sión fenoménica lleva impresa el mandamiento “no matarás”. Vol-
tear a ver el rostro del otro, argumentará el filósofo, es de entrada
ético. No lo volteamos a ver como un objeto al que tenemos que co-
nocer, sino como un ser activo que nos puede devolver una mirada.
Más profundamente, la percepción del rostro del otro da cuenta de
su fragilidad, la piel de su cara es la más desnuda, su tez se encuen-
tra expuesta, es la muestra más clara de la fragilidad humana.14
Francisco parece abrevar directamente de esta concepción cuando
afirma, usando un léxico similar, que “el servicio siempre mira el
rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad”. (FT, 115)
Para Lévinas, esta particular relación dual, predialógica pues no
está mediada en principio por la palabra, es antes que nada una re-
lación ética, no política. La sociedad vendrá cuando aparezca un
tercero en el acto, testigo del encuentro. Podemos inferir que esa
“domesticación” de la política es deseable, pero no abarca todo su
espectro. En efecto, la política se puede alimentar de esta forma de
entender la ética en lo relativo a la fragilidad del otro, al que debe-
mos cuidar y proteger de todo daño. Es sería la relación con el em-
pobrecido, el marginado, el obligado a migrar. No obstante, como
siempre, una política liberadora es más compleja. Propongo que
consideremos la alteridad en política como mediatizada por una
identidad dual. Por un lado, el otro de Buber y Lévinas que Francisco
contempla en FT. Por otro lado, el otro como un agente con intereses
opuestos, en ocasiones dominante e injusto. La política -como he
tratado de asentar anteriormente- no puede ser únicamente cari-
dad, también es transformación de estructuras de opresión. No he-
mos de olvidar, la alteridad también se encuentra en el otro extremo
del disenso. Toda política del disenso implica que nos encontremos
enfrentados. Esto no implica, como haría famosa la formulación
Carl Schmitt que toda relación política deba ser entendida como
una relación bélica amigo versus enemigo, donde las identidades
se asignan en términos de amistad, con quien se puede cooperar,
y enemistad, a quienes hay que derrotar en la pugna por el poder,15
que implica, en última instancia, la eliminación del diferente. En
contraparte, Chantal Mouffe argumenta que, aunque la relación de
enemistad es incompatible con la democracia plural, podemos con-
servar un sucedáneo en la forma del “adversario”, aquel a quien se
14 Emmanuel Lévinas, Totalidad e Infinito (Salamanca: Sígueme, 2012); Emmanuel
Lévinas, Ética e Infinito (Madrid: Antonio Machado Libros, 2015).
15 Carl Schmitt, El Concepto de Lo Político (Madrid: Alianza Editorial, 2014); Carl Sch-
mitt, Teoría Del Partisano. Acotación Al Concepto de Lo Político. (Madrid: Trotta, 2013).
La Cuestión Social Año 30, n. 1
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