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DANIEL FERREIRA DOS SANTOS
ESPAÑA
ABUSOS SEXUALES
Y ASIMETRÍA DE PODER
EN LA IGLESIA CATÓLICA
BUEN USO Y ABUSO
DE LA ASIMETRÍA
RESUMEN
La presente crisis de abusos sexuales a menores en la Iglesia
católica ha despertado la necesidad de analizar también los
abusos sexuales entre clérigos/religiosos/religiosas y adultos.
La concepción de que las relaciones sexuales entre adultos, sin
aparente violencia, son siempre consentidas se cuestiona, sobre
todo, en el caso de que una las partes sea un clérigo en el con-
texto religioso. El consentimiento mismo es cuestionado debido
a su posible adulteración a causa de la existencia de una espe-
cial asimetría de poder entre el líder religioso y el miembro de su
congregación. Aun escribiendo desde un punto de vista católico,
se compara la plaga de los abusos sexuales en comunidades
cristianas, judías y budistas. Se argumenta que a la raíz de los
abusos sexuales de los líderes religiosos está el mal uso de dicha
asimetría de poder. En la Iglesia católica esta asimetría asume
un peso y una permanencia sin precedentes y, por ello, debe ser
diligentemente gestionada desde la exigencia social y evangélica
dada la responsabilidad que conlleva.
Recepción: 30/10/2025. Aprobación: 18/05/2026.
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Abusos sexuales y asimetría de poder en la Iglesia católica...
Palabras clave: Abusos sexuales de adultos, adultos vulnerados,
asimetría de poder, consentimiento pleno, consentimiento viciado,
clérigos abusadores.
ABSTRACT
The current crisis of child sexual abuse in the Catholic Church has
sparked the need to also analyze sexual abuse between clergy/reli-
gious men and women and adults. The notion that sexual relations
between adults, without apparent violence, are always consensual
is being questioned, especially when one of the parties is a mem-
ber of the clergy in a religious context. It is the concept of con-
sent itself that is being challenged due to its potential distortion
caused by the particular power differential between the religious
leader and the member of their congregation. Even writing from a
Catholic perspective, the scourge of sexual abuse is comparable
to that which occurs within Christian, Jewish, and Buddhist com-
munities. It is argued that at the root of sexual abuse by religious
leaders lies the misuse of this power differential. In the Catho-
lic Church, this differential assumes an unprecedented weight
and permanence and therefore must be diligently managed in
accordance with the social and evangelical demands that this
responsibility entails.
Keywords: Adult sexual abuse, vulnerated adults, power differen-
tial, full consent, vitiated consent, abusive clergy.
INTRODUCCIÓN
El presente escrito se inspira en la presentación de un libro publi-
cado por Paula Merelo en los inicios de 2022, Adultos vulnerados. La
divulgación de esta obra se hizo, entre otros lugares, en el Seminario
Permanente de Fenomenología y Filosofía Primera, dirigido por el
profesor García Baró en Madrid, España. En esa ocasión, el director
de la Asociación Repara señaló la importancia del estudio de esta au-
tora y que marcaría un hito en los análisis de la crisis de abusos se-
xuales en la Iglesia católica por parte de sus más altos responsables,
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Foro social daniel ferreira dos santos
siendo los presbíteros y los religiosos los que más protagonizan es-
tos graves actos. El mérito de Merelo reside en empezar a visibilizar
lo que en algunos ámbitos se ha designado como la “ola gigante
invisible” de los abusos a mujeres adultas en la Iglesia católica.
Nosotros queremos tomar este relevo y seguir profundizando y visi-
bilizando esta herida en el Cuerpo de Cristo, la cual afecta a muchas
personas, así como al tejido eclesial como un todo.
Nuestro abordaje, principalmente, es filosófico, aunque desembo-
ca en algunas consideraciones que se acercan a los ámbitos psicoló-
gico, sociológico, canónico y teológico. Nuestro método consiste en
analizar los conceptos de poder, asimetría de poder, vulnerabilidad
y consentimiento, para argumentar que en la sociedad, en general, y
en la Iglesia católica, en particular, el poder sobre los demás se ejer-
ce de manera ordinaria y necesaria, y que la falta de conciencia de
dicho poder es una de las causas de los abusos.
Ahora, para llegar a las conclusiones de mayor calado eclesial, es
necesario acercarnos a las disciplinas antes mencionadas; de modo
que sería muy útil tener estudios sobre la población de los clérigos y
religiosos con relación a sus comportamientos romántico-sexuales,
pero no podremos ir más allá que citar el estudio de Richard Sipe e
indicar vías de posibles investigaciones. El tema del consentimiento en
las relaciones entre adultos también será brevemente abordado desde
el punto de vista filosófico, pero después tendrá que ser tratado por
la psicología y por los derechos canónico y civil en estudios sucesivos.
Advertimos de antemano que el objetivo de nuestro estudio no es
tipificar las distintas formas de abuso sexual que se pueden verifi-
car en una relación, sino más bien señalar contundentemente que
cuando un ministro ordenado o religioso tiene algún tipo de relación
romántica o de carácter sexual con un (a) laico (a) adulto (a)1 ya está
incurriendo en abuso. Tampoco pretendemos ahondar en las asime-
trías de poder que en la Iglesia son injustificables o injustas, como
el clericalismo u otras deformaciones del ejercicio ordinario de la
1 Es un dato conocido que la mayor parte de los abusos sexuales entre dirigentes de la
Iglesia y otros adultos se dan entre un presbítero o religioso y una o varias mujeres. Por
ese motivo, no estaremos siempre haciendo referencia a las múltiples combinaciones
de posibles abusos, sino más bien al abuso sexual más frecuente.
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Abusos sexuales y asimetría de poder en la Iglesia católica...
autoridad. Aunque elimináramos las diferencias por vía de estereoti-
pos culturales o errores eclesiológicos (por ejemplo, “no corresponde
a la dignidad sacerdotal hacer labores domésticas” o “denunciar un
maltrato de un freile sería hacer daño a su vocación”), seguiríamos
necesitando afrontar la gestión de la asimetría intrínseca a la estruc-
tura jerárquica de la Iglesia. No rechazamos los avances y denuncias
de un feminismo sano y equilibrado, pero tampoco proponemos como
solución a la plaga de los abusos descartar toda diferencia, porque
eso no sólo sería utópico sino destructivo para el mismo tejido social
y eclesial. En palabras de Carmen Montejo Martínez, que comenta el
texto de Paula Merelo: “Las relaciones asimétricas son frecuentes y
necesarias en diferentes ámbitos de la vida y, si son sanas, ayudan a
crecer. Para ello, es preciso que la persona en situación de superiori-
dad sea garante de la protección y el cuidado de la otra”.2
En cuanto a las fuentes, damos prioridad a una serie de escritos
del ámbito protestante anglosajón, porque llevan muchos años ya
trabajando en ello y nos pueden aportar perspectivas que, en el ám-
bito católico, quedan a menudo ofuscadas por la comprensible parti-
cularidad del celibato de los ministros y religiosos. Nos referimos a
lo que se conoce como power differential que se traduce comúnmente
en castellano por asimetría de poder. Para las comunidades protes-
tantes igualmente fustigadas por los abusos de naturaleza sexual
hacia mujeres adultas, uno de los grandes problemas es la mala ges-
tión de esta diferencia de poder por parte de los pastores, los cua-
les, en su mayoría, son hombres casados y con hijos. Esperemos que
este trabajo siga abriendo el diálogo acerca de esta “ola gigante” y
que la podamos visibilizar y contrarrestar.
LA BONDAD Y LA NECESIDAD DEL PODER
En nuestra sociedad existen muchas formas de ejercicio de poder en-
tre los distintos individuos. De modo que algunos autores distinguen
entre poder personal, poder por conocimiento y poder posicional.
2 Carmen Montejo Martínez, “Mujeres adultas vulneradas en la Iglesia”, Alandar (Madrid:
Alandar, 2023).
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El poder personal se refiere a esas características que uno posee
naturalmente y que, a lo mejor, ha seguido desarrollando y mejo-
rando a lo largo de su vida. Entre otras, identificamos la capacidad
de empatía con los demás, un talento especial para establecer re-
laciones amigables, un sentido de humor que logra hacer que los
demás se relajen. Todas estas habilidades hacen que alguien tenga
un cierto ascendente sobre los demás que le viene dado por su propio
carácter, y que se manifestará independientemente del trabajo que
ejerza o del contexto social en el que se encuentre.
El poder por conocimiento está relacionado con una habilidad
que uno desarrolla a lo largo de su vida en la medida en que se hace
experto en una materia, una disciplina o un trabajo. No tiene que
ver directamente con su rol en una institución, aunque puede llegar
a estar relacionado. Alguien que haya leído y estudiado a fondo bio-
logía, podrá obtener una posición en una universidad o empresa que
necesita que imparta o aplique dichos conocimientos. Sin embargo,
la persona ejerce una influencia sobre los demás que simplemente
estén interesados en los conocimientos que tiene, aunque no exista
una relación institucional.
Finalmente, el poder posicional está directamente relacionado
con el lugar que una persona ocupa en una institución y con lo que
dicha función le permite realizar, tanto en acciones inmediatamente
materiales —por ejemplo, al comprar material para la compañía o
desplazarse libremente para realizar ciertos servicios— como en
acciones de repercusión directa sobre otras personas. Nos interesa,
especialmente, este segundo aspecto, por ser un ejercicio de poder
hacia otros individuos. En esta categoría entran muchísimos casos
de empresas, instituciones públicas y, claramente, instituciones re-
ligiosas. Un jefe de personal, a saber, ejerce poder sobre el futuro de
sus subordinados en la empresa o sobre la contratación de nuevos
empleados. Esto le es dado, sobre todo, a través de la institución que
le delega dichas funciones. Se entiende fácilmente que una persona
con un fuerte poder posicional, que posea un carisma social par-
ticular, junto con una carrera de estudios extensiva, tendrá mucho
poder sobre aquellos que dependen de sus decisiones para seguir
trabajando. Cualquier semejanza entre este caso y el poder ejercido
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Abusos sexuales y asimetría de poder en la Iglesia católica...
por ministros ordenados y personas consagradas en la Iglesia… no
es pura coincidencia; pero de esta aplicación concreta trataremos
más adelante. Por el momento, nos centramos en describir los dis-
tintos matices del ejercicio del poder entre personas.
En estas tres categorías se verifica una asimetría entre las per-
sonas que ejercen el poder y las que son afectadas (positiva o ne-
gativamente) por ello, lo que en la literatura anglosajona se deno-
mina como power differential. En este punto, es fácil reconocer que
nuestras relaciones humanas en cualquier sociedad están siempre
marcadas por algún tipo de asimetría y que esta, en sí misma, no
es negativa sino más bien constitutiva de nuestras interacciones
sociales.
LA ASIMETRÍA RELACIONAL COMO DIMENSIÓN FUNDAMENTAL DE
LA COMUNIDAD HUMANA
Las relaciones puramente simétricas no existen. Pensemos en el
contexto familiar de padres e hijos; en el contexto educativo, entre
docentes y estudiantes; en el sistema de salud, entre personal sani-
tario y usuarios; en cualquier empresa en la que haya una jerarquía
de empleados; o, incluso, entre amigos que tienen carismas perso-
nales distintos, conocimientos o historias personales que pueden
conllevar importantes puntos de influencia entre ellos. La asimetría
hace parte de la vida humana y no podríamos vivir sin ella. Para
usar una imagen, es como una torre de vasos de espumante que se
llenan unos a otros en virtud de la diferencia de posición que hay
entre ellos: la asimetría permite que todos trasborden con la bebi-
da. Sólo que en la vida, la estructura humana no es así de rígida y
estática, de manera que uno a veces está arriba y proporciona que
los demás se llenen, y otras tantas es al revés: la madre instruye a
sus hijos antes de que salgan al colegio y con su autoridad les en-
seña a vivir ordenadamente y con sentido, mientras ella se dirige
al trabajo donde otros con más poder laboral que ella le permiten
trabajar y ganar lo necesario para alimentar a su familia; una de
esas personas de autoridad en ese trabajo recibe ayuda espiritual
en la iglesia que frecuenta y, en virtud de esa asimetría, es mejor
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persona y gestiona su poder laboral de modo adecuado. La asimetría
es condición necesaria para el buen funcionamiento social y para un
enriquecimiento entre las personas.
Está claro que la asimetría puede llevar a abusos de poder y de
autoridad, los cuales únicamente se podrán identificar y corre-
gir si, tal como en la cuestión del poder, somos capaces de describir
dicha realidad y analizarla en sus distintos desarrollos y proble-
máticas. De nada sirve afirmar —y es más bien contraproducente
y peligroso— que todos somos iguales3 y que no hay ninguna asi-
metría entre nosotros. Ésta es una afirmación superficial, la cual
es más fruto de un miedo inconsciente de repetir represiones de
pasadas sociedades, que realmente consecuencia de una reflexión
seria y pausada sobre el tema. Es frecuente que en nuestros am-
bientes de lenguajes “políticamente correctos” no se quiera hablar
de diferencias de poder y, menos, si las consideramos inherentes
a nuestra condición de animales políticos (en el sentido más aris-
totélico de la expresión). De nuevo, recurro a la literatura anglo-
sajona que lleva mucho tiempo reflexionando sobre estos temas y
aporta —a mi parecer— una gran claridad. El autor Arnold Lazurus
escribe, en 2002, acerca de la relación entre los psicoterapeutas y
sus clientes:
La asimetría de poder se ha vuelto casi un sinónimo de explotación y
daño en la literatura ética. Sin embargo, al tratar cuestiones relacio-
nadas con el poder, hemos de tener en cuenta que muchas relaciones
que poseen una importante asimetría, como las de los padres con
sus hijos, enseñantes con alumnos o entrenadores con sus atle-
tas, no son inherentemente abusivas (Zur, 2000a). El poder ejercido
por los padres estimula el crecimiento de los hijos, la autoridad del
enseñante posibilita el aprendizaje del estudiante y la influencia
de los entrenadores ayuda a que los atletas lleguen al máximo de
3 Atención, aquí no cuestionamos la igualdad de dignidad, de derechos y deberes esen-
ciales que son inherentes a la condición de seres humanos hechos a imagen y semejan-
za de Dios. Más bien, remarcamos que la igualdad de responsabilidades, conocimientos
y talentos personales es imposible de lograr, porque la riqueza de la sociedad también
está en las múltiples diferencias con las que nos complementamos.
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Abusos sexuales y asimetría de poder en la Iglesia católica...
su potencial. Hay pocas relaciones, si es que hay alguna, que sean
realmente simétricas: matrimonio, negocios, amistades o relaciones
terapéuticas. El poder del terapeuta, al igual que el de los padres,
enseñantes, entrenadores, políticos, policías, abogados o médicos,
puede constituir un simple uso o derivar en abuso.4
Identificar la realidad de las asimetrías de poder en nuestras
sociedades nos permite reconocer no sólo que ejercemos el poder
los unos hacia los otros, sino que hay posiciones de poder más es-
tables y duraderas que otras. Hay algunas que duran toda la vida,
aunque cambien de intensidad y responsabilidad (relación padres-
hijos); hay otras que duran unas horas (un monitor en un parque de
atracciones); y otras muchas se mantienen mientras dure un con-
trato acordado entre las distintas partes (ámbito laboral, educativo,
terapéutico, etcétera). También en las amistades y en los ámbitos
familiares más amplios se dan asimetrías duraderas debido a la
edad o al poder personal de unos y otros, pero ahí las influencias
pueden ser variables, según las personas maduren o sus circuns-
tancias cambien.
De un modo u otro, es de gran valor reconocer y evaluar el dina-
mismo de estas posiciones de poder desde las que nos relacionamos
continuamente unos con otros. Este reconocimiento y evaluación
nos permiten valorar inmensamente el rol del poder relacional en
nuestro desarrollo como seres humanos y también establecer nor-
mas de conducta para que ese poder sea bien encauzado a la edifica-
ción de todos. Desde esta actitud positiva y responsable se elaboran
los distintos códigos deontológicos que guían a muchas de nuestras
instituciones también en este aspecto del uso y abuso del poder.
4 Arnold A. Lazarus and Ofer Zur, Dual relationships and psychotherapy (Nueva York: Sprin-
ger Publishing Company, 2002),10: “Power differential has almost become interchangea-
ble with exploitation and harm in the ethics literature. However, when dealing with issues
of power, one must remember that many relationships with a significant differential of
power, such as parent-child, teacher student, or coach-athlete, are not inherently ex-
ploitative (Zur, 2000ª). Parental power facilitates children’s growth, teachers’s authority
enables students to learn, and coaches’ influence helps athletes to achieve their full Athle-
tic potential. Few, if any, marriage, business, friendship, or therapy relationships are truly
equal. Therapist’s power, like that of parents, teachers, coaches, politicians, policemen,
attorneys, or physicians, can be used or abused”.
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A este punto ya estamos en condiciones de analizar más especí-
ficamente la cuestión de las asimetrías de poder en las instituciones
religiosas, en general, y en la Iglesia católica, en particular.
LA ASIMETRÍA DE PODER EN LAS INSTITUCIONES RELIGIOSAS
Consideramos particularmente interesante abordar esta dimensión
de la asimetría relacional a partir de la literatura anglosajona. Desde
hace varias décadas (mitad de los años ochenta del siglo pasado),
sobre todo en Estados Unidos de América y Australia, se busca iden-
tificar claramente las conductas abusivas de los líderes religiosos
de varias comunidades de carácter religioso y espiritual, sin fijarse de-
masiado en las particularidades de la tradición de cada una.
Hablando desde el punto de vista católico, nos parece que la dis-
cusión frecuentemente se deriva hacia el cuestionamiento del voto
de castidad cuando se menciona la problemática de los abusos se-
xuales. Y, aunque este voto puede tener relación con este tipo de
comportamientos, está claro que la realidad de los abusos es tras-
versal a muchas denominaciones cristianas, comunidades judías,
budistas y otras, que en su gran mayoría no profesan ninguno voto
de castidad y en las que los perpetradores son casi siempre hom-
bres casados. Desde el inicio de mis investigaciones sobre el tema,
este punto me llevó a centrarme más en la gestión del poder y en
la asimetría como un modo de ejercer dicho poder, y menos en las
particularidades de una u otra tradición religiosa.
Sin pretensiones de hacer un estudio bibliográfico de los análi-
sis de los abusos a personas adultas en instituciones religiosas, es
difícil no mencionar a algunos autores que aportan aspectos fun-
damentales y a partir de los cuales necesitamos construir nuestra
argumentación. Así, Kenneth Woodward y Patricia King publicaron
en 1989, en una revista estadounidense de gran divulgación, un ar-
tículo con el sugestivo título When a pastor turns seducer.5 Sorprende
que no tratándose de una revista científica, muchos de los conceptos
5 Kenneth. L. Woodward and Patricia King, “When a pastor turns seducer”, Newsweek
(agosto 1989), 48-49.
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Abusos sexuales y asimetría de poder en la Iglesia católica...
fundamentales de la cuestión ya están ahí delineados: la importan-
cia de identificar estas relaciones abusivas, la diferencia de poder
entre un pastor y su congregación, el sentido de vergüenza que las
víctimas experimentan y que les impide de denunciar, la reacción
de auto-protección de la institución al no atender a las víctimas
y querer ignorar el problema. Éste es un texto extraordinario por
su claridad conceptual, su valentía al describir la problemática y
por su precocidad al enfrentar situaciones que, 45 años más tarde,
muchas instituciones religiosas actualmente no logran aún reco-
nocer y tratar.
Ese mismo año, Marie Fortune publicó su libro Is nothing sacred?
When sex invades the pastoral relationship, en el que denuncia con gran
detalle una dinámica profundamente abusiva en la First Church of
Newburg (eua), por parte del pastor Peter Donovan. Aunque esta
obra es más testimonial que conceptual, ha establecido importan-
tes bases para la reflexión que siguió. La misma Fortune, en 1992,
publicó una conferencia impartida en San Francisco, California, en
la que recoge las líneas de trabajo de Woodward y King, y las pro-
fundiza. Particularmente, destaca la comparación de la labor de un
clérigo (hombre o mujer)6 con la de un terapeuta; y, por lo tanto,
la afirmación categórica de que cualquier interacción romántica o
sexual —en ese contexto— es una ruptura de la confianza sagrada
que se deposita en el líder religioso y debe ser considerada abusiva.
Así, la noción de “relación amorosa” se entiende entre personas
que pueden dar un consentimiento autentico,7 lo que no sucede entre
un ministro y sus fieles, pues la diferencia de poder no lo permite.8
6 Recordemos que estamos en un contexto interdenominacional y que en muchas igle-
sias protestantes hay mujeres que son pastores o ministros: a todos se les designa
como clergy persons. Una vez más, esta perspectiva nos permite salir de las discusiones
superficiales que pretenden identificar el voto de castidad como una de las causas
principales para los abusos de adultos.
7 En inglés se usa la expresión meaningful consent, que he traducido como “consenti-
miento autentico”. Es lo opuesto del “consentimiento viciado”, que implica una apa-
riencia de consentimiento que esconde una sutil coacción y la inexistencia de un con-
sentimiento válido.
8 Marie M. Fortune, “Is nothing sacred? The betrayal of the Ministerial or Teaching Re-
lationship”, Journal of Feminist Studies in religion, no. 1 (1985), 20-21: “There is always
an imbalance of power between the person in the ministerial or teaching role and those
whom he/she serves or supervises. Even in the relationship between two persons who
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La visión de la interacción romántica o, incluso, sexual como sólo
un “tropiezo” en el servicio espiritual del líder es claramente des-
cartada, pues la ruptura de confianza y el traspaso de los límites
son de tal grado que no permiten considerarse como algo perifé-
rico o simplemente circunstancial en la acción del líder. También
está la conciencia de que, en muchos casos, la revelación del abuso
por parte de un líder espiritual indica la probabilidad de que haya
un patrón muy arraigado de abuso a varias víctimas.9 Finalmente,
destaca la lucidez de la autora de aconsejar que las instituciones de-
ben afrontar con claridad y firmeza este problema, si es que quieren
recuperar algo de credibilidad en sus congregaciones y ser fieles a
sus principios fundamentales de caridad y cuidado de los mismos.
En esta misma línea, tenemos el trabajo de Eduardo Cruz10 pu-
blicado, en 1991, en la Florida State University Law Review, el cual es
un estudio sobre la posibilidad de tratar las relaciones sexuales de
clérigos con sus fieles como crímenes. El lenguaje utilizado sigue
de cerca a Woodward y King, lo mismo que a Fortune, enfatizan-
do que la asimetría que se verifica en estas relaciones es de tal grado
que su mal uso se podría referir como un delito punible por la ley.
Aunque el análisis no es religioso sino más bien legal, se basa en la
misma terminología que las comunidades de fe usan para describir a
sus líderes (el pastor que, en vez de cuidar, hace presa de sus ovejas),
para mostrar la enorme contradicción de estos comportamientos y la
firmeza con la que se deben sancionar tales acciones. Cruz resume
de forma excelente las principales características de este tipo de
comportamiento, tocando muchos de los aspectos ya antes mencio-
nados. Argumentando la posible imputación de estas acciones, se
detiene en la comparación entre la relación Pastor-Fiel y la relación
Psicólogo-Cliente; en vista de que, en esta última, su sexualización
ya se considera una acción penalizable por la ley. Pero Cruz no se
see themselves as ‘consenting adults’, the difference in role precludes the possibility of
meaningful consent”.
9 Este criterio se verificó extremadamente acertado, 30 años después, en los casos de
los abusos perpetrados por varios fundadores de nuevas comunidades religiosas ca-
tólicas.
10 Eduardo Cruz, “When the Shepherd Preys on the Flock: Clergy Sexual Exploitation and
the Search for Solutions”, Florida State University Law Review, no. 2 (1991), 499-523.
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limita a esta comparación, ya que esta última forma de relación,
obviamente, se diferencia en muchas cosas con la pastoral, siendo
la más evidente que un líder religioso tenga una relación impropia11
con alguien de sus fieles, aunque no lo esté atendiendo formalmente
en un despacho o acompañando espiritualmente en sesiones perió-
dicas. A diferencia del psicólogo, el líder religioso suele tener mucho
contacto social con las personas a quienes sirve e, incluso, amplio
acceso a sus hogares, a celebraciones significativas (graduaciones,
promociones laborales, etcétera) o a circunstancias de vulnerabi-
lidad extrema (enfermedades graves, defunciones). Cruz lo apunta
con perspicacia para hacer notar la gran influencia que estas per-
sonas tienen en sus comunidades y que se tome en consideración
al evaluar la gravedad del abuso. Luego, el autor trata el aspecto le-
gal de la cuestión, que de momento no nos concierne; aunque no-
tamos que, en muchos casos, al interior de la Iglesia católica, hasta
que no hay denuncias civiles con importantes consecuencias econó-
micas, la jerarquía no reacciona ni afronta el problema debidamente.
El último autor anglosajón citado proviene de una universidad
australiana y un contexto católico. Stephen de Weger fue víctima
de abuso sexual por parte de un clérigo católico, y se especializó
más tarde en el estudio social de este triste fenómeno. Sin duda,
su texto más conocido es el artículo publicado junto a Jodi Death,
intitulado “Clergy Sexual Misconduct Against Adults in the Roman
Catholic Church”, que luego pudo desarrollar ampliamente en su tesis
doctoral en la Queensland University (Australia).12 Dejamos de lado las
menciones a las múltiples denominaciones cristianas o, incluso, a los
liderazgos budistas, musulmanes o judíos que también tienen mu-
chos casos de mala conducta sexual, para centrarnos exclusivamente
11 Esta expresión está tomada del inglés inappropiate relationship y no tiene, como se pu-
diera pensar, un efecto atenuante, como si quisiéramos evitar expresiones como “aco-
so” o “abuso sexual”. Su significancia está en señalar que cualquier tipo de interacción
verbal o de tocamientos de naturaleza romántica o sexual por parte de un clérigo hacia
una mujer ya es un traspase grave de límites que constituye un tipo de abuso sexual.
Como hemos dicho al inicio, nuestro objetivo no es tipificar todas las formas de abuso,
sino más bien mostrar claramente donde está su inicio más explícito e inequívoco y que
no deberíamos en absoluto permitir ni justificar.
12 El título de su tesis es Clerical sexual misconduct involving adults Within the Roman
Catholic Church.
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en la Iglesia católica. El estudio de De Weger, particularmente, es
pertinente porque nos permite analizar las especificidades católicas
como agravantes del problema común a todos los grupos religiosos:
la nefasta gestión del poder de sus líderes. Algunas de las espe-
cificidades católicas son el celibato de sus clérigos (rito latino), el
carácter ontológico de la ordenación de sus ministros y el prestigio
de la vida consagrada. Estos factores acentúan la asimetría, más que
las causas directas del abuso.
Los conceptos hasta aquí indicados como herramientas necesa-
rias para analizar el fenómeno de abuso a adultos en las institucio-
nes religiosas se aplican, ahora, en el trabajo de De Weger y Death,
únicamente a la Iglesia católica. Pensamos que éste es uno de los
grandes aportes del autor australiano, porque podemos confrontar
los preocupantes datos estadísticos del comportamiento sexual de los
clérigos y consagrados católicos con criterios que permiten recono-
cer dichas acciones como abusivas, inmensamente graves y con una
urgente necesidad de sanación y reorientación.
Las nociones de asimetría relacional, poder posicional y personal,
vulnerabilidad inherente a los fieles, representación de la Iglesia y
especial misión encargada por Dios quedan patentes en la apertura
del texto de De Weger y Death:
En este artículo, argumentamos que encuadrar el csicca (Comporta-
miento Sexual Impropio de un Clérigo Contra Adultos) desde la “víc-
tima vulnerable” y no desde el “clérigo abusador” ha llevado a una
malinterpretación y facilitación del csicca y a una generalizada cul-
pabilización de las víctimas. Sin embargo, cuando a las víctimas/
supervivientes se les da la oportunidad de contar sus historias, se
obtiene una perspectiva distinta. El artículo concluye que el csicca
no se da porque existan adultos vulnerables sino más bien porque
hay clérigos abusadores, predispuestos a hacer un mal uso de su
poder para aprovecharse de las vulnerabilidades de otros adultos.13
13 Stephen de Weger y Jodi Death, “Clergy Sexual Misconduct Against Adults in the Roman
Catholic Church: The Misuse of Professional and Spiritual Power in the Sexual Abuse of
Adults”, jstor, no. 2 (2017), 129: “It argues that framing csmaa around a ‘vulnerable victim’
rather than an ‘abusive cleric’ has led to the misinterpretation and continuation of csmaa,
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Abusos sexuales y asimetría de poder en la Iglesia católica...
Antes de pasar a la descripción de esos elementos específicos
de la asimetría relacional entre los fieles católicos y sus pastores y
miembros con mayor responsabilidad (consagrados y consagradas),
nos parece importante hacer referencia a las estadísticas presen-
tadas por De Weger y Death. Cabe decir que todos los autores hasta
aquí citamos son del ámbito de las ciencias sociales y de ahí se en-
tiende su abundante uso de los datos estadísticos antes de realizar
otro tipo de análisis. Este abordaje es fundamental, pues hasta que
no veamos cifras concretas acerca del comportamiento sexual del
clero, no podemos hablar de una situación grave y de dimensiones
preocupantes. Por el contrario, si empezamos a plantear que cual-
quier tipo de relación sexual de un clérigo célibe es casi siempre
un abuso y esas interacciones están muy extendidas, entonces, nos
podremos dar cuenta de que estamos delante de una crisis espiritual
y social de enormes dimensiones.
De Weger y Death se basan en varios estudios sociológicos en el
contexto de la Iglesia católica, aprovechando el debate abierto a cau-
sa de los abusos a menores en Estados Unidos de América, Irlanda y
Australia. Por su parte, Richard Sipe es conocido por su amplio co-
nocimiento de la realidad católica, en general, y de la vida sacerdotal
y religiosa, en concreto.14 Aunque es verdad que sus informes no
pueden presentar un rigor máximo debido al sentido de vergüenza
y secretismo que estos temas siempre arrastran, pero son suficien-
temente serios y diligentes para tomarlos en seria consideración.
Los datos provienen de la Iglesia Católica en Estados Unidos y, por
ello, no se pueden extender a otros países, pero suscitan la evidente
pregunta de por qué en otras regiones las conclusiones habrían de
ser radicalmente distintas, cuando los elementos formativos, pas-
torales y estructurales en otros lugares de la Iglesia no son signifi-
cativamente distintos de los del país referido. ¿De qué conclusiones
and an overall attitude of victim blaming. However, when victims/survivors of csmaa are
given the opportunity to tell their stories, a different picture emerges. The article conclu-
des that csmaa does not occur because there is a vulnerable adult but, rather, because
there is an abusive cleric willing to misuse their powers to abuse adult vulnerabilities”.
14 Sobre todo, Richard Sipe, Celibacy in Crisis. A Secret World Revisited, (gb: Brunner-
Routledge, 2003).
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estamos hablando? El estudio de Sipe, de hace 20 años, indica que
la mitad del clero católico tendría una actividad sexual regular con
personas adultas, siendo la mayor parte de ellos heterosexuales.
El estudio presenta muchos detalles interesantes, porque al haber
entrevistado a cerca de 2 000 sacerdotes, ha obtenido mucha infor-
mación que normalmente negaríamos. Las investigaciones de Sipe
se centran en los comportamientos disruptivos de naturaleza sexual
de los clérigos católicos, lo que supone siempre una falta grave a la
castidad, pero en medio de este análisis refleja el fenómeno que aquí
nos ocupa. De Weger y Death citan a Sipe:
El abuso sexual de menores es la punta del iceberg de la realidad de
clérigos que violan los límites de su conducta profesional. El número
de sacerdotes con interacción sexual con mujeres adultas cuadruplica
el de abusadores de niños y en el caso de relaciones sexuales con
hombres adultos, lo duplica.15
No pretendemos profundizar en este estudio ni en otros, sino
más bien señalar que, con gran probabilidad, la actividad sexual del
clero católico (y probablemente de muchos consagrados no ordena-
dos) está en niveles que superan en mucho los supuestos “tropiezos”
o “distracciones” y que realmente exige un planteamiento muy se-
rio del problema. Este planteamiento se hace aún más apremiante
cuando consideramos que los elementos relacionales descubiertos
en los últimos 30 años apuntan a que esta actividad sexual no indica
simplemente una falta en el compromiso célibe, sino que representa
más bien un comportamiento abusivo y extremadamente nocivo
para las víctimas, para toda la Iglesia y para la sociedad. De Weger
tiene un mérito añadido, porque no sólo trae a la luz el problema de
los abusos de adultos en las comunidades religiosas, sino que apunta
específicamente a la Iglesia católica y a la inconsciencia que existe
en afrontarlo. El punto de inflexión se encuentra en esa fundamental
15 Stephen de Weger y Jodi Death, “Clergy sexual…”, 134: “Sexual abuse of minors is the
tip of the iceberg when it comes to the violation of professional boundaries by clergy.
Four times as many priests involve themselves sexually with adult women, and twice the
number with adult men, as priests who involve themselves sexually with children”.
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Abusos sexuales y asimetría de poder en la Iglesia católica...
distinción de encuadrar el problema a partir del concepto de “adul-
tos vulnerables” o partiendo de “clérigos abusadores”.
Consideramos ahora las especificidades de las posiciones de po-
der en la Iglesia católica y cómo estas afectan la gestión de ese
poder.
ASIMETRÍA PERMANENTE EN LA IGLESIA CATÓLICA: LA INSTITU-
CIÓN Y EL GOD-FACTOR
Hasta aquí, hemos analizado la problemática de los abusos sexua-
les de líderes religiosos hacia adultos de sus congregaciones con la
metodología de Marie Fortune: no hemos hecho ninguna distinción
particular con respeto a las diferentes tradiciones de fe en que es-
tos líderes desarrollan su servicio. Sin embargo, hemos aclarado
desde el inicio que estamos particularmente interesados en conti-
nuar esta discusión en el ámbito católico, tomando a Richard Sipe
y, sobre todo, a Stephen de Weger y Paula Merelo como ejemplos.
Por eso, identificamos en el ethos católico algunas características de
las posiciones de poder y liderazgo que consideremos fundamental
tener en cuenta. De hecho, ignorarlas podría suponer usar dichas
posiciones de un modo inconsciente y peligroso para los fieles, para
los ministros y para toda la institución.
La primera característica específica de los ministros ordenados
católicos, sin duda, es la creencia que tenemos como Iglesia de que
en ellos se produce un cambio ontológico16 indeleble, lo que en teo-
logía sacramental se expresa como “impresión de carácter”. Éste no
es el caso en las demás denominaciones cristianas (con excepción
del alto anglicanismo), en las que el ministro o ministra desarrolla
una función que es temporal. Una vez terminada dicha función, la
asimetría resultante del liderazgo espiritual cesa. Para nosotros,
16 La diferencia con los fieles no ordenados (laicos y religiosos) es esencial y no sólo en
grado (Lumen Gentium n. 10). Somos conscientes del debate filosófico-teológico
en torno a la expresión “cambio ontológico”, por el peligro de incentivar una mentalidad
de que hay algo casi mágico en el ministro. No entramos aquí en esta discusión, sen-
cillamente, notamos que después de la ordenación hay algo fundamental que cambia
para siempre en la vida del ministro y de la comunidad eclesial.
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católicos, el ministro ordenado, diácono, presbítero u obispo siem-
pre lo será, incluso, en el cielo; por eso, se cita frecuentemente el
Salmo 110 para expresar esta indeleble impresión de carácter: “Tú
eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec”.
El poder posicional del ministro ordenado no depende únicamente
de su función específica, sino que le es inherente: es lo que deno-
minamos “un poder posicional permanente”. Ello hace que un sa-
cerdote ya jubilado, que sigue oficiando misas y confesando, aunque
sea de un modo esporádico y para pocas personas, siga estando en
una enorme situación de poder, posicional y personal.
¿Qué poder es este?, nos podemos preguntar, ya que afirmamos
su existencia, aunque el ministro no ostente un cargo pastoral es-
pecífico, como es el caso de sacerdotes ya jubilados o con tareas más
administrativas que directamente apostólicas. Como mínimo, es el
poder de celebrar los sacramentos centrales para la vida cristiana.
Esta es otra especificidad católica, la de la celebración de los sacra-
mentos, particularmente, la Eucaristía.
El sacramento de los sacramentos, como es descrito por san Am-
brosio, la Eucaristía, es el centro de la vida de la Iglesia católica. El
Señor Jesús se hace presente sacramentalmente bajo la apariencia
de las especies de pan y vino, actualizando su pasión, muerte y re-
surrección. La Eucaristía es fuente y culmen de la evangelización y
la de la vida misma de la Iglesia.17 El obispo y el presbítero son los
únicos ministros que pueden celebrar este sacramento y es impo-
sible disociar al celebrante de aquello que celebra, como el mismo
ritual de la ordenación presbiteral enseña: “Recibe la ofrenda del
pueblo santo para presentarla a Dios. Advierte bien lo que vas a
realizar, imita lo que tendrás en tus manos y configura toda tu vida
con el misterio de la cruz del Señor”.18
Puestos a meditar sobre ello, se hace patente que el obispo y el
presbítero tienen este inmenso poder que Dios les otorga a través
de la Iglesia y que es único dentro de todos los servicios que pode-
mos prestarnos unos a otros en la comunidad eclesial. Este servicio
17 Juan Pablo ii, Ecclesia de Eucharistia (Ciudad del Vaticano: La Santa Sede, 2003), 1.
18 Ritual católico romano de ordenación sacerdotal.
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Abusos sexuales y asimetría de poder en la Iglesia católica...
sagrado no es uno entre los demás y coloca a quienes lo administran
en una asimetría permanente de cara al resto de fieles. ¿Somos los
mismos ministros ordenados conscientes de esta relación con el
pueblo de Dios? De Weger incorpora a su reflexión el término God-
factor para describir esta añadida asimetría en la Iglesia católica.
Esta interesante expresión, The God-factor, tiene su origen en el
trabajo de Katheryn Flynn, The Sexual Abuse of Women by Members
of the Clergy.19 La autora, siguiendo la investigación de Garland y
otros, analiza el abuso desde una perspectiva transversal a todas las
comunidades cristianas y también a otras religiones. Sin embargo,
el mérito de De Weger es reconocer el peso añadido de la respon-
sabilidad de los ministros católicos en este factor-Dios. Lo antes
mencionado muestra bien el impacto de un ministerio sacramental
en los fieles católicos; y, a la vez, indica la gran confianza de Dios en
Su Iglesia y ministros al asociarles a la acción y presencia Suya en el
mundo. Aunque uno no sea católico, creo que no es difícil entender
que, si el marco creyente tiene este espesor, entonces el ministro
será considerado por los fieles con una autoridad destacada y un aval
dado por Dios mismo.
Al God-factor debemos añadir también el aval dado al ministro
por la misma institución. De nuevo, en la Iglesia católica, debido
a su estructura claramente jerárquica y también sacramental, hay
un añadido de autoridad otorgada al ministro. De modo que los
sacerdotes diocesanos viven bajo el voto de obediencia a su obispo
local, mientras que los religiosos tienen ese mismo vínculo con su
Superior Local y también con el Superior General. Los obispos están
bajo la autoridad directa del Papa, nombrados personalmente por el
Sumo Pontífice después de un largo proceso informativo y de dis-
cernimiento. Se entiende, entonces, que cuando un presbítero o un
obispo se encuentra involucrado con algún fiel en comportamientos
de naturaleza sexual (sea directamente o como juez del problema),
las personas sientan un gran reparo en contrastar sus acciones y
19 Kathryn A. Flynn, The Sexual Abuse of Women by Members of the Clergy (Jefferson:
McFarland and Company, 2003), 8: “A primary difference between the secular and reli-
gious counselors is distinguished by the ‘God factor’- that is, the power and authority of
clergy are often perceived as being derived from God”.
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juicios, visto que son enviados de Dios y de Su Iglesia con una misión
social y espiritual de gran importancia.
El factor institucional y el factor-Dios contribuyen para que la asi-
metría en la Iglesia católica no sólo sea permanente (la consagración
religiosa es de por vida y la ordenación ministerial es indeleble),
sino que asuma un peso aún más relevante que en otras realidades
cristianas o de otras religiones. Todo esto nos lleva a considerar
ahora el efecto de dicha particular diferencia de poder en lo que
toca al consentimiento en estas relaciones entre adultos que están
bajo examen.
EL CONSENTIMIENTO VICIADO: DE LA VISIÓN JURÍDICA CIVIL A LA
VISIÓN ECLESIAL
Una de las primeras razones que se dan para descartar la designa-
ción de “abuso” en la descripción de relaciones impropias entre un
miembro del clero y una persona laica es que serían actos realizados
con consentimiento mutuo. Ahí donde hay consentimiento no puede
haber ni abuso ni acción punible por la ley civil. Sin recurrir aún a
estudios o referencias académicas, diría que en la mayor parte de
los casos en los que hemos escuchado hablar de relaciones sexuales
entre un religioso tanto como un sacerdote con una mujer, las he-
mos juzgado malas moralmente, pero no graves al punto de consi-
derarlas abusivas. Otra de las expresiones que más se escuchan en
los pasillos de las comunidades religiosas o de las parroquias es que
se trataría de un fallo que cualquiera pudiera tener. Es una reacción
comprensible, porque usamos espontáneamente una serie de crite-
rios para juzgar un mal moral como si se tratase de un problema
del día a día, cuando en realidad estamos delante de una situación
excepcional que pide una serie de criterios evaluativos específicos.
Después de la irrupción de los escándalos sexuales de abusos de
sacerdotes y religiosos a menores, ya no se nos ocurre interpretarlos
como meros fallos relacionales en la vida moral ordinaria. Hemos ga-
nado una conciencia mucho más fina de lo que esta relación supone y
cómo debe ser cuidada. Tanto así que la Constitución Apostólica Pastor
Bonus en su Artículo 52 describe la interacción sexual de un adulto
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Abusos sexuales y asimetría de poder en la Iglesia católica...
(clérigo o laico) con un menor como uno de los delicta graviora,20 jus-
tamente, porque a lo largo de los siglos hemos encontrado términos
específicos para calificar hechos extraordinariamente nocivos.
Actualmente, el tipo de relaciones impropias que aquí exami-
namos no se consideran delicta graviora, sin embargo, los numero-
sos testimonios que se han ido recogiendo en los últimos 30 años
presentan en las personas involucradas con miembros del clero o
religiosos, las señales típicas de una relación abusiva, como si el
consentimiento dado hubiese sido sólo aparente, no genuino ni ple-
no. Entonces, nos preguntamos por las condiciones en las que en
una relación amorosa o íntima entre adultos el consentimiento es
genuino y pleno.
Para profundizar en la naturaleza de este “consentimiento” re-
curriremos al ámbito del derecho civil en sus múltiples matices
descriptivos del consentimiento en una relación contractual, para
aplicar algunos de esos principios a la relación de confianza entre el
clérigo y sus fieles. El pasaje del derecho civil a las relaciones ecle-
siales se da constantemente en el derecho canónico, mostrándonos
así la fecundidad de un análisis de este tipo. Nuestro interés en usar
este abordaje no tiene como objetivo encontrar el modo de proce-
sar canónicamente a los clérigos abusadores de adultos. Pretende-
mos más bien utilizar el conocimiento vivencial del hombre que los
códigos de derecho civiles y canónicos contienen, para que como
Iglesia tengamos una mayor conciencia del poder que nos fue da-
do por el Señor para guiar a Su pueblo y seamos consecuentes con
las responsabilidades asumidas. Somos de la opinión de que nuestra
esencia de seguidores de Cristo y de pastores nos tendría que llevar
a reconocer los graves comportamientos en los que frecuentemente
nos encontramos y asumir la responsabilidad de nuestros fallos an-
tes de que una autoridad civil o eclesiástica tenga que emprender el
largo, doloroso y costoso camino del juicio institucional. Lo nuestro
es un apelar a la conciencia eclesial, en general, y de los pastores,
en particular (Mt 5, 25-26).
20 La descripción detallada de estos delitos quedó registrada en el documento Normas
sobre los delitos más graves reservados a la congregación para la doctrina de la fe.
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El consentimiento entre dos adultos para establecer una relación
amorosa o íntima entre ellos supone que no haya coacción física
ni psicológica, u otros modos de ejercer presión que inhiban a una
persona en relación con la otra. Consentir mutuamente el desarrollo
de dicha relación significa decir que sí libre y voluntariamente a una
serie de gestos, y acciones conjuntas que suelen llevar a compar-
tir la intimidad interior y, frecuentemente, la relación sexual. Para
retomar una definición de gran amplitud y conocimiento universal
basta recurrir a lo que, por ejemplo, Amnistía Internacional esta-
blece en su página web en un artículo de 2021: el consentimiento se
da cuando el asentimiento en la relación es libre, informado, con-
creto, reversible y entusiasta. No desglosaremos cada uno de estos
términos, porque en los casos que nos atañen no parece haber falta
de cumplimiento de ninguno de ellos, debido a que casi siempre son
relaciones entre personas que se conocen bien y que, supuestamente,
están haciendo algo sin ningún tipo de violencia o coacción.
¿Dónde se encuentra la problemática del consentimiento en la
relación entre un clérigo y una mujer laica o religiosa? En el cues-
tionamiento de la autenticidad y validez de este consentimiento. Si
la relación no presenta señales de violencia física ni de una coacción
material fácilmente observable, pero presenta otros elementos de
adulteración intencionada del consentimiento, entonces podríamos
referirnos a ella como abusiva.
Por su parte, en el ámbito del derecho civil existe el concepto
de “consentimiento viciado” que se aplica a contratos en los que la
aparente confianza con la que se estableció el compromiso entre las
dos partes se verifica haber sido adulterada. En estos casos, se habla
de la violación de la confianza de una de las partes, produciendo un
consentimiento únicamente aparente, dado que en el fondo habría
sido viciado. Según el Código Civil (cc) español 1265, el consenti-
miento se puede viciar por error, dolo o violencia.21
Sin pretender encontrar una correspondencia exacta entre el con-
sentimiento descrito en el cc entre dos partes que firman un contrato y
el consentimiento en una relación íntima, es obvio que la comparación
21 Código Civil Español 1265.
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Abusos sexuales y asimetría de poder en la Iglesia católica...
es pertinente porque en los dos casos hay una serie de compromisos y
responsabilidades que se asumen con consecuencias para las dos par-
tes. De esta manera, si un clérigo intima de forma romántico-sexual
con un fiel, está traicionando la confianza que Dios depositó en él para
cuidar de la comunidad, está haciendo daño al fiel bajo la apariencia de
un bien afectuoso y traiciona también la confianza de toda la comu-
nidad eclesial puesta en él. En la mayor parte de los casos (y quizá en
todos), los fieles involucrados no son plenamente conscientes de todos
estos males que la relación conlleva, precisamente, porque su juicio es-
tá viciado por el dolo que tiene la seducción y el engaño afectivo como
su centro. Este dolo se produciría a través de una mala gestión del
poder de guiar espiritualmente, aspecto señalado por nosotros en la
sección anterior como la mala gestión de la asimetría inherente al rol
y al estado de vida del clérigo y del religioso.
La comparación del consentimiento jurídico con el consentimiento
en el tipo de relaciones eclesiales que nos atañen arroja luz sobre estas
últimas, mostrándonos la clara posibilidad de identificarlas como rela-
ciones abusivas. Más adelante se menciona el artículo de Antonio Rella
Ríos, “El abuso sexual en la iglesia. Conceptualización y tratamiento
canónico”, y el de José Andrés Murillo, “Abuso sexual, de conciencia
y de poder”, como representantes de estas dos perspectivas. Un breve
análisis de los dos textos confirma la relevancia de esta operación y
nos da pie a esclarecer mejor la propuesta que aquí estamos avanzando.
En el pasado de las instituciones de nuestras sociedades occi-
dentales, no siempre se ha considerado la asimetría de poder en una
relación profesional como una causa del deterioro del consentimiento
sexual. Tomemos el caso de una relación íntima entre un psicólogo
y un cliente, hombre o mujer. Hasta el inicio de los años cincuenta
del pasado siglo no había claridad acerca de la falta de ética de dicho
comportamiento. Es con la publicación del documento Ethical stan-
dards of psychologists por parte de la American Psychological Associa-
tion (apa) que por primera vez se sanciona este tipo de relaciones.22 En
22 American Psychological Association, Ethical Standards of Psychologists (Washington,
dc: The American Psychological Association 1957), 5: “The use of the clinical or consul-
ting relationship primarily for profit, for power or prestige, or for other personal gratifi-
cations not consonant with the concern for the welfare of the client, is unethical”.
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una creciente toma de conciencia de lo inapropiado que es que haya
relaciones íntimas de un (a) psicólogo (a) con un cliente, la apa ha re-
elaborado dicha normativa hasta llegar a la formulación actual: “La
intimidad sexual entre un profesional de la salud mental y un pa-
ciente es considerada una de las acciones más inmorales el ámbito
de la profesión”.23
Por su parte, Antonio Rella Ríos afronta la cuestión desde el punto
de vista del derecho canónico, a partir de los últimos documentos más
relevantes como Vos Estis Lux Mundi y la reforma de algunos números
del Catecismo de la Iglesia Católica (cec). El autor hace notar que
técnicamente no se puede imputar a nadie por “abuso sexual” sino
solamente a través de la expresión del cec “delitos contra el sexto
mandamiento”. No nos corresponde entrar en los muchos e intere-
santes matices de su investigación, pero sí es fundamental mencionar
la excelente expresión “consentimiento pleno”24 para explicar que eso
es lo que nunca se puede dar entre un clérigo y un menor y tampoco
con una persona vulnerable. Rella cita a Murillo que busca una de-
finición más precisa y amplia de los que serían abusos sexuales en
la Iglesia. Este último utiliza con gran agudeza no sólo el concepto
de “consentimiento viciado”, sino que describe de modo cristalino el
proceso de ese enviciamiento por parte del clérigo o religioso:
El abuso, cometido en contextos así de asimétricos, se apalanca en
la confusión de la vulnerabilidad de quien busca refugio de la tras-
cendencia. Cuando no es la fuerza física sino la ambigüedad, la ma-
nipulación, el engaño de la promesa de cuidado en el abuso mismo,
entonces el daño llega hasta la profundidad misma del ser de quien
es víctima. De ahí las constantes consecuencias en la estructura
misma de su personalidad.25
23 Ashley Herbst, “Ethical Considerations when a Client Crosses Sexual Boundaries”,
Psychotherapy Bulletin, no. 1 (2015), 33-36. “Sexual intimacies between mental health
professionals and their clients are considered one of the most immoral acts within the
profesión”.
24 Antonio Rella Ríos, “El abuso sexual en la iglesia. Conceptualización y tratamiento ca-
nónico”, Anuario de Derecho Canónico, no. 10 (2021), 24.
25 José Andrés Murillo, “Abuso sexual, de conciencia y de poder”, Estudios eclesiásticos,
no. 373 (2020), 437.
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Abusos sexuales y asimetría de poder en la Iglesia católica...
Haciendo eco de nuestro recorrido, podemos decir que el poder
ejercido por un clérigo católico (otorgado por Dios y por la Iglesia)
para servir al pueblo, le coloca en una posición de asimetría perma-
nente que imposibilita (o, por lo menos, dificulta grandemente) que
en una relación impropia26 con un fiel laico haya consentimiento
pleno. Sea el ministro consciente o no, su poder posicional y personal
vicia siempre el consentimiento y hace que esa relación sea abusiva.
Si el supuesto consentimiento entre adultos no es tal y la relación
se debe considerar abusiva, ¿no será que estamos delante de un tipo
de comportamiento que también necesita de un tipo de designación
específica a causa de la gravedad que conlleva? No sabríamos decir
si habría que incluirlo bajo los delicta graviora, lo que sí nos parece
necesario es abrir el diálogo a considerarlo como algo extremamente
grave que atenta directamente contra la relación sagrada entre los
pastores de la Iglesia y los fieles; no debiendo por ello juzgarse como
un fallo moral de carácter menor y sin importantes consecuencias
para los clérigos y religiosos que incurren en ello.
CONCLUSIÓN: INQUIETUDES Y PREGUNTAS PARA EL FUTURO DE
NUESTRA IGLESIA
La relación de los ministros ordenados y de los religiosos y religiosas
con los demás fieles católicos está impregnada de confianza, servicio
y del don de ser la presencia amorosa de Cristo los unos para los
otros (Mt 10, 40). Es la belleza y la gracia profundamente redentora
de esta relación, necesariamente asimétrica en su fecundidad, la que
nos lleva a reflexionar sobre ella a la luz de la triste realidad de los
abusos en nuestra Iglesia. La exigencia con la cual tratamos aquí
los fallos y las rupturas en esta relación clérigo-fiel27 no tiene otro
objetivo más que edificar nuestra Iglesia a través de una asunción
26 Una vez más recordamos que estamos examinando, principalmente, relaciones que
ya llegaron al carácter sexual, para que, por lo menos en esos casos, se tomen reso-
luciones firmes. Hay, obviamente, muchos matices y zonas grises en una relación que
se dirige hacia algo malsano e impropio, pero que aún no se puede llamar abuso. Esto
último sería tema para seguir reflexionando en otra ocasión.
27 Con las demás combinaciones implícitamente presentes: religioso(a)-fiel, clérigo-
religiosa, etcétera.
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de la realidad que la está marcando, sea ella positiva o negativa, y
a través de una llamada a reconocer la enorme responsabilidad que
su estructura jerárquica conlleva.
Las relaciones íntimas de carácter romántico-sexual de los cléri-
gos con los fieles minan dicha confianza y son mucho más dañinas
de lo que la conciencia popular quiere reconocer. Cuanto más pro-
fundizamos en la llamada de nuestros guías espirituales a cuidar del
rebaño que Dios les confía, menos recurrimos a los clichés de pasillo
que caracterizan con cinismo los fallos y deficiencias de nuestras
relaciones: “Las mujeres son la tentación de los curas”, “Si exigié-
ramos a nuestros sacerdotes ser realmente célibes, nos quedaríamos
sin casi nadie”, “Haz lo que te digan, pero no hagas lo que hacen”,
etcétera. Lo que hoy ya pedimos a un profesional de la salud o a un
abogado, hemos de poder pedirlo también a un ministro ordenado
o a un religioso y, aún más, debido al alto grado y permanencia de
su asimetría con los demás.
A modo de conclusión y para lanzar futuras reflexiones, pro-
pongo un ejercicio de imaginación de lo que podría ser el futuro de
una Iglesia más humilde y fiel a la sacramentalidad y consagración
de sus mismos guías más relevantes. Los puntos a plantear crea-
tivamente podrían ser: una fraternidad sacerdotal más entrañable
y evangélica, la distinción entre ser cercano e inmiscuirse, la con-
ciencia de que la asimetría del clérigo con los demás fieles no le
permite tener una relación romántica sino sólo abusiva, la rendición
de cuentas con uno mismo y, finalmente, la primacía del amor frente
a la funcionalidad de los ministros ordenados.
¿Sería posible que los ministros sagrados fueran más conscientes
de los límites de las relaciones y que se ayudaran más entre sí a cui-
dar de los fieles en vez de aprovecharse de ellos? La amistad sincera
y evangélica entre guías espirituales que comparten el mismo nivel
de asimetría parece ser un buen punto de apoyo.
El clérigo, el religioso y la religiosa están llamados a ser cer-
canos y amigables con todo el pueblo de Dios, pero probablemen-
te no conviene que intimen con los demás al punto de inmiscuirse
con ellos. A lo mejor, habría que replantear la diferencia entre una
La Cuestión Social, Año 34, n. 1 (2026) issn: 2992-8672 121
Abusos sexuales y asimetría de poder en la Iglesia católica...
relación amistosa de mucha cercanía y una amistad.28 Quizá, habría
que recuperar el valor de las distinciones externas entre clérigos y
laicos, entre religiosos y laicos. El uso de los hábitos religiosos y sa-
cerdotales se podría recuperar desde la belleza de la diferencia y esa
distancia fecunda que la asimetría da.
No le llames “aventura romántica”, llámale “abuso”. ¿Sería una
exageración que se difundiera este modo de interpretar algunos de
los comportamientos aquí descritos? No ignoramos que pueda haber
atracción y enamoramiento a pesar de la radicalidad de nuestras
opciones de celibato y consagración. Sería ingenuo ignorarlo. Pero
más ingenuo es pensar que ese supuesto “enamoramiento” pueda
ser mínimamente genuino mientras permanezca la asimetría.
Si como Iglesia y como ministros fuéramos más honestos y claros
con lo que nos pasa, en muchos casos admitiríamos que lo mejor
es que la persona deje el ministerio y la consagración antes de se-
guir hiriendo a más personas. ¿Para qué esperar que le juzguen a
uno cuando a lo mejor la misma persona ya sabe que no debería
continuar? La rendición de cuentas con uno mismo y con Dios de-
bería llevar a que más de un clérigo eligiera dejar su ministerio por
auto-inhabilitación. No son pocos los casos de reiteradas relaciones
impropias por parte de clérigos que en realidad ya no son capaces de
gestionar el inmenso poder que detentan. Muchos Obispos y Supe-
riores se resisten a proponer este camino de humildad y misericor-
dia para sus ministros, porque retienen que el sacramento del orden
y la consagración son un bien mayor para la Iglesia. Pero qué es
mejor, ¿mantener el ministerio y seguir atentando contra la caridad
en el dolor de cada vez más víctimas? ¿O apostar por la caridad y la
misericordia que transforma el odre viejo en un odre nuevo, que ne-
cesariamente tiene que contener también un comportamiento nue-
vo? ¿Seguiremos pensando que la misericordia de Dios para con un
ministro que reiteradamente da muestras de no saber gestionar su
responsabilidad es confiarle personas como si nada hubiese pasado?
No puedo olvidar las palabras de una mujer, víctima de abusos
por parte de un sacerdote que había “retomado” el ministerio varias
28 Esto sería tema para otra reflexión.
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veces (después de abusar de otros y de hacer terapias de recupera-
ción): “Mi vida vale menos que los años de ministerio de este sacer-
dote desde que abusó de su última víctima hasta que lo hizo conmi-
go”. El sacerdocio no es lo más importante, lo es la caridad. Es mejor
entrar en el cielo con un sacramento menos que ir al infierno por
ejercerlo contra la caridad.
La reflexión hecha en estas líneas pretende ser más provocadora
que definitoria, una llamada de atención para que dialoguemos más
profundamente sobre lo que la terrible situación de los abusos sexua-
les puede suscitar en nosotros: una mayor conciencia de la rique-
za de la estructura jerárquica de la Iglesia y proponer renovados mo-
dos de vivirla en el mundo de hoy.
Es posible que describiendo el mal que nos asedia redescubramos
el bien que como Iglesia somos. Hay terapeutas que trabajan en el
ámbito de las víctimas y de los victimarios de los abusos sexuales en
la Iglesia y que llegan a comparar estos comportamientos con el in-
cesto, dado el elemento de seducción y adulteración de una relación
esencial que se presenta. Los clérigos, los religiosos y las religio-
sas están llamados a la paternidad y la maternidad espirituales con
respeto a los fieles, razón por la cual se les llama frecuentemente
padres y madres, los cuales son términos bellos y significativos.
Pero si esa relación se adultera con la seducción, con el afecto sexual
(que no le corresponde) y con un enamoramiento narcisista, ¿no
estaremos ante el peor de los males?
Las sugerencias hechas sobre cómo afrontar casos particulares de
ministros con una larga historia de relaciones impropias y abusivas
tampoco pretenden ser constringentes. Este escrito, sobre todo, es
un pedido a que no nos acostumbremos a arrastrar la mediocridad
de nuestro liderazgo espiritual de los fieles y afrontemos con clari-
dad, transparencia y conversión de costumbres los graves problemas
aquí mencionados.
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Abusos sexuales y asimetría de poder en la Iglesia católica...
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Daniel Ferreira dos Santos
Doctor en Filosofía Eclesiástica por la Pontificia Universidad de Co-
millas (Madrid). Es profesor estable del Instituto Teológico Verbum
Dei-San Pablo Apóstol, afiliado a la Pontificia Universidad Urbaniana
(Loeches, Madrid); Coordinador del Bienio de Filosofía. Contacto:
ddossantos@itvdsanpablo.com ORCID: https://orcid.org/0009-0002-
5654-4800