eclesiología…, 149-152. 14 The people of God, London, 1937. 15 Ekklesiologie im Werden, Paderborn 1941. 16 Das Volk Gottes, Darmstadt, 1963. 17 La iglesia en san Pablo, DDB Bilbao, 1959. 18 Cf. “La Iglesia como pueblo de Dios”, 15.
12 La Cuestión Social Año 24, n. 1 13 La Cuestión Social Año 24, n. 1 teológica, que adquirió un lugar preponderante en los principales documentos conciliares. 19 La ecle- siología de la constitución dogmáti- ca sobre la Iglesia (Lumen Gentium) se abre con un doble pórtico que habla de la Iglesia, primero como misterio y sacramento universal de salvación y, después, como Pueblo de Dios. Estas dos nociones son complementarias y ofrecen una cla- ve fundamental de comprensión de la propuesta eclesiológica del Conci- lio. 20 Como afirma Estrada: “No cabe duda de que tan- to la idea de misterio como la de Pueblo de Dios son dos conceptos claves de la constitución [LG], dentro de los cuales hay que inte- grar (como hace el Conci- lio) todas las imágenes y definiciones eclesiológicas. El Concilio Vaticano II de- termina toda su eclesiología bajo esta doble opción que tiene gran significación: al haber optado por comenzar su reflexión teológica con la 19 La expresión populus Dei aparece 102 veces en el Concilio: 41 en LG, 17 en AG, 14 en PO, 7 en GS, 7 en AA, 6 en CD, 3 en GE y una en SC (no aparece únicamente en OE y en IM). Además, populus refe- rido a la Iglesia aparece unas 82 veces más con expresiones como: populus Novi Testamenti, populus christianus, po- pulus adquisitionis, populus messianicus, filelis populus, sacerdotalis populus. Cf. Pie-Ninot, S., Eclesiología, sacramentali- dad de la comunidad cristiana, Sígueme, Salamanca, 2007, 153-154. 20 Cf. Losada, J. “La Iglesia, Pueblo de Dios y misterio de comunión”, Sal Te- rrae 873 (1986) 245-248. idea del misterio de la Igle- sia, se pone término a las eclesiologías institucionales, jurídicas y societarias… Y al establecer que la Iglesia es pueblo de Dios, se hace una opción por lo comunitario y personal como lo más de- terminante en la Iglesia”. 21 Cuando la LG afirma categóri- camente al inicio del capítulo II: “fue voluntad de Dios santificar y salvar a los hombres no indivi- dualmente y aislados entre sí, sino constituirlos en un pueblo” (LG, 9), se pone de manifiesto, al mismo tiempo, el carácter trascendente de la comunidad y su dimensión esencialmente histórica; evitando considerar a la Iglesia desde una perspectiva meramente sociológi- ca o empírica, pero dejando claro que la obra de la salvación y santi- ficación se da “formando pueblo” y en el devenir histórico de este pueblo. La concepción horizon- tal, comunitaria y personal de la Iglesia sustituye así a otra más verticalista y piramidal. Se trata de una Iglesia, que antes que nada es pueblo, colectividad histórica. 22 21 Estrada, J. Del misterio de la Iglesia al pueblo de de Dios, Sígueme, Salaman- ca, 1988, 175. 22 En la teología Latinoamericana, varios autores, insistiendo sobre el carácter histórico de la categoría ‘Pueblo de Dios’ abogaban en pro de una Iglesia popular, no como una proposición anti-jerárquica (aunque hay una reacción frente a una visión jerarcológica, centrada en la dig- nidad y potestad de los ministros), sino como una llamada de atención sobre las implicaciones históricas de “ser pueblo” Se tiende, así, un puente entre la visión mistérica y la visión socioló- gica de la Iglesia. 23 Esta visión más horizontal de la Iglesia permite una visión más inclusiva, y hasta ecumé- nica, y es más respetuosa del carác- ter inmanente y trascendente de la eclesiología, como afirma Estrada: “Paradójicamente, esta teolo- gía horizontalista es mucho más respetuosa con la acción de Dios que la otra vertica- lista, ya que deja lugar a la acción constante del Espíritu instruyendo e inspirando a la comunidad cristiana, permite establecer las diferencias sin romper la unidad y propugna un nuevo binomio «pueblo de Dios-pluralidad de ministerios y carismas» como el constitu- yente de la eclesiología, en lugar del anterior binomio cle- ro-laicos, o jerarquía-pueblo”. 24 La categoría ‘Pueblo de Dios’ ofre- ce perspectivas nuevas a la eclesiolo- gía. Ya que “expresa mejor el estado histórico y peregrino de la Iglesia”. 25 en medio de condiciones de opresión. A este respecto pueden verse: Quiroz, A. Eclesiología en la teología de la liberación, Sígueme, Salamanca, 1983, 133-189 y Ellacuría, I., “El pueblo crucificado”, en Ellacuría, I. / Sobrino, J. (ed.) Misteriun Li- berationis Conceptos fundamentales de la Teología de la Liberación, Trotta, Madrid, 1990, 189-216; Estrada, J. M., Del misterio de la Iglesia al pueblo de de Dios, 209-237. 23 Cf. Congar, Y., Un Pueblo Mesiánico, Cris- tiandad, Madrid, 1976, 90-100. 106-108. 24 Estrada, J. Del misterio de la Iglesia al pueblo de de Dios, 120. 25 Kloppenburg, B., “Votaciones y úl- timas enmiendas a la constitución”, Pone de manifiesto la dimensión comunitaria y social de la salvación que se realiza en un pueblo. La co- munidad creyente es pueblo entre otros pueblos, configurados de dis- tintas maneras según las exigencias de los condicionamientos históricos y culturales. Hablar de Pueblo de Dios, por lo mismo, nos permite comprender a la Iglesia dentro de una visión dinámica y evolu- tiva de la historia, flexibilizan- do visiones rígidas y poniendo de manifiesto la necesaria dinámica de la encarnación, colocando el mis- terio de la Iglesia en una perspecti- va histórico salvífica. Como afirma elocuentemente la GS: “Dios creó al hombre no para vivir aisladamente, sino para formar sociedad”. “El pro- pio Verbo encarnado quiso partici- par de la vida social humana”. 26 El Concilio hace una clara opción por una eclesiología más comunitaria, histórica y encarnada, que afirma la voluntad salvífica universal de Dios abierta a “todo el género humano”. 27 Como sanciona J. Ratzinger en su análisis de la eclesiología del Vatica- no: “[la categoría ‘Pueblo de Dios’] expresa el carácter histórico de la Iglesia en la unidad de la historia de Dios con los hombres”. 28 Con todo lo dicho queda claro que en el Vaticano II encontramos una clara novedad, un golpe de ti- món frente al modelo de Iglesia precedente, que marca un hito y en Baraúna, G., op.cit., tomo I, 208. 26 GS, 32. 27 LG, 9b; 13-14. 28 “La eclesiología del Vaticano II”, Oss. Rom. 10 agosto de 1986, 11. El Concilio Vaticano II y su novedad eclesiológica: ¿una agenda pendiente? Carlos Ceballos B., MSpS
14 La Cuestión Social Año 24, n. 1 15 La Cuestión Social Año 24, n. 1 es una invitación a continuar ca- minando: “los decretos conciliares más que un punto de llegada son un punto de partida hacia nuevos horizontes”, como reconocía Pablo VI al exhortar a la creatividad a los teólogos en uno de los primeros congresos internacionales de teo- logía del postconcilio. 29 Hay que reconocer que aunque el Vaticano II representó un avance sustancial para una nueva concep- ción de la eclesiología, lamentable- mente no ha sido suficientemente acogida por el dualismo que existe entre la teología conciliar y la reali- dad eclesial. Como afirma J.M. Ro- vira Belloso: “[El Vaticano II] es un Conci- lio de transición porque sus afirmaciones de principio (el qué de las cuestiones) no lle- gan a encontrar el cómo de las decisiones y sobre todo de las formas e instituciones en las que deben encarnarse los principios.[…] La tran- sición no culminada tiene como efectos evidentes la ambigüedad producida por la distancia que media entre los principios y la práctica”. 30 Si bien la apuesta eclesiológica de los padres conciliares abrió nue- vos espacios de comunión y parti- cipación, parece evidente, mirando 29 Carta al congreso internacional de teología 21 09 1966, en Ecclesia 1311 (1966) 2301. 30 Rovira Belloso, J.M., Vaticano II, un Concilio para el tercer milenio, Madrid, 1977, 20-21. la realidad, que se ha quedado re- zagada para responder a los nue- vos referentes de lo religioso. Juan Pablo II, en su carta apos- tólica Tertio Millennio Adveniente, nos invitaba a hacer un análisis de conciencia frente a las respuestas que estamos ofreciendo ante la transformación de lo religioso y a las necesidades de nuestro mun- do, y nos recordaba que: “El examen de conciencia debe mirar también la recep- ción del Concilio, este gran don del Espíritu a la Iglesia al final del segundo milenio. ¿En qué medida la Palabra de Dios ha llegado a ser ple- namente el alma de la teolo- gía y la inspiradora de toda la existencia cristiana, como pedía la Dei Verbum? ¿Se vive la liturgia como «fuente y culmen» de la vida eclesial, según las enseñanzas de la Sacrosanctum Concilium? ¿Se consolida, en la Iglesia universal y en las Iglesias par- ticulares, la eclesiología de co- munión de la Lumen Gentium, dando espacio a los carismas, los ministerios, las varias for- mas de participación del Pueblo de Dios, aunque sin admitir un democraticismo y un sociologismo que no reflejan la visión católica de la Iglesia y el auténtico espí- ritu del Vaticano II? Un inte- rrogante fundamental debe también plantearse sobre el estilo de las relaciones entre la Iglesia y el mundo. Las directrices conciliares —presentes en la Gaudium et Spes y en otros documen- tos— de un diálogo abierto, respetuoso y cordial, acom- pañado sin embargo por un atento discernimiento y por el valiente testimonio de la verdad, siguen siendo váli- das y nos llaman a un com- promiso ulterior”. 31 Esta “recepción del Concilio como don del Espíritu” a la que alude el documento no ha sido del todo ade- cuada. La novedad, el dinamismo, la apertura misionera, la libertad y el gozo que suscitó la proclamación solemne del final del Concilio, el 8 de diciembre de 1965, han encon- trado inercias, dificultades y resis- tencias. Aunque hay una memoria común de este acontecimiento de- cisivo y sus efectos se han dejado sentir en alguna medida, no se ha continuado con el mismo dinamis- mo de búsqueda y más bien hay la sensación de cierta regresión o es- clerosis. Se podría hablar más bien de un momento de crisis eclesial, cuyo síntoma más importante es la desafiliación paulatina y silenciosa de un número creciente de creyen- tes y el desgaste de las institucio- nes eclesiásticas. Esta crisis, como todas, tiene razones endógenas y exógenas. Pero ahora nos toca mirar las de dentro, las que están más en nuestras manos. Al respec- to, J.M. Estrada hace una constata- ción interesante: 31 Tertio Millennio Adveniente, 36. “La actual crisis eclesial tiene, pa- radójicamente, raíces en el mismo Concilio. Por un lado, porque las deficiencias, compromisos y con- flictos teológicos irresueltos han marcado la discusión postconciliar y se han agravado con el paso del tiempo. Por otra, porque el Concilio ha dejado una herencia que no se ha actualizado y aplicado posterior- mente. El postconcilio ha seguido una hermenéutica minimalista de los textos conciliares y la minoría tradicionalista se ha convertido en mayoría eclesial en las últimas dé- cadas. El resultado del Concilio es ignorado por las generaciones que han nacido en los últimos cuarenta años y, en buena parte, ha sido olvi- dado por las anteriores”. 32 Desde hace varios años se viene hablando en la Iglesia de una ten- dencia a la involución. Ya en el mis- mo Concilio quedaron de manifiesto posturas que veían los nuevos hori- zontes por él abiertos más como una amenaza que como una esperanza. Este grupo que no consiguió hacer triunfar sus tesis en el aula conciliar, está llevando a cabo una interpre- tación preconciliar del Vaticano II y propone desarrollar un programa restaurador que pone en cuestión el sentido de la renovación conciliar y el llamado al aggiornamento. 33 Este movimiento de involución se ha deja- do sentir poco a poco con más fuerza y se ha ido imponiendo. 32 Estrada, J.M., El cristianismo en una sociedad laica…, 11-12. 33 Cf. Tamayo-Acosta, J.J., “Involución y resistencia en la Iglesia española”, Mi- sión Abierta 3 (1986), 19. El Concilio Vaticano II y su novedad eclesiológica: ¿una agenda pendiente? Carlos Ceballos B., MSpS
16 La Cuestión Social Año 24, n. 1 17 La Cuestión Social Año 24, n. 1 En una primera etapa, la inmedia- tamente posterior al Concilio, hubo muchos movimientos de expansión y aplicación del Concilio, con múlti- ples iniciativas teológicas y pastora- les. 34 Pero, como reconoce un laico hablando de su experiencia en la asunción del Concilio: “no estamos ya en los momentos dorados y eufó- ricos del Vaticano II, con su espíritu utópico y confiado dentro y fuera de la Iglesia. Por desgracia o por pro- ductividad histórica hemos perdido la ingenuidad y algunas ilusiones precipitadas, sostenidas por una ausencia de experiencia histórica y el sufrimiento que conlleva”. 35 Las respuestas de la Iglesia ante los cambios tan determinantes que han ocurrido en estos cincuenta años, han sido cada vez menos audaces y hay una sensación de rezago. En la práctica, más allá de la pugnas intraeclesiales que se han dado en las cúpulas eclesiales, el Concilio no ha tenido el impacto esperado en la necesaria y urgente transformación de la Iglesia. Como comentaba el mismo Pablo VI en un discurso a los asistentes del Concilio: “la aplicación práctica de las disposiciones conciliares no es 34 J.M. Estrada refiere: la fundación de la revista Concilium (1965), el Cate- cismo Holandés (1966), la Populorum Progressio (1967), la Misterium Salutis (1968), Medellín (1968), la reforma de la curia romana (1967) y en general los movimientos de renovación litúrgi- ca, teológica y bíblica. Cf. El cristianis- mo en una sociedad laica…, 278-290. 35 Conill, J., “Reflexiones de un laico ante la situación de la Iglesia”, Communio 7 (VI/1985) 573. un trabajo sencillo y fácil; exige es- tudio, exige autoridad, exige tiem- po, especialmente allí donde hay que introducir alguna reforma o alguna innovación en ese organis- mo tradicional, tan complejo, tan ordenado y tan sensible como es la Iglesia católica”. 36 Un buen número de los que hoy somos cristianos no conocimos, más que por la investigación, lo que significaron los cambios del Conci- lio. Nos hemos encontrado con su aplicación, matizada y quizá dismi- nuida; pero cuando nos acercamos a la producción teológica y la vita- lidad pastoral de los años inmedia- tamente anteriores y posteriores al Concilio, extrañamos la vitalidad y creatividad de aquellos años. Co- menta J. Losada sobre el sínodo extraordinario convocado por Juan Pablo II a los 20 años del Concilio: “El estado de ánimo con el que la Iglesia asistió a la ter- minación del Concilio y el que actualmente se percibe son muy diferentes; enton- ces eran sorpresa, esperanza y gozo la tónica dominante, porque entrábamos en un mundo nuevo y se presentía una etapa magnífica; ahora hemos probado que la espe- ranza pasa por la cruz, que el mundo es resistente al Evangelio, que la Iglesia es muy débil, que la unidad es penosa, que la crispación 36 Pablo VI “Discurso en la sesión VIII del Concilio” en Documentos Concilia- res completos, Madrid, 1967, 238. es fácil, que hay mucha re- sistencia y que el camino es incierto”. 37 En este camino posconciliar in- cierto y marcado por la resistencia al cambio aparecen hoy varias asig- naturas pendientes, de gran im- portancia para el caminar eclesial y para responder a los cambios que demanda la compleja situación so- cio-cultural de nuestras sociedades actuales. Los obispos, en la pasada Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, señalan algunas dificultades en la vivencia eclesial. Lamentan algunos intentos de volver a un cierto tipo de eclesiología y espi- ritualidad contrarios a la renovación del Concilio Vaticano II, y algunas lec- turas y aplicaciones reduccionistas de la renovación conciliar. Constatan el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos en sus tareas de ser- vicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades en las diversas estructuras del orden temporal. Perciben que en nuestras comunidades hay una evangeliza- ción con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones, un énfasis en el ritualismo sin el conveniente itinerario formativo, descuidando otras tareas pastorales. En la evange- lización, en la catequesis y, en gene- ral, en la pastoral, persisten también lenguajes poco significativos para la cultura actual y, en particular, para los jóvenes. Muchas veces, los lenguajes utilizados parecieran no tener en cuenta la mutación de los 37 Losada, J., “¿Juicio al posconcilio o proceso al Concilio en el momento ac- tual?”, Sal Terrae, 864 (1985) 428. códigos existencialmente relevantes en las sociedades influenciadas por la postmodernidad y marcadas por un amplio pluralismo social y cultu- ral. Reconocen que, en ocasiones, al- gunos católicos se han apartado del Evangelio, demandando un estilo de vida más fiel a la verdad y a la cari- dad, más sencillo, austero y solidario. Como Iglesia nos ha faltado valentía para proseguir la renovación inicia- da por el Concilio Vaticano II, y para asegurar el rostro latinoamericano y caribeño de nuestra Iglesia. 38 De este elenco quisiera llamar la atención en lo referente a la asunción de la eclesiología del Va- ticano y a la vivencia de una Iglesia de comunión. Parece que, aunque los elementos fundamentales a nivel teológico están expresados en el Concilio, las tensiones en la vivencia prevalecen, y hay una tendencia a la antes referida “her- menéutica minimalista”. No cabe duda que los fieles laicos siguen ocupando un lugar subor- dinado en la estructura eclesial y que, en su mayoría, sólo se vin- culan desde la mera adscripción cultual, casi incidental, sin ningún tipo de vínculo personal específi- co, casi limitándose a una serie de vagas representaciones cultuales que otorgan sentido ante algunos eventos límite de la vida. Muchos de los planteamientos y discu- siones eclesiales, incluso las re- lativas a su estatus en la Iglesia, resultan irrelevantes: 38 Cf. DA, 100. El Concilio Vaticano II y su novedad eclesiológica: ¿una agenda pendiente? Carlos Ceballos B., MSpS
18 La Cuestión Social Año 24, n. 1 19 La Cuestión Social Año 24, n. 1 “Parece difícilmente discu- tible que la gran mayoría de los laicos permanece du- rante mucho tiempo ajeno a la renovación conciliar, en vez de ser sujetos activos de la misma; su papel se li- mita a ser destinatarios de las reformas litúrgicas y a constituirse en espectado- res —con variables grados de interés— de las discu- siones, entre pastores, con motivo del desarrollo con- ciliar [...]. No pocas veces los laicos consideran todas estas polémicas como una disputa entre presbíteros y obispos, enfrentados entre sí sobre cuestiones sobre las que nadie ha consulta- do a los laicos y que tienen poco que ver con los pro- blemas concretos que sur- gen de la experiencia de fe y del mundo de éstos”. 39 En los que tienen una participa- ción más crítica y consciente en la vida de la Iglesia también se pueden escuchar molestias y dificultades ante el clericalismo y la dificultad de una participación más adulta y comprometida: “Todavía me siento a me- nudo incómoda en relación con la Iglesia institucional. Me duele que, más de un cuarto de siglo después de 39 Fuertes Suárez, J.L., “Apuntes sobre la evolución de la cuestión de los laicos desde el Concilio Vaticano II”, Teología y Catequesis 22 (1987) 177. finalizado el Vaticano II, el número de laicos que ocu- pan un puesto de respon- sabilidad en la Iglesia sea todavía exiguo”. 40 “Se proclama la urgencia de la misión de la Iglesia y la impor- tancia del laicado para llevarlo a cabo. Se reconoce nuestra mayoría de edad, pero se nos sigue tratando como a niños. Es posible que aún no sea- mos laicos adultos [...], pero no se observa un interés por nuestro crecimiento. Somos numéricamente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. Pero seguimos viviendo en una Iglesia excesivamente cle- ricalizada donde, en la prácti- ca y por regla, el laico cuenta muy poco. Se nos escucha, es verdad, pero con amor pater- nalista y en ocasiones como si con ello sólo se quisiera cum- plir con una obligación pura- mente formal. Porque luego se programa, se decide, se enseña, sin contar para nada con nosotros”. 41 “Un análisis sincero y lúcido de la relación entre jerarquía y laicos pone de manifiesto que se trata de una relación, en cuyo trasfondo, no siem- pre en la superficie, hay múl- tiples tensiones. Y cuando no hay tensiones, a veces lo que 40 Bofill, R., “Las mujeres en la Iglesia, mayoría silenciada”, Misión Abierta 5-6 (1987), 87-88. 41 Conill, J., “Reflexiones de un laico ante la situación de la Iglesia…”, 574. hay son mutuas ignorancias, cierto desconocimiento re- cíproco que acaso, en último análisis, sea consecuencia de un conflicto profundo, porque ni siquiera encuen- tran fácilmente un campo común donde plantearse”. 42 Lo que éstas y otras muchas que- jas similares están manifestando es una profunda insatisfacción por cómo se ha ido aplicando la doc- trina conciliar sobre los laicos a lo largo de estos años. El Vaticano II supuso para muchos laicos una gran esperanza y la apertura de nuevos horizontes en los que por fin se les permitiría ser protagonistas dentro de la vida y la misión de la Iglesia. Sin dejar de valorar positivamen- te los numerosos cambios que en este tiempo se han dado, poco a poco se han ido constatando la in- suficiencia y la cortedad de miras de los mismos. Para acoger el Va- ticano II se requiere la superación de toda forma de clericalismo. En este sentido, suenan interesantes las palabras de Mons. D’Souza, obispo de la India, que hizo una dura y contundente exhortación a los padres conciliares: “Hermanos, ¿estamos dispuestos a abandonar completamente el clericalismo? ¿Estamos dispuestos a considerar a los seglares como hermanos en el Señor, iguales en dignidad, aun- que no en las funciones, dentro del Cuerpo Místico? ¿Estamos dis- puestos a no usurpar más, como 42 Calvo, J.M., “Jerarquía y laicos”, Misión Abierta 5-6 (1987), 169-170. hemos hecho hasta el presente, las responsabilidades que les ata- ñen directamente?”. 43 Se afirma, y con razón, que el Con- cilio devolvió la Iglesia a todos los individuos y comunidades creyen- tes. Sin embargo, cincuenta años después, a pesar de las numerosas iniciativas en este sentido, todo parece indicar que en la praxis los laicos no acaban de participar sa- tisfactoriamente en la Iglesia, mien- tras que el clero sigue siendo un factor decisivo en las tareas pasto- rales y sigue acaparando la mayoría de las funciones y ministerios ecle- siales. Así, para los laicos, recuperar su carácter de sujeto en la Iglesia es todavía una aspiración. Además, si recordamos ahora al- gunas de las características de la religiosidad emergente en la mo- dernidad tardía, resulta evidente la urgencia de un cambio y de un movi- miento de renovación en la teología y en la vivencia de la participación eclesial. Visto desde este ángulo, el esfuerzo por recuperar y redimen- sionar la apuesta eclesiológica ex- presada en la categoría teológica ‘Pueblo de Dios’ puede ofrecer luces para responder a los nuevos retos que plantea la realidad. Lo religioso está en profunda transformación en el vasto mundo de la cultura actual, y esta transfor- 43 La cita está tomada de Gozzini, M., “Re- lación entre seglares y jerarquía”, en Baraúna, G. (ed.), La Iglesia del Vatica- no II, estudios en torno a la Constitución conciliar sobre la Iglesia, Flors, Barce- lona 1966, Tomo II, 1047. El Concilio Vaticano II y su novedad eclesiológica: ¿una agenda pendiente? Carlos Ceballos B., MSpS
20 La Cuestión Social Año 24, n. 1 21 La Cuestión Social Año 24, n. 1 L a vida humana gira, en varias ocasiones, en torno al celebrar; la experiencia de la Iglesia no es di- ferente, sobre todo cuando se reúne frecuentemente para celebrar su fe, para celebrar la vida, para celebrar el amor redentor de Dios. Así, para hablar de los cincuenta años de la promulgación de los va- rios documentos del Concilio Vati- cano II, será necesario hacer una muy breve mención de los antece- dentes que preceden y preparan la gran reforma litúrgica propues- ta por los padres conciliares. Antecedentes La liturgia Semper Reformanda es una realidad que se verifica en la celebración de la misma acción salvífica que es dinámica y renova- dora. A lo largo de los siglos, hemos podido constatar que la Iglesia, al celebrar el misterio, ha visto la ne- cesidad de entender más la riqueza de la liturgia que por medio de sig- nos y oraciones manifiesta la pro- fundidad de aquello que celebra. Esto ha permitido que en la cons- tante revisión de la celebración en la vida de la Iglesia se propusieran algunas reformas litúrgicas: la pri- mera gran reforma impulsada por el Papa Gregorio VII en el siglo XI, la siguiente propuesta por el Conci- lio de Trento cuando en las últimas sesiones plateara la unificación a de los libros litúrgicos que conte- nían la doctrina emanada del con- cilio mismo, por último el Concilio Vaticano II desplegaría el gran proyecto de profundización en la teología litúrgica que ya se venía cocinando desde el movimiento litúrgico iniciado por Dom Gueran- guer. Revisando esta trayectoria descubrimos que la necesidad de vivir, entender y celebrar adecua- damente el Misterio Pascual se hace urgente y genera una plata- forma que, desde la historia, nos ofrece un escenario muy rico y amplio para contemplar toda la panorámica de la celebración. El Papa Pío XII, al celebrar el misterio en medio de una reali- dad —por demás compleja—, vio la necesidad de seguir empujando la reflexión en torno a la naturale- Concilio Vaticano II y Sacrosanctum Concilium: 50 años Dr. Ricardo Valenzuela mación, en buena medida, no está en manos de nuestras comunida- des eclesiales; pero lo que sí está en nuestras manos es impulsar de manera más decidida la for- mación de comunidades más abier- tas, dialogantes e incluyentes, donde la comunión y la participación sean convocantes y abran las puertas y ventanas de nuestra Iglesia a los nuevos “aires del Espíritu”, que hace ya más de cuarenta años Juan XXIII incitó con vehemencia en nuestra comunidad eclesial. El Concilio Vaticano II abrió mu- chas puertas para la vida de la Iglesia y generó todo un proceso de renovación, pero después de cincuenta años parece que varios de sus postulados no se han termi- nado de asimilar ni se han asumido con todas sus implicaciones. Ade- más, la sociedad se ha transforma- do tan radicalmente desde entonces que aparecen nuevos retos que no fueron abordados en el Concilio, y otros que si bien lo fueron, se han radicalizado posteriormente. Nos urge seguir labrando futuro en el vasto campo de la sociedad actual para una Iglesia más sencilla y comprometida. El pontificado de Francisco ha abonado a este esfuer- zo de renovación eclesial iniciado en el Concilio. Su peculiar carisma, su sencillez, su frescura y claridad para regresar a las intuiciones que dieron origen al Concilio son un vi- goroso llamado a “salir”, “buscar”, “hacer presente el Evangelio” con “creatividad y audacia profética”. Concluyo con unas palabras de la exhortación apostólica Evan- gelii Gaudium: “Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la huma- nidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesi- tado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mun- do pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alenta- do a vivir según la vida buena del Evangelio”. 44 44 EG, 114. El Concilio Vaticano II y su novedad eclesiológica: ¿una agenda pendiente?
22 La Cuestión Social Año 24, n. 1 23 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Concilio Vaticano II y Sacrosanctum Concilium: 50 años Dr. Ricardo Valenzuela y Pío XII. El resultado son las varias propuestas que leemos en la consti- tución litúrgica, en el trabajo de re- flexión y aplicación del Consilium ad exsequendam Constitutionem (con- formado por Pablo VI en enero de 1964), las instrucciones litúrgicas (emanadas de la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos) y los libros litúrgicos. En otras palabras, no podemos ha- blar de aplicación de la reforma sin considerar lo anterior. De esta manera, los retos de la reforma se harán evidentes en la medida en que entendamos, obe- dezcamos y apliquemos los prin- cipios rectores de dicha reforma: Entender es un gran reto: una comprensión parcial o alterada del solo texto conciliar no nos da la po- sibilidad de asomarnos al paradig- ma fundamental de la reforma; una visión aproximada de las instruc- ciones litúrgicas tampoco nos da elementos para comprender con exactitud el espíritu de la reforma; el desconocimiento —casi gene- ralizado de ministros y agentes de pastoral— de los trabajos del Con- silium, impide ver con claridad los pasos que se dieron en la aplicación de la reforma; el uso inapropiado de los libros litúrgicos que más de una vez se verifica en la no lectura de prenotandos y rúbricas, hace un escenario grotesco de una reforma que nos es reforma, de una partici- pación que se confunde con un caos celebrativo, de una presidencia de parte del ministro que es más bien un autoritarismo autorreferencial, fruto de la necesidad de autoafir- mación (me disculpo por el exceso de ‘autos’). La necesidad de la re- forma no fue propuesta para que se desdibujara el Misterio Pascual de Cristo: su Misterio, no el nuestro; él fue quien padeció, murió y resucitó. Obedecer el espíritu de la reforma requiere pobreza de espíritu, doci- lidad, dejar al Espíritu expresarse con gemidos inenarrables, quitarse los zapatos pues pisamos tierra sa- grada, subir a la sala de arriba. Sin estos particulares es imposible vivir la obediencia a la propuesta de la Iglesia Madre desde los preparati- vos de la reforma hasta la reforma misma. La pseudo vigencia de “in- terpretaciones” pobres y autoafir- mantes se han extendido a lo largo y ancho del vasto hemisferio cele- brativo, confundiendo a los fieles desde la pretendida prerrogativa de “el que celebra manda”. Necesi- tamos ser humildes, contemplati- vos y ascetas para tomar en mano la actualización de tan gran Mis- terio. En clase a los alumnos sue- lo decirles que el Misterio es de Cristo, no nuestro, que la pasión, muerte y resurrección son de Cris- to y las vivió él mismo, no nosotros. Posiblemente habrá que hacer un mayor esfuerzo por ser humildes, contemplativos y ascetas. Aplicar la reforma adquiere un tin- te de mayor dificultad, ya que antes hay que entender y obedecer. Añadi- ría que hay que aprender a entender y obedecer. En muchas ocasiones, a la hora de la aplicación, hemos olvi- dado la antigua propuesta “agitur sequitur esse” (el obrar sigue el ser); nos preocupamos, desgastamos y za de la celebración litúrgica para revisar las estructuras celebrati- vas, así como su fundamento teo- lógico; ello dará lugar al proceso preparatorio de lo que después llamaremos la Reforma Litúrgica. Una gran preocupación del San- to Padre era devolverle su signi- ficado originario a los ritos. Con el paso del tiempo y atendiendo a las cuestiones prácticas se fue perdiendo el sentido de la cele- bración, por ejemplo, para cuidar el ayuno eucarístico de doce ho- ras se trasladó la vigilia pascual a la mañana del sábado; esto hizo que el Papa redujera el ayuno eu- carístico a tres horas y poder así restablecer la vigilia en su horario propio. En la mente del pontífice quedaba claro que el camino era arduo y complejo, por lo que em- pezó después de 1955 a proponer pequeños y grandes cambios para lograr un enfoque diverso de men- talidad. Algunos de dichos cam- bios se realizaron, otros quedaron programados en el papel y algu- nos más en el corazón del Papa. Tocaría al Papa Juan XXIII con- tinuar con el proyecto. Las intui- ciones de su predecesor fueron cobrando forma hasta llegar al impactante anuncio del inicio del Concilio Vaticano II. Empezó así una gran aventura de la que es- tamos celebrando medio siglo. No quisiera ser irresponsable con lo anteriormente dicho, hablo de manera conjunta: medio siglo des- de el anuncio hasta la conclusión del Concilio pasando por la pro- mulgación de las constituciones, la publicación de los decretos y la difusión de las noticias. Lo demás entrará en el análisis. Análisis: necesidad de una reforma, retos de la reforma y reforma reformada Hacer un análisis detallado en este espacio no es posible, así como resumir todo un proyecto eclesial en unas líneas, ya que co- rre el riesgo de convertirse, sin una adecuada interpretación, en un pretexto incendiario y generador de opiniones de las más variadas, especialmente en una época donde muchas veces se vierten opiniones en la cultura de las redes sociales sin la riqueza de la reflexión, la in- terlocución y el intercambio. La necesidad de una reforma surge precisamente para dar lugar a una reflexión profunda sobre la teología litúrgica que ya venía ges- tándose. Los alcances previstos en los documentos previos a Sa- crosanctum Concilium, como en la misma constitución litúrgica, son extraordinarios: retomar la riqueza del estudio en torno al Misterio Pas- cual para desarrollar el marco de referencia y establecer los criterios que, volviendo a los orígenes, dieran la posibilidad de hacer una reforma que fuera a lo esencial favoreciendo la participación activa, consciente y fructífera de los fieles desde su sa- cerdocio bautismal. Estas expresiones, que son tan co- nocidas, brotan del arduo y delicado trabajo de investigación y reflexión de Próspero Gueranguer, Odo Casel
24 La Cuestión Social Año 24, n. 1 25 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Dr. Ricardo Valenzuela inenarrables” para expresarle nues- tras necesidades más profundas y darle gracias por su amor; Dios, por su parte, actúa misteriosamente en cada uno suscitando una respuesta que, en la medida de las disposicio- nes espirituales, santifica a sus hijos. En este doble proceso anabático-ca- tabático (ascendente-descendente) se genera un diálogo humano di- vino que deriva en una asamblea santa que celebra una liturgia di- vina. Miramos al cielo y buscamos las cosas de arriba, mientras en la fragilidad de los signos actualiza- mos el Misterio redentor de Cristo. Conviene no frenar la acción divina al pretender materializar todo o empobrecer la significación litúrgi- ca con interpretaciones que miran hacia abajo y no hacia arriba. Novedad y creatividad: Dios hace nuevas todas las cosas y el Espíri- tu Santo renueva la faz de la tierra; éste es el fundamento de la nove- dad en materia celebrativa, lo que no significa innovar o crear signos y oraciones por el mero deseo de cambiar. Al celebrar el Misterio lo actualizamos, entramos así en un horizonte que renueva todas las co- sas; al hacer lo que Él dice entramos en una dinámica renovadora y revi- talizante. Esta dimensión celebrati- va requiere una disciplina interior que se traduce en la necesaria as- cesis para comprender la acción de Dios, librándonos de la tentación de hacer sólo cosas nuevas e incluso de cambiarle la página a Dios. Conclusión Después de un recorrido de cin- cuenta años —y un poco más— del inicio del Concilio Vaticano II y de la promulgación de la constitución litúrgica, podemos observar un panorama muy amplio de revitali- zación en la celebración de la litur- gia cristiana con excelentes frutos en la vida de cristianos comprome- tidos que buscan servir al Señor y santificarse día a día. Se han susci- tado innumerables grupos y movi- mientos laicales que han logrado dar sentido a su pertenencia a la gran familia de los hijos de Dios que se reúnen en la asamblea para darle gloria. En la escena, encon- tramos abusos que han oscurecido y empañado la auténtica significa- ción de ritos y oraciones. Conviene seguir trabajando en vistas a con- templar y mejor comprender el gran don que el Señor Jesús puso en nues- tras manos. Será necesario entender que cada vez que celebramos el Mis- terio, subimos a la sala de arriba para preparar la Pascua eterna y cenar con él. Concilio Vaticano II y Sacrosanctum Concilium: 50 años cansamos en el agitur (hacer) sin considerar el esse (ser); hacemos y no somos, obramos sin ser cuando la consecuencia del hacer deriva nece- sariamente del ser (el postulado se invierte dramáticamente). Pienso en los que hemos recibido el minis- terio sacerdotal: hacemos denoda- dos esfuerzos por hacer más y más y descuidamos el estar delante de Él para ser como Él. Bajo este último planteamiento “el ser sigue al obrar”, me pregunto: ¿no será por esto que el burn out sacerdotal obedece a que se pierde el sentido profundo del actuar con Él, por Él y en Él? ¿No será que hemos vuelto neuróticas a nuestras comunidades que buscan la novedad por la novedad sin buscar al que hace nuevas todas las cosas? Aplicar lo anterior se resume en ser y luego hacer. Cuando llegamos al tema de la ‘Reforma reformada’ conviene pre- guntarse si los pasos previos se han dado. Reforma reformada que surge de la propuesta de semper reformanda no significa inventar, cambiar, alterar sin razón. Significa amar con profundidad lo que el Se- ñor nos dejó indicado: “hagan esto en memoria mía”; hagan esto no otro, háganlo en mi nombre, en mi pasión, muerte y resurrección, po- dríamos releer. Amar lo que él hizo por nosotros significa contemplar, obedecer y entender que lo hizo por amor. Cambiar por cambiar, re- formar sin entender la reforma es lo mismo que no amar. A este respec- to, hay mucho qué decir aún, pues a diferencia de las Iglesias de Oriente, hemos propiciado un mayor caos y confusión celebrativa. Conviene ver hacia adelante y proponer pers- pectivas que permitan corregir los errores o abusos y avanzar hacia la realización del signum unitatis (sig- no de unidad). Perspectivas Dicho lo anterior y considerando el camino en estos cincuenta años de reforma, de reflexiones, de lo- gros y de retos, parece oportuno proponer algunas perspectivas en clave propositiva y de una adecua- da interpretación de los documen- tos. Parto de algunos términos que se han hecho clásicos en el vocabu- lario de la reforma. Participación: La participatio hace referencia a la capacidad que el Es- píritu Santo otorga al bautizado para entrar en comunicación con Dios, para llamar “Padre” a Dios y edi- ficar al cuerpo místico; el sacerdocio bautismal, entonces, habilita para participar en el cuerpo de Cristo de una manera dinámica por la mis- ma fuerza (dynamis) del Espíritu de Dios. Una interpretación poco feliz del participar indica que todos hagan todo o que todos digan todo, gene- rando así una confusión en materia de orden y significación teológica de los ministerios, acciones y oraciones. Santificación y glorificación: Dado que la acción litúrgica es sagrada, por tratarse del culto del pueblo a Dios, tiene un efecto muy concreto al santificar a los bautizados y glo- rificar al que es la “fuente de toda santidad”. Siendo hijos, le hablamos a Dios con nuestras palabras y el Espíritu Santo actúa con “gemidos
26 La Cuestión Social Año 24, n. 1 27 La Cuestión Social Año 24, n. 1 el que trataba de las fuentes de la Revelación tenía un sello esco- lástico, conservador y jurídico. Gracias al impulso renovador que animaba al Concilio, ese primer documento fue rechazado en el aula conciliar y el documento que resultó aprobado era ya la cuar- ta redacción. Es importante re- marcar que la gestación de la Dei Verbum fue acompañada por el espíritu del proceso conciliar. En- tre las motivaciones e intereses que animaban a los actores del Concilio se pueden enumerar: el aggiornamento de la Iglesia, la preocupación pastoral, el espíritu de diálogo, la apertura al mundo moderno, la afirmación de la li- bertad, la unidad de los cristia- nos, la atención a los signos de los tiempos, la reforma litúrgica, la colegialidad episcopal, etc. 2. La Dei Verbum y susprin- cipales aportaciones La elaboración del documento Entre los 16 documentos apro- bados por el Vaticano II, las cua- tro constituciones constituyen los textos principales. En el Sínodo de 1985, el Cardenal Daneels las resumía y encadenaba en una frase que se ha hecho célebre: “La Iglesia (Lumen Gentium), bajo la Palabra de Dios (Dei Verbum) celebra los misterios de Cristo (Sacrosanc- tum Concilium) para la salvación del mundo (Gaudium et Spes)”. La importancia de la Dei Verbum lo marca el hecho de ser una cons- titución dogmática, junto con la Lumen Gentium. En el proceso de redacción de la Dei Verbum se fueron produciendo diversos cambios. Uno de ellos fue el abandono del lenguaje demasia- do escolástico por otro más bíblico, patrístico y simbólico. En cuanto a los contenidos, resulta ilustrativo comparar la evolución de los títulos de los capítulos en las primeras re- dacciones y en la última: el capítu- lo sobre ‘la revelación pública y de la fe católica’ se transformó en ‘la revelación en sí misma’; el de ‘las dos fuentes de la revelación’ se re- formuló como ‘la transmisión de la divina revelación’; el que se ocupa- ba sobre ‘la inspiración de la Escri- tura, la inerrancia y la composición literaria’ quedó enunciado como ‘la inspiración divina de la Sagrada Es- critura y su interpretación’; y final- mente, el que se abordaba ‘el uso de la Sagrada Escritura en la Igle- sia’ se tituló ‘la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia’. Se advierte una progresiva transformación en las visiones teológicas y pastorales. Con sus 26 números distribuidos en cinco capítulos, la Dei Verbum es un documento breve, ordenado y centrado en los asuntos fundamen- tales. De entrada, es preciso aclarar que la temática de la constitución, como lo dice su nombre, se ocupa que de la divina revelación y, por lo mismo, no trata exclusivamente de la Biblia. Su campo de interés es más amplio. Ofrece de modo consciente y metódico las catego- rías fundamentales y primarias del cristianismo. Su aporte no ha sido sólo el de dar un nuevo rumbo a los estudios bíblicos, sino también a la reflexión teológica, a la vida li- Armando Noguez Alcántara, C.R. 1. El contexto eclesial de la Dei Verbum Antes del Concilio Vaticano II L a educación cristiana de los católicos antes del Concilio Vaticano II (1962-65) solía trans- mitir el mensaje evangélico, sobre todo, en la tradición religiosa fami- liar y también por medio del cate- cismo, la predicación en la liturgia, los devocionarios y la lectura de novelas moralizantes. El libro de la Biblia estaba poco presente, sólo algunas familias tenían un texto bí- blico y sólo una minoría muy redu- cida lo leía directamente. Es cierto que la encíclica de Pío XII, Divino Afflante Spiritu (30 sep- tiembre 1943), sobre los estudios de Sagrada Escritura, había crea- do un nuevo clima de apertura a los métodos críticos desarrollados por la modernidad. Sin embargo, el alcance de la propuesta de ese do- cumento tardaba en llegar a la base del pueblo católico; sus frutos iban madurando lentamente, principal- mente en las aulas de los semina- rios y universidades. Se habla de un verdadero movimiento bíblico que reconocía la importancia de la Escritura en la vida de la Iglesia y buscaba alimentarse espiritual- mente de ella. El espíritu y la dinámica del Concilio Cuando el Papa Juan XXIII anunció un nuevo concilio en 1959, muchos percibieron que un aire fresco iba a ventilar la vida de la Iglesia. Entre los 72 esquemas elaborados por las diversas comisiones preparatorias, parte de los cuales se enviaron a los obispos tres meses antes de co- menzar el concilio, había uno que se titulaba De las fuentes de la Reve- lación, embrión de lo que llegaría a ser la constitución dogmática sobre la divina Revelación, que comienza con las palabras Dei Verbum y que se publicaría el 18 de noviembre de 1965, con sólo 6 votos en contra. Como todos los documentos de las comisiones preparatorias, Dei Verbum: un documento emblemático del Vaticano II Armando Noguez Alcántara, C.R.
28 La Cuestión Social Año 24, n. 1 29 La Cuestión Social Año 24, n. 1 profunda entre palabra y sacramento. Son realidades mutuamente inclusivas, en su relación hacen presente el acontecimiento salvador cumplido en Jesucristo. Se recoge así una amplia tradi- ción de la Iglesia testimonia- da por numerosos Padres, que llegó incluso a la Imita- ción de Cristo de Kempis. Por la fuerza del Espíritu Santo, la Escritura leída por los fieles se convierte en la Palabra de Dios con la calidad de verda- dero sacramento (y no sólo sacramental, como solía de- cirse), esto es, evento de la gratuidad de Dios por el cual Él se encuentra con sus hijos. La Iglesia se alimenta del Pan vivo de dos maneras: en la lectura de la Biblia, bajo espe- cies de palabra humana; y en la Eucaristía, bajo las especies del pan y del vino. La Palabra de Dios como ali- mento de la Iglesia (cf. DV, 21.23). Es una afirmación reiterada que coloca a la Pa- labra en la vida de la Iglesia con toda su preponderancia y soberanía. Su centralidad es reconocida en los cuatro dominios principales que constituyen la vida cristia- na: en la liturgia “a través de las Escrituras, Dios con- versa con sus hijos y la voz del Espíritu Santo se hace escuchar” (DV, 21.25), en la predicación que debe estar “nutrida y regida por la Santa Escritura” (DV, 21), en la teolo- gía que se debe “apoyar sobre la Palabra de Dios como sobre un fundamento permanente” y cuya alma debe ser el estu- dio de la Palabra (DV, 24), y fi- nalmente en la vida cotidiana de los fieles, que debe estar marcada por el recurso asiduo a las Escrituras (DV, 25). Los aportes de los métodos histórico-críticos de la exége- sis moderna. Se reconocen y valoran como instrumentos legítimos para el estudio e interpretación de la Biblia (cf. DV, 12.23). Esto se hace sin disminuir la historicidad fundamental de las tradicio- nes fijadas por escrito en la Biblia y, sobre todo, los evan- gelios (DV, 19). Los intérpre- tes creyentes tienen amplia libertad para estudiar el tex- to bíblico con la ayuda de los métodos científicos. La relación Escritura-Tradi- ción. En opinión de muchos, es un asunto que no se acla- ró adecuadamente en la Dei Verbum (cf. DV, 9-10). La ta- rea se arrastra desde el Con- cilio de Trento y permanece pendiente. El concepto mis- mo ‘tradición’ no se explica ni se presenta suficiente- mente. De forma casi obse- siva, en la Dei Verbum se yuxtapone a la Escritura, sin precisar que sólo la Escritura es inspirada, mientras que la tradición sólo es asistida por el Espíritu. Quedó de manifiesto que, a diferencia de las Iglesias Armando Noguez Alcántara, C.R. túrgica y a la acción evangelizado- ra de la Iglesia. Se ha valorado, por ejemplo, su gran aporte a la teolo- gía fundamental, sin restar impor- tancia a sus repercusiones en la hermenéutica bíblica. Algunas contribuciones significativas Son diversas las aportaciones de la Dei Verbum. Entre ellas, des- tacan varias enseñanzas concilia- res valiosas que han permitido una renovación, incluso en el pla- no doctrinal. La concepción personalista de la Revelación centrada en el Hijo de Dios. La Palabra de Dios es Cristo vivo que el Padre da a la humanidad. La Palabra se hace carne en Cristo Jesús para establecer un vínculo de comunicación y comunión con los seres humanos. Jesús es el mensa- jero, el contenido de la Reve- lación divina y la plenitud de la misma (DV, 4). Se supera definitivamente la concep- ción intelectualista de la re- velación como transmisión de una lista de verdades de la fe, verdades sobrenatura- les que los seres humanos, por sí mismos, jamás hubie- sen logrado encontrar. En una visión personalista de la Revelación, los creyentes se encuentran no con una lista de verdades, sino con Dios personal que se manifiesta a sí mismo (DV, 2). La dimensión histórica de la Revelación. Dios se revela en la historia y a través de una historia que es de salvación (DV, 2). Dios se revela como salvador de la humanidad interviniendo en la historia; salva a través de los acon- tecimientos. Así queda bien claro que la Revelación es histórica y la historia es sal- vífica. Por ser histórica, se produce de forma progresi- va y se va ofreciendo en un proceso pedagógico. En co- rrespondencia, la fe cristia- na tiene también su propia dimensión histórica. Es un proceso de aprendizaje que se vive dentro y a través de la historia; en él crecen las personas y las comunida- des a medida que se enca- minan hacia la plenitud de la fe. Esta presentación supera el carácter extrinsecista de la revelación y la ahistoricidad de la Biblia; y se aparta tan- to de visiones gnosticizantes como del evolucionismo his- toricista. Frente a Dios que se va revelando y donando en la historia, el camino creyente es algo más que adquisición creciente de conocimiento; es apertura al encuentro per- sonal con Dios y a la novedad de sus dones. La sacramentalidad de la Pa- labra de Dios. La feliz expre- sión sobre “el Pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y el cuerpo de Cris- to” (DV, 21) enseña la unidad Dei Verbum: un documento emblemático del Vaticano II
30 La Cuestión Social Año 24, n. 1 31 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Se reconoce la evolución del dogma. Esto se hace sin caer en relativismos, pero se toma conciencia de la acción del Espíritu Santo que asis- te a la comunidad creyente en el curso de la historia de la salvación. “Esta tradición apostólica va creciendo en la Iglesia… crece la com- prensión de las palabras e instituciones transmitidas… la Iglesia camina a través de los signos hacia la plenitud de la verdad” (DV, 10). Al reconocer el dinamismo de la tradición, se funda- menta teológicamente la evolución del dogma. En la historia de los concilios es la primera vez que aparece esta enseñanza. Las Escrituras son la regla suprema de la fe de la Iglesia (DV, 21). La razón es que “ins- piradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comu- nican inmutablemente la Pala- bra del mismo Dios” (DV, 21). En consecuencia, los artículos de la fe que brotan de aque- lla fuente son derivados; sus enunciados dogmáticos pue- den ser auténticos, pero no son revelados ni inspirados. El pueblo de Dios es recono- cido como sujeto de la tra- dición. En efecto, “la iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree” (DV, 8). Se supera aquella mentalidad que sólo consideraba como sujeto al magisterio eclesiástico. Un magisterio servidor de la Palabra de Dios. “El magis- terio no está por encima de la palabra de Dos, sino a su servicio” (DV, 10). Se desca- lifica cualquier magisterio eclesiástico que pretenda ser superior y juez de la Palabra, en lugar de someterse a ella y dejarse juzgar por ella. Se promueve la lectura de la Biblia. El Concilio recomienda con insistencia que “todos los fieles… tengan amplio acceso a la Sagrada Escritura” (DV, 25). Luego indica los caminos prácticos: lo primero es pro- mover el acercamiento al tex- to mismo de la Biblia, para ello insiste en la necesidad de pre- parar traducciones en lenguas modernas y hasta se abre la posibilidad de elaborar tra- ducciones en común con los hermanos separados (DV, 22). 4. El impacto de la Dei Verbum en el post-Concilio Es bien sabido que a los primeros años del entusiasmo conciliar, si- guió un período de reticencia ecle- siástica frente al espíritu renovador del Vaticano II, actitud que llevó a verdadero invierno eclesial pocos lustros después. Ese clima, sin em- bargo, no pudo frenar el impacto y los frutos de la Dei Verbum. Después del Concilio, la Biblia comenzó a hacerse presente de Armando Noguez Alcántara, C.R. ortodoxas, en occidente es muy precaria la teología sobre la tradición. No obstante, se logró superar la idea de que Escritura y Tradición sean dos fuentes paralelas y sólo com- plementarias. 3. Otros aportes de la Dei Verbum En continuidad con las aporta- ciones anteriores, en la Dei Verbum se pueden encontrar muchos otros elementos puntuales igualmente valiosos. Baste destacar algunos: Se distingue entre la Palabra de Dios y la Biblia sin separarlas. La Palabra de Dios es viva y es una realidad personal: Je- sús es encarnación de la Pala- bra, no de la Biblia (cf. DV, 4). Lo que anima a la Iglesia es la Palabra de Dios y no la letra de la Escritura como tal. El cristia- nismo no es la religión de un libro; la Biblia no es simple- mente la Revelación, es un li- bro, un testimonio escrito o un instrumento de la revelación. Sin embargo, se afirma con toda certeza que para escuchar la Palabra de Dios, la Iglesia tie- ne que acudir a la Biblia, pues “las Sagradas Escrituras con- tienen la palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad palabra de Dios” (DV, 24). Los acontecimientos revela- dores. “La revelación se realiza por obras y palabras intrínse- camente ligadas” (DV, 2). Se superan definitivamente los reduccionismos de una Reve- lación exclusivamente verbal que comunica verdades. Al mencionar primero las obras y luego las palabras (cf. DV, 2.7.14.17.18; en orden inver- so 4.7.8), se deja en claro que Dios se manifiesta sobre todo a través de sus intervencio- nes en los acontecimientos históricos, sin por ello negar la palabra como medio de Re- velación. Los acontecimientos reveladores aparecen en cada página de la Biblia. En esa lí- nea, se evoca el prólogo de los Hechos cuando se refiere a “todo lo que Jesús hizo y ense- ñó” (Hch 1,1). El reconocimiento de la Igle- sia apostólica primitiva. Con su Escritura, en su carácter de fundamento de la Iglesia, pues “lo que los apóstoles transmi- tieron comprende todo lo ne- cesario para una vida santa y para una fe creciente del pue- blo de Dios” (DV, 8). La Biblia como obra humana. Después de haber expuesto su doctrina sobre la inspira- ción (DV, 11), no se duda en afirmar que “Dios habla en la Escritura por medio de hom- bres y en lenguaje humano” (DV, 12). Esto quiere decir que la Biblia ha sido escrita por autores humanos en todas sus partes y todas sus fuentes (DV, 11). Se eliminan los conceptos del libro caído del cielo y de las lenguas sagradas. Dei Verbum: un documento emblemático del Vaticano II
32 La Cuestión Social Año 24, n. 1 33 La Cuestión Social Año 24, n. 1 otros aspectos de la hermenéutica católica y de la pastoral bíblica. Del 5 al 26 de octubre de 2008 se celebró en Roma un sínodo ordina- rio de obispos con el tema “La Pala- bra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”. El Papa Benedicto XVI promulgó la correspondiente exhortación apostólica postsino- dal con el título Verbum Domini. En ella se recogen logros de valor desigual de la teología eclesiástica contemporánea. La tercera parte aborda varios desafíos pastorales del momento presente para la mi- sión de la Iglesia. Aparecen algunas novedades en su segundo apartado “Palabra de Dios y compromiso en el mundo” (VD, 99-108). Con el clima eclesial que ha ve- nido construyendo el ministerio del Papa Francisco, insistiendo en el testimonio de una Iglesia pobre y solidaria con los pobres bajo el signo de la misericordia, parece que vuelven a soplar los vientos de aquella primavera eclesial que in- tentó desencadenar el Concilio Va- ticano II. Se espera el surgimiento de nuevos oyentes y servidores de la Palabra que, en continuidad con la Dei Verbum, sigan alentando la misión de la Iglesia y produciendo frutos para la vida de los pobres. Armando Noguez Alcántara, C.R. modo incisivo en diversos secto- res eclesiales: las comunidades tradicionales (parroquias e insti- tuciones ligadas a ellas), los movi- mientos eclesiales con sus centros de espiritualidad y los movimien- tos de liberación ligados a las co- munidades eclesiales de base. En fechas recientes, la espiritualidad bíblica se cultiva en muchos gru- pos a través de la celebración de la Lectio Divina. La plena libertad para los escritu- ristas alentada por el Concilio pro- vocó un avance extraordinario de los estudios bíblicos, sobre todo en los seminarios y las universidades. Las investigaciones y publicaciones de los exégetas católicos comenza- ron a hacer acto de presencia en los ambientes académicos y a recuperar el rezago frente a la ciencia bíblica moderna de las Iglesias protestan- tes. Entre los temas que abordaban los especialistas noratlánticos se pueden enlistar: Revelación, inspira- ción, verdad de la Escritura, herme- néutica, géneros literarios, tradición, magisterio, uso de la Biblia. Por sus peculiares condiciones socio-histó- ricas, en América Latina la temática más relevante ha sido: el mensaje liberador de la Biblia, la dimensión política del Evangelio, el mensaje social de los profetas, Éxodo y lucha por la justicia, el contexto sociopolí- tico de la práctica de Jesús, el Apoca- lipsis y la resistencia cristiana, etc. La Dei Verbum una vez publica- da, suscitó un gran interés entre muchos cristianos no católicos que advirtieron en su enseñanza una posibilidad real de entendimien- to con la Iglesia católica. Pronto se convirtió en un valioso instrumento para favorecer el diálogo ecuménico y la colaboración de los católicos en diversas iniciativas compartidas en- tre las Iglesias cristianas. La Dei Verbum alentaba la difu- sión de la Biblia y la preparación de traducciones bien cuidadas. Por una creciente demanda, el libro de la Biblia pronto se convirtió en un best seller entre los católicos. La traducción francesa Bible de Jéru- salem sirvió de modelo y aportó su estupendo aparato de introduccio- nes y notas a traducciones en di- versas lenguas, así la convirtieron en una Vulgata de vulgatas; de esta manera, los católicos de los más variados idiomas tuvieron una va- liosísima Biblia de estudio. La Bi- blia latinoamericana logró que la Palabra de Dios se escuchara en el habla popular de América Latina y fuera leída en muchas familias y pequeñas comunidades. Desde las instancias de la auto- ridad eclesiástica, por parte de la Pontifica Comisión Bíblica, en 1993 se publicó el documento La inter- pretación de la Biblia en la Iglesia. Allí se ofrece una lúcida exposición de los métodos y procedimientos de interpretación de la Biblia ano- tando sus alcances y limitaciones desde una perspectiva abierta y bien fundamentada. Destaco una afirmación: “La Sagrada Escritura… [para] su justa comprensión no so- lamente admite como legítima, sino que requiere la utilización de este método [el histórico-crítico]”. En el documento se exponen también Dei Verbum: un documento emblemático del Vaticano II
34 La Cuestión Social Año 24, n. 1 35 La Cuestión Social Año 24, n. 1 que todos hombres están llamados a entrar en el rei- no de Dios y conseguir la salvación eterna” (DIM, 21). “Porque nunca se debe per- der de vista que el sujeto de la educación cristiana es el hombre todo entero, espí- ritu unido al cuerpo en uni- dad de naturaleza, con todas sus facultades naturales y sobrenaturales” (DIM, 43). Un mundo cada día más complicado La crisis de la posguerra pro- vocó un cambio radical en las formas de vida de Europa y del mundo. Las dos guerras mundia- les, con su complejidad histórica, develaron a los hombres del siglo pasado una cara del ser humano que quebrantó, al menos, la cer- teza de que el Siglo de las Luces había conducido a la humanidad hasta su plenitud. ¿Cómo pudieron los líderes políticos llevar a sus países a ta- les catástrofes? ¿Qué nos pasó que fuimos capaces de ver millones de muertos casi sin inmutarnos? ¿Qué nos falta para que seamos capaces de evitar otros conflictos parecidos? Las preguntas condujeron a los pen- sadores más serios a reflexionar acerca de la educación. ¿Qué falló en la educación? ¿Cómo educar a los hombres de hoy? Un Papa providencial: Juan XXIII (1958-1963) El recién elegido Papa Juan XXIII, cuya amplia experiencia en los paí- ses en conflicto le había ayudado a percatarse de la crisis de la Iglesia y de su influencia en el mundo, re- flexionó hondamente: ¿qué debía hacer ahora para cumplir con su deber de piloto de la nave de Pedro? Decidió convocar a un concilio universal, con la participación de todos los obispos del mundo, invi- tando también a las demás Iglesias y confesiones religiosas a partici- par como observadores, para exa- minar el papel de la Iglesia con una mirada nueva. Escribió, en vísperas del Conci- lio Vaticano II, la encíclica Mater et Magistra (15 mayo 1961): “Por estos motivos es de suma importancia que no sólo se eduque a las nuevas generaciones con una for- mación cultural y religiosa cada día más perfecta —lo cual constituye un derecho y un deber de los padres—, sino que, además, es nece- sario que se les inculque un profundo sentido de res- ponsabilidad en todas las manifestaciones de la vida y, por tanto, también en orden a la constitución de la fami- lia y a la procreación y edu- cación de los hijos” (Mater et Magistra, 195). Juan José Manuel Velasco Arzac Desarrollo educativo D urante el siglo XX, el mun- do occidental se ocupó de la educación con gran empeño. Educadores de varios países dise- ñaron nuevas teorías acordes con los hallazgos de la psicología y de la sociología, aplicando teorías filo- sóficas y antropológicas a la labor de cultivar a la persona. Del mismo modo, en el campo de la Iglesia ocurrieron hechos que despertaron la conciencia so- cial y fueron madurando el pensa- miento educativo. Ya el Papa Pío XI, educador nato, había escrito en la encíclica Divini Illius Magistri (31 dic 1929) acer- ca de la educación cristiana de la juventud: “Porque, como la educación consiste esencialmente en la formación del hombre tal cual debe ser y debe portar- se en esta vida terrena para conseguir el fin sublime para el cual ha sido creado… no puede existir otra completa y perfecta educación que la educación cristiana”. (DIM, 4). “La educación no es una obra de los individuos, es una obra de la sociedad […] [en ella concurren] dos so- ciedades de orden natural, la familia y el Estado; la ter- cera, la Iglesia, de orden so- brenatural” (DIM, 8). “En primer lugar se extiende a todos los fieles, de los cuales la Iglesia cuida solícitamente como amorosa Madre. Por esta razón ha creado y fo- mentado en todos los siglos, para el bien de los fieles, una ingente multitud de escuelas e instituciones en todos los ramos del saber” (DIM, 20). “La Iglesia ha podido ha- cer y ha sabido hacer todas estas cosas, porque su mi- sión educativa se extiende también a los infieles, ya 50 aniversario de la declaración Gravissimum Educationis del Concilio Vaticano II Juan José Manuel Velasco Arzac
36 La Cuestión Social Año 24, n. 1 37 La Cuestión Social Año 24, n. 1 en la trascendental constitución pastoral Gaudium et Spes (7 de di- ciembre de 1965): “El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposi- ción adecuada de la doctri- na y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miem- bros. Esto se logra principal- mente con el testimonio de una fe viva y adulta, educa- da para poder percibir con lucidez las dificultades y po- derlas vencer” (GS, 21). “Particularmente la educación de los jóvenes, sea el que sea el origen social de éstos, debe orientarse de tal modo, que forme hombres y mujeres que no sólo sean personas cultas, sino también de gene- roso corazón, de acuerdo con las exigencias perentorias de nuestra época” (GS, 31). “Los que se entregan a la tarea de la educación, prin- cipalmente de la juventud, o forman la opinión pública, tengan como gravísima obli- gación la preocupación de formar las mentes de todos en nuevos sentimientos pa- cíficos” (GS, 82). Y también en la constitución dog- mática sobre la Iglesia Lumen Gen- tium (21 de noviembre de 1964), en la que se menciona de muy va- riadas formas, por ejemplo: “Deben, por tanto, los fieles conocer la íntima naturale- za de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios. Incluso en las ocupaciones seculares deben ayudarse mutuamente a una vida más santa, de tal manera que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcan- ce su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz. En el cumplimiento de este deber universal co- rresponde a los laicos el lugar más destacado” (LG, 36). “Los Pastores, a su vez, ayu- dados por la experiencia de los seglares, están en con- diciones de juzgar con más precisión y objetividad tan- to los asuntos espirituales como los temporales, de forma que la Iglesia ente- ra, robustecida por todos sus miembros, cumpla con mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo” (LG, 37). “La restauración prometida que esperamos, ya comenzó en Cristo, es impulsada con la misión del Espíritu Santo y por Él continúa en la Iglesia, en la cual por la fe somos ins- truidos también acerca del sentido de nuestra vida tem- poral, mientras que con la es- peranza de los bienes futuros llevamos a cabo la obra que el Padre nos encomendó en el mundo y labramos nuestra salvación” (LG, 48). Juan José Manuel Velasco Arzac El mismo Sumo Pontífice, des- pués de la primera sesión conciliar, difunde la encíclica que práctica- mente será su testamento: Pacem in Terris (11 abr 1963). En ella afirma: “La inconsecuencia que dema- siadas veces ofrecen los cristianos entre su fe y su conducta, juzga- mos que nace también de su in- suficiente formación en la moral y en la doctrina cristiana. Porque sucede con demasiada frecuencia en muchas partes que los fieles no dedican igual intensidad a la ins- trucción religiosa y a la instrucción profana; mientras en ésta llegan a alcanzar los grados superiores, en aquélla no pasan ordinariamente del grado elemental. Es, por tanto, del todo indispensable que la for- mación de la juventud sea integral, continua y pedagógicamente ade- cuada, para que la cultura religiosa y la formación del sentido moral vayan a la par con el conocimiento científico y con el incesante pro- greso de la técnica. Es, además, ne- cesario que los jóvenes se formen para el ejercicio adecuado de sus tareas en el orden profesional” (Pa- cem in Terris, 153). El Concilio Vaticano II (1962 – 1965) La realización del Concilio Vati- cano II es a todas luces el aconte- cimiento eclesial más relevante del siglo XX, no sólo por su magnitud —2,500 obispos reunidos varios meses durante 4 años consecutivos y la majestuosidad impresionante del recinto de la Basílica Vaticana, preparada exprofeso para congre- gar a todos—, sino por la impor- tancia de las encuestas, estudios e investigaciones que permitieron a los obispos tomar parte activa en la formulación de los esquemas ori- ginales, tantas veces reformados; por la profundización de los temas de estudio; y, particularmente, por la trascendencia de los resultados que se esperaban de su realización. Los propósitos formulados por el Papa se enriquecieron con las aportaciones venidas de algunos sectores: la Iglesia debía exami- narse a sí misma como realidad social y analizar si estaba cum- pliendo su misión espiritual de evangelizar a los hombres de hoy. La Iglesia se percibe como in- serta en un mundo plural al que debe proponer su mensaje, sin imponerlo, pero en el que exis- ten otras concepciones religiosas y otros valores; los recursos que siempre ha utilizado pareciera que casi no sirven; han caducado los modelos de sociedad vigentes hasta antes de la guerra; están por dondequiera los nuevos me- dios de comunicación de masas; las familias de antaño son mira- das con desconfianza y extraña- miento; los valores sociales han cambiado de signo y también los valores religiosos; el secularismo, el laicismo, el ateísmo se han di- seminado por todas partes. Importancia de la educación El tema educativo está presente en varios de los documentos prin- cipales del Concilio, por ejemplo 50 aniversario de la declaración Gravissimum Educationis del Concilio Vaticano II
38 La Cuestión Social Año 24, n. 1 39 La Cuestión Social Año 24, n. 1 teniendo en cuanta el pro- greso de la psicología, de la pedagogía y de la didáctica, para desarrollar armónica- mente sus condiciones físi- cas, morales e intelectuales, a fin de que adquieran gra- dualmente un sentido más perfecto de la responsabili- dad en la cultura ordenada y activa de la propia vida y en la búsqueda de la verda- dera libertad” (GE, 1). d. La educación es humanizadora: “Entre todos los medios de educación, el de mayor im- portancia es la escuela, que, en virtud de su misión, a la vez que cultiva con asiduo cuidado las facultades inte- lectuales, desarrolla la capaci- dad del recto juicio, introduce en el patrimonio de la cultura conquistado por las genera- ciones pasadas, promueve el sentido de los valores, pre- para a la vida profesional, fo- menta el trato amistoso entre los alumnos de diversa índole y condición, contribuyendo a la mutua comprensión; ade- más, constituye como un cen- tro de cuya laboriosidad y de cuyos beneficios deben parti- cipar a un tiempo las familias, los maestros, las diversas aso- ciaciones que promueven la vida cultural, cívica y religio- sa, la sociedad civil y toda la comunidad humana” (GE, 5). Comunidades educativas A la educación cristiana contri- buyen, cada una a su manera, las diversas comunidades educativas cuya labor debe ser congruente y coordinada para obtener los me- jores resultados, entre las que con- viene destacar: La familia: “Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, están gravemente obligados a la educación de la prole y, por tanto, ellos son los primeros y principales educadores. Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia que, cuando fal- ta, difícilmente puede suplirse. La familia es, por tanto, la pri- mera escuela de las virtudes sociales, de las que todas las sociedades necesitan. En ella sienten la primera experiencia de una sana sociedad humana y de la Iglesia. Por medio de la familia, por fin, se introducen fácilmente en la sociedad civil y en el Pueblo de Dios” (GE, 3). Los docentes: “Recuerden los maestros que de ellos depende, sobre todo, el que la escuela ca- tólica pueda llevar a efecto sus propósitos y sus principios. Esfuércense con exquisita dili- gencia en conseguir la ciencia profana y religiosa avalada por los títulos convenientes y procuren prepararse debi- damente en el arte de educar conforme a los descubrimien- tos del tiempo que va evolu- cionando” (GE, 8). Juan José Manuel Velasco Arzac La declaración sobre la edu- cación cristiana de la juventud Gravissimum Educationis (28 de octubre de 1965) Constituye el documento espe- cífico del Concilio Vaticano II para presentar a los ojos del mundo su visión del tema educativo. Se refiere a la educación cristiana a la que se dirige la mirada de los Padres Con- ciliares; esta tarea que la Iglesia asu- me por mandato de su fundador: “Id y enseñad a todas las naciones” y que ha ejercido siempre, no sólo en el ámbito doctrinal, sino también como un servicio en la formación humana y en la preparación de las personas y las sociedades para ele- var su calidad de vida. Por supuesto, esta declaración se complementa con los otros documentos conciliares, en parti- cular con la declaración acerca de la dignidad de la persona humana y el decreto que se refiere a la li- bertad religiosa. El título ya nos coloca en la tesitu- ra de la “emergencia educativa” que señalara con tanta preocupación el Papa Benedicto XVI en 2007. Su finalidad es orientar a los edu- cadores católicos, entusiasmarlos por su misión e impulsar la crea- ción de un organismo eclesial que, con su profunda reflexión, oriente el esfuerzo de la renovación educativa de la Iglesia, entidad que hoy es la Sagrada Congregación para la Edu- cación Católica. Es interesante subrayar que en el texto de la declaración encon- tramos varios importantes princi- pios de aplicación a la totalidad de la educación. Principios generales a. El derecho universal a la edu- cación, fundado en su digni- dad de persona humana: “Todos los hombres, de cual- quier raza, condición y edad, en cuanto participantes de la dignidad de la persona, tie- nen el derecho inalienable de una educación que responda al propio fin, al propio carác- ter, al diferente sexo, y que sea conforme a la cultura y a las tradiciones patrias y, al mismo tiempo, esté abierta a las relaciones fraternas con otros pueblos a fin de fomen- tar en la tierra la verdadera unidad y la paz” (GE, 1). b. El concepto de educación: “La verdadera educación se propone la formación de la persona humana en orden a su fin último y al bien de las varias sociedades, de las que el hombre es miembro y de cuyas responsabilidades deberá tomar parte una vez llegado a la madurez” (GE, 1). c. La educación integral de la persona humana: “Hay que ayudar, pues, a los niños y a los adolescentes, 50 aniversario de la declaración Gravissimum Educationis del Concilio Vaticano II
40 La Cuestión Social Año 24, n. 1 41 La Cuestión Social Año 24, n. 1 La función de estos maestros en las escuelas católicas es verdadero apostolado, muy conveniente y necesario tam- bién en nuestros tiempos, constituyendo a la vez un ver- dadero servicio prestado a la sociedad. Recuerda a los pa- dres cristianos la obligación de confiar sus hijos, según las circunstancias de tiempo y lugar, a las escuelas católicas, de sostenerlas con todas sus fuerzas y de colaborar con ellas por el bien de sus pro- pios hijos” (GE, 8). … y la educación superior. Para dar acabado y coronar el esfuerzo iniciado en la escuela católica con los niños y los ado- lescentes, la Iglesia se empeña también en la formación de jóve- nes y adultos mediante las uni- versidades católicas. “El Santo Concilio recomien- da con interés que se pro- muevan universidades y facultades católicas conve- nientemente distribuidas en todas las partes de la tierra; de suerte, sin embargo, que no sobresalgan por su nú- mero, sino por el prestigio de la ciencia, y que su acce- so esté abierto a los alum- nos que ofrezcan mayores esperanzas, aunque de es- casa fortuna, sobre todo a los que vienen de naciones recién formadas” (GE, 10). “Ha de hacerse como pú- blica, estable y universal la presencia del pensamiento cristiano en el empeño de promover la cultura superior y que los alumnos de estos institutos se formen hombres prestigiosos por su doctrina, preparados para el desem- peño de las funciones más importantes en la sociedad y testigos de la fe en el mun- do” (GE, 11). La situación contemporánea El reto más importante que nos queda es precisamente la forma- ción humana y cristiana de tantos jóvenes y adultos cuya instrucción religiosa tiende a cero. Por diversas razones —tales como la pobreza, el descuido familiar, las limitaciones laicistas, entre muchas—, la escuela católica es insuficiente en la mayor parte de los continentes, para for- mar a todos los educandos. Campo que se adivina muy fecundo y pro- ductivo para quienes empiecen a desarrollar la labor de complemen- tar la formación cristiana elemental de los adultos. La situación avizorada por los pa- dres conciliares no ha mejorado en su conjunto. Algunos países han avanza- do en la dirección correcta. En otros, entre ellos nuestra Patria, la situa- ción que prevalece empeora cada día; porque la despreocupación y el secularismo imperantes son apa- rentemente más poderosos que las fuerzas de la Iglesia que pretenden educar y evangelizar a la sociedad, la tarea encomendada por el Con- Juan José Manuel Velasco Arzac La Iglesia: “La Iglesia, como Madre, está obligada a dar a sus hijos una educación que llene su vida del espíritu de Cristo” (GE, 3). “La Iglesia, al mismo tiempo, ayuda a to- dos los pueblos a promover la perfección cabal de la per- sona humana, incluso para el bien de la sociedad terrestre y para configurar más huma- namente la edificación del mundo” (GE, 3). Contenidos de la educación Los contenidos diversos de la educación se orientan, en primer lugar, a la formación de los niños y jóvenes como personas, ciudadanos del mundo en el que van a vivir; y, en segundo término, a su formación como ciudadanos del Reino de Dios, que les ayuda a ver y a valorar la trascendencia de su propia existen- cia. No hace distinción entre lo que se debe obtener en la familia y lo que se recibe de la escuela. Hemos mencionado ya el con- cepto de ‘educación’ que se refiere a la primera finalidad. En segundo término, se destaca la evangeliza- ción mediante la catequesis que nos refiere a un mundo cristiano. “La instrucción catequética, que ilumina y robustece la fe, anima la vida con el es- píritu de Cristo”. (GE, 3). “Es necesario que la Iglesia atienda con afecto parti- cular y con su ayuda a los muchísimos que se educan en escuelas no católicas, ya por medio del testimonio de la vida de los maestros y formadores, ya por la ac- ción apostólica de los con- discípulos, ya, sobre todo, por el ministerio de los sa- cerdotes y de los seglares, que les enseñan la doctrina de la salvación” (GE, 7). “Sobre todo, en la familia cristiana, enriquecida con la gracia del sacramento y los deberes del matrimonio, es necesario que los hijos aprendan desde sus prime- ros años a conocer la fe reci- bida en el bautismo” (GE, 3). La Iglesia requiere instrumen- tos para esta labor tan impor- tante, entre los que destaca la escuela católica… “Al ejercer este derecho, la Iglesia contribuye gran- demente a la libertad de conciencia, a la protección de los derechos de los pa- dres y al progreso de la misma cultura. Creando un ambiente comu- nitario escolar, animado por el espíritu evangélico de li- bertad y de caridad… a la par que se abre como conviene a las condiciones del progreso actual, educa a sus alumnos para conseguir eficazmente el bien de la ciudad terrestre y los prepara para servir a la difusión del Reino de Dios. 50 aniversario de la declaración Gravissimum Educationis del Concilio Vaticano II
42 La Cuestión Social Año 24, n. 1 43 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Educar hoy y mañana, una pa- sión que se renueva (7 de abril de 2014): análisis de los retos y desafíos de la escuela y de la universidad católica hoy. Además, el Sumo Pontífice Juan Pablo II promulgó la constitución apostólica Ex corde Ecclesiae, sobre la identidad y la misión de la universi- dad católica (15 de agosto de 1990). Conclusión Celebrar los 50 años de la decla- ración Gravissimum Educationis es una buena oportunidad para releer- la críticamente en dos sentidos: Primero, qué se dijo y qué no se dijo en ese documen- to. Cuál era su contexto. Qué debemos aplicar hoy de su mensaje universal. Segundo, a la luz de los docu- mentos subsiguientes: qué hemos ya realizado y qué ta- reas tenemos pendientes los primeros educadores en la fa- milia, los educadores católicos en la escuela o en la universi- dad y las instituciones mismas ante su responsabilidad. Hace unos meses, un distingui- do educador mexicano participó en una reunión de la Federación Internacional de Universidades Católicas (FIUC). Al retornar a Mé- xico, comentó: “Aquí citamos como fundamento de nuestras reflexio- nes educativas a Piaget, a Freire, a Vygotsky, porque no conocemos la riqueza de los documentos emitidos por la Iglesia. En cambio, en la FIUC se toman muy en serio los documen- tos de la Iglesia o de los sumos pontí- fices. Creo que debemos conocerlos”. El aniversario de la declaración conciliar Gravissimum Educatio- nis es un buen momento. Juan José Manuel Velasco Arzac cilio a todas las comunidades de las que ya hemos hablado y que actúan de modo casi imperceptible. Por todo esto, la Sagrada Congregación de la Educación Católica se ha reu- nido periódicamente para estudiar un tema favorable que difunde en- tre los educadores. Documentos que actualizan el ministerio educativo de la Iglesia La Sagrada Congregación para la Educación Católica ha publicado una serie de documentos que per- miten a las instituciones, a los edu- cadores y a los padres de familia ponerse al día en la comprensión de su propio ministerio educativo. (Ministerio: tarea más o perma- nente confiada por el Espíritu Santo para la construcción de la Iglesia). La escuela católica (17 de marzo de 1977): examina la identidad de la escuela y los principios pedagógicos que en ella se aplican. El laico católico, testigo de la fe en la escuela (15 de oc- tubre de 1982): define las características del educador católico y su misión en la escuela pública. Orientaciones educativas sobre el amor humano (1 de noviembre de 1983): qué en- seña la Iglesia respecto a la adecuada educación sexual familiar, escolar, ambiental. La dimensión religiosa de la escuela católica (7 de abril de 1988): el anuncio explí- cito de Jesús en la escuela, el ambiente educativo y la for- mación de sus docentes. La escuela católica en el um- bral del tercer milenio (28 de diciembre de 1997): análisis de los retos que implica el ambiente secularizado. Las personas consagradas y su misión en la escuela (28 de octubre de 2002): orienta- ciones para la participación de los religiosos en la educa- ción escolar. Educar juntos en la escuela católica (8 de septiembre de 2007): cómo vincular las comunidades religiosas y los colaboradores laicos para hacer más fructífera la tarea educativa. La enseñanza de la religión en la escuela (5 de mayo de 2009): acerca de la comple- mentariedad entre la ense- ñanza de la religión como cultura y la catequesis como cultivo de la fe. Educar al diálogo intercultu- ral en la escuela católica (28 de octubre de 2013): valorar todas las diversas aportacio- nes culturales, empezando por la propia cultura católica de la escuela. 50 aniversario de la declaración Gravissimum Educationis del Concilio Vaticano II
44 La Cuestión Social Año 24, n. 1 45 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Como se puede observar, la etimo- logía coloca el acento en la finali- dad de la profesión y no en el título profesional, mucho menos en una posesión. El término es utilizado con frecuencia erróneamente, en un sen- tido restrictivo, de modo que cuando escuchamos hablar de las profesio- nes, pensamos inmediatamente en las profesiones liberales o en los es- tudios universitarios. Pero si utilizamos el término ‘profesionalidad’, la profesión re- sulta más incluyente. Ejercen una profesionalidad y actúan profesio- nalmente también aquellos que no poseen una profesión. Consecuente- mente, podemos hablar de la profe- sionalidad de un carpintero, de un barrendero, de una enfermera y de un sacerdote. Hay profesionalidad cuando las personas orientan los dones recibidos y la capacitación que poseen hacia a un fin superior. También se comprende que algunos profesionistas no son muy profesio- nales, porque utilizan la profesión para fines egoístas como enriquecer- se, conseguir prestigio o, en otros ca- sos, porque ejercen mediocremente su profesión. El término ‘vocación’ se refiere a otra realidad. Viene de la raíz lati- na vocare, que significa “llamar” y supone un diálogo entre aquel que llama y aquel que es enviado. En el ámbito de la Iglesia, el término ‘vo- cación’ se refiere al seguimiento de Jesús, es decir, a la vida discipular y misionera. Solamente existen tres maneras de seguir a Jesús: como laico o laica, como religioso o reli- giosa y como sacerdote. Muchos lai- cos, religiosos y sacerdotes ejercen al mismo tiempo la profesionalidad, pero ésta se halla al servicio de la vocación y subordinada a ella. De modo que para un discípulo de Je- sús, la profesión viene a ser un ins- trumento de su vocación. Así, conviene hacer una distin- ción más clara entre vocación y profesión. La vocación es el lla- mado de Dios que se concreta, en el ámbito de la fe cristiana, como vocación laical, religiosa o sacer- dotal. La profesión es propiamen- te una forma de vida que consiste en la opción por dedicar los dones recibidos a un fin. Esta forma de vida no se da exclusivamente en el ámbito de la Iglesia, sino que exis- te en todas las culturas. Sin em- bargo, la profesión puede y debe ser interpretada desde la vocación específica de los bautizados. Pongamos ahora estos conceptos en movimiento para imaginar lo que pueden significar en la prácti- ca. La vocación laical consiste en el seguimiento de Cristo en medio de las realidades temporales: familia, economía, política, ciencias, ecolo- gía, justicia social, por señalar algu- nos campos significativos. El laico vive comprometido en la transfor- mación del mundo para ir descu- briendo el Reino de Dios que está ya presente en él. Por eso, para el lai- co, la profesión es muy importante. Por ejemplo, a través de un ejercicio consciente de su profesión, un abo- gado cristiano puede colaborar en la creación de un orden más justo, cosa querida por Dios; un agróno- mo que colabora en el rescate eco- Mons. Jorge Carlos Patrón Wong E l decreto del Concilio Vaticano II referente a la formación sacerdo- tal es Optatam Totius. Fue promulgado el 28 de octubre de 1965. Su estructura es sencilla: consta del proemio, le siguen 7 capítulos y la conclusión. Tan importante es para la Iglesia la formación de los sacer- dotes que se aprobó el Decreto prácticamente de modo unánime: 2318 de los Padres Sinodales dieron su placet, y solo 3 votaron non placet. Para el Concilio la renovación de la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes, ello impone una formación necesariamen- te renovada. Por ello Optatam Totius introduce algunas novedades en la formación sacerdotal atendiendo a los nuevos Signos de los Tiempos. El Decreto es contundente al expresar su confianza en los formado- res y exhorta a los seminaristas a que sean conscientes de la esperanza que la Iglesia deposita en ellos y en su futuro ministerio. Este punto es muy importante en razón de la desconfianza que han sufrido tanto sa- cerdotes como casa de formación. Es significativo, desde la reflexión que presentamos hecha por Mons. Jorge Carlos Patrón Wong, las palabras del propio decreto: “Es deber de los obispos el impulsar a su grey a fomentar la vocaciones y procurar la estrecha unión de todos los esfuerzos y trabajos, y de ayudar, como pa- dres, sin escatimar sacrificio alguno, a los que vean llamados a la heredad del Señor”, ya que en este tenor es que presentamos el texto de obispo mexicano que colabora directamente con el Papa Francisco precisamente en la formación de los seminarios. Respecto de la formación, es necesario tener en cuenta las diversas ac- tividades que deberán realizar los sacerdotes que como pastores de una comunidad asumirán. Se debe tomar en cuenta la formación para la cate- quesis y la predicación, la liturgia y la celebración de los sacramentos, el ejercicio de la caridad y la evangelización de los no creyentes, entre otros puntos. En este sentido, el texto que presentamos a continuación, actuali- za el documento, aun sin citarlo, haciendo una diferenciación entre voca- ción y profesión. Profesión y vocación Mons. Jorge Carlos Patrón Wong Profesión y vocación El término ‘profesión’ procede de las raíces latinas pro y fero-latum. Literalmente, significa “poner a fa- vor de”. Profesionista es así quien pone sus propias capacidades y preparación a favor de una causa.
46 La Cuestión Social Año 24, n. 1 47 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Mons. Jorge Carlos Patrón Wong formación más cuidadosa sobre la profesionalidad en el ejercicio de nuestro servicio ministerial. De este modo se abre una perspec- tiva pastoral importante que com- prende los siguientes elementos: Pedagogía de la vida como vo- cación. Desde la infancia y en cada etapa de la vida, acompa- ñar y preguntar cómo se está respondiendo a la vocación bautismal, al seguimiento de Jesús, a la llamada a la santidad. Si la vocación se presenta como algo natural, con la misma na- turalidad los niños y jóvenes se preguntarán por su vocación. En este contexto de la vivencia de la vocación cristiana, pre- sentar con claridad las voca- ciones específicas: sacerdotal, a la vida consagrada o laical. Desde esta misma perspectiva de la vocación cristiana, facili- tar la elección de la profesio- nalidad y de la profesión. Cambiar la interpretación del término ‘profesión’ para que signifique más la profesiona- lidad que la posesión de un tí- tulo universitario. Desde esta interpretación, el trabajo será visto no como una carga, sino como un privilegio. Educar a los estudiantes univer- sitarios y profesionistas para que aprendan a establecer un trato de colaboración y no de supe- rioridad con todos aquellos que ejercen la profesionalidad sin tener un título académico, con quienes compartirán el trabajo en el futuro. Ofrecer a los estudiantes uni- versitarios y profesionistas cristianos una catequesis sufi- ciente sobre su vocación laical y sobre la profunda conexión que debe existir entre su voca- ción y su ejercicio profesional. Diseñar junto con ellos las lí- neas de la espiritualidad de su profesión y de su futuro traba- jo profesional. Proponer a los estudiantes pre-universitarios una cate- quesis vocacional completa, que incluya el sentido de la vocación, de la profesión y la integración entre ambas, de modo que puedan apro- ximarse a un discernimiento vocacional más auténtico. Brindar una catequesis sufi- ciente sobre la profesionali- dad a las personas que ejercen un oficio que en la mentalidad ordinaria no es reconocido como una profesión, de modo que puedan estar orgullosos de su profesionalidad y la ejer- zan conscientemente. Educar a los seminaristas y formandos de las comuni- dades religiosas en la valora- ción de la vocación laical, de la profesión y del mundo del trabajo, de modo que pro- fundicen en el sentido de la profesionalidad de su propio servicio ministerial. Profesión y vocación lógico de una región, según el plan original del Creador; un médico que ayuda a las personas en su salud convirtiéndose en un signo de Cris- to cercano a los enfermos. Como se puede observar, ambas cosas (vocación y profesión) son importantes y serias. Pero para el cristiano, la vocación es el fin y la profesión es un medio que pone en función de este fin. Una recta viven- cia de la vocación le exige una gran calidad profesional, pues ¿cómo va a transformar el mundo según el designio de Dios quien es incompe- tente en su ejercicio profesional? Un ejercicio coherente de la profesión es muy cercano a la vocación. Existe así una profunda complementarie- dad entre vocación y profesión. Desde esta perspectiva también queda iluminado el trabajo profe- sional de las personas consagradas. Un religioso o una religiosa que ha hecho profesión de radicalidad en el seguimiento de Jesús, deberá ejer- cer con semejante radicalidad su servicio profesional, no sólo desde la cualificación técnica, sino sobre todo desde la disponibilidad evan- gélica para el servicio. Cambiando el lenguaje El lenguaje expresa las conviccio- nes que están presentes en el imagi- nario de una colectividad. Cuando en nuestra sociedad se escucha la pala- bra ‘profesión’, comúnmente se pien- sa en el esfuerzo que implica hacer una carrera profesional, es decir, en el mérito de quien ha adquirido una profesión a través de un título. La lógica que funciona es ésta: “Me he esforzado por conseguir este título profesional; en razón de este mérito tengo derecho a explotar esta profe- sión, cobrando desmedidamente por mis servicios profesionales”. Con esta mentalidad es muy difícil plantear una ética profesional. Pero si cambiamos las premisas, la percepción de la profesión es di- ferente: “He tenido el privilegio de estudiar y de obtener un título. Esto ha sido posible gracias al esfuerzo de mi familia y al sacrificio de tantos jó- venes como yo que no han tenido ac- ceso a la universidad”. Aquí el acento se pone en el don recibido, no en el mérito. Consecuentemente, el profe- sionista dibuja una ética profesional que consiste en poner al servicio de los demás aquello que ha recibido de los demás. El título universitario no es ya una ocasión para la superiori- dad, sino para el servicio. En el caso de un profesionista cristiano, esta segunda manera de pensar es sumamente cercana a su fe. Si conoce bien su vocación espe- cífica, sabrá poner la profesión en función de la vocación. Pero si ig- nora su propia identidad vocacio- nal no establecerá ningún vínculo entre vocación y profesión. Tristemente, en el ámbito de las vocaciones de especial consagra- ción no siempre existe una justa valoración del trabajo. Por ello, los sacerdotes y personas consagra- das tenemos mucho que aprender de los auténticos profesionales. En este caso no nos vendría mal una
48 La Cuestión Social Año 24, n. 1 49 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Acerca del decreto conciliar sobre la vida consagrada: Perfectae Caritatis Dra. María Luisa Aspe Armella E n este año que la Iglesia con- memora y celebra a la vida consagrada en el seno de la Igle- sia, vale la pena voltear nuestra mirada al Concilio y al documen- to esperanzador que enmarca la vida de los religiosos y religiosas: Perfectae Caritatis. El Concilio Vaticano II, sabemos, significó un enorme esfuerzo de búsqueda de identidad: Iglesia, ¿qué dices de ti misma? O, en pala- bras de Karl Rahner: “un concilio de la Iglesia sobre la Iglesia”. La res- puesta pretendió romper las barre- ras del aislacionismo: por un lado, el Concilio Vaticano II abriéndose al mundo moderno; por otro, un retorno con fidelidad a las fuentes y el Evangelio. Resultado de esta identidad actualizada y del viraje en la comprensión de la Iglesia fue- ron las dos constituciones Lumen Gentium y Gaudium et Spes. Parti- cularmente de Lumen Gentium y “de la nueva conciencia de la Igle- sia” —fruto del Concilio— derivó el decreto Perfectae Caritatis, “sobre la adecuada renovación de la vida religiosa”, detonador de la búsque- da de la propia identidad de órde- nes y congregaciones religiosas. El proceso de redacción del do- cumento nos brinda mayores luces para comprender tan importante momento en la historia eclesial. Lo primero que debe considerarse es su difícil elaboración: en 1962 se trataba de 558 proposiciones y cen- tenares de apostillas que versaban sobre la importancia y la estima que tenía la Iglesia por la vida consagra- da. Fueron presentadas a los Padres Conciliares en un documento de 30 capítulos. Este borrador —que des- cendía a detalles mínimos de la vida religiosa— no gustó en la Asam- blea Conciliar y hubo que rehacerlo completamente. Después de este arduo camino, más complejo al incluir propuestas procedentes de todas partes del mundo, se logró reducir el docu- mento a principios generales: los estados de perfección, la vocación religiosa, la renovación adaptada de la vida religiosa y la formación de los candidatos. Finalmente, el decreto Perfec- tae Caritatis fue promulgado en la sesión solemne del 28 de octubre de 1965 por el Papa Pablo VI, en la etapa final del Concilio Vaticano II. Éste fue un signo esperanzador para la vida religiosa, resultado de una amplia y profunda reflexión eclesial que necesitó de seis años para su aprobación. Perfectae Caritatis no pretende ser un tratado sobre la vida con- sagrada. Es un texto breve que apunta a lo esencial: “injertar” la vida religiosa en la vida de Cristo, de la Iglesia y del mundo. Los puntos que aborda —que por cuestión de espacio no expli- cito— se enmarcan en las cuatro dimensiones básicas de la vida con- sagrada: 1) cristológica, al constatar que desde los orígenes de la Iglesia ha habido hombres y mujeres dis- puestos a seguir de cerca y libre- mente a Cristo por medio de los consejos evangélicos; 2) pneuma- tológica, reconociendo que bajo la inspiración del Espíritu han nacido diversas formas de vida consagrada, tanto solitaria como colectiva, tanto laical como clerical; 3) eclesiológi- ca, con la aprobación oficial de los carismas al reconocerles una tarea para la edificación de todo el Cuer- po. San Alfonso precisaría: “Cada instituto es un color en el vestido de la novia” (Carta al Cardenal Spinelli, 1748); y 4) misionera, al destacar la importancia dual de la fuente inte- rior en cada ser para la renovación de la vida consagrada, siendo al mismo tiempo un testimonio de mi- sión universal. La vida consagrada en Perfec- tae Caritatis deja de situarse en el campo de la santidad para llegar a la “caridad perfecta” en el contexto de cambio de mentalidad eclesial y específicamente religiosa: la vida consagrada habría de partir de la puesta en práctica del Evangelio, de la oración y el conocimiento de las Escrituras, antes que de los ritos y de los votos; los últimos, desde el tiempo de santo Tomás de Aquino, fueron considerados la base y el sustento de la vida consagrada. La vida y misión de los religiosos se inserta auténticamente en la so- ciedad y, como dijera Diego Molina S. J., como “una forma de vida en la Iglesia al lado de otras formas de vida y dejó de vivir separados del mundo para ser enviados al mundo”. 1 El documento conciliar pide a la vida consagrada retornar a sus orígenes y trabajar con los laicos en una misión compartida; reva- lorando el papel del religioso se revalora al mismo tiempo el del laico, viviendo ambos el Evangelio. 1 Cfr., Diego Molina S. J., La vida religiosa tras el Concilio Vaticano II (versión en PDF), Sal Terrae | 100 (2012) 9-24. Dra. María Luisa Aspe Armella
50 La Cuestión Social Año 24, n. 1 51 La Cuestión Social Año 24, n. 1 La Iglesia y el mundo dejaron de ser actores separados para ser “compañeros de camino”. 2 La nor- ma pasó a segundo término, sien- do lo más importante ahora para el religioso el dar testimonio de los valores cristianos según el Evan- gelio. 3 La primera aspiración de la vida religiosa es la caridad perfecta y el medio para alcanzarla los con- sejos evangélicos con fundamento en la Palabra y la acción de Jesús. En la relectura contemporánea del documento se pone el énfasis en la experiencia, que en este ho- rizonte posmoderno aporta una 2 Ibídem. 3 Cfr., Perfectae Caritatis “Sobre la Adecua- da Renovación de la Vida Religiosa” Una invitación a crecer en nuestro compromi- so religioso al celebrar el 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II. 4 de abril de 2012 (documento en PDF). nueva concepción del sujeto hu- mano que supere aquella moder- na de pura racionalidad. Al fin y al cabo, la identidad del religioso y del cristiano en general es ante todo experiencia y no discurso. En este contexto en que se valora más a los testigos que a los maestros, la importancia de una vida reli- giosa auténtica es fundamental de tomarse en cuenta. Resulta paradójico, y sobre todo esperanzador, que la vida consa- grada necesitada de renovación en estos momentos de cambio de épo- ca sólo pueda encontrar respuestas en lo que es y ha sido siempre su fundamento: una experiencia de Dios que la unifique y le permita re- cobrar el sentido y el valor de su pro- yecto de vida. E l 18 de noviembre de 2015 ce- lebramos los 50 años de la pro- mulgación, por parte del Concilio, de este importante decreto. Una simple lectura rápida nos muestra que no se puede entender este decreto sin tener en el horizonte el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium sobre la definición de los laicos y su ubica- ción en la estructura de la Iglesia, así como el capítulo II que hace referen- cia a la revolucionaria categoría de ‘pueblo de Dios’ aplicada, en fideli- dad al Nuevo Testamento, a todos los bautizados en Cristo. Por ello, al hacer un balance de nuestro decre- to, tendremos como telón de fondo dichos capítulos, a los cuales en su momento apelaremos para reforzar el balance que pretendemos hacer de Apostolicam Actuositatem. 1 Dividiré el balance del documento en dos partes. La primera, contempla 1 De ahora en adelante la citaremos en las notas a pie de página como AA. la actualidad y las bondades del do- cumento. Varias cosas siguen vigen- tes para iluminar el apostolado de los laicos y para darle eficacia frente a las exigencias del mundo actual. Veremos que las insuficiencias en la puesta en práctica de dichas bonda- des no vienen tanto del documento mismo, sino de varias deficiencias en el ejercicio concreto del apostolado por nuestros bautizados. La se- gunda parte, muestra lo que llamo insuficiencias de algunas recomen- daciones y visiones del documento, debidas en parte a realidades ac- tuales no contempladas en el mis- mo y que surgieron después, y en parte a un desarrollo del apostola- do laical que requería un acompa- ñamiento y una reflexión teológica más apropiados. 1. Actualidad y bondades del documento Hay muchos elementos positi- vos en el documento. Con todo, Aniversario de la promulgación del decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam Actuositatem José Sánchez Z., SJ Acerca del decreto conciliar sobre la vida consagrada: Perfectae Caritatis
52 La Cuestión Social Año 24, n. 1 53 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Aniversario de la promulgación del decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam Actuositatem no seré exhaustivo. Sólo recupe- raré algunos aspectos que, me parece, siguen siendo actuales para los cristianos laicos y que necesitan considerar si se quie- ren seguir llamando ‘cristianos’. Retomaré expresiones del mis- mo documento que me encarga- ré de analizar brevemente. 1.1. “Los cristianos seglares ob- tienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que, insertos en el bautis- mo en el Cuerpo Místico de Cristo,… son destinados al apostolado por el mismo Señor”. 2 Cuando se fundó la Acción Ca- tólica, la jerarquía daba una prio- ridad y una importancia a esta iniciativa por encima de otros apostolados laicales individuales o colectivos. En los años cincuen- ta, varias organizaciones que no pertenecían a la Acción Católica se quejaban de que no recibían suficiente apoyo de los obispos o de que no eran reconocidas en las parroquias. Por otro lado, la su- misión a la jerarquía era patente, y esto molestaba a un buen número de laicos. Como decía el cardenal Gasparri, los laicos “permanecen profundamente como dirigidos. La Acción Católica no es una acción directiva en el orden teórico, sino ejecutora en el orden práctico”. 3 Y mucho era la ejecución de las 2 AA, 3. 3 Card. P. Gasparri, «Lettre ‘E’ noto à l’Épiscopat d’Italie», 2-10-1922 (Docu- mentation catholique, n° 168, 14 octu- bre 1922, col. 707-708). orientaciones recibidas por parte de la jerarquía. Los laicos partici- paban de este apostolado, estaban ligados al mismo, pero no les per- tenecía en propio. El desarrollo de la misma Acción Católica despertó en los laicos la conciencia de su participación de la misión de Cristo, pero sólo fue cuando se desprendieron realmen- te de la Acción Católica para ejer- cer un apostolado independiente de la misma, tomando como base los sacramentos del bautismo y la confirmación, cuando tomaron plena conciencia de su derecho y obligación de participar en la misión de la Iglesia. Esto ya es re- tomado por la misma Lumen Gen- tium cuando recupera la categoría ‘pueblo de Dios’ y la aplica a todo cristiano bautizado: “La congregación de todos los creyentes que miran a Jesús como autor de la sal- vación, y principio de la uni- dad y de la paz, es la Iglesia convocada y constituida por Dios para que sea sacra- mento visible de esta uni- dad salutífera, para todos y cada uno”. 4 Esta participación activa en la mi- sión eclesial sigue siendo un llamado a todo cristiano, pero no es una rea- lidad en nuestras comunidades. Hay muchos cristianos católicos hoy en día que ignoran la responsabilidad a la cual están llamados por el simple hecho de ser bautizados, y que redu- 4 LG, 9. cen su compromiso al cumplimiento de los requisitos sacramentales, sin participar como cristianos en alguna actividad pastoral o social en la cual se comprometan a partir de su fe. Las causas de la falta de cooperación son múltiples (aumento de las res- ponsabilidades laborales, disminu- ción del tiempo libre para dedicarlo a dicha participación, responsabili- dades familiares y educación de los hijos, desinterés personal, alejamien- to de las estructuras eclesiales, etc.); pero se hace sentir cada vez más la reducción de los laicos que se quie- ren comprometer en actividades en beneficio de los demás, desde la perspectiva cristiana. 1.2. “Para ejercer este apostolado, el Espíritu Santo, que produce la santificación del pueblo de Dios por el ministerio y por los Sacramentos, concede también dones peculiares a los fieles (Cf. 1 Cor 12, 7) ‘distribu- yéndolos a cada uno según quiere’ (1 Cor 12, 11), para que ‘cada uno, según la gracia recibida, ponién- dola al servicio de los otros’, sean también ellos ‘administradores de la multiforme gracia de Dios’ (1 Pe 4, 10), para edificación de todo el cuerpo en la caridad (Cf. Ef 4, 16)”. 5 Apostolicam Actuositatem es tam- bién coherente con otros docu- mentos del Concilio. Dios no deja desamparados a los fieles en su misión: les concede todo cuanto sea necesario para edificación de la Iglesia y para el ejercicio de la misión apostólica. La Lumen Gen- tium insiste más en la importancia 5 AA, 3. de los carismas hacia el interior de la comunidad cristiana, los cuales el Espíritu Santo “reparte entre los fieles de cualquier condición, incluso gracias especiales, con que los dispone y prepara para reali- zar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia”. 6 Por otra parte, la constitu- ción Gaudium et Spes, en el contex- to de la relación entre la Iglesia y el mundo, tiene contemplados estos dones del Espíritu, también en la dimensión social y mundanal: “Mas los dones del Espíri- tu Santo son diversos. Si a unos llama a dar testimonio manifiesto con el anhelo de la morada celestial y a man- tenerlo vivo en la familia hu- mana, a otros los llama para que se entreguen al servicio temporal de los hombres, y así preparen la materia del Reino de los Cielos”. 7 Y este servicio al mundo para el crecimiento del Reino de Dios en la tierra también está presente en el Decreto sobre el Apostolado de los Laicos, pues estima que “de la recep- ción de estos carismas, incluso de los más sencillos, procede a cada uno de los creyentes el derecho y la obliga- ción de ejercitarlos para bien de los hombres y edificación de la Iglesia, ya en la Iglesia misma, ya en el mun- do, en la libertad del Espíritu Santo, que ‘sopla donde quiere’ (Jn 3, 8)”. 8 6 LG, 12. 7 GS, 38. 8 AA, 3. José Sánchez Z., SJ
54 La Cuestión Social Año 24, n. 1 55 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Si la labor fundamental de los laicos es en el mundo, habría que pregun- tarse cómo entienden el ejercicio de estos dones para el servicio de los demás. La vida moderna ha orillado no sólo a muchos ciudadanos, sino a muchos cristianos a invertir gran parte de tu tiempo y de su energía para la mera supervivencia y la bús- queda del sostén de su propia familia. Cada vez es más difícil convencer a los cristianos de solidarizarse con los vecinos —en la realidad barrial, en el compromiso ciudadano— desde la perspectiva de la fe. Muchos de ellos parecen incorporarse a una inmensa masa amorfa que parece sólo padecer las difíciles secuelas de la indiferencia en las grandes ciudades, en donde la migración no hace sino crecer. En este contexto, ¿están los cris- tianos católicos realmente “libres de la servidumbre de las riquezas”? 9 No lo parecen tanto, y no es fácil dis- tinguirlos de otros creyentes o de otros no creyentes en la convivencia cotidiana. A nuestro modo de ver, no están tan libres de las deman- das económicas de su tiempo, con dificultades para liberarse de estas cadenas, fruto de muchos condicio- namientos de nuestro tiempo. 1.3. “Los padecimientos del tiem- po presente no son nada en com- paración con la gloria que ha de manifestarse en nosotros”. 10 La expresión tiene sus raíces en el Nuevo Testamento y tiene que ver con la capacidad de los cristia- 9 AA, 4. 10 AA, 4. nos de llevar la cruz que implica ser discípulo de Jesús. Pero esto necesita también una espirituali- dad sólida, a contracorriente, que provenga de un corazón dispuesto a dar la vida por los demás. ¿Será esto una realidad en nuestras co- munidades eclesiales? Los cris- tianos no se distinguen por ello. Dan la sensación de estar cada vez menos dispuestos a sufrir por los demás, y sus preocupaciones ma- teriales y sociales nos hacen perci- bir que ponen menos esperanzas en la gloria eterna que en la feli- cidad actual. Las preocupaciones inmediatas de la vida cotidiana (trabajo, salud, familia, ahorro, fu- turo, bienestar material) ahogan la semilla que alguna vez estuvo sembrada en su corazón (cf. Mc 4, 19), y le han quitado el filo pro- tico que se espera de los cristianos que anuncian un mundo nuevo y diferente. Damos la impresión de estar infinitamente secularizados. Ya nos lo dice también el Docu- mento de Aparecida (DA): “En esta época suele suceder que defende- mos demasiado los espacios de privacidad y disfrute, y nos deja- mos contagiar fácilmente por el consumismo individualista”. 11 1.4. “Cultivando entre sí la amis- tad cristiana, se ayudan mutua- mente en cualquier necesidad”. 12 La amistad cristiana, que se es- pera abierta, fresca y siempre dis- puesta a ampliar los horizontes de relación fraterna, parece reducirse a 11 DA, 397. 12 Ibid. los pequeños círculos: sólo acontece entre cercanos. La frescura y la cer- canía de las relaciones que se respi- ran en las pequeñas poblaciones, en las aldeas, en los pueblos campesi- nos o indígenas, se van desdibujan- do a medida que en las ciudades se van creando aglomeraciones cada vez más numerosas y menos per- sonalizantes. Las ciudades grandes ofrecen pocas oportunidades para que esta amistad cristiana se dé. Los factores son múltiples: la lu- cha por la supervivencia y por los puestos de trabajo que se ofrecen en las grandes urbes; la inseguridad creciente; la reducción del tiempo apropiado para dichas relaciones por el tiempo que se tiene que em- plear en el transporte, en el trabajo, en el nido familiar; la desconfianza mayor frente a un número inmen- so de desconocidos. Los condicio- namientos sociales son múltiples. Por ello, el Documento de Aparecida es una muy buena actualización para darse cuenta de los retos que presenta la evangelización en las grandes ciudades, donde se da la migración y la gran concentración de las poblaciones actuales, las personas que viven en las calles y la multiplicación de los pobres por quienes la Iglesia sigue haciendo una opción preferencial y decisiva. 13 1.5. “Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente extraor- dinario,… es necesario que se vea en el prójimo la imagen de Dios según la cual ha sido creado… [que] se con- sidere con la máxima delicadeza la 13 DA , capítulo 8, especialmente el 8.3 (nos. 391 ss). libertad y dignidad de la persona que recibe el auxilio,… y no se brinde como ofrenda de caridad lo que ya se debe por título de justicia”. 14 La idea de que la caridad tiene que estar ligada con la justicia, con una solidaridad amplia y madura, con un amor discernido y eficaz, está tam- bién presente en otros documentos y habla de una sincera preocupación de la Iglesia por no sólo atender la necesidad inmediata, sino contribuir a que la misión de la Iglesia sea ver- daderamente transformadora de la sociedad y constitutiva de individuos plenos. Gaudium et Spes toma como principio que “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equi- tativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad”. 15 Por ello, los cristianos están invitados a la lucha por la justicia social, civil, política, familiar, etc. Y así se explica cómo la Gaudium et Spes se preocu- pa por hacer un análisis económi- co, social, político a nivel nacional e internacional, 16 pues la solidaridad y el compromiso de los cristianos por hacer de este mundo más justo, equi- tativo y humano no tienen fronteras. Apostolicam Actuositatem, aunque menos abundante en este tema, invi- ta a los cristianos a la promoción del bien común en el orden nacional e 14 AA, 8. 15 GS, 69. 16 Veamos la extensión tan grande de es- tos análisis, que se realizan abundan- temente en los capítulos III, IV y V de dicha constitución, y que abarcan del número 63 al 90. Aniversario de la promulgación del decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam Actuositatem José Sánchez Z., SJ
56 La Cuestión Social Año 24, n. 1 57 La Cuestión Social Año 24, n. 1 internacional, pues “el promoverlo solícitamente y convertirlo en sin- cero y verdadero afecto de frater- nidad es deber del apostolado de los laicos”. 17 1.6. “[Los padres] son para sus hijos los primeros predicadores de la fe y los primeros educadores. En- tre las varias obras de apostolado familiar pueden recordarse las si- guientes: adoptar como hijos a ni- ños abandonados, recibir con gusto a los forasteros, prestar ayuda en el régimen de las escuelas, ayudar a los jóvenes con su consejo y medios económicos, ayudar a los novios a prepararse mejor para el matrimo- nio, prestar ayuda a la catequesis, sostener a los cónyuges y familias que están en peligro material o moral, proveer a los ancianos no sólo de los indispensable, sino pro- curarles los medios justos del pro- greso económico”. 18 Como sabemos, la familia es una institución que, al igual que mu- chas otras, está en crisis. No vamos a profundizar en las razones por las cuales las familias cristianas, como muchas otras, viven enormes dificul- tades causadas por las necesidades económicas, los cambios culturales, las tradicionales crisis generacio- nales entre padres e hijos, etc. Los modelos de familia se han diversifi- cado y hacen que el clásico modelo padre-madre-hijos no sea ya necesa- riamente el patrón vivido en los ho- gares de los países. Y muchas parejas han sufrido la ruptura de su lazo ma- 17 AA, 14. 18 AA, 11. trimonial, lo cual ha generado otro tipo de problemas para las partes que se separan y para los hijos que padecen este resquebrajamiento del ideal familiar. Éstas y otras dificultades hacen que esta Iglesia doméstica no sea la fuente de donde puedan brotar las “obras del apostolado” menciona- das en la cita anterior. No queremos negar que es una meta que se cum- ple —al menos parcialmente— en algunas familias cristianas; pero estará poco presente en familias disfuncionales, rotas, heridas, con escasas posibilidades de ejercer plenamente un apostolado en be- neficio de los públicos a los cuales se hace alusión en la cita. 1.7. “Los laicos pueden ejercitar su labor de apostolado o como in- dividuos o reunidos en diversas co- munidades o asociaciones”. 19 La afirmación anterior, que a nuestros ojos y en nuestros tiempos suena tan normal y lógica, no lo era así en la primera mitad del siglo XX. Cuando la Acción Católica estaba en su apogeo, era considerada por la jerarquía como el apostolado laical por excelencia. La gran relevancia que adquirió la Acción Católica para promover la vocación laical dejó un poco en la sombra al apostolado or- ganizado no oficial e incluso al apos- tolado individual. Estar en la Acción Católica era un privilegio, pero mu- chos no podían estar en este modo apostólico o incluso no querían participar en él, pues implicaba una 19 AA, 15. sujeción a la jerarquía que una gran cantidad de laicos no deseaba. Mu- chos de ellos salieron de la Acción Católica, especialmente por las limi- taciones que la jerarquía les impo- nía en el campo de acción político y social. Comenzaron a ejercer de ma- nera independiente su servicio a los demás. Los tres congresos mundia- les para el apostolado de los laicos (1951, 1957 y 1967) ayudaron a una toma de conciencia masiva del derecho que tenían a participar de la misión de la Iglesia por el solo he- cho de ser bautizados en Cristo, sin necesidad de estar afiliados a una organización eclesial oficial. Esto hizo revalorar no sólo el apostolado organizado independiente, sino el mismo apostolado individual. El Documento sobre el Apostolado de los Laicos revierte, en su formu- lación, el orden de importancia del apostolado. Pone en primer lugar el apostolado que está al alcance de todos, el individual (nº 16), que es incluso “el principio y fundamento de todo apostolado seglar”. Lo va- lora de manera especial en las oca- siones y lugares en los que no es posible otro tipo de apostolado por estar amenazada “la libertad de la Iglesia”. Después, el documento re- salta el apostolado asociado, esen- cial para la eficacia del apostolado en el mundo y que responde muy bien “a las exigencias humanas y cristianas” (18 y 19). No es hasta después que retoma la Acción Cató- lica, ya en declive durante los años del Concilio, a la que valora cuando estuvo en sus años de mayor acti- vidad y éxito y a la que define con mayor precisión (20), pero que ya no es la forma privilegiada y “por excelencia” del apostolado cristiano. 2. Algunas insuficiencias del documento No le podemos pedir al docu- mento que responda en su totali- dad a las circunstancias actuales, que ya han cambiado tanto en aspectos históricos, sociales y po- líticos, como incluso en algunos elementos eclesiales. Sólo con- templaremos algunas, por breve- dad, que la misma realidad y las reflexiones eclesiales posteriores se han encargado de matizar, mo- dificar, completar, enriquecer. 2.1. “El precepto de la caridad, que es el máximo mandamiento del Señor, urge a todos los cristianos a procurar la gloria de Dios por el advenimien- to de su Reino, y la vida eterna para todos los hombres que conozcan al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo (cf. Jn 17, 3)”. 20 No es fácil pedirle a un documento que pueda especificar más claramen- te qué significa que un laico procure la gloria de Dios por el advenimiento del Reino. Siendo más precisos, era de desear que el documento pudiera ha- ber hecho una relación más específi- ca entre la obra temporal, sustentada por la caridad, y el advenimiento del Reino de Dios. Esta falta de relación en un documento que pretende ins- pirar a los laicos en el apostolado es una omisión que los deja sin armas para ligar su actividad apostólica con la obra divina. Porque, en su actuar, se 20 AA, 3. Aniversario de la promulgación del decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam Actuositatem José Sánchez Z., SJ
58 La Cuestión Social Año 24, n. 1 59 La Cuestión Social Año 24, n. 1 preguntarán con frecuencia qué de lo que hacen tiene relación con el Reino, con qué parámetros la van a medir y cómo pueden percibir que ese Reino se está haciendo presente en su vida o en su ambiente. Gaudium et Spes fue más audaz cuando abordó este pro- blema, cuando escribió: “El Concilio exhorta a los cris- tianos, ciudadanos de la ciu- dad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fideli- dad sus deberes temporales, guiados siempre por el espí- ritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretex- tando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consi- deran que pueden descui- dar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno […] El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser conside- rado como uno de los más graves errores de nuestra época […] No se creen, por consiguiente, oposiciones arti- ficiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religio- sa por otra. El cristiano que falta a sus obligaciones tem- porales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación. Siguiendo el ejemplo de Cristo, quien ejer- ció el artesanado, alégrense los cristianos de poder ejer- cer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesio- nal, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios”. 21 Aunque no se hace mención ex- plícita al esfuerzo humano que se realiza y su relación con el Reino de Dios, el contexto lo hace ver así. Tampoco el Concilio quiso dar recetas apostólicas para actuar en lo inmediato. Cada cristiano y cada iglesia particular tiene que encontrar, por medio del discer- nimiento, las relaciones que se establecen entre la obra temporal y la obra divina. Pero Apostolicam Actuositatem pudo haber hecho un esfuerzo mayor para orientar el compromiso de los laicos, dado que se enfrentan con frecuencia a estas preguntas, especialmente cuando se introducen en el cam- po social, político o internacional. 2.2. “Es evidente que la fecundi- dad del apostolado seglar depen- de de su unión vital con Cristo, porque dice el Señor: ‘El que per- manece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque, sin mí, nada podéis hacer’ (Jn 15, 4-5)”. 22 Por supuesto que la afirmación que realiza el decreto es importan- te y base de un auténtico aposto- 21 GS, 43. 22 AA, 4. lado no sólo seglar, sino cristiano. Pero sólo se dedicó un número a la espiritualidad seglar. Así como el Decreto sobre el Ministerio y la Vida de los Presbíteros (Presbytero- rum Ordinis) pretendió dejar para los presbíteros una orientación para su vida espiritual ligada a su vida apostólica, se podía esperar de este Documento sobre el Apos- tolado de los Laicos un desarrollo más amplio. Podríamos explicar en parte esta carencia por una falta real, en la reflexión teológica con- temporánea, de una “espiritualidad de los laicos”, a quienes se daba un estatuto especial, especialmente en la Lumen Gentium, en la misión de la Iglesia. Podríamos decir que esta espiritualidad está todavía por desarrollar. Porque sólo hacer referencia, como hace este mismo número 4, a la asiduidad en la asis- tencia a la Sagrada Liturgia, como si dicha asistencia procurara auto- máticamente luces para el aposto- lado; o se contenta con decir que los laicos han de buscar la volun- tad de Dios en los acontecimientos de la vida, sin ofrecer elementos de discernimiento de dicha voluntad. Y sólo decir que la cercanía a la Pa- labra de Dios les ayudará a “cono- cer siempre y en todo lugar a Dios”, resulta por lo menos ingenuo sin una profundización en dicha pala- bra y sin una conexión con su com- promiso apostólico habitual. Por ello, no es gratuito que el Do- cumento de Aparecida, consciente de la importancia de constituir dis- cípulos misioneros, haya dedicado mucho más espacio para desarro- llar las bases y las maneras de ali- mentar un auténtico discipulado con base en una espiritualidad más sólida. El capítulo 4 de dicho docu- mento desarrolla de manera más explicita una cristología que puede inspirar a un discípulo misionero, antecedido también por un capítulo 3 que no deja de insertar al discípulo en el misterio de Cristo. Pienso que el Documento de Aparecida, entre las muchas intenciones que guar- da, quiere contrarrestar la enorme sequedad espiritual que late en muchos de los cristianos actuales, ahogados por los desafíos de la mo- dernidad e insertos en un ambiente por demás secularizado. Sigue quedando pendiente una renovación espiritual eficaz. Pero esta renovación no sólo es nece- saria para los laicos: también es esencial para la vida de los demás miembros de la Iglesia, religiosos y sacerdotes incluidos. 2.3. “La misión de la Iglesia tien- de a la santificación de los hom- bres. Esto se realiza principalmente por el ministerio de la Palabra y de los Sacramentos, encomendado es- pecialmente al clero, en el que los laicos tienen que desempeñar tam- bién un papel importante, para ser ‘cooperadores de la verdad’ […] En este orden sobre todo se completan mutuamente el apostolado de los laicos y el ministerio pastoral”. La Iglesia ha tenido siempre en la historia la cooperación de los lai- cos en sus distintas obras y misio- nes. Incluso ellos han reemplazado temporalmente a los sacerdotes en Aniversario de la promulgación del decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam Actuositatem José Sánchez Z., SJ
60 La Cuestión Social Año 24, n. 1 61 La Cuestión Social Año 24, n. 1 tiempos de crisis eclesial. 23 Pero, en tiempos normales, los sacerdotes han ejercicio este ministerio pasto- ral, aunque el número de fieles por sacerdote sea muy grande y no al- cancen a cubrir todas las demandas espirituales de las personas. Pero la situación ha cambiado. Ya la Lumen Gentium contempló la po- sibilidad de la participación de los laicos en los ministerios pastorales, pero no se tenía todavía experiencia reciente en ese rubro. Después de mencionar que los laicos están lla- mados a hacer presente a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella “no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos”, la constitu- ción sobre la Iglesia afirma: “Además de este apostola- do, que incumbe absoluta- mente a todos los fieles, los laicos pueden también ser llamados de diversos mo- dos a una cooperación más inmediata con el apostolado de la jerarquía, como aque- llos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización, traba- jando mucho en el Señor (cf. Fil 4, 3; Rom 16, 3ss.)”. 24 23 Entre 1528 y 1683, Hungría sufrió una penuria de sacerdotes, que provocó que se apelara a los laicos para cubrir el servicio pastoral. Una vez que la pe- nuria cesó, se terminó la experiencia de los laicos llamados a reemplazarlos (R. Torfs, «La position délicate des anima- teurs pastoraux dans le cadre du canon 517, § 2», dans A. Borras et alii, Des laïcs en responsabilité pastorale, p. 151). 24 LG, 33. La escasez de sacerdotes se hizo sentir, y la Iglesia tuvo que pensar cómo atender al número creciente de parroquias y de fieles en los dis- tintos países. Esto llevó a los teólo- gos a repensar a la misma Iglesia de cara a los recién salidos documen- tos conciliares y a las necesidades pastorales. En los años setenta, la reflexión fue madurando y se con- cibió a la Iglesia, apelando también a fuentes neotestamentarias, como la comunidad de fieles dentro de la cual se requieren ministerios para su funcionamiento y para el servicio del mundo. La penuria de sacerdo- tes planteó la necesidad de preparar laicos que los ayudaran en su misión pastoral. Así fue que surgieron los animadores pastorales —o agentes pastorales— que en el marco del canon 517, § 2, se insertarían en la vida de las parroquias para aportar su servicio. Veamos este párrafo del Código de Derecho Canónico: Si, por escasez de sacerdotes, el Obispo diocesano considera que ha de encomendarse una participación en el ejercicio de la cura pastoral de la pa- rroquia a un diácono o a otra persona que no tiene el carác- ter sacerdotal, o a una comuni- dad, designará a un sacerdote que, dotado de las potestades propias del párroco, dirija la actividad pastoral. 25 Fue así que se constituyeron equi- pos de laicos, muchas veces acom- pañados de otros religiosos no ordenados o religiosas, para la aten- 25 CDC, c. 517, § 2. ción pastoral de las diócesis, con la supervisión de un sacerdote. Su atención pastoral ha sido múltiple. En el ámbito social, su servicio se realiza en muchas áreas: solidari- dad con pobres, minusválidos, mi- grantes, gente de la calle, indígenas; visita y atención a enfermos; mo- vimientos por la paz; dirección y animación de centros de derechos humanos; misión obrera, etc. En el ámbito pastoral, se encargan de la preparación y celebración de bau- tizos; acompañan a familiares en funerales; celebran liturgias en las iglesias; preparan para el matrimo- nio y son testigos del mismo; dan la comunión a los enfermos; se en- cargan del ministerio de la Palabra; preparan a los catecúmenos; cele- bran las llamadas ADAP (Asambleas Dominicales en Ausencia de Presbí- teros). Fuera de la consagración en la Eucaristía y de las confesiones, realizan prácticamente lo que hace actualmente un diácono. Así que esta realidad de los agen- tes pastorales, aunque estuviera sólo enunciada como posibilidad en Lumen Gentium y en Aposto- licam Actuositatem, sólo adquirió realidad años después para res- ponder a las necesidades pastora- les de la Iglesia. Conclusión Por lo que hemos visto, Aposto- licam Actuositatem sigue teniendo vigencia en varios de los elemen- tos que presenta para promover el apostolado de los laicos. Hay que entender que, a cincuenta años de distancia, algunas de sus intuiciones y afirmaciones no pueden tener un alcance permanente. La realidad de la Iglesia y el movimiento en su pas- toral han generado desplazamien- tos, muy positivos en general, dado que la esencia de la Iglesia va te- niendo concreciones que procuran adaptarse a los cambios históricos, a las mentalidades de los hombres y a las necesidades pastorales de la Iglesia. El Decreto sobre el Apostola- do de los Laicos también ha de enri- quecerse con las nuevas reflexiones eclesiales después del Concilio Va- ticano II y con nuevas realidades humanas y eclesiales que siguen desafiando a la Iglesia. Ojalá que este aniversario del Decreto pueda servir para que los laicos sigan teniendo puntos de re- ferencia doctrinales y pastorales útiles para el ejercicio de su voca- ción y misión. Aniversario de la promulgación del decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam Actuositatem José Sánchez Z., SJ
62 La Cuestión Social Año 24, n. 1 63 La Cuestión Social Año 24, n. 1 E l ecumenismo, como muchos de los temas que se trabaja- ron en el Concilio, además de ser de suma importancia para comprender la Iglesia tanto a su interior como en su relación con la sociedad de me- diados del siglo XX, es un tema que puede abordarse desde diversos as- pectos. Tan diversos son los temas que toca el deseo de unidad y tan ur- gente era una renovación dialogada, que podemos reconocerlo como eje transversal en el Concilio. Restaurar la unidad de los cristia- nos era uno de los objetivos prin- cipales del Concilio. Es posible que de primer momento y ante los oí- dos de no pocos haya sonado como algo necesario no desde el diálogo y la apertura en el corazón de Juan XXIII, sino como una acción necesa- ria para lograr la plena comunión a través de un proceso de “corrección de errores”. Por ello, quiero hacer un análisis del documento que nos ayude a responder en qué consiste la plena comunión que se busca de las Iglesias cristianas. La unidad es un objetivo y una forma de reflexionar en las diferen- tes sesiones y en los diversos temas, pero es también una necesidad de acción ante una situación social como la que se vivía. No se podía permitir que la división reinara en lugar de que el cristianismo fuera uno para que el mundo creyera y para que se hiciera posible una rea- lidad de justicia y paz. El gran sueño es, entonces, una unidad capaz de integrar a todo bautizado en un pro- yecto de humanidad. Ante la pregunta: Iglesia ¿qué dices de ti misma?, era necesario apuntar a una reflexión que recuperara la ac- ción del Espíritu y la comprensión de un Dios Trino y Uno. Por ello, desear que se abrieran las ventanas de la Iglesia y buscar que ese soplo fresco y necesario del Espíritu entrara, no podía sino evocar un momento fun- dante en la Iglesia: Pentecostés. Es decir, reconocer que si bien es uno el lenguaje y una la presencia del Es- píritu, muchas y diversas son las ex- presiones de construcción del Reino y del seguimiento de Jesús. Es fácil identificar el interés por el tema ecuménico con la nece- sidad de trabajar desde las pro- Unitatis Redintegratio: unidad entre todos los cristianos Karen Castillo Mayagoitia puestas sociales que nacen del Evangelio. Así, ante las problemáticas sociales y las guerras, tanto el Consejo Mundial de Iglesias como la co- munidad ecuménica de Taizé, nacen para hacer evidente que la unidad es posible por la dignidad y los derechos humanos. 1 Por su parte, el interés ecuménico en la Iglesia católica a pesar de tener un camino más lento logró llegar a tiempo para ser parte importante del Conci- lio. Al comenzar este movimiento fue clara y abierta la oposición de Roma; incluso condenando y negándose a participar en el CMI. Sin embargo, una vez que en 1960 el Papa Juan XXIII crea el Secretariado para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, los interrogantes y resistencias se mueven y se logra que el tema tome fuerza. Un paso decisivo fue la invitación a un grupo de ob- servadores protestantes que logra llevar a los padres conciliares hacia otras visiones sobre el movimiento ecuménico. La comprensión sobre la importancia del tema, así como una profun- da reflexión, llevaron a incluir, además de la unidad de los cristianos, el papel de la Iglesia frente a la libertad religiosa, a los no creyentes y a las distintas tradiciones religiosas. Ahí comienza también una apertura a otros temas que tocan la diversidad religiosa; como ha sido en el caso de América Latina, la religiosidad popular y la inculturación. Una vez dicho lo anterior como introducción al ecumenismo, haré un breve análisis que nos permita comprender la relevancia del decreto con- ciliar Unitatis Redintegratio (UR) y vislumbrar algunos horizontes. Estructura a partir del proemio Al releer el proemio fui descubriendo una serie de respuestas que me lle- varon a establecer preguntas y, desde ahí, poder fijar una estructura simple que nos ayude a comprender el sentido del documento. 1 El CMI de manera formal en 1946, aunque con un trabajo previo que parte incluso de finales del siglo XIX; y la comunidad de Taizé durante la Segunda Guerra Mundial, en 1940. Respuesta Pregunta Reflexión Restaurar la unidad ¿Cuál es el objetivo de este decreto; qué busca? Se quiere caminar hacia la unidad original. La gracia del Espíritu Santo ¿Cómo se puede lograr? Era conveniente que Jesús se fuera para que viniera el pará- clito, aquél cuya acción es per- manente; permitir y favorecer la acción del Espíritu Santo. Karen Castillo Mayagoitia
64 La Cuestión Social Año 24, n. 1 65 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Reflexión teológica Esta vía puede resultar más difí- cil de comprender y tal vez más di- fícil incluso de argumentar sin caer en algún posible riesgo de limitar la unidad, pues utilizar algunos pa- sajes requiere un análisis más pro- fundo para comprenderlos a partir de su contexto, interpretarlos en el contexto actual y argumentarlos a favor de una unidad basada en la igualdad. Sin embargo, sí quiero hacer referencia a la cita que ha dado fundamento bíblico-teológico a la promoción de la unidad: “Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, para que ellos sean uno en Los que invocan al Dios Trino y con- fiesan a Jesús como Señor y Salvador ¿Quiénes? Todo cristiano participa y está invitado a construir la unidad. A fin de que todo el mundo se convierta al Evangelio ¿Para qué? Lograr una conversión al Evangelio implica una forma de vida desde la libertad, la paz, la justicia, la dignidad, los derechos... Proponer a todos los católicos los medios, caminos y formas con los que ellos mismos puedan responder a esta vocación ¿Con qué? El cristianismo tiene todas las herramientas, pero se requiere trabajar en ello; ese es el gran reto. Unitatis Redintegratio: unidad entre todos los cristianos nosotros; a fin de que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21). Este texto reafirma una unidad de los cristianos como signo de la pre- sencia de Dios en medio de ellos y del sentido de la encarnación. Es de- cir, para los cristianos creer en Dios es creer en su proyecto salvífico y trabajar para hacerlo posible. Como parte de esta reflexión teológica, el decreto hace mención de algunos aspectos de unidad que quiero re- lacionar con sus elementos funda- mentales para comprender cómo favorecen la plena comunión: Una sola fe: creer y vivir el Evangelio. Un solo bautismo: recibir el Espíritu y vivir habitados por Él. Un solo cuerpo de Cristo: el que se comparte en la Euca- ristía y nos invita a la caridad. Una sola Iglesia: aquella don- de se vive desde la esperan- za, la paz y la justicia. Una celebración común: la de salvación y liberación de toda persona. Una sola familia: la que se mantiene en la oración y tra- baja por el bien común. Tenemos entonces algunos ele- mentos que dan para una reflexión teológica profunda, pero que enun- ciados así nos ayudan a ir trazando un camino para darle sentido al envío del Padre, la vida del Hijo y la permanencia del Espíritu. Reflexión pastoral Un análisis desde lo pastoral, ade- más de ser más fácil de entender, nos permite partir de los textos que se fundamentan en la vivencia de la unidad; es decir, a partir de conceptos que refieren a una experiencia cristia- na vivida desde valores universales como la paz, la justicia, la dignidad, la caridad, el bien común, etc. La reflexión sobre el ecumenismo es muy importante, pero saber que es posible reconociendo sus frutos, lo hace aún más apetecible. Por ello, considero que decir algo sobre la unidad de los cristianos pasa por las palabras, acciones y legado de muchas personas. Entre ellas, qui- siera destacar al Hno. Roger Schutz, quien confiando en que la propues- ta de vida en común es posible a partir del trabajo, la oración y el si- lencio, funda la comunidad ecumé- nica de Taizé y la convierte en una parábola de reconciliación. Los elementos de la Regla de Taizé “Mantén en todo el silencio interior para habitar en Cristo. Llénate del espíritu de las bienaventuranzas: alegría, simplicidad, misericordia”, se nos muestran como una clave y la experiencia comunitaria se con- vierte en un referente de la acción ecuménica. Por ello, Juan XXIII dirá que “Taizé es la pequeña primavera” y Juan Pablo II la describe como “una fuente donde el viajero se detiene, se refresca y continúa su camino”. Karen Castillo Mayagoitia En este esquema están planteadas las preguntas, cada una tiene su res- puesta y se relacionan entre sí para lograr el objetivo: la unidad; sin em- bargo, la reflexión es la que nos lleva a un análisis sobre el resto del texto y de ahí a su aplicación. El cristianismo nos da identidad, nos reúne, nos convoca, nos invita a un proyecto de humanidad y nos permite comprendernos; pero sólo a tra- vés de reconocer que tenemos diversas expresiones y formas de vivir esta realidad, es posible vivir en unidad. Por ello, partir de la Trinidad nos ayu- da a entender la necesidad de relación y de relación entre iguales, donde cada uno tiene identidad propia. Dentro del documento UR, sobre la unidad de los cristianos podemos identificar una sola fuente: el Evangelio, pero explicado desde dos vías: la teológica y la pastoral.
66 La Cuestión Social Año 24, n. 1 67 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Quisiera terminar este punto ha- ciendo mención de un término que he escuchado del movimiento ecu- ménico en México y que creo que nos permite una comprensión del sentido y el camino de la unidad de los cristianos: ‘oracción’. Es decir, una oración que nace de la fe en un Dios Trino y que se concreta en las acciones a favor del proyecto del Reino. Una posibilidad de unidad en la oración que dirigimos al mismo Dios y que se expresa en las accio- nes comunes por la encarnación en cada rostro humano; un encuentro desde el testimonio, la oración y el servicio al mundo. Conclusión El decreto Unitatis Redintegratio, como sugiere Santiago Madrigal en su libro Vaticano II: remembranza y actualización, hay que “valorar- lo más como factor histórico que como texto propiamente dicho”; reconocer sus limitaciones y len- guaje, reconocer el claro deseo de unidad, pero sobre todo, reconocer que además de abrir a la reflexión invita a vivir la unidad. A modo de cierre, y no sin antes reconocer que no ha sido tema fá- cil, quisiera enfatizar la esperanza y mostrar algo de lo alcanzado uti- lizando las palabras del secretario general del Consejo Mundial de Igle- sias, el Reverendo Olav Fykse Tveit, en su reunión con el Papa Francisco en marzo del 2014: “El CMI se con- gratula de que el llamamiento a tra- bajar por la justicia y la paz desde la profunda solidaridad cristiana y en beneficio de toda la humanidad sea considerado como un imperativo del Evangelio por tantas ramas de la familia cristiana”. L as revoluciones en la Iglesia duran décadas, a veces siglos, pero en un momento determinado unas pocas palabras o la omisión de ellas en un documento eclesial pueden significar la puntilla que inaugure una nueva época, un cam- bio de página de una historia que no puede ya volver atrás. Eso es lo que sucedió con el documento conciliar Nostra Aetate y con los pocos textos que hacen referencia a las religiones no cristianas del Concilio Vaticano II. Con la omisión de la famosa ex- presión “fuera de la Iglesia no hay salvación”, se inaugura un período donde se deja atrás la visión ex- clusivista que había dominado la teología desde la Edad Media. Una mirada más inclusiva, más positi- va y optimista se instala en la Igle- sia del Vaticano II. Los concilios siempre se habían caracterizado por un lenguaje anatematizador de los adversarios, herejes o cis- máticos. De hecho, éstos se convo- caban con la intención de precisar una doctrina y dejar claro el re- chazo de alguna herejía. El Vaticano II, en cambio, no se convoca contra nadie, sino para reformar a la Iglesia, para ponerla al día renovándola con el Espíritu evangélico original. El mundo ya no es sinónimo de peligros y ame- nazas, sino lugar de descubrir y desarrollar la acción de Dios en él. Desde la Edad Media, la Iglesia había ido levantando altos muros separadores del mundo. En el si- glo XIX, la mayoría de las grandes ciudades europeas destruyeron sus murallas. La Iglesia lo hacía un siglo después. De esta manera entraba aire en una Iglesia ence- rrada sobre sí misma y ésta se ad- miraba de la belleza y bondad que también había fuera. Nostra Aetate supone la primera valoración positiva de las otras re- ligiones en un documento oficial. Hasta ahora, fuera de la Iglesia sólo se veía falsedad, error y condena- ción. El muro que distinguía entre un dentro y un fuera no era otro que el bautismo. Ese era el criterio determi- nante. Ahora, en cambio, se clasifica- ban las religiones según su cercanía a los elementos fundamentales del Nostra Aetate o el derrumbe de los muros separadores de las religiones Jaume Flaquer, SJ Unitatis Redintegratio: unidad entre todos los cristianos
68 La Cuestión Social Año 24, n. 1 69 La Cuestión Social Año 24, n. 1 cristianismo, reconociendo que las “semillas del Verbo” lanzadas por el Sembrador habían caído en mu- chas tierras diferentes. El Concilio no dice que todas las religiones son equivalentes, pero sí que no hay una total distinción entre ellas. Ya no se obliga a considerar que el cristia- nismo es la única religión revelada sobrenatural a diferencia de todas las demás, que serían naturales o meros esfuerzos —vanos en mu- chas ocasiones— por alcanzar al Dios inalcanzable si no se inclina Él mismo. Por la acción del Espíritu, y por las semillas del Verbo, podemos ver en las religiones la acción de un Dios que “quiere que todos los hom- bres se salven”. Todos buscan en las religiones las mismas preguntas existen- ciales. Dice Nostra Aetate: “Los hombres esperan de las diversas religiones la res- puesta a los enigmas recón- ditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmue- ven íntimamente su corazón: ¿qué es el hombre, cuál es el sentido y el fin de nues- tra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la ver- dadera felicidad, la muerte, el juicio, la sanción después de la muerte?” (NA, 1). A continuación, el documento menciona dos o tres cosas de cada una de las grandes religiones en las que el cristianismo puede verse re- flejado. Por primera vez, se recono- cen elementos positivos de ellas. El hinduismo ya no es mero politeís- mo, puesto que los hindús, afirma, “buscan la liberación de las angus- tias de nuestra condición mediante las modalidades de la vida ascética, a través de profunda meditación, o bien buscando refugio en Dios con amor y confianza” (NA, 2). Respecto al budismo, se valora su reconoci- miento de “la insuficiencia radical de este mundo mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con espíritu devoto y confiado, pue- den adquirir el estado de perfecta li- beración o la suprema iluminación, por sus propios esfuerzos apoyados con el auxilio superior” (NA, 2). Tras siglos de confrontaciones, este documento afirma mirar “con aprecio a los musulmanes que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todo poderoso”, y se subraya el hecho de compartir las figuras proféticas del Antiguo Testamento y el profundo respeto y aprecio que tienen hacia la figura de María, también virgen” (NA, 3). El párrafo más largo es el consa- grado al judaísmo, donde se conde- na el antisemitismo y se recuerdan los vínculos de raza de los primeros cristianos y el hecho de compartir unas mismas Escrituras. Lo más importante es el reconocimiento de que “aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclama- ron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy” (NA, 4). De hecho, estaba previsto que este documento estuviese dedicado ex- clusivamente al judaísmo. Igual que otros países habían progresa- do en su condena del antisemitis- mo, la Iglesia iba a hacer lo suyo con este documento. Pero las Igle- sias de los países árabes pidieron abrir el documento a las otras reli- giones para evitar ser interpretado como un reconocimiento del Esta- do de Israel. Tras años de trabajo, finalmente fue aprobado en 1965. Después de cincuenta años del Concilio, se ha avanzado en la di- rección apuntada en este documen- to, particularmente con Diálogo y anuncio (1991) que definía cuatro niveles de diálogo interreligioso: diálogo de la vida, diálogo de las obras, diálogo teológico y diálogo de la experiencia religiosa. El diálogo de la vida se da en la cotidianeidad, buscando la convivencia armónica. El diálogo de las obras busca la cola- boración para el desarrollo integral del ser humano, especialmente en temas de justicia y paz. La insisten- cia y trabajo de la Iglesia en estos ámbitos ha sido muy abundante. Sin embargo, quedan todavía enormes retos por delante. A pesar del trabajo por la paz, vemos que hoy en día vuelve a matarse enar- bolando legitimaciones religiosas. Pero, sobre todo, los diálogos teo- lógicos y de la experiencia religiosa tienen aún mucho recorrido por de- lante. Esa lista de elementos positi- vos de las otras religiones de Nostra Aetate es excesivamente corta y falta una mayor profundización en muchos aspectos. Ese “amor” pro- clamado hacia musulmanes y judíos suena todavía demasiado hueco, forzado o postizo. Ciertamente, un concilio no es el lugar de desarrollar los retos del ámbito de la teología de las religio- nes, pero es preciso que, a través de encuentros teológicos, cada religión aprenda a ver y comprender a las otras religiones tal como éstas quie- ren ser comprendidas. Hay que cami- nar hacia el conocimiento interno de las otras religiones para descubrir su coherencia y la capacidad de dar sen- tido y vida a millones de personas. Finalmente, el diálogo de la expe- riencia espiritual se da solamente en algunos grupos marginales de las religiones. Se trata de acercarse a la tierra sagrada del otro, con reve- rencia y descalzándose, porque en la zarza ardiente de la fe del otro se encuentra la clave de muchas abne- gaciones y consuelos. De esta manera, si no podemos llegar a unificar a todas las religio- nes en una, sí es posible reconocer el poder sanador y transformador de cada una ellas. Nostra Aetate o el derrumbe de los muros separadores de las religiones Jaume Flaquer, SJ
70 La Cuestión Social Año 24, n. 1 71 La Cuestión Social Año 24, n. 1 L as aguas tranquilas que durante gran parte del siglo XIX habían caracterizado la actividad misionera de la Iglesia —o las “misiones ex- tranjeras”, como se solía decir— se habían vuelto turbulentas. Muchos factores entraron en juego para causar ese desasosiego. Quiero destacar solamente las guerras en Europa, que tuvieron repercusiones importantes en los otrora seguros y grandes imperios. La geografía eu- ropea y sus dominios coloniales se vieron afectados. A la preocupación —y a veces cierto grado de debili- tamiento— de las potencias se fue uniendo progresivamente el reclamo de autonomía de sus tierras de ultra- mar. Diversos países asiáticos fueron obteniendo su independencia, y las colonias africanas también presenta- ban signos de inquietud. Los misioneros eran vistos cada vez más como colaboradores de las potencias colonizadoras y su presencia empezó a ser indesea- ble en más de alguna región. La respuesta a estas situaciones no se hizo esperar en forma de un magisterio cada vez más insistente por parte de los pontífices, que ape- laban a la calidad en la formación de los misioneros, a la formación de clero nativo, a la necesidad de una jerarquía local, a la conveniencia de reforzar la obra de los religiosos y miembros de institutos dedicados a la misión con la presencia de sa- cerdotes diocesanos (fidei donum) y otras medidas dignas de elogio. Sin embrago, en vísperas del Con- cilio Vaticano II era claro que se ne- cesitaban medidas más drásticas y, al menos por parte de los obispos de tierras de misión, éste era un punto del que los padres conciliares tendrían que ocuparse. Como es bien sabido, prácticamen- te todos los documentos presenta- dos por la comisión preparatoria del Concilio fueron rechazados en primera instancia. Al deseo de una especie de justificación del statu quo, los padres conciliares opusieron la necesidad de un verdadero aggior- namento, una puesta al día desde una actitud de diálogo y no de defen- sa y distancia con el mundo. Las primeras versiones de un po- sible decreto sobre las misiones no pasaron adelante. Se pedía no sólo re- formular la propuesta, sino innovarla verdaderamente a la luz de los estu- dios y de la práctica misionera. Para llegar a la aprobación de Ad Gentes tuvieron que ir al penúlti- mo día de la última sesión. El 7 de diciembre de 1965 se aprobó en el aula un decreto que no tenía mucho A 50 años de Ad Gentes Sergio César Espinosa G., MG que ver con las primeras propues- tas de la comisión. La nueva auto-comprensión de la Iglesia (plasmada en la constitución Lumen Gentium), mucho más en con- sonancia con los fundamentos bíbli- cos y distanciada de una eclesiología apologética propia del modelo de Iglesia como sociedad perfecta, re- clamaba también una visión distinta de la actividad misionera. La misma Iglesia se presenta como “misionera por naturaleza” (AG, 2) y no sólo como adminis- tradora o ejecutora de un man- dato misionero que no sería sino una más de las tareas a ella enco- mendada por Jesucristo. Como se dirá más tarde una y otra vez, la Iglesia existe para evangelizar. Ad Gentes no resolvió toda la pro- blemática en torno a la misión, pero sí dio pasos muy importantes. La misión es percibida como dima- nando de la Trinidad misma (AG, 2-4) y no sólo del mandato que Jesús resu- citado dirige a sus apóstoles (MT 28, 16-20). Pues si bien Cristo es quien envía a la Iglesia (AG, 5), esto lo hace en consonancia con la misión trinita- ria que brota del designio del Padre y se realiza en el consecuente envío del Hijo y del Espíritu Santo, que animan sin cesar a la comunidad creyente a ir más allá de ella misma, saliendo al encuentro de todos los pueblos hasta el final de la historia (AG, 7-9). De esta manera, la Iglesia se ve más como interlocutora de la co- munidad humana y no como dueña de un mensaje que los demás tienen que recibir. Una interlocutora que testifica, anuncia y forma a la comu- nidad cristiana (AG, 10-18), pero que no cesa de ser a su vez interpe- lada, tanto por el Dios que la envía, como por la comunidad humana a la que debe presentar la Buena Nueva. Esta índole dialógica de la misión cuestiona muchas de las for- mas previas de realizar la misión. El papel de las iglesias particulares en el desarrollo de la misión es abor- dado explícitamente (AG, 19-22) y llama mucho la atención la invitación que se hace para que los laicos parti- cipen activamente en el apostolado. Su colaboración no es una obligación derivada de algún tipo de delegación de parte de la jerarquía, sino que es una responsabilidad que brota de su ser ‘miembros de la iglesia’. Se pide, se desea y se invita a trabajar para tener “un laicado cristiano maduro”, sin el cual no sería posible una ver- dadera evangelización. Todo un capítulo está dedicado a los misioneros. Ahí se pone de relieve el aprecio por una vocación especial con una espiritualidad propia, y se habla de la necesaria formación espi- ritual, moral, doctrinal y apostólica de los misioneros. Algunos aspectos eran ya tradicionales en la espiritualidad misionera, pero cabe destacar algu- nos otros rasgos que aparecen como indispensables: la posibilidad de que el misionero no sea extranjero, sino también nativo —por lo que se ve que es misionero no el que viene de otro país, sino el que hace cierto tipo de trabajo evangelizador—; vuelve a aparecer el binomio anuncio-testi- Sergio César Espinosa G., MG
72 La Cuestión Social Año 24, n. 1 73 La Cuestión Social Año 24, n. 1 monio como encomienda propia de la actividad misionera; se le pide al misionero una renovación constante y se le invita a ser “rápido en iniciati- vas y constante en llevarlas a cabo”; se contempla la posibilidad de algu- nos misioneros que se dediquen a esa labor durante un tiempo limitado. Además los padres conciliares están conscientes de que se piden tantas cosas que sería casi imposible espe- rar todo de cada individuo, por lo que aumenta la importancia de organizar la labor misional a través de institutos dedicados a ello (AG, 23-27). Los últimos capítulos abordan la organización de la actividad misional (AG, 28-34) y la cooperación de toda la Iglesia en esta labor (AG, 35-42). ¿Era todo lo que se debía decir? Quizás no, pero es muy probable que eso fuera todo lo que se podía decir hace 50 años. Era necesario profundizar la eclesiología de comunión que se propone en Lu- men Gentium para poder ir más lejos en el ejercicio de esa misión que forma parte de la naturaleza misma de la Iglesia. La lectura de Ad Gentes podía ani- mar o desalentar, dependiendo del ángulo donde se estuviera situado. Es preciso decir que el resultado inicial estuvo lejos de ser lo deseado por la mayoría de los obispos. El mayor número de misioneros era europeo. Sobre ellos pesaba el estigma de haber colaborado, a veces no muy santamente, con los poderes coloniales, ahora en franco desmoronamiento. Parecía ya no ser necesaria una presencia de por vida en las tierras de misión —las igle- sias particulares iban teniendo sus propios agentes de evangelización y además los misioneros ahora podían ir y venir más fácilmente gracias a los medios modernos de transpor- te—; había que sacudirse el peso de la Colonia y su régimen muchas ve- ces injusto; por otra parte, el Concilio había hablado explícitamente de la posibilidad de salvación sin una per- tenencia externa a la Iglesia católica, se hablaba también de libertad reli- giosa y de respeto a las otras creen- cias. ¿Para qué ir a la misión? ¿Era necesaria todavía? Los diez años siguientes fueron de mucha inquietud. Para unos fue tiempo de búsqueda, otros optaron por la retirada y el silencio. La levadura tardó su tiempo en fermentar la masa. El Sínodo sobre la Evangelización y la exhortación post- sinodal Evagelii Nuntiandi, de Pablo VI (1975), potenciaron lo que había iniciado el Concilio en Ad Gentes. En este sentido, Evagelii Nuntiandi de Pablo VI potenció la semilla que fue Ad Gentes. Documentos posteriores y una renovada visión de la Iglesia y su misión, nos hacen conscientes de la urgencia permanente de la en- comienda divina. Hemos de agradecer a quienes pusieron tanto empeño durante el Concilio Vaticano II por ofrecer a los miembros de la Iglesia y al mundo en general una visión más clara de la índole de la misión que en su pro- videncia Dios nos ha confiado. A 50 años de Ad Gentes E l Concilio Vaticano II es un evento que ha marcado y re- definido el caminar de la historia de la Iglesia de modo decisivo. En él hallamos una reflexión sobre la identidad de esta comunidad de fe. Se trata de una exposición teológica de principios que deben orientar el caminar de la Iglesia en la historia, es decir, la comprensión de la co- munidad de fe de los bautizados, las relaciones entre ellos y su re- lación con el mundo en general. Los documentos del Concilio ex- presan el consenso general de la Iglesia, manifestando la enseñan- za de todos los obispos, unidos al Papa. La autoridad del Concilio es del máximo nivel y se convier- te en punto de referencia para la posterior enseñanza y praxis de los creyentes. 1 Algunos aspectos a considerar, en relación a una adecuada interpretación del texto conciliar, son los siguientes: 2 1 Peter Hünermann, Zu den Kategorien »Konzil« und »Konzilsentscheidung« – Vorüberlegungen zur Interpretation des II. Vatikanums, en Ibid. (Ed.), Das II. Vati- kanum - Christlicher Glaube im Horizont globaler Modernisierung (Programm und Wirkungsgeschichte des II. Vatikanums Bd. 1), Paderborn 1998, 78. 2 W. Kasper, Die bleibende Herausforderung 1) Los textos deben ser entendi- dos de modo integral. No se pueden enfatizar afirmaciones o aspectos de modo aislado. Precisamente, la ten- sión existente entre las enseñanzas representa una característica funda- mental del Concilio. Se puede hablar de la multidimensionalidad de las enseñanzas del Concilio. 2) En se- gundo lugar, es necesario interpretar afirmaciones individuales en el mar- co de la intención de toda la obra, y viceversa: el conjunto del texto con- ciliar debe ser explicado mediante textos concretos. Cada documento posee su clave interpretativa y se inserta en el conjunto de todos los documentos. 3) El Concilio no puede ser abordado excluyendo la tradi- durch das II. Vatikanische Konzil. Zur Her- meneutik der Konzilsaussagen, en Ibid., Theologie und Kirche, Mainz 1987, 290- 299; K. Lehmann, Hermeneutik für einen künftigen Umgang mit dem Konzil, en G. Wassilowsky (Ed.), Zweites Vatikanum – vergessene Anstöße, gegenwärtige Fort- schreibungen, Freiburg–Basel–Wien 2004, 71-89; F. Altbach, Estructuras de diálogo en la Iglesia. Una reflexión a partir de la teo- logía de Lumen Gentium, en Manuel Gon- zález Cruz (coord.), Efemérides Mexicana. Estudios filosóficos, teológicos e históricos, Edición especial 1 (2007). Universidad Pontificia de México, 121-151. Apuntes teológicos sobre Gaudium et Spes Federico Altbach Núñez
74 La Cuestión Social Año 24, n. 1 75 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Apuntes teológicos sobre Gaudium et Spes ción de los concilios precedentes. 4) El estudio del proceso de redacción es un elemento fundamental para su interpretación. 5) El Concilio debe ser visto como la expresión de una unidad dialéctica entre tradición e interpretación actualizante de cara a la situación presente. Por otra parte, la recepción del Concilio se lleva a cabo advirtiendo la serie de encícli- cas, discursos y demás documentos del magisterio postconciliar. 6) Los padres conciliares no pretendieron ofrecer una teología consumada sobre todos los temas. Quedan mu- chas preguntas abiertas y aspectos parcialmente tratados. Un concilio no sólo es expresión de la asistencia del Espíritu Santo, sino también de la historicidad del conocimiento y la comunicación humana, de las limita- ciones hermenéuticas de las perso- nas y de las estructuras eclesiales. 7) De manera particular destaca el ca- rácter pastoral del Concilio. Esto no significa una merma de su valencia doctrinal, sino más bien la adecuada proyección de la enseñanza sobre el ser de la Iglesia, la cual es definida como instrumento de salvación para la humanidad. Se puede hablar de un magisterio conciliar pastoral. Este último punto se hace espe- cialmente visible en la estrecha re- lación que se da entre la enseñanza de la constitución dogmática Lumen Gentium (LG) y el magisterio de la constitución pastoral Gaudium et Spes (GS). Ambos documentos son denominados ‘constituciones’, lo cual denota su especial importancia y autoridad, en comparación con los textos del Concilio clasificados como decretos y declaraciones. GS retoma la definición de la Iglesia de LG como la comunidad convocada por Dios para contribuir a la salva- ción del mundo, como signo e ins- trumento de la comunicación tanto de la revelación de Dios, como de su autodonación a los seres humanos. En el número 40 de GS se explicita que la intención de la constitución pastoral es tratar el misterio de la Iglesia, su ser y actuar en el mundo. 3 La Iglesia sólo puede existir y rea- lizar su misión en una situación his- tórica y geográfica concreta. Hablar del mundo es importante para el Concilio, no por el mundo en sí mis- mo, sino por ser el espacio existen- cial habitado por el ser humano. De esta forma, el centro de la atención de GS es el ser humano redimido por Cristo, con sus múltiples univer- sos simbólicos y lingüísticos, con su cultura, su historicidad, su corporei- dad, sus relaciones sociales, su crea- tividad, etc. Todas las dimensiones y problemáticas de lo humano son declaradas aquí como realmente re- levantes para la Iglesia. Fue el mismo Papa Juan XXIII quien promovió la reflexión y en- señanza conciliar sobre la relación entre Iglesia y mundo. El Cardenal Leo Jozef Suenens, uno de los comi- sionados para sacar adelante esta empresa, propuso que “de acuerdo con las directrices dadas por el Papa en su discurso inaugural, se consi- 3 Cf. P. Hünermann, Die zentralen theo- logischen Aussagen des Konzils, en D. Ansorge (Ed.), Das zweite vatikanische Konzil. Impulse und Perspektiven, As- chendorff, Alemania, 2013, 41-45. Federico Altbach Núñez derara la doctrina de la Iglesia bajo dos aspectos: la Iglesia ad intra, su naturaleza en cuanto Cuerpo místi- co; la Iglesia ad extra, su misión con- sistente en predicar el Evangelio a todas las naciones”. 4 Esto último implicaba el diálogo con el mundo contemporáneo. Es así como llega- ría a acuñarse la vinculación entre la exposición dogmática sobre la Iglesia y el magisterio pastoral so- bre la misma. A continuación, quisiera destacar tres puntos del contenido de GS que son valiosos para una renovada in- terpretación de este documento: el sentido teológico de mundo, el sig- nificado de los signos de los tiempos y el análisis de la dignidad del ser humano. No pretendo ofrecer un estudio exhaustivo, sino presentar algunas consideraciones de orden teológico y de aplicación pastoral. 1. Visión teológica del mundo El Concilio Vaticano II ofrece una visión transformada de la Iglesia sobre el mundo, pasando de una ponderación desdeñante a una va- loración positiva de las realidades temporales. Muchos consideraban como una exigencia de la espiri- tualidad cristiana vivir el contemp- tus mundi, es decir, el desprecio del mundo. La Iglesia se pronunció en alguna ocasión en contra del progreso técnico, científico y de 4 Ph, Delhaye, Historia de los textos de la constitución pastoral, en Delhaye et al., La Iglesia en el mundo de hoy I, Taurus, Madrid 1970, 236 ciertas transformaciones econó- micas y sociales —por ejemplo, la condenación de Galileo—. Ahora, en cambio, se invitaba a los cre- yentes a no huir del mundo, sino a tener en gran estima el progreso de la cultura, las ciencias, el arte, etc. Empero, la renovada æesti- matio mundi que se adopta no es ingenua. El texto conciliar toma en cuenta la ambivalencia del mun- do. Éste no sólo es el lugar de la presencia de Dios, sino también el lugar donde acaece la rebelión con- tra su voluntad. Yves Congar distin- gue cuatro sentidos del concepto ‘mundo’ en el Nuevo Testamento: ‘Mundo’ se refiere a la creación en general (Mc 13,19; Mt 25,30; Lc 11,50; Jn 15,5.24; Ef 1,4, etc.). La creación muestra un orden y una bondad propios (Hch 17,24; Rom 1,20; Jn 1,10). ‘Mundo’ es el lugar y el horizonte en donde viven los seres humanos. Cristo es enviado al mundo (Jn 1,9s; 6,14; 9,39; 12,46; 1Jn 4,1.4, etc.). A los discípulos se les pide permane- cer en el mundo (Jn 7,15). Es el lu- gar en el que acontece la revelación dada por Jesucristo (Jn 7,4; 8,28). ‘Mundo’ es el ámbito histórico del hombre que se ha apartado de Dios (Rom 5,12-13). En él se hallan pre- sentes potencias hostiles al Reino de los cielos. Este mundo tiene su propio príncipe (1Cor 2,6.8; Ef 6,12; Jn 12,31). “Este aspecto del mundo como hostil a Dios es particular- mente subrayado por san Juan, que piensa y se expresa en términos de oposición: luz-tinieblas, vida-muer-
76 La Cuestión Social Año 24, n. 1 77 La Cuestión Social Año 24, n. 1 te, verdad-mentira, etc. […] Análo- gas oposiciones se encuentran en san Pablo”. 5 Este mundo ha sido ya vencido por Cristo (Rom 8,38; 1Cor 15,24-25, etc.). No obstante, el mis- mo Evangelio de Juan aclara que el mundo es amado por Dios (3,16), Jesús es luz (8,12), vida (6,33) y sal- vador del mundo (3,17b; 4,42). ‘Mundo’ se refiere al universo ordenado a Cristo, en quien todas las cosas encontrarán su consu- mación (Rom 11,36; 1Cor 8,6; Ap 4,11, etc.). Es el mundo en su di- mensión escatológica. GS toma en cuenta la pluralidad de estos significados. De cualquier manera, lo que predomina no es una señalización de la realidad pecami- nosa del mundo, sino la estimación de su realidad positiva. Éste es un principio que actualmente debe ser tomado en cuenta. La Iglesia cons- tantemente se ve agitada por movi- mientos pendulares que van desde el desprecio y la huida del mundo hasta procesos de mundanización por una confianza desmedida en los criterios y realidades humanos. El Papa Francisco ha insistido en que la Iglesia debe dejar sus zonas de con- fort, renunciar a actitudes narcisistas de autorreferencialidad, para poder salir al encuentro de los demás. La misión debe realizarse en las calles, en todos los lugares donde viven los hombres y las mujeres (Evan- gelii Gaudium, 49). El diálogo con el 5 Y. Congar, Anejo. ¿Qué sentidos abarca la palabra “mundo”?, en Delhaye et al., La Iglesia en el mundo de hoy III, Tau- rus, Madrid, 1970, 47. mundo es fundamental, ya que la Iglesia debe ser signo e instrumento de salvación en todas las situaciones en las que los seres humanos viven. Por otro lado, también ha alertado sobre el riesgo de la mundanización, de perder de vista la especificidad de la vida cristiana, asimilándola a crite- rios terrenos contrarios al Evangelio. Sin ignorar la ambivalencia de la historia humana, GS constata que Dios actúa no solamente dentro de los límites de la Iglesia, sino que se hace presente de modo constante en el mundo. Esto concuerda con las sentencias teológicas de LG 8 y de Nostra Ætate 2, según las cuales también fuera de la Iglesia católica se hallan elementos de gracia y de verdad. La Iglesia católica es lugar privilegiado de la acción de Dios, porque tiene la plenitud de los elementos de mediación entre Dios y los hombres, pero no tiene la totalidad de estos elementos. En muchos lugares y expresiones so- cio-culturales es factible encontrar la presencia activa del Espíritu San- to, que fecunda la vida de los seres humanos con sus dones. La Iglesia, al predicar el Evangelio, se dirige a todas las personas en quienes la acción de Dios ha tenido lugar. No hay ser humano al que, de algún modo, no le haya salido al encuen- tro el amor de Dios. 6 Esto posee gran importancia desde el punto de vista teológico-pastoral. Al hablar, por ejemplo, de la pastoral urbana, 6 K. Rahner, Über das Verhältnis von Natur und Gnade, en Schriften zur Theo- logie I, Benzinger, Einsiedeln, 1954, 323-345. Apuntes teológicos sobre Gaudium et Spes es oportuno reconocer no sólo las grandezas y progresos de la cultu- ra, sino también múltiples aspectos que dejan entrever la acción salva- dora de Dios, como la denuncia de injusticias, la defensa de los exclui- dos y marginados, etc. El Concilio explica que no sólo la Iglesia fecunda la realidad tem- poral, sino que también se ve en- riquecida por las bondades del mundo. Esto plantea en la actua- lidad grandes retos y abre para la Iglesia oportunidades de desa- rrollo. En el número 43 de GS, los obispos aseveran con humildad y lucidez que la Iglesia tiene mucho que madurar respecto a su rela- ción con el mundo. Y, más adelante, añade que la Iglesia, al tener una estructura social propia, tiene la oportunidad de enriquecerse del progreso de la sociedad. Actual- mente, el Papa Francisco ha insisti- do en la necesidad de que la Iglesia genere más y mejores modelos descentralizados de organización (Evangelii Gaudium, 16). Aunque la Iglesia tiene una estructura jerár- quica, también es una comunión de vida que se expresa en modelos sinodales y consensuales. La Iglesia debe aprender a desarrollar más y mejores estructuras de participa- ción en todos los niveles de su rea- lidad institucional y comunitaria. 2. Teología de los signos de los tiempos La expresión se encuentra en Mt 16,1-3: fariseos y saduceos le piden a Jesús un signo; Él les recrimina el poder leer los signos del cielo para saber cuándo se avecina una tor- menta, pero no poder, en cambio, leer los signos de los tiempos. Los shmei/a tw/n kairw/n indican los tiempos mesiánicos. Jesús es el signo de los tiempos por excelen- cia, puesto que en él se manifiesta inconmensurablemente la presen- cia de Dios entre los hombres. En un sentido más amplio, se habla de otros signos en los que aparece la presencia salvadora de Dios. Al dis- currir sobre la situación del hom- bre en el mundo de hoy, GS aborda la temática de los signos de los tiempos, una expresión usada ya por Juan XXIII en la bula Humanae Salutis. Se trata de un factor bas- tante novedoso en el lenguaje teo- lógico del Concilio. 7 La expresión ‘signo de los tiempos’ se refiere a los acontecimientos y realidades socio-culturales que van marcando la vida e historia de la humanidad, de tal forma que es posible descu- brir en ellos la acción de Dios. “Se trata, en efecto, de una teología de la historia […] La toma en consi- deración y discernimiento de los ‘signos de los tiempos’ forma parte de la inteligencia de la fe que des- cubre el misterio en su realización y su realidad históricas”. 8 En el nú- mero 4 de GS se declara: “Es deber permanente de la Iglesia escrutar 7 Cf. F. Altbach, Soziosemiotik und Diako- nie in den lateinamerikanischen Groß- städten, en Aufbruch in die Modernität. Theologische Reflexionen kirchlichen Handelns in der Stadt, Herder, Freiburg im Breisgau, 2013, 119-165. 8 M.D. Chenu, Los signos de los tiempos. Reflexión teológica, en Delhaye et al., La Iglesia en el mundo de hoy II, Taurus, Ma- drid, 1970, 263. Federico Altbach Núñez
78 La Cuestión Social Año 24, n. 1 79 La Cuestión Social Año 24, n. 1 a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio [signa temporum perscrutandi et sub Evangelii luce interpretandi]”. Pueden ser sucesos que favorecen el desarrollo del ser humano o he- chos que ponen de manifiesto el peligro de la deshumanización. El criterio para interpretar los signos de los tiempos es el Evangelio. Los avances en materia de justicia, paz, promoción del medio ambiente, las grandes creaciones culturales y científicas que dignifican al ser hu- mano, son realidades conformes al Evangelio en las que se puede descubrir la acción de Dios que va llevando a los seres humanos a la plenitud de la historia y al encuen- tro definitivo con él. También los fracasos de la humanidad pueden desvelar la realidad del pecado. No se debe perder de vista la dis- tinción entre los acontecimientos de índole meramente terrenal y la acción salvadora de Dios; tampoco se debe enunciar sin distinciones que Dios se muestra en los acon- tecimientos del mundo. La historia y las realizaciones humanas son una realidad ambivalente. Así, por ejemplo, los avances tecnológicos traen consigo progreso y más ca- lidad de vida para las personas, haciendo visible un crecimiento querido por Dios; pero en ocasio- nes acarrean destrucción. Con la categoría ‘signos de los tiempos’ no se puede justificar cualquier realidad temporal desde el pun- to de vista teológico; es necesario efectuar un adecuado juicio. Actualmente, la Iglesia debe se- guir aprendiendo a discernir estos signos. Hay muchos acontecimien- tos en los que se manifiesta la pre- sencia de Dios. Los avances de la humanidad interpelan a la Iglesia en cuestiones de diálogo, compro- miso social, apertura y tolerancia. Es del todo aconsejable favorecer un opimo intercambio entre la Iglesia y el mundo. GS propone en este rubro criterios de peso, en el número 29 expone lo siguiente: “Toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino”. Hoy en día, también la Iglesia necesita aprender a ser más misericordio- sa, a mostrar un rostro de acogida y no de condena. 9 No se trata de ignorar o relativizar las verdades y los errores, pero hay que reco- nocer que una cosa es el error y otra la persona. Según los padres conciliares, la persona conserva su dignidad, incluso cuando esté desviada por ideas falsas o in- suficientes en materia religiosa: “Dios es el único juez y escruta- dor del corazón humano. Por ello, nos prohíbe juzgar la culpabilidad interna de los demás” (28). Esta postura tiene gran relevancia ac- tualmente en cuestiones de di- versidad sexual, pastoral familiar, diálogo intercultural, etc. 9 Cf. Francisco, Evangelii Gaudium, 47. Apuntes teológicos sobre Gaudium et Spes 3. Visión teológica de la dignidad humana La exposición de GS sobre la dig- nidad del ser humano es central y de gran profundidad. La consti- tución pastoral se interesa espe- cialmente por las cuestiones más acuciantes del ser humano: ¿qué es el hombre?, ¿cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte?, ¿qué pueden esperar las sociedades? Se muestra interés en la dimensión personal del ser humano, su di- mensión comunitaria, su existencia histórica, su realidad corporal y es- piritual. El texto conciliar encuentra su núcleo configurador en la antro- pología teológica, en la mirada a la realidad humana desde la revela- ción de Dios. Dios revela quién es el hombre, pero igualmente el ser humano es un lugar específico para acceder al misterio de Dios. 10 La Sagrada Escritura, leída en el horizonte de la Tradición de la Igle- sia, nos descubre cuál es la vocación sublime de cada hombre y mujer. La Escritura es el locus proprius, el lugar propio, la fuente de la Revela- ción por excelencia que nos instru- ye que la libertad del ser humano alcanza su plenitud en el encuentro con Dios en Jesucristo. En el nú- mero 22 se afirma como principio medular de la antropología cris- tiana, que el misterio del hombre 10 H.J. Sander, Theologischer Kommentar zur Pastoralkonstitution über die Kir- che in der Welt von heute Gaudium et Spes, in: P. Hünermann/B. J. Hilberath (Hrsg.), Herders Theologischer Kom- mentar zum Zweiten Vatikanischen Kon- zil IV, Freiburg–Basel–Wien 2005, 714. sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. “Este número es particularmente importante, ya que […] da su último sentido al es- fuerzo antropológico realizado por el Concilio”. 11 Pero, además, Dios se manifiesta de muchos modos en el ser humano, cuya realidad e histo- ria pueden ser cualificadas como un locus alienus, un lugar distinto y complementario para discernir la voluntad de Dios. En las conquistas de los hombres y mujeres en cues- tiones de justicia, de paz, de dere- chos humanos, etc., se descubren aspectos de la verdadera vocación del ser humano. Por ejemplo, el Concilio aprecia en varios pasajes el derecho a la libertad de conciencia, también en materia religiosa. Un documento conciliar destacado es Dignitatis Humanae. Esto es muy significativo, pues anteriormente la Iglesia se había pronunciado en contra de la afirmación por parte del Estado de la libertad religiosa. 12 El reconocimiento de la sublime dignidad del ser humano tiene con- secuencias pastorales importantes. La Iglesia escruta los signos de los tiempos y busca entablar un diálogo con las distintas culturas, con su vi- sión del ser humano y del sentido de su existencia. Se puede hablar aquí del principio pastoral de no exclu- sión, conforme al cual ninguna reali- 11 J. Mouroux, Sobre la dignidad de la perso- na humana, en Delhaye et al., La Iglesia en el mundo de hoy II, Taurus, Madrid, 1970, 305. 12 Cf. Gegorio XVI habla del deliramentum de la libertad religiosa (DzH 2730). Cf. P. Hünermann, Die zentralen theologi- schen Aussagen des Konzils, 30. Federico Altbach Núñez
80 La Cuestión Social Año 24, n. 1 81 La Cuestión Social Año 24, n. 1 dad humana es ajena a la misión de la Iglesia. “En el capítulo de recapitu- lación (cap. IV), el Concilio vuelve a tomar el tema de la auscultación, del discernimiento, de la interpretación, del juicio de los ‘múltiples lenguajes de nuestro tiempo’ (44), y ve en esta operación la permanente ‘ley de toda evangelización’, para una presenta- ción adecuada del mensaje”. 13 La actividad evangelizadora de la Iglesia demanda tomar en cuen- ta la diversidad lingüística de los grupos sociales. 14 Cada lenguaje es un modo de existir y de inter- pretar la realidad. Si se observa el caso de la realidad urbana, se puede destacar la pléyade de có- digos lingüísticos y simbólicos que ahí existen. El Documento de Aparecida (100d) puntualiza que muchas veces los lenguajes utilizados en la catequesis y en la pastoral no toman en cuenta la diversidad y la evolución de los códigos lingüísticos de las socie- dades. Es imprescindible que la Igle- sia aprenda todos estos lenguajes y que ejerza su actividad misionera en todo campo de la existencia humana. De acuerdo a esto, se puede definir la pastoral de la Iglesia como la predi- cación significativa del Evangelio en todo lenguaje humano. 15 13 M.D. Chenu, Los signos de los tiem- pos. Reflexión teológica, 269. 14 Cf. F. Altbach, Pluralismo lingüístico de la pastoral, en Margit Eckholt, Prophetie und Aggiornamento: Volk Gottes auf dem Weg, LIT-Verlag, Münster 2011, 159-166. 15 Cf. H.J. Sander, Theologischer Kommen- tar, 764. Asimismo, la constitución pas- toral presta especial atención a la complejidad de las relaciones y es- tructuras sociales. El ser humano es esencialmente social, así como la vida de la gracia. La Iglesia debe ilu- minar todas las realidades sociales, identificando los retos que presen- tan para el desarrollo de las per- sonas. De manera particular, habla de la importancia de ayudar a los pobres y afligidos. Así se hace eco al llamado realizado por Juan XIII, poco antes de morir, en la encíclica Pacem in Terris, a buscar la realiza- ción de la justicia y a promover la solidaridad entre todos. 16 Por otra parte, en el documento se examina el sentido de la activi- dad del ser humano en el mundo. Dios ha dado a hombres y mujeres la posibilidad de dominar sobre la creación y contribuir de este modo al progreso. El ser humano es crea- tivo: por medio del arte, la ciencia, la tecnología y la cultura en general va avanzando hacia la perfección. La verdadera liberación del ser hu- mano no es resultado de su esfuer- zo, sino es don de Dios. La plenitud de la vida sólo se halla en Cristo. No obstante, hay una relación es- trecha entre la construcción de una sociedad mejor, de un mundo más justo y la expansión del Reino de Dios. Al mismo tiempo que se establece el principio teológico de la autonomía de las cosas tempora- les, se señala la importancia de re- conocer a Dios como fundamento y meta de toda la realidad. 16 Cf. Ph, Delhaye, Historia de los textos de la constitución pastoral, 261. Apuntes teológicos sobre Gaudium et Spes A manera de conclusión, se pue- de apuntar que la teología de GS sigue siendo una fuente vigente de aprendizaje y reflexión para la Iglesia. Hay muchos principios que pueden desarrollarse para ilu- minar la misión de la Iglesia en el mundo. Partiendo de la enseñan- za de esta constitución pastoral, es imperioso echar a andar transfor- maciones pendientes en el orden de las actitudes de los creyentes, de los criterios de diálogo y evan- gelización, así como de estructu- ras eclesiales. Federico Altbach Núñez
82 La Cuestión Social Año 24, n. 1 83 La Cuestión Social Año 24, n. 1 E ste último siglo, la humani- dad en verdad ha dado razo- nes para maravillarse en el campo de la comunicación, y es claro que los asombros no pararán, pues el sueño aún es muy joven. La indomable voluntad huma- na de explorar, viajar y transmitir sus experiencias parecía haber llegado a su culmen en las épicas aventuras de conquista a lo largo y ancho del globo terrestre; sólo era cuestión de tiempo y agallas para declarar con orgullo que en este planeta no habría más tierras vírgenes ni regiones inexploradas. Con el tiempo —reclamaba oron- da la especie humana—, cada es- pacio conocido sería iluminado, registrado y dominado por el paso del hombre. Pero a inicios del siglo XX so- brevendrían los dilemas de este orgullo: la Primera Guerra Mun- dial recrudeció precisamente por una nueva invasión no territorial del mundo; un novedoso artilugio logró penetrar los espacios ‘do- minados’, logró traspasar las fron- teras del combate, pasó a través de las murallas de los hogares, las dis- tancias geográficas y los lenguajes culturales. En fin, la comunicación radiofónica fue un potente aliado y un temido enemigo; un medio invi- sible, inasible e imparable como ex- tensión de las armas, un nuevo frente que ensanchó la tierra y el aire. El espacio, por tanto, dejó de significar una poción de tierra y sus recursos; el espacio comenzó a significar —como atinadamente intuyó Albert Einstein— un recur- so intangible en el que la fuerza de la imaginación y la creatividad es capaz de romper los bordes de la lógica preconcebida. Vendría la televisión, las trans- misiones satelitales, las microon- das cargadas de información y las nuevas búsquedas por espacios incognoscibles —aún fuera de la Tierra— para verificar que la comu- nicación y los medios jugarían un papel trascendente en la configura- ción del futuro inmediato. La reali- dad sobre la cual muchas realidades pueden ocupar el mismo espacio. Eso lo comprendió la Iglesia católica; fue una de sus prime- ras inquietudes apenas iniciado el Concilio Vaticano II y por ello desarrolló su propuesta a través del decreto Inter Mirifica. Entre las cosas maravillosas Felipe de J. Monroy Felipe de J. Monroy Del boom broadcasting a Inter Mirifica A principios de los años 60 del si- glo XX, el fenómeno comunicativo a distancia creció gracias a que he- rramientas tecnológicas como la ra- diodifusión colocaron en el pedestal de los medios de comunicación de masas a la televisión; el broadcasting se instaló como el modelo comu- nicacional por excelencia. De ser una oportunidad y privilegio, la radiodifusión comenzó a ser una obligación para las instituciones sociales y un derecho para la so- ciedad institucionalizada. 1 En este contexto aparece el decreto Inter Mirifica. El 4 de di- ciembre de 1963, el Papa Pablo VI instruye la utilización correcta, profesional y proactiva de los me- dios de comunicación social, lla- mados así por vez primera y por interés de no perder su insepara- ble cualidad humana. 2 1 Desde los años 20, la radio y la gra- bación de fragmentos de cine fueron utilizados ampliamente. Hay que re- cordar los mensajes navideños de los pontífices y la histórica transmisión radiofónica del Papa Pío XII tras la cul- minación de la guerra. 2 Por supuesto, este llamado nace de la preocupación que durante los primeros años del Concilio Vaticano II se discutió a propósito de los peligros y ventajas de los medios masivos de comunicación. La propaganda era el modelo comunicacio- nal más poderoso. Aunque para autores como Jesús Martín Serrano, la televisión tiene en su misma estructura la capaci- dad de aumentar los grados de libertad en la comunicación. El decreto en sí es una grave preocupación que persiste hasta nuestros días: la creatividad y los logros tecnológicos del ser huma- no obligan a una cercana revisión y análisis en la invención de ins- trumentos de comunicación que no sólo llegan a una persona, sino a las multitudes, o que son capaces de eliminar barreras del tiempo y el espacio. La intuición de la Iglesia es que en este nuevo escenario se juega buena parte de la difusión y asimilación, tanto de verdades como de falsas realidades. Pablo VI parte de una visión dicotómica: esta clase de medios tiene oportunidades positivas y riesgos completamente negativos para la persona humana. Así, la rectitud en la utilización de estos medios fortalece el espíritu y cer- tifica la presencia del Reino; mien- tras que, si son confrontados con las verdades y principios univer- sales, provocan daño y prejuicio en la sociedad. Inter Mirifica reclama el derecho a la posesión de medios por parte de la Iglesia y abre la posibilidad de que, con ayuda de los medios de comunicación, pastores y fieles “al- cancen la salvación y la perfección”. El medio es dimensionado en toda su posibilidad: tiene una fuerza tan grande que puede ser difícil adver- tirla, dominarla o rechazarla. A riesgo de reducir demasiado di- cho decreto, sintetizo las recomen- daciones que la Iglesia propone a propósito de la comunicación social:
84 La Cuestión Social Año 24, n. 1 85 La Cuestión Social Año 24, n. 1 Entre las cosas maravillosas 1. Sobre la información (tan- to en su búsqueda como en su divulgación): a. Que sea íntegra, verdadera. b. Que salve la justicia y la caridad. c. Que sea honesta y conveniente. d. Que respete las leyes mora- les, los derechos legítimos y la dignidad del hombre. 2. Sobre el orden moral: a. Que la narración, descrip- ción o representación del mal moral puede servir para conocer y explorar más pro- fundamente al hombre para manifestar y exaltar la mag- nificencia de la verdad y del bien, mediante la utilización de los oportunos efectos dra- máticos; sin embargo, para que no produzcan más daño que utilidad a la almas, ha- brán de someterse comple- tamente a las leyes morales. 3. Sobre quiénes son los prime- ros destinatarios de la res- ponsabilidad comunicativa: a. La persona humana. b. Las familias. c. El Estado. d. Las autoridades. Inter Mirifica propone además una prensa católica, una producción cinematográfica de valores, una ra- dio y televisión católica orientada a la familia y el desarrollo de artes es- cénicas de calidad. Destaca el deseo en el documento que estas áreas cuenten con una debida instrucción (en la técnica) y profesionalización (en su fundamento). De Inter Mirifica al día de hoy Las cambios en la técnica y la pro- fesión comunicativa serían vertigi- nosos, tan rápidos que en la Primera Jornada Mundial de las Comunica- ciones Sociales (celebrada en 1967) llevaría este mensaje de Pablo VI: “Gracias a estas técnicas maravi- llosas, la convivencia humana ha adquirido nuevas dimensiones; el tiempo y el espacio han sido supe- rados, y el hombre se ha convertido en ciudadano del mundo, copartíci- pe y testigo de los acontecimientos más remotos y de las vicisitudes de toda la humanidad. Como ha dicho el Concilio, podemos hablar de una verdadera transformación social y cultural que tiene también sus re- flejos sobre la vida religiosa”. Quien ha trabajado en los medios de comunicación en los últimos cin- cuenta años sabe que las herramien- tas, los procesos, las técnicas, los tiempos y los lenguajes han cambia- do incesantemente para crear nue- vos, más potentes, útiles y rápidos medios de comunicación. Ajustándose a esos cambios sin perder los pies del suelo ni la mirada en el Cielo, los diferentes pontífices han reflexionado sobre los pros y contras, los riesgos y las oportunidades, lo central y lo peri- férico, el ruido y el silencio, en fin: lo útil y lo inútil que hay en todas las prácticas comunicativas; sin Felipe de J. Monroy apasionarse en las técnicas o las tecnologías, sino en el sentido que dan a la trascendencia humana. Para Benedicto XVI, por ejem- plo, la comunicación se asemeja a una corriente de amor que reco- rre toda la teología y que “pone en movimiento todos los aspectos de nuestra vida como cristianos”; para Francisco, en cambio, el bien siem- pre tiende a comunicarse, la liber- tad sólo puede comunicarse si se comparte y un ‘mensaje mutilado’ —por muy buena intención que lle- ve— siempre agredirá tanto como la propia mentira. Hoy, casi cualquier persona, desde cualquier parte del mundo, con muy pocos recursos y apenas un poco de formación es capaz de reportar, investigar, transmitir en vivo, com- partir, diseñar, editar, crear, divulgar, publicar, dialogar, votar, promover, analizar, conocer… no sólo gran- des acontecimientos o administrar grandes cantidades de datos, sino interconectar indefinidamente su minúscula línea de vida, su opinión, denuncia y anuncio de sus convic- ciones, sus contextos y sus anhelos, en el gran entramado de informa- ción global. En la palma de su mano accede a un universo más grande, inabarcable e inconquistable, sin lugar a dudas más vasto que todo el espacio virgen o desconocido que hubieran soñado sus abuelos. El mañana La siempre fecunda imaginación de los viajes espaciales que se con- cretaban a mitad del siglo XX y que sugerían inquietudes de orden mo- ral, ha sido superada por los viajes en el tiempo y el espacio, de lo pro- bable y de los datos, de la virtuali- dad y la velocidad, por paseos entre las nubes inasibles pero llenas de información, por las navegaciones a través de océanos digitales cuyo horizonte se extiende más mientras más naveguemos. ¿Cuál será el futu- ro de los medios de comunicación, de los profesionales de la informa- ción y de los usuarios-audiencias de dichos medios? No lo sabemos. Pero en el camino algún equipaje será necesario; lo imprescindible lo podemos intuir entre las líneas del decreto Inter Mirifica con 52 años de vigencia: un faro de luz para no perderse en la neblina de los datos y la información, una buena ancla para poner pausa y paciencia en las corrientes de un océano intermi- nable y una mano franca extendida para encontrarnos en cualquier mo- mento y en cualquier lugar con los habitantes y peregrinos de estos lin- deros de la humanidad. Y serán ma- ravillas las que seguirán abriendo senderos del diálogo, del encuentro y de una comunicación que nos ro- bustezca el espíritu.
86 La Cuestión Social Año 24, n. 1 87 La Cuestión Social Año 24, n. 1 L a declaración sobre la liber- tad religiosa del Concilio Vaticano II, Dignitatis Humanae, 1 cumple 50 años. A través de ella, la Iglesia hizo un claro reconoci- miento del lugar primordial de la libertad de conciencia individual como elemento central e indispen- sable de la dignidad de la persona como ser social. Declaró que no es la aparente fuerza o debilidad de la verdad religiosa la que funda la libertad para abrazarla o no, sino el valor del ser humano y, correla- tivamente, la eminente dignidad de toda persona, los que exigen que el asentimiento a la verdad religiosa sea totalmente libre. Desde ese personalismo, el ob- jeto de esta libertad consiste, en primer término, en la inmunidad de coacción, en un doble sentido: el de no ser forzados a actuar, en 1 He estudiado extensamente esta cues- tión en obras diversas; donde lo he he- cho con mayor amplitud es en mi libro: Libertad religiosa y dignidad humana, San Pablo, Madrid 2009. materia religiosa, en contra del dictamen de la propia conciencia; y el de no ser impedidos a hacerlo según ella. Así entendida la liber- tad religiosa se presenta como un presupuesto necesario para poder ejercer el derecho propiamente di- cho, es decir, la posibilidad de dar culto a Dios “según el dictamen de la propia conciencia, en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debi- dos” (DH, 3). Aquellas palabras del Concilio se hermanaban con las del artículo 18 de la Declaración Uni- versal de los Derechos Humanos: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de con- ciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colecti- vamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la prác- tica, el culto y la observancia”. Al día de hoy constatamos con pena y consternación que 50 años de Dignitatis Humanae: el derecho a la libertad religiosa es de las personas, no de la verdad Julio L. Martínez, SJ en un tercio de los 195 países del planeta, la libertad religiosa no se respeta ni se puede ejer- cer en condiciones mínimamente aceptables. En una buena parte del mundo, sin llegar al extremo de que se pisotee ese derecho fundamental, sí sucede que la li- bertad religiosa se ve entorpeci- da y seriamente dificultada por fuerzas dañinas que vienen tanto del fundamentalismo intolerante como del laicismo neutralista, en las distintas variantes de ambos según las culturas públicas y tra- diciones de los países. Las cosas se han hecho aún más comple- jas en los nuevos y cambiantes contornos de pluralización de lo religioso por parte de la globali- zación y de la movilidad humana a lo largo y ancho del mundo. Los “límites debidos” a los que alude el Concilio, corresponden a la parte del bien común que se co- noce como orden público, sobre el que los poderes públicos del Esta- do tienen competencia y respon- sabilidad. Si el bien común es del conjunto de los entes que forman la sociedad, el orden público co- rresponde al Estado. Esos límites son los prescritos por la ley para proteger la seguridad y el orden social básico, así como los dere- chos y libertades fundamentales de las personas. En ese campo, la constricción legal debe ser la mí- nima necesaria, para hacer posible la máxima libertad. Pero los límites no son solamente los que impone la ley positiva, hay también una autolimitación que impone la ética y, por tanto, no es legal sino moral, pues a veces, aunque uno pueda hacer algo, no debe hacerlo. Y los límites existen para toda libertad, también para la libertad de reli- gión y de expresión. De modo que, por muy fundamentales que las libertades sean, ninguna de ellas es absoluta. En las tensiones que vive nuestro mundo entre respeto a la religión y libre expresión de opiniones, hay que tener en cuenta estas cuestiones de la limitaciones que rige el derecho y aquellas a las que obliga la moral. Conjugar am- bas es crucial para la convivencia de sociedades tan intensa y conflic- tivamente pluralistas como las que existen hoy. Así, para que haya libertad es imprescindible la aceptación de un derecho común que nos obligue a todos y una laicidad justa que pro- duzca valores comunes y no discri- minaciones. A mi juicio, una laicidad así es el mejor antídoto para no caer en una retórica multicultural que —más o menos explícitamen- te— apuesta por una cultura abier- ta indiferente a todo y orgullosa de carecer de referencias normativas y compartidas, paradójicamente disolviendo las identidades. Dentro de ese tipo de retórica multicultu- ral que exige la privatización de la religión, está el laicismo que clama por eliminar la colaboración posi- tiva hacia las religiones y pone en cuestión, por ejemplo, la mismísima presencia pública de manifestacio- nes religiosas arraigadas en el pue- blo —totalmente pacíficas— o los símbolos religiosos más fundamen- tales que pertenecen a nuestra tra- dición. Eso sí, siempre dice hacerlo Julio L. Martínez, SJ
88 La Cuestión Social Año 24, n. 1 89 La Cuestión Social Año 24, n. 1 “so capa de bien”, es decir, supues- tamente por favorecer la creación de espacios “neutros” que protejan la libertad de todos. Esa retórica multicultural es frecuentemente expresión de laicismo y pervierte la laicidad, porque más que la defensa del Estado laico o aconfesional — una defensa que comparte la Iglesia con la declaración conciliar—, bus- ca laicizar la sociedad, y a eso no se puede apuntar la Iglesia. Esa laicidad positiva —en la cual se da tanto la separación entre la religión y el Estado como la coo- peración mutua— es también una excelente medicina frente a los dis- tintos fundamentalismos religiosos que se erigen en únicos intérpretes válidos de la verdad y desde ahí tra- tan de determinar la libertad de las personas. No todos los programas identitarios son igualmente viables en una sociedad respetuosa de la diversidad. Hay identidades que en- riquecen la comunidad plural y hay identidades intolerantes —e incluso asesinas, modos agresivos de vivir la propia identidad— incompati- bles con la experiencia de diálogo intercultural e interreligioso. Esos modos son claramente rechazados por la Iglesia y no tienen ninguna cabida en el marco de la declaración conciliar. Un ejemplo especialmen- te mortífero lo estamos viendo en el yihadismo que se dice islámico, pero que no tiene nada de religioso y sí todo de manipulación del Islam, ya que “rechaza a Dios, relegándolo a mero pretexto ideológico”, como ha señalado el Papa Francisco. Frente a ese tipo de situaciones, decimos con el Papa emérito Be- nedicto que “la exclusión de la re- ligión del ámbito público, por un lado, así como, el fundamentalis- mo religioso, por otro, impiden el encuentro entre las personas y su colaboración para el progreso de la humanidad. La vida pública se em- pobrece de motivaciones y la polí- tica adquiere un aspecto opresor y agresivo. Se corre el riesgo de que no se respeten los derechos hu- manos, bien porque se les priva de su fundamento trascendente, bien porque no se reconoce la libertad personal”. O con el Papa Francisco que “un sano pluralismo, que de verdad respete a los diferentes y los valore como tales, no implica una privatización de las religiones, con la pretensión de reducirlas al silencio y a la marginalidad de los recintos cerrados de los templos, sinagogas o mezquitas. Se trataría, en definitiva, de una nueva forma de discriminación y de autorita- rismo... Eso a la larga fomenta- ría más el resentimiento que la tolerancia y la paz”. Desde ahí, la misma determinación con la que se condenan todas las formas de fanatismo y fundamentalismo re- ligioso anima a oponerse a todas las formas de hostilidad contra la religión, que limitan el papel público de los creyentes en la vida civil y política. En un momento donde tanta di- versidad cultural y religiosa está presente en casi cualquier lugar del planeta, y cuando no están presentes los canales de comunicación que se encargan de hacerla presente, creo 50 años de Dignitatis Humanae: el derecho a la libertad religiosa es de las personas, no de la verdad que es enormemente sano y nece- sario para los cristianos volver a la doctrina de Dignitatis Humanae y presentarla donde sea preciso. Vol- ver a su personalismo superador de la esencialización de la religión o la cultura. Eso que, con tanto esfuerzo y después de tanto tiempo, la Iglesia conquistó reconociéndolo como au- téntico desarrollo doctrinal plena- mente respetuoso con la tradición católica: “Las personas son los titula- res de los derechos, y no la verdad”. Esta vuelta a Dignitatis Humanae ayuda a plantear bien el diálogo entre las diversas religiones, que se impone desde la cambiante rea- lidad social que vivimos, donde las creencias y prácticas religiosas tie- nen que ver con las posibilidades de trabajar en pro de la convivencia, de robustecer las relaciones inter- humanas o de afrontar problemas comunes. El encuentro entre per- sonas de distintas nacionalidades, culturas y religiones no tiene mar- cha atrás y se convierte en algo que debemos afrontar con buen ánimo creando las condiciones que hagan posible y fructífera esa cultura del encuentro y del diálogo. Para orien- tar decentemente los conflictos que nos afligen y angustian, más nos vale que podamos dar realmente con una hoja de ruta que, a mi juicio y siguiendo a Dignitatis Humanae, debe contener tres principios/ac- titudes imprescindibles: el respeto mutuo, el aprendizaje recíproco y la definición de un espacio de liber- tades que dé cabida a todas las op- ciones individuales respetuosas con el derecho a la vida y la dignidad de las personas. En un momento tan convulso e incierto del mundo, en el que la con- ciencia de vulnerabilidad personal y también global es tan aguda, da mucha alegría y llena de tranquili- dad tener un marco doctrinal como la declaración del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa. Es un documento menor por su catego- ría formal que ha tenido y tiene una repercusión enorme y un valor capital; un documento que hoy sigue plenamente vigente y conserva toda su prestancia y vitalidad, a pesar de estar cum- pliendo medio siglo. Julio L. Martínez, SJ
90 La Cuestión Social Año 24, n. 1 91 La Cuestión Social Año 24, n. 1 El compromiso político de los católicos a la luz de Gaudium et Spes Luis Javier Rubio, OP L os ciudadanos en los países de- mocráticos frecuentemente nos encontramos inmersos en procesos electorales, algunas veces como can- didatos para ocupar un puesto de elección popular, pero muchas veces más como electores que expresar a través del voto su preferencia por alguna opción política y un proyecto de nación. Frente a estos procesos tal vez nos asalte la pregunta: ¿qué debo hacer como seguidor de Jesu- cristo ante esta responsabilidad ciu- dadana? Pero, si nunca nos la hemos hecho, creo que es tiempo. El propio Papa Francisco, en una reunión con el Presidente de la República Italiana, afirmó: “En un momento de crisis como la actual es urgente que pueda crecer, sobre todo entre los jóvenes, una nueva consideración de compromiso polí- tico, y que creyentes y no creyentes colaboren en la promoción de una sociedad donde la injusticia pue- da superarse y cada persona sea acogida y pueda contribuir al bien común según su propia dignidad y sus capacidades”. 1 Sin embargo, este discurso no es nuevo, y es que ya hace casi 50 años los Padres Conciliares, en la consti- tución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, nos recordaron la urgencia de que el cristiano se comprometiera con la acción políti- ca, pues de ninguna manera puede abdicar de su responsabilidad para construir una sociedad más justa y más solidaria, en una palabra: más humana (cfr. GS, 73ss). Recordemos que la Gaudium et Spes, al ser la única constitución pastoral del Concilio Vaticano II y tratar sobre la Iglesia en el mundo 1 Papa Francisco, Discurso ante el Presi- dente de la Rep. Italiana, Giorgio Napo- litano, 08/06/2013. Luis Javier Rubio, OP contemporáneo, no podría dejar de lado este tema tan importante para la construcción del orden mundial. Así, al ser aprobada por los padres conciliares el 7 de diciembre de 1965 y solemnemente promulgada por el Papa Pablo VI, ese mismo día, se constituyó en una fuerte exigen- cia para que el bautizado asumiera como parte del ejercicio de su fe el compromiso político, con todo lo que ello implica. Tampoco podemos considerar que esta atención por la política es sólo una idea peregrina de los Padres Conciliares, sino que responde a un proyecto bien estructurado en el do- cumento, que se divide en dos partes llamadas: “La Iglesia y la vocación del hombre” y “Algunos problemas más urgentes”; pues para ellos era claro que la acción política no es sino fruto de una correcta consideración de la persona humana. Por eso, des- pués de abordar en los tres primeros capítulos lo que conocemos como la antropología cristiana y presentar en el cuarto la posición que la Igle- sia quiere asumir ante el mundo y el hombre, la segunda parte de nuestro documento aborda de manera con- creta las grandes problemáticas que el ser humano debe afrontar en su caminar por este mundo, y es preci- samente allí, en el capítulo IV, donde encontramos la dimensión política. Así pues, en las siguientes letras me permito citar algunos textos de esta constitución conciliar que me parecen debemos no sólo recordar, sino actualizar, teniendo claro que son la manifestación de una Iglesia que quiere acompañar al Pueblo de Dios en su caminar histórico y concreto, pero que tiene su consu- mación final en el encuentro con el Padre en su Reino. Ya el propio contexto en el que se efectuaba el Concilio era bastante semejante al nuestro, tal como po- demos observar en esta cita: “En nuestra época se advierten profun- das transformaciones también en las estructuras y en las instituciones de los pueblos como consecuencia de la evolución cultural, económi- ca y social de estos últimos. Estas transformaciones ejercen gran in- flujo en la vida de la comunidad po- lítica, principalmente en lo que se refiere a los derechos y deberes de todos en el ejercicio de la libertad política y en el logro del bien común y en lo que toca a las relaciones de los ciudadanos entre sí y con la au- toridad pública” (73). Las anteriores letras dan testimonio de la verdad que encierra aquel viejo dicho que reza: “no hay nada nuevo bajo el sol”, porque tal como hemos recor- dado, las transformaciones a las que se refiere la Gaudium et Spes hace ya cinco décadas nos parecen bastante familiares. Nuestro tiempo también nos presenta una comunidad polí- tica en constante transformación, pues responde a los cambios ope- rados en una cultura posmoderna, una economía neoliberal y un de- sarrollo sin parangón de los medios de comunicación, y que muchas ve- ces no hace sino dejarse guiar por las modas del momento. Por eso, al igual que ahora, la Igle- sia deseaba dar una palabra que fuera más allá de un pragmatismo
92 La Cuestión Social Año 24, n. 1 93 La Cuestión Social Año 24, n. 1 El compromiso político de los católicos a la luz de Gaudium et Spes político casado sólo a la obtención del poder, sino con una exigencia que brota de la misma dignidad del ser humano que pide para sí y para sus semejantes justicia y equidad, pero que lamentablemente antes y ahora no se realiza de manera or- dinaria; lo que invita a los mismos ciudadanos a tomar en sus manos la construcción de instituciones po- líticas justas que velen por un desa- rrollo que no sólo privilegie a unos cuantos, sino que permita a todos vivir con igualdad de oportunida- des. Así lo decía concretamente la Gaudium et Spes: “con el desarro- llo cultural, económico y social se consolida en la mayoría el deseo de participar más plenamente en la or- denación de la comunidad política” (73), lo que retrató muy bien esa co- yuntura histórica en la cual los cris- tianos iniciaron un trabajo para ser no sólo receptores, sino protagonis- tas de los cambios que necesitaba la comunidad humana. En ese contexto es que para mu- chos contemporáneos de la Gaudium et Spes el documento representó pa- sar de una Iglesia eclesiocéntrica, encerrada en sí misma, a una Igle- sia que abre sus ventanas y mira al mundo, genera movimientos pasto- rales de acción social y política inten- sa, de transformación de la realidad, en un contexto social particularmen- te injusto y privado de libertades que la misma sociedad reclamaba. De allí que el Concilio constataba la necesidad de que la sociedad civil en su conjunto asumiera un papel pro- tagónico en la construcción de una nuevo proyecto de nación o de mun- do, donde se hiciera efectivo el logro del bien común. Así, los padres con- ciliares declaraban: “Los hombres, las familias y los diversos grupos que constituyen la comunidad civil son conscientes de su propia insuficien- cia para lograr una vida plenamente humana y perciben la necesidad de una comunidad más amplia, en la cual todos conjuguen a diario sus energías en orden a una mejor pro- curación del bien común” (74 ). Es claro que hoy seguimos com- partiendo ese propósito: que todos los que integramos la sociedad na- cional podamos trabajar por cons- truir un país más justo y fuerte a partir del esfuerzo de todos los sec- tores de la población. Por eso, ya se señalaba como necesario hace más de cinco décadas en el mismo Con- cilio que la ciudadanía se organiza- ra para que, a través de los cauces legales y en un régimen democrá- tico, libremente pudiera expresar sus deseos y proyectos de sociedad: “Es, pues, evidente que la comuni- dad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la de- terminación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos” (74). Así, los participantes del Conci- lio expresaron el deseo de la Iglesia para que se construyeran nuevos espacios y estructuras políticas que permitieran la participación de to- dos: “Es perfectamente conforme con la naturaleza humana que se constituyan estructuras político-ju- rídicas que ofrezcan a todos los ciu- dadanos, sin discriminación alguna y con perfección creciente, posibili- dades efectivas de tomar parte libre y activamente en la fijación de los fundamentos jurídicos de la comu- nidad política, en el gobierno de la cosa pública, en la determinación de los campos de acción y de los límites de las diferentes instituciones y en la elección de los gobernantes” (75). Y en este mismo contexto, el Conci- lio no sólo habla del derecho al voto, sino el deber que todo ciudadano tiene de participar en la construc- ción de la nación a través del sufragio y de la participación política, incluso en el desempeño de algún cargo pú- blico: “Recuerden, por tanto, todos los ciudadanos tienen el derecho y al mismo tiempo el deber de votar con libertad para promover el bien común. La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan las cargas de este oficio” (75). Teniendo claro que con ello no sólo se persigue el bienestar de unos cuantos, sino el desarrollo integral de todos los que componen un país: “Los ciudadanos por su parte, in- dividual o colectivamente, eviten atribuir a la autoridad política todo poder excesivo y no pidan al Esta- do de manera inoportuna ventajas o favores excesivos, con riesgo de disminuir la responsabilidad de las personas, de las familias y de las agrupaciones sociales” (75). De allí que el Concilio, una y otra vez, exhortaba a los creyentes en Jesucristo a colaborar con respon- sabilidad en la construcción una sociedad más humana, a través de la participación política, ya fuera a nivel de organizaciones ciudadanas, ya fuera a través de la incorporación a un partido político: “Los cristianos todos deben tener conciencia de la vocación particular y propia que tie- nen en la comunidad política; en virtud de esta vocación están obli- gados a dar ejemplo de sentido de responsabilidad y de servicio al bien común, así demostrarán tam- bién con los hechos cómo pueden armonizarse la autoridad y la liber- tad, la iniciativa personal y la nece- saria solidaridad del cuerpo social, las ventajas de la unidad combina- da con la provechosa diversidad. El cristiano debe reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales discrepantes y debe respetar a los ciudadanos que, aun agrupados, de- fienden lealmente su manera de ver. Los partidos políticos deben pro- mover todo lo que a su juicio exige el bien común; nunca, sin embargo, está permitido anteponer intereses propios al bien común” (75). En ese mismo contexto es que la Iglesia, como signo e instrumento del Reino de Dios, también es alen- tada por Gaudium et Spes para que sin casarse con ninguna ideología o modelo político humano se pre- ocupara por defender la dignidad humana y alentar a sus miembros a cumplir sus obligaciones como ciudadanos: “La Iglesia, que por razón de su misión y de su com- petencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político al- Luis Javier Rubio, OP
94 La Cuestión Social Año 24, n. 1 95 La Cuestión Social Año 24, n. 1 guno, es a la vez signo y salvaguar- dia del carácter trascendente de la persona humana” (76). Por eso, sin confundirse con cual- quier otra institución humana, la Iglesia enseñaba y enseña en nues- tros días que está comprometida con la dilatación del Reino de Dios en cualquier nación; de allí que quienes somos piedras vivas de ella tenemos el mismo compromiso de llevar los valores del Reino (justicia, fraternidad, verdad, paz y amor) a los lugares donde nos encontremos, aprovechando las estructuras y me- dios que el mismo Estado ha dise- ñado para que lo hagamos y, de esta manera, construir una comunidad en la que sean respetados los dere- chos de todos. “La Iglesia, por su par- te, fundada en el amor del Redentor, contribuye a difundir cada vez más el reino de la justicia y de la caridad en el seno de cada nación y entre las na- ciones. Predicando la verdad evangé- lica e iluminando todos los sectores de la acción humana con su doctrina y con el testimonio de los cristianos, respeta y promueve también la liber- tad y la responsabilidad políticas del ciudadano” (76). Hasta aquí los textos tomados de Gaudium et Spes y algunas reflexio- nes en torno a ellos, me parece que ahora lo importante es que como cristianos, miembros de la Iglesia y ciudadanos hagamos conciencia de nuestro compromiso político no sólo en las jornadas electorales, sino en un compromiso que vaya mucho más allá de algunos mo- mentos puntuales en los que hay que votar por un candidato; que de verdad asumamos el compromiso político como una tarea constante y permanente asegurando que no sólo los que hemos elegido lleguen a ocupar un puesto, sino que sean capaces de cumplir lo que prome- tieron en sus campañas y sobre todo colaboren, sin importar parti- dos o intereses creados, en un pro- yecto de sociedad y de nación que verdaderamente haga realidad el anhelo de vivir en sociedades libres y justas. No hagamos letra muerta de esas bellas y valientes palabras escritas en la Gaudium et Spes hace algunas décadas, pero que hoy deben resonar con espe- cial fuerza en nuestros oídos y en nuestro corazón. Aceptación de la invitación de la Gaudium et Spes por el IMDOSOC En las anteriores páginas hemos hablado de la invitación que realizó el Concilio Vaticano II a través de la Gaudium et Spes para que todos los cristianos participaran en una acción sociopolítica que lograra la transformación de las situaciones de injusticia que se vivían entonces y se lograra construir una socie- dad donde todos pudieran obtener su pleno desarrollo a través de la construcción del bien común. La siguiente parte del escrito hace referencia a cómo esta invitación fue aceptada por un grupo de mexicanos, los cuales en comunión con sus pastores aceptaron el reto de formar una comunidad cristiana que, orientada por la doctrina so- cial de la Iglesia, realizara esa tarea El compromiso político de los católicos a la luz de Gaudium et Spes de forjar una sociedad más huma- na y, por tanto, más cristiana. Basta echar un ojo a la misión del IMDOSOC —plasmada en su idea- rio— para darnos cuenta de la acep- tación sin reservas de la invitación de una Iglesia que ya no se contenta- ba con vivir al interior de la sacristía, sino que deseaba que sus miembros se comprometieran con la realiza- ción del Reino de Dios que iniciaba ya en esta historia, aunque tuviera su consumación en la vida futura. Así, la misión del IMDOSOC se presenta de la siguiente manera: “Somos una institución de laicos católicos, con espíritu ecuménico, en diálogo con las culturas; cuya misión es contribuir a formar la conciencia personal y social, para construir una realidad social justa a la luz del Evangelio y a través de la investigación, la enseñanza y la difu- sión del pensamiento social cristia- no”. Así con toda claridad, nuestro instituto no abdica, como ya lo se- ñalaba la Gaudium et Spes, de rea- lizar un trabajo de construcción de un orden más justo que haga suyos los reclamos de aquellos que ven mermada su dignidad humana por otros como ellos que sólo piensan en su propio bienestar, tal como lo ha señalado el Papa Francisco en recientes documentos eclesiales. En este marco es que este grupo de mexicanos, como hijos de la Igle- sia, sin saberlo hace más de treinta años hicieron suyas las palabras del Papa Benedicto que señala a la Iglesia como “abogada de la justicia y de los pobres”, 2 una Iglesia que también a partir del Vaticano II mo- dificó su autocomprensión para de- jar de ser la imagen de la sociedad perfecta y retomar aquella imagen paulina de Pueblo de Dios, un pue- blo que camina y vive en la historia y que está comprometida con cada uno de los miembros que la compo- nen, y que deja atrás a la Iglesia sólo como jerarquía; y que enfatizaba la participación activa de los laicos en el crecimiento de la Iglesia y en su misión, su testimonio profético en el mundo, la apertura a la problemáti- ca social contemporánea y la justa autonomía de la realidad terrena. Esto ha llevado al IMDOSOC a vi- sualizarse como una comunidad cristiana que pretende ser comunión eclesial de fe, esperanza y caridad, y que celebra la palabra de Dios en su vida a través de la solidaridad y el compromiso con el mandamiento nuevo del Señor —tal como afirma nuestro ideario—; 3 la primera tarea que se nos impone, tal como lo ha en- señado el propio Jesús y luego el ma- gisterio, es ser discípulos del Señor de la Historia, “lo que pide de todo el ins- tituto desde el comienzo de su misión, se convierta a una opción preferencial y solidaria por los pobres, con miras a su liberación integral”. 4 Ya lo señalaba muy claramente el Documento de Medellín: “La op- ción preferencial por los pobres 2 Benedicto XVI, Discurso Inaugural de la V Conferencia del Episcopado Latinoa- mericano y del Caribe, 13 de mayo 2007. 3 Ideario IMDOSOC II,1. 4 Ibid II,5. Luis Javier Rubio, OP
96 La Cuestión Social Año 24, n. 1 97 La Cuestión Social Año 24, n. 1 tiene como objetivo el anuncio de Cristo Salvador que los ilumina- rá sobre su dignidad, los ayudará en sus esfuerzos de liberación de todas sus carencias y los llevará a la comunión con el Padre y los hermanos, mediante la vivencia de la pobreza evangélica” 5 y más adelante “Esta opción, exigida por la realidad escandalosa de los des- equilibrios económicos en Améri- ca Latina, debe llevar a establecer una convivencia humana digna y fraterna y a construir una socie- dad justa y libre”. 6 Es evidente que el referido docu- mento del Magisterio latinoameri- cano nos interpela por la situación que padecen muchos de nuestros hermanos, es decir, no aludimos a la pobreza elegida voluntariamen- te, ni a la pobreza aceptada desde presupuestos filosóficos o religio- sos. La pobreza que debemos con- siderar principalmente en nuestro quehacer por la implantación de la justicia es la pobreza impuesta y, por tanto, objetivamente inco- herente con la situación ideal de la persona y menos de los hijos de Dios, lo cual se convierte en crite- rio fundamental para guiarnos en todas nuestras actividades. 7 Así lo escribía don Lorenzo Servitje en un artículo en el periódico Reforma: “No hay duda de que la pobreza inhumana, la que implica el sufri- miento involuntario del desampa- rado y el inocente, la que degrada y destruye al ser humano, la que le 5 Documento de Medellín, 1153. 6 Ibid, 1154. 7 Cfr. Ideario, IMDOSOC, II,5. impide vivir con dignidad y obrar bien y que sufre sin esperanza, no sólo no podemos aceptarla, sino que debemos combatirla”. 8 Resultado de esta atención por aquellos que padecen la pobreza, la cual constituye un signo de nues- tro tiempo, es la labor que realiza el Instituto y se verá favorecida al ha- cerla creíble, tal como lo manifiesta el Documento de Puebla: “Para que nuestra enseñanza social sea creíble y aceptada por todos debe respon- der de manera eficaz a los desafíos y problemas graves que surgen de nuestra realidad latinoamericana”. 9 No podemos olvidar que el resu- men de la predicación de Jesús se podría concentrar en estas palabras: “La salvación ha llegado a los pobres, a los pecadores” (Lc 4,18). El mate- rial de los Evangelios sobre este par- ticular es inmenso; los Sinópticos, por ejemplo, resaltan la compasión de Jesús como reacción solidaria ante situaciones de pobreza, de ne- cesidad o de dolor humano. 10 De tal manera que el estar cerca de los excluidos es una de las convicciones profundas de Jesús: se constata in- cluso en Él mismo que presenta la opción por los pobres como el dis- tintivo o señal de identidad de su mi- sión (Lc. 4,16-22; 7,22; Mt. 11,2-15). 8 Reforma, 14 de junio de 2006. 9 Documento de Puebla, 476. 10 El término ‘compasión’ aparece cinco veces en Mateo, cuatro en Marcos y tres en Lucas. Cfr. Camacho, Idelfonso, Pra- xis cristiana III, Opción por la justicia y la libertad, Paulinas, Madrid, 1986, 47. El compromiso político de los católicos a la luz de Gaudium et Spes En este sentido es que el mismo Juan Pablo II, ante los Obispos de Perú, declaró que la opción por los pobres va más allá de cualquier ideología: “La Iglesia quiere man- tener su opción preferencial por los pobres, el imprescindible cla- mor por la justicia y la necesidad solidaria con el pobre no necesita hipotecarse de ideologías extrañas a la fe, como si fueran éstas las que guardan el secreto de una verdade- ra eficacia, recordemos que opción por el pobre surge en las propias entrañas del Evangelio”. 11 Es precisamente desde esta re- flexión que el IMDOSOC entiende que no hacer suya la opción pre- ferencial por los pobres implicaría no realizar a cabalidad el propósi- to último para el que fue creado: extender el Reino de Dios y su justicia, en palabras de la Madre Teresa de Calcuta: “El mayor pe- cado es la falta de amor y caridad, la tremenda indiferencia hacia el propio vecino que yace al borde de la carretera víctima de la ex- plotación, de la corrupción, de la miseria o de la enfermedad”. Así, entendemos la afirmación tajante de Benedicto XVI en Aparecida: “Por eso, hoy queremos ratificar y potenciar la opción del amor pre- ferencial por los pobres hecha en las Conferencias anteriores”. 12 “Los pueblos latinoamericanos y caribeños tienen derecho a una vida plena, propia de los hijos de Dios, con 11 Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de Perú, 4 de octubre de1984. 12 Documento de Aparecida, 396. unas condiciones más humanas: li- bres de las amenazas del hambre y de toda forma de violencia”. 13 Estas pa- labras pronunciadas por el Papa Be- nedicto XVI en la inauguración de los trabajos del V CELAM, en Aparecida, Brasil, justifican muy bien el trabajo que ha venido realizando el IMDOSOC desde su fundación —hace más de 30 años—, pero que sigue siendo tan vi- gente como entonces. En conclusión, el IMDOSOC será cada vez más fiel a su naturaleza y al proyecto fundacional que le dio origen, en la medida que logre ser un instrumento, una mediación, para la transformación de una realidad generadora de pobreza y marginación, en una realidad pro- motora del respeto a la dignidad humana y de la implantación de instituciones que garanticen rela- ciones de justicia entre todos los miembros de la sociedad; todo esto inspirado y orientado por la doctri- na social cristina y la reflexión que se ha realizado sobre ella. 13 Benedicto XVI, Discurso Inaugural de la V Conferencia del Episcopado Latinoameri- cano y del Caribe, 13 de mayo de 2007. Luis Javier Rubio, OP
98 La Cuestión Social Año 24, n. 1 99 La Cuestión Social Año 24, n. 1 “No apaguéis el espíritu”: del Vaticano II a Evangelii Gaudium Santiago Madrigal SI A l hacer memoria del Vatica- no II, a cincuenta años de su clausura, quisiera evocar el hilo directriz de una conferencia que K. Rahner pronunció el 1 de junio de 1962 en Salzburgo: “No apaguéis el Espíritu” (1 Tes 5, 19), 1 que puede servir de referencia para hacer unas consideraciones finales que hablan de su significado permanente para la Iglesia de hoy. El teólogo jesuita partía de este interrogante: ¿a quién se le va a pasar por la cabeza querer oponer obstinadamente resistencia al Espíri- tu Santo? ¿Cómo podría la Iglesia apa- gar ese Espíritu que, según el Apóstol, actúa de múltiples formas? Rahner recomendaba audacia y coraje para soportar las tensiones internas y corrientes opuestas den- tro de la comunidad eclesial. En el caso del Vaticano II, desde sectores tradicionalistas, no han faltado in- tentos de apagar el Espíritu, unos radicalmente anti-concilio, 2 otros más sutiles que le reconocen un vago sentido pastoral para amino- 1 Puede verse en Escritos de Teología VII, Taurus, Madrid, 1969, 84-99. 2 Cf. D. Menozzi, “El anticoncilio (1966- 1984)”, en G. Alberigo - J. P. Possua (eds.), La recepción del Vaticano II, Cristiandad, Madrid, 1987, 385-413. rar y rechazar la fuerza doctrinal de sus enseñanzas. 3 Por eso, la ex- hortación paulina “no apaguéis el Espíritu” conserva todo su vigor re- mozada en estas observaciones de monseñor Ricardo Blázquez: “Fren- te a todo intento de desacreditación o de valorar el Concilio a la baja o iuxta modum debe ser releído en sus documentos, utilizando las nor- mas adecuadas de interpretación. En verdad, el Espíritu del Señor ha hablado a su Iglesia en el Concilio». 4 En esta misma línea, el Cardenal W. Kasper afirmaba: “Para avanzar es preciso no hacer un mito del Con- cilio o reducir al Concilio simple- mente a un par de tópicos baratos. Tampoco debe ser utilizado como cantera para sacar de ella las tesis deseadas en cada caso. Se necesita 3 En esta línea tradicionalista se sitúan varios estudios: B. Gherardini, Vaticano II: una explicación pendiente, Gaudete, Larraya-Navarra, 2011; R. de Mattei, Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta, Lindau, Turín, 2010; S. M. Lan- zetta, Iuxta modum. Il Vaticano II riletto alla luce della Tradizione della Chiesa, Cantagalli, Siena, 2012. 4 R. Blázquez, “El Concilio Vaticano II: significado actual para la Iglesia”, en V. Vide – J. R. Villar (eds.), El Concilio Va- ticano II. Una perspectiva teológica, San Pablo, Madrid, 2013, 34. Santiago Madrigal SI una hermenéutica conciliar, esto es, una interpretación reflexionada». 5 A ello se han orientado las evoca- ciones del Vaticano II durante estos días de nuestro coloquio: el concilio aparecía como un nuevo comienzo y con su mensaje final arraigado en el anuncio de la misericordia de Dios para toda la humanidad. Ahora bien, el lema paulino “no apaguéis el Espí- ritu” se convierte en un imperativo urgente, también de otras maneras, por otros caminos. Porque nos in- terpela sobre nuestros cansancios y rutinas: ¿qué queremos los cris- tianos para los próximos años? ¿Tenemos el coraje suficiente para ocuparnos de las grandes cuestio- nes de hoy? ¿No son nuestra pre- dicación y nuestro anuncio de la fe demasiado tradicionales? ¿Por dón- de quiere soplar hoy en nuestra Igle- sia ese Espíritu que todo lo renueva y que parece soplar desde el sur? Todo lo que hay de bueno y ya conseguido en la Iglesia posconciliar no puede dispensarnos del imperativo inscrito en la difícil pregunta urgida por K. Rahner: ¿qué hemos de hacer para no apagar el fuego del Espíritu? La audacia y el coraje recomenda- dos por el gran teólogo del Concilio Vaticano II han cobrado forma y figura en el mensaje central lanza- do por el Papa Bergoglio. El Papa argentino ha perdido poco tiempo en especulaciones sesudas sobre la recepción y la hermenéutica del Va- 5 W. Kasper, “Renovación a partir del ori- gen. Para la interpretación y recepción del Concilio Vaticano II”, en V. Vide – J. R. Villar (eds.), El Concilio Vaticano II, o.c., 67. ticano II. En su primera entrevista afirmó escuetamente: “El Vaticano II supuso una relectura del Evange- lio a la luz de la cultura contempo- ránea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio”. 6 En este sentido, su exhortación apostólica sobre la alegría del Evan- gelio incluye —desde su declarado carácter programático— una se- rie de elementos que propician un relanzamiento de la recepción del Vaticano II en sus líneas más pro- fundas. Dicho en forma de tesis: la exhortación apostólica Evangelii Gaudium contiene un genuino im- pulso misionero que no sólo hun- de sus raíces en el acontecimiento conciliar, sino que además proyecta para el futuro una clave inequívoca de aplicación y recepción del Conci- lio con su llamada a la transforma- ción misionera de la Iglesia, según reza el título de su capítulo primero (EG, 19-49). En términos de la filo- sofía hermenéutica, se puede decir que es posible trazar una fusión de horizontes entre las intenciones más fecundas de los Papas del Con- cilio (S. Juan XXIII y el beato Pablo VI), sostenidas a su vez por el ma- gisterio de sus sucesores (S. Juan Pablo II y Benedicto XVI) y las pro- puestas del Papa Francisco. I “No apaguéis el Espíritu” signifi- ca, en primer término, dar curso a esa metáfora de una Iglesia en sali- da, que entraña una visión de Igle- 6 Razón y Fe 268, 2013, 267.
100 La Cuestión Social Año 24, n. 1 101 La Cuestión Social Año 24, n. 1 “No apaguéis el espíritu”: del Vaticano II a Evangelii Gaudium sia como comunidad misionera: “La intimidad de la Iglesia con Je- sús es una intimidad itinerante, y la comunión ‘esencialmente se confi- gura como comunión misionera’”. 7 La andadura del Vaticano II arran- ca del mandato misionero del Se- ñor (cf. Mt 28, 19-20), que estuvo a la base del plan de Suenens para el Concilio. La intuición de fondo era muy sencilla: el trabajo conciliar se debía organizar en torno a este do- ble eje: Iglesia ad intra e Iglesia ad extra, es decir, la Iglesia que se mira a sí misma y la Iglesia vuelta hacia el mundo para hacerse cargo de los problemas que tiene planteados la humanidad (persona humana, in- violabilidad de la vida, justicia so- cial, evangelización de los pobres, vida económica y política, guerra y paz). 8 El prelado belga consideraba que la intención de Juan XXIII de un concilio pastoral, formulada en su alocución Gaudet Mater Ecclesia, significaba poner “a toda la Iglesia en estado de misión”. 9 Al leer el pasaje de la exhortación apostólica del Papa Francisco que habla de “constituirnos en todas las regiones en estado permanente de misión” (EG, 25), nos reencontra- 7 Evangelii Gaudium, 23 (en adelante, EG). La cita interna está tomada de la exhortación apostólica postsinodal Christifideles Laici, 32. 8 S. Madrigal, “Recuerdos y esperanzas del cardenal Suenens”, en Id., Memoria del Concilio. Diez evocaciones del Vati- cano II, Publicaciones U. P. Comillas- Desclée de Brouwer, Bilbao-Madrid, 2005, 69-101. 9 L. J. Cardenal Suenens, Recuerdos y es- peranzas, Edicep, Valencia, 2000, 95. mos con la aspiración más honda que asistía internamente al plan del concilio pastoral vislumbrado por Juan XXIII y corroborado por Pablo VI en su encíclica programática Ec- clesiam Suam. Poco después de la clausura del Concilio, J. Ratzinger redactó un estudio sobre la misión en los documentos conciliares a la luz de este presupuesto: si se quiere calibrar cuál es el peso específico de un tema conciliar, no basta indagar qué dice el documento correspon- diente, sino que hay que rastrear la presencia de esa materia en el re- pertorio general de los otros textos aprobados. En consecuencia, aquel ensayo rastreaba las afirmaciones conciliares sobre el tema misione- ro fuera del decreto Ad Gentes. De entrada, identificaba su fundamen- tación en la constitución sobre la Iglesia y reconstruía su presencia en los decretos sobre el apostolado seglar y sobre el ministerio de los presbíteros, sin olvidar el proble- ma mismo de las misiones, es decir, la dialéctica que se establece entre el mandato misionero y la libertad religiosa, entre el anuncio del Evan- gelio y las otras religiones no cris- tianas; por consiguiente, tomaba en consideración las declaraciones so- bre la libertad religiosa (Dignitatis Humanae) y sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristia- nas (Nostra Aetate). 10 10 Puede verse en castellano en J. Ratzin- ger, “Declaraciones conciliares acer- ca de las misiones, fuera del decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia”, en El nuevo pueblo de Dios. Es- quemas para una eclesiología, Herder, Barcelona, 1971, 417-446. En suma: la apertura misionera de la Iglesia es un transversal del Vaticano II que fue relanzado por la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi (1975) y por la encícli- ca Redemptoris Missio (1990) de S. Juan Pablo II. Estos documen- tos, forjadores de la llamada nueva evangelización, constituyen junto con el documento final de Apare- cida (2007) los verdaderos pilares de Evangelii Gaudium, cuyo pri- mer capítulo arranca del mandato misionero de Jesús (EG, 19): “Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a ob- servar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 19-20). “Hoy, en este ‘id’ de Jesús —escribe Francisco—, están presentes los escenarios y los de- safíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva ‘sali- da’ misionera” (EG, 20). II Ahora bien, en la mente del Papa Francisco esta dimensión misione- ra está al servicio de la reforma per- manente de la Iglesia. “No apaguéis el Espíritu” significa, en segundo lugar, la profunda renovación de las estructuras eclesiales. Su programa se puede condensar en esta frase: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estruc- tura eclesial se convierta en un cau- ce adecuado para la evangelización” (EG, 27). Bergoglio —según revela su estrecho colaborador, monseñor Víctor Fernández— 11 admira pro- fundamente el pensamiento de Pa- blo VI en este aspecto concreto: “Está en línea de la encícli- ca Ecclesiam Suam, según la cual ‘la Iglesia debe profun- dizar en la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio… De esta iluminada y operada con- ciencia brota un espontáneo deseo de comparar la imagen ideal de la Iglesia —tal como Cristo la vio, la quiso y la amó como Esposa suya santa e inmaculada— y el rostro real que hoy la presenta… Brota, por lo tanto, un anhe- lo generoso y casi impacien- te de renovación, es decir, de enmienda de los defectos que denuncia y refleja la conciencia, a modo de exa- men interior frente al espe- jo del modelo que Cristo nos dejó de sí’. Por consiguiente, una reforma de sí misma por fidelidad a Cristo”. 12 Es notable, por tanto, esta cone- xión entre misión y reforma. De ahí que la exhortación acuda explícita- mente al pasaje del decreto sobre el ecumenismo que habla de una re- forma permanente de la Iglesia por fidelidad a Jesucristo (UR, 6): “Toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación […] Cristo 11 V. M. Fernández – P. Rodari, La Iglesia del Papa Francisco, San Pablo, Madrid, 2014, 32-33. 12 La cita en EG, 26. Santiago Madrigal SI
102 La Cuestión Social Año 24, n. 1 103 La Cuestión Social Año 24, n. 1 llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad”. 13 La clave de la eclesio- logía pastoral del Papa Francisco se sustancia en esta cláusula: “conver- sión misionera para la reforma de la Iglesia”. La evangelización cuestiona el ser y la vida de la Iglesia. Y bien, ¿qué éxodos ha de emprender la Iglesia en salida misionera? ¿Cuál es el programa de reforma o cuáles son las salidas de esta Iglesia? En primer término, salir de la in- troversión eclesial. Hacer real este descentramiento exige una conver- sión misionera de las estructuras: la parroquia, las comunidades de base, las pequeñas comunidades y movimientos. Las Iglesias loca- les, sujeto primario de la evange- lización, deben situarse en “salida constante hacia las periferias de su propio territorio o hacia los nuevos ámbitos socioculturales” (EG, 30). La pastoral en clave misionera ha de abandonar el cómodo criterio del “siempre se ha hecho así” (EG, 33). Hay que repensar los objetivos, la estructura, el estilo y los métodos de evangelización en las propias comunidades. Por otro lado, este descentramiento incluye un proce- so de “descentralización” (EG, 16) que habrá de plasmarse en el modo de ejercicio de la autoridad prima- cial, del relanzamiento de las confe- rencias episcopales (EG, 32), de la puesta en práctica de los mecanis- mos de participación previstos en el Código de Derecho Canónico (EG, 13 Nuevamente en EG, 26. 31). Francisco valora muy positiva- mente la experiencia ortodoxa de la colegialidad y de la sinodalidad (EG, 246), de la que nuestra Iglesia tiene mucho que aprender. Y, de hecho, una de sus primeras decisiones, la de rodearse de un grupo de Carde- nales de todo el mundo (el llamado G-9) para la reforma de la Iglesia, está en sintonía con la propuesta lanzada en los debates conciliares de un consilium episcoporum, es decir, un consejo apostólico supre- mo de la Iglesia que asiste al Papa, a quien corresponde como cabeza la última palabra. III En este proceso de descentramien- to existe una forma perversa de apa- gar el Espíritu que es la enfermedad de la “mundanidad espiritual”. 14 Se trata de una enfermedad que puede afectar a los agentes pastorales (EG, 93-97), pero que en realidad es un diagnóstico sobre la organización y el funcionamiento de las mismas estructuras eclesiales, estructuras rígidas y poco acogedoras de nues- tras parroquias y comunidades a las que les falta espíritu evangélico, de modo que buena parte de los bauti- zados no experimentan con gozo su pertenencia a la Iglesia (EG, 63). Esta mundanidad espiritual combina el vivir centrado en sí mismo con una apariencia religiosa vacía de Dios. En el fondo, so pretexto espiritual lo que se hace es “buscar en lugar de la gloria de Dios, la gloria humana y el bienestar personal” (EG, 93). En 14 La expresión está tomada de Henri de Lubac, citado en EG, 93, nota 71. “No apaguéis el espíritu”: del Vaticano II a Evangelii Gaudium esta línea, la Iglesia queda reducida a una institución de origen y gestión humana, “clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”. Para salir de esa mundanidad es- piritual “hay que poner a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres. ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales!” (EG, 97). Superar la enfermedad de la mun- danidad espiritual es una condición indispensable para alumbrar una Iglesia pueblo de Dios que anuncia el Evangelio: “Este sujeto de evan- gelización es más que una institu- ción orgánica y jerárquica, porque es ante todo un pueblo que pere- grina hacia Dios. Es ciertamente un misterio que hunde sus raíces en la Trinidad, pero tiene su concreción histórica en un pueblo peregrino y evangelizador” (EG, 111). Estas re- flexiones de la exhortación apostóli- ca recrean el contenido del capítulo II de la constitución Lumen Gentium, dando curso a las perspectivas ecle- siológicas que han madurado en la reflexión pastoral de la teología del pueblo desplegada en Argentina. 15 Como en el texto Lumen Gentium, la categoría ‘pueblo’ pone de mani- fiesto la común dignidad bautismal de todos los cristianos. Entre ellos no hay más diferencias que las que afectan al servicio: la minoría de los ministros ordenados se encuentra al servicio de la inmensa mayoría del 15 Véase el capítulo “El pueblo. ¿Qué pue- blo?” en V. M. Fernández – P. Rodari, La Iglesia del papa Francisco, o.c., 121-141. Pueblo de Dios, que son los laicos (EG, 102). Esta eclesiología popular recuerda que todo el pueblo es mi- sionero y ha recibido el encargo de anunciar el evangelio (EG, 112-114). “No apaguéis el Espíritu”, porque esta noción de ‘pueblo de Dios’ in- cluye a todos, laicos y ministros, pa- rroquias y movimientos, con todos sus carismas. De manera especial subraya la presencia del sensus fidei en todo el pueblo de Dios, su infa- libilidad in credendo: “ahí actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar” (EG, 119). Francisco invita a que cada bautiza- do viva esa misión como verdadero protagonista, que experimente esa llamada a evangelizar como dirigida personalmente a él (EG, 119-126). Y en cuanto al estilo evangelizador, nos recuerda que el Evangelio se anuncia eclesialmente, viviendo el gusto espi- ritual de ser pueblo (EG, 268-274). En la noción de pueblo de Dios anida un reto que significa un éxo- do y una salida de la Iglesia, el de la catolicidad inculturada: el único pueblo de Dios “se encarna en los pueblo de la tierra, cada uno de los cuales tiene su propia cultura” (EG, 115-118). La cultura se entiende aquí como la totalidad de la vida de un pueblo, de modo que es un ins- trumento muy apto para entender las diferentes formas de vida que se dan cita en el pueblo de Dios, en Asia, en África, en Latinoamérica. En una palabra: no existe una única cultura cristiana, sino que la gracia supone la cultura. La Iglesia es un pueblo con muchos rostros, y nadie puede sacralizar vanidosamente la propia cultura. Santiago Madrigal SI
104 La Cuestión Social Año 24, n. 1 105 La Cuestión Social Año 24, n. 1 IV Francisco prolonga así la inter- pretación rahneriana del Vaticano II, como “la primera realización de la Iglesia mundial”. En su desarrollo interno, la Iglesia de América Latina hizo notar su presencia corporati- va a través del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), puesto en marcha en 1955 de la mano de sus representantes más eximios (Helder Câmara, Manuel Larraín, R. Silva Henríquez), muy preocupa- dos por llevar al aula los problemas de los pueblos subdesarrollados en la línea de la constitución pas- toral Gaudium et Spes. Sin duda, la celebración del Concilio ayudó a la formación de la conciencia del pue- blo latinoamericano. 16 También a la hora de la recepción del Vaticano II, el CELAM ha venido desempeñan- do un papel de guía asumiendo la tarea de emprender una reflexión y una acción pastoral específica en el continente latinoamericano. Es interesante constatar que G. Gutié- rrez asumió esa interpretación rah- neriana del Concilio para explicar su recepción en Latinoamérica a través de las conferencias de Medellín y Puebla, 17 su maduración específi- 16 Cf. M. McGrath, “La creazione della cos- cienza di un popolo latinoamericano. Il CELAM ed il concilio Vaticano II”, en M. T. Fattori – A. Melloni (eds.), L’evento e le decisioni. Studi sulle dinamiche del concilio Vaticano II, Il Mulino, Bolonia, 1997, 135-142. S. Scatena, In populo pauperum. La Chiesa latinoamericana dal Concilio a Medellín (1962-1968), Il Mulino, Bolonia, 2008. 17 G. Gutiérrez, “La recepción del Vatica- no II en Latinoamérica. El lugar teo- ca a la luz de esta pregunta: ¿cómo ser sacramento universal de salva- ción en un continente marcado por la pobreza y la injusticia? Con este objetivo de hacer propio el mensaje conciliar y de aplicarlo a sus comuni- dades, el CELAM preparó la segunda conferencia general de los obispos de Latinoamérica, que tuvo lugar en Medellín (1968), dando curso a una recepción selectiva y creativa del Concilio expresada en la maduración de la opción preferencial por los po- bres, que ha llegado hasta Aparecida a través de Puebla y Santo Domingo. Una Iglesia en salida es una Iglesia que sale a las periferias. En este sen- tido, Francisco ha hecho una llama- da a ser “una Iglesia de los pobres y para los pobres”. Éste había sido un desiderátum de S. Juan XXIII, formu- lado en su famoso discurso radiofó- nico del 11 de septiembre de 1962, un mes antes de la inauguración del Concilio. Esta línea de fondo fue re- tomada por el Cardenal Lercaro en su intervención en el aula del 6 de diciembre de 1962, cuando se bus- caba un plan orgánico para el Con- cilio. 18 Esta problemática no estuvo ausente en los debates conciliares y en la mente de los padres. Du- rante el despliegue del Vaticano II, el grupo extra aulam denominado “la Iglesia de los pobres” se esforzó para que los documentos concilia- res asumieran los problemas del lógico ‘La Iglesia y los pobres’”, en G. Alberigo - J. P. Possua (eds.), La recep- ción del Vaticano II, o.c., 213-237. 18 Cf. S. Madrigal, “El liderazgo caris- mático de Suenens y de Lercaro en el Vaticano II”: Estudios Eclesiásticos 90, 2015, 3-39. “No apaguéis el espíritu”: del Vaticano II a Evangelii Gaudium subdesarrollo y del tercer mundo, con una plasmación específica en la constitución sobre la Iglesia (LG, 8), en el decreto sobre la actividad mi- sionera de la Iglesia (AG, 5) y en el mismo arranque de la constitución pastoral, que habla de una Iglesia sensible a las alegrías y a las espe- ranzas de los hombres, en particu- lar de los más pobres (GS, 1). “No apaguéis el Espíritu” significa, por tanto, revalidar el sentido profun- do del pacto de las catacumbas, el llamado esquema XIV, firmado por un grupo de obispos poco antes de la clausura del Concilio, que entraña un modo de ser Iglesia servidora de los pobres y que habla de un modo nuevo de ejercer el ministerio pas- toral en esta clave de servicio. 19 Con su idea de una Iglesia madre de corazón abierto, una Iglesia con las puertas abiertas, llamada a ser siempre la casa abierta del Padre, Francisco actualiza con una espe- cial intensidad la lógica y la medi- cina de la misericordia, que trae a la memoria las palabras decisi- vas de la alocución inaugural del Concilio, Gaudet Mater Ecclesia. El magisterio de orientación pasto- ral debe saber usar, a la hora de la evangelización, en medio de situa- ciones socioculturales muy com- plejas, el principio de jerarquía de verdades (UR, 11). Concluyamos con uno de los pasajes más inspi- 19 Cf. S. Madrigal, “El pacto de las cata- cumbas: un espejo de pastores. Teolo- gía y praxis del ministerio episcopal”, en X. Pikaza – J. Antunes (eds.), El pacto de las catacumbas y la misión de los po- bres en la Iglesia, Verbo Divino, Estrella, 2015, 141-160. rados de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium: “Salgamos, salgamos a ofre- cer a todos la vida de Jesu- cristo. Repito aquí para toda la Iglesia lo que muchas ve- ces he dicho a los sacerdo- tes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia acci- dentada, herida y mancha- da por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausu- rada en una maraña de obse- siones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos san- tamente y preocupar nues- tra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizon- te de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las nor- mas que nos vuelven jueces implacables, en las costum- bres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrien- ta y Jesús nos repite sin can- sarse: ‘Dadles vosotros de comer’ (Mc 6, 37)” (EG, 49). Santiago Madrigal SI
106 La Cuestión Social Año 24, n. 1 107 La Cuestión Social Año 24, n. 1 E n las audiencias generales hay a menudo personas o grupos pertenecientes a otras re- ligiones; pero hoy, esta presencia es del todo particular para recor- dar juntos el 50º Aniversario de la Declaración del Concilio Vaticano II Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia católica con las religio- nes no cristianas. Este tema estaba fuertemente en el corazón del bea- to Papa Pablo VI, que en la fiesta de Pentecostés del año anterior al final del Concilio había instituido el Secretariado para los No Cristianos, hoy Consejo Pontificio para el Diá- logo Interreligioso. Expreso por eso mi gratitud y mi calurosa bienveni- da a personas y grupos de diferen- tes religiones, que hoy han querido estar presentes, especialmente a quienes vienen de lejos. El Concilio Vaticano II ha sido un tiempo extraordinario de reflexión, diálogo y oración para renovar la mirada de la Iglesia católica sobre sí misma y sobre el mundo. Una lectura de los signos de los tiempos en miras a una actualización orien- tada a una doble fidelidad: fidelidad a la tradición eclesial y fidelidad a la historia de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. De hecho Dios, que se ha revelado en la creación y en la historia, que ha hablado por medio de los profetas y completa- mente en su Hijo hecho hombre (cfr Heb 1,1), se dirige al corazón y al espíritu de cada ser humano que busca la verdad y los caminos para practicarla. El mensaje de la declaración Nos- tra Aetate es siempre actual. Re- cuerdo brevemente algunos puntos: La creciente interdependen- cia de los pueblos (cfr n. 1); La búsqueda humana de un sentido de la vida, del sufri- miento, de la muerte, pregun- tas que siempre acompañan nuestro camino (cfr n.1); El origen común y el desti- no común de la humanidad (cfr n. 1); La unicidad de la familia hu- mana (cfr n. 1); Las religiones como búsque- da de Dios o del Absoluto, en el interior de las varias et- nias y culturas (cfr n. 1); La mirada benévola y atenta de la Iglesia sobre las religio- nes: ella no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de bello y verdadero (cfr n. 2); La Iglesia mira con estima los creyentes de todas las religio- 50 aniversario de Nostra Aetate. Catequesis del Papa Queridos hermanos y hermanas, buenos días, nes, apreciando su compromi- so espiritual y moral (cfr n. 3); La Iglesia abierta al diálogo con todos, y al mismo tiempo fiel a la verdad en la que cree, por comenzar en aquella que la salvación ofrecida a todos tiene su origen en Jesús, úni- co salvador, y que el Espíritu Santo está a la obra, fuente de paz y amor. Son tantos los eventos, las inicia- tivas, las relaciones institucionales o personales con las religiones no cristianas de estos últimos cincuen- ta años, y es difícil recordar todos. Un hecho particularmente significativo ha sido el Encuentro de Asís del 27 de octubre de 1986. Éste fue querido y promovido por san Juan Pablo II, quien un año antes —es decir, hace treinta años—, dirigiéndose a los jóvenes musulmanes en Casablan- ca deseaba que todos los creyentes en Dios favorecieran la amistad y la unión entre los hombres y los pue- blos (19 de agosto de 1985). La llama, encendida en Asís, se ha extendido en todo el mundo y constituye un signo permanente de esperanza. Una especial gratitud a Dios me- rece la verdadera y propia trans- formación que ha tenido en estos 50 años la relación entre cristianos y judíos. Indiferencia y oposición se transformaron en colaboración y benevolencia. De enemigos y ex- traños nos hemos transformado en amigos y hermanos. El Concilio, con la declaración Nostra Aetate, ha trazado el camino: al redescubri- miento de las raíces judías del cris- tianismo; no a cualquier forma de antisemitismo y condena de todo in- sulto, discriminación y persecución que se derivan. El conocimiento, el respeto y la estima mutua constitu- yen el camino que, si vale en modo peculiar para la relación con los judíos, vale análogamente también para la relación con las otras reli- giones. Pienso en particular en los musulmanes, que —como recuerda el Concilio— «adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericor- dioso y omnipotente, creador del cielo y de la tierra, que ha hablado a los hombres» (Nostra Aetate, 5). Ellos se refieren a la paternidad de Abraham, veneran a Jesús como profeta, honran a su Madre virgen, María, esperan el día del juicio y practican la oración, la limosna y el ayuno (cfr ibid). El diálogo que necesitamos no puede ser sino abierto y respetuo- so, y entonces se revela fructífero. El respeto recíproco es condición y, al mismo tiempo, fin del diálogo in- terreligioso: respetar el derecho de otros a la vida, a la integridad física, a las libertades fundamentales, es decir a la libertad de conciencia, de pensamiento, de expresión y de religión. El mundo nos mira a nosotros los creyentes, nos exhorta a colaborar entre nosotros y con los hombres y las mujeres de buena voluntad que no profesan alguna religión, nos pide respuestas efectivas sobre numero- sos temas: la paz, el hambre, la mise- ria que aflige a millones de personas, la crisis ambiental, la violencia, en particular aquella cometida en nom- Papa Francisco
108 La Cuestión Social Año 24, n. 1 109 La Cuestión Social Año 24, n. 1 bre de la religión, la corrupción, el degrado moral, la crisis de la familia, de la economía, de las finanzas y so- bre todo de la esperanza. Nosotros creyentes no tenemos recetas para estos problemas, pero tenemos un gran recurso: la oración. Y nosotros creyentes rezamos, debemos rezar. La oración es nuestro tesoro, a la que nos acercamos según nuestras res- pectivas tradiciones, para pedir los dones que anhela la humanidad. A causa de la violencia y del terro- rismo se ha difundido una actitud de sospecha o incluso de condena de las religiones. En realidad, aun- que ninguna religión es inmune del riesgo de desviaciones fundamen- talistas o extremistas en individuos o grupos (cfr Discurso al Congreso de Estados Unidos, 24 de septiem- bre de 2015), es necesario mirar los valores positivos que viven y propo- nen y que son fuentes de esperanza. Se trata de alzar la mirada para ir más allá. El diálogo basado sobre el confiado respeto puede llevar semi- llas de bien que se transforman en brotes de amistad y de colaboración en tantos campos, y sobre todo en el servicio a los pobres, a los peque- ños, a los ancianos, en la acogida de los migrantes, en la atención a quien es excluido. Podemos caminar jun- tos cuidando los unos de los otros y de lo creado. Todos los creyentes de cada religión. Juntos podemos ala- bar al Creador por habernos dado el jardín del mundo para cultivar y cuidar como bien común, y pode- mos realizar proyectos compartidos para combatir la pobreza y asegurar a cada hombre y mujer condiciones de vida dignas. El Jubileo Extraordinario de la Mi- sericordia, que está delante de no- sotros, es una ocasión propicia para trabajar juntos en el campo de las obras de caridad. Y en este campo, donde cuenta sobre todo la com- pasión, pueden unirse a nosotros tantas personas que no se sienten creyentes o que están en búsque- da de Dios y de la verdad, perso- nas que ponen al centro el rostro del otro, en particular el rostro del hermano y de la hermana necesita- dos. Pero la misericordia a la cual somos llamados abraza a todo el creado, que Dios nos ha confiado para ser cuidadores y no explota- dores, o peor todavía, destructo- res. Debemos siempre proponernos dejar el mundo mejor de como lo hemos encontrado (cfr Laudato Si’, 194), a partir del ambiente en el cual vivimos, de nuestros pequeños gestos de nuestra vida cotidiana. Queridos hermanos y hermanas, en cuanto al futuro del diálogo in- terreligioso, la primera cosa que debemos hacer es rezar. Y rezar los unos por los otros, somos hermanos. Sin el Señor, nada es posible; con Él, ¡todo se convierte! Que nuestra ora- ción, cada uno según la propia tradi- ción, pueda adherirse plenamente a la voluntad de Dios, quien desea que todos los hombres se reconozcan hermanos y vivan como tal, forman- do la gran familia humana en la ar- monía de la diversidad. Gracias. Papa Francisco 28 de octubre de 2015 1. D ios no es indiferente. A Dios le importa la humanidad, Dios no la abandona. Al comienzo del nuevo año, qui- siera acompañar con esta profunda convicción los mejores deseos de abundantes bendiciones y de paz, en el signo de la esperanza, para el futuro de cada hombre y cada mu- jer, de cada familia, pueblo y nación del mundo, así como para los Jefes de Estado y de gobierno y de los responsables de las religiones. Por tanto, no perdamos la esperanza de que 2016 nos encuentre a todos firme y confiadamente comprome- tidos en realizar la justicia y trabajar por la paz en los diversos ámbitos. Sí, la paz es don de Dios y obra de los hombres. La paz es don de Dios, pero confiado a todos los hombres y a todas las mujeres, llamados a lle- varlo a la práctica. Custodiar las razones de la esperanza 2. Las guerras y los atentados terroristas —con sus trágicas con- secuencias—, los secuestros de per- sonas, las persecuciones por motivos étnicos o religiosos, las prevarica- ciones, han marcado el año pasado, de principio a fin, multiplicándose dolorosamente en muchas regiones del mundo, hasta asumir las formas de la que podría llamar una “Terce- ra Guerra Mundial en fases”. Pero al- gunos acontecimientos de los años pasados y del año apenas concluido me invitan, en la perspectiva del nuevo año, a renovar la exhorta- ción a no perder la esperanza en la capacidad del hombre de supe- rar el mal, con la gracia de Dios, y a no caer en la resignación y en la indiferencia. Los acontecimientos a los que me refiero representan la capacidad de la humanidad de actuar con solidaridad, más allá de los intereses individualistas, de la apatía y de la indiferencia ante las situaciones críticas. Quisiera recordar, entre dichos acontecimientos, el esfuerzo rea- lizado para favorecer el encuen- tro de los líderes mundiales en el ámbito de la COP 21, con la fina- lidad de buscar nuevas vías para afrontar los cambios climáticos y proteger el bienestar de la Tierra, nuestra casa común. Esto nos re- mite a dos eventos precedentes de carácter global: la Conferencia Mundial de Addis Abeba, para re- coger fondos con el objetivo de un desarrollo sostenible del mundo, y la adopción por parte de las Nacio- Vence la indiferencia y conquista la paz 50 aniversario de Nostra Aetate. Catequesis del Papa Mensaje para la 49ª Jornada Mundial de la Paz
110 La Cuestión Social Año 24, n. 1 111 La Cuestión Social Año 24, n. 1 nes Unidas de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, con el ob- jetivo de asegurar para ese año una existencia más digna para todos, sobre todo para las poblaciones po- bres del planeta. El año 2015 ha sido también espe- cial para la Iglesia, al haberse celebra- do el 50 aniversario de la publicación de dos documentos del Concilio Vaticano II que expresan de modo muy elocuente el sentido de solida- ridad de la Iglesia con el mundo. El Papa Juan XXIII, al inicio del Concilio, quiso abrir de par en par las venta- nas de la Iglesia para que fuese más abierta la comunicación entre ella y el mundo. Los dos documentos (Nos- tra Aetate y Gaudium et Spes) son ex- presiones emblemáticas de la nueva relación de diálogo, solidaridad y acompañamiento que la Iglesia pre- tendía introducir en la humanidad. En la declaración Nostra Aetate, la Iglesia ha sido llamada a abrirse al diálo- go con las expresiones religiosas no cristianas. En la constitución pastoral Gaudium et Spes, desde el momento que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hom- bres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”, la Iglesia deseaba instaurar un diálo- go con la familia humana sobre los problemas del mundo, como signo de solidaridad y de respetuoso afecto. En esta misma perspectiva, con el Jubileo de la Misericordia, deseo invi- tar a la Iglesia a rezar y trabajar para que todo cristiano pueda desarrollar un corazón humilde y compasivo, capaz de anunciar y testimoniar la misericordia, de “perdonar y de dar”, de abrirse “a cuantos viven en las más contradictorias periferias existencia- les, que con frecuencia el mundo mo- derno dramáticamente crea”, sin caer “en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye”. Hay muchas razones para creer en la capacidad de la humanidad que actúa conjuntamente en solidaridad, en el reconocimiento de la propia interconexión e interdependencia, preocupándose por los miembros más frágiles y la protección del bien común. Esta actitud de corresponsa- bilidad solidaria está en la raíz de la vocación fundamental a la fraterni- dad y a la vida común. La dignidad y las relaciones interpersonales nos constituyen como seres humanos, queridos por Dios a su imagen y se- mejanza. Como creaturas dotadas de inalienable dignidad, nosotros existimos en relación con nuestros hermanos y hermanas, ante los que tenemos una responsabilidad y con los cuales actuamos en solidariedad. Fuera de esta relación, seríamos me- nos humanos. Precisamente por eso, la indiferencia representa una ame- naza para la familia humana. Cuando nos encaminamos por un nuevo año, deseo invitar a todos a reconocer este hecho, para vencer la indiferen- cia y conquistar la paz. Algunas formas de indiferencia 3. Es cierto que la actitud del in- diferente, de quien cierra el corazón para no tomar en consideración a los otros, de quien cierra los ojos para no ver aquello que lo circunda o se evade para no ser tocado por los problemas de los demás, carac- teriza una tipología humana bas- tante difundida y presente en cada época de la historia. Pero en nues- tros días, esta tipología ha superado decididamente el ámbito individual para asumir una dimensión global y producir el fenómeno de la globali- zación de la indiferencia. La primera forma de indiferencia en la sociedad humana es la indi- ferencia ante Dios, de la cual brota también la indiferencia ante el pró- jimo y ante lo creado. Esto es uno de los graves efectos de un falso huma- nismo y del materialismo práctico, combinados con un pensamiento relativista y nihilista. El hombre piensa ser el autor de sí mismo, de la propia vida y de la sociedad; se siente autosuficiente; busca no sólo reemplazar a Dios, sino prescindir completamente de él. Por consi- guiente, cree que no debe nada a nadie, excepto a sí mismo, y pre- tende tener sólo derechos. Contra esta autocomprensión errónea de la persona, Benedicto XVI recorda- ba que ni el hombre ni su desarrollo son capaces de darse su significado último por sí mismo; y, precedente- mente, Pablo VI había afirmado que “no hay, pues, más que un humanis- mo verdadero que se abre a lo Ab- soluto, en el reconocimiento de una vocación, que da la idea verdadera de la vida humana”. La indiferencia ante el próji- mo asume diferentes formas. Hay quien está bien informado, escucha la radio, lee los periódicos o ve pro- gramas de televisión, pero lo hace de manera frívola, casi por mera costumbre: estas personas conocen vagamente los dramas que afligen a la humanidad pero no se sienten comprometidas, no viven la compa- sión. Ésta es la actitud de quien sabe, pero tiene la mirada, la mente y la acción dirigida hacia sí mismo. Des- graciadamente, debemos constatar que el aumento de las informacio- nes, propias de nuestro tiempo, no significa un aumento de atención a los problemas si no va acompañado por una apertura de las conciencias en sentido solidario. Más aún, esto puede comportar una cierta satura- ción que anestesia y, en cierta me- dida, relativiza la gravedad de los problemas. “Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generaliza- ciones, y pretenden encontrar la solución en una ‘educación’ que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los ex- cluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción, profundamente arraigada en muchos países —en sus gobiernos, empresarios e institucio- nes—, cualquiera que sea la ideolo- gía política de los gobernantes”. La indiferencia se manifiesta en otros casos como falta de atención ante la realidad circunstante, espe- cialmente la más lejana. Algunas personas prefieren no buscar, no informarse y viven su bienestar y su comodidad indiferentes al gri- to de dolor de la humanidad que Vence la indiferencia y conquista la paz. Mensaje para la 49ª Jornada Mundial de la Paz Papa Francisco
112 La Cuestión Social Año 24, n. 1 113 La Cuestión Social Año 24, n. 1 sufre. Casi sin darnos cuenta, nos hemos convertido en incapaces de sentir compasión por los otros, por sus dramas; no nos interesa preo- cuparnos de ellos, como si aquello que les acontece fuera una respon- sabilidad que nos es ajena, que no nos compete. “Cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro cora- zón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien”. Al vivir en una casa común, no podemos dejar de interrogarnos sobre su estado de salud, como he intentado hacer en la Laudato Si’. La contaminación de las aguas y del aire, la explotación indiscrimi- nada de los bosques, la destruc- ción del ambiente, son a menudo fruto de la indiferencia del hombre respecto a los demás, porque todo está relacionado. Como también el comportamiento del hombre con los animales influye sobre sus re- laciones con los demás, por no ha- blar de quien se permite hacer en otra parte aquello que no osa hacer en su propia casa. En éstos y otros casos, la indife- rencia provoca sobre todo cerrazón y distanciamiento, y termina de este modo contribuyendo a la fal- ta de paz con Dios, con el prójimo y con la creación. La paz amenazada por la indiferencia globalizada 4. La indiferencia ante Dios supe- ra la esfera íntima y espiritual de cada persona y alcanza a la esfera pública y social. Como afirmaba Benedicto XVI: “existe un vínculo íntimo entre la glorificación de Dios y la paz de los hombres sobre la tierra”. En efecto, “sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae fácilmente presa del relativismo, re- sultándole difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la paz”. El olvido y la negación de Dios, que llevan al hombre a no reconocer alguna norma por encima de sí y a tomar solamente a sí mismo como norma, han producido crueldad y violencia sin medida. En el plano individual y comuni- tario, la indiferencia ante el próji- mo —hija de la indiferencia ante Dios— asume el aspecto de inercia y despreocupación, que alimenta el persistir de situaciones de injusticia y grave desequilibrio social, los cua- les, a su vez, pueden conducir a con- flictos o, en todo caso, generar un clima de insatisfacción que corre el riesgo de terminar, antes o después, en violencia e inseguridad. En este sentido, la indiferencia y la despreocupación que se de- riva constituyen una grave falta al deber que tiene cada persona de contribuir, en la medida de sus capacidades y del papel que des- empeña en la sociedad, al bien co- mún, de modo particular a la paz, que es uno de los bienes más pre- ciosos de la humanidad. Cuando afecta al plano institucio- nal, la indiferencia respecto al otro, a su dignidad, a sus derechos fun- damentales y a su libertad, unida a una cultura orientada a la ganancia y al hedonismo, favorece —y a ve- ces justifica— actuaciones y polí- ticas que terminan por constituir amenazas a la paz. Dicha actitud de indiferencia puede llegar también a justificar algunas políticas econó- micas deplorables, premonitoras de injusticias, divisiones y violencias, con vistas a conseguir el bienestar propio o el de la nación. En efecto, no es raro que los proyectos eco- nómicos y políticos de los hombres tengan como objetivo conquistar o mantener el poder y la rique- za, incluso a costa de pisotear los derechos y las exigencias funda- mentales de los otros. Cuando las poblaciones se ven privadas de sus derechos elementales, como el ali- mento, el agua, la asistencia sanita- ria o el trabajo, se sienten tentadas a tomárselos por la fuerza. Además, la indiferencia respecto al ambiente natural, favoreciendo la deforestación, la contaminación y las catástrofes naturales que des- arraigan comunidades enteras de su ambiente de vida, forzándolas a la precariedad y a la inseguri- dad, crea nuevas pobrezas, nuevas situaciones de injusticia de con- secuencias a menudo nefastas en términos de seguridad y de paz social. ¿Cuántas guerras ha habido y cuántas se combatirán aún a causa de la falta de recursos o para satisfacer a la insaciable demanda de recursos naturales? De la indiferencia a la misericordia: la conversión del corazón 5. Hace un año, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz “no más esclavos, sino hermanos”, me referí al primer icono bíblico de la fraternidad humana, la de Caín y Abel , y lo hice para llamar la aten- ción sobre el modo en que fue trai- cionada esta primera fraternidad. Caín y Abel son hermanos. Provie- nen los dos del mismo vientre, son iguales en dignidad, y creados a imagen y semejanza de Dios; pero su fraternidad creacional se rompe. “Caín, además de no soportar a su hermano Abel, lo mata por envidia cometiendo el primer fratricidio”. El fratricidio se convierte en para- digma de la traición, y el rechazo por parte de Caín a la fraternidad de Abel es la primera ruptura de las relaciones de hermandad, soli- daridad y respeto mutuo. Dios interviene entonces para lla- mar al hombre a la responsabilidad ante su semejante, como hizo con Adán y Eva, los primeros padres, cuando rompieron la comunión con el Creador. “El Señor dijo a Caín: ‘¿Dónde está Abel, tu hermano?’ Res- pondió Caín: ‘No sé; ¿soy yo el guar- dián de mi hermano?’. El Señor le replicó: ‘¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando des- de el suelo’”. Caín dice que no sabe lo que le ha sucedido a su hermano, dice que no es su guardián. No se sien- te responsable de su vida, de su suerte. No se siente implicado. Es Papa Francisco Vence la indiferencia y conquista la paz. Mensaje para la 49ª Jornada Mundial de la Paz
114 La Cuestión Social Año 24, n. 1 115 La Cuestión Social Año 24, n. 1 indiferente ante su hermano, a pesar de que ambos estén unidos por el mismo origen. ¡Qué triste- za! ¡Qué drama fraterno, familiar, humano! Ésta es la primera ma- nifestación de la indiferencia en- tre hermanos. En cambio, Dios no es indiferente: la sangre de Abel tiene gran valor ante sus ojos y pide a Caín que rinda cuentas de ella. Por tanto, Dios se revela desde el inicio de la humanidad como Aquel que se interesa por la suerte del hombre. Cuando más tarde los hijos de Israel están bajo la esclavitud en Egipto, Dios interviene nuevamente. Dice a Moisés: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He ba- jado a liberarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevar- lo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel”. Es importante destacar los verbos que describen la intervención de Dios: Él ve, oye, conoce, baja, li- bera. Dios no es indiferente. Está atento y actúa. Del mismo modo, Dios, en su Hijo Jesús, ha bajado entre los hombres, se ha encarnado y se ha mostrado solidario con la humanidad en todo, menos en el pecado. Jesús se identi- ficaba con la humanidad: “el primo- génito entre muchos hermanos”. Él no se limitaba a enseñar a la muche- dumbre, sino que se preocupaba de ella, especialmente cuando la veía hambrienta o desocupada . Su mi- rada no estaba dirigida solamente a los hombres, sino también a los peces del mar, a las aves del cielo, a las plantas y a los árboles, pequeños y grandes: abrazaba a toda la crea- ción. Ciertamente, él ve, pero no se limita a esto, puesto que toca a las personas, habla con ellas, actúa en su favor y hace el bien a quien se en- cuentra en necesidad. No solo, sino que se deja conmover y llora. Y ac- túa para poner fin al sufrimiento, a la tristeza, a la miseria y a la muerte. Jesús nos enseña a ser misericor- diosos como el Padre. En la parábo- la del buen samaritano denuncia la omisión de ayuda frente a la urgente necesidad de los semejantes: “lo vio y pasó de largo’”. De la misma ma- nera, mediante este ejemplo, invita a sus oyentes, y en particular a sus discípulos, a que aprendan a dete- nerse ante los sufrimientos de este mundo para aliviarlos, ante las heri- das de los demás para curarlas, con los medios que tengan, comenzando por el propio tiempo, a pesar de tan- tas ocupaciones. En efecto, la indife- rencia busca a menudo pretextos: el cumplimiento de los preceptos rituales, la cantidad de cosas que hay que hacer, los antagonismos que nos alejan los unos de los otros, los pre- juicios de todo tipo que nos impiden hacernos prójimo. La misericordia es el corazón de Dios. Por ello debe ser también el co- razón de todos los que se reconocen miembros de la única gran familia de sus hijos; un corazón que bate fuerte allí donde la dignidad huma- na —reflejo del rostro de Dios en sus creaturas— esté en juego. Jesús nos advierte: el amor a los demás —los extranjeros, los enfermos, los en- carcelados, los que no tienen hogar, incluso los enemigos— es la medi- da con la que Dios juzgará nuestras acciones. De esto depende nuestro destino eterno. No es de extrañar que el apóstol Pablo invite a los cris- tianos de Roma a alegrarse con los que se alegran y a llorar con los que lloran, o que aconseje a los de Corin- to organizar colectas como signo de solidaridad con los miembros de la Iglesia que sufren. Y san Juan escri- be: “Si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a es- tar en él el amor de Dios?”. Por eso “es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericor- dia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para pene- trar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el cami- no de vuelta al Padre. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega has- ta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las co- munidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia”. También nosotros estamos llama- dos a que el amor, la compasión, la misericordia y la solidaridad sean nuestro verdadero programa de vida, un estilo de comportamiento en nuestras relaciones de los unos con los otros. Esto pide la conver- sión del corazón: que la gracia de Dios transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, ca- paz de abrirse a los otros con autén- tica solidaridad. Esto es mucho más que un “sentimiento superficial por los males de tantas personas, cerca- nas o lejanas”. La solidaridad “es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos ver- daderamente responsables de to- dos”, porque la compasión surge de la fraternidad. Así entendida, la solidaridad constituye la actitud moral y social que mejor responde a la toma de conciencia de las heridas de nues- tro tiempo y de la innegable inter- dependencia que aumenta cada vez más, especialmente en un mundo globalizado, entre la vida de la per- sona y de su comunidad en un de- terminado lugar, así como la de los demás hombres y mujeres del resto del mundo. Promover una cultura de solidaridad y misericordia para vencer la indiferencia La solidaridad como virtud mo- ral y actitud social, fruto de la conversión personal, exige el com- promiso de todos aquellos que tie- nen responsabilidades educativas y formativas. En primer lugar, me dirijo a las fa- milias, llamadas a una misión edu- cativa primaria e imprescindible. Ellas constituyen el primer lugar en Papa Francisco Vence la indiferencia y conquista la paz. Mensaje para la 49ª Jornada Mundial de la Paz
116 La Cuestión Social Año 24, n. 1 117 La Cuestión Social Año 24, n. 1 el que se viven y se transmiten los valores del amor y de la fraternidad, de la convivencia y del compartir, de la atención y del cuidado del otro. Ellas son también el ámbito privi- legiado para la transmisión de la fe desde aquellos primeros simples gestos de devoción que las madres enseñan a los hijos. Los educadores y los formadores que, en la escuela o en los diferen- tes centros de asociación infantil y juvenil, tienen la ardua tarea de educar a los niños y jóvenes, están llamados a tomar conciencia de que su responsabilidad tiene que ver con las dimensiones morales, es- pirituales y sociales de la persona. Los valores de la libertad, del res- peto recíproco y de la solidaridad se transmiten desde la más tierna infancia. Dirigiéndose a los respon- sables de las instituciones que tie- nen responsabilidades educativas, Benedicto XVI afirmaba: “Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo transcenden- te; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potenciali- dades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar acti- vamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna”. Quienes se dedican al mundo de la cultura y de los medios de co- municación social tienen también una responsabilidad en el campo de la educación y la formación, especialmente en la sociedad con- temporánea, en la que el acceso a los instrumentos de formación y de comunicación está cada vez más extendido. Su cometido es, so- bre todo, el de ponerse al servicio de la verdad y no de intereses par- ticulares. En efecto, los medios de comunicación “no sólo informan, sino que también forman el espíri- tu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes. Es importante tener presente que los lazos entre educación y comunica- ción son muy estrechos: en efecto, la educación se produce mediante la comunicación, que influye po- sitiva o negativamente en la for- mación de la persona”. Quienes se ocupan de la cultura y los medios deberían también vigilar para que el modo en el que se obtienen y se difunden las informaciones sea siempre jurídicamente y moral- mente lícito. La paz: fruto de una cultura de solidaridad, misericordia y compasión 7. Conscientes de la amenaza de la globalización de la indiferencia, no podemos dejar de reconocer que, en el escenario descrito anteriormente, se dan también numerosas iniciati- vas y acciones positivas que testimo- nian la compasión, la misericordia y la solidaridad de las que el hombre es capaz. Quisiera recordar algunos ejem- plos de actuaciones loables, que demuestran cómo cada uno puede vencer la indiferencia si no aparta la mirada de su prójimo, y que consti- tuyen buenas prácticas en el camino hacia una sociedad más humana. Hay muchas organizaciones no gubernativas y asociaciones carita- tivas dentro de la Iglesia, y fuera de ella, cuyos miembros, con ocasión de epidemias, calamidades o con- flictos armados, afrontan fatigas y peligros para cuidar a los heridos y enfermos, como también para en- terrar a los difuntos. Junto a ellos, deseo mencionar a las personas y a las asociaciones que ayudan a los emigrantes que atraviesan de- siertos y surcan los mares en busca de mejores condiciones de vida. Estas acciones son obras de mise- ricordia, corporales y espirituales, sobre las que seremos juzgados al término de nuestra vida. Me dirijo también a los perio- distas y fotógrafos que informan a la opinión pública sobre las situa- ciones difíciles que interpelan las conciencias, y a los que se baten en defensa de los derechos humanos, sobre todo de las minorías étnicas y religiosas, de los pueblos indígenas, de las mujeres y de los niños, así como de todos aquellos que viven en condiciones de mayor vulnerabi- lidad. Entre ellos hay también mu- chos sacerdotes y misioneros que, como buenos pastores, permanecen junto a sus fieles y los sostienen a pesar de los peligros y dificultades, de modo particular durante los con- flictos armados. Además, numerosas familias, en medio de tantas dificultades labo- rales y sociales, se esfuerzan con- cretamente en educar a sus hijos contracorriente, con tantos sacri- ficios, en los valores de la solidari- dad, la compasión y la fraternidad. Muchas familias abren sus cora- zones y sus casas a quien tiene ne- cesidad, como los refugiados y los emigrantes. Deseo agradecer parti- cularmente a todas las personas, las familias, las parroquias, las comuni- dades religiosas, los monasterios y los santuarios que han respondido rápidamente a mi llamamiento a acoger una familia de refugiados. Por último, deseo mencionar a los jóvenes que se unen para realizar proyectos de solidaridad, y a todos aquellos que abren sus manos para ayudar al prójimo necesitado en sus ciudades, en su país o en otras regiones del mundo. Quiero agra- decer y animar a todos aquellos que trabajan en acciones de este tipo, aunque no se les dé publicidad: su hambre y sed de justicia será saciada, su misericordia hará que encuentren misericordia y, como trabajadores de la paz, serán llama- dos hijos de Dios. La paz en el signo del Jubileo de la Misericordia 8. En el espíritu del Jubileo de la Misericordia, cada uno está llama- do a reconocer cómo se manifiesta la indiferencia en la propia vida, y a adoptar un compromiso con- creto para contribuir a mejorar la realidad donde vive, a partir de la propia familia, de su vecindario o el ambiente de trabajo. Los Estados están llamados tam- bién a hacer gestos concretos, actos Mensaje para la 49ª Jornada Mundial de la Paz Papa Francisco
118 La Cuestión Social Año 24, n. 1 119 La Cuestión Social Año 24, n. 1 de valentía para con las personas más frágiles de su sociedad, como los encarcelados, los emigrantes, los desempleados y los enfermos. Por lo que se refiere a los dete- nidos, en muchos casos es urgente que se adopten medidas concre- tas para mejorar las condiciones de vida en las cárceles, con una atención especial para quienes es- tán detenidos en espera de juicio, teniendo en cuenta la finalidad reeducativa de la sanción penal y evaluando la posibilidad de intro- ducir en las legislaciones naciona- les penas alternativas a la prisión. En este contexto, deseo renovar el llamamiento a las autoridades estatales para abolir la pena de muerte allí donde está todavía en vigor, y considerar la posibilidad de una amnistía. Respecto a los emigrantes, qui- siera dirigir una invitación a re- pensar las legislaciones sobre los emigrantes, para que estén inspi- radas en la voluntad de acogida, en el respeto de los recíprocos debe- res y responsabilidades, y puedan facilitar la integración de los emi- grantes. En esta perspectiva, se de- bería prestar una atención especial a las condiciones de residencia de los emigrantes, recordando que la clandestinidad corre el riesgo de arrastrarles a la criminalidad. Deseo, además, en este año ju- bilar, formular un llamamiento urgente a los responsables de los Estados para hacer gestos concre- tos en favor de nuestros herma- nos y hermanas que sufren por la falta de trabajo, tierra y techo. Pienso en la creación de puestos de trabajo digno para afrontar la herida social de la desocupación, que afecta a un gran número de familias y de jóvenes y tiene con- secuencias gravísimas sobre toda la sociedad. La falta de trabajo in- cide gravemente en el sentido de dignidad y en la esperanza, y pue- de ser compensada sólo parcial- mente por los subsidios, si bien necesarios, destinados a los des- empleados y a sus familias. Una atención especial debería ser de- dicada a las mujeres —desgracia- damente, todavía discriminadas en el campo del trabajo— y a al- gunas categorías de trabajadores, cuyas condiciones son precarias o peligrosas y cuyas retribuciones no son adecuadas a la importancia de su misión social. Por último, quisiera invitar a rea- lizar acciones eficaces para mejo- rar las condiciones de vida de los enfermos, garantizando a todos el acceso a los tratamientos médicos y a los medicamentos indispensa- bles para la vida, incluida la posibi- lidad de atención domiciliaria. Los responsables de los Estados, dirigiendo la mirada más allá de las propias fronteras, también están llamados e invitados a renovar sus relaciones con otros pueblos, per- mitiendo a todos una efectiva parti- cipación e inclusión en la vida de la comunidad internacional, para que se llegue a la fraternidad también dentro de la familia de las naciones. En esta perspectiva, deseo diri- gir un triple llamamiento para que se evite arrastrar a otros pueblos a conflictos o guerras que destruyen no sólo las riquezas materiales, cul- turales y sociales, sino también —y por mucho tiempo— la integridad moral y espiritual; para abolir o ges- tionar de manera sostenible la deuda internacional de los Estados más po- bres; para adoptar políticas de coo- peración que, más que doblegarse a las dictaduras de algunas ideolo- gías, sean respetuosas de los valores de las poblaciones locales y que, en cualquier caso, no perjudiquen el derecho fundamental e inalienable de los niños por nacer. Confío estas reflexiones, junto con los mejores deseos para el nuevo año, a la intercesión de María San- tísima, Madre atenta a las necesida- des de la humanidad, para que nos obtenga de su Hijo Jesús, Príncipe de la Paz, el cumplimento de nues- tras súplicas y la bendición de nues- tro compromiso cotidiano en favor de un mundo fraterno y solidario. Papa Francisco 1 de enero de 2016 Mensaje para la 49ª Jornada Mundial de la Paz Papa Francisco
120 La Cuestión Social Año 24, n. 1 121 La Cuestión Social Año 24, n. 1 E l Concilio Vaticano II, en pala- bras de Pablo VI, “más que un punto de llegada, es un punto de partida para nuevos objetivos”. En un primer momento, la Iglesia en América Latina, en torno a la tra- dición surgida a partir de Medellín, así lo entendió y recibió. Hoy, a los cincuenta años de su clausura, el Concilio Vaticano II, en la Iglesia en general, es un difícil punto de llegada. Aparecida llamó la aten- ción en el hecho de que también en América Latina “nos ha faltado va- lentía, persistencia y docilidad a la gracia de proseguir la renovación iniciada por el Concilio, impulsada por las Conferencias Generales, así como para asegurar el rostro lati- noamericano y caribeño de nuestra Iglesia (DAP,100h). Prueba de esto, dicen los obispos, son algunos “in- tentos de volver a un cierto tipo de eclesiología y espiritualidad contra- rias a la renovación del Concilio Vati- cano II” (DAP, 100b). Hoy, los actores de los procesos eclesiales, empeñados en llevar Concilio, ¿batalla perdida? Reseña Brighenti Agenor, Juan Carlos Casas, Francisco Merlos (coordinadores), El Concilio Vaticano II: ¿Batalla perdida o esperanza renovada?, Universidad Pontificia de México- Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, Mé- xico, 2015, 350 pp. adelante la renovación conciliar, se preguntan si el Vaticano II es una batalla perdida. El tradicionalismo, el atrinchera- miento identitario, el dogmatismo, el clericalismo, el centralismo roma- no, la vuelta de la Misa tridentina, entre otras intuiciones, son algunos de los tantos movimientos que no sólo toman distancia del Concilio, sino que tratan de minimizarlo o hasta anularlo. Frente a eso, los que somos actores y testigos de sus ri- cos frutos, de su alcance y de su ac- tualidad para nuestros días, a pesar de sus límites, nos sentimos desafia- dos a no callar, a decir una palabra serena, pero profética. Es por ello que este tiempo de ju- bileo del Concilio nos invita a una revisión con objetividad y esperanza y, también, a hacer una reflexión que sitúe el legado de éste en el momen- to presente, de frente al futuro. Este momento crucial y delicado puede ayudar a volver sobre el Vaticano II con objetividad y esperanza, y proponer una reflexión que sitúe el legado del Concilio en el momento presente, de cara al futuro. Más que hacer un balance de la recepción de sus proposiciones, puede ser muy útil a mucha gente mostrar el alcan- ce, la actualidad, la necesidad y las posibilidades de las mismas, en este momento crucial de su recepción. Más que hacer un balance de la re- cepción de las propuestas del Con- cilio, la presente obra busca mostrar el alcance, la actualidad, la necesidad y las posibilidades de estas mismas propuestas, en este momento cru- cial de su recepción. El Papa Francis- co abre nuevas perspectivas y es, él mismo, una invitación para avanzar. A través de capítulos cortos, la obra se propone abordar las prin- cipales proposiciones del Vaticano II y procurar mostrar el alcance, ac- tualidad, necesidad y posibilidades de las mismas en el contexto actual, de cara al futuro. La serie de capí- tulos, textos individuales, será or- ganizada en un orden lógico según el contenido, de modo a conformar un todo orgánico. Una introducción y una conclusión darán coherencia interna a la obra tejida entre mu- chas manos. Reseña de Vida Nueva México, 93.
122 La Cuestión Social Año 24, n. 1 123 La Cuestión Social Año 24, n. 1 CARLOS CEBALLOS BLANCO Es Misionero del Espíri- tu Santo, trabajó diez años en la pastoral juvenil y en la pastoral indígena en Veracruz, Chiapas y Guerrero. Trabajó 12 años en la formación en su congregación, fue docente del Centro de estudios teológicos de la CIRM y del Insti- tuto Intercongregacional de México (IFTIM), del que fue decano. Tiene la licenciatura en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia de México y el doctorado en Teología por la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia. Actualmente forma parte del equipo del Pro- yecto Cruces de la Provincia de México de los Misioneros del Espíritu Santo. RICARDO VALENZUELA PÉREZ Licenciado en Teología por el Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos, Li- cenciado y doctor en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo en Roma. Profesor del Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos, la Universidad Ponti- ficia de México, la Universidad Intercontinen- tal y el IFTIM. Fue secretario ejecutivo de la Comisión de Liturgia para la Canonización de Juan Diego Cuauhtlatoatzin en 2002, miem- bro de la Comisión de Traducción y Revisión del Misal Romano en su Tercera Edición Tí- pica para México, Vicerrector del Seminario Conciliar de México. Secretario Ejecutivo para las Celebraciones Litúrgicas en la Visita Apostólica de S. S. Francisco a México, no- viembre 2015. ARMANDO NOGUEZ ALCANTARA, CR Bachiller en teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Licen- ciado en ciencias bíblicas por el Pontificio Insti- tuto Bíblico de Roma. Profesor en la UIC, Ibero, IFTIM y en el Instituto Teológico Agustiniano. Ha sido docente del Antiguo y Nuevo Testa- mento en varios seminarios del país: de Tlalne- pantla, Ecatepec y Cuatitlán. También ha sido Profesor visitante de Biblia en la Oficina de Educación Religiosa de la Arquidiócesis de los Angeles, en el Centro de Evangelización y Catequesis Hispana (DECH) de la Diócesis de San Bernardino, y en el Departamento de Estudios Religiosos del Mount St. Mary’s College de Los Angeles, California. Director de los Cursos Teológicos de Formación Per- manente de la Conferencia de Institutos Re- ligiosos de México (CIRM). Ha coordinado el Equipo de Investigación Teológica de la Uni- versidad Intercontinental, ha publicado tres libros, una docena de manuales de estudio y un buen número de artículos sobre temas bíblicos y teológicos. JUAN JOSÉ MANUEL VELASCO ARZAC, FSC Doctorado en Educación por la Universidad La Salle. Actualización en México, Lima, Madrid, Roma. Profesor desde 1958. Presidente de asociaciones de maestros y de instituciones, en México y en América. Ha escrito, para docentes, Pedagogía de Hoy. Editoriales en las revistas de la FEPDF, de la CNEP, y en Educación Hoy, de la CIEC. Director de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad La Salle, México. Nuestros escritores MONS. JORGE CARLOS PATRÓN WONG Sacerdote diocesano, reali- zó sus estudios en el seminario diocesano de Yucatán donde fue ordenado presbítero. Realizó estudios de es- pecialización en Teología Espiritual y en Psicología. Fue presidente de la Organización de Seminarios Mexicanos (OSMEX) y presidente de la Organiza- ción de Seminarios Latinoamericanos (OSLAM). Fue nombrado obispo coadjutor de Papantla por el Papa Benedicto XVI. Nombrado por el Papa Fran- cisco arzobispo secretario para los Seminarios de la Sagrada Congregación para el Clero, elevándolo a la dignidad de arzobispo ad personam. Reciente- mente fue nombrado miembro de la Congregación para la Educación Católica, encargado también por mandato del Papa Francisco de la tarea apostólica de la comunidad eclesial, encomendada a las uni- versidades y los colegios católicos del mundo. MARÍA LUISA ASPE ARMELLA Doctora en Historia por la Universidad Iberoamericana. Especialista en México Siglo XX (Historia de la Iglesia e Historia Agraria). Académica de tiempo completo del Departa- mento de Historia, UIA Santa Fe. Miembro del Consejo Técnico de la Licenciatura en Historia, UIA. Miembro del Consejo Técnico de la Licen- ciatura en Administración de Empresas de la misma universidad. Profesora de asignatura en la licenciatura y el posgrado de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana. Ha sido profesora en el doctorado en Filosofía de la Universidad Anáhuac del Sur, Autónoma de Tlax- cala, Iberoamericana -Golfo- Centro- de Puebla y Pontificia de México. Conferencista recurrente en la Representación Diplomática de la Unión Europea en México y en el Diplomado en Estado Mayor del Colegio Militar de Popotla. Miembro del Consejo Directivo de la Comi- sión Académica y de la Comisión de Vigilan- cia del IMDOSOC. HUMBERTO JOSÉ SÁNCHEZ ZARIÑANA, SI Doctor en Teología por la Facultad Jesuita de Teología del Centro Sèvres de París, creador y promotor del Servicio Jesuita de Jóve- nes Voluntarios y Miembro del Equipo de Pasto- ral Juvenil de la Provincia Mexicana. Colaboró en el proyecto A los cautivos la liberación, asociación que trabaja en la reinserción de gente de la calle y de prostitutas. En el Centro Ignaciano de Espi- ritualidad trabajó en el acompañamiento espiri- tual y formación espiritual y teológica de laicos de diferentes sectores y fue miembro del Consejo Editorial de la revista Mirada. Ha impartido cur- sos y conferencias en diferentes partes del país relacionadas con la espiritualidad ignaciana, la cristología y la eclesiología. Ha sido profesor en el Departamento de Cien- cias Religiosas y coordinador del Programa de Reflexión Universitaria en la Universidad Ibe- roamericana. Fue director del Departamento de Ciencias Religiosas de la Universidad Iberoame- ricana y miembro del Comité Académico, del Senado Universitario y de la Asamblea UIAC de la misma universidad. KAREN CASTILLO MAYAGOITIA Lic. en Economía por la Universidad Panamericana; Lic. en Teología por la Uni- versidad Intercontinental. Coordinadora de Desarrollo Institucional en el Instituto de Formación Teológica In- tercongregacional de México, donde impar- te un seminario de Diálogo Interreligioso y Eclesiología. Coordinadora de Docencia e Investigación en el IMDOSOC. Autora del libro Dignidad y religiones del Consejo Nacional para Prevenir la Discrimi- nación, así como diversos artículos.
124 La Cuestión Social Año 24, n. 1 125 La Cuestión Social Año 24, n. 1 JAUME FLAQUER, SI Licenciado en Filosofía (UB-Barcelona), en Teolo- gía (Centre Sèvres – París) y doctor en Estudios Islá- micos (EPHE-París). Jesuita, director del área teológica de Cris- tianisme i Justícia, profesor de Diálogo Interre- ligioso en la Facultat de Teologia de Catalunya. Publicaciones: Hegel y el Romanticismo, ITF, Sant Cugat, 1995; Fundamentalismo, CJ, Barce- lona, 1997 ; Vides Itinerants, CJ, Barcelona, 2007. SERGIO CÉSAR ESPINOSA, MG Cursó los estudios de Teo- logía en el Instituto Máximo Cristo Rey de los padres je- suitas en la Ciudad de México, concluyó el ba- chillerato en Teología en la Universidad Laval de Québec (Canadá), donde obtuvo además la maestría en Teología Pastoral. Tiene también una maestría en Educación Superior por la Uni- versidad Intercontinental. Ha participado en la formación de los Misioneros de Guadalupe en el seminario menor, donde fue asesor y rector (1975-1979) y en el seminario mayor del que fue rector (1979-1983). Fue misionero en Ke- nia (1983-1992). Fue director de la Facultad de Teología de la UIC y posteriormente rector de la misma uni- versidad. Actualmente es el director de Evan- gelización de los Misioneros de Guadalupe, además de colaborar directamente en el área de formación permanente de su instituto. Ade- más ha sido conferencista en temas de teolo- gía, misionología, espiritualidad y pastoral, en México y en otros países. FEDERICO ALTBACH NÚÑEZ Doctor en Teología por la Universidad de Tubinga, Ale- mania; licenciado en Teología y en Filosofía por el Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos. Ha sido coordinador académico en el Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos y docente de la Universidad Pontificia de México. Actualmente es rector de la Universidad Católica Lumen Gentium y Docente en el Instituto Supe- rior de Estudios Eclesiásticos. Tiene distintos artículos publicados en revis- tas especializadas como: “El sujeto simbólico en la ciudad latinoamericana”, en: Libro Anual del ISSE 8 (2006) 23-39. “Estructuras de diálogo en la Iglesia. Una reflexión a partir de la teología de Lumen Gentium”, en: Manuel González Cruz (Ed.), Efemérides Mexicana. “Las conferencias episcopales como instancias dialogosinodales en la Iglesia”, en: Manuel González Cruz (Ed.), Efemérides Mexicana. Estudios filosóficos, teológi- cos e históricos, Edición especial 1. Universidad Pontificia de México (2007), 183-195. FELIPE DE JESÚS MONROY GONZÁLEZ Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM con especialización en Comunicación Política por la Universidad Iberoamericana. Periodista desde 2002, ha colaborado en diarios de la Ciudad de México y en publicaciones de información religiosa. Dirige la revista internacional Vida Nueva en México y es miembro del Consejo Editorial de El Observador. Cronista en Benedicto XVI. El peregrino de la paz en Latinoamérica (CACM, 2013), 14 mil millas. Roma-México-Cuba (Mi- nos, 2012) y coautor en Cartas a Dios desde América Latina (PPC-Cáritas, 2015). JULIO LUIS MARTÍNEZ, SI Doctor en Teología y li- cenciado en Filosofía por la Universidad Pontificia Co- millas, y licenciado en Ética Teológica por la Weston School of Theology, de Cambridge, Estados Unidos. En la Universidad de Comillas, ha sido director de la Cátedra de Bioética, del Instituto Universitario de Estudios sobre Migraciones y del Departamento de Teo- logía Moral y Praxis de la Vida Cristiana de la Facultad de Teología. Actualmente es profesor ordinario de Teología Moral en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas y de Filosofía Social y Política de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales de la misma univer- sidad. También ha sido profesor invitado, desde el año 2002, de las Facultades de Teología y Filo- sofía en San Miguel, Argentina. Ha publicado como autor o coautor varios libros, entre los que destacan: Repensar la dig- nidad humana (2005); Religión e integración de los inmigrantes (2006); Ciudadanía, migra- ciones y religión (2007); Libertad religiosa y dignidad humana (2009); Moral social y espi- ritualidad: una conspiración necesaria (2011). LUIS JAVIER RUBIO O.P. Sacerdote Dominico Lic. en Teología, especialidad en Moral Universidad Pontifi- cia de México, Lic. en Admi- nistración de Empresas Univ. Autónoma de San Luis Potosí, Maestro en realidades latinoameri- canas y Pensamiento cristiano en Univ. Autóno- ma Artes y Ciencias de Chile. Se ha desarrollado como Presidente en el Centro de DDHH Fray Francisco de Vitoria, Pro- fesor de Teología en la Universidad Pontificia de México y Coordinador del Área de Teología Moral, Moderador de Estudios Institucionales de los Dominicos en México, Rector del Institu- to de Formación Intercongregacional de Méxi- co, Profesor y conferencista Invitado: UIA, UIC, IMDOSOC, Instituto Pedro de Córdoba en San- tiago de Chile y Miembro del Consejo Directivo del IMDOSOC. Autor de diversos artículos en revistas es- pecializadas de teología y de divulgación. SANTIAGO MADRIGAL, SI Licenciado en Filosofía por la Universidad Pontificia Comillas y el bachillerato en Teología. Es licenciado en Teología por la Philosophisch-Theologische Hochschule Sankt Georgen de Fráncfort, Alemania. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia Comi- llas, donde imparte desde 1995 los cursos de Eclesiología y Teología Ecuménica. Ha sido director de la revista Estudios Ecle- siásticos. Miembro del Consejo de Redacción de las revistas Diálogo Ecuménico, Corintios XIII, Pastoral Ecuménica. Miembro del Conse- jo Asesor de la Revista Catalana de Teología, y de Lumen. Académico de número de la Real Academia de Doctores de España. Miembro consultor de la Comisión Episcopal de Rela- ciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española.
126 La Cuestión Social Año 24, n. 1 127 La Cuestión Social Año 24, n. 1 La revista La Cuestión Social se imprimió en Impresora Varel, Calle 8 No. 222 Col. Granjas San Antonio D.F. La edición consta de 1,500 ejemplares.