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La Cuestión Social
Año 23, n. 4
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La Cuestión Social
Año 23, n. 4
entrever cómo es la persona con
quien comparte la vida, inferir o
conocer sus dificultades. Sólo así
se desencadena la solidaridad y el
despertar social. El cristiano del
siglo XXI, a semejanza de los doce
discípulos, debe ser quien repar-
te los panes, no espera ningún
Mesías que prometa solucionar
mágicamente la vida. Francisco re-
mata afirmando: «sentarse a partir
el pan del Resucitado es animarse
a vivir de otra manera».
29
Continuemos con una breve
disertación sobre las tres T.
2.1 Tierra
Es curioso que, en el Año Inter-
nacional de los Suelos, declarado
por la ONU,
30
Francisco hable más
que nunca del tema. Aun y cuando
alberga una cuarta parte de la bio-
diversidad del planeta, el suelo del
planeta se encuentra en peligro.
Una tierra sana es base para la pro-
ducción de alimentos saludables,
es fundamento para la vegetación
y garante para la seguridad alimen-
taria y un futuro sostenible.
A veces ya no se alcanza a dis-
tinguir la diferencia de suelos,
dado el acelerado crecimiento de
la mancha urbana. Sin embargo,
para adentrarnos en el tema po-
demos valernos de la clasificación
jurídica presentada por la VIII
Conferencia Europea de Ministros
de Ordenación del Territorio, de
1988, que clasificó el territorio en
29
Ibídem., p. 31.
30
Cf. http://www.fao.org/solis-portal/es/
tres categorías. En primer lugar, el
suelo soporte de actividades, utili-
zado como medio de extensión del
hábitat humano, de las actividades
económicas no agrícolas y del ocio.
En segundo lugar, el suelo como es-
pacio agrícola y forestal, en que se
explota su profundidad nutricia, y
en tercer lugar, el suelo como espa-
cio natural, el cual es preservado
de las actividades humanas.
31
El suelo no es una mercancía ni
un objeto de estudio, no es sim-
plemente suelo, sino parte de un
entramado simbólico, social y eco-
lógico que permite la reproducción
de la vida y la permanencia de los
pueblos que resisten. Desde luego,
poseer una tierra propia y con un
suelo fértil representa para el ser
humano no sólo tener dónde vivir y
de qué alimentarse sino, del mismo
modo, lo hace artífice de su bonan-
za y dueño de su vida, le permite
construir un amor propio y, a la vez,
respeto por los demás y por la na-
turaleza coexistente. Lo hace cons-
ciente del gran poder que posee al
ser capaz de dotarse a sí mismo de
una vida de trabajo, una vida digna
para él y para su familia. Varios años
de crisis ecológica han permitido
una reflexión cristiana pertinente
de este grave problema. Su presen-
cia ha podido servir para criticar los
exagerados pesimismos.
Debido a cuestiones políticas, so-
cioeconómicas y de marginación,
mucho del campesinado de nuestros
31
Ávila, J., El suelo como elemento ambien-
tal. Perspectiva territorial y urbanística,
Universidad de Deusto, Bilbao, 1998, p.25.
pueblos ha sido excluido de las tie-
rras fértiles con condiciones adecua-
das para la producción de alimentos.
Solamente en México, el 49% de los
suelos, incluyendo zonas naturales
y agrícolas, están degradados. La
lógica del capital no prevé los daños
ambientales y sociales, solamente se
calculan los logros económicos. Los
otros costos no son pagados por el
capital, sino por la naturaleza, por
las comunidades, las poblaciones
y los individuos. Lamentablemen-
te, «la transmutación neoliberal del
campesinado de sujeto productivo en
‘pobre’ ha operado como una profecía
autocumplida, empobreciéndolo en
forma creciente y utilizándolo como
votante cautivo por medio de los múl-
tiples y crecientes programas para el
‘combate a la pobreza’».
32
2.2 Techo
Al considerar la cuestión de las per-
sonas sin hogar, estamos hablando
del corazón de la exclusión social. De
pobres a pordioseros, de mendigos a
vagabundos u holgazanes, con Fran-
cisco estas personas encuentran un
reconocimiento que les es negado
por las masas. Los sin techo son quie-
nes viven permanentemente en la ca-
lle, raras veces van a algún albergue,
duermen en cartones o en colchones
abandonados y ocasionalmente men-
digan. El perfil del sin techo estaría de-
finido por: varón, entre 40 y 55 años,
soltero, con importante deterioro
físico y psicológico, sin recursos eco-
nómicos, con niveles de cualificación
32
Suárez, V., “Campesinos: de «pobres» a
sujetos productivos” en La Jornada del
Campo, n.95, p.7, México, Agosto 2015.
profesional y educativa bajos.
33
No es
un asunto para la burla o la simple
compasión, pues quien no tiene dón-
de vivir está echado a su suerte, con
la consecuente falta de identidad. El
Papa no exagera al expresar: «la pose-
sión de una vivienda tiene mucho que
ver con la dignidad de las personas y
con el desarrollo de las familias».
34
En nuestro país, hasta la década de
1970, los dos sistemas de vivienda
popular más concurridos fueron las
vecindades y las ciudades perdidas.
Estas últimas representan una distor-
sión del sistema de vecindades, pues
una vez que las primeras se saturan
y ya no hay oferta de vivienda por
parte del sector privado, las perso-
nas se asientan en terrenos baldíos
o abandonados del área tradicional
urbana. Son pequeñas, densamente
pobladas, en condiciones de grave
hacinamiento e insalubridad, caren-
tes de servicios urbanos propios y
relativamente aisladas del resto de la
ciudad, pese a encontrarse dentro del
centro urbano.
35
Según información
de la SHCP, casi 36 millones de perso-
nas carecen de una vivienda digna en
México, y más de dos millones viven
en hacinamiento.
36
Está comprobado
científicamente que el hacinamiento
33
Estébanez, P., Medicina Humanitaria, Edi-
torial Díaz de Santos, España, 2005, p.799.
34
LS, 152.
35
Cf. Durand, V., La construcción de la de-
mocracia en México: movimientos socia-
les y ciudadanía, Siglo Veintiuno Editores,
1994, pp.170-171.
36
Cf. Diario La Jornada: “Unos 36 millones de
mexicanos carecen de acceso a vivienda dig-
na”, 1 de julio de 2013, http://www.jornada.
unam.mx/2013/07/01/index.php?section=ec
onomia&article=022n1eco&partner=rss